Crítica de “La noche de los Demonios” (Night of the Demons, Kevin. S. Tenney, 1988)

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Título original: Night of the Demons / Año: 1988 / País: Estados Unidos / Duración: 90 minutos / Director: Kevin S. Tenney / Producción: Joe Augustyn / Productora: Paragon Arts International / Distribución: Meridian Productions / Guion: Joe Augustyn  / Música: Dennis Michael Tenney / Fotografía: David Lewis / Montaje: Daniel Duncan / Reparto: Alvin Alexis,  Allison Barron,  Lance Fenton,  Billy Gallo,  Hal Havins,  Amelia Kinkade, Linnea Quigley,  Jill Terashita / Presupuesto: 1.200.000$


Es Halloween y Angela decide celebrar una fiesta clandestina en la abandonada mansión Hull, una antigua funeraria sobre la que, sin que ella ni sus amigos lo sepan, pesa una maldición. Ignorantes del mortal peligro, los jóvenes deciden divertirse a base de alcohol, música, bromas pesadas y sexo. Sin embargo, en su torpeza, acabarán despertando a un demonio que habita en el interior de la casa. Será de esta forma que comience su pesadilla.


Hay películas que perduran en el imaginario personal (o colectivo) no por su valor artístico ni su calidad cinematográfica sino por motivos intrínsecamente más prosaicos. Una portada llamativa, un personaje carismático, una escena impactante, una pegadiza banda sonora o simplemente habernos hecho pasar un buen rato pueden ser algunos de los variados motivos que nos pueden llevar a recordar, con más o menos cariño, ciertas cintas que poco probable es que lleguen a convertirse en clásicos o en representativas de un género en concreto. Aunque dudo que sea algo de lo que los fans veteranos tengamos exclusiva, todos aquellos que crecimos durante la “Edad de Oro de los Videoclubes”, esos templos del Séptimo Arte levantados para el gozo y deleite de voraces cinéfagos, nos sentiremos identificados con estas palabras. Probablemente muchos de nosotros tuvimos uno, dos, tres o más de diez títulos fetiche entre aquel maremágnum de fantásticas carátulas, una al lado de la otra formando un majestuoso mosaico, que nos maravillaban cada vez que acudíamos a dichos establecimientos. Seguramente tenga que sacudirme de encima algo de nostalgia (bendita y maldita por partes iguales) y que la cruda realidad es que un videoclub no era otra cosa que un negocio local, más parecido a una papelería o a un colmado, sin toda esa mitología que muchos aficionados le conferimos. Podríase decir que algo parecido ocurre con todos aquellos que tuvieron la fortuna de vivir de primera mano la gloriosa época de los “programas dobles” en los cines de sus barrios y que también los recuerdan con cierta carga épica. Sin embargo, que no nos dé miedo afirmar, con la embriaguez de la nostalgia a flor de piel, que eran auténticos santuarios que formaron el gusto y el criterio de muchos de nosotros.

Volviendo a lo que hoy nos atañe, cuando un servidor acudía al videoclub de su barrio no podía eludir la atracción de algunas de las cubiertas que poblaban las estanterías. Mientras que muchas de ellas eran totalmente fantásticas, otras, por el contrario, eran tramposamente engañosas. Algunas mostraban ilustraciones o imágenes que nada tenían que ver con su contenido. también las había que simplemente tenían un fascinante “nosequé”. Entre las muchas que atrajeron la atención de aquel jovenzuelo aficionado al terror, concretamente quien suscribe estas palabras (pero hace ya unos años), estaba la muy cutre portada de “La noche de los demonios” (Night of the Demons, Kevin S. Tenney, 1988) en la que aparecía, en primer término, el plano del deformado rostro de un demonio femenino -con una especie de tiara/corona- junto a la lapidaria frase “Estás invitado a una fiesta en el infierno”. Más tarde supe que dicha efigie, la de la actriz Amelia Kinkade, acabaría convirtiéndose en icono representativo de la saga. En cuanto al VHS, la cosa mejoraba considerablemente al darle la vuelta a la caja de la cinta para leer la sinopsis. Varias fotos la acompañaban y en ellas ya se nos prometían “gore” y escenas picantes -a juzgar por un explícito plano del trasero de la “Scream Queen” Linnea Quigley-. Si a ello añadimos que uno de los principales argumentos para “vendernos” la peli era la participación de Steve Johnson [1] en sus efectos especiales -algo que, sinceramente, en aquella época pre-internet nos la traía al pairo-, pocas razones más había para no acabar yendo al mostrador a alquilarla. He de confesar que pese a atraerme en multitud de ocasiones, tardé bastante en llevarme esta pequeña pieza de culto a casa. Siempre había otras opciones que postergaban el momento. Craso error.

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La de Kevin S. Tenney -quien debutara con la entrañable “Witchboard (Juego diabólico)” [Witchboard, 1986] o perpetrara posteriormente la inefable “La venganza de Pinocho” [Pinocchio’s revenge, 1996] o el producto “directo a vídeo” protagonizado por el desaparecido icono de los ochenta Corey Haim “Pánico en la central” [Demolition University, 1997] entre otros muchos otros poco destacables trabajos- es una de esas comedias de terror ochentero adolescente que tan del gusto fueron en su época funcionando relativamente bien entre los aficionados al género. El filme no presenta nada nuevo: un grupo de despreocupados jóvenes se enfrentan a un demoníaco peligro en un espacio cerrado, concretamente una funeraria abandonada junto a un cementerio. Irrespetuosamente desvergonzados con las fuerzas provenientes del más allá, despertarán accidentalmente a una entidad diabólica que acabará poseyéndolos. Todo ello acompañado de desnudos gratuitos, diálogos estúpidos, alcohol y escenas violentas aceptablemente resueltas. Podríamos señalar su principal referente en el clásico de Sam Raimi “Posesión Infernal” (The Evil Dead, 1981) ya que no son pocas las similitudes, salvando grandes distancias, entre ambos trabajos. Sin embargo, si en la película del director de “El ejército de las Tinieblas” (Army of Darkness, 1992) se hace del terror un verdadero espectáculo delirante, aquí todo se queda en la imitación de sus formas, pero con la nula comprensión de su fondo. Si aquella que convirtiera al personaje de Ash Williams en todo un icono del terror abogaba por ser un complejo y planificado ejercicio cinematográfico (pese a sus limitaciones, tanto técnicas como presupuestarias), la película de Tenney se limita a ser una versión de saldo de la misma.  A semejanza de la de Raimi, no se esconde una confesa condición de película “Serie B“, de auténtico subproducto, en el que parecen combinarse la cinta protagonizada por Bruce Campbell con cualquiera de las entregas de la saga “Porky’s” (Íd, Bob Clark, 1981) y, a juzgar por el diseño de los maquillajes, con la mirada puesta también en el cine de explotación italiano puesto que se nota una cierto parecido con los poseídos de la también cinta de culto “Demons” (Demoni, Lamberto Bava, 1985). En definitiva, un exploit de otros productos que funcionaron bien en su momento.

La genial animación para los créditos iniciales, con un característicamente ochentero tema electrónico de fondo, nos introducirá en la historia. Es la víspera a la noche de Halloween en una pequeña localidad de extrarradio norteamericana. Como muchos jóvenes en dichas fechas, Judy (Cathy Podewell) y sus amigos se disponen a celebrar una fiesta. Sin embargo, en último momento deciden ir a la que organiza Angela, la chica rarita de la clase, en una antigua funeraria abandonada. El emplazamiento ideal para desatar sus hormonas adolescentes y correrse una juerga durante la noche de brujas. En realidad, este grupo variopinto de teenagers no sólo es el típico de este tipo de productos, sino que son auténticos clichés estereotipados. Como suele ser habitual en estas paupérrimas producciones, tendremos a un grupo de desconocidos actores que harán las veces de todos los tópicos del género que nos podamos imaginar. Encontraremos a la joven virginal -“final girl” a la postre-, al novio gañán, al rebelde con destellos de héroe, al bruto desagradable o a la “ligera de cascos”. Una pandilla de inadaptados a lo Judd Nelson y Molly Ringwald de “El Club de los Cinco” (The Breakfast Club, John Hughes, 1985), pero en versión “carne de cañón” para el deleite del espectador con sus muertes. Aunque para llegar a ese momento, habrá que visionar más de la mitad del metraje ya que los dos primeros actos del filme se destinan a la presentación de los protagonistas, la fiesta y la aparición de la invocada entidad demoníaca tardando bastante en arrancar ese esperado clímax violento. El acto final se compondrá de muertes, alguna de ellas con acierto, y una sucesión de persecuciones tan repetitivas como escandalosas -ayudando a ello los propios chillidos de los protagonistas y el machacón sintetizador del “score”–  con espacio para algún momento digno de mención como la escena en la que la protagonista improvisa un lanzallamas con una tubería de gas y un mechero. Por lo demás, nos encontraremos ante una sucesión de “set pieces” -comunes en el cine “slasher“- en la que el destino de los distintos personajes acabará siendo funesto. Siempre sazonado con un negro sentido del humor y desnudos. La presencia de la mítica Linnea Quigley, quien ya nos encandilara con su sensual striptease en la genial “El regreso de los muertos vivientes” (Return of the living dead, Dan O’Bannon, 1985), es plena garantía de ello. La famosa “Scream Queen” protagoniza no sólo momentos de destape sino algunas escenas y diálogos que han quedado en la memoria de los fans. Su presentación en el drugstore, con un look muy a lo Cindy Lauper, encandilando con sus posaderas a unos dependientes de aspecto nerd mientras su compañera se avitualla sin pasar por caja, su frase “Vaya, tendré que chuparos la polla algún día” [2] tras preguntarles si tienen huevos de chocolate en la tienda o la mítica escena en la que un pintalabios atraviesa uno de sus pezones -muy lograda, por cierto- son algunas de las perlas que esta musa del terror nos ofrece.

