Especial La Huella del Crimen – 2ª Temporada (Pedro Costa Muste, 1991)

huella

A modo de introducción: a principios de los noventa, Pedro Costa consigue volver a la parrilla televisiva de Televisión Española con una nueva tanda de telefilmes bajo el seno de su serie “La Huella del Crimen” cuya primera temporada dejó magníficas impresiones. De esta forma, y en su afán de recrear diversos episodios de la Crónica Negra de nuestro país, se lanza con una selección de seis nuevos casos/crímenes que conmocionaron a nuestra sociedad a lo largo de la historia, pero sin recurrir al sensacionalismo chabacano. De esta forma, Costa retoma el que es, sin duda alguna, su proyecto -su canto de cisne- para recuperar crímenes clásicos de nuestro país que debieron quedar en el tintero de la anterior temporada. La tónica será la misma, telefilmes de calidad media notable y un coherente y verosímil retrato social de nuestro país sin dejar de lado la crítica, ahora mucho más explícita, a las autoridades, tanto políticas como de seguridad del Estado, imperantes en las épocas tratadas. Si en el ochenta y cinco, los espectadores habituales no estaban acostumbrados a según qué imágenes o mensajes, el televidente de la década en la que surgieron las cadenas privadas ya tenía curtidos los estómagos y una nueva sensibilidad moral y social, más liberal -o liberada-, ya no llevaba manos a la cabeza -en apariencia- de ningún estrato de nuestra sociedad.

Una de las diferencias más notables, en cuanto a la selección de los casos, respecto a la tanda anterior es que en esta segunda temporada hay una sutil intención de hacer crítica social, una crítica incluso menos disimulada que antes, y mostrar la evidencia del abismo existente entre las diferentes clases sociales, entre pobres y ricos, en definitiva, entre el pueblo llano y los poderosos. Ello lo podemos ver, sin atisbo ninguno de esconder la intencionalidad, en “El Crimen de Don Benito”, donde los personajes influyentes tratan de tapar, no sólo las miserias de los autores, sino el crimen mismo. Objetivo frustrado gracias al tesón y la fuerza que otorga la unión de los individuos, en este caso los habitantes de la localidad extremeña hartos de los caprichos de los “señoritos” del lugar. Un tesón, el de fray Hermenegildo de Antequera, que no obtendrá resolución favorable en el episodio que abre la temporada, “El crimen de las estanqueras de Sevilla”, donde las altas esferas determinan que los condenados sean unos señores con nombres y apellidos, independientemente de que hayan sido o no los autores de los terribles asesinatos. En “El Crimen del Expreso de Andalucía” también podremos atisbar esa consideración de impunidad por parte de aquellos que pertenecían a las altas cunas de la sociedad española. Sin embargo, en el capítulo más ambicioso de la temporada, concretamente “El Caso de Carmen Broto”, dirigido por el propio Costa -y de suponer que no sólo dejó su esfuerzo sino también su pasión por el tema a tenor de los resultados vistos-, seremos testigos de los vicios y las malas artes de las altas esferas. Se ha mencionado antes que la sociedad española de los noventa era ligeramente distinta a la de los ochenta, en lo que a moralidad de rancia idiosincrasia se refiere, pero más de un sobresalto debió causar una escabrosa escena en la que un importante miembro del clero -presuntamente y fuera de cámara- se excita ante la visión de dos chicos -menores- ataviados de monaguillos se tocan y uno de ellos le practica una felación al otro. Sin duda, en la España de los ochenta una secuencia como tal, y en la Televisión pública, además, hubiera causado un revuelo que en la de los noventa, con las chicas “Chin Chin” de la privada Telecinco recién aterrizadas, debió pasar inadvertido.

Como viene siendo tónica habitual ya en la serie, tanto los equipos creativos y artísticos son de primer nivel. Para la ocasión se nota una mejoría en los dispendios económicos, fiel reflejo de ellos serían las mejoras en ambientaciones y diseño de producción. La dirección de los diferentes episodios recae en nombres de prestigio de nuestro cine como Imanol Uribe (Días Contados [Íd, Imanol Uribe, 1994]) encargado del mencionado “El Crimen del Expreso de Andalucía”, Antonio Drove (Tocata y fuga de Lolita [Íd, Antonio Drove, 1974]), Rafael Moleón (Baton Rouge [Íd, Rafael Moleón, 1988]), el propio Pedro Costa y Ricardo Franco (La Buena Estrella [Íd, Ricardo Franco, 1997]), quien vuelve a repetir en la serie con la dirección del magnífico “El Crimen de las Estanqueras de Sevilla” -un relato frío y estremecedor, que se sitúa entre los mejores trabajos del fallecido director, un relato frío y estremecedor, que se sitúa entre sus mejores trabajos, para culminar en la larga y minuciosa escena donde se da garrote a los tres presuntos culpables-. El plano interpretativo tampoco se queda lejos, sin en la primera temporada teníamos a caras conocidísimas del cine y del teatro nacional, aquí podremos ver a actores y actrices de la talla Antonio Dechent, Fernando Guillén Cuervo, Aitana Sánchez Gijón, Juanjo Puigcorbé, Emma Penella, Gabino Diego o Silvia Tortosa. Sin duda, un plantel de lujo para una serie que alcanza grandes cotas de calidad y donde, en la opinión de un servidor, la estrella de la misma es el último episodio, “El caso de Carmen Broto”. Tal vez el más valiente, al estar basado en una teoría de un caso real no resuelto de forma satisfactoria y con mucho misterio a su alrededor, que es además una denuncia a los abusos y las malas artes de aquellos que intentan, con todas las armas del dinero, las influencias y el poder mediante, imponer una moralidad que, en muchos casos, no predican. Un broche de oro como colofón de una ficción televisiva de gran empaque. La historia no acabaría aquí ya que más de quince años después, la serie se retomaría con una última tanda de telefilmes. Sin embargo, los tiempos cambian y las sociedades, en diferentes momentos de la historia, difieren unas de otras.

2.1. El Crimen de las estanqueras de Sevilla

2.1 (0)

Título original: El Crimen de las estanqueras de Sevilla / Fecha de emisión: 13 de febrero de 1991 / Director: Ricardo Franco / Guión: Pedro Costa, Manolo Marinero / Reparto: Fernando Guillén Cuervo,  Antonio Dechent,  José Soriano,  Gabriel Latorre, Felipe Vélez,  Rafael Díaz,  Fernando Marín,  Ana Labordeta,  Paloma Cela, Balbino Lacosta

La segunda temporada de “La huella del Crimen” se abre con el episodio titulado “El Crimen de las estanqueras de Sevilla”. Éste fue uno de esos sucesos que conmocionaron a la capital hispalense a mediados del siglo pasado. Matilde y Encarnación eran dos hermanas nacidas en la pequeña población de Estepa y afincadas en la ciudad de Sevilla. Una de ellas despachaba en un estanco -de ahí viene el nombre del caso-. Una tranquila noche de julio de 1952, la muerte llamó a su puerta. Nada hacía sospechar a los vecinos el hecho de que el establecimiento mantuviera sus puertas cerradas durante días. Fue la ausencia de las hermanas en el entierro de un hermano recién fallecido la que despertó los recelos de sus gentes más próximas. Al no encontrarlas en casa y reinar el silencio en el local de venta de tabacos, sito en la calle Menéndez Pelayo, los propios vecinos forzaron la entrada encontrándose con el horror en su interior. Ambas mujeres, de una cincuentena de edad cada una, yacían en el suelo, ensangrentadas, víctimas de lo que aparentaba ser un brutal ensañamiento. Sus cuerpos habían sido apuñalados con violencia, trece una y hasta dieciséis la otra. Lo más extraño fue que, en las pesquisas por parte de las autoridades en la escena del crimen, se descubrió que el asesino (o asesinos) no había robado nada al comprobar que en la casa se encontraba la recaudación semanal del negocio. Sin saber muy bien hacia donde dirigir la investigación, los responsables de la misma centraron sus esfuerzos en los bajos fondos de la capital y en obtener información, la que fuera, de sus informantes y/o confidentes de los estratos más indecorosos de la ciudad. Fue de esta forma que se detuvo a tres hombres (Francisco Castro Bueno -alias el Tarta-, Juan Vázquez Pérez y Antonio Pérez Gómez) a los que alguien afirmó que cometieron el crimen juntos. A pesar de su negación de los hechos, la policía consideró más que probado que eran los culpables del doble asesinato. En 1954, fueron llevados ante un tribunal y, muy seguido de cerca por los medios de la época, fueron condenados a la pena capital. En 1956, sin haber prosperado las peticiones de revisión del caso e indulto -incluso se llegó a pedir este último directamente al Dictador Francisco Franco-, los tres hombres se les dio muerte en el cadalso por la técnica del garrote vil.

Si el último capítulo de la temporada anterior de la serie lo despedía Ricardo Franco, responsable de filmes como Berlín Blues (Íd, Ricardo Franco, 1988) o La buena estrella (Íd, Ricardo Franco, 1997), el director madrileño repetía e inauguraba esta nueva tanda de “La Huella del Crimen” con “El Crimen de las estanqueras de Sevilla”. El tratamiento de este filme es muy diferente al del anterior “El caso del cadáver descuartizado”, en el cual veíamos un fatídico triángulo amoroso entre víctimas y asesino, aquí las víctimas apenas importan. Las vemos en forma de maltrechos bultos llenos de sangre en los primeros minutos del episodio, pero ya no más. Los responsables de la cinta que nos atañe se centran mayormente en dos cosas. La primera de ellas es la historia de la implicación forzada de tres inocentes en un crimen atroz. Señalar a los acusados como inocentes es un decir, ya que lo más correcto sería señalar a estos “delincuentes comunes reincidentes” como presuntos inocentes en un delito que no sólo ellos insistían en no haber cometido, sino que la opinión pública estaba de acuerdo con ellos. Ricardo Franco no escatima en mostrarnos las torturas y con que crudeza consiguen las autoridades locales extraerles una confesión -de la que se acabarían retractando- ya que no habías pruebas de peso para su incriminación y los tres tenían coartadas para el día en el que se cometieron los asesinatos. El segundo de los esfuerzos de los responsables de la película es el centrado en la figura de fray Hermenegildo de Antequera, interpretado aquí por el actor Fernando Guillén Cuervo, monje franciscano encargado de velarlos hasta el día de su ejecución y que, tras pasar muchas horas con ellos, no acaba de estar convencido de su culpabilidad. Será él quien tome la iniciativa de comenzar una campaña con el claro objetivo de conseguir su indulto (incluso entrevistándose en el Palacio del Pardo con Franco), pero con infructuoso resultado. Fray de Antequera no consiguió que los condenados, quienes mantuvieron su inocencia hasta el último segundo de sus vidas, eludiesen el cadalso. Este es un crimen con resolución oficial, pero que en lo mentideros de Sevilla se viene comentando desde entonces que aquellos desdichados no tenían culpa ninguna -así lo comenta el actor Antonio Dechent, quien da rostro a uno de ellos-. Ricardo Franco acaba el capítulo dando voz a ello con una singular elucubración. Y por otro parte, Pedro Costa -creador de la serie- tiene su particular teoría: la venganza. En sus palabras, ambas hermanas eran afines al régimen franquista y tras la Guerra Civil acusaron de rojos a muchos de sus vecinos. Tras el indulto del 45 por parte del dictador en el que, teóricamente, se liberaba a los condenados por delito de rebelión, es muy probable -según Costa- que una de aquellas víctimas del testimonio de las estanqueras quisiera cobrarse los años de encarcelamiento y penurias con sangre.

2.2. El Crimen de Perpignan

2.2 (0)

Título original: El Crimen de Perpignan / Fecha de emisión: 20 de febrero de 1991 / Director: Rafael Moleón / Guión: Carlos Pérez Merinero, Pedro Costa / Reparto: Juanjo Puigcorbé, Aitana Sánchez Gijón, Laura Cepeda, Carmen Pradillo, Nacho Martínez, Miguel Nieto

Con “El Crimen de Perpignan” los responsables de “La Huella del Crimen” nos ofrecen su propia interpretación, así como afirman en la entrevista contenida en la edición doméstica del filme, de un asesinato frustrado. Siendo este capítulo, además, el más atípico porque no hay un crimen real, pero sí la minuciosa planificación del mismo. Algo que lo asemejaría al anterior “El caso del procurador enamorado” de la primera tanda de episodios. En 1971 Juan López López (en el episodio interpretado por el actor catalán Juanjo Puigcorbé bajo el ficticio nombre de Juan Muñoz Muñoz con tal de prevenir posibles acciones por parte de los allegados del implicado real), un compatriota español que emigró al país vecino de Francia buscando prosperidad y nuevos horizontes para él y su familia, llevaba algunos años afincado en Perpignan y en poco tiempo había alcanzado su meta soñada: acceder a un importante cargo de responsabilidad en una popular fábrica de muñecas. Sin embargo, tras la aparente faceta de honradez e intachable padre de familia, Muñoz era un depredador sexual que aprovechaba su posición jerárquica como jefe del departamento de recursos humanos de la compañía para acosar y encamarse con cuantas muchachas, que le gustasen claro está, quisiera. En el film llegan incluso a darle un cierto carácter fetichista al personaje en cuanto a que se dedica a fotografiar, desnudas y portando una muñeca, a sus “conquistas”. Muñoz no sólo era un “tremebundo” personaje en su ámbito laboral, sino que además, lejos de ser un buen marido, sometía a su pobre esposa a vejaciones y palizas con tal de que ésta accediera a sus peculiares demandas. Convirtiendo con ello su relación marital en un auténtico infierno que ninguno de los dos es capaz de abandonar -uno por motivos egoístas (que su mujer no se quede con aquello por lo que ha luchado duramente) y la otra por el amor hacia sus hijos- en una época donde el “divorcio” comenzaba a asomar tímidamente en el seno de una sociedad cada vez más abierta y moderna.

La irrupción en su vida de una joven, Josette Aguilar (en la ficción llamada Yvette Romero, por las mismas razones que con el personaje de López, e interpretada por una atractivísima Aitana Sánchez Gijón), despierta sus más bajas pasiones. Locamente enamorado -o mejor dicho obsesionado- de la chica, aprovecha su cargo para, en primera instancia, llevarla a la cama y, acto seguido, convertirla en cómplice del futurible asesinato de su esposa, causante principal de su malestar. Por supuesto, la amante se resistió a seguir sus planes. Sin embargo, poco a poco, y aleccionándola psicológicamente, por un lado, aprovechándose del enamoramiento y deseo carnal de la joven y, por el otro, mediante un proceso de inmersión total en el género policiaco -libros y películas sobre crímenes en el que incluso podemos ver en pantalla como toman como ejemplo a seguir el film El beso de la muerte (Kiss of Death, Henry Hathaway,1947)-. De esta manera, ambos amantes, confeccionan un apasionante y metódico trabajo de investigación con objeto de encontrar una forma de matar que deje la menor cantidad de pistas a los ojos de los investigadores. Además, la carencia de sospechas ha de asegurarles poder cobrar el seguro de vida de la esposa que López contrató tiempo atrás. Una vez decidido que el método para el asesinato será la asfixia por ser la más eficaz, rápida e indolora para la víctima, ambos llevan a cabo su plan. López simulará un repentino viaje por trabajo a Barcelona e Yvette se encargará de matar a sangre fría a su mujer. Llegado el momento, lo planificado acaba por torcerse y la joven acabará en disposición de las autoridades francesas. López, al llegar a su domicilio al día siguiente fingiendo no saber nada, será también arrestado. Ambos serían enjuiciados y condenados a prisión. Ella por cinco años, él por diez. Cabe señalar que López a los pocos años se escapó de la cárcel siendo después trasladado, por deseo de la justicia gala, al penal de Segovia. Allí finalmente murió en uno de los enfrentamientos policiales más famosos de los últimos tiempos conocido como “La fuga de Segovia”.

Este episodio fue pensado en un principio para ser dirigido por Bigas Luna ya que la temática, el tono y la atmósfera eran ideales para el estilo del director catalán. Sin embargo, no pudo ser por imposibilidades del responsable de Jamón, jamón (Íd, Bigas Luna, 1992). Así que se encargó al novel Rafael Moleón, quien hubiera ganado fama con el film Baton Rouge (Íd, Rafael Moleón, 1988), la dirección del mismo. Moleón comenta que, antes de ponerse en marcha, se documentó lo mínimo con tal de ofrecer su propia versión y añadir libremente sus propias licencias con todo el respeto que le fuera posible hacia los protagonistas reales de su historia. El realizador se esfuerza en mostrar a un Puigcorbé libre de toda penitencia y a una Aitana Sánchez Gijón más como víctima de los pérfidos juegos mentales de su amante que como criminal. Sin duda, es un relato sin un crimen espectacular, pero rico en matices, sobre todo en la creación de una tóxica relación entre dos personas que confunde amor con lujuria siendo unos de los capítulos donde hay más muestras de sexo explícito y perversiones de diversa índole. Un claro ejemplo de hasta donde pueden llegar los instintos más primarios del ser humano.

2.3. El Crimen del expreso de Andalucía

2.3 (0)

Título original: El Crimen del expreso de Andalucía / Fecha de emisión: 27 de febrero de 1991 / Director: Imanol Uribe / Guión: Ricardo Franco, Luis Ariño / Reparto: José Manuel Cervino, Mario Pardo, Tito Valverde, Enrique San Francisco, Francisco Casares, Kiti Manver

El Crimen del expreso de Andalucía” deja bien claras varias cosas. Entre ellas la importancia de no frecuentar ciertas compañías -más si cabe en el caso de pertenecer a las más dudosas raleas- o que incluso la mejor de las ideas, el plan con visos de ser perfecto, puede torcerse en cualquier momento y derivar en la más chapucera -y carnicera- de las conclusiones. En este nuevo capítulo de “La Huella del Crimen” se nos relata, a modo de perfecta crónica, la gestación y planificación de un robo, su cruento proceder y su funesta conclusión -sobre todo para los implicados en el delito-. Este es uno de esos sucesos archiconocidos que causaron sensación en la época, allá por el año 1924 bajo la recién instaurada Dictadura de Primo de Rivera, en el seno de una sociedad poco acostumbrada a este tipo de macabros y escabrosos acontecimientos. Es tan popular que ya se llevó al cine (El Expreso de Andalucía, Francisco Rovira Beleta, 1956) e incluso el Museo de Cera de Madrid contenga más de una veintena de figuras que, a modo de diorama a escala real, conmemoren el hecho. El 12 de abril del mencionado año, el Expreso de Andalucía llegaba a la estación de Córdoba con los dos empleados del coche-correo, aquel destinado a la correspondencia más privilegiada, muertos. La Guardia Civil encontró en su interior los cadáveres de Ángel Ors, de 30 años, y Santos Lozano, de 45, brutalmente asesinados. El aparente motivo de las muertes fue el robo de valores, dinero en efectivo y alhajas que se transportaban en su interior. La sociedad española del momento no ocultó una indignación tan grande que no sólo clamaba por el castigo ejemplar sobre los autores del doble homicidio, sino que llegó a causar una pequeña crisis política que obligó a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado a no escamotear en esfuerzos en su misión de resolver el crimen.

Las sorprendentes declaraciones de un taxista que afirmaba haber llevado a los responsables en su taxi tras haber dado el golpe y el posterior suicidio de uno de ellos, llevó a la policía a dar con el resto de la banda y poder reconstruir los hechos. De esta manera, pudo saberse que fue José Sánchez Navarrete (interpretado por el televisivo Tito Valverde), oficial de Correos al que su padre Guardia Civil había “enchufado” para conseguir el puesto, quien planeó el robo junto con Honorio Sánchez Molina (el veterano José Manuel Cervino), un croupier en horas bajas. A su vez propusieron participar al amante de Navarrete, José Donay (dándole voz y rostro un más que convincente Enrique San Francisco, habitual del cine quinqui de los ochenta), alias “El Pildorita”. Las dudas de estos tres advenedizos al crimen llevaron a que tomaran la decisión de incluir a otros dos tipos de dudosa moral y baja estofa, Francisco de Dios Piqueras y Antonio Teruel López, dos tahúres de poca conveniencia. La noche de autos, en la Estación de Aranjuez, estos últimos y Navarrete accedían al vagón de correos del Expreso por una de sus ventanillas -se barajaba la hipótesis, y así lo muestra el filme- de la complicidad de uno de los funcionarios con Navarrete. El filme también elucubra con la planificación del atraco, ya que nunca se esclareció si el robo iba a ser o no con violencia. Para la elaboración del capítulo, los responsables toman la decisión de apoyar la teoría de que los asaltantes tenían la intención de adormecer a las víctimas con algún tipo de narcótico que, finalmente, no dio el resultado esperado. De ahí, a que se decidiera llevar a cabo del golpe de forma violenta, improvisada y chapucera.

Cabe destacar que en la escritura del guion encontramos a un ya habitual de la serie, a Ricardo Franco. Para la dirección de este episodio, “El Crimen del expreso de Andalucía”, se escogió al realizador Imanol Uribe, director de prolífica carrera cinematográfica que ha tocado, como se suele decir, casi todos los “palos”, pero con una notable predilección por el género negro. Sus historias de crímenes suelen estar siempre impregnadas de ciertas connotaciones políticas. Claro ejemplo de ello su cinta, premiada con el Goya a la Mejor Película, Días Contados (Íd, Imanol Uribe, 1994), mezcla en clave noir de thriller y drama con un miembro de la, ya disuelta, banda terrorista ETA como protagonista. Para esta ocasión, Uribe nos convierte en testigos de la desdichada vida de José Sánchez Navarrete, descrito como un “señorito” vago, holgazán y consentido por su permisiva madre -con total desaprobación de su madre, militar de influencia- y de como éste, poco a poco, va propiciando que se vayan uniendo los distintos participantes para llevar a cabo lo que el considera una brillante idea. El episodio, a modo de crónica, tiene estructura clásica de principio, nudo y desenlace (fatal desenlace para nuestros protagonistas) tan magníficamente narrado y con los personajes tan bien desarrollados con dos pinceladas que se consolida como uno de los mejores de esta segunda temporada de “La Huella del Crimen”.

2.4. El Crimen de Don Benito

2.4 (0)

Título original: El Crimen de Don Benito / Fecha de emisión: 6 de marzo de 1991 / Director: Antonio Drove / Guión: Luis Ariño, Álvaro del Amo / Reparto: Fernando Delgado, Emma Penella, Gabino Diego, Germán Cobos, Manuel De Blas, Walter Vidarte

El episodio “El Crimen de Don Benito” es otro ejemplo del enfrentamiento entre los estratos sociales más extremos, entre ricos y pobres, que es una de esas constantes que hemos podido comprobar, ya sea de forma implícita o explícita, en varios de los capítulos de la serie creada por Pedro Costa. Los sucesos narrados en este film dirigido por Antonio Drove no sólo conmocionaron a la sociedad de su época, sino que tuvo una carga social tan potente que las Autoridades se vieron forzadas a contentar al Pueblo, pese a las injerencias y presiones por parte de personas influyentes, ejerciendo verdadera Justicia. Fue la primera vez que un crimen tuvo una repercusión social inmensa ya que el pueblo, harto de asistir a las fechorías de los caciques o de sufrirlas, decide unir su voz para que el crimen sea juzgado y castigado fuera el que fuera el precio a pagar. De hecho, es un crimen muy popular, pero que no se recuerda ni por sus autores, ni por sus víctimas, sino por el nombre de la pequeña localidad extremeña de Don Benito. Que es donde se cometieron los salvajes asesinatos de dos mujeres por parte de un cacique local, es una tierra donde el caciquismo estaba sobradamente arraigado y sufrido por sus gentes.

El 18 de junio de 1902, en la mencionada población de Don Benito, aparecían brutalmente asesinas dos mujeres, madre e hija, de nombre Catalina Barragán e Inés María Calderón. Ésta última se dice que estaba pretendida por el “señorito” del pueblo, un tal Carlos García de Paredes, poseedor de todos los malos vicios que un ser humano pueda poseer. No sólo era el cacique del pueblo sino también sobrino de aquel al que apodaban como “El Sultán”, Donoso Cortés, jefe de la confederación de caciques de Extremadura con poder suficiente como para poner y destituir ministros a voluntad. García Paredes fue el primer sospechoso debido a que era vox populi que desde hacía mucho tiempo acosaba sin tregua a la pobre muchacha. Quien, a cambio y para enfado del mismo, sólo lo repudiaba. También era conocido por su mala vida. Holgazán, soberbio y fanfarrón se pasaba los días enteros jugando a las cartas y bebiendo hasta caer redondo -la presentación del personaje hace especial hincapié en ello tras mostrarnos los temblores de su cuerpo producidos por la abstinencia nada más levantarse de la cama-. Tampoco disimulaba ni su mal carácter ni su agresividad, amenazando con su cuchillo a todo aquel que le contrariase. Un individuo del que sus vecinos estaban hartos, pero que su condición privilegiada lo mantenía impune de sus actos.

El asesinato de la pobre Inés María Calderón, al que habían asestado con ensañamiento un total de treinta y siete puñaladas, fue la gota que colmó el vaso y la paciencia de las gentes de Don Benito. No sólo eso, ya que, si se demostraba que la culpabilidad de García de Paredes y, su compañero de correrías, Ramón Martín de Castejón, su más que probable ejecución con el garrote vil sería un importante golpe al medieval sistema del caciquismo. Es por ello que el Crimen de Don Benito tuvo ciertas connotaciones políticas por parte de grupos afines al anarquismo que vieron en ello oportunidad para derrocar a dicha forma de gobierno arcaica y abusiva. Sin duda, las grandes influencias con las que contaba García de Paredes para no acabar en el cadalso intentaron presionar a las Autoridades locales. Sin embargo, los ánimos del pueblo llano eran un polvorín a punto de estallar. Ante la amenaza de alzamiento popular, los acusados fueron condenados a la pena capital. Esta se quiso llevar a cabo de la mayor de las intimidades y a puerta cerrada. Pero tal fue la insistencia de los vecinos, que los cadáveres de los criminales tuvieron que ser expuestos para que pudieran comprobar que la muerte de ambos era real. Se dice incluso que muchos pincharon y acuchillaron a los difuntos para poder acabar convencidos de que ni un hálito de vida quedaba en sus cuerpos. A diferencia de las pobres víctimas, Inés María y su madre, García de Paredes murió en el acto. Sin embargo, su compinche, que padecía de bozio, tuvo un final mucho más doloroso en el que, intercalados entre los diversos intentos por acabar la faena por parte del verdugo, profirió quejas y maldiciones por tal tortura.

En la confección de este capítulo, se cuenta con los servicios del director Antonio Drove, responsable de filmes como La caza de Brujas (Íd, Antonio Drove, 1967), Tocata y fuga de Lolita (Íd, Antonio Drove, 1974) -quizá su film más popular- o Mi mujer es muy decente, dentro de lo que cabe (Íd, Antonio Drove, 1975), así como otros trabajos documentales para Televisión Española y la dirección de series entre las cuales se encuentra la famosa Curro Jiménez. Drove opta por dar un total tratamiento de crónica a su film de “La Huella del Crimen”, en un relato muy coral con caras conocidas del mundillo televisivo y cinematográfico patrio como la de un jovencísimo Gabino Diego, la popular Emma Penella, Manuel de Blas o una desconocida Neus Asensi. Como él mismo dice en los extras de la edición doméstica, un trabajo fruto de la investigación, con tal de conseguir la verosimilitud a la que aspiraba, y tomándose pequeñas licencias allá donde viera oportuno, como la construcción del personaje del juez de instrucción. Sin duda, un episodio de pulcritud fotográfica y magnífica ambientación que, en palabras de su máximo responsable, llegó a batir récord de audiencia en la noche de su emisión. Cabe señalar que no es la primera vez que el suceso se adaptó al cine ya que existe una película, Jarrapellejos (Íd, Antonio Giménez-Rico, 1988), protagonizada por Antonio Ferrandis -sempiterno Chanquete-, basada en la novela homónima de Felipe Trigo, que se inspiró en este crimen.

2.5. El Caso de Carmen Broto

2.5 (1)

Título original: El caso de Carmen Broto / Fecha de emisión: 13 de marzo de 1991 / Director: Pedro Costa / Guión: Pedro Costa, Antonio Rabinad / Reparto: Silvia Tortosa,  Ángel de Andrés López,  Sergi Mateu,  Vicente Cuesta,  José Yepes, Marta Fernández Muro,  Tina Sáinz,  Conrado Tortosa ‘Pipper’,  Luis Maluenda

Con “El caso de Carmen Broto” se rompe una de las reglas -no escritas, dicho sea- que caracterizaron la serie de telefilmes “La Huella del Crimen”. Hasta el momento, todos los capítulos dedicaban sus esfuerzos a ofrecer, de forma más o menos fidedigna, aquellos casos que, por las razones que fueran, habían causado conmoción en la sociedad española a lo largo de la historia de nuestro país. Bien es cierto que los responsables de los distintos capítulos, a fin de adaptar un hecho real -caracterizado por el tedio en la mayor parte de las ocasiones- a la ficción tomándose las licencias necesarias y oportunas para conseguir, no sólo la atención del espectador, sino un relato bien armado e interesante. En algunas ocasiones, las licencias son livianas, pero en otras -vienen a mi cabeza “El caso del procurador enamorado” o “El Crimen de Perpignan”- se variaron nombres y situaciones con tal de no ofender a implicados en tales sucesos. En el caso que ahora no concierne, el asesinato de Carmen Broto, el propio Pedro Costa, encargado de la dirección del film, nos informa de su interés por dicho asunto, así como de la irresolución del caso. Siendo éste un suceso que no quedó esclarecido en su momento y, dado ello, él ha querido plasmar en pantalla una hipótesis totalmente contraria a la versión oficial por parte de los cuerpos de seguridad del Estado.

Un brutal asesinato conmocionó a los vecinos de la Ciudad Condal en el invierno de 1949. Carmen Broto, una joven de origen oscense, llegó a Barcelona para servir en las casas de las clases medias de la sociedad catalana como muchas otras muchachas de su edad en una España que había dejado atrás las penurias y el hambre de la posguerra, pero que albergaba todavía mucha pobreza. Pronto se dio cuenta Carmen que trabajando de sirvienta no colmaría sus ambiciones. Tenía 30 años y poseía un físico capaz de enajenar a cualquier hijo de vecino. Aprendió enseguida que con muy poco, ella sola podía causar estragos entre los hombres de buena cuna de la alta sociedad catalana. De esta forma, la moza comenzó a frecuentar fiestas de alto copete, siempre agarrada del brazo de algún caballero adinerado que pudiera cubrirla de atenciones y, sobre todo, regalos. Así fue como Broto comenzó a labrarse su propia reputación y, aprovechándose de aquellos ricos y poderosos con los que alternaba, confeccionarse una red de contactos entre al alta -y, en petit comité, pérfida- burguesía catalana con tal de mantener un status y nivel de vida que jamás hubiera podido alcanzar trabajando como “chacha”. Sin duda, una mujer hecha a sí misma que supo estar en el lugar y en el momento adecuado, además de satisfacer los deseos más oscuros de sus “nuevas amistades”. En el episodio, Costa no se corta un ápice a la hora de mostrar estos “apetitos” por parte de clases y estamentos -entre ellos la Iglesia que, de cara a galería, se erigían como estandartes de la integridad moral.

En la vida de Carmen apareció un joven de similar espíritu al suyo. Jesús Navarro era un muchacho de unos 25 años cuya mayor ambición rivalizaba con la de Carmen. Hijo de un conocido cerrajero, sus ansias por hacerse un hueco en los ambientes de alto copete catalanes lo llevaron a intimar con nuestra protagonista. Ella acabó perdidamente enamorada de él. Él sólo quería que le diera posición y proporcionara su fortuna. La historia oficial cuenta que Jesús conoció a otra joven de la burguesía catalana más acorde con sus planes de ascensión y enriquecimiento, con lo que Carmen le estorbaba. Su padre fue el que le planteó la idea de matarla. De paso, aprovecharían para entrar en su casa y robarle el dinero y las joyas de las que ella hacía ostentación. De esta forma, la noche del 11 de enero de 1949, Jesús Navarro y Jaime Viñas, compañero habitual de correrías y fechorías, irían a buscar a Broto en un Ford de color negro con el plan de salir los tres de fiesta, tal y como lo habían hecho cientos de veces antes. Dentro del coche y una vez fuera de la ciudad, Jaime sacó un mazo y lanzó un golpe contra la cabeza de la mujer. No murió en el acto e intentó, infructuosamente, escapar. Sin embargo, la vida escapó de su cuerpo brutalmente asesinado. La versión de Pedro Costa difiere en lo referente a las motivaciones que llevaron al asesinato de Carmen Broto. Él mantiene una hipótesis de dictamina que la mujer llegó a hacerse tan poderosa en el seno de la alta sociedad catalana que llegó a molestar o a contrariar a miembros peligrosos de la misma. Los mismos que acabarían despojándola de todo privilegio provocando que, en un arrebato de furia, Broto intentará desenmascararlos de cara, no sólo a las autoridades, sino también a la ciudadanía de la época. Los misteriosos suicidios de dos de los autores del crimen, Jaime Viñas y Jesús Navarro padre, darían cierto sentido a tales elucubraciones. Algo que también reforzaría el silencio del amante de Carmen, Jesús Navarro, cuanto los cuerpos de seguridad del Estado le dieron arresto, así como en su posterior juicio y condena a prisión. Con dirección del propio Pedro Costa y protagonizado por una atractiva Silvia Tortosa, “El caso de Carmen Broto” es la guinda del pastel de esta segunda temporada de “La huella del Crimen”. Es, sino el mejor, uno de los más destacados capítulos de la serie. Costa nos muestra sin ningún tipo de rubor a una sociedad de buena cuna que, como todo ser humano, esconde una cara más oscura. Un retrato de los vicios y las perversiones de los ricos y poderosos -incluyendo al clero- de la Barcelona de mediados de siglo.

huella

 

 

 

Anuncios

Especial La Huella del Crimen – 1ª Temporada (Pedro Costa Muste, 1985)

huella.png

A modo de introducción: La huella del crimen” no sólo es una mera serie de televisión más producida por Televisión Española, sino que es una parte de la historia de nuestra nación, así como reza la magnífica carátula de la misma afirmando que “la historia de un país es también la historia de sus crímenes, de aquellos crímenes que dejaron huella”. Sin duda, una de las mejores “entradillas” de nuestra ficción televisiva. La serie no sólo fue un ejercicio de revisión por parte de su creador, el director y productor Pedro Costa Muste, sino la mejor forma de dar a conocer aquellos casos más escalofriantes de la crónica negra española. Costa no era ningún neófito en lo referente a la crónica de sucesos nacional ya que se había atareado en exceso en el tema de lo sanguinolento trabajando en la redacción del periódico El Caso, a finales de los sesenta, y en la revista Interviú desde su creación en 1977. En 1982 presentó el proyecto -sin duda, “La Huella del Crimen” era fruto de su pasión por el tema- y en 1985 se emitía su primer capítulo en la Primera Cadena de la Televisión pública española.

Estos crímenes, una selección de aquellos que conmocionaron a la sociedad en su época, fueron magníficamente recreados por parte de los responsables de esta colección de telefilmes de, en su mayoría, notable calidad. Por la pequeña pantalla de la catódica “caja tonta”, y a horarios de máxima audiencia -más si cabe en el seno de una parrilla televisiva muy distinta a la actual donde, con suerte, el televidente contaba con un anexo a los dos canales oficiales de ámbito nacional en forma de cadena autonómica-, se emitían semanalmente los trabajos de grandes directores, cuya firma Costa procuró hacerse al proponer dicho proyecto a los responsables de la televisión pública, y populares actores de la escena cinematográfica patria. A las órdenes de Costa, realizadores de prestigio como Vicente Aranda (El Lute: camina o revienta [Íd, Vicente Aranda, 1987], Amantes [Íd, Vicente Aranda, 1991] o Juana la Loca [Íd, Vicente Aranda, 2001]), Juan Antonio Bardem (Muerte de un ciclista [Íd, Juan Antonio Bardem, 1955] o Calle Mayor [Íd, Juan Antonio Bardem, 1956]), Pedro Olea (El maestro de esgrima [Íd, Pedro Olea, 1992]) o, además del propio Costa dirigiendo uno de los episodios, Ricardo Franco (La Buena Estrella [Íd, Ricardo Franco, 1997]). Muy a la zaga tenemos también a los grandes nombres de la escena interpretativa como los de Sancho Gracia, Terele Pávez, Carmen Maura, Juan Echanove, Victoria Abril, Fernando Guillén, Maribel Verdú, Fernando Guillén, José María Pou o Carlos Larrañaga entre una multitud de buenos y destacables profesionales.

La serie se consolida como un brutal retrato social de las épocas escogidas para la ocasión. Uno de los elementos a destacar de esta primera temporada, y podríamos extender al resto de posteriores entregas, es la nada disimulada intención crítica hacia la sociedad -pasada y coetánea a su emisión- española. Críticas, sobre todo -y en el momento que ya se podía gracias al paso del tiempo y al imperante gobierno socialista de la época- al pasado régimen franquista en prácticamente todas sus vertientes, pero dejando en evidencia las maneras y las formas de sus representantes de la autoridad, el estado de miedo generalizado en la población y los métodos de tortura con los cuales acababa confesando un crimen el menos pensado.

Cambiando de tercio, podríamos decir que, además de los actores de renombre para la ocasión, hay dos claros protagonistas en la serie: el primero, por supuesto, el crimen -siempre con los bajos instintos a flor de piel de sus autores- y el segundo, el garrote vil. Ya desde la carta de presentación que supone el primer episodio, “El caso de las envenenadas de Valencia”, seremos testigos de excepción de este medieval sistema con el que se aplicaba la pena capital desde 1820 hasta la abolición, en nuestro país, de la Pena de muerte gracias a la Constitución del 78. El garrote -aunque no será el método de ejecución y castigo exclusivo de la serie- será empleado como magnífico recurso dramático -y reivindicación crítica- en los desenlaces de ciertos capítulos. Algunos de ellos, los mejores como el mencionado de la envenenadora valenciana protagonizada por Terele Pávez, quien además tuvo que resolver la papeleta de interpretar a la última mujer ajusticiada de esta manera.  Como he comentado con anterioridad, la mayor parte de los crímenes son debidos a las bajas pasiones de sus protagonistas. Muchos de ellos recreados y llenos de licencias de sus responsables debido a lo insulso o tedioso del suceso real, más allá de los escalofriantes y morbosos crímenes. Además, a diferencia de los crímenes cinematográficos, al revisar uno por uno los casos reales aquí representados, es fácil dar cuenta de cuan “chapucero” puede ser el autor en un momento de enajenación debido al vil acto cometido. Por otra parte, añadir que el público de ese lejano ya año 1985 no debía estar acostumbrado a tal explícito espectáculo donde el sexo, la muerte y la sangre aparecían en pantalla. Incluso, en el episodio dirigido por Ricardo Franco, “El caso del cadáver descuartizado”, Televisión Española se vio en la obligación de incluir un rótulo de disculpas y advertencia para los televidentes más “sensibles” debido a la inclusión de una trama homosexual. Cuanto ha cambiado este país. Para mejor, añado.

Pese a las evidentes carencias presupuestarias -estamos hablando de una época donde la ficción televisiva estaba muy lejos de los estándares actuales-, el apartado técnico es impecable y las ambientaciones muy logradas -perdón del lapsus de aquel que provocara un error al incluir un micrófono de Antena 3, fundada en 1989, en “El caso del procurador enamorado”, ambientado a principios de la década de los 70-, además de las más que solventes actuaciones de los actores y labores de dirección. Se conoce que el presupuesto era limitado y que se tuvo que sacrificar rodar en 35mm, el formato de las grandes series del momento, por 16mm. Pero, pese a ello, tenemos un gran conjunto donde, sin duda, hay dos capítulos que brillan con luz propia sin desmerecer al resto. El primero ya lo he mencionado, “El caso de las envenenadas de Valencia”, y el segundo es el protagonizado por un Sancho Gracia en un estado de -y perdón por el mal chiste- gracia poniendo voz y cara a José María Jarabo Pérez-Morris, más conocido como Jarabo. En opinión de un servidor, el mejor de los capítulos de esta primera temporada de “la Huella del Crimen”. Solamente el carisma del sempiterno Curro Jiménez llena de luz la pantalla.

Este primer artículo puede hacer las veces de los capítulos de los que esta magnífica serie consta.

1.1. El caso de las envenenadas de Valencia

1

Título original: El caso de las envenenadas de Valencia / Fecha de emisión: 12 de abril de 1985 / Director: Pedro Olea / Guión: Elena del Amo, Pedro Costa, Pedro Olea / Reparto: Terele Pávez, Estanis González, Sonsoles Benedicto, Alfredo Luchetti, Susana Canales

El episodio titulado “El caso de las envenenadas de Valencia”, dirigido por el director de origen vasco Pedro Olea, relata el caso real de Pilar Prades, la última mujer ajusticiada mediante la técnica del Garrote Vil en nuestro país la mañana del 19 de mayo de 1959. Se dice que el veneno es un arma de mujer. No requiere el uso de fuerza física, pero sí astucia. Es un método silencioso, sin violencia y, normalmente, tan indetectable que es capaz de dejar el crimen en la impunidad más absoluta. Venenos, los hay de efectividad inmediata y hay otros que ponen de manifiesto la paciencia del asesino. Es un arma que mata a traición y, en la mayoría de los casos, la víctima no puede defenderse ya que ignora de que la están asesinando. En el caso de Pilar Prades, parece que sus motivaciones iban a caballo entre la supervivencia dentro de un mundo laboral bastante duro y el despecho. Siendo su crimen, por un lado, la respuesta al rechazo por parte de aquel a quien la joven amaba y, por el otro, consecuencia de no sentirse apreciada por aquellos a los que servía.

Parece ser que Pilar Prades, una joven de unos 25 años cuando comenzaron sus crímenes, procedía de una familia humilde de una pequeña aldea de Castellón. Siendo adolescente partiría hacia Valencia con objeto de poder ganarse la vida -y enviar dinero a sus familias- sirviendo en casas de señores más pudientes como muchas otras niñas de aquella época en una España que comenzaba a dejar atrás la miseria de la posguerra, pero que seguía conteniendo a un gran número de familias con paupérrimos recursos. A su escasa cualificación académica, ya era tristemente habitual que niñas de su edad de similar proletaria procedencia no supieran un leer ni escribir, habría que añadir que físicamente no era muy agraciada. Cosa que parece que marcó su carácter, descrito como amargado y frío, y que le dificultó entablar relaciones de amistad sino también sentimentales. Carencias afectivas que pudieron ser el detonante de la macabra idea que la conduciría a acabar con la vida de Doña Adela Pascual y haber intoxicado a otras dos personas más. A una de ellas la llegó a dejar lisiada de por vida.

Prades comenzó envenenando la esposa de Don Enrique Villanova, propietario de una charcutería donde ella comenzó a servir allá por el año 1954. No sintiendo reconocimiento alguno por parte de sus jefes, ya que ella se encargaba de tareas más “desagradecidas” como fregar y barrer la tienda mientras que aspiraba a poder atender a los clientes tras el mostrador, como sí hacía la esposa del Señor Villanova. Pilar decidió quitar de en medio a la pobre mujer envenenándola poco a poco. Para ello echaba “mata ratas”, en primera instancia para luego perfeccionar su técnica con un insecticida para acabar con las hormigas de la marca “Diluvión” -debido a la dificultad de enmascarar el fuerte sabor del primero-, en desayunos, postres o infusiones. De esta forma, y con la Señora de la casa postrada en la cama hasta el momento de su fallecimiento, Pilar Prades pudo suplir las carencias afectivas que inconscientemente necesitaba. En el film de Pedro Olea, las aparentes motivaciones de Pilar, interpretada magníficamente por Teresa Pávez, parecen estar más cercanas a la usurpación de la identidad de la “Señora” que a la falta de cariño por parte de la asesina. El amor, o su desencanto, sí que parece ser el motivo principal del envenenamiento de Aurelia Paz, su única amiga en la ciudad y merecedora de las atenciones del chico, al que conocieron en una sala de fiestas, del que se habían enamorado las dos.

Alterada por la “traición” de su amiga, parece ser que Pilar Prades perdió el control. No sólo intentando envenenar a Aurelia sino también a su nueva jefa. Ello llevó a que fue apresada por las Fuerzas del Orden y, tras unos desgarradores e inhumanos interrogatorios de más de 38 horas de duración, la envenenadora de Valencia confesara sus crímenes y fuera sentenciada a muerte por Garrote Vil.  Este hecho es también importante, no sólo por ser la última fémina “ajusticiada” con semejante instrumento medieval, sino por el hecho de que su verdugo, el funcionario de turno que debía llevar a cabo su sentencia, se negó en rotundo a hacerlo. Dicen que tuvieron que emborracharlo para poder obligarlo. Antonio López Sierra, así es como se llamaba el último hombre que ostentó tal profesión en nuestro país, no quiso de ninguna manera ejecutar a una mujer. Una anécdota que inspiraría el film de Berlanga, El Verdugo (Íd, Luis García Berlanga, 1960).

1.2. El crimen del Capitán Sánchez

2

Título original: El crimen del Capitán Sánchez / Fecha de emisión: 19 de abril de 1985 / Director: Vicente Aranda / Guión: Álvaro del Amo / Reparto: Victoria Abril, Fernando Guillén, Maribel Verdú, José Cerro, Francisco Portes, José Enrique Camacho, Conrado San Martín

El capítulo con título “El crimen del Capitán Sánchez” es un desgarrador relato en el que hacen acto de presencia los actos más deleznables que pueda cometer un ser humano. Este film dirigido por el prestigioso Vicente Aranda destila una insana atmósfera muy similar a la que posteriormente podríamos ver en una de sus películas conocidas, Amantes (Íd, Vicente Aranda, 1991). No en vano, la actriz Victoria Abril es protagonista tanto en dicho filme como en este episodio de “La huella del Crimen”. Incluso se puede afirmar que la actriz, junto a Maribel Verdú que aquí debuta, no es sólo una de sus fetiches sino también musa. Ambos colaboraron juntos en más producciones como las películas Si te dicen que caí (Íd, Vicente Aranda, 1989), Los jinetes del alba (Íd, Vicente Aranda, 1990) o el díptico dedicado al Lute, popular figura de nuestra historia criminal-. De hecho, Aranda nos dejó hace pocos años y la prensa recogió la emotiva despedida por parte de la actriz hacia quien consideraba su amigo.

El crimen del Capitán Sánchez” relata una historia de pasiones -sobre todo bajas pasiones- en el que incesto, la miseria y el asesinato son los principales protagonistas. Manuel Sánchez López, interpretado aquí por el actor Fernando Guillén -patriarca de una gran saga de actores-, era Capitán de la reserva del ejército allá por el año 1913. Considerado “Héroe de Guerra” -más por bien por una impulsiva tendencia suicida y temeridad que por valentía durante la denominada Guerra de Cuba de finales del s. XIX- protagonizaba sus horas más bajas. El Capitán Sánchez vivía -o subsistía, mejor dicho- gracias a los escasos recursos del estamento militar de los que podía apropiarse -prácticamente migajas recibidas gracias a su hoja de servicio- como una vivienda en el seno de la Escuela Superior de Guerra de Madrid -donde ejercía de ordenanza- bajo la que cobijaba a su extensa prole o las sobras procedentes de la cantina de la escuela con las que precariamente los alimentaba. Sánchez prostituía a su hija mayor, María Luisa, que era realmente la que sacaba adelante a su familia. Y no sólo eso, sino que desde la tierna edad de 10 años la forzaba a mantener relaciones sexuales con él -fruto de estas relaciones incestuosas, la niña quedó embarazada de dos niños que murieron a los pocos meses de edad-. Por otro lado, el Capitán tenía tendencias abiertamente violentas, no sólo con su hija y el resto de la familia, sino con sus propios compañeros en el ejército. Algo que agravaba más si cabe su condición de alcohólico y empedernido ludópata, siento esto último causante de que perdiera todo el dinero que cayera en sus manos.

Sin apenas dinero y recursos, Sánchez sobrevive con todo aquello que puede esquilmar a los clientes de su hija -si no lo acaba perdiendo en la mesa de juego-. Un día avista el peligro en el horizonte cuando Rodrigo García Jalón, miembro respetable de la sociedad, pudiente y adinerado, se encapricha de María Luisa. Prendado de la chica, le ofrece acogerla en su casa y, posteriormente, incluso proteger a sus hermanos. Sánchez, atónito, mata a Jalón de un martillazo en la cabeza -en el film se toma la licencia de que el arma homicida sea un hacha- en su propia casa a la que éste había acudido para afianzar el compromiso. La falta de premeditación de un crimen totalmente pasional, lleva a que el Capitán, no sólo intente salir del entuerto de la forma más “chapucera” posible -descuartizó el cadáver emparedando parte del mismo en un sótano, como podemos ver en el filme de Aranda, y la otra parte la intentó tirar por el váter, atacando las tuberías de la Escuela Superior de Guerra y necesitando de la ayuda de varios cadetes para resolver el entuerto-, sino que también intente incriminar a su propia hija. Entre los pocos objetos de valor que llevara la víctima encima en el momento de su muerte, se encontraba una ficha de casino -Jalón también era un apasionado del juego, pero con la suerte a su favor a diferencia de Sánchez- por el valor de 5.000 pesetas (una gran suma de dinero para la época). El frustrado intento de canje por dinero en efectivo, sumado a las investigaciones de dos miembros de la prensa que investigaron la repentina desaparición del asesinado, propiciaron que la Justicia apresara a padre e hija. Tras un largo juicio, que los medios de comunicación del momento convirtieron en una especie de “culebrón”, María Luisa sería condenada a veinte años en prisión -donde fallecería doce años más tarde- y su padre a ser ejecutado por un pelotón de fusilamiento.

1.3. El caso del procurador enamorado

3

Título original: El caso del procurador enamorado / Fecha de emisión: 26 de abril de 1985 / Director: Pedro Costa / Guión: Pedro Costa, Manolo Marinero, Carlos Pérez Merinero / Reparto: Carlos Larrañaga, Ana Marzoa, José Rubio, Ángela Torres, Alfredo Mayo.

El caso del procurador enamorado” es el film dirigido por Pedro Costa, el creador de esta serie para Televisión Española. Costa cuenta que cuando concibió “La Huella del Crimen” su intención era la de contar la historia de la crónica negra de nuestro país -de ahí la voz en off introductoria de la magnífica cabecera de cada capítulo: “La historia de un país es también la historia de sus crímenes. De aquellos crímenes que dejan huella”-, pero haciendo una selección de entre todos aquellos que causaran sensación y revuelo en la sociedad sin que la espectacularidad de su violencia fuera el principal criterio a la hora de escogerlo. De hecho, quería que cada crimen correspondiera con una época, una década, distinta a las del resto. Para la confección de este capítulo, Costa tenía en mente un suceso totalmente distinto al que veremos finalmente. Durante sus años trabajando para la revista Interviú, el director escribió sobre una serie de artículos sobre crímenes y, de entre todos ellos, escogido uno, el del denominado “Asesino de Mitre”. Este situaba la acción en Barcelona y contaba la historia de un dependiente de una prestigiosa cadena de Grandes Almacenes que, debido a las estrictas normas en lo referente a la confraternización entre compañeros de trabajo, decide abandonar su puesto de trabajo para poder contraer matrimonio con la compañera con la que mantenía una relación sentimental. Su cambio laboral lo llevaría a la ruina y las deudas lo llevarían a asesinar a una anciana y a un niño y simular su posterior secuestro con el fin de obtener un dinero en concepto de rescate por parte de sus familias. Un relato, sin duda, estremecedor. Sin embargo, Esteban Romero Sánchez (el asesino de Mitre) se negó en rotundo a que su historia apareciera en la serie e, incluso, se amenazó con demandar a los responsables si este relato acababa viendo la luz.

Costa desistió de llevar a la pantalla dicha historia, pero sabía que tendría los mismos problemas si lo intentaba con otro suceso reciente de gran calado en la sociedad. De esta forma, “El caso del procurador enamorado” es una libre adaptación de un caso real que conmocionó a la nación en aquella década de los 70.  El famoso “Crimen de Velate” fue inicialmente enmascarado bajo un presunto ataque por parte de unos asaltantes en el Puerto de Velate (Navarra). Sin embargo, el hecho ocultaba algo más grave: el asesinato de Pilar Cano Peralta, perteneciente a una rica familia de Zaragoza, por encargo de su marido, exconcejal del ayuntamiento de la ciudad maña, Jaime Balet Herrero. Éste, enamorado de una de sus secretarias, Ana Alava, con la que mantenía una paralela relación sentimental, había intentado forzar la anulación de su matrimonio de las más diversas maneras -entre ellas, intentando el internamiento en un hospital psiquiátrico de su esposa- en un intento de esquivar la separación o el divorcio por miedo a la pérdida de su posición social y las devastadoras consecuencias sociales que ello conllevaría hacia su persona. Viéndose en un callejón sin salida, optó por contratar los servicios, vía un amigo íntimo suyo de nombre Juan Midón Leyva, de dos jóvenes alemanes -Hans Helmut Bacht y Peter Simeth- para que perpetraran el crimen. El plan consistía en simular un robo tras la salida del matrimonio de un Casino en Biarritz (Francia), donde Balet haría ostentación de haber ganado una increíble suma de dinero. Simulando cansancio, aparcaría su coche en el Puerto de Velta y los jóvenes les asaltarían. Se dice que ambos se ensañaron con la pobre mujer, dejando al marido con simples rasguños en su anatomía. Finalmente, y presa de los remordimientos, Balet acabaría confensando y tanto él como Juan Midón serían condenados a muerte. Sentencia que nunca llegó porque, con la muerte del Dictador de por medio, la Pena de Muerte se derogó en España y con ello sus condenas sufrieron variaciones varias.

Pedro Costa toma el esquema fundamental de esta historia para la confección de su capítulo curándose en salud en vista de futuribles quejas por parte de los afectados. Primer traslada la acción de Zaragoza a Salamanca, Balet aquí recibe el nombre Roberto Prieto -al que interpreta todo un galán del panorama cinematográfico y catódico español, Carlos Larrañaga- y, con la excepción de ligeras variaciones en su desarrollo-la amante es la profesora de su hija discapacitada, Larrañaga es congresista-, cuenta la historia del “Crimen de Velate”. Sin embargo, también se toma la molestia en variar el desenlace. Si en la vida real, el promotor del asesinato y sus socios son condenados por la justicia, en el episodio dirigido por Pedro Costa el destino final del personaje interpretado por Larrañaga es totalmente diferente.

1.4. Jarabo

4

Título original: Jarabo / Fecha de emisión: 26 de abril de 1985 / Director: Juan Antonio Bardem / Guión: Juan Antonio Bardem, Alfredo Mañas / Reparto: Sancho Gracia, María José Alfonso, José Manuel Cervino, Miguel Palenzuela, Ricardo Palacios, María Jesús Hoyos

El cuarto episodio de la primera temporada de “La Huella del Crimen” está dedicado a una de las más populares figuras de la crónica negra española, José María Jarabo Pérez-Morris, conocido por las masas simplemente como Jarabo y famoso por haber perpetrado uno de los crímenes con el que el diario El Caso vendió casi medio millón de ejemplares -todo un récord para la prensa escrita- allá por el año 1958. Tanto la memoria colectiva como -en algunas ocasiones de forma errónea- los medios de comunicación tildan a Jarabo como a uno de los más sanguinarios asesinos en serie de nuestro país. Nada más lejos de la realidad, José María Jarabo era descendiente de una familia de alta cuna que hizo fortuna en las Américas y bien relacionada en la capital en aquella época -incluso uno de sus tíos formaba parte del Tribunal Supremo, Francisco Ruiz Jarabo, que posteriormente acabaría siendo Ministro de Justicia-. Un chico de buena familia y ex alumno del colegio del Pilar de Madrid -cantera de futuros ministros, directores generales y gentes influyentes- que, sin embargo, la mala fortuna y los excesos lo llevaron a una situación límite que, este dandi en horas bajas, decidió resolver de la manera más violenta.

Jarabo era un vividor, un “Viva la Virgen” como se suele decir coloquialmente. Juerguista, sus mayores aficiones eran beber, drogarse -ya fuera con cocaína o heroína- y frecuentar la compañía de prostitutas con las que compartir estos momentos lúdicos -de fiesta sin aparente final y frecuentando locales de dudosa moralidad- derrochando con ostentación de ello todo el capital del que pudiera disponer en ese momento. Se dice que vino de América con una fortuna -unos diez millones de pesetas que su madre le diera con fin de que se estableciera de forma seria en España- que dilapidó con sus vicios. Pero siempre con una sonrisa en la boca y con una envolvente personalidad capaz de convencer al más reacio a seguir sus correrías. Quien le conoció, afirmaba que este hombre alto y fuerte, con aires de galán, desprendía carisma por los cuatro costados. Sin embargo, en un momento de debilidad-y carencias económicas-, nuestro protagonista tomo ciertas decisiones que acabarían siendo el desencadenante de una trágica y macabra crónica.

El verano de 1957, Jarabo conoció a la mujer, Beryl Martin Jones, cuyo honor quiso posteriormente defender, que le llevaría a cometer un asesinato múltiple -algo a lo que la sociedad española de la época no estaba acostumbrada- y a su condena a muerte por Garrote Vil. Siendo el último reo en ser ajusticiado con tal sistema en la historia de nuestro país. El crimen que conmocionó a la España de los cincuenta vino provocado por el empeño de una sortija. Enamorado de Beryl, quien a su vez mantenía una relación con el dandi cometiendo adulterio, la necesidad de dinero los llevó a empeñar un anillo en una de las casas de empeño habituales para las clases de peor calaña llamada Jusfer, regentada por dos verdaderos “buitres” que se dedicaban a aprovecharse de este tipo de desgracias ajenas. Pasó el tiempo y la mujer volvió con su esposo. De forma periódica mantenían correspondencia postal y en una de esas cartas, ella le recordó el tema de la joya. Jarabo, cual D’Artagnan, quiso recuperarla, pero los usureros no se lo pusieron nada fácil. De esta forma, nuestro vividor protagonista, acabaría a tiros con la vida de ambos prestamistas, Félix López Robledo y Emilio Fernández Díaz, así como la de la esposa de este último, María de los Desamparados y su criada, Paulina Ramos Serrano.

Sin duda este es el episodio más popular -e incluso me atrevería a decir que el mejor- de esta primera temporada de la serie. Para su realización, tenemos a dos pesos pesados de nuestro panorama cinematográfico. Por un lado, al prestigioso director y guionista Juan Antonio Bardem, responsable de filmes tan importantes de la filmografía española como Muerte de un ciclista (Íd, Juan Antonio Bardem, 1955) o uno de los responsables también del libreto de la famosa Bienvenido Mr. Marshall (Íd, Luis García Berlanga, 1953) de Berlanga. Por el otro tenemos al sempiterno Curro Jiménez -personaje que marcaría su carrera-, el actor Sancho Gracia ofreciéndonos una magistral interpretación como José María Jarabo. El actor confiesa que ya antes de que Bardem le ofreciera dicho papel, ya conocía el caso y le fascinaba. Su construcción del personaje es simplemente soberbia en un capítulo que comienza con ciertos aires de documental -una voz en off ayuda a sostener esa idea pudiendo recordarnos al mismo tratamiento, salvando las distancias, visto en filmes como Miedo al anochecer (The Town That Dreaded Sundown, Charles B. Pierce, 1976) o la genial Atraco Perfecto (The Killing, Stanley Kubrick, 1956)- para continuar, con notable pulso narrativo, la recreación de ese fatídico fin de semana de julio de 1958.

1.5. El Crimen de la calle Fuencarral

5

Título original: El Crimen de la calle Fuencarral / Fecha de emisión: 17 de mayo de 1985 / Director: Angelino Fons / Guión:  Carlos Pérez Merinero / Reparto: Carmen Maura, Rafael Alonso, Luis Escobar, Francisco Nieva, Antonio Medina, Pedro Beltrán

El denominado como “El Crimen de la calle Fuencarral” fue el primero de los crímenes que se hicieron populares ya en la España de 1888 y el causante de que, a partir de ese momento, todos los periódicos destinaran una columna o sección dedicada a tales sucesos. el asesinato de una viuda rica en pleno centro de la ciudad, doña Luciana Borcino, no sólo conmocionó a la sociedad madrileña de la época, y por extensión la española restante, sino que acabaría dividiéndola debido a ciertas connotaciones políticas y sociales que acabaría encerrando el asesinato de dicha dama de alta cuna. Un crimen que aparentemente quería solucionarse “cargándole el mochuelo” a una pobre criada, analfabeta y víctima de la sociedad, cuando -y gracias al sensacionalismo mediático de nueva ola del momento- parecía más evidente que la autoría del asesinato fuera por parte del hijo de la víctima, un niño mimado, golfo y vago, que no ocultaba su avidez por heredar la fortuna de su madre.

La noche del 1 de julio de 1888, una serie de alaridos despertaron a los vecinos de la madrileña calle de Fuencarral. Alguien pedía auxilio desde un balcón del que se avistaban largas llamaradas. En un primer instante, las gentes del edificio número 109 que acudieron a socorrer a las posibles damnificadas, se encontraron con el cadáver calcinado de doña Luciana yaciendo sobre la cama de su dormitorio. Acto seguido se percataron de que la pobre mujer había sido vilmente apuñalada y quemada con posterioridad -posiblemente con intención de enmascarar el crimen-. En una de las habitaciones contiguas, encontraron a la criada, Higinia Balaguer, que había comenzado su servicio en la casa tan sólo seis días antes. Esta se encontraba desmayada junto al perro de la viuda, un fiero perro de presa que atacaba sin pudor a todo aquel individuo que le resultara extraño. Evidentemente se la consideró como sospechosa del asesinato. Sin embargo, dichas sospechas se disiparon cuando se halló junto al cadáver de la viuda una camisa manchada de sangre con las iniciales de su hijo, J.V.V. José Vázquez Varela contaba en aquel entonces con 23 años de edad y era considerado como un verdadero golfo por parte de sus allegados. Sin oficio ni beneficio, el joven entraba y salía de presidio con frecuencia. Concretamente, la noche de autos teóricamente tras los barrotes de su celda, donde cumplía condena desde hacía tres meses por el robo de una capa. Luego se supo que el preso abandonaba a su antojo las instalaciones de la prisión, con la complicidad de su amigo, y director de la cárcel, José Millán Astray. A partir de ese momento, el caso se fue enrevesando debido a las contradictorias versiones -bastantes y faltantes a la verdad- que Higinia ofrecía al juez de instrucción del caso. La diversidad de testimonios por parte de la criada, sumada a las más que sospechosas actitudes y comportamientos de Millán Astray y Vázquez Varela, llevó a que finalmente todos se sentaran en el banquillo de los acusados. Paralelamente a todo lo que sucedía, la sociedad -ayudada por la prensa- se dividía entre los partidarios de Higinia y los de Varela, es decir, las clases menos pudientes contra la burguesía de la época. Los más humildes tomaban las calles con ánimo de defender a una posible víctima de los tejemanejes de los poderosos. Sin embargo, un giro de los acontecimientos llevó a que Higinia acabara auto inculpándose del delito y ejecuta por Garrote Vil.

En la confección de este capítulo, recaen las funciones de director del mismo al madrileño Angelino Fons, responsable de títulos de la filmografía de nuestro país como Fortunata y Jacinta (Íd, Angelino Fons, 1970), La Caza (Íd, Angelino Fons, 1966) o -me resulta imposible no nombrar- El Cid Cabreador (Íd, Angelino Fons, 1983). Varias cosas llaman la atención en este film de “La huella del crimen”, el más flojo de esta primera temporada. El primero de ellos es la propia naturaleza del episodio. Si hasta el momento, las entregas anteriores