Aliens: Fuego y Piedra (Chris Roberson, Patric Reynolds)

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Titulo original: Aliens: Fire and Stone / Guión: Chris Roberson / Dibujo: Patric Reynolds / Portada: David Palumbo / Formato: Cartoné / Páginas: 112 pags. / Editorial: Norma Editorial / Precio: 16,00€ / ISBN: 978-84-679-2668-2


A modo de prólogo: El evento “Fuego y Piedra” supuso un gran crossover editorial en el que se cruzaban los destinos de xenomorfosYautjas y humanos en una suerte de secuela no oficial de la película “Prometheus” (Íd, Ridley Scott, 2012) que publicó “Dark Horse Comics” en el transcurso de 2014 en cuatro sendas miniseries (una de “Aliens“, una de “AvP“, una de la recién inaugurada línea “Prometheus” y otra de “Predator“). Todos las tramas se integraban en una misma historia, pero desde cuatro puntos de vista distintos. En nuestro país, todas las miniseries (más especial en forma de epílogo) han sido publicadas por “Norma Editorial” durante el pasado año 2017 en cuatro tomos cartoné.

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La pequeña colonia de “Hadley’s Hope”, asentada en la luna conocida como “LV-426” está acabada. Una hostil especie alienígena ha aparecido y ha acabado con la mayoría de su población. Un pequeño grupo de supervivientes logra huir en un pequeño vehículo a una de las lunas cercanas sólo para descubrir que no han viajado solos. Los letales aliens se ha colado en su bodega de carga dejándoles sin un momento para poder recobrarse. Sin embargo, no serán los “xenomorfos” los únicos peligros que encontrarán en el vecino satélite. El mismo en el que muchos años antes aterrizó la nave llamada “Prometheus”.


La primera vez que pudimos ver la colonia minera de “Hadley’s Hope” fue en la increíble secuela de “Alien, el Octavo Pasajero” (Alien, Ridley Scott, 1979), “Aliens, el regreso” (Aliens, 1986) de James Cameron. El asentamiento se estableció en una de las tres lunas que orbitaban el planeta “Calpamos” denominada “LV-426” o, también conocida como, “Acheron”. En el film del director de “The Terminator” (Íd, James Cameron, 1984) se nos contaba que allí se trasladó, bajo las órdenes y financiación de la Compañía “Weyland-Yutani”, un grupo de trabajadores de la empresa, junto a sus familias, con objeto de terraformar el satélite e investigar dicho confín de la galaxia. Curiosamente (o no), dicha luna fue también el lugar donde la nave comercial “Nostromo” se vio obligada a hacer una parada con la finalidad de responder a una posible llamada de socorro. Lo que la tripulación del carguero espacial no sabía es que allí encontrarían el detonante de la posterior pesadilla que sufrirían en sus propias carnes en forma de hostil alienígena y provocando que, nosotros como espectadores, pudiéramos disfrutar de una de las más míticas cintas de ciencia ficción y terror de todos los tiempos. La única superviviente de la “Nostromo”, Ripley, lograba escapar en una lanzadera de salvamento y encontrada posteriormente por un equipo de rescate mientras vagaba a la deriva por el espacio.
El resto forma parte de la historia de una de las sagas más populares de la “Sci-Fi” moderna. El salvamento de Ripley brindó la oportunidad a sus “jefes”, la pérfida “Compañía”, de conocer las coordenadas aproximadas de la ubicación de esa peculiar y misteriosa nave con forma de herradura que albergaba a una de las especies más peligrosas del Universo. Acto seguido harían que un grupo de trabajadores y científicos se encaminaran hacia allí con el pretexto de asentar una nueva colonia minera y, a su vez, poder hacerse con algún espécimen “xenomorfo” destinado a su línea de producto armamentístico. La incapacidad de comunicarse con “Hadley’s Hope” llevaría a que se formara una expedición de rudos marines, con Ripley como principal asesora, que llegarán a “Acheron” sólo para descubrir que el pequeño asentamiento compuesto por 158 colonos ha sido arrasado. El descubrimiento de los “aliens”, con la consiguiente infestación de la colonia, abrumó al equipo de rescate teóricamente formado por bravos soldados curtidos en mil batallas. Todos los habitantes de la pequeña “ciudad” estaban o bien muertos o habían sido utilizados como anfitriones para gestar más mortíferos extraterrestres. ¿Todos? No, todos no. Hasta el momento, gracias al film de Cameron, sabemos que una pequeña niña -llamada Newt- logró escabullirse y sobrevivir mientras que su familia y vecinos perecían a manos de los “xenomorfos”. Sin embargo, lo que no se nos contó es que un pequeño grupo de colonos logró huir in extremis de “LV-426” en un vehículo de extracción mineral capaz de poder llegar a una de los satélites cercanos. Exactamente en ese momento es en el cual comienza el relato de la miniserie de “Aliens”, perteneciente a la saga “Fuego y Piedra” publicada por “Dark Horse Comics” escrita por Chris Roberson y dibujada por Patric Reynolds.

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En “Aliens: Fuego y Piedra” seguiremos las andanzas de un pequeño grupo de habitantes de “Hadley’s Hope” que logran escapar de “Acheron” para acabar en la cercana luna denominada “LV-223” y, donde curiosamente también, se desarrollaron los acontecimientos narrados en el film “Prometheus” (Íd, Ridley Scott, 2012). De esta forma, sus responsables se encargan, por un lado, de que veamos lo que en el film de James Cameron sólo pudimos imaginar, es decir, el asedio por parte de los “xenomorfos” -al más puro estilo de un “Apocalipsis Zombie”- a la pequeña colonia minera, y, por el otro, conectar la segunda entrega cinematográfica de los “aliens” con el film de Ridley Scott de 2012. Esta sería la primera vez -puesto que la publicación de la miniserie es anterior al estreno de la película “Alien Covenant” (Íd, Ridley Scott, 2017)- que una historia de los “xenomorfos” (al menos, de las provenientes de su Universo Expandido al margen del cinematográfico) nacidos -al menos gráficamente- de la macabra mente de H.R.Giger abarca aspectos provenientes de la mitología de “Prometheus”, algo que acabaría extendiéndose a lo largo de todo este evento denominado “Fuego y Piedra”. Destacar que, a pesar de ser la segunda miniserie de este macro-crossover del universo expandido creado en el seno de “Dark Horse Comics” (el cual aglutina “Prometheus”, “Alien” y “Predator”), cronológicamente se sitúa antes de los acontecimientos narrados en “Prometheus: Fuego y Piedra” dando explicación al porqué la tripulación de la “Helios” se cruzará en sus páginas con nuestros “xenomorfos” favoritos.
Los supervivientes de “Hadley’s Hope” acabarán, como se suele decir, “saliendo de la sartén para acabar cayendo a las brasas”. Llegarán a “LV-223”, de la forma más precaria con un vehículo nada adecuado para dicho trayecto, solamente para descubrir de forma inmediata que, junto a ellos, en la bodega de carga, viajaba un pequeño, pero letal, grupo de “xenomorfos”. Sin momento para recobrar el aliento o atender a los heridos, se verán forzados a huir sin poder reparar detenidamente en su entorno. Puesto que lo que debería ser un paraje desolador, es sorprendentemente es un verdadero ecosistema con una atmósfera totalmente respirable. Este será uno de los motores de la acción de este relato ya que, a partir de aquí, la trama se dividirá -o desviará su atención- y seremos testigos, por una parte, de cómo los colonos intentan sobrevivir a cualquier precio -incluyendo bravatas y discusiones provocadas por la disparidad de opiniones al tener dos posturas enfrentadas, una más pro-activa que la otra- y, por la otra, de la investigación de las misterios que encierra el hostil entorno y el peligroso “Limo negro” por parte del personaje que aglutina más protagonismo que ninguno dentro del elenco coral, el ingeniero jefe Derrick Russell. Éste acabará descubriendo -y capturando- una de las sondas, presumiblemente lanzada por el geólogo Sean Fifield, de la antigua nave “Prometheus”. Sorprendido por encontrar equipo obsoleto de la compañía para la que trabajaba, nuestro ingeniero protagonista dedicará todo momento que le sea posible a intentar dar con las razones de la rápida terraformación de su salvaje entorno y a investigar las posibles consecuencias genéticas del contacto con ese misterioso líquido negro con el que no deja de tropezar.

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Básicamente, el guionista Chris Roberson -a quien hemos podido leer en trabajos puntuales para “DC Comics” y su sello “Vertigo” como “House of Mistery”, “Jack de Fábulas” o “iZombie”, también se ha encargado de alguna de las miniseries del “Universo Hellboy” para “Dark Horse Comics” entre otras obras- centra sus esfuerzos, una vez tenemos a todos los participantes de la historia huidos de la masacre de “Acheron”, en las pesquisas de Russell. Paralelamente, al resto de personajes, de entre los cuales destacan solamente dos a los que les otorga el lujo de darles líneas de diálogo -Genevieve Dione y Nolan Cale, una antigua maestra y uno de los perforadores de “LV-426”, respectivamente-, el autor los utiliza como auténtica carne de cañón durante los repetitivos envites de los “aliens”. Roberson coge a un pequeño grupo de personas (del cual desconocemos su número, pero que a veces aparentar ser más y otras menos) y los coloca en un paraje natural al más puro estilo de la serie “Perdidos” (Lost, 2004-2010) sólo para ir matándolos, en el mejor de los casos, o mostrarnos los efectos del “Limo negro” al entrar en contacto con ellos. De esta forma, nos ofrece la miniserie más cerrada de todas las que forman parte de “Fuego y Piedra”, ya que no es una historia determinante en el desarrollo global del evento.
La parte artística corre a cargo de Patric Reynolds, ilustrador y portadista cuyo arte secuencial hemos podido ver también en otros trabajos para “Dark Horse Comics” pertenecientes al universo creado por Mike Mignola para su “Hellboy” como la miniserie “Hellboy y la AIDP: 1954” o “Joe Golem. Detective de lo oculto”. El estilo de Reynolds está en plena sintonía con el tono de los cómics de la franquicia. Es oscuro, es sucio, es violento. Sin embargo, en la humilde opinión de quien suscribe estas palabras, peca tal vez de muy estático, carente de dinamismo. Muchas de sus viñetas parecen auténticos posados y la narrativa no es un punto a destacar. A simple vista es muy atractivo, pero a medida que uno va pasando páginas ve cómo se repiten formas, figuras y composiciones. No quiero decir que sea un aspecto totalmente negativo, pero el resultado está un pelín por debajo del resto de miniseries que componen el “crossover”. Por otro lado, y a semejanza del resto de títulos de “Fuego y Piedra”, las portadas, obra del ilustrador David Palumbo -incluidas también en el tomo-, son simplemente increíbles.
En definitiva, es el episodio que menos importancia tiene dentro de la trama general del evento, pero que no deja de ser un entretenimiento de lo más distendido. Aunque al acabar la historia, uno puede pensar que realmente no haya ocurrido gran cosa en relación con el conjunto global del evento. Sin embargo, la historia, en su afán de conectar los filmes “Aliens, el regreso” (Aliens, James Cameron, 1986) y “Prometheus” (Íd, Ridley Scott, 2012), es una buena oportunidad para visitar lugares comunes vistos en el seno del universo cinematográfico de “aliens” y poder ser testigos de primera mano de sucesos que, hasta el momento, sólo podíamos recrear a través de nuestra imaginación como el asedio a la pequeña colonia de “Hadley’s Hope”. Para los más completistas, señalar que dicho acontecimiento también se encuentra narrado en la novela “Alien: River of Pain”, escrita por Christopher Golden (autor también de la novelización de la última entrega dirigida por Shane Black de Depredador [The Predator, Shane Black, 2018]). Como extra y refuerzo de esa idea de conexión con el filme de Cameron encontramos una pequeña historia de ocho páginas con el Cabo Hicks como protagonista, también escrita por Chris Roberson y titulada “Aliens: informe de campo”, donde se recrea la huida de los marines tras el primer enfrentamiento con los “aliens” en “LV-426”. Tampoco aporta demasiado a la trama, pero sí a las intenciones de cohesión de dicho universo de ficción.

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Drácula de Bram Stoker (Roy Thomas, Mike Mignola)

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Titulo original: Bram Stoker’s Dracula / Guión: Roy Thomas / Dibujo: Mike Mignola / Portada: Mike Mignola / Formato: Cartoné / Páginas: 136 pags. / Editorial: Norma Editorial / Precio: 24,95€. / ISBN: 978-84-679-3456-4


Jonathan Harker es un joven abogado que viaja a un castillo perdido en el este de Europa, invitado por el misterioso Conde Drácula. Una vez en su castillo descubrirá que la más pura maldad se esconde tras el conde. Inspirado por una fotografía de la prometida de Harker, Mina, Drácula viaja a Londres en busca de la mujer a la que siempre amó. El profesor Van Helsing y un grupo de valientes tratará de detener al maligno vampiro, antes de que su sed de sangre devaste la metrópoli inglesa.


Drácula de Bram Stoker es el libro que cambió mi vida. Tenía trece años cuando lo descubrí. Es este título el que me hizo descubrir este mundo sobrenatural y fantástico del que estoy apasionadamente enamorado. Este es el trabajo que más influencia ha tenido en el artista que soy hoy” (Mike Mignola) [1].

El vampiro es una figura habitual dentro del folclore y la superstición, sobre todo europea, que se ha transmitido durante generaciones a través de creencias populares e incluso podemos encontrarlo dentro del panteón mitológico de ciertas civilizaciones. Independientemente de los diferentes orígenes y atributos que se le confieran, prácticamente todas las culturas coinciden en el hecho de que se trata de una criatura que se sustenta de la esencia vital de otros seres vivos. Entendiendo esa esencia vital como la sangre de sus víctimas en la mayoría de las versiones más extendidas. El más famoso de los vampiros de nuestra historia moderna es, sin lugar a dudas, el que popularizó, a finales del siglo XIX, la novela “Drácula” (1897) del escritor Bram Stoker. El autor irlandés tomó prestado el mito vampírico para cambiar radicalmente la manera de crear historias de monstruos y de seres terroríficos con un relato epistolar en el que el terror era el principal Leitmotiv, pero en el que se trataban también otros temas tabúes en su época como la sexualidad, el papel de la mujer en la sociedad, la inmigración o el colonialismo. Integrado todo ello dentro de una trama donde folclore y modernidad iban cogidas de la mano. Inspirándose en antiguas leyendas, Stoker nos presentó una nueva forma de ver la perenne lucha entre el bien y el mal y, a su vez, introdujo a uno de los símbolos del mal puro, a un ser con plena voluntad maligna de destruir el plano existencial colectivo, que no carece de atractivo alguno y que, por supuesto, trascendió al propio medio literario. El Conde Drácula no es solamente uno de los personajes más famosos de la cultura popular, sino que su capacidad de atracción y captación de adeptos no tiene parangón. La novela de Stoker, además de ser un libro que no ha dejado de publicarse nunca desde su aparición, convertido ya en todo un clásico por méritos propios, ha sido la materia prima de muchísimas adaptaciones del personaje en los medios más diversos. Siendo el denominado como Séptimo Arte el más prolífico de ellos. El Conde ha protagonizado multitud de filmes y difícil es, por no decir imposible, desligar los rostros de grandes del celuloide a su figura. Ocurre tanto con el del mítico Bela Lugosi o el del inconmensurable Christopher Lee. Pese a que muchos otros han dado cara a Drácula, complicado se presta no identificar a los mencionados dentro del imaginario colectivo creado alrededor de la figura del no-muerto transilvano más celebérrimo de todos los tiempos.

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Dejando a un lado su participación dentro del ciclo de los Monstruos Clásicos de la Universal o su saga en el seno de la Hammer Films, exponentes más conocidos de la figura cinematográfica de nuestro protagonista, el Conde Drácula ha sido una de las figuras fundamentales del género de terror. Sin embargo, tal vez debido a la idiosincrasia propia de un relato narrado con estructura epistolar, muchas de estas cintas se han centrado en narrar nuevas andanzas del vampiro, adaptaciones más libres, en lugar de ceñirse encorsetadamente al material original. Al Conde lo hemos podido ver en las más diversas épocas y situaciones, pero adaptando de forma fiel (o más o menos de manera fidedigna) la novela que lo vio nacer podemos nombrar tal vez un puñado de ellas. Una de las más importantes dentro de la historia del llamado Séptimo Arte ni siquiera es una versión oficial. Me refiero, por supuesto, al expresionista film de F. W. Murnau “Nosferatu” (Nosferatu, Eine Symphonie des Grauens, 1921). Aquí, el actor Max Schreck (que, así como Lugosi también es recordado solamente por este papel) encarnaba al vampírico Conde Orlock [2]. Algo más reciente sería el caso de la adaptación de la popular novela por parte del oscarizado Francis Ford Coppola. El realizador norteamericano nacido en Detroit, responsable de clásicos del cine como “El Padrino” (The Godfather, 1972), fue el encargado de dirigir la que se suele considerar como una de las adaptaciones más fieles al relato de Stoker. Aunque también es cierto que su cinta responde a una visión personal por parte del cineasta predominando más sus aspectos románticos que los terroríficos. La versión de Coppola, a su vez, ofreció también la cara de otro actor, la del británico Gary Oldman, que se suele identificar intensamente con el personaje. En el año 1992 llegaba a los cines “Drácula de Bram Stoker” (Bram Stoker’s Dracula, Francis Ford Coppola, 1992) cosechando grandes éxitos de crítica y público. Una versión con ciertas pretensiones arty a la hora de tratar a un icono al que se había relegado al territorio de la Serie B y al cine menos respetado por parte del sector más gafapasta. La cinta de Coppola se alejaba, así pues, de la estética y del tono de acercamientos precedentes a la figura del aristocrático vampiro convirtiéndola en una pudiente producción en la que, como decía el entrañable Richard Attenborough en “Parque Jurásico” (Jurassic Park, Steven Spielberg, 1993), no se reparó en gastos. Aparte de un atractivo reparto, de una gran labor en su fotografía, de una increíble banda sonora, de su espectacular puesta en escena y de su impresionante diseño de producción, el director de “Apocalipsis Now” (Apocalypse Now, 1979) realizó una notable labor de pre-producción y planificación previa apoyándose en la elaboración de detalladísimos story boards. Acreditado para tal labor encontramos a uno de esos sospechosos habituales y figura reconocidísima en el sector del cómic, en su primera incursión en el mundillo del cine. Estoy hablando de Mike Mignola.

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Hablar de Mike Mignola es hablar de uno de los grandes pilares del cómic estadounidense actual con casi cuarenta años de carrera en el sector a cuestas. Tras trabajar en el mainstream de los súper héroes para las grandes editoriales del sector, “Marvel Comics” y “DC Comics“, el californiano se consolidó como un auténtico maestro del terror gótico gracias a su creación más famosa: Hellboy. Desde que lo presentara en sociedad durante la primera mitad de la década de los noventa con la publicación de su miniserie de debut para el subsello “Legends“, “Semilla de Destrucción”, el diablo rojo ha afianzado la figura de un prolífico creador de todo un cosmos de fantasía con claras reminiscencias lovecranianas y al que más de veinticinco años lo avalan como auténtica punta de lanza de la editorial norteamericana “Dark Horse Comics”. La casa del “Caballo Oscuro” alberga además todo el universo salido de la imaginación del autor, cimentado alrededor de la figura del ser también conocido como Anung-Un-Rama, en el que su historia no sólo se ha desarrollado en una sucesión de miniseries y relatos, sino que se ha expandido en otras muchas publicaciones, spin offs de la serie madre. Títulos tan recomendables como “A.I.D.P.” (centrada en la ficticia Agencia para la Investigación y Defensa Paranormal en la cual Hellboy militaba), “Abe Sapien” (donde se narran las aventuras en solitario de Abraham Sapien, un ser acuático y compañero de fatigas de Rojo) o “Bogavante Johnson” (un enigmático detective aventurero en tiempos de la II Guerra Mundial) entre otros productos de un particular mundo de ficción donde se combina de una forma muy atractiva elementos como el terror cósmico de H. P. Lovecraft, el folclore, el horror sobrenatural, las Monster movies de serie B y el Pulp más desenfadado de escritores como Edgar Rice Burroughs. Mignola ha sabido levantar su propio imperio dentro del sector, pero en lo que respecta al tema que hoy tratamos, tenemos que remontarnos dos años antes de la primera aparición de su “chico del infierno” cuando Mignola tuvo la oportunidad de poner su granito de arena en la producción del Drácula de Francis Ford Coppola y consiguientemente encargarse de la adaptación a las viñetas del film del director de “Cotton Club” (Íd, 1984). Para realizar tal labor, unió esfuerzos con otra figura importantísima del Noveno Arte americano, Roy Thomas.

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Thomas es una auténtica leyenda viva dentro de la Industria del cómic. Resumir su trayectoria editorial es una tarea harto complicada ya que, desde que se hiciera cargo como guionista de la mítica serie “Sgt. Fury and his Howling Commandos“, hablamos no solamente del primer aficionado al medio que logró (y abrió camino a muchos como él) consolidarse como verdadero autor, sino también de aquel que tomara el relevo al recientemente fallecido Stan (The Man) Lee al frente de “Marvel Comics“. Siendo responsable de grandes historias que han maravillado al “fandom” protagonizadas, por ejemplo, por los ahora más de moda que nunca “Héroes más poderosos de la Tierra“, los Vengadores (como la popular “Guerra Kree Skrull“), o por Los Cuatro Fantásticos o nuestro amigo y vecino Spiderman, Thomas es responsable de la creación de títulos míticos de la editorial como “Los Defensores” entre muchos otros logros para el recuerdo y regocijo de muchos de nosotros. Sin olvidarnos que fue también el responsable tanto del desembarco en el mundillo de las viñetas del cimmerio creado por Robert E. Howard, Conan el Bárbaro, como de los guiones de las primeras andanzas, a pesar de las trabas argumentales impuestas por George Lucas, del universo expandido de los cómics de “La Guerra de las Galaxias” tras el éxito del filme. Creador de personajes como Red Sonja, Puño de Hierro o el primer Motorista Fantasma, Thomas también firmó grandes historias para la “Distinguida Competencia” en su estancia en las colecciones de Wonder Woman, donde colaboró con el grandísimo Gene Colan, All Star Squadron con Jerry Ordway o Infinity Inc. Los noventa lo alejaron un poco de las grandes editoriales en pro de otras más pequeñas, independientes, donde se dedicó a adaptar al cómic, con mucho oficio, reconocidas series televisivas de acción real como “Hércules” o “Xena, la Princesa Guerrera” para Topp Comics (popular por sus colecciones de cromos de béisbol o los geniales de Mars Attacks). Editorial que acabaría  encargándole y publicando la adaptación del filme “Drácula de Bram Stoker” (Bram Stoker’s Dracula, 1992) de Coppola. Un cómic que entra de lleno en ese top ten, ese ranking de las mejores adaptaciones jamás realizadas junto a grandes obras como la de “Alien, el octavo pasajero” (Alien, Ridley Scott, 1979) de Walter Simonson y Archie Goodwin o la increíble visión de Jim Steranko de “Atmósfera cero” (Outland, Peter Hyams, 1981), que bien merecería un reedición en nuestro país.

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Seguramente, por motivos ajenos a sus creadores [3], sino más bien cercanos a esa naturaleza alejada de toda lógica que suponen los derechos legales de las propiedades intelectuales, la miniserie publicada por Topp Comics en el 93 (que ya contó con una tirada limitada, todo hay que decir) se encontraba en una especie de limbo que hacía de todo aquel que se hiciera con los pertinentes ejemplares en poseedores de lo más parecido a un tesoro. Así fue hasta que el pasado 2018 la estadounidense IDW Publishing anunciase su reimpresión veinticinco años después de su aparición en formato de lujo, aunque en blanco y negro prescindiendo así del color de Marc Chiarello y dándole protagonismo absoluto al arte de Mignola. En nuestro país ocurrió algo similar. Originalmente la obra fue editada por “Ediciones B”, a través de su colección Los libros de Co&Co, en un bonito tomo en tapa dura con solapas que ha sido objeto de especulación por parte de muchos coleccionistas. Afortunadamente, la catalana “Norma Editorial” ha decidido recuperarla también, para total satisfacción de un servidor y espero que por extensión una gran parte del público español, con objeto de que esta obra de culto no caga en el olvido. Y no podríamos sentirnos más dichosos porque la edición del “Drácula de Bram Stocker” dibujado, o mejor dicho ilustrado, por Mike Mignola es sencillamente espectacular. En lo que respecta al guión de Thomas, hemos de decir en su defensa que resulta más que correcto. El legendario guionista, salvo por un par (no más) de escenas inéditas en la versión cinematográfica (suponemos que eliminadas del libreto original con el que debió trabajar Thomas), sigue fielmente el guión de la película. Con permiso de Drácula, el absoluto protagonista de la obra es sin duda el arte de Mignola. Y aquí nos encontraremos con un Mignola despuntando con su peculiar estilo de dibujo, acercándose más al look de sus trabajos posteriores en Hellboy. Con sus lápices entintados por John Nyberg, vemos al californiano alejado de sus formas predecesoras vistas en cómics superheróicos como “Odisea Cósmica” para “DC Comics”, “Lobezno. Aventura en la jungla” para “La Casa de las Ideas” o su adaptación de los personajes salidos de la imaginación de Fritz Leiber, “Fafhrd y el Ratonero Gris”. Seremos testigos de un Mignola experimentando con lo que luego sería habitual en su peculiar manera de contar historias, es decir, haciendo alarde de un domino de las manchas de negro, de las sombras y de la iluminación, así como haciendo uso de una composición de página muy sencilla pero realmente eficaz que recrea a la perfección el ambiente gótico y tétrico de la película de Coppola. Sin duda, un gran acierto por parte de “Norma Editorial” y un cómic totalmente recomendado para aquellos fans del arte del creador de Hellboy. Que no se dude ni un ápice en la adquisición de un ejemplar. Una edición tan espectacular para una obra que sin lugar a dudas lo merece.

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[1] Declaraciones del autor en una entrevista al diario galo Le Figaro.

[2] Se variaron nombres de personajes y situaciones a causa de los problemas con la adquisición de los derechos del libro. Florence Stoker, viuda de Bram Stoker, demandó a los productores del filme ganando el caso. La sentencia provocó la bancarrota de Prana Film y se ordenó requisar todos los negativos existentes de la película para impedir su distribución. Afortunadamente, para entonces la película ya había llegado al extranjero y gracias a esa circunstancia ha llegado hasta nuestros días.

[3] Declaraciones de Mike Mignola: “No puedo expresar qué alivio es poder volver a editar este cómic. La gente ha estado preguntando por él durante años, más que cualquier otro cómic mío, y sinceramente pensaba que no iba a ser posible ver una nueva edición, pero aquí llega. No suelo ser fan de mis antiguos trabajos, pero creo que éste se sostiene por sí mismo” añade. “Dejando de lado que estaba adaptando una película (lo cual tiene su propio abanico de problemas), creo que hay algo de buen dibujo y narrativa en él. Es una de las pocas viejas obras de las que estoy bastante orgulloso”.

Prometheus: Fuego y Piedra (Paul Tobin, Juan Ferreyra)

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Titulo original: Prometheus: fire and stone / Guión: Paul Tobin / Dibujo: Juan Ferreyra / Portada: David Palumbo / Formato: Cartoné / Páginas: 112 pags / Editorial: Norma Editorial / Precio: 16,00€ / ISBN: 978-84-679-2609-5


A modo de prólogo: El evento “Fuego y Piedra” supuso un gran crossover editorial en el que se cruzaban los destinos de xenomorfosYautjas y humanos en una suerte de secuela no oficial de la película “Prometheus” (Íd, Ridley Scott, 2012) que publicó “Dark Horse Comics” en el transcurso de 2014 en cuatro sendas miniseries (una de “Aliens“, una de “AvP“, una de la recién inaugurada línea “Prometheus” y otra de “Predator“). Todos las tramas se integraban en una misma historia, pero desde cuatro puntos de vista distintos. En nuestro país, todas las miniseries (más especial en forma de epílogo) han sido publicadas por “Norma Editorial” durante el pasado año 2017 en cuatro tomos cartoné.

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Cien años después de los sucesos acaecidos en el inhóspito planeta LV-223 -y relatados en el film “Prometheus” (Íd, 2012) de Ridley Scott-, la tripulación de la Gerión viaja hasta allí con un nuevo equipo de científicos con el objeto de descubrir qué le ocurrió a Peter Weyland y el resto de la tripulación de la Prometheus. Ese oscuro misterio, además del destino de la misión original, será posiblemente su propia condena.


Hace ya más de cuarenta años, la ciencia ficción moderna sufrió un giro radical tras el éxito de una cinta por la que nadie en su momento, ni la propia productora ni gran parte de las personas que participaban en su producción, “dieran un duro” por ella. Me refiero, por supuesto, a “La Guerra de las Galaxias” (Star Wars: Episode IV – A New Hope, George Lucas, 1977). El hecho de que el filme de George Lucas se convirtiera en todo un fenómeno cinematográfico -y de masas-, cambiara a finales de los setenta -junto a otras películas como “Tiburón” (Jaws, Steven Spielberg, 1975)- la forma de hacer y de vender las películas -acuñando a estas producciones con el término “Blockbuster”- y pusiera de moda todo un género que se encontraba denostado por parte de crítica e industria como era el de la “ciencia ficción”, llevó a la “20th Century Fox” a intentar repetir una jugada que copiosos beneficios le había generado. En aquellos momentos, salvo los estudios más pequeños y dedicados a la “serie B” y a la “caspa”, no había proyectos que involucrasen ni naves espaciales ni fantasiosas tramas tecnológicas salvo un pequeño proyecto que, por casualidades de la vida, había caído en manos de la pequeña productora Brandywine, entre cuyos responsables se encontraba el director Walter Hill. Estamos hablando, claro está, de “Alien, el octavo pasajero” (Alien, Ridley Scott, 1979).

No nos vamos a extender demasiado en la historia de la producción de la cinta que, junto a la de George Lucas antes mencionada, cambió el concepto de la sci-fi cinematográfica posterior y dio vida a uno de los iconos más reconocibles del terror moderno: el xenomorfo. Criatura salida de la imaginación de un grande, Dan O’Bannon, que puso en el candelero al director de la cinta, Ridley Scott, y dio proyección internacional a su “padre artístico”, H. R. Giger. La crónica de “Alien, el octavo pasajero” y sus secuelas es emocionante, controvertida y accidentada, pero hoy no es el momento de profundizar en ello. Mencionar que el éxito de la primera entrega dirigida por Ridley Scott, no sólo le puso en el punto de mira de muchos de los estudios de Hollywood, sino que puso de manifiesto el tema de una posible secuela. Una segunda entrega que, con la perspectiva del tiempo mediante, sabemos que dirigiría James Cameron años más tarde. Una película que amplió la mitología de los xenomorfos y encumbró al canadiense al Olimpo de los grandes realizadores, no sólo del género sino también del Séptimo Arte en general. Sin embargo, años atrás el propio Ridley Scott ya manifestó su voluntad del volver al Universo de Alien y, más concretamente, centrándose en la enigmática figura que la tripulación de la U.S.C.S.S. Nostromo encontrara en la misteriosa nave con forma de herradura. La escena del “Space Jockey” fue una de las que más costó llevar adelante debido a sus costes de producción y a la, en apariencia, difícil comprensión de su vinculación en la trama posterior a bordo del carguero espacial de Weylan-Yutani (la letra “d” final de Weyland se añadiría posteriormente a partir de la cinta de James Cameron y, en lo que se refiere a la de Scott, en su “Director’s Cut” de 2003).

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Sabemos que en ninguna de las posteriores secuelas de la “saga Alien” el enigmático “Space Jockey” volvería a formar parte del misterio a pesar de tener de nuevo la oportunidad de ver su nave en la versión extendida de “Aliens: El Regreso” (Aliens, James Cameron, 1986) o su cráneo colgado como trofeo en “Aliens Vs. Predator 2” (AVPR: Aliens vs Predator – Requiem, Colin y Greg Strause, 2007). Eso en lo que se refiere al encorsetado universo cinematográfico. Desde el año 1988, la editorial americana “Dark Horse Comics” comenzó a adaptar y expandir la franquicia al mundo de las viñetas con una primera miniserie titulada “Alien: Outbreak” (aquí llamada “Alien: serie Nostromo” publicada por “Norma Editorial“) que continuaba la historia tras los hechos narrados en el filme de James Cameron retomando al malogrado Cabo Hicks y a una adolescente Newt. Gracias a los cómics, el cosmos de los xenomorfos se amplió considerablemente constituyéndose a partir de una ingente cantidad de pequeñas series y especiales unitarios, con diferentes equipos creativos y prácticamente todas independientes entre sí, que venían a profundizar en todo aquello a lo que las películas no podían -o no interesaba- abarcar. Entre todo ello, el “Space Jockey” también pudo disfrutar de su propio desarrollo “comiquero”. En 1999, en la miniserie titulada “Aliens Apocalipsis”, el popular guionista -ganador del Premio Eisner- Mark Schultz -creador del fantástico cómic “Xenozoic Tales”- ahondaba, alejándose de los cánones cinematográficos, en la mitología del mundo Alien y, lo más importante, en la figura del famoso piloto de la nave con forma de herradura -también conocido después como “Ingeniero”- relatándonos un posible origen e importancia de su rol en toda la franquicia con la pretensión de convertirse en algo canónico (todo lo canónico que pueda ser algo que proviene de una línea de producto considerada menor). En 2008, algo más de diez años después de la última entrega de la saga -la menospreciada por muchos “Alien: resurrección” (Alien: resurrection, Jean-Pierre Jeunet, 1997)-, la “Fox” anunciaba la vuelta del director Ridley Scott a la saga que le dio fama. Concebido en primera instancia como un “reboot” para luego desmentirlo y revelar que sería una precuela de la seminal “Alien, el octavo pasajero“, Ridley Scott narraría en “Prometheus” (Íd, 2012) una historia donde la figura del “Space Jockey” cobraría gran relevancia en un afán por dotar de trasfondo filosófico y existencial a la cosmología de los xenomorfos más famosos del celuloide. La acción transcurriría 30 años antes que los sucesos acontecidos en la  U.S.C.S.S. Nostromo y nos pondría en la piel de la tripulación de la Prometheus, una expedición científica con el claro objetivo de descubrir el origen de la humanidad. Una cinta que dejó cierto sabor agridulce en el “fandom” con el que su director intentó resarcirse con su inmediata secuela “Alien: Covenant” (Íd, 2017). Pero eso ya forma parte de otra historia.

Volviendo al mundo de las viñetas, habiendo consolidado el “Universo Alien” dentro del panorama “comiquero”, no es de extrañar que “Dark Horse Comics” hiciera lo mismo con el de Prometheus. De esta forma, en 2014 y bajo el título “Fuego y Piedra”, la editorial del “Caballo Oscuro” publicó un “crossover” en el que cruzaba su recién adquirida franquicia con la de los “Aliens“. A todo ello, se sumaba a la ecuación otro de los personajes/licencia míticos que ya había compartido cabecera con los populares y hostiles xenomorfos, “Predator” -y, por extensión, también con la cabecera “Alien vs Predator”-. “Fuego y Piedra” juntaba las cuatro líneas en una misma historia contada desde cuatro puntos de vista estando conformada por cuatro miniseries más un especial a modo de epílogo. La primera de ellas, “Prometheus: Fuego y piedra” está escrita por el guionista Paul Tobin -a quien hemos podido leer en la adaptación al cómic del personaje salido de la pluma de Andrzej Sapkowski, Geralt de Rivia o The Witcher– y dibujada por el argentino Juan Ferreyra. El relato nos sitúa unos cien años después de los sucesos acaecidos en el -presumiblemente- estéril planeta LV-223 y relatados en la película de 2012. Lo que en apariencia es una misión científica, esconde oscuras motivaciones por parte de la capitana de la expedición, Angela Foster, cuyas intenciones son las de encontrar una de las sondas perdidas de Peter Weyland para descubrir qué sucedió con la tripulación de la Prometheus y qué cuales fueron los descubrimientos conseguidos sobre los orígenes de nuestra especie. Una vez en el planeta, Paul Tobin coloca sobre el tablero ingredientes y elementos típicos de los relatos del “Universo Alien“. Estos, además de la mencionada presencia de un capitán con sus propias motivaciones secretas, no son otros que la presencia de otro miembro con motivaciones poco populares, la existencia de un paraje inhóspito lleno de peligros y la presencia de una raza alienígena, los xenomorfos, dispuestos a acabar con las vidas de expedicionarios timoratos.

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Esta historia podría funcionar perfectamente a modo de secuela del filme homónimo de Ridley Scott. Nos encontramos ante el esquema argumental básico de este microcosmos ficcionario con ciertos momentos buenos, llenos de terror y acción, pero, por el contrario, problemas que pueden causar confusión en el lector. Uno de ellos es que el elenco de personajes es enorme. Así que no hay mucho tiempo para que todos tengan una buena cuota de desarrollo antes de que todo se vaya al traste y la gente empiece a morir. En las primeras páginas se nos muestra a uno de ellos, Clara Atkinson, realizando una especie de documental de la expedición a modo de presentación de algunos de los miembros de la expedición. Sin embargo, a medida que vamos pasando las páginas del cómic, el protagonismo de Clara se diluye en un relato con intenciones de ser coral, pero que acaba convirtiéndose en un “survival horror” con algunos momentos interesantes como la subtrama del miembro científico de la tripulación y sus escarceos con el peligroso “limo negro”, las consecuencias de dicha sustancia sobre el organismo de uno de los  tripulantes “sintéticos” de la nave -cuya importancia se preveé importante para otras miniseries de la saga- o una enigmática jungla en un planeta en el que, sobre el papel era improbable la existencia de vida, repleta de mortales bestias híbridas. La inclusión de los aliens, escondidos en una abandonada nave proveniente de Hadley’s Hope es una de las notas curiosas del relato. ¿Acaso es una forma de cohesionarlo todo en una misma continuidad? El resto de miniseries posiblemente nos ofrezcan la respuesta.

Sin duda, el apartado gráfico es la gran baza de esta historia. Al argentino Juan Ferreyra lo hemos podido ver también al cargo del arte de cómics muy recomendables como “Colder”, “Kiss Me, Satan” o las más recientes etapas de los personajes de “DC Comics” Green Arrow o El Escuadrón Suicida. El arte de Ferreyra te entra por los ojos, su grafismo es espectacular y, él solo, se ha consolidado como uno de los mejores narradores de terror de los últimos tiempos. Creo que no cabe duda de mi gusto por su trabajo. Para la ocasión, el argentino ha sido el responsable de crear nuevos diseños de criaturas y su versión de los xenomorfos no puede ser más increíble. El hecho de que se encargue él personalmente de todo el aspecto visual -color incluido- hace que solamente eso sea uno de los principales motivos para acercarse a esta nueva entrega del “Universo Prometheus“. Sin duda, todo un deleite para la vista.

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Sin embargo, es más que probable que la lectura de “Prometheus: Fuego y Piedra” acabe sembrando más dudas que respuestas, así como ocurría con el film de Ridley Scott. Destacar que la presencia del “Ingeniero”, a priori, parece más anecdótica que otra cosa ya que su participación en la trama no presenta -por el momento- demasiado peso. Sensación que aumenta con el abrupto final de este primer capítulo del “crossover“. Es cierto que se lee en su suspiro, ofrece entretenimiento, terror y acción a raudales, pero el lector puede quedar con la impresión de, por un lado, ganas de más o, por el otro, total indiferencia ante un relato que se parece demasiado al filme homónimo del que repite gran parte de sus errores. Pero por lo menos esta vez aparecen aliens de verdad y no sucedáneos como sí ocurría en la película de 2012. Personalmente, mi voto es a favor y seguiremos adelante con esta historia.

 

 

Crítica de “La novia de Chucky” (Ronny Yu)

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Titulo original: Bride of Chucky / Año: 1998 / País: Estados Unidos, Canadá / Duración: 89 min / Director: Ronny Yu / Guión: Don Mancini / Producción: David Kirschner, Don Mancini / Productora: David Kirschner Productions / Distribución: Universal Pictures / Fotografía: Peter Pau / Música:Graeme Revell / Diseño de Producción: Alicia Keywan / Montaje: Randy Bricker (acreditado como Randolph K. Bricker), David Wu / Reparto: Jennifer Tilly, Brad Dourif, Katherine Heigl, Nick Stabile, Alexis Arquette, Gordon Michael Woolvett, John Ritter, James Gallanders, Janet Kidder, Vince Corazza, Lawrence Dane, Michael Louis Johnson / Presupuesto: 25.000.000$


Los restos de Chucky descansan en el interior de una bolsa de basura en un almacén para pruebas de la policía. Un corrupto agente logra adueñarse de ellos con la intención de vendérselos a Tiffany, una antigua amante de Charles Lee Ray que sigue todavía enamorada de él. Lamentablemente, el agente no sabe que la mujer es también una asesina y, para su desgracia, muy letal. Una vez con el cuerpo de Chucky en su poder, Tiffany logra revivirlo con objeto de que éste acabe cumpliendo una promesa que le hizo antes de morir: contraer matrimonio con ella. Sin embargo, el recién resucitado muñeco tiene otros planes para decepción, y posterior enfado, de su exnovia. Es entonces cuando ella decide mantenerlo encerrado. Pero nuestro malévolo protagonista logrará asesinar a la chica y transferir su alma al cuerpo de una muñeca. De esta forma, sus destinos estarán ligados y tendrán que colaborar mutuamente para poder hacerse con un amuleto con el que podrán poseer nuevos cuerpos humanos y dejar atrás sus anatomías de goma.


Yo volveré, yo siempre regreso” (Chucky)

La segunda mitad de los noventa trajeron aires de renovación en lo que al género de terror se refiere. Sobre todo, un soplo de aire fresco en el denominado subgénero Slasher que trajo consigo una nueva etapa de popularidad del mismo. Su encorsetado esquema desarrollado y repetido hasta la saciedad durante la década anterior (y que tantos buenos ratos y beneficios habían dado) ya no funcionaba. Muchos de sus iconos (aquellos Freddys, Jasons o Michael Myers de turno) habían sucumbido a la decadencia producida por un continuo desgaste y las ideas poco afortunadas de sus responsables. Incluso el pequeño (pero no menos peligroso) Chucky, protagonista de su propia saga que comenzó con la seminal “Muñeco Diabólico” (Child’s play, Tom Holland, 1988), había prácticamente fenecido por ese reiterativo camino de las secuelas sin fortuna después de una tercera entrega que (dejando de lado polémicas del “Social Media” de la época) dejaba mucho que desear. Los tiempos y los gustos del espectador/consumidor medio de productos de horror habían cambiado y lo que antes daba miedo en aquellos aciagos momentos resultaba poco menos que ridículo. Además, las nuevas generaciones llegaban con fuerza para imponer sus filias y criterios. Los augurios no eran demasiado positivos precisamente hasta que…
La llegada a las carteleras de “Scream. Vigila quien llama” (Id, Wes Craven, 1996) fue la primera colaboración entre el advenedizo Terry Williamson y aquel que ya ayudó al terror a regenerarse anteriormente hasta en dos ocasiones, Wes Craven. Recordemos que Craven demostró en los setenta con su film “La última casa a la izquierda” (The Last House on the Left, Wes Craven, 1972) que no había límites, ni decencia, a la hora de mostrar en pantalla un terror y un sadismo que no precisamente podríamos encontrar en el gótico castillo transilvano de turno sino en nuestro propio vecindario. El mismo realizador, en los ochenta, reformuló la figura del “Boogieman” con la magnífica “Pesadilla en Elm Street” (A nightmare on Elm Street, Wes Craven, 1984) dotándolo de un componente explícitamente sobrenatural que acabó incorporándose al canon (y del que, por qué no decirlo, el propio Chucky se aprovecharía años después). Ya en los noventa, con la primera de las entregas del popular asesino en serie Ghostface, Craven y Williamson instauraban una “Nueva Era” para el Slasher, es decir, reinventaban de nuevo sus reglas en un ejercicio auto paródico, meta referencial y más acorde con el gusto y paladar del nuevo público. De esta forma, llegaron a los cines (y videoclubes) toda una suerte de productos de terror adolescente protagonizados por caras conocidas de la pequeña pantalla que intentaban seguir la estela del nuevo éxito del director de “Las Colinas tienen ojos” (The Hills Have Eyes, Wes Craven, 1977).

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Mientras que los estudios, las grandes “Majors” y los pequeños dedicados a la Serie B más desvergonzada, inundaban las salas de cine de nuevos aspirantes a ser el “Hombre del Saco” que, cuchillo o arma blanca en mano, despachaban sin remordimiento a nuevas generaciones de adolescentes anormales, Don Mancini (creador del “Estrangulador de LakeShore”, más conocido como Charles Lee Ray o Chucky) debió ver el momento de aprovechar la coyuntura y despertar del letargo a su popular criatura venida a menos tras una corta vida cinematográfica. En 1988 “Muñeco Diabólico” (Child’s Play, Tom Holland, 1988) vino a ser uno de los últimos aciertos del Slasher sobrenatural de la época presentando una nueva versión del “Boogieman” con una apariencia más amable, pero no por ello menos letal y terrorífica. Tras dos secuelas un tanto olvidables, el simpático juguete que albergaba el alma de un despiadado asesino parecía tener muchas papeletas para acabar en el olvido. Sin embargo, diez años después del estreno de la cinta seminal, su creador dejaba atrás el pasado y hacía, lo que coloquialmente se suele decir, “borrón y cuenta nueva”. Con “La Novia de Chucky” (Bride of Chucky, Ronny Yu, 1998) se intenta romper con todo lo anterior para mirar hacia el futuro. No hablamos de un “Reboot” propiamente dicho, sino más bien de un nuevo capítulo en la vida de nuestro poseído “Good Guy” favorito. El hecho de que la franquicia deje de titularse “Child’s Play” para adoptar la coletilla “of Chucky” ya es por sí mismo toda una declaración de intenciones.
La cuarta entrega de las aventuras de Chucky viene cargada de no pocas novedades. La acción comienza en un almacén de pruebas de la policía. Un agente, con nocturnidad y alevosía, se adentra en la estancia con objeto de sustraer (lo sabremos de primera mano pocos minutos después) los restos del monigote asesino más colorido de todos los tiempos. El hecho de que podamos ver, olvidados en un armario, objetos tan icónicos como la máscara de hockey de Jason Voorhees, así como también la de Michael Myers, el guante de cuchillas de Freddy Krueger o la motosierra del inefable CaraCuero de “La Matanza de Texas” (Texas Chainsaw Massacre, Tobe Hooper, 1974) es la primera evidencia del nuevo aspecto meta referencial que la franquicia del muñeco diabólico adoptará a partir de ahora. No será el único guiño a otros personajes icónicos que aparecerá en pantalla puesto que tendremos, entre otros, a una víctima que acabará con una cabeza llena de clavos al más puro estilo Pinhead de “Hellraiser: Los que traen al Infierno” (Hellraiser, Clive Barker, 1987) -con chascarrillo incluido para que lo pille incluso el espectador más despistado-, el parto de una criatura que recuerda al bebé deforme con severos instintos asesinos de la cinta del recientemente fallecido Larry Cohen “Estoy vivo” (It’s Alive, 1974) o el más que evidente intento de paralelismo con “La Novia de Frankenstein” (The Bride of Frankenstein, James Whale, 1935) al mostrar escenas de la Obra Maestra de James Whale en un televisor. Si el monstruo del “Moderno Prometeo” puede (o pretende) tener una novia, ¿por qué no Chucky? Algo así debió pasar por la cabeza de Don Mancini.

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Y así llegamos a otro de los elementos novedosos, como su propio título indica, de la cinta: la “Partenaire” de nuestro psicópata encerrado en un cuerpo de juguete, Tiffany, a quien pone rostro (y cuerpo) la actriz californiana Jennifer Tilly. Tilly fue una cara asidua en la ficción televisiva americana apareciendo esporádicamente en series clásicas de la pequeña pantalla como “Canción triste de Hill Street” (Hill Street Blues, 1981-1987), “Cheers” (Íd, 1982-1993) o “Luz de luna” (Moonlighting, 1985-1989), así como también en papeles secundarios en películas como “El hotel de los fantasmas” (High Spirits, Neil Jordan, 1988), “Loca Academia de conductores” (Moving Violations, Neal Israel, 1985) o “Los Fabulosos Baker Boys” (The Fabulous Baker Boys, Steve Kloves, 1989) así como su protagónico en la interesante “Lazos ardientes” (Bound, Lana Wachowski, Lilly Wachowski, 1996) de los antaño hermanos (ahora hermanas) Wachowski entre otros muchos trabajos de su dilatada carrera. En “La Novia de Chucky” (Bride of Chucky, Ronny Yu, 1998) la actriz nominada al Óscar por su interpretación en “Balas sobre Broadway” (Bullets Over Broadway, Woody Allen, 1994) se revelará como la antigua amante de Charles Lee Ray que, enamorada todavía del “Estrangulador de LakeShore”, conseguirá resucitar los restos de Chucky que el furtivo agente de la Ley antes mencionado le proporcionará. Tilly logrará que Charles vuelva al mundo de los vivos gracias a un libro de vudú para tontos (tal cual) y en la reconstrucción de su cuerpo, a ritmo del “Living Dead Girl” de Rob Zombie, dará a Chucky un nuevo aspecto. Una cabeza llena de horrendas y profundas cicatrices que acabarán convirtiéndose en el look más aceptado y recordado por el gran público (vida nueva, apariencia nueva). Así como su antigua pareja, comprobaremos de primera mano que la chica también sabe usar un cuchillo puesto que ese joven y corrupto policía acabará degollado por ella. Sin embargo, bajo su fachada “Vamp” y su instinto de depredadora sexual homicida se esconde un corazón romántico. Su motivación principal a la hora de querer devolver la vida a aquel que fuera su novio no es otra cosa que contraer las nupcias que presuntamente este le prometió antes de morir. Las burlas por parte de Chucky, una vez resucitado, al escuchar los planes de boda de Tiffany provocan un vuelco en la relación de ambos transformándola de esperanzada novia a despechada captora. Si no puede conseguir el amor del malvado muñeco, por lo menos lo humillará hasta el fin de sus días encerrándolo en un parque para bebés. Sin embargo, infravalorar la astucia de su expareja le saldrá caro. Chucky logrará escapar, asesinar a su captora y transferir su alma a otro cuerpo de juguete, el de una muñeca que ella le trajo con intención de mofarse de él. De esta forma, nuestro “psicokiller” de goma -no sabemos si involuntariamente o no- se creará para sí mismo a su propia “alma gemela”. Una muñeca viviente a la que los responsables de la cinta pondrán rápidamente en su boca la réplica oportuna a toda palabra y acto cometido por el pequeño pelele maldito. Y es de esta forma, que se crea una extraña pareja al más puro estilo de matrimonios mal avenidos en la ficción tipo “Los Roper” (George and Mildred, 1976-1979) o los Bundy de “Matrimonio con hijos” (Married… With Children, 1987-1997) donde las disputas conyugales y la voluntad de ridiculizar al contrario, cueste lo que cueste, estarán a la orden del día.

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El continuo de disputas y puyas entre ambos muñecos dará lugar a situaciones de verdadero humor negro que se convierten en la auténtica tónica de la cinta. Este nuevo capítulo en la vida de Chucky deja atrás el terror para adentrarse en la comedia más macabra e irreverente. Por cada acto de maldad del muñeco, su compañera de plástico tendrá un jocoso comentario con el que adornarlo. De esta manera, lo que aparentemente comienza de la manera más ortodoxa, es decir, lo que pensamos, como espectadores, que acabaría convirtiéndose en un Slasher más dentro de la franquicia acaba en una divertida “Road Movie” (lo cual no acaba resultando mala idea ya que al moverse y visitar otros escenarios dará pie a la consecución de nuevas víctimas) donde, además de romperse todas las reglas vigentes hasta el momento en el “Universo Child’s Play“, lo único que interesarán serán las peripecias de los dos muñecos en un viaje hacia un lugar que casi diría que tampoco importa demasiado. La cinta está a disposición de las continuas disputas entre Chucky y Tiffany, sus interacciones e incluso sus diálogos rápidos y mordaces en los que no faltarán alusiones auto paródicas a la saga (como aquella en la que ella le pregunta a él que si tiene pegado a la mano un cuchillo de grandes dimensiones o la respuesta de Chucky a sus respectivos estados muñequiles comentando que se necesitarían tres o cuatro secuelas para poder explicarlo).
El reparto humano (excepto la primera intervención de Jennifer Tilly, expresamente concebida para su lucimiento físico y contoneos de cadera) sencillamente no importa. Hay una subtrama, al más puro estilo “Romeo y Julieta”, donde una pareja de adolescentes se ve forzada a marchar de su pequeña ciudad porque el tío de la chica (interpretado por una cara familiar de la comedia televisiva como es el desaparecido John Ritter) no aprueba su relación. Ello no es más que la excusa ideal para que nuestros muñecos asesinos puedan ir a la tumba de Charles Lee Ray y conseguir el amuleto Damballa que podrá transferir sus almas a un cuerpo humano. Un momento, ¿amuleto? ¿Damballa? ¿Qué ha sido eso de que sólo se podía poseer el cuerpo del primer incauto al que se le había revelado la condición de monigote poseído? Pues parece otra regla canónica hasta el momento que se tira por el retrete. Lo bueno de esta decisión es que dejaremos de ver como Chucky acosa al Andy Barclay de turno o sucedáneo infantil y se le abre todo un mundo de posibilidades y cuerpos que poseer que, como he comentado antes, da igual. Lo realmente importante de la cinta no es la consecución de ese objetivo en forma de cuerpo humano, ni siquiera el de la pareja protagonista que importa más bien poco. Lo que interesa es la relación entre los muñecos. Sus disputas entre ellos, sus situaciones cómicas, sus asesinatos e incluso sus disfrutes y placeres. Referente a esto último, ello dará pie a una de los momentos más bizarros de la cinta que no será otro que la escena de sexo entre Tiffany y Chucky. Si la estampa, la sombra de ambos monigotes copulando, es el más claro ejemplo de lo grueso a lo que puede llegar el humor del filme, su chascarrillo complementario al preguntarle ella si tiene un preservativo no puede ser más descacharrante. “¡Espera, espera! ¿Tienes alguna goma?”. A lo que Chucky responde: “¿Qué si tengo alguna goma? ¡Tiff, mírame, soy todo de goma!”.

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Pero, por otra parte, no todo será romper con el pasado. Algunas cosas se mantienen. La voz de Chucky (en versión original) seguirá siendo la del actor Brad Dourif (que, por otro lado, nunca ha dejado tal labor). Incluso la animación de los muñecos es clásica. Salvo alguna animación por ordenador bastante evidente (los cristales que caen sobre una desgraciada pareja de ladrones -ella interpretada por Janet Kidder, sobrina de la también recientemente fallecida Margot Kidder- mientras retozan sobre una cama de agua en una suite de hotel), el resto es totalmente tradicional y muy bien ejecutado. Señalar que incluso en esas escenas en las que los monigotes son “gente pequeña” caracterizada como el muñeco sigue siendo el especialista Ed Gale el que se pone en la piel de Chucky. Gale ya fue “Muñeco Diabólico” en las anteriores entregas e incluso en 1986 fue el Pato Howard en “Howard, un nuevo héroe” (Howard, the Duck, Willard Huyck, 1986). Y hablando de reparto, pese a que como ya he comentado apenas importan y su finalidad dista mucho de ser algo más que carne de cañón para los verdaderos protagonistas, además del mencionado John Ritter (verdaderamente popular por su intervención en la serie “Apartamento para tres” [Three’s company, 1977-1984] o “Hooperman” [Íd, 1987-1989]), tenemos también a una joven Katherine Heigl (famosa por su papel en “Anatomía de Grey” [Grey’s Anatomy, 2005-2018] y comedias románticas posteriores como “Lío embarazoso” [Knocked Up, Judd Apatow, 2007] o “La Cruda realidad” [The Ugly Truth, Robert Luketic, 2009] entre otras innombrables producciones) y a un andrógino Alexis Arquette anticipando su posterior transexualidad con un look que lo asemeja a una versión gótico industrial de Mario Vaquerizo. Como curiosidad, su personaje se llama Damien Baylock. Una clara referencia cinéfila que hace alusión a “La Profecía” (The Omen, Richard Donner, 1976) ya que Damien era el nombre del niño/hijo del demonio y Baylock era el apellido de la niñera satánica.
En definitiva, “La Novia de Chucky” (Bride of Chucky, Ronny Yu, 1998) es la película que rompe el molde y muestra al mundo el gran carisma de su protagonista, por supuesto, Chucky. Dirigida por el posterior responsable de otra de esas cintas que, pese a ser lo que es, maravilla a legiones de fans del Slasher (servidor incluido) como es “Freddy contra Jason” (Freddy vs Jason, Ronny Yu, 2003), el hongkonés Ronny Yu (aunque en recientes declaraciones de sus productores, se afirma que Yu abandonó el proyecto y el montaje final es responsabilidad de Mancini), la cuarta entrega del muñeco diabólico más querido por el “Fandom” abandona el citado género Slasher para convertirse en una comedia negra totalmente desternillante. La saga se reinventa y el viraje hacia el humor le sienta como anillo al dedo. Auto parodia, chistes zafios, “slapstick” con tintes gore, relevo de odiosos infantes por adolescentes memos y un dúo protagonista de goma con un carisma y una química inigualable. En opinión de un servidor, pese a que la primera “Muñeco Diabólico” (Child’s Play, Tom Holland, 1988) tiene su “nosequé” especial, esta cuarta entrega es la mejor y la más disfrutable de toda la saga. Si muchos de nosotros consideramos que “La Novia de Frankenstein” (The Bride of Frankenstein, James Whale, 1935) es superior a “El Doctor Frankenstein” (Frankenstein, James Whale, 1931), este podría ser el mayor paralelismo entre la cinta de Whale con protagonismo de Elsa Lanchester y el filme que hoy tratamos: una secuela que mejora considerablemente el original. Una gamberrada desorbitadamente irreverente que logró duplicar su presupuesto de veinticinco millones de dólares en taquilla e insufló nueva vida a Charles Lee Ray… Y, ejem, a su familia.

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Un momento: la muerte de uno de sus protagonistas, accidentalmente atropellado de forma brutal por un autocar a toda velocidad no sólo es impactante, sino que inaugurará una nueva forma de morir dentro del terror adolescente de la época que veremos en posteriores filmes como “Destino Final” (Final Destination, James Wong, 2000). Aunque podemos encontrar precedentes de muertes similares, aunque de forma menos explícita y espectacular, en cintas como “Ghosthouse” (La Casa 3, 1988) falsa secuela italiana de “Posesión Infernal” (Evil Dead, Sam Raimi, 1981) dirigida con mucho oficio por Umberto Lenzi bajo su habitual seudónimo de Humphrey Humbert.

Una curiosidad: uno de los pósteres promocionales de la película rindió su pequeño homenaje a “Scream 2” (Íd, Wes Craven, 1997) en el que aparece la mitad del rostro ensombrecido de los dos muñecos protagonistas sobre un fondo negro a imagen y semejanza del de la cinta de Craven.

 

El doctor Frankenstein (Frankenstein, James Whale, 1931)

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Titulo original: Frankenstein / Año: 1931 / País: Estados Unidos / Duración: 71 min / Director: James Whale / Guión: Garret Ford, Francis Edward Faragoh (libre adaptación de la novela de Mary Shelley y obra de teatro original de Peggy Webling) / Producción: Carl Laemmle Jr / Productora: Universal Pictures / Distribución: Universal Pictures /Fotografía: Arthur Edeson / Música: David Brockman / Diseño de Producción: Charles D. Hall / Montaje: Clarence Kolster / Reparto: Boris Karloff, Colin Clive, Mae Clarke, John Boles, Edward van Sloan, Dwight Frye / Presupuesto: 262.007$


El Doctor Henry Frankenstein vive apartado y repudiado por una sociedad científica que ve con malos ojos su voluntad de crear vida mediante el flujo de cargas eléctricas. Junto a su inseparable criado Fritz se dedicará a saquear tumbas con la intención de obtener cadáveres a los que revivir. Pero necesita un último órgano, un cerebro. La torpeza de su asistente hará que lleve a su amo el cerebro de un criminal que enturbiará el éxito del experimento.


El año 1816 fue conocido, en el ámbito de la historia meteorológica, como el “año sin verano”. Europa sufrió las consecuencias devastadoras de un peculiar cambio climático, así como el resto del hemisferio norte de nuestro planeta. ¿Las causas? Los entendidos en el tema achacan el problema a la erupción del volcán Tambora, situado en una pequeña isla de lo que ahora conocemos como Indonesia. Se dice que fue una de las explosiones más grandes jamás registradas (desde que se hace uso de este tipo de registros) y que causó alrededor de 60.000 víctimas además de liberar en la estratosfera una gran cantidad de polvo compuesto de cenizas, rocas pulverizadas y aerosoles de sulfato. A causa de la fuerza de los vientos, la ceniza producida por el humeante cráter se fue esparciendo debilitando así la potencia de los rayos solares.  A ello podemos añadir que en dicho año el Sol, la estrella que reina en nuestro Sistema Solar, registró también un ciclo de menor actividad, lo que los expertos denominan el “Mínimo de Dalton”. El resultado de tan extraña climatología fue una bajada radical de temperaturas, copiosas nevadas en el mes de junio, heladas en época estival, mucho frío, eternas lluvias y una población condenada a la oscuridad, a un año sin cosechas con legiones de hambrientos por las calles, oleadas migratorias, motines en centros urbanos y un auge del fervor religioso apocalíptico.

Seguro que os preguntaréis qué tiene que ver este aterrador panorama con el tema a tratar en este artículo. Básicamente que ese particular verano de 1816 tuvo lugar, en una mansión alquilada a orillas del lago Lemán (entre Francia y Suiza) por el famoso poeta inglés Lord Byron, una reunión de amigos. Entre los invitados a pasar las vacaciones estivales junto al famoso escritor estaban, entre otros, Percy Shelley, Mary Wollstonecraft (la futura señora Shelley) y, su médico personal, John Polidori. Debido a las inclemencias climatológicas antes mencionadas, sus planes lúdicos tuvieron que tomar un rumbo totalmente distinto. Y así fue como, tras leer historias de fantasmas junto al agradable fuego de una chimenea, Lord Byron retó a sus invitados a una peculiar competición literaria: todos debían crear una historia de terror. De esa noche surgieron dos textos, dos cuentos cortos, que acabarían siendo importantes para el género del horror. Ambos serían el germen de, por un lado, “El Vampiro” (novela publicada por Polidori en 1819) y, por el otro, el “Frankenstein o el moderno Prometeo” de Mary Shelley (publicada en enero de 1818 hace ya más de 200 años). Relato, éste último, considerado por muchos como la primera narración de ciencia ficción, además de ser una fantástica historia de terror gótico. Si el lector tiene curiosidad por una recreación de dicha velada podemos recomendar el visionado de “Gothic” (Íd, Ken Russell, 1986). En el film podemos se testigos de la noche que pasan junto a Byron (interpretado por Gabriel Byrne), Shelley (Julian Sands), Mary (Natasha Richardson) y el doctor Polidori (Timothy Spall) mostrándonos que no sólo cultivaban su vena literaria, sino también sus excesos.

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Ayudada después en las labores de editor por su esposo, poco sabría Mary Shelley del éxito que acabaría cosechando su monstruosa criatura. A partir de su novela, una novela que habla del bien y del mal, del desarraigo y de la responsabilidad hacia nuestros actos entre otras cosas, aparecieron diversas adaptaciones teatrales, dramáticas y cómicas, e incluso un cortometraje, “producido” por Thomas Edison en 1910, donde se relatarían las desventuras de su moderno Prometeo, el doctor Víctor Frankenstein, y su creación. Suele decirse que Shelley inspiró la creación de éste en la figura de Johann Conrad Dippel, teólogo y filósofo alemán (nacido en un castillo, en la cima de una montaña, llamado precisamente Frankenstein) que practicó la alquimia y experimentos de diversa índole con los que intentó demostrar, entre otras extravagancias, que era posible trasplantar el alma del ser humano de un cuerpo a otro. Sobra decir que este tipo de historias llegaron a oídos de Shelley y alimentaron su, desbordante de por sí, imaginación. A lo que habría que sumar su interés por la ciencia o su conocimiento de teorías como la del galvanismo de Luigi Galvani.

Prácticamente un siglo después y en un continente y país distinto, los Estados Unidos de América, dio comienzo un periodo histórico denominado como La Gran Depresión. No nos extenderemos en ello en demasía, pero baste mencionar que fue el principio de una crisis bursátil que acabó con la etapa de prosperidad americana tras la Primera Guerra Mundial y que acabaría tomando un alcance global considerable. A dicha situación no estuvo ajeno el negocio del cine y muchos estudios y productoras cinematográficas acabaron sucumbiendo. Las que a duras penas pudieron sobrevivir dedicaron sus esfuerzos a proporcionar lo que su público demandaba o necesitaba, es decir, el Séptimo Arte se convirtió en un pasatiempo para ahogar las penas de los desafortunados ciudadanos. ¿Y hay mejor forma de evadirse de la realidad que con una historia de miedo? En 1931 la Universal Pictures llevaba a las salas de cine uno de sus más sonoros éxitos de la época, la adaptación a la pantalla grande de uno de los monstruos más famosos de la literatura de terror gótico, “Drácula” (Íd, Tod Browning, 1931), encumbrando al actor Bela Lugosi como el icono que es actualmente y dando comienzo a toda una serie de filmes de horror considerados como parte del comienzo del género (un género que no se acuñó como tal hasta 1934).

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Tras el éxito de la cinta del director de “La parada de los monstruos” (Freaks, Tod Browning, 1932), una película que había generado unos 700.000$ en concepto de recaudación, los Estudios Universal quisieron repetir tal proeza y pusieron sus miras en otro popular monstruo clásico: el Monstruo de Frankenstein. Así como ocurrió con la cinta del vampiro transilvano, no se adaptó la novela sino una adaptación teatral, muy libre, de la obra de Shelley, concretamente “Frankenstein: An Adventure in The Macabre” (1927) de Peggy Webling, Con el apoyo del ejecutivo de la Universal, Richard Schayer, el proyecto recayó en Robert Florey, director de origen galo que participó activamente, aunque sin acreditar finalmente, en el guión del filme. Florey, al igual que multitud de realizadores europeos, emigró a Estados Unidos con la intención de hacer carrera y llegó a la Meca del cine influenciado por las producciones del expresionismo alemán. Influencias que intentó plasmar en la adaptación de Frankenstein con “El Golem” (Der Golem, wie er in die Welt kam, Paul Wegener, Carl Boese, 1920) y “El Gabinete del Doctor Caligari” (Das Cabinet des Dr. Caligari, Robert Wiene, 1920) como máximos exponentes.

El papel del monstruo se ofreció a quien destacó y fue la estrella de la adaptación del no-muerto creado por Bram Stoker, Bela Lugosi, aunque se conoce que éste prefería el rol del Doctor Frankenstein. El actor húngaro se sometió a una larga sesión de maquillaje por parte del famoso y consagrado maquillador de “monstruos” de la época Jack Pierce (quien también lo caracterizó para Drácula, aunque se dice que Lugosi acabó por deshacerse del maquillaje para aplicárselo él mismo a su gusto) para realizar una prueba de pantalla que Robert Florey filmó para mostrar al estudio. Dicho rollo de celuloide desapareció, pero no un póster promocional de la película donde el nombre del actor de la Europa del Este sí aparecía. Finalmente, y como todos sabemos, fue otro quien interpretó a la criatura. Las razones atienden al campo de la especulación. Si nos fijamos en la versión de Lugosi, éste dijo que no se mostró nunca interesado en un personaje que no tenía línea de diálogo alguna y que se limitaba a gruñir. Sin embargo, en una entrevista concedida a la primigenia revista Famous Monsters of Filmland, Jack Pierce confesó que el maquillaje del monstruo, sumado a la peluca que debía portar, le confería a Bela Lugosi un aspecto poco más que ridículo debido a las desmesuradas dimensiones de su cabeza. Descontentos con el resultado, ello llegó a las altas esferas de Universal provocando la salida del proyecto de Florey y Lugosi recayendo ambos en otra producción del estudio, “El doble asesinato en la calle Morgue” (Murders in the Rue Morgue, Robert Florey, 1932). Como curiosidad, podemos comentar que el mismo personaje que Lugosi rechazó en esos mismos momentos sí quiso interpretarlo una década después, ya cobijado bajo el éxito, en el film “Frankenstein y el Hombre Lobo” (Frankenstein Meets the Wolf Man, Roy William Neill ,1943), uno de los curiosos “mashups” a los que Universal Studios sometió al panteón de monstruos clásicos durante la década de los 40.

 

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La producción acabó recayendo entonces en el director inglés James Whale. Éste comenzó su carrera como director teatral en su Gran Bretaña natal.  El éxito de su obra “Journey’s end” lo llevó, en 1930, a realizar una gira en los EE.UU. y una vez allí fue convencido para trabajar en su versión cinematográfica. El éxito de ésta llegó a oídos de la Universal, quien le ofreció un contrato (recordemos que estamos en la época del Studio System y cada productora tenía a su plantilla -prácticamente- fija). Whale trabajó para este estudio en la primera mitad de los años 30 y supuso su etapa más prolífica, pero que quizá en acabó en encasillamiento ya que coincide en su incursión en el terror. Descartado Bela Lugosi, Whale quedó maravillado con el peculiar físico y la actuación de un curtido actor, Boris Karloff, en la película de Howard Hawks “El Código Penal” (The Criminal Code, Howard Hawks, 1931). Karloff llevaba más de diez años dedicado al mundo actoral con más o menos fortuna y al recibir la oferta no se lo pensó demasiado. Desde un primer momento se involucró al 100% en el proyecto construyendo a un personaje que prácticamente hizo suyo y que es como ha pasado a la posteridad convirtiéndolo en todo un icono de la cultura popular. Un monstruo pausado, pesado, lento, pero a la vez ingenuo y letal a partes iguales. El británico aguantó largas sesiones de maquillaje que llegaban a durar hasta 4 horas (más otras dos para devolverlo a la normalidad). Molestos prostéticos daban forma a su cabeza y a sus párpados característicos que le conferían una mirada casi sin vida. Se le obligó a portar una especie de corsé metálico, que sumado a la ropa acortada para dar sensación de enormidad y a unas enormes botas de obrero, provocaron al actor dolores de espalda que acabaron siendo crónicos. Sin embargo, y a diferencia de otros, el actor nunca renegó de su labor en el género estando siempre, si atendemos a declaraciones de su única hija Sara Karloff, muy orgulloso de la misma.

Centrándonos ya en la cinta, y como ya pasaba con el “Drácula” (Íd, 1931) de Tod Browning, las semejanzas con las obras literarias a las que teóricamente adaptan se reducen prácticamente al título de las piezas, personajes y poco más. Como ya se ha comentado antes, esto se debe a que ambas tenían como materia prima a sendas obras teatrales. La cinta de Whale difiere de la obra de Shelley. Si recuerdan el comienzo de ésta última, encontrábamos como narrador de la misma al Capitán Robert Walton que, en su afán por llegar antes que nadie al Polo Norte, encontraba en su camino a un moribundo Víctor Frankenstein. Yaciendo en un incómodo catre, éste acabaría relatándole su vida y obra además de confesarle su crimen, es decir, su soberbia a la hora de querer emular a Dios intentando crear vida, por una parte, y, por la otra, su irresponsabilidad a la hora de desentenderse de las consecuencias venideras. En la película encontramos varias licencias que acabarán siendo canónicas. Nada más comenzar el metraje descubrimos a un Doctor Frankenstein muy distinto al creado por Mary Shelley. Si en la novela se nos describía como un ser solitario, apasionado y obsesionado a partes iguales por la ciencia, en el film de Whale podemos observar de primera mano como responde a la generalizada idea del típico “Mad Doctor” que se instaurará en nuestra memoria colectiva. El film comienza con un funeral y tras un plano secuencia conoceremos la faceta de “ladrón de cadáveres” del buen doctor junto a su fiel asistente, el jorobado Fritz. Cabe señalar que el cambio más evidente es el del nombre de nuestro protagonista, aquí llamado Henry Frankenstein. Y es que se dice que la productora consideraba que el nombre de “Víctor” no acabaría calando en el público estadounidense.

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Henry Frankenstein, interpretado magnifica e histriónicamente por el actor Colin Clive, se nos presentará dando vida al cliché de “doctor loco” asentando las bases de este tipo de personaje que acabará imitándose en posteriores films similares, ya sean adaptaciones del personaje creado por Shelley o productos de terror en los que aparezca algún investigador como, por ejemplo, la magnífica “Re-Animator” (Íd, Stuart Gordon, 1985). Incluso Walt Disney convirtió, tras el éxito de “El Doctor Frankenstein“,  al ratón Mickey en un científico de dudosa moralidad en el corto “The Mad Doctor” (Íd, David Hand, 1933). En el film de Whale encontramos ya varias de las constantes a repetir como la del laboratorio, en este caso situado en lo alto de un torreón. Si en la novela, Víctor omitía de forma deliberada, para que nadie pudiera seguir sus pasos, las técnicas con las que “dar vida” a los muertos, en la película de 1931 se detalla de manera casi minuciosa. En la obra original se nos ofrecen vagas descripciones siendo reacciones químicas de distintos elementos las que reanimarán al Monstruo. Ello dejará vía libre a la imaginación y en la película de Whale la criatura revivirá con un elemento que acabará dentro del canon: la electricidad. Conviene señalar la magnífica labor del técnico Kenneth Strickfaden, también conocido como “Mister Electric”, utilizando muchas de las invenciones de Nikola Tesla en la construcción del laboratorio del Doctor Frankenstein. Todas esas estrafalarias máquinas eléctricas con sus respectivos chisporroteos y arcos voltaicos representaban una concepción científica de vanguardia más interesadas en el aspecto teatral de estas vistosas concepciones. Un, en un principio, hobby en el que Strickfaden acabó especializándose y convirtiendo en oficio colaborando en más de cien películas y productos para la televisión entre las cuales encontramos las secuelas más inmediatas de esta seminal entrega del Monstruo de Frankenstein (“La Novia de Frankenstein” [Bride of Frankenstein, James Whale, 1935], “La Sombra de Frankenstein” [Son of Frankenstein, Rowland V. Lee, 1939]), así como el film “La máscara de Fu-Manchú” (The Mask of Fu Manchu, Charles Brabin, Charles Vidor, 1932) o la serie televisiva “The Munsters” entre otras. Como curiosidad, Strickfaden se encargó de hacer de doble de Karloff bajo las sábanas que cubrían a la criatura en la escena de la creación del monstruo debido al pánico que el actor británico sentía por tal uso de la electricidad. Tampoco podemos olvidar un excepcional diseño de producción claramente influenciado por el cine expresionista alemán con esos irregulares decorados que tratan de reflejarnos la perturbada psique de sus protagonistas principales.

Curioso es el caso del fiel asistente/criado del buen doctor, Fritz, interpretado magistralmente por el actor Dwight Frye. Frye ya intervino en “Drácula” (Íd, Tod Browning, 1931) realizando un espectacular trabajo con el personaje de Renfield. De hecho, fue un talentoso actor, pero también muy subestimado por sus coetáneos. Algo que provocó su caída en desgracia. Volviendo a Fritz, no deja de sorprender que, con el paso de los años, este peculiar jorobado, un tanto torpe y malicioso, haya llegado hasta la memoria colectiva de nuestros días con el nombre de Igor. Sobre todo, teniendo en cuenta que el personaje de Igor no aparecería hasta la secuela “La Sombra de Frankenstein” (Son of Frankenstein, Rowland V. Lee, 1939). Igor era un extraño ser deforme que en el pasado fue ajusticiado al ser descubierto saqueando tumbas y robando cadáveres (curiosamente interpretado por Bela Lugosi). Tal vez la decisión de Mel Brooks, casi cuatro décadas después, de tomar como principal referencia dicho film para su divertida “El jovencito Frankenstein” (Young Frankenstein, Mel Brooks, 1974) fuera la causante de tal fusión de personajes (bajo la humilde opinión de quien suscribe estas palabras).

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La película de Whale desmonta, por su parte, la naturaleza de la relación entre Monstruo y Creador de la novela original. Si Shelley nos relataba que la falta de responsabilidad de este último era la causa que desencadenaba la tragedia, en el film se nos trata de simplificar en términos biológicos. A falta del último órgano para poder llevar a cabo su experimento, es decir, un cerebro, la torpeza de Fritz le lleva a sustraer el de un criminal (curiosamente denominado “cerebro anormal” para subrayar más si cabe tal concepto). Esta “biología de la maldad”, quizá simple en demasía, se desmorona en parte con la actuación de Karloff cuando éste interpreta a un ser de ingenuidad infantil y carente (en apariencia) de una maldad innata. De hecho, es una violenta reacción natural al miedo (producido por el fuego de la antorcha con la que Fritz lo amenaza) la que lleva a su Hacedor a justificar dicha teoría afirmando que su creación, por la cual sintió orgullo en un principio, es incontrolable y debe ponerle fin.

Completan el reparto la actriz Mae Clark como Elizabeth Lavenza, la prometida de Henry e interés romántico Victor Moritz, el mejor amigo de este último e interpretado por John Boles, conformando un triángulo amoroso apenas desarrollado. Y, por último, y no menos importante, encontramos al actor que ya pudimos ver interpretando a Abraham van Helsing en “Drácula” (y será el futuro Dr. Muller en otro clásico de la casa: “La Momia” [The Mummy, Karl Freund, 1932]), Edward Van Sloan. Aquí Sloan es el Dr. Waldman, mentor y encargado de explicarnos el background del personaje de Henry Frankenstein. El actor también se encarga de protagonizar, a modo de prólogo, una advertencia para el público incauto acerca del tono de la película además de sus mensajes sobre la vida y la muerte, sobre la existencia, Dios y los enigmas del hombre.

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La cinta tuvo problemas con la censura de la época. Varias escenas fueron recortadas, modificadas o silenciadas por los “aficionados a la tijera” del momento. La magistral escena del Monstruo y la niña María es una de ellas. Una escena que rompe con la teoría del origen biológico de la maldad de la criatura ya que se nos muestra de primera mano su infantil ingenuidad y su sensibilidad hacia la belleza. Se nota el cuidado del director en no traspasar “líneas rojas” en la concepción de la misma cuando la muerte de la pequeña se deja a la imaginación del espectador. Desentonando, a su vez, con el posterior (y falso) plano secuencia del padre portando el recién descubierto cadáver de la pequeña a lo largo del pueblo hasta llegar a la residencia del Barón Frankenstein. Silenciada, por otra parte, fue la escena en la que Colin Clive tras gritar su famoso “It’s alive!”, refiriéndose a su recién revivido proyecto científico, se equipara con Dios. Algo que no debió sentar muy bien en tan puritana época. Sobre su pista de audio se superpuso otra con el estruendo de un trueno. No fue hasta muchas décadas después, y mediante modernas técnicas, que pudimos saber de su existencia. Tampoco el film pudo esquivar a añadidos en post-producción. Al mencionado con anterioridad prólogo de Edward Van Sloan, hay que añadir el “final feliz” que llegó a las pantallas. Originalmente el desenlace de la cinta tenía un cariz más pesimista al fallecer criatura y creador en la famosa e icónica escena del molino. Un molino que estaba concebido en origen como el recinto que cobijaba el laboratorio del doctor Frankenstein. El incendio provocado por la turba acabaría con la vida de ambos y cerraría abruptamente el episodio. Sin embargo, la productora decidió que el público estaba necesitado de un final más optimista e improvisó un cierre en el que ni siquiera el actor ni director participaron.

Es sin duda el Frankenstein de la Universal (y el de Boris Karloff) el que ha pasado al recuerdo colectivo del público en general, pese a estar basado en un magnífico material del que apenas toma el título y poco más. No sólo eso, sino que es poseedora de muchas escenas para la posteridad y su éxito proporcionó otras muchas adaptaciones de la criatura creada por el moderno Prometeo dignas de mención como su inmediata secuela o todo el ciclo que le dedicó Terence Fisher en el seno de la Hammer Films de la que un servidor es ferviente admirador. Pero eso es una historia para otro día.

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Crítica de “La noche de los Demonios” (Night of the Demons, Kevin. S. Tenney, 1988)

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Título original: Night of the Demons / Año: 1988 / País: Estados Unidos / Duración: 90 minutos / Director: Kevin S. Tenney / Producción: Joe Augustyn / Productora: Paragon Arts International / Distribución: Meridian Productions / Guion: Joe Augustyn  / Música: Dennis Michael Tenney / Fotografía: David Lewis / Montaje: Daniel Duncan / Reparto: Alvin Alexis,  Allison Barron,  Lance Fenton,  Billy Gallo,  Hal Havins,  Amelia Kinkade, Linnea Quigley,  Jill Terashita / Presupuesto: 1.200.000$


Es Halloween y Angela decide celebrar una fiesta clandestina en la abandonada mansión Hull, una antigua funeraria sobre la que, sin que ella ni sus amigos lo sepan, pesa una maldición. Ignorantes del mortal peligro, los jóvenes deciden divertirse a base de alcohol, música, bromas pesadas y sexo. Sin embargo, en su torpeza, acabarán despertando a un demonio que habita en el interior de la casa. Será de esta forma que comience su pesadilla.


Hay películas que perduran en el imaginario personal (o colectivo) no por su valor artístico ni su calidad cinematográfica sino por motivos intrínsecamente más prosaicos. Una portada llamativa, un personaje carismático, una escena impactante, una pegadiza banda sonora o simplemente habernos hecho pasar un buen rato pueden ser algunos de los variados motivos que nos pueden llevar a recordar, con más o menos cariño, ciertas cintas que poco probable es que lleguen a convertirse en clásicos o en representativas de un género en concreto. Aunque dudo que sea algo de lo que los fans veteranos tengamos exclusiva, todos aquellos que crecimos durante la “Edad de Oro de los Videoclubes”, esos templos del Séptimo Arte levantados para el gozo y deleite de voraces cinéfagos, nos sentiremos identificados con estas palabras. Probablemente muchos de nosotros tuvimos uno, dos, tres o más de diez títulos fetiche entre aquel maremágnum de fantásticas carátulas, una al lado de la otra formando un majestuoso mosaico, que nos maravillaban cada vez que acudíamos a dichos establecimientos. Seguramente tenga que sacudirme de encima algo de nostalgia (bendita y maldita por partes iguales) y que la cruda realidad es que un videoclub no era otra cosa que un negocio local, más parecido a una papelería o a un colmado, sin toda esa mitología que muchos aficionados le conferimos. Podríase decir que algo parecido ocurre con todos aquellos que tuvieron la fortuna de vivir de primera mano la gloriosa época de los “programas dobles” en los cines de sus barrios y que también los recuerdan con cierta carga épica. Sin embargo, que no nos dé miedo afirmar, con la embriaguez de la nostalgia a flor de piel, que eran auténticos santuarios que formaron el gusto y el criterio de muchos de nosotros.

Volviendo a lo que hoy nos atañe, cuando un servidor acudía al videoclub de su barrio no podía eludir la atracción de algunas de las cubiertas que poblaban las estanterías. Mientras que muchas de ellas eran totalmente fantásticas, otras, por el contrario, eran tramposamente engañosas. Algunas mostraban ilustraciones o imágenes que nada tenían que ver con su contenido. también las había que simplemente tenían un fascinante “nosequé”. Entre las muchas que atrajeron la atención de aquel jovenzuelo aficionado al terror, concretamente quien suscribe estas palabras (pero hace ya unos años), estaba la muy cutre portada de “La noche de los demonios” (Night of the Demons, Kevin S. Tenney, 1988) en la que aparecía, en primer término, el plano del deformado rostro de un demonio femenino -con una especie de tiara/corona- junto a la lapidaria frase “Estás invitado a una fiesta en el infierno”. Más tarde supe que dicha efigie, la de la actriz Amelia Kinkade, acabaría convirtiéndose en icono representativo de la saga. En cuanto al VHS, la cosa mejoraba considerablemente al darle la vuelta a la caja de la cinta para leer la sinopsis. Varias fotos la acompañaban y en ellas ya se nos prometían “gore” y escenas picantes -a juzgar por un explícito plano del trasero de la “Scream Queen” Linnea Quigley-. Si a ello añadimos que uno de los principales argumentos para “vendernos” la peli era la participación de Steve Johnson [1] en sus efectos especiales -algo que, sinceramente, en aquella época pre-internet nos la traía al pairo-, pocas razones más había para no acabar yendo al mostrador a alquilarla. He de confesar que pese a atraerme en multitud de ocasiones, tardé bastante en llevarme esta pequeña pieza de culto a casa. Siempre había otras opciones que postergaban el momento. Craso error.

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La de Kevin S. Tenney -quien debutara con la entrañable “Witchboard (Juego diabólico)” [Witchboard, 1986] o perpetrara posteriormente la inefable “La venganza de Pinocho” [Pinocchio’s revenge, 1996] o el producto “directo a vídeo” protagonizado por el desaparecido icono de los ochenta Corey Haim “Pánico en la central” [Demolition University, 1997] entre otros muchos otros poco destacables trabajos- es una de esas comedias de terror ochentero adolescente que tan del gusto fueron en su época funcionando relativamente bien entre los aficionados al género. El filme no presenta nada nuevo: un grupo de despreocupados jóvenes se enfrentan a un demoníaco peligro en un espacio cerrado, concretamente una funeraria abandonada junto a un cementerio. Irrespetuosamente desvergonzados con las fuerzas provenientes del más allá, despertarán accidentalmente a una entidad diabólica que acabará poseyéndolos. Todo ello acompañado de desnudos gratuitos, diálogos estúpidos, alcohol y escenas violentas aceptablemente resueltas. Podríamos señalar su principal referente en el clásico de Sam Raimi “Posesión Infernal” (The Evil Dead, 1981) ya que no son pocas las similitudes, salvando grandes distancias, entre ambos trabajos. Sin embargo, si en la película del director de “El ejército de las Tinieblas” (Army of Darkness, 1992) se hace del terror un verdadero espectáculo delirante, aquí todo se queda en la imitación de sus formas, pero con la nula comprensión de su fondo. Si aquella que convirtiera al personaje de Ash Williams en todo un icono del terror abogaba por ser un complejo y planificado ejercicio cinematográfico (pese a sus limitaciones, tanto técnicas como presupuestarias), la película de Tenney se limita a ser una versión de saldo de la misma.  A semejanza de la de Raimi, no se esconde una confesa condición de película “Serie B“, de auténtico subproducto, en el que parecen combinarse la cinta protagonizada por Bruce Campbell con cualquiera de las entregas de la saga “Porky’s” (Íd, Bob Clark, 1981) y, a juzgar por el diseño de los maquillajes, con la mirada puesta también en el cine de explotación italiano puesto que se nota una cierto parecido con los poseídos de la también cinta de culto “Demons” (Demoni, Lamberto Bava, 1985). En definitiva, un exploit de otros productos que funcionaron bien en su momento.

La genial animación para los créditos iniciales, con un característicamente ochentero tema electrónico de fondo, nos introducirá en la historia. Es la víspera a la noche de Halloween en una pequeña localidad de extrarradio norteamericana. Como muchos jóvenes en dichas fechas, Judy (Cathy Podewell) y sus amigos se disponen a celebrar una fiesta. Sin embargo, en último momento deciden ir a la que organiza Angela, la chica rarita de la clase, en una antigua funeraria abandonada. El emplazamiento ideal para desatar sus hormonas adolescentes y correrse una juerga durante la noche de brujas. En realidad, este grupo variopinto de teenagers no sólo es el típico de este tipo de productos, sino que son auténticos clichés estereotipados. Como suele ser habitual en estas paupérrimas producciones, tendremos a un grupo de desconocidos actores que harán las veces de todos los tópicos del género que nos podamos imaginar. Encontraremos a la joven virginal -“final girl” a la postre-, al novio gañán, al rebelde con destellos de héroe, al bruto desagradable o a la “ligera de cascos”. Una pandilla de inadaptados a lo Judd Nelson y Molly Ringwald de “El Club de los Cinco” (The Breakfast Club, John Hughes, 1985), pero en versión “carne de cañón” para el deleite del espectador con sus muertes. Aunque para llegar a ese momento, habrá que visionar más de la mitad del metraje ya que los dos primeros actos del filme se destinan a la presentación de los protagonistas, la fiesta y la aparición de la invocada entidad demoníaca tardando bastante en arrancar ese esperado clímax violento. El acto final se compondrá de muertes, alguna de ellas con acierto, y una sucesión de persecuciones tan repetitivas como escandalosas -ayudando a ello los propios chillidos de los protagonistas y el machacón sintetizador del “score”–  con espacio para algún momento digno de mención como la escena en la que la protagonista improvisa un lanzallamas con una tubería de gas y un mechero. Por lo demás, nos encontraremos ante una sucesión de “set pieces” -comunes en el cine “slasher“- en la que el destino de los distintos personajes acabará siendo funesto. Siempre sazonado con un negro sentido del humor y desnudos. La presencia de la mítica Linnea Quigley, quien ya nos encandilara con su sensual striptease en la genial “El regreso de los muertos vivientes” (Return of the living dead, Dan O’Bannon, 1985), es plena garantía de ello. La famosa “Scream Queen” protagoniza no sólo momentos de destape sino algunas escenas y diálogos que han quedado en la memoria de los fans. Su presentación en el drugstore, con un look muy a lo Cindy Lauper, encandilando con sus posaderas a unos dependientes de aspecto nerd mientras su compañera se avitualla sin pasar por caja, su frase “Vaya, tendré que chuparos la polla algún día” [2] tras preguntarles si tienen huevos de chocolate en la tienda o la mítica escena en la que un pintalabios atraviesa uno de sus pezones -muy lograda, por cierto- son algunas de las perlas que esta musa del terror nos ofrece.

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Entre los pocos aciertos de casting, tenemos a la actriz Amelia Kinkade (sobrina de la popular Rue McClanahan, famosa por interpretar a Blanche Devereaux en la exitosa serie “Las chicas de oro” [The Golden Girls, 1985-1992]) interpretando a Angela, la chica rara de la clase que es, a su vez, la anfitriona de la fiesta en la encantada mansión Hull. Éste sería el personaje con el que se recordará su breve paso por el cine -en la actualidad escribe libros dedicados a su faceta como psíquica de animales-, ya que Kinkade acabaría convirtiéndose en el icono de una saga que alcanzaría la friolera de tres entregas (con ellas misma caracterizada de gótico demonio en sus portadas) y un remake en 2009 [3]. La joven ya era bailarina profesional por aquel entonces [4] y creó ella misma la coreografía del diabólico baile de su mejor escena en el filme. Sin duda, su versión poseída es la más carismática de todo el elenco. Y ello no podría haberse materializado de no haber contado con un gran profesional del campo de los efectos especiales. La participación de Steve Johnson se nota y mucho. Tejano de nacimiento, Johnson ha participado en multitud de películas de terror consideradas de culto y tiene el honor de haber diseñado y esculpido a Slimer, el viscoso y mocoso espectro más querido de “Cazafantasmas” (Ghostbusters, Ivan Reitman, 1984) conocido por aquel entonces como “Onion head“. El trabajo de maquillaje de “La noche de los Demonios” es sencillamente espectacular, así como muchos de sus efectos prácticos. Algunas de sus explicitas y violentas escenas están muy bien resueltas en lo que a lo visual se refiere otorgándoles un conseguido realismo. Lo que no deja de sorprender en una producción “low cost” como supuso ser esta. Con lo cual, y para ir concluyendo, podemos afirmar que nos encontramos ante una de esas películas malas, realizadas a rebufo del éxito de los clásicos del género, pero que, inexplicablemente, tiene un “nosequé” que la hace tan entrañable como disfrutable. Cierto es que tarda en arrancar, que su argumento es meramente una excusa y que la mayor parte de sus intérpretes realizan un trabajo nefasto. Eso sin contar la cantidad de diálogos absurdos, aunque hilarantes, que tendremos que sufrir. Pero a su favor destacaremos los citados efectos especiales supervisados por Johnson, su desenfadado gamberrismo sin complejos, el uso de una banda sonora a base de sintetizadores y algún que otro tema de grupos metal rock de la época creando momentos muy conseguidos y la presencia de nuestra admirada Linnea Quigley y sus gratuitas exposiciones de carne. Sí, es verdad que la película es un pestiño, pero es un pestiño entretenido, ideal para hacerse un pase doble “Grindhouse” complementándola con alguna de sus secuelas o con su principal referente, “Posesión infernal“. Una pequeña joya que, con sus muchas carencias y pocas virtudes, logró hacerse un hueco en los corazoncitos de los muchos aficionados al terror que la descubrieron en la estantería de su videoclub. Por cierto, con sus resultados triplicó su presupuesto.

Un momento: el sensual y erótico baile de Angela (Amelia kinkaid) al son del tema “Stigmata Martyr” de la banda Bauhaus es totalmente hipnótico.

Una curiosidad: el creador de los efectos especiales, Steve Johnson, y la actriz Linnea Quigley comenzaron una relación amorosa, que fructificaría en un corto matrimonio, tras la realización de esta película. Ambos pasaron largas horas juntos para la confección de los moldes de los pechos de la actriz que se utilizaron en la famosa escena del pintalabios. El director de la cinta, Kevin Tenney, cree que fue así como se enamoraron y así lo manifestó en unas declaraciones que podéis leer aquí.

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[1] Steve Johnson es un gran profesional de los Efectos Especiales y cuenta con una dilatadísima carrera. En su currículum tiene el honor de haber participado en filmes como “Videodrome” (Íd, David Cronenberg, 1983), “Noche de miedo” (Fright night, Tom Holland, 1985), “Cazafantasmas” (Ghostbusters, Ivan Reitman, 1984), “Pesadilla en Elm Street 4” (A Nightmare on Elm Street 4: The Dream Master, Renny Harlin, 1988), “La Guerra de los Mundos” (War of the Worlds, Steven Spielberg, 2005) o “Spider-Man 2” (Íd, Sam Raimi, 2004) entre otros muchísimos títulos.

[2] Traducción bastante libre, muy libre, de “Do you guys have sour balls?” y “Too bad, I’ll bet you don’t get many blowjobs”. Nada que ver con lo que dice el personaje con el doblaje a nuestra lengua.

[3] Remake dirigido por Adam Gierasch en 2009 y en el que la actriz Shannon Elizabeth, popular por su participación en la saga “American Pie” (Íd, Paul Weitz, Chris Weitz, 1999), interpreta el papel de Angela. Curiosamente la única actriz del cast del 88 que aparece haciendo un cameo no es Amelia Kinkaid, sino Linnea Quigley.

[4] Amelia Kinkaid participó también en filmes musicales como el protagonizado por Lorenzo Lamas “Body Rock” (Íd, Marcelo Epstein, 1984) y “Breakdance 2: Electric Boogaloo” (Breakin‘ 2Electric Boogaloo, Sam Firstenberg, 1984), secuela de la cinta que puso brevemente de moda películas del estilo de baile breakdance.

Crítica de “Critters” (Íd, Stephen Herek, 1986) [1]

 

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Título original: Critters / Año: 1986 / País: Estados Unidos / Duración: 82 minutos / Director: Stephen Herek / Producción: Barry Opper, Robert Shaye, Sara Risser, Rupert Harvey / Productora: New Line Cinema / Distribución: New Line Cinema / Guion: Stephen Herek, Don Opper, Dominic Muir  / Música: David Newman / Fotografía: Tim Suhrstedt / Montaje: Larry Bock / Diseño de producción: Gregg Fonseca / Reparto: Scott Grimes, Dee Wallace, M. Emmet Walsh, Billy Green Bush, Nadine Van Der Velde, Terrence Mann, Don Keith Opper, Billy Zane / Presupuesto: 2.000.000$


Los Critters, mortíferas criaturas con afilados dientes, conocidos por su mortal apetito, se han fugado de una prisión de alta seguridad de una galaxia cercana. Dos cazadores de recompensas han sido contratados para capturarlos mientras que los Critters han llegado a la Tierra, concretamente a una pequeña localidad rural de Kansas donde vive la familia Brown.


En 1984, Steven Spielberg presentaba al mundo una de esas producciones míticas de su “Amblin Entertainment” que tanto le gustaba auspiciar: “Gremlins” (Íd) de Joe Dante. Una suerte de cuento macabro de Navidad y a la vez homenaje al cine de serie B de antaño y a las historias de invasiones alienígenas de la sci-fi más añeja. Siempre bajo el filtro de ese “entertaintment” que le hace característico y con la intención y el tono adecuado para que el público de masas llenara las salas de cine. Convertida la cinta del director de “Piraña” (Pirahna, 1978) y “Aullidos” (The Howling, 1981) en fenómeno social, poco a poco, aparecerían otros productos siguiendo su estela y que convertirían en protagonistas a otros “bichos” de procedencias dispares. Dejando, sobre todo, de lado la referencialidad cinéfila, las alusiones “caprianas” y el puro objetivo mainstream de esos diablillos que asolaron la pequeña localidad de “Kingston Falls” (también conocida como “Hill Valley” en otro universo “ambliriano“) estos “primos lejanos” intentaron, como mínimo, arañar las migajas de su éxito y ganar unos dólares independientemente de la calidad del producto. Primero aparecieron los “Ghoulies” (Íd, Luca Bercovici, 1985) y dos años después, en 1986, llegaban a la gran pantalla unas voraces y carnívoras criaturas procedentes, esta vez sí, del espacio exterior con el film “Critters” (Íd, Stephen Herek, 1986).

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Dirigida por el debutante Stephen Herek, director también de la curiosa, recomendable y divertida “Las alucinantes aventuras de Bill y Ted” (Bill & Ted’s Excellent Adventure, 1989), “Critters” (Íd, 1986) comienza con la fuga de estas peligrosas bestiecillas de un asteroide prisión de máxima seguridad en el que se encuentran presos para acabar aterrizando en nuestro planeta, más concretamente en una pequeña localidad rural de Estados Unidos. Estos pequeños monstruitos de dientes afilados, amplia sonrisa diabólica, voraz apetito y con una fisonomía que los emparentaría con los puercoespines acabarán asediando la típica granja de la América profunda donde vive la familia Brown. Sorprendidos y aterrorizados, desconocerán que tras la pista de sus mortales acosadores hay dos cazarrecompensas intergalácticos. Sus responsables siempre afirmaron, juraron y perjuraron que su proyecto, que sus Critters, comenzaron a gestarse antes que la historia de los Mogwais y que pospusieron su desarrollo tras el estreno de “Gremlins” (Íd). Un guion escrito a tres manos por el propio Stephen Hereck, Domonic Muir y Don Opper que, según ellos mismos, tuvieron que modificar para que no se les acusase de plagio. Siempre podríamos concederles el beneficio de la duda (¿lo hacemos?). Sin embargo, existe una historia, un mito, que da pie a una hipótesis (de la persona que suscribe estas palabras, eso sí) que justifica la existencia no sólo de esta película sino incluso de la original de la “Amblin“. Cuenta la leyenda que a principios de los 80 el anteriormente citado Steven Spielberg tenía varios proyectos simultáneos y de entre todos ellos se encontraba la dirección (o producción dependiendo del momento en el que se encontrase) de un film de serie B cuyo origen está en la presión que ejercía la “Columbia” para que hiciera la secuela de otro de sus grandes éxitos: “Encuentros en la Tercera Fase” (Close Encounters of the Third Kind, Steven Spielberg, 1977). Para ello, Spielberg encargó un guion a John Sayles, ahora reputado cineasta independiente que por aquel entonces se había granjeado cierto éxito tras la escritura de los libretos de otros filmes de bajo presupuesto como “Piraña” (Pirahna, Joe Dante, 1978) y “La Bestia bajo el asfalto” (Alligator, Lewis Teague, 1980). Aquello que escribió para el Rey Midas de Hollywood llevaba el título de “Night Skies” y, basándose en presuntos hechos reales y tomando “Perros de Paja” (Straw Dogs, Sam Peckinpah, 1971) como referencia, narraba la historia de cómo unas criaturas llegadas del espacio exterior asolaban una granja del medio oeste americano acosando a la familia que la habitaba. Este clan, desestructurado como fuera habitual en el cine “spielberiano”, sería rescatado por otra raza de alienígenas que llegaría a nuestro mundo. De ser cierto, sería evidente que ese guion nunca rodado de “Night Skies” [2] debió pasar por muchas otras manos, que sí debió interesar a otros individuos y que pudo ser la base y referencia para los filmes que estamos aquí mencionando entre ellos la trágica noche que los Brown conocieron a los crites, que es así como se denomina a dicha raza.

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Esta familia Brown reúne todos los arquetipos de este tipo de unidades familiares del medio oeste de los Estados Unidos y de este tipo productos, ya sean cinematográficos o televisivos. Como cabeza de familia tenemos a Jay Brown, interpretado por el veterano Billy Green Bush. Hombre de campo, rudo, trabajador y, como no podría ser en otro lugar del mundo, aficionado a los bolos. De mentalidad conservadora, es presumible su afiliación republicana. No duda en empuñar su escopeta, incluso herido, para defender a los suyos. Interpretando a su fiel y afable esposa, Helen Brown, tenemos a toda una musa del cine fantástico: Dee Wallace-Stone. Sobran las presentaciones para esta gran actriz, pero por si alguien no logra ponerle cara podemos decir que protagonizó una de las, para un servidor, mejores películas de licántropos titulada “Aullidos” (The Howling, Joe Dante, 1981), sufrió los ataques de ese San Bernardo psicótico llamado “Cujo” (Íd, Lewis Teague, 1983) y sin duda pasará a la posteridad por interpretar a la madre de Michael, Gertie y Elliot en “E.T. el Extraterrestre” (E.T.: The Extra-Terrestrial, Steven Spielberg, 1982). La señora Brown es la típica ama de casa, encantadora con sus vecinos, fiel a las decisiones de su cónyuge y mediadora entre las discrepancias generacionales de éste con su joven descendencia sin dejar de olvidad su lado histérico y gritón cuando el peligro hace acto de presencia. El bien avenido matrimonio Brown acoge en su seno a sus dos hijos. Por una parte, está April, la hija adolescente, que para perfeccionar el cliché estará en pleno despertar sexual y se nos presenta como un pelín fresca y “demasiado moderna para la gente de este pueblo”. Interpretada por una joven Nadine Van Der Velde podemos añadir que “Critters” (Íd) no sería la única cinta de bichos que protagonizaría ya que sólo un año después aparecería en la producción de Roger Corman “Munchies” (Íd, Tina Hirsch, 1987).  Como curiosidad, la directora de “Munchies” (Íd), Tina Hirsch, fue la montadora de “Gremlins” (Íd). Y rizando el rizo de las curiosidades, el novio de April y víctima del voraz apetito de los Critters está interpretado por un joven Billy Zane. El joven Brad Brown es el benjamín de la casa. Es el típico “chaval raro” de la clase, un pre-púber de espíritu aventurero, valiente, obstinado y aficionado, entre otras cosas, a la pirotecnia. Su cara es la del televisivo Scott Grimes. A Grimes lo podemos ver ahora en la reciente “The Orville” (Íd, 2017-2019) de Seth McFarlane, pero en los 80 venía a ser un émulo de Michael J. Fox interpretando diversos papeles de “hijo gracioso” en sit-coms como “Together We Stand” (Íd, Sherwood Schwartz, Michael Jacobs, 1986-1987), donde compartía cast con Dee Wallace e incluso con Jonathan Ke Quan (el Data de “Los Goonies” [The Goonies, Richard Donner, 1985]).

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Junto a Brad encontramos a su fiel amigo Charlie interpretado por Don Opper que, a la postre, participa en el guion de la película y es el hermano de Barry Opper, productor de las cuatro cintas que generaron los Krites. El amigable Charlie trabaja para los Browm, no tiene a priori muchas luces y es el borrachín del pueblo. Además, es el único que ha visto llegar la nave de los Critters. Como viene siendo habitual, y para redondear la previsibilidad de su personaje, no le creen cuando acude a la autoridad local, es decir, un sheriff interpretado por M. Emmett Walsh, otra cara conocidísima del género (participando en títulos tan dispares como “Huida del Planeta de los Simios” [Escape from the Planet of the Apes, Don Taylor, 1971], “Blade Runner” [Íd, Ridley Scott, 1982] o “Arizona Baby” [Raising Arizona, Ethan Jesse Coen, Joel David Coen, 1987] entre otros muchos filmes de su dilatada carrera). Y para acabar con las presentaciones, cabe mencionar a los no menos importantes caza recompensas del espacio, los Caza-Critters. Dos tipos aguerridos, armados hasta los dientes con el armamento más sofisticado, mortífero y devastador de la galaxia que responden al nombre de Ug y Lee (apelativos que si los juntamos acaban formando fonéticamente la palabra “Ugly“, feo en inglés). A ambos les caracteriza la ausencia de rostro ya que su cabeza es como la de una especie de bombilla fluorescente, pero tienen la capacidad de adquirir las facciones que ellos necesiten o consideren de su agrado. Es así como Lee adquirirá la faz del popular y ficticio rockero Johnny Steel interpretado por el actor Terrence Mann, al que ese mismo año pudimos ver en otro clásico de vídeo club titulado “Los Guerreros del Sol” (Solarbabies, Alan Johnson, 1986). Steele interpreta la pegadiza canción “Power of the night“, compuesta a propósito de la película y con un sonido ochentero a más no poder. Como el resto del soundtrack, cabría añadir.

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Con todos los participantes sobre el tablero de juego, “Critters” (Íd) es una gamberrada disfrazada de horror movie, pero que se queda en esa tierra de nadie entre el terror light y la comedia familiar como ya hiciera “Gremlins” (Íd) en su momento, aunque arriesgando un poco más ya que tampoco había mucho que perder. Pese a que en el imaginario colectivo la recordamos como más sangrienta, el uso de la mercromina barata y algún prop con ínfulas gore desmitifican esa idea. El body count de la cinta se reduce a dos humanos, una vaca y muchas, muchas gallinas. Sus responsables juegan con sus criaturas, los hacen participar en chistes o bromas con poca gracia y nos presentan guiños o burlas que no aportan nada a la trama, pero que tampoco la entorpecen. Me refiero a cosas como que el gato de la familia se llame Chewie, que un Critter se coma un peluche de E.T. o que Brad tenga un póster de “Forbidden World” (Íd, Allan Holzman, 1982) en su cuarto. Pequeños detalles que harían que más de un aficionado al género esbozase una sonrisa. Si a los grandes les funciona… El diseño de los Krites, de la mano de los hermanos Chiodo (responsables de “Los payasos asesinos del espacio exterior” [Killer Klowns from Outer Space, Stephen Chiodo, 1988]), es magnífico. Muy atractivo y deja volar la imaginación. Sin duda, no es poseedor del carisma de los monstruitos creados por Chris Walas para “Gremlins“,(Íd) pero le van a la zaga.

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Es evidente que nos encontramos ante un claro ejemplo de cine de explotación más que de un ejercicio cinematográfico de calidad. La cinta peca de la dirección de un debutante, de un abuso continuado de la elipsis y de personajes tan tópicos que no podemos identificarnos con ninguno. La presencia de las criaturas, los verdaderos protagonistas, es muy reducida. Algo que podemos achacar a los poco más de dos millones de dólares con los que contaba la producción. Al igual que con el film de Joe Dante, aquí se toma el terror, la ciencia ficción y la serie B con plena intencionalidad de ofrecer un divertimento y, de paso, hacer un buen dinero ya fuera en la gran pantalla o en el cada vez más importante, popular y rentable formato doméstico. No sorprendería a nadie si digo que este título fue todo un clásico de las estanterías de los videoclubes. Y es que esa carátula ilustrada por Soyka con ese simpático y a la vez amenazador Critter nos atrajo a más de uno. Esta apuesta por el “cine de monstruitos” de la “New Line Cinema” de Robert Shaye dio sus frutos. Frente a la mencionada inversión de dos millones, generó en salas de cine americanas una recaudación de algo más de 12 millones de dólares sin contar los alquileres en videoclubes. Un éxito que conviritó a los hambrientos Krites en los mejores “primos lejanos” de los Gremlins generando tres entregas más -una reciente serie de televisión y un proyecto de nueva película del canal “SyFy“- de las cuales sólo podría (un servidor) recomendar el visionado de su secuela más inmediata dirigida por el Master of Horror Mick Garris [3].

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Un momento: el cazarrecompensas Lee escogiendo un aspecto terrestre hasta que se topa con el el videoclip de “Power of the night“, ochenterismo en estado puro.

Una curiosidad: Existen dos finales alternativos, el más conocido es el que termina con los huevos escondidos en el granero. Pero hay otro menos abierto y más comercial en el que se eliminaba esa escena y terminaba con la reconstrucción de la casa.

 

[1] Con este artículo debuté en el blog Colección Ultramundo. Debido a que en esta página se acabarán reseñando todas las entregas de los Critters, me he tomado la libertad de reciclar el escrito original (previo a la teórica corrección del aparecido en dicha web), añadiendo algunas líneas más.

[2] “Night Skies” fue el germen de “E.T. el Extraterrestre” (E.T.: The Extra-Terrestrial, Steven Spielberg, 1982). En la película, basada en supuestos hechos reales, una banda de extraterrestres hostiles -todos con nombres y apariencias características- asediaría a una familia en su granja. El menos peligroso de los aliens entablaría una relación de amistad con el miembro más joven, autista-  del rural clan. El diseño de las criaturas correría a cargo del grandísimo Rick Baker. Sin embargo, en el rodaje de “En busca del Arca Perdida” (Indiana Jones: Raiders of the Lost Ark, Steven Spielberg, 1981), Spielberg enseñaría el guion a Melissa Mathison, pareja en aquel entonces de Harrison Ford, quedando ella prendada de la historia del extraterrestre y el niño. De esta forma, Mathison escribió un tratamiento sobre ello que encandiló al Rey Midas de Hollywood y el resto ya es historia del cine.

[3] Podéis encontrar aquí su respectivo artículo.

Creepshow (Stephen King, Bernie Wrightson)

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Titulo original: Creepshow / Guión: Stephen King / Dibujo: Bernie Wrightson / Portada: Jack Kamen / Formato: Cartoné Páginas: 88 pags. / Editorial: Planeta Cómic / Precio: 20€. / ISBN: 978-84-9173-727-8


Sed bienvenidos al primer número de Creepshow, la adaptación al cómic de la famosa película de George A. Romero y Stephen King. Cinco espeluznantes historias con muertos que se levantan de sus tumbas, misteriosos meteoritos provenientes del espacio exterior, monstruos antropófagos, fantasmas vengativos e invasiones mortales de cucarachas. Así que abrochaos vuestros cinturones y acompañad al amigo Creepy, vuestro macabro guía, en este viaje de podredumbre y terror.


Es indudable la importancia del tristemente desaparecido George A. Romero en lo que al género de terror y fantástico se refiere. El neoyorquino -de ascendencia española [1]- siempre será recordado por ser, junto a su -por aquel entonces- compañero de fatigas John Russo, el “Padre” del “zombie moderno”, del muerto viviente antropófago que originó uno de los fenómenos más impactantes de la cultura “pop” moderna. Sin embargo, pese a que fraguó toda una saga [2] consagrada a estos lentos y hambrientos caminantes ávidos de la carne fresca de los vivos -sentando las reglas para todo el maremágnum de producciones y explotaciones posteriores-, Romero tiene en su haber cinematográfico otras tantas películas que quizás no alcanzaron las cotas de popularidad de “La noche de los muertos vivientes” (Night of the living dead, 1968) o “Zombi” (Dawn of the dead, 1978), pero que son totalmente reivindicables (o al menos eso piensa aquel que suscribe estas palabras). Entre sus otros trabajos nos encontramos con aquella cinta que lo asoció con uno de los indiscutibles, uno de los grandes “Maestros del Terror” de todos los tiempos, es decir, con el superlativo Stephen King. Su amistad con el de Maine venía ya de lejos puesto que ambos se admiraban mutuamente y no dejaban pasar oportunidad alguna para elogiar sus respectivas creaciones en público. Es por ello que, tras un primer intento frustrado de Romero para dirigir la miniserie televisiva “El misterio de Salem’s Lot” (Salem’s Lot, Tobe Hooper, 1979) y la posterior imposibilidad de llevar a cabo la faraónica adaptación de la novela “Apocalipsis” [3], ambos pudieron, con la inestimable ayuda del productor Richard P. Rubinstein, levantar un proyecto conjunto titulado “Creepshow” (Íd, George Romero, 1982) con el que quisieron rendir un sentido homenaje a aquellas publicaciones de terror de la mítica editorial americana “EC Comics” de las que ambos eran fans incondicionales.

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Hablar de la “EC Comics” es hablar de uno de los periodos más prolíficos y fructíferos de la historia del Noveno Arte. Un momento en el que el cómic alcanzó sus mayores cotas de popularidad consolidándose como una rentable industria. Entre la ingente cantidad de publicaciones de los súper héroes de “La Edad de Oro” y las aventuras de los más famosos personajes creados por la factoría de Walt Disney, la antaño editorial “Educational Comics” [4] pasaría a convertirse en la popular “Entertaining Comics” por obra y gracia del hijo de su fallecido fundador, William Gaines -junto a su inseparable y altamente productivo guionista/dibujante Al Feldstein-, ofreciendo a la chiquillería de la época toda una serie de sugerentes colecciones de cómics con temas tan recurrentes como el género policíaco, la ciencia ficción y, sobre todo, el terror con uno de sus títulos, “Tales from the Crypt”, como buque insignia de la compañía. Las publicaciones dedicadas al horror serían las mejor recibidas por los lectores y junto a la mencionada “Tales from the Crypt” aparecerían las no menos destacables “The Vault of Horror” y “The Haunt of Fear”. Cortadas por el mismo patrón, en todas ellas un repulsivo personaje [5] haría las veces de anfitrión -rompiendo siempre la cuarta pared entre el lector y él mismo- presentando con sorna los distintos relatos contenidos en su interior. Cada número recopilaba un indeterminado número de historias cortas, de entre seis y ocho páginas, autoconclusivas todas ellas manteniendo un similar esquema donde sus protagonistas, despreciables representantes del peor lado de la naturaleza humana, serán víctimas, siempre de la forma más macabra y truculenta posible, de una especie de justicia poética tras haber perpetrado algún crimen o fechoría. La gran aceptación de estos cómics, por parte de un público adolescente o preadolescente, fue una de las causas por las que un oportunista diese la voz de alarma en el seno de una sociedad americana donde la delincuencia juvenil era un grave problema. Para el doctor en psiquiatría Frederic Wertham, la responsabilidad de dicho auge de la criminalidad residía en los cómics [6]. La publicación de su libro “La seducción de los inocentes” propició la creación de un organismo regulador, el infame “Comics Code”, con el que se avisaba a los respectivos padres y tutores que el material contenido en las distintas publicaciones era “apto” para los estándares morales de la época (en otras palabras, llegó la censura al mundo de las viñetas). Esta especie de “Caza de Brujas” instigada por Wertham acabó, prácticamente de un plumazo, con casi todas las referencias de “EC Comics” cuyas ventas cayeron en picado. Los responsables de la editorial no tuvieron más remedio que refugiarse en otro título de la casa, la revista de humor satírico “MAD”, pero eso es otra historia. Sería injusto decir que sólo sufrieron Gaines, Feldstein y compañía, ya que toda la industria se vio afectada por los desvaríos de un psiquiatra venido a más que afirmaba que los cómics estaban repletos de alusiones sexuales, que se escondían desnudos femeninos en sus viñetas o que los famosos Batman y Robin eran homosexuales. Como en los tiempos del Tercer Reich, Wertham alentaba a destruir cuantos más ejemplares se pudiera organizando incluso quemas de tebeos. Totalmente demencial, ¿no? Pero, en la historia de la humanidad, siempre se ha tendido a buscar una razón, una cabeza de turco, para responsabilizarla de todos los males. En esta época (como ha pasado posteriormente también con la televisión, los videojuegos, los juegos de rol o el anime) le tocó al cómic pagar los platos rotos.

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Afortunadamente, el legado del Guardián de la Cripta y su repugnante familia de ghouls ha pervivido desde entonces, ya sea en la mente de muchos creadores que crecieron y formaron su criterio con dichos cómics, con proyectos cinematográficos -o series de televisión- como el de George A. Romero y Stephen King o en publicaciones posteriores que tomaron definitivamente el relevo haciendo suyo el espíritu de la “EC“, eludiendo por completo la censura del “Comics Code” con el formato magazine en blanco y negro. Estoy hablando de las revistas de terror que “Warren Publishing” comenzó a editar en la década de los sesenta con la seminal “Creepy” como cabecera y a la que seguirían las posteriores “Eerie” y “Vampirella“. Revistas que, en el momento de gestación de “Creepshow” (Íd, George A. Romero, 1982) -aunque no por mucho tiempo- seguían en los kioskos y en las cuales, además de grandes autores como Richard Corben, Neal Adams o Frank Frazetta, también encontramos al encargado de la adaptación al cómic del filme de Romero, el también recientemente fallecido Bernie Wrightson. Así como en la película homónima, en su traslación a las viñetas tendremos cinco historias, cinco pequeños episodios totalmente independientes, con el horror como hilo conductor. Presentados todos ellos por el terrorífico Creepy, un ser a imagen y semejanza de los GhouLunatics de la editorial de William Gaines. A diferencia del filme, aquí no tendremos la historia del niño (un jovencito Joe Hill, hijo de King) que es castigado por su padre (el genial Tom Atkins) por leer tebeos de terror. Intercaladas dentro de este mini-relato estarían los cuentos macabros que componen el film. En lugar de adaptar historias provenientes de “Tales from the Crypt“, King decidió adaptar dos de sus relatos cortos (“The Crate” y “Weeds” -titulada posteriormente como “The Lonesome Death of Jordy Verrill“-) y escribir el resto (con lo que se estrenaría tanto como guionista de cine como también actor, ya que protagonizaría uno de los segmentos). Junto al King actor, encontraremos también a conocidas caras como las de Ed Harris, Ted Danson, Adrienne Barbeau o Leslie Nielse.. “Creepshow” (Íd, 1982) obtuvo un éxito lo suficientemente satisfactorio para sus responsables que generó dos secuelas más y la creación de la serie “Tales from the Darkside”, producida por Romero y donde pudo colaborar, además de con el autor de “Carrie”, con escritores como Clive Barker o Robert Bloch.

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Como he comentado, el filme tuvo una adaptación al cómic (como no podría ser de otra forma en una película que rinde tributo a los tebeos de terror más famosos y homenajeados de todos los tiempos) que contó con el arte del impresionante Bernie Wrightson. Hablar de Wrightson es hablar de uno de los grandes del medio. Colaborador habitual en las revistas de cómics de la “Warren” o en “Heavy Metal“, es uno de los dibujantes por antonomasia del cómic de horror estadounidense con increíbles adaptaciones e ilustraciones del “Frankenstein” de Mary Shelley o relatos de H. P Lovecraft o Edgard Allan Poe. Creó junto a Len Wein a uno de los iconos del terror del Noveno Arte, “The Swamp Thing” (o “La Cosa del Pantano“), para “DC Comics” así como dibujó una de las historias más crudas de Batman, “The Cult” además de trabajar también para “Marvel Comics“, con la publicación de novelas gráficas de Spiderman o Punisher. Sin duda, uno de los mejores artistas que nos ha brindado el medio. En el cómic que nos corresponde, ofrece como de costumbre su buen hacer pese a no haber podido disponer de mucho tiempo para realizar el encargo debido a que la publicación debía coincidir con la fecha del estreno de la película. En su interior, a diferencia del filme de Romero -donde el director de “El día de los muertos” (Day of the Dead“, 1985) hace uso de un lenguaje y de un tono de cómic para hacer más evidente su aproximación a las publicaciones que intenta homenajear-, Wrightson hace uso de un estilo más formal, más acorde a su peculiar estilo en lo que se refiere a narrativa y diseño de las páginas (con sus habituales composiciones de viñetas verticales alargadas y el uso de splash-pages para resaltar momentos álgidos del relato), sobrio y, en ocasiones, tenebroso. Sorprende que los personajes, que sus rostros, no se parezcan a los de los actores que los interpretaron, así como que, como curiosidad a resaltar, el orden de las historias no se corresponda con el de la película. Personalmente, hubiera preferido que el cómic fuera en blanco y negro ya que Wrightson demostró sobradamente su valía y dominio del entintado -a la mencionada adaptación de “Frankenstein” me remito-. “Planeta Cómic” nos brinda la oportunidad de reencontrarnos con esta pequeña joya con su reciente publicación aprovechando la reciente reedición del año pasado por parte de la americana editorial “Gallery 13“. Un auténtico clásico que llevaba mucho tiempo descatalogado en nuestro país [7]. Así que no hay excusa ninguna para no hacerse con esta joya del cómic.

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[1] Su abuelo paterno nació en el municipio gallego de Mourela de Enmedio en la ría de Ferrol. Emigró a Cuba, pero siempre regresaba a España cuando su mujer estaba embarazada porque quería que sus hijos nacieran en su país. Es por ello que, aunque fuera circunstancialmente, también el padre de George A. Romero, Jorge Marino Romero, nació en nuestro país.

[2] “La noche de los muertos vivientes” (Night of the living dead, 1968), “Zombi” (Dawn of the dead, 1978), “El día de los muertos” (Day of the dead, 1985), “La tierra de los muertos vivientes” (Land of the dead, 2005), “El diario de los muertos” (Diary of the dead, 2007) y “La resistencia de los muertos” (Survival of the dead, 2009).

[3] Finalmente “Apocalipsis” (The Stand, Mick Garris, 1994) se estrenó en formato miniserie para televisión y fue dirigida por Mick Garris.

[4] Fundada por Max Gaines, “Educational Comics” publicaba historietas pedagógicas y moralistas basadas en la Biblia o protagonizadas por los animales parlantes.

[5] A los tres narradores se les conocía como los GhouLunatics. Al Guardián de la Cripta le siguen el Guardián de la Cámara y la Vieja Bruja.

[6] Coetáneamente el senador McCarthy, ya había confeccionado su famosa lista negra de Hollywood y dirigido la famosa “caza de brujas“.

[7] La extinta “Toutain Editorial” publicó “Creepshow” en formato rústica en 1983.

Maldita casa encantada (Artur Laperla)

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Titulo original: Maldita casa encantada / Guión: Artur Laperla / Dibujo: Artur Laperla / Portada: Artur Laperla / Formato: Rústica Páginas: 152 pags. / Editorial: Sapristi / Precio: 17,90€. / ISBN: 978-84-94785-28-3


Angélica acaba de mudarse al barrio. dando un paseo con su perro llamado Peluche acaba plantándose delante de la tétrica Mansión Bogardus de la cual se dice que está encantada. En un descuido, Peluche se escabulle y acaba en su interior. La joven Angélica tendrá que internarse en la casa para poder encontrarlo y nosotros, con nuestras decisiones, tendremos que ayudarla a que su misión acabe llegue a buen puerto.


Pondría la mano en el fuego al asegurar que cualquier jovenzuelo de pro de hoy día no tendría ni pajolera idea de lo que era un “libro-juego” hasta el momento en el que visionara el episodio/largometraje (si lo hizo) de la serie Black Mirror “Bandersnatch” (Black Mirror: Bandersnatch, David Slade, 2018). Para aquellos lectores que ya peinamos algunas (o muchas) canas, esos “libro-juegos”, con ese precioso slogan de “Elige tu propia aventura”, son parte intrínseca de nuestras infancias. Como muchos sabemos, esos libros nos implicaban en la trama, nos hacían parte fundamental de ella invitándonos a interaccionar, y no se leían de principio a fin, sino que nosotros, como auténticos protagonistas, elegíamos (o más bien decidíamos) nuestro destino o el de los personajes a nuestro cargo. Ello daba la oportunidad de leer y releer hasta la saciedad este tipo de libros con tal de saciar nuestra curiosidad y comprobar de primera mano todos los posibles desenlaces. Posiblemente muchos aficionados al “Rol” comenzasen por aquí. Su dinámica era muy sencilla: uno comenzaba a leer hasta que, en una página, se nos permitía tomar una decisión sencilla (sin tiradas de dados ni nada por el estilo, pese a que posteriormente habría algunos de ellos que dejaban paso al azar con su uso), y avanzar a la página indicada dependiendo de nuestra decisión. Normalmente eran tramas muy lineales. Un divertimento tan interactivo como pudieran permitirlo las letras y lo suficientemente entretenido para asegurar horas y días de diversión. Un ejercicio lúdico previo a las videoconsolas, un precedente a los videojuegos, con lo que los niños de los ochenta (el target de los mencionados productos, todo sea dicho) se las apañaban para pasar el rato.

Particularmente recuerdo haber tenido muchos de ellos. Los había muy variopintos, como los de la colección “La máquina del tiempo” (donde te convertías en un viajero espacio-temporal y recorrías momentos importantes de la historia), los libros de la franquicia Indiana Jones (en los que asumías el papel de su side-kick al más puro estilo Tapón, el niño oriental que encarnó Jonathan Ke Quan en “Indiana Jones y el Templo Maldito” [Indiana Jones and the Temple of Doom, Steven Spielberg, 1984]) o los que el sello “Forum” de Planeta DeAgostini (encargado de la publicación de los superhéroes de Marvel Comics) publicó con las aventuras interactivas de los personajes más icónicos de la Casa de las Ideas. Sin embargo, mis favoritos siempre fueron aquellos que rezaban “Aventura sin fin” en su portada y estaban enmarcadas dentro de la serie del famoso juego de “Rol” creado por Gary Gygax y Dave Arneson “Dungeons & Dragons”. Inmerso en un mundo de espada y brujería, entre sus páginas tenías la posibilidad de enfrentarte a sanguinarios vampiros, feroces licántropos o temibles dragones. Muchas veces, si tus decisiones no eran afortunadas, acababas muriendo de las formas más variopintas. Y siempre había diferentes finales, con lo cual era evidente que acababas repitiendo la experiencia para intentar descubrirlos todos. Como he anotado, un juego con muchas posibilidades y tiempo de juego no ilimitado, pero casi.

No es de extrañar que en los actuales tiempos en los que tenemos a nuestro alcance una gran cantidad de productos de diversa índole que apelan a la nostalgia (nostalgia, divino negocio), la editorial patria “Roca Editorial”, bajo su colección “Sapristi”, acabe de publicar un cómic con ese marcado espíritu ochentero de los libros de “Elige tu propia aventura”, pero adaptado al más atractivo (al menos para un servidor) mundo de las viñetas [1]. Su responsable, Artur Laperla, es uno de los autores nacionales a los que hace tiempo que le sigo la pista. Sus trabajos previos siempre han sido de mi agrado desde aquella, lejana ya, época en la “Línea Laberinto” de Planeta DeAgostini (en la cual se apostaba por nuevos valores del panorama comiquero del momento) con cómics como “Oropel” y “Cool Tokio”, junto a su inseparable colaborador Marcos Prior, que firmaba bajo el pseudónimo de Konsinski, dentro del colectivo autoral autodenominado como “Producciones Peligrosas”. Juntos, Prior y Laperla, firmaron varias historietas para la editorial “La Cúpula” como, los también muy recomendados, “Rosario y los inagotables” o “Raymond Camille”, tebeos poco convencionales, muy originales, garantes de un surrealismo inusual y con una forma de narrar tan original como personal. Ya en solitario, Artur Laperla publicó, no hace demasiado, con “Bang Ediciones”, un cómic de corte erótico divertidísimo titulado “Melvin. Super Sexy Roller” y recientemente el título que hoy nos toca: “Maldita casa encantada”.

El autor catalán nos ofrece aquí una aventura en la cual nosotros tendremos en nuestras manos el destino de Angélica, la joven protagonista del relato, que, con la intención de rescatar a su pequeño perro llamado Peluche, se internará en una tétrica mansión embrujada. No faltarán todos los tópicos del género que ya habremos visto en muchos títulos míticos del género de terror. Su relato se desarrollará en una trama simple y lineal que podrá desembocar en trece finales diferentes, dándonos pie a una adictiva rejugabilidad, En nuestras manos estará el descubrirlos todos. Angélica se tropezará con la típica pandilla de adolescentes de extrarradio, con zombies antropófagos, vampiros en un desván, sectas diabólicas, posesiones infernales o demonios primigenios lovecranianos. Atención también a ese chorrazo de sangre que puede recordar a uno de los grandes títulos de terror moderno, que también combinaba a la perfección el humor negro más cafre, dirigido por Sam Raimi y protagonizado por el grandísimo Bruce Campbell. Y es que los referentes son totalmente reconocibles. Y todo ello con el característico estilo de dibujo de su autor, muy vistoso y particular, resultado un tebeo muy simpático y entretenido. Pese al aparentemente aspecto infantil del cómic, no nos dejemos engañar por ello. “Maldita casa encantada” es un tebeo para adultos. Así que mantenedlo lejos del alcance de los más pequeños puesto que tras esa falsa apariencia naif, culpa de ello lo tiene en gran medida el simpático estilo de su autor, encontraremos auténtico terror siempre salpicado con pequeños toques de humor negro. Como es costumbre en su trabajo, Laperla demuestra un acertado uso del color y de la narrativa, que gran narrador me parece este hombre, en un cómic ligero, fácil de leer y con el entretenimiento como bandera. Si no lo tenéis, yo de vosotros le daría una oportunidad.  Por cierto, en su prólogo, su autor promete más entregas, concretamente dos más, que conformarán lo que denomina como La Trilogía Maldita y en la que se volverá a los mismos personajes presentados aquí en nuevos escenarios típicos del género. Ganas tengo de verlo, la verdad.

[1] El autor recupera el título “The Haunted House” escrito por R. A. Montgomery y publicado en nuestro país en 1984 por la editorial Timun Mas en su colección “Elige tu propia aventura“.

Alien. La historia ilustrada (Archie Goodwin, Walter Simonson)

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Titulo original: Alien / Guión: Archie Goodwin / Dibujo: Walter Simonson / Portada: Walter Simonson / Formato: Cartoné / Páginas: 66 pags. / Editorial: Diábolo Ediciones / Precio: 15,95€. / ISBN: 978-84-15153-69-6


De regreso a la Tierra, la nave comercial Nostromo interrumpe su viaje: el ordenador central, MADRE, detecta una misteriosa transmisión de una forma de vida desconocida procedente de un planeta cercano. Interpretada como un SOS, la tripulación se ve obligada a investigar su origen. Sin embargo, un incidente con una forma alienígena provocará el apresurado regreso de la expedición de rescate trayendo consigo a un mortífero ser que convertirá su viaje de vuelta en una pesadilla.


Sin duda alguna, “Alien, el Octavo Pasajero” (Alien, Ridley Scott, 1979) es uno de los indiscutibles clásicos del terror y de la ciencia ficción. Una genial reinterpretación de un cuento clásico de horror con un telón sci-fi de lo más evocador. La génesis del proyecto es (casi) por todos sabida: a principios de la década de los setenta, en la facultad de cine de la USC, la “University of Southern California”, unos jovenzuelos llamados Dan O’Bannon y John Carpenter se conocerían y comenzarían su colaboración en un cortometraje (al que luego convertirían en largo para poder estrenarlo en salas de cine) llamado “Dark Star” (Íd, John Carpenter, 1974). Los tibios resultados de la cinta (un simpático ejercicio de ciencia ficción de bajo presupuesto) más las discrepancias con quien años más tarde se convirtiera en uno de los realizadores de cine de “Serie B” más importante de todos los tiempos, llevó a que Dan O’Bannon intentara llevar a cabo en solitario esa historia como a él le hubiera gustado. Tras su periplo por Europa, donde fue reclutado como supervisor de efectos especiales por Alejandro Jodorowsky para su lisérgica y fallida adaptación del “Dune” de Frank Herbert, nuestro protagonista volvió a California totalmente arruinado y profundamente deprimido. Un amigo, Ronald Shushett, acabó por acogerle en su casa ofreciéndole un techo y un sofá en el que poder dormir. Shussett, guionista y productor de humilde categoría, tenía un sueño: acababa de adquirir los derechos del relato de Philip K. Dick “We Can Remember It for You Wholesale” (lo que luego conoceríamos como “Total Recall” o “Desafío Total”) para poder adaptarlo a una película. Era de esperar que tal empresa necesitara de un considerable dispendio económico con el que en aquel momento no contaba. Es por ello que hizo un trato con O’Bannon, primero intentarían llevar a cabo su proyecto (titulado en primera instancia como “Memory”, luego “Star Beast” y finalmente “Alien”), harían un buen dinero y lo invertirían en el proyecto de “Desafío Total” (sabemos, por la perspectiva que nos ofrece el tiempo, que esto ocurriría mucho tiempo después). El resto es historia del cine: O’Bannon y Shussett renunciarían a una oferta del mítico Roger Corman para aceptar la de la productora de Walter Hill, David Giler y Gordon Carroll (la Brandywine Productions), el guion se reescribió en varias ocasiones (siempre dejando la escena que impactó a los productores, es decir, aquella en la que el alienígena revienta el pecho de un pobre desgraciado para emerger de su interior), hubo grandes peleas y discrepancias por la autoría del mismo, se relegó a su creador (frustrando sus intenciones de dirigir el film) a un mero puesto de asesor, se elegiría a un por aquel entonces desconocido Ridley Scott como director de la cinta, O’Bannon consiguió traerse consigo a gran parte de la “troupe” que participó en el proyecto de “Dune” (entre ellos a un controvertido H. R. Giger, el definitivamente creador del aspecto del alien) o que la Fox, capitaneada por Alan Ladd Jr, finalmente dio luz verde al proyecto con intención de repetir el éxito de una cinta de ciencia ficción pulp que cambió la industria cinematográfica, es decir, “La Guerra de las Galaxias” (Star Wars, George Lucas, 1977).

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La película cuenta la historia de la tripulación de la nave Nostromo, un carguero espacial que se encuentra en pleno viaje de regreso a la Tierra. El viaje se verá interrumpido cuando se topan con una aterradora y peligrosa especie extraterrestre tras acudir en respuesta a una, en apariencia, llamada de socorro realizada desde un planeta desconocido. Uno tras otro, los tripulantes irán siendo víctimas de la terrible máquina de matar que han subido a bordo. “Alien, el Octavo Pasajero” recibió una gran acogida por la crítica y un gran éxito de taquilla, recibiendo un premio Óscar a los Mejores Efectos Especiales como recompensa. Su éxito no sólo encumbró a su director, Ridley Scott, sino que acabaría convirtiéndose en una popular saga cinematográfica (sobre todo tras el paso del genial James Cameron en su secuela, “Aliens, el Regreso” [Aliens, James Cameron, 1986]) Todo ello generó una franquicia de novelas, cómics, videojuegos y juguetes. Uno de esos productos es el cómic que nos ocupa, es decir, la adaptación al cómic de la película a cargo de dos pesos pesados del medio: Archie Goodwin y Walter Simonson. Goodwin es probablemente el mejor editor de cómics de la era moderna y uno de los grandes guionistas de cómics que la historia ha dado. Fue editor “Marvel Comics” en los setenta (salvándola de la ruina gracias a su adaptación de Star Wars) y artífice de los cómics de la Warren (Creepy, Eerie) entre otras muchas cosas que darían para mucho escribir y maravillarse. Walter Simonson tampoco necesita presentación. Gran guionista y dibujante de cómics reconocido principalmente por su trabajo en la serie Mighty Thor. Dibujante de trazo vigoroso y original, su estilo es diferente e inconfundible. Y, además, es un narrador colosal. Sus trabajos más reconocidos se sitúan en la Marvel de los 80 en series tales como, la ya mencionada, Mighty Thor, Los Cuatro Fantásticos o Factor X.

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El estreno de “Prometheus” (Íd, Ridley Scott, 2012) fue el detonante de una magnífica reedición de lujo total, de un mayor tamaño, tapa dura, papel excelente y con las páginas recoloreadas para la ocasión mejorando considerablemente la anterior edición, con más de 30 años de antigüedad. En nuestro país, fue Diábolo Ediciones la responsable de maravillarnos con esta joya. Para tal empresa, el texto del cómic está extraído directamente del doblaje castellano de la película, del que se rescataron diálogos completos de sus personajes. En lo que se refiere a su contenido, nos encontramos ante una adaptación muy fiel al original (salvo pequeños, pequeñísimos, detalles insignificantes), dibujada y narrada de forma magistral, espectacular, y que hará las delicias del aficionado. “Impactante” es la primera palabra que me viene a la cabeza para poder describirlo. El nivel de detalle es impresionante, así como la recreación de la atmósfera que ya nos ofreciera Ridley Scott en la gran pantalla. En definitiva, “Alien. La historia ilustrada” es una compra obligada para todos aquellos fans de los xenomorfos más famosos del Séptimo Arte, así como de aquellos que disfrutan del buen cómic en general y del arte de Walter Simonson en particular. Esta cuidada edición de Diábolo Ediciones es de una calidad extrema como pocas que podamos haber visto en nuestro panorama editorial. Recomendado queda.