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Entre los pocos aciertos de casting, tenemos a la actriz Amelia Kinkade (sobrina de la popular Rue McClanahan, famosa por interpretar a Blanche Devereaux en la exitosa serie “Las chicas de oro” [The Golden Girls, 1985-1992]) interpretando a Angela, la chica rara de la clase que es, a su vez, la anfitriona de la fiesta en la encantada mansión Hull. Éste sería el personaje con el que se recordará su breve paso por el cine -en la actualidad escribe libros dedicados a su faceta como psíquica de animales-, ya que Kinkade acabaría convirtiéndose en el icono de una saga que alcanzaría la friolera de tres entregas (con ellas misma caracterizada de gótico demonio en sus portadas) y un remake en 2009 [3]. La joven ya era bailarina profesional por aquel entonces [4] y creó ella misma la coreografía del diabólico baile de su mejor escena en el filme. Sin duda, su versión poseída es la más carismática de todo el elenco. Y ello no podría haberse materializado de no haber contado con un gran profesional del campo de los efectos especiales. La participación de Steve Johnson se nota y mucho. Tejano de nacimiento, Johnson ha participado en multitud de películas de terror consideradas de culto y tiene el honor de haber diseñado y esculpido a Slimer, el viscoso y mocoso espectro más querido de “Cazafantasmas” (Ghostbusters, Ivan Reitman, 1984) conocido por aquel entonces como “Onion head“. El trabajo de maquillaje de “La noche de los Demonios” es sencillamente espectacular, así como muchos de sus efectos prácticos. Algunas de sus explicitas y violentas escenas están muy bien resueltas en lo que a lo visual se refiere otorgándoles un conseguido realismo. Lo que no deja de sorprender en una producción “low cost” como supuso ser esta. Con lo cual, y para ir concluyendo, podemos afirmar que nos encontramos ante una de esas películas malas, realizadas a rebufo del éxito de los clásicos del género, pero que, inexplicablemente, tiene un “nosequé” que la hace tan entrañable como disfrutable. Cierto es que tarda en arrancar, que su argumento es meramente una excusa y que la mayor parte de sus intérpretes realizan un trabajo nefasto. Eso sin contar la cantidad de diálogos absurdos, aunque hilarantes, que tendremos que sufrir. Pero a su favor destacaremos los citados efectos especiales supervisados por Johnson, su desenfadado gamberrismo sin complejos, el uso de una banda sonora a base de sintetizadores y algún que otro tema de grupos metal rock de la época creando momentos muy conseguidos y la presencia de nuestra admirada Linnea Quigley y sus gratuitas exposiciones de carne. Sí, es verdad que la película es un pestiño, pero es un pestiño entretenido, ideal para hacerse un pase doble “Grindhouse” complementándola con alguna de sus secuelas o con su principal referente, “Posesión infernal“. Una pequeña joya que, con sus muchas carencias y pocas virtudes, logró hacerse un hueco en los corazoncitos de los muchos aficionados al terror que la descubrieron en la estantería de su videoclub. Por cierto, con sus resultados triplicó su presupuesto.

Un momento: el sensual y erótico baile de Angela (Amelia kinkaid) al son del tema “Stigmata Martyr” de la banda Bauhaus es totalmente hipnótico.

Una curiosidad: el creador de los efectos especiales, Steve Johnson, y la actriz Linnea Quigley comenzaron una relación amorosa, que fructificaría en un corto matrimonio, tras la realización de esta película. Ambos pasaron largas horas juntos para la confección de los moldes de los pechos de la actriz que se utilizaron en la famosa escena del pintalabios. El director de la cinta, Kevin Tenney, cree que fue así como se enamoraron y así lo manifestó en unas declaraciones que podéis leer aquí.

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[1] Steve Johnson es un gran profesional de los Efectos Especiales y cuenta con una dilatadísima carrera. En su currículum tiene el honor de haber participado en filmes como “Videodrome” (Íd, David Cronenberg, 1983), “Noche de miedo” (Fright night, Tom Holland, 1985), “Cazafantasmas” (Ghostbusters, Ivan Reitman, 1984), “Pesadilla en Elm Street 4” (A Nightmare on Elm Street 4: The Dream Master, Renny Harlin, 1988), “La Guerra de los Mundos” (War of the Worlds, Steven Spielberg, 2005) o “Spider-Man 2” (Íd, Sam Raimi, 2004) entre otros muchísimos títulos.

[2] Traducción bastante libre, muy libre, de “Do you guys have sour balls?” y “Too bad, I’ll bet you don’t get many blowjobs”. Nada que ver con lo que dice el personaje con el doblaje a nuestra lengua.

[3] Remake dirigido por Adam Gierasch en 2009 y en el que la actriz Shannon Elizabeth, popular por su participación en la saga “American Pie” (Íd, Paul Weitz, Chris Weitz, 1999), interpreta el papel de Angela. Curiosamente la única actriz del cast del 88 que aparece haciendo un cameo no es Amelia Kinkaid, sino Linnea Quigley.

[4] Amelia Kinkaid participó también en filmes musicales como el protagonizado por Lorenzo Lamas “Body Rock” (Íd, Marcelo Epstein, 1984) y “Breakdance 2: Electric Boogaloo” (Breakin‘ 2Electric Boogaloo, Sam Firstenberg, 1984), secuela de la cinta que puso brevemente de moda películas del estilo de baile breakdance.

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Crítica de “Critters” (Íd, Stephen Herek, 1986) [1]

 

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Título original: Critters / Año: 1986 / País: Estados Unidos / Duración: 82 minutos / Director: Stephen Herek / Producción: Barry Opper, Robert Shaye, Sara Risser, Rupert Harvey / Productora: New Line Cinema / Distribución: New Line Cinema / Guion: Stephen Herek, Don Opper, Dominic Muir  / Música: David Newman / Fotografía: Tim Suhrstedt / Montaje: Larry Bock / Diseño de producción: Gregg Fonseca / Reparto: Scott Grimes, Dee Wallace, M. Emmet Walsh, Billy Green Bush, Nadine Van Der Velde, Terrence Mann, Don Keith Opper, Billy Zane / Presupuesto: 2.000.000$


Los Critters, mortíferas criaturas con afilados dientes, conocidos por su mortal apetito, se han fugado de una prisión de alta seguridad de una galaxia cercana. Dos cazadores de recompensas han sido contratados para capturarlos mientras que los Critters han llegado a la Tierra, concretamente a una pequeña localidad rural de Kansas donde vive la familia Brown.


En 1984, Steven Spielberg presentaba al mundo una de esas producciones míticas de su “Amblin Entertainment” que tanto le gustaba auspiciar: “Gremlins” (Íd) de Joe Dante. Una suerte de cuento macabro de Navidad y a la vez homenaje al cine de serie B de antaño y a las historias de invasiones alienígenas de la sci-fi más añeja. Siempre bajo el filtro de ese “entertaintment” que le hace característico y con la intención y el tono adecuado para que el público de masas llenara las salas de cine. Convertida la cinta del director de “Piraña” (Pirahna, 1978) y “Aullidos” (The Howling, 1981) en fenómeno social, poco a poco, aparecerían otros productos siguiendo su estela y que convertirían en protagonistas a otros “bichos” de procedencias dispares. Dejando, sobre todo, de lado la referencialidad cinéfila, las alusiones “caprianas” y el puro objetivo mainstream de esos diablillos que asolaron la pequeña localidad de “Kingston Falls” (también conocida como “Hill Valley” en otro universo “ambliriano“) estos “primos lejanos” intentaron, como mínimo, arañar las migajas de su éxito y ganar unos dólares independientemente de la calidad del producto. Primero aparecieron los “Ghoulies” (Íd, Luca Bercovici, 1985) y dos años después, en 1986, llegaban a la gran pantalla unas voraces y carnívoras criaturas procedentes, esta vez sí, del espacio exterior con el film “Critters” (Íd, Stephen Herek, 1986).

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Dirigida por el debutante Stephen Herek, director también de la curiosa, recomendable y divertida “Las alucinantes aventuras de Bill y Ted” (Bill & Ted’s Excellent Adventure, 1989), “Critters” (Íd, 1986) comienza con la fuga de estas peligrosas bestiecillas de un asteroide prisión de máxima seguridad en el que se encuentran presos para acabar aterrizando en nuestro planeta, más concretamente en una pequeña localidad rural de Estados Unidos. Estos pequeños monstruitos de dientes afilados, amplia sonrisa diabólica, voraz apetito y con una fisonomía que los emparentaría con los puercoespines acabarán asediando la típica granja de la América profunda donde vive la familia Brown. Sorprendidos y aterrorizados, desconocerán que tras la pista de sus mortales acosadores hay dos cazarrecompensas intergalácticos. Sus responsables siempre afirmaron, juraron y perjuraron que su proyecto, que sus Critters, comenzaron a gestarse antes que la historia de los Mogwais y que pospusieron su desarrollo tras el estreno de “Gremlins” (Íd). Un guion escrito a tres manos por el propio Stephen Hereck, Domonic Muir y Don Opper que, según ellos mismos, tuvieron que modificar para que no se les acusase de plagio. Siempre podríamos concederles el beneficio de la duda (¿lo hacemos?). Sin embargo, existe una historia, un mito, que da pie a una hipótesis (de la persona que suscribe estas palabras, eso sí) que justifica la existencia no sólo de esta película sino incluso de la original de la “Amblin“. Cuenta la leyenda que a principios de los 80 el anteriormente citado Steven Spielberg tenía varios proyectos simultáneos y de entre todos ellos se encontraba la dirección (o producción dependiendo del momento en el que se encontrase) de un film de serie B cuyo origen está en la presión que ejercía la “Columbia” para que hiciera la secuela de otro de sus grandes éxitos: “Encuentros en la Tercera Fase” (Close Encounters of the Third Kind, Steven Spielberg, 1977). Para ello, Spielberg encargó un guion a John Sayles, ahora reputado cineasta independiente que por aquel entonces se había granjeado cierto éxito tras la escritura de los libretos de otros filmes de bajo presupuesto como “Piraña” (Pirahna, Joe Dante, 1978) y “La Bestia bajo el asfalto” (Alligator, Lewis Teague, 1980). Aquello que escribió para el Rey Midas de Hollywood llevaba el título de “Night Skies” y, basándose en presuntos hechos reales y tomando “Perros de Paja” (Straw Dogs, Sam Peckinpah, 1971) como referencia, narraba la historia de cómo unas criaturas llegadas del espacio exterior asolaban una granja del medio oeste americano acosando a la familia que la habitaba. Este clan, desestructurado como fuera habitual en el cine “spielberiano”, sería rescatado por otra raza de alienígenas que llegaría a nuestro mundo. De ser cierto, sería evidente que ese guion nunca rodado de “Night Skies” [2] debió pasar por muchas otras manos, que sí debió interesar a otros individuos y que pudo ser la base y referencia para los filmes que estamos aquí mencionando entre ellos la trágica noche que los Brown conocieron a los crites, que es así como se denomina a dicha raza.

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Esta familia Brown reúne todos los arquetipos de este tipo de unidades familiares del medio oeste de los Estados Unidos y de este tipo productos, ya sean cinematográficos o televisivos. Como cabeza de familia tenemos a Jay Brown, interpretado por el veterano Billy Green Bush. Hombre de campo, rudo, trabajador y, como no podría ser en otro lugar del mundo, aficionado a los bolos. De mentalidad conservadora, es presumible su afiliación republicana. No duda en empuñar su escopeta, incluso herido, para defender a los suyos. Interpretando a su fiel y afable esposa, Helen Brown, tenemos a toda una musa del cine fantástico: Dee Wallace-Stone. Sobran las presentaciones para esta gran actriz, pero por si alguien no logra ponerle cara podemos decir que protagonizó una de las, para un servidor, mejores películas de licántropos titulada “Aullidos” (The Howling, Joe Dante, 1981), sufrió los ataques de ese San Bernardo psicótico llamado “Cujo” (Íd, Lewis Teague, 1983) y sin duda pasará a la posteridad por interpretar a la madre de Michael, Gertie y Elliot en “E.T. el Extraterrestre” (E.T.: The Extra-Terrestrial, Steven Spielberg, 1982). La señora Brown es la típica ama de casa, encantadora con sus vecinos, fiel a las decisiones de su cónyuge y mediadora entre las discrepancias generacionales de éste con su joven descendencia sin dejar de olvidad su lado histérico y gritón cuando el peligro hace acto de presencia. El bien avenido matrimonio Brown acoge en su seno a sus dos hijos. Por una parte, está April, la hija adolescente, que para perfeccionar el cliché estará en pleno despertar sexual y se nos presenta como un pelín fresca y “demasiado moderna para la gente de este pueblo”. Interpretada por una joven Nadine Van Der Velde podemos añadir que “Critters” (Íd) no sería la única cinta de bichos que protagonizaría ya que sólo un año después aparecería en la producción de Roger Corman “Munchies” (Íd, Tina Hirsch, 1987).  Como curiosidad, la directora de “Munchies” (Íd), Tina Hirsch, fue la montadora de “Gremlins” (Íd). Y rizando el rizo de las curiosidades, el novio de April y víctima del voraz apetito de los Critters está interpretado por un joven Billy Zane. El joven Brad Brown es el benjamín de la casa. Es el típico “chaval raro” de la clase, un pre-púber de espíritu aventurero, valiente, obstinado y aficionado, entre otras cosas, a la pirotecnia. Su cara es la del televisivo Scott Grimes. A Grimes lo podemos ver ahora en la reciente “The Orville” (Íd, 2017-2019) de Seth McFarlane, pero en los 80 venía a ser un émulo de Michael J. Fox interpretando diversos papeles de “hijo gracioso” en sit-coms como “Together We Stand” (Íd, Sherwood Schwartz, Michael Jacobs, 1986-1987), donde compartía cast con Dee Wallace e incluso con Jonathan Ke Quan (el Data de “Los Goonies” [The Goonies, Richard Donner, 1985]).

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Junto a Brad encontramos a su fiel amigo Charlie interpretado por Don Opper que, a la postre, participa en el guion de la película y es el hermano de Barry Opper, productor de las cuatro cintas que generaron los Krites. El amigable Charlie trabaja para los Browm, no tiene a priori muchas luces y es el borrachín del pueblo. Además, es el único que ha visto llegar la nave de los Critters. Como viene siendo habitual, y para redondear la previsibilidad de su personaje, no le creen cuando acude a la autoridad local, es decir, un sheriff interpretado por M. Emmett Walsh, otra cara conocidísima del género (participando en títulos tan dispares como “Huida del Planeta de los Simios” [Escape from the Planet of the Apes, Don Taylor, 1971], “Blade Runner” [Íd, Ridley Scott, 1982] o “Arizona Baby” [Raising Arizona, Ethan Jesse Coen, Joel David Coen, 1987] entre otros muchos filmes de su dilatada carrera). Y para acabar con las presentaciones, cabe mencionar a los no menos importantes caza recompensas del espacio, los Caza-Critters. Dos tipos aguerridos, armados hasta los dientes con el armamento más sofisticado, mortífero y devastador de la galaxia que responden al nombre de Ug y Lee (apelativos que si los juntamos acaban formando fonéticamente la palabra “Ugly“, feo en inglés). A ambos les caracteriza la ausencia de rostro ya que su cabeza es como la de una especie de bombilla fluorescente, pero tienen la capacidad de adquirir las facciones que ellos necesiten o consideren de su agrado. Es así como Lee adquirirá la faz del popular y ficticio rockero Johnny Steel interpretado por el actor Terrence Mann, al que ese mismo año pudimos ver en otro clásico de vídeo club titulado “Los Guerreros del Sol” (Solarbabies, Alan Johnson, 1986). Steele interpreta la pegadiza canción “Power of the night“, compuesta a propósito de la película y con un sonido ochentero a más no poder. Como el resto del soundtrack, cabría añadir.

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Con todos los participantes sobre el tablero de juego, “Critters” (Íd) es una gamberrada disfrazada de horror movie, pero que se queda en esa tierra de nadie entre el terror light y la comedia familiar como ya hiciera “Gremlins” (Íd) en su momento, aunque arriesgando un poco más ya que tampoco había mucho que perder. Pese a que en el imaginario colectivo la recordamos como más sangrienta, el uso de la mercromina barata y algún prop con ínfulas gore desmitifican esa idea. El body count de la cinta se reduce a dos humanos, una vaca y muchas, muchas gallinas. Sus responsables juegan con sus criaturas, los hacen participar en chistes o bromas con poca gracia y nos presentan guiños o burlas que no aportan nada a la trama, pero que tampoco la entorpecen. Me refiero a cosas como que el gato de la familia se llame Chewie, que un Critter se coma un peluche de E.T. o que Brad tenga un póster de “Forbidden World” (Íd, Allan Holzman, 1982) en su cuarto. Pequeños detalles que harían que más de un aficionado al género esbozase una sonrisa. Si a los grandes les funciona… El diseño de los Krites, de la mano de los hermanos Chiodo (responsables de “Los payasos asesinos del espacio exterior” [Killer Klowns from Outer Space, Stephen Chiodo, 1988]), es magnífico. Muy atractivo y deja volar la imaginación. Sin duda, no es poseedor del carisma de los monstruitos creados por Chris Walas para “Gremlins“,(Íd) pero le van a la zaga.

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Es evidente que nos encontramos ante un claro ejemplo de cine de explotación más que de un ejercicio cinematográfico de calidad. La cinta peca de la dirección de un debutante, de un abuso continuado de la elipsis y de personajes tan tópicos que no podemos identificarnos con ninguno. La presencia de las criaturas, los verdaderos protagonistas, es muy reducida. Algo que podemos achacar a los poco más de dos millones de dólares con los que contaba la producción. Al igual que con el film de Joe Dante, aquí se toma el terror, la ciencia ficción y la serie B con plena intencionalidad de ofrecer un divertimento y, de paso, hacer un buen dinero ya fuera en la gran pantalla o en el cada vez más importante, popular y rentable formato doméstico. No sorprendería a nadie si digo que este título fue todo un clásico de las estanterías de los videoclubes. Y es que esa carátula ilustrada por Soyka con ese simpático y a la vez amenazador Critter nos atrajo a más de uno. Esta apuesta por el “cine de monstruitos” de la “New Line Cinema” de Robert Shaye dio sus frutos. Frente a la mencionada inversión de dos millones, generó en salas de cine americanas una recaudación de algo más de 12 millones de dólares sin contar los alquileres en videoclubes. Un éxito que conviritó a los hambrientos Krites en los mejores “primos lejanos” de los Gremlins generando tres entregas más -una reciente serie de televisión y un proyecto de nueva película del canal “SyFy“- de las cuales sólo podría (un servidor) recomendar el visionado de su secuela más inmediata dirigida por el Master of Horror Mick Garris [3].

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Un momento: el cazarrecompensas Lee escogiendo un aspecto terrestre hasta que se topa con el el videoclip de “Power of the night“, ochenterismo en estado puro.

Una curiosidad: Existen dos finales alternativos, el más conocido es el que termina con los huevos escondidos en el granero. Pero hay otro menos abierto y más comercial en el que se eliminaba esa escena y terminaba con la reconstrucción de la casa.

 

[1] Con este artículo debuté en el blog Colección Ultramundo. Debido a que en esta página se acabarán reseñando todas las entregas de los Critters, me he tomado la libertad de reciclar el escrito original (previo a la teórica corrección del aparecido en dicha web), añadiendo algunas líneas más.

[2] “Night Skies” fue el germen de “E.T. el Extraterrestre” (E.T.: The Extra-Terrestrial, Steven Spielberg, 1982). En la película, basada en supuestos hechos reales, una banda de extraterrestres hostiles -todos con nombres y apariencias características- asediaría a una familia en su granja. El menos peligroso de los aliens entablaría una relación de amistad con el miembro más joven, autista-  del rural clan. El diseño de las criaturas correría a cargo del grandísimo Rick Baker. Sin embargo, en el rodaje de “En busca del Arca Perdida” (Indiana Jones: Raiders of the Lost Ark, Steven Spielberg, 1981), Spielberg enseñaría el guion a Melissa Mathison, pareja en aquel entonces de Harrison Ford, quedando ella prendada de la historia del extraterrestre y el niño. De esta forma, Mathison escribió un tratamiento sobre ello que encandiló al Rey Midas de Hollywood y el resto ya es historia del cine.

[3] Podéis encontrar aquí su respectivo artículo.

Creepshow (Stephen King, Bernie Wrightson)

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Titulo original: Creepshow / Guión: Stephen King / Dibujo: Bernie Wrightson / Portada: Jack Kamen / Formato: Cartoné Páginas: 88 pags. / Editorial: Planeta Cómic / Precio: 20€. / ISBN: 978-84-9173-727-8


Sed bienvenidos al primer número de Creepshow, la adaptación al cómic de la famosa película de George A. Romero y Stephen King. Cinco espeluznantes historias con muertos que se levantan de sus tumbas, misteriosos meteoritos provenientes del espacio exterior, monstruos antropófagos, fantasmas vengativos e invasiones mortales de cucarachas. Así que abrochaos vuestros cinturones y acompañad al amigo Creepy, vuestro macabro guía, en este viaje de podredumbre y terror.


Es indudable la importancia del tristemente desaparecido George A. Romero en lo que al género de terror y fantástico se refiere. El neoyorquino -de ascendencia española [1]- siempre será recordado por ser, junto a su -por aquel entonces- compañero de fatigas John Russo, el “Padre” del “zombie moderno”, del muerto viviente antropófago que originó uno de los fenómenos más impactantes de la cultura “pop” moderna. Sin embargo, pese a que fraguó toda una saga [2] consagrada a estos lentos y hambrientos caminantes ávidos de la carne fresca de los vivos -sentando las reglas para todo el maremágnum de producciones y explotaciones posteriores-, Romero tiene en su haber cinematográfico otras tantas películas que quizás no alcanzaron las cotas de popularidad de “La noche de los muertos vivientes” (Night of the living dead, 1968) o “Zombi” (Dawn of the dead, 1978), pero que son totalmente reivindicables (o al menos eso piensa aquel que suscribe estas palabras). Entre sus otros trabajos nos encontramos con aquella cinta que lo asoció con uno de los indiscutibles, uno de los grandes “Maestros del Terror” de todos los tiempos, es decir, con el superlativo Stephen King. Su amistad con el de Maine venía ya de lejos puesto que ambos se admiraban mutuamente y no dejaban pasar oportunidad alguna para elogiar sus respectivas creaciones en público. Es por ello que, tras un primer intento frustrado de Romero para dirigir la miniserie televisiva “El misterio de Salem’s Lot” (Salem’s Lot, Tobe Hooper, 1979) y la posterior imposibilidad de llevar a cabo la faraónica adaptación de la novela “Apocalipsis” [3], ambos pudieron, con la inestimable ayuda del productor Richard P. Rubinstein, levantar un proyecto conjunto titulado “Creepshow” (Íd, George Romero, 1982) con el que quisieron rendir un sentido homenaje a aquellas publicaciones de terror de la mítica editorial americana “EC Comics” de las que ambos eran fans incondicionales.

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Hablar de la “EC Comics” es hablar de uno de los periodos más prolíficos y fructíferos de la historia del Noveno Arte. Un momento en el que el cómic alcanzó sus mayores cotas de popularidad consolidándose como una rentable industria. Entre la ingente cantidad de publicaciones de los súper héroes de “La Edad de Oro” y las aventuras de los más famosos personajes creados por la factoría de Walt Disney, la antaño editorial “Educational Comics” [4] pasaría a convertirse en la popular “Entertaining Comics” por obra y gracia del hijo de su fallecido fundador, William Gaines -junto a su inseparable y altamente productivo guionista/dibujante Al Feldstein-, ofreciendo a la chiquillería de la época toda una serie de sugerentes colecciones de cómics con temas tan recurrentes como el género policíaco, la ciencia ficción y, sobre todo, el terror con uno de sus títulos, “Tales from the Crypt”, como buque insignia de la compañía. Las publicaciones dedicadas al horror serían las mejor recibidas por los lectores y junto a la mencionada “Tales from the Crypt” aparecerían las no menos destacables “The Vault of Horror” y “The Haunt of Fear”. Cortadas por el mismo patrón, en todas ellas un repulsivo personaje [5] haría las veces de anfitrión -rompiendo siempre la cuarta pared entre el lector y él mismo- presentando con sorna los distintos relatos contenidos en su interior. Cada número recopilaba un indeterminado número de historias cortas, de entre seis y ocho páginas, autoconclusivas todas ellas manteniendo un similar esquema donde sus protagonistas, despreciables representantes del peor lado de la naturaleza humana, serán víctimas, siempre de la forma más macabra y truculenta posible, de una especie de justicia poética tras haber perpetrado algún crimen o fechoría. La gran aceptación de estos cómics, por parte de un público adolescente o preadolescente, fue una de las causas por las que un oportunista diese la voz de alarma en el seno de una sociedad americana donde la delincuencia juvenil era un grave problema. Para el doctor en psiquiatría Frederic Wertham, la responsabilidad de dicho auge de la criminalidad residía en los cómics [6]. La publicación de su libro “La seducción de los inocentes” propició la creación de un organismo regulador, el infame “Comics Code”, con el que se avisaba a los respectivos padres y tutores que el material contenido en las distintas publicaciones era “apto” para los estándares morales de la época (en otras palabras, llegó la censura al mundo de las viñetas). Esta especie de “Caza de Brujas” instigada por Wertham acabó, prácticamente de un plumazo, con casi todas las referencias de “EC Comics” cuyas ventas cayeron en picado. Los responsables de la editorial no tuvieron más remedio que refugiarse en otro título de la casa, la revista de humor satírico “MAD”, pero eso es otra historia. Sería injusto decir que sólo sufrieron Gaines, Feldstein y compañía, ya que toda la industria se vio afectada por los desvaríos de un psiquiatra venido a más que afirmaba que los cómics estaban repletos de alusiones sexuales, que se escondían desnudos femeninos en sus viñetas o que los famosos Batman y Robin eran homosexuales. Como en los tiempos del Tercer Reich, Wertham alentaba a destruir cuantos más ejemplares se pudiera organizando incluso quemas de tebeos. Totalmente demencial, ¿no? Pero, en la historia de la humanidad, siempre se ha tendido a buscar una razón, una cabeza de turco, para responsabilizarla de todos los males. En esta época (como ha pasado posteriormente también con la televisión, los videojuegos, los juegos de rol o el anime) le tocó al cómic pagar los platos rotos.

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Afortunadamente, el legado del Guardián de la Cripta y su repugnante familia de ghouls ha pervivido desde entonces, ya sea en la mente de muchos creadores que crecieron y formaron su criterio con dichos cómics, con proyectos cinematográficos -o series de televisión- como el de George A. Romero y Stephen King o en publicaciones posteriores que tomaron definitivamente el relevo haciendo suyo el espíritu de la “EC“, eludiendo por completo la censura del “Comics Code” con el formato magazine en blanco y negro. Estoy hablando de las revistas de terror que “Warren Publishing” comenzó a editar en la década de los sesenta con la seminal “Creepy” como cabecera y a la que seguirían las posteriores “Eerie” y “Vampirella“. Revistas que, en el momento de gestación de “Creepshow” (Íd, George A. Romero, 1982) -aunque no por mucho tiempo- seguían en los kioskos y en las cuales, además de grandes autores como Richard Corben, Neal Adams o Frank Frazetta, también encontramos al encargado de la adaptación al cómic del filme de Romero, el también recientemente fallecido Bernie Wrightson. Así como en la película homónima, en su traslación a las viñetas tendremos cinco historias, cinco pequeños episodios totalmente independientes, con el horror como hilo conductor. Presentados todos ellos por el terrorífico Creepy, un ser a imagen y semejanza de los GhouLunatics de la editorial de William Gaines. A diferencia del filme, aquí no tendremos la historia del niño (un jovencito Joe Hill, hijo de King) que es castigado por su padre (el genial Tom Atkins) por leer tebeos de terror. Intercaladas dentro de este mini-relato estarían los cuentos macabros que componen el film. En lugar de adaptar historias provenientes de “Tales from the Crypt“, King decidió adaptar dos de sus relatos cortos (“The Crate” y “Weeds” -titulada posteriormente como “The Lonesome Death of Jordy Verrill“-) y escribir el resto (con lo que se estrenaría tanto como guionista de cine como también actor, ya que protagonizaría uno de los segmentos). Junto al King actor, encontraremos también a conocidas caras como las de Ed Harris, Ted Danson, Adrienne Barbeau o Leslie Nielse.. “Creepshow” (Íd, 1982) obtuvo un éxito lo suficientemente satisfactorio para sus responsables que generó dos secuelas más y la creación de la serie “Tales from the Darkside”, producida por Romero y donde pudo colaborar, además de con el autor de “Carrie”, con escritores como Clive Barker o Robert Bloch.

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Como he comentado, el filme tuvo una adaptación al cómic (como no podría ser de otra forma en una película que rinde tributo a los tebeos de terror más famosos y homenajeados de todos los tiempos) que contó con el arte del impresionante Bernie Wrightson. Hablar de Wrightson es hablar de uno de los grandes del medio. Colaborador habitual en las revistas de cómics de la “Warren” o en “Heavy Metal“, es uno de los dibujantes por antonomasia del cómic de horror estadounidense con increíbles adaptaciones e ilustraciones del “Frankenstein” de Mary Shelley o relatos de H. P Lovecraft o Edgard Allan Poe. Creó junto a Len Wein a uno de los iconos del terror del Noveno Arte, “The Swamp Thing” (o “La Cosa del Pantano“), para “DC Comics” así como dibujó una de las historias más crudas de Batman, “The Cult” además de trabajar también para “Marvel Comics“, con la publicación de novelas gráficas de Spiderman o Punisher. Sin duda, uno de los mejores artistas que nos ha brindado el medio. En el cómic que nos corresponde, ofrece como de costumbre su buen hacer pese a no haber podido disponer de mucho tiempo para realizar el encargo debido a que la publicación debía coincidir con la fecha del estreno de la película. En su interior, a diferencia del filme de Romero -donde el director de “El día de los muertos” (Day of the Dead“, 1985) hace uso de un lenguaje y de un tono de cómic para hacer más evidente su aproximación a las publicaciones que intenta homenajear-, Wrightson hace uso de un estilo más formal, más acorde a su peculiar estilo en lo que se refiere a narrativa y diseño de las páginas (con sus habituales composiciones de viñetas verticales alargadas y el uso de splash-pages para resaltar momentos álgidos del relato), sobrio y, en ocasiones, tenebroso. Sorprende que los personajes, que sus rostros, no se parezcan a los de los actores que los interpretaron, así como que, como curiosidad a resaltar, el orden de las historias no se corresponda con el de la película. Personalmente, hubiera preferido que el cómic fuera en blanco y negro ya que Wrightson demostró sobradamente su valía y dominio del entintado -a la mencionada adaptación de “Frankenstein” me remito-. “Planeta Cómic” nos brinda la oportunidad de reencontrarnos con esta pequeña joya con su reciente publicación aprovechando la reciente reedición del año pasado por parte de la americana editorial “Gallery 13“. Un auténtico clásico que llevaba mucho tiempo descatalogado en nuestro país [7]. Así que no hay excusa ninguna para no hacerse con esta joya del cómic.

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[1] Su abuelo paterno nació en el municipio gallego de Mourela de Enmedio en la ría de Ferrol. Emigró a Cuba, pero siempre regresaba a España cuando su mujer estaba embarazada porque quería que sus hijos nacieran en su país. Es por ello que, aunque fuera circunstancialmente, también el padre de George A. Romero, Jorge Marino Romero, nació en nuestro país.

[2] “La noche de los muertos vivientes” (Night of the living dead, 1968), “Zombi” (Dawn of the dead, 1978), “El día de los muertos” (Day of the dead, 1985), “La tierra de los muertos vivientes” (Land of the dead, 2005), “El diario de los muertos” (Diary of the dead, 2007) y “La resistencia de los muertos” (Survival of the dead, 2009).

[3] Finalmente “Apocalipsis” (The Stand, Mick Garris, 1994) se estrenó en formato miniserie para televisión y fue dirigida por Mick Garris.

[4] Fundada por Max Gaines, “Educational Comics” publicaba historietas pedagógicas y moralistas basadas en la Biblia o protagonizadas por los animales parlantes.

[5] A los tres narradores se les conocía como los GhouLunatics. Al Guardián de la Cripta le siguen el Guardián de la Cámara y la Vieja Bruja.

[6] Coetáneamente el senador McCarthy, ya había confeccionado su famosa lista negra de Hollywood y dirigido la famosa “caza de brujas“.

[7] La extinta “Toutain Editorial” publicó “Creepshow” en formato rústica en 1983.

Maldita casa encantada (Artur Laperla)

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Titulo original: Maldita casa encantada / Guión: Artur Laperla / Dibujo: Artur Laperla / Portada: Artur Laperla / Formato: Rústica Páginas: 152 pags. / Editorial: Sapristi / Precio: 17,90€. / ISBN: 978-84-94785-28-3


Angélica acaba de mudarse al barrio. dando un paseo con su perro llamado Peluche acaba plantándose delante de la tétrica Mansión Bogardus de la cual se dice que está encantada. En un descuido, Peluche se escabulle y acaba en su interior. La joven Angélica tendrá que internarse en la casa para poder encontrarlo y nosotros, con nuestras decisiones, tendremos que ayudarla a que su misión acabe llegue a buen puerto.


Pondría la mano en el fuego al asegurar que cualquier jovenzuelo de pro de hoy día no tendría ni pajolera idea de lo que era un “libro-juego” hasta el momento en el que visionara el episodio/largometraje (si lo hizo) de la serie Black Mirror “Bandersnatch” (Black Mirror: Bandersnatch, David Slade, 2018). Para aquellos lectores que ya peinamos algunas (o muchas) canas, esos “libro-juegos”, con ese precioso slogan de “Elige tu propia aventura”, son parte intrínseca de nuestras infancias. Como muchos sabemos, esos libros nos implicaban en la trama, nos hacían parte fundamental de ella invitándonos a interaccionar, y no se leían de principio a fin, sino que nosotros, como auténticos protagonistas, elegíamos (o más bien decidíamos) nuestro destino o el de los personajes a nuestro cargo. Ello daba la oportunidad de leer y releer hasta la saciedad este tipo de libros con tal de saciar nuestra curiosidad y comprobar de primera mano todos los posibles desenlaces. Posiblemente muchos aficionados al “Rol” comenzasen por aquí. Su dinámica era muy sencilla: uno comenzaba a leer hasta que, en una página, se nos permitía tomar una decisión sencilla (sin tiradas de dados ni nada por el estilo, pese a que posteriormente habría algunos de ellos que dejaban paso al azar con su uso), y avanzar a la página indicada dependiendo de nuestra decisión. Normalmente eran tramas muy lineales. Un divertimento tan interactivo como pudieran permitirlo las letras y lo suficientemente entretenido para asegurar horas y días de diversión. Un ejercicio lúdico previo a las videoconsolas, un precedente a los videojuegos, con lo que los niños de los ochenta (el target de los mencionados productos, todo sea dicho) se las apañaban para pasar el rato.

Particularmente recuerdo haber tenido muchos de ellos. Los había muy variopintos, como los de la colección “La máquina del tiempo” (donde te convertías en un viajero espacio-temporal y recorrías momentos importantes de la historia), los libros de la franquicia Indiana Jones (en los que asumías el papel de su side-kick al más puro estilo Tapón, el niño oriental que encarnó Jonathan Ke Quan en “Indiana Jones y el Templo Maldito” [Indiana Jones and the Temple of Doom, Steven Spielberg, 1984]) o los que el sello “Forum” de Planeta DeAgostini (encargado de la publicación de los superhéroes de Marvel Comics) publicó con las aventuras interactivas de los personajes más icónicos de la Casa de las Ideas. Sin embargo, mis favoritos siempre fueron aquellos que rezaban “Aventura sin fin” en su portada y estaban enmarcadas dentro de la serie del famoso juego de “Rol” creado por Gary Gygax y Dave Arneson “Dungeons & Dragons”. Inmerso en un mundo de espada y brujería, entre sus páginas tenías la posibilidad de enfrentarte a sanguinarios vampiros, feroces licántropos o temibles dragones. Muchas veces, si tus decisiones no eran afortunadas, acababas muriendo de las formas más variopintas. Y siempre había diferentes finales, con lo cual era evidente que acababas repitiendo la experiencia para intentar descubrirlos todos. Como he anotado, un juego con muchas posibilidades y tiempo de juego no ilimitado, pero casi.

No es de extrañar que en los actuales tiempos en los que tenemos a nuestro alcance una gran cantidad de productos de diversa índole que apelan a la nostalgia (nostalgia, divino negocio), la editorial patria “Roca Editorial”, bajo su colección “Sapristi”, acabe de publicar un cómic con ese marcado espíritu ochentero de los libros de “Elige tu propia aventura”, pero adaptado al más atractivo (al menos para un servidor) mundo de las viñetas [1]. Su responsable, Artur Laperla, es uno de los autores nacionales a los que hace tiempo que le sigo la pista. Sus trabajos previos siempre han sido de mi agrado desde aquella, lejana ya, época en la “Línea Laberinto” de Planeta DeAgostini (en la cual se apostaba por nuevos valores del panorama comiquero del momento) con cómics como “Oropel” y “Cool Tokio”, junto a su inseparable colaborador Marcos Prior, que firmaba bajo el pseudónimo de Konsinski, dentro del colectivo autoral autodenominado como “Producciones Peligrosas”. Juntos, Prior y Laperla, firmaron varias historietas para la editorial “La Cúpula” como, los también muy recomendados, “Rosario y los inagotables” o “Raymond Camille”, tebeos poco convencionales, muy originales, garantes de un surrealismo inusual y con una forma de narrar tan original como personal. Ya en solitario, Artur Laperla publicó, no hace demasiado, con “Bang Ediciones”, un cómic de corte erótico divertidísimo titulado “Melvin. Super Sexy Roller” y recientemente el título que hoy nos toca: “Maldita casa encantada”.

El autor catalán nos ofrece aquí una aventura en la cual nosotros tendremos en nuestras manos el destino de Angélica, la joven protagonista del relato, que, con la intención de rescatar a su pequeño perro llamado Peluche, se internará en una tétrica mansión embrujada. No faltarán todos los tópicos del género que ya habremos visto en muchos títulos míticos del género de terror. Su relato se desarrollará en una trama simple y lineal que podrá desembocar en trece finales diferentes, dándonos pie a una adictiva rejugabilidad, En nuestras manos estará el descubrirlos todos. Angélica se tropezará con la típica pandilla de adolescentes de extrarradio, con zombies antropófagos, vampiros en un desván, sectas diabólicas, posesiones infernales o demonios primigenios lovecranianos. Atención también a ese chorrazo de sangre que puede recordar a uno de los grandes títulos de terror moderno, que también combinaba a la perfección el humor negro más cafre, dirigido por Sam Raimi y protagonizado por el grandísimo Bruce Campbell. Y es que los referentes son totalmente reconocibles. Y todo ello con el característico estilo de dibujo de su autor, muy vistoso y particular, resultado un tebeo muy simpático y entretenido. Pese al aparentemente aspecto infantil del cómic, no nos dejemos engañar por ello. “Maldita casa encantada” es un tebeo para adultos. Así que mantenedlo lejos del alcance de los más pequeños puesto que tras esa falsa apariencia naif, culpa de ello lo tiene en gran medida el simpático estilo de su autor, encontraremos auténtico terror siempre salpicado con pequeños toques de humor negro. Como es costumbre en su trabajo, Laperla demuestra un acertado uso del color y de la narrativa, que gran narrador me parece este hombre, en un cómic ligero, fácil de leer y con el entretenimiento como bandera. Si no lo tenéis, yo de vosotros le daría una oportunidad.  Por cierto, en su prólogo, su autor promete más entregas, concretamente dos más, que conformarán lo que denomina como La Trilogía Maldita y en la que se volverá a los mismos personajes presentados aquí en nuevos escenarios típicos del género. Ganas tengo de verlo, la verdad.

[1] El autor recupera el título “The Haunted House” escrito por R. A. Montgomery y publicado en nuestro país en 1984 por la editorial Timun Mas en su colección “Elige tu propia aventura“.

Alien. La historia ilustrada (Archie Goodwin, Walter Simonson)

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Titulo original: Alien / Guión: Archie Goodwin / Dibujo: Walter Simonson / Portada: Walter Simonson / Formato: Cartoné / Páginas: 66 pags. / Editorial: Diábolo Ediciones / Precio: 15,95€. / ISBN: 978-84-15153-69-6


De regreso a la Tierra, la nave comercial Nostromo interrumpe su viaje: el ordenador central, MADRE, detecta una misteriosa transmisión de una forma de vida desconocida procedente de un planeta cercano. Interpretada como un SOS, la tripulación se ve obligada a investigar su origen. Sin embargo, un incidente con una forma alienígena provocará el apresurado regreso de la expedición de rescate trayendo consigo a un mortífero ser que convertirá su viaje de vuelta en una pesadilla.


Sin duda alguna, “Alien, el Octavo Pasajero” (Alien, Ridley Scott, 1979) es uno de los indiscutibles clásicos del terror y de la ciencia ficción. Una genial reinterpretación de un cuento clásico de horror con un telón sci-fi de lo más evocador. La génesis del proyecto es (casi) por todos sabida: a principios de la década de los setenta, en la facultad de cine de la USC, la “University of Southern California”, unos jovenzuelos llamados Dan O’Bannon y John Carpenter se conocerían y comenzarían su colaboración en un cortometraje (al que luego convertirían en largo para poder estrenarlo en salas de cine) llamado “Dark Star” (Íd, John Carpenter, 1974). Los tibios resultados de la cinta (un simpático ejercicio de ciencia ficción de bajo presupuesto) más las discrepancias con quien años más tarde se convirtiera en uno de los realizadores de cine de “Serie B” más importante de todos los tiempos, llevó a que Dan O’Bannon intentara llevar a cabo en solitario esa historia como a él le hubiera gustado. Tras su periplo por Europa, donde fue reclutado como supervisor de efectos especiales por Alejandro Jodorowsky para su lisérgica y fallida adaptación del “Dune” de Frank Herbert, nuestro protagonista volvió a California totalmente arruinado y profundamente deprimido. Un amigo, Ronald Shushett, acabó por acogerle en su casa ofreciéndole un techo y un sofá en el que poder dormir. Shussett, guionista y productor de humilde categoría, tenía un sueño: acababa de adquirir los derechos del relato de Philip K. Dick “We Can Remember It for You Wholesale” (lo que luego conoceríamos como “Total Recall” o “Desafío Total”) para poder adaptarlo a una película. Era de esperar que tal empresa necesitara de un considerable dispendio económico con el que en aquel momento no contaba. Es por ello que hizo un trato con O’Bannon, primero intentarían llevar a cabo su proyecto (titulado en primera instancia como “Memory”, luego “Star Beast” y finalmente “Alien”), harían un buen dinero y lo invertirían en el proyecto de “Desafío Total” (sabemos, por la perspectiva que nos ofrece el tiempo, que esto ocurriría mucho tiempo después). El resto es historia del cine: O’Bannon y Shussett renunciarían a una oferta del mítico Roger Corman para aceptar la de la productora de Walter Hill, David Giler y Gordon Carroll (la Brandywine Productions), el guion se reescribió en varias ocasiones (siempre dejando la escena que impactó a los productores, es decir, aquella en la que el alienígena revienta el pecho de un pobre desgraciado para emerger de su interior), hubo grandes peleas y discrepancias por la autoría del mismo, se relegó a su creador (frustrando sus intenciones de dirigir el film) a un mero puesto de asesor, se elegiría a un por aquel entonces desconocido Ridley Scott como director de la cinta, O’Bannon consiguió traerse consigo a gran parte de la “troupe” que participó en el proyecto de “Dune” (entre ellos a un controvertido H. R. Giger, el definitivamente creador del aspecto del alien) o que la Fox, capitaneada por Alan Ladd Jr, finalmente dio luz verde al proyecto con intención de repetir el éxito de una cinta de ciencia ficción pulp que cambió la industria cinematográfica, es decir, “La Guerra de las Galaxias” (Star Wars, George Lucas, 1977).

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La película cuenta la historia de la tripulación de la nave Nostromo, un carguero espacial que se encuentra en pleno viaje de regreso a la Tierra. El viaje se verá interrumpido cuando se topan con una aterradora y peligrosa especie extraterrestre tras acudir en respuesta a una, en apariencia, llamada de socorro realizada desde un planeta desconocido. Uno tras otro, los tripulantes irán siendo víctimas de la terrible máquina de matar que han subido a bordo. “Alien, el Octavo Pasajero” recibió una gran acogida por la crítica y un gran éxito de taquilla, recibiendo un premio Óscar a los Mejores Efectos Especiales como recompensa. Su éxito no sólo encumbró a su director, Ridley Scott, sino que acabaría convirtiéndose en una popular saga cinematográfica (sobre todo tras el paso del genial James Cameron en su secuela, “Aliens, el Regreso” [Aliens, James Cameron, 1986]) Todo ello generó una franquicia de novelas, cómics, videojuegos y juguetes. Uno de esos productos es el cómic que nos ocupa, es decir, la adaptación al cómic de la película a cargo de dos pesos pesados del medio: Archie Goodwin y Walter Simonson. Goodwin es probablemente el mejor editor de cómics de la era moderna y uno de los grandes guionistas de cómics que la historia ha dado. Fue editor “Marvel Comics” en los setenta (salvándola de la ruina gracias a su adaptación de Star Wars) y artífice de los cómics de la Warren (Creepy, Eerie) entre otras muchas cosas que darían para mucho escribir y maravillarse. Walter Simonson tampoco necesita presentación. Gran guionista y dibujante de cómics reconocido principalmente por su trabajo en la serie Mighty Thor. Dibujante de trazo vigoroso y original, su estilo es diferente e inconfundible. Y, además, es un narrador colosal. Sus trabajos más reconocidos se sitúan en la Marvel de los 80 en series tales como, la ya mencionada, Mighty Thor, Los Cuatro Fantásticos o Factor X.

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El estreno de “Prometheus” (Íd, Ridley Scott, 2012) fue el detonante de una magnífica reedición de lujo total, de un mayor tamaño, tapa dura, papel excelente y con las páginas recoloreadas para la ocasión mejorando considerablemente la anterior edición, con más de 30 años de antigüedad. En nuestro país, fue Diábolo Ediciones la responsable de maravillarnos con esta joya. Para tal empresa, el texto del cómic está extraído directamente del doblaje castellano de la película, del que se rescataron diálogos completos de sus personajes. En lo que se refiere a su contenido, nos encontramos ante una adaptación muy fiel al original (salvo pequeños, pequeñísimos, detalles insignificantes), dibujada y narrada de forma magistral, espectacular, y que hará las delicias del aficionado. “Impactante” es la primera palabra que me viene a la cabeza para poder describirlo. El nivel de detalle es impresionante, así como la recreación de la atmósfera que ya nos ofreciera Ridley Scott en la gran pantalla. En definitiva, “Alien. La historia ilustrada” es una compra obligada para todos aquellos fans de los xenomorfos más famosos del Séptimo Arte, así como de aquellos que disfrutan del buen cómic en general y del arte de Walter Simonson en particular. Esta cuidada edición de Diábolo Ediciones es de una calidad extrema como pocas que podamos haber visto en nuestro panorama editorial. Recomendado queda.

Crítica de “Nosotros” (Us, Jordan Peele, 2019)

Us Movie 2019


Título original: Us / Año: 2019 / País: Estados Unidos / Duración: 116 minutos /Director: Jordan Peele / Producción: Jason Blum, Ian Cooper, Sean McKittrick, Jordan Peele / Productora: Blumhouse Productions, Monkeypaw Productions, QC Entertainment / Distribución: Universal Studios / Guion: Jordan Peele / Música: Michael Abels / Fotografía: Mike Gioulakis / Montaje: Nicholas Monsour / Diseño de producción: Ruth De Jong / Reparto: Lupita Nyong’o, Winston Duke, Elisabeth Moss, Tim Heidecker, Shahadi Wright Joseph, Evan Alex, Cali Sheldon, Noelle Sheldon, Alan Frazier / Presupuesto: 20.000.000$


Como cada año en época estival, la familia Wilson se instala en su residencia de veraneo en la soleada localidad californiana de Santa Cruz. Tras una tensa jornada en la playa junto a unos amigos, la familia descubre esa misma noche la silueta de cuatro figuras cogidas de la mano y en pie frente a la entrada de su casa. Para su sorpresa, descubrirán que sus visitantes no sólo tienen hostiles intenciones, sino que son una versión malvada de ellos mismos. 


ATENCIÓN A USUARIOS:

Esta crítica contiene “spoilers”. Si no has visto la película, te recomiendo que no la leas hasta haberlo hecho. El texto escrito a continuación responde a una opinión personal del autor sin ánimo de sentar cátedra.


“Existe una quinta dimensión más allá de las conocidas por el hombre. Una dimensión tan vasta como el espacio y tan eterna como el infinito. Es la zona intermedia entre la luz y la penumbra. Se encuentra entre el abismo de los temores del hombre y la cima de su conocimiento. Se trata de la dimensión de la imaginación. Un espacio que llamamos ‘La dimensión desconocida’” (Rod Serling)

Creada por el genial e inimitable Rod Serling, “The Twilight Zone” (traducida en nuestro país como “La Dimensión desconocida”) es uno de los principales referentes del género fantástico por antonomasia por el cual pasaron grandes de las letras como Richard Matheson o Charles Beaumont y directores de la talla de Richard Donner, Don Siegel o Christian Nyby entre muchísimos más profesionales. Su influencia es tan importante que muchos de los grandes realizadores del género han manifestado en multitud de ocasiones su gratitud a la misma (el grandísimo y mismísimo Steven Spielberg incluido) y que todavía se deja notar hoy día en muchísimos productos de corte fantástico y en el bagaje de sus creadores. Es por ello que me es fácil imaginar a un joven Jordan Peele pegado a la catódica pantalla de su televisor maravillado por la criatura televisiva de Serling. Quien dice Jordan Peele podría decir que a cualquier hijo de vecino debido a que la calidad de la serie es francamente indiscutible vista a día de hoy (cincuenta años después de su estreno). Sin embargo, la razón por la que nombro a Peele viene dada por su implicación en la producción ejecutiva del nuevo revival de la serie (donde hará también las veces de anfitrión narrador) de inminente aparición en la plataforma streamingCBS All Access” (1) y porque el antaño cómico y ganador de un Oscar de la Academia al “Mejor guion original” por “Déjame salir” (Get Out, 2017) ha creado su particular “micro universo” de clara inspiración en dicha serie con la película mencionada y con su último trabajo, “Nosotros” (Us, 2019). Convirtiéndose por ello en uno de los referentes del terror/thriller fantástico/psicológico a tener en cuenta del panorama cinematográfico actual. Muchas voces ya lo han clamado como el “Nuevo Kubrick” o el “Nuevo Hitchcock”. Etiquetas que sean tal vez exageradas o prematuras, pero que podrían llegar a confirmarse en cuanto que el joven realizador afroamericano, con solamente dos filmes en su haber, nos ofrezca más historias y mantenga el listón, en lo que a calidad se refiere, probado hasta el momento.

Proveniente del mundo de la comedia (junto a Keegan-Michael Key en el canal Comedy Central), Peele sorprendió a propios y a extraños con su “Ópera Prima”. Una historia que bien podría haber sido un capítulo de la mencionada serie de Rod Serling. Asociado para la ocasión con el popular productor Jason Blum, “Déjame salir” (Get Out, 2017) nos ponía en la piel de un joven afroamericano que acudía a conocer a sus suegros -blancos y de clase acomodada- durante un fin de semana. Lo que en apariencia parecía lo que muchos de nosotros hemos tenido que “padecer” alguna vez, es decir, conocer a los progenitores de nuestra pareja, aquí acababa inmerso en un total ambiente de pesadilla donde unos “Mad Doctors” realizaban una suerte trasplantes de conciencia, mediante una operación cerebral, a todo aquel o aquella que pudiera permitirse comprar un cuerpo joven y lozano como el del joven protagonista. Un giro en su argumento totalmente inesperado en una cinta que apuntaba más a la comedia con toques de terror o de thriller psicológico en un relato con cierto poso de crítica social y racial. Una cinta que partía de una premisa del tipo de “Adivina quién viene a cenar esta noche” (Guess Who’s Coming to Dinner, Stanley Kramer, 1967) y que acababa asimilando la subyacente “conspiranoia” de la ciencia ficción de los cincuenta, con una cinta tan importante para el género como “La invasión de los ladrones de cuerpos” (Invasion of the Body Snatchers, Don Siegel, 1956) -o de la novela de Robert Heinlein, Amos de títeres– en el punto de mira, por ejemplo. Todo ello con una espectacular puesta en escena, tomando elementos de aquí y de allí de otros importantes referentes tales como “El Resplandor” (The Shinning, Stanley Kubrick, 1980) o recursos técnicos como “widescreen” y el barrido lateral ya utilizados por John Carpenter en “La noche de Halloween” (Halloween, 1978) para generar desasosiego y terror. Muchos vieron también una crítica a la sociedad americana del “Trumpismo” y del racismo vigente en el seno de la sociedad del país de las Barras y Estrellas, algo que tampoco nunca ha desmentido su responsable, mientras que el resto que también apreciamos dicho mensaje descubrimos uno de los mejores títulos de terror de dicha temporada (al menos en la humilde opinión de aquel que suscribe estas palabras). Aupado por la prensa especializada, Jordan Peele se convertía en una de esas figuras a las que no había que perder de vista y es principalmente por ello que su nuevo trabajo, “Nosotros” (Us, 2019) se esperaba con gran expectación por parte de crítica y público.

Nosotros_Us_2019_Jordan_Peele (3)
Toc, toc… Hemos llegado para quedarnos!

Si juntamos, por un lado, la lista de películas que el director puso como deberes a sus actores (2) -entre las que encontramos títulos tan estimulantes como “Los Pájaros” (Alfred Hitchcock’s The Birds, Alfred Hitchcock, 1963), “El Resplandor” (The Shinning, Stanley Kubrick, 1980), “Morir todavía” (Dead again, Kenneth Branagh, 1991), “El Sexto Sentido” (The Sixth Sense, M. Night Shyamalan, 1999), “Funny Games” (Íd, Michael Haneke, 1997), “Dos hermanas” (Janghwa, Hongryeon. A Tale of Two Sisters, Kim Jee-woon, 2003), “Martyrs” (Íd, Pascal Laugier, 2008), “Déjame entrar” (Let the Right One In, Tomas Alfredson, 2008), “Babadook” (Íd, Jennifer Kent, 2014) e “It Follows” (Íd, David Robert Mitchell, 2014)- y, por el otro, su sugerente premisa -una familia de clase media afroamericana que es asediada una noche en su casa de veraneo por una versión malvada de ellos mismos- es fácil dejar volar nuestra imaginación y que nuestras expectativas como espectadores esperen, como mínimo, un ejercicio de tensión implacable donde el suspense y los giros en su guion sean capaces de tenernos pegados a la butaca de la sala comercial de turno en la cual visionemos la película. Ante tales referencias, uno puede esperar que el nuevo trabajo del director de “Déjame salir” (Get Out, 2017) sea una cinta capaz de crear una atmósfera terrorífica enrareciendo incluso el más cotidiano de los entornos. Ya en los sesenta el Maestro Hitchcock, con esa obra maestra del Séptimo arte titulada “Psicosis” (Psycho, 1960), fue capaz de abandonar el antaño imperante “goticismo” sobrenatural de aquellos castillos encantados habitados por fantasmas y vampiros del cine de terror de la época para mostrarnos que el horror podía encontrarse a pie de calle, allí donde menos lo podíamos esperar, es decir, en el interior de nuestros propios vecinos de modales afables. Cualquiera podía albergar el mal y en este caso concreto se manifestaba en la perturbada mente del jovencísimo Norman Bates. Jordan Peele va un paso más allá estableciendo la propia amenaza en nosotros mismos (incluso uno de los protagonistas llega a pronunciarlo) apelando a esa dualidad benigna/malvada inherente en todo ser humano. Un peligro del que no podremos escapar y a lo que bien alude el profetizador versículo “Jeremías 11:11” (3) que aparece en reiteradas ocasiones a lo largo del metraje. Aunque también es cierto que esta es una cinta cargada de simbolismos y ese “Us” del título (que nosotros al traducirlo al castellano perdemos) también puede interpretarse como acrónimo de “United States” a tenor de la respuesta de la líder de los asaltantes con un “We´re americans” cuando se le pregunta quiénes son (¿podría interpretarse como una denuncia a aquellos que votaron a Donald Trump sin manifestarlo abiertamente y que conviven con aquellos que no lo hicieron y sienten total repulsa por su presidente y por lo que representa?). De hecho, a sabiendas de que el director que nos ocupa no esconde sus intenciones de dejar cierto poso crítico en sus obras, su película posee distintas capas y/o lecturas en las que se intenta deliberadamente concienciarnos de la brecha social y de la lucha de clases mostrando sutilmente las diferencias entre aquellos que están arriba disfrutando de ciertos privilegios y los menos favorecidos que están abajo, como sombras, viviendo de los restos, de las migajas, de los anteriores.

La verdad es que el máximo responsable de la cinta no inventa nada nuevo y nos muestra su reinterpretación, a su peculiar manera, de elementos del terror de los setenta y los ochenta con una magnífica puesta en escena e intentando jugar todo el rato al despiste. Trampeando en todo momento para ello al más puro estilo del coetáneo M. Night Shyamalan. Cierto es que muchos de sus giros argumentales, incluido el final, se ven venir de lejos y se puede poner un “gran pero” a ese exceso de información al tratar de explicar al Gran público, de explicarnos con pelos y señales, como encajan todas las piezas de su intrincado rompecabezas. Sin embargo, gracias al ritmo de un montaje totalmente trepidante y en el cual se hila y se balancea perfectamente el horror y la comedia (para aliviar tensiones), Peele consigue mantenernos expectantes a la pantalla. Incluso el diegético uso de un soundtrack, elegido a conciencia, ayuda a que el envoltorio de su película sea un envoltorio cuidado con mucho cariño. El score de Michael Abels, sencillamente espectacular, con piezas totalmente inquietantes incluidas. Por supuesto no todo es bueno ni funciona al 100%, pero tiene mérito que no logre sacarnos de la trama ya que está tan bien hilado en una cinta que comienza como una “home invasión” de manual, que luego sigue por los derroteros de un “modo slasher” de violencia exacerbada sazonada con toques de humor negro y que para finalizar acaba decantándose por una historia de invasiones a mayor escala (al más puro estilo de “La invasión de los ultracuerpos” [The Body Snatchers, Philip Kaufman, 1978] o “The Crazies” [Íd, George A. Romero, 1973]) donde una raza de “dobles intraterrestres” tienen como meta acabar con sus contrapartes de la superficie -entendemos que americana- y revelarse al mundo cogidos de la mano formando una gran cadena de costa a costa de los Estados Unidos para acabar de una vez por todas con nuestro modo de vida que, contradictoriamente, ellos mismos ansían.

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Abandonados a su suerte en unas vastas instalaciones subterráneas bajo un parque de atracciones (el mismo que, según propias palabras del director, aparecía en el clásico ochentero “Jóvenes Ocultos” [The Lost boys, Joel Schumacher, 1987]), estos doppelgängers (termino de origen alemán que se utilizar para definir el doble fantasmagórico o sosias malvado de una persona viva) parecen ser el resultado de un fallido experimento realizado quizás por el gobierno estadounidense, siempre en permanente conspiración. En un primer momento nos muestran multitud de conejos blancos en jaulas, preliminares sujetos de dicha experimentación con la clonación, para después mostrarnos a los autodenominados “Ligados”, esos dobles que sólo conocen la maldad inherente en ese ser humano del que ellos son sólo copias vacías, cascarones sin espíritu, y que podríamos ver como una perfecta alegoría de las diferencias entre las clases más ricas y poderosas (los de arriba) y aquellos mucho menos pudientes (los de abajo). Poco se sabe de las razones por las cuales sus responsables lo consideraron un fracaso y los condenaron a vivir como una sombra, como un espejismo de la realidad de la gente de arriba. Pero en un momento dado, la aparentemente doble malvada de Adelaide, la madre de nuestra familia protagonista, menciona la imposibilidad de replicar el alma. Lo cual me lleva a pensar, teniendo en cuenta las declaraciones de Peele al afirmar que sus dos filmes están conectados en su peculiar universo (dimensión desconocida) particular, que puede que estos clones fueran una fase temprana de la experimentación con el trasvase de conciencia que vimos en “Déjame salir” (Get Out, 2017) por parte de la familia Armitage.

Por otra parte, es de agradecer la intención del director afroamericano de crear un nuevo tipo de monstruo en un mundo, tanto el real como el de la ficción, en el que todos los monstruos parecen estar inventados. En una primera instancia podríamos decir que los monstruos son ellos, pero al final (tras la última -y, por qué no decirlo, previsible revelación) no nos queda más remedio que admitir que los monstruos, como reza el título del filme, somos nosotros. Peele quiere hacernos trampa al respecto y provocar que nuestras cabecitas reflexionen sobre ello cuando salgamos de la sala de cine. Ese magistral prólogo en el que se nos relata el primer encuentro de la joven Adelaide con su doble malvado que engañosamente nos intentan colar como una experiencia traumática para la niña, acaba desvelándose como la usurpación de la identidad de la niña por parte de su doppelgänger. Éste, envidioso de la amable existencia de los de arriba, logra mantener a raya su vil naturaleza encontrando el amor en la superficie, mientras que la auténtica Adelaide se ve forzada a coexistir en un mundo de pesadilla con una especie incapaz de apreciar la vida. Solamente cuando su contrapartida logra superar su condición de “ligado” -a través del arte, en este caso el ballet-, la joven cautiva en el mundo subterráneo logra alzar la voz y erigirse en líder de tan peculiar colectivo dando razón de ser al popular dicho que dice que “el tuerto es el rey en el país de los ciegos”. Para la elaboración de su plan toma aquello que conocía de su antiguo hogar y que formaba parte de su usurpada realidad, es decir, la campaña solidaria “Hands across America” -cuya intención era la de crear una macrocadena humana de gente dándose la mano para mostrar la unión de todo el país de costa a costa- que vio de pequeña en la televisión, las tijeras con las que recortó aquellos muñequitos de papel unidos por las extremidades y las peculiares vestimentas rojas y los guantes que…¿Podríamos decir, al ver que la niña era fan de Michael Jackson, intentaban emular a su ídolo que vestía de forma similar color en el videoclip del tema Thriller? En el momento de la confrontación final, además de las ansias de venganza de mueven a la Adelaide de abajo, ambas mujeres ansían lo mismo: la vida en la superficie. Aquella que convivió con los “ligados” desea fervientemente volver a la realidad de la que se le privó y aquella que usurpó su identidad no tiene intención de abandonarla ya que allí pudo disfrutar del libre albedrío y formar una familia. Sin embargo, ¿quién es el monstruo?  ¿Ellos? ¿Nosotros? Difícil respuesta, ¿no?

 

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Sin duda, esta dualidad entre las gentes de la superficie y los “ligados” no sería creíble de no ser por el gran trabajo de la mayor parte del reparto, encabezado por una soberbia Lupita Nyong’o que, como el resto de sus compañeros, ha de realizar la doble labor actoral de encarnar a sus antagonistas versiones.  La joven actriz, a la que pudimos ver en títulos como “Black Panther” (Íd, Ryan Coogler, 2018) y fuera oscarizada por su papel en “12 años de esclavitud” (12 Years a Slave, Steve McQueen, 2013), realiza una formidable labor poniendo piel a una protectora madre que lucha por la supervivencia de su familia, por un lado, a la vez que logra que las ansias de venganza de su otro papel consigan estremecernos. Merecedora sin duda alguna de cualquier distinción que premie/recompense su actuación y de todos los elogios puesto que ella sobresale de entre el resto de sus compañeros. Estos le van a la zaga realizando un trabajo igualmente notable tanto como familia Wilson “de la superficie” como su contrapartida subterránea. Wiston Duke, como Gabe Winston, es probable el más cargante de sus componentes ya que se le usa como alivio cómico en la mayor parte de sus intervenciones (incluso su pelea con su doble malvado sigue los tropos de la comedia). Bobalicón, simple y ansioso por mejorar su estatus social, Gabe se pondrá como meta el poder igualarse a su amigo/conocido/compañero de trabajo Josh Tyler (interpretado por el actor Tim Heidecker). Personaje que representa, junto a su familia (retratada con total patetismo), a la “white trash” americana más acomodada. Muchos han querido ver en la familia Tyler un componente de denuncia, pero, en mi humilde opinión, están tan llevados al extremo, tan satirizados, que se me hace difícil tomarlos en serio. Sin embargo, sus contrapartidas malvadas son totalmente escalofriantes. El asalto a su domicilio llegó a recordarme al cómic creado por el escritor irlandés Garth Ennis, para la Editorial Avatar, “Crossed” (una historia donde la humanidad cae a merced de una plaga que convierte a las gentes normales en sanguinarias y depravadas criaturas que dan rienda suelta sus más bajos instintos).

Pero, como he comentado antes, no todo es bueno en la nueva cinta de Jordan Peele. “Nosotros” (Us, 2019) ensalza a su responsable como un gran director y creador de suspense, pero, por otro lado, su faceta como narrador se ve entorpecida por esa insistencia -no sabría decir si voluntaria o no- de querer explicarlo todo para que nosotros como espectadores lo podamos entender. Particularmente, preferiría rellenar los huecos por mí mismo, pero es probable que al “gran público” no. De hecho, y aunque las comparaciones son odiosas, la crítica está dividida entre aquellos que ensalzan este trabajo y aquellos que señalar que no le ha quedado tan redondo como su predecesor. De todas formas, Peele es un gran técnico que cuida hasta el último detalle, pese a demostrar ciertas carencias en las escenas de acción, por ejemplo, donde no sobresale demasiado. Pero es capaz de disimularlo jugando con el fuera de plano o cortando abruptamente muchas de sus secuencias. Yo me posiciono entre aquellos que le consideran un prodigio del suspense y espero con ansia su remake de la popular serie de Rod Serling así como nuevos proyectos y trabajos cinematográficos. Demostrado queda su bagaje y no esconde sus referentes. El metraje está lleno de guiños y/u homenajes (una de mis escenas favoritas es la de la playa, sólo falta ahí del dolly zoom utilizado por Spielberg para hacer aún más evidente el homenaje a “Tiburón” [Jaws, 1975]) que harán las delicias del aficionado al género. Si este es el nivel, si este es el grado de satisfacción, larga vida a Jordan Peele.

Un momento: durante el asalto a la residencia de los Tyler, el chascarrillo con el tema “Fuck the police” de NWA es, a mi juicio, una gran ocurrencia. Sin duda levantó multitudinarias risas en la sala. Al ver la película en versión original, me asaltó la curiosidad. ¿Cómo resolverían el chiste en la versión doblada? Sin duda, un “Hodor” en toda regla.

Una pregunta: Cómo interpretáis la mirada cómplice de madre e hijo del final? Si te apetece compartir tu teoría, puede dejarla en los comentarios.

 

  1. Fecha de estreno anunciada para el 11 de abril de 2019.
  2. La actriz protagonista, Lupita Nyong’o, confirmó la nutrida (y recomendable) lista  a “Entertainment Weekley”. Más detalles aquí.
  3. “Por tanto, así dijo el SEÑOR: He aquí, yo traigo sobre ellos mal del cual no podrán salir; y clamarán a mí, y no los oiré”. (Jeremías 11:11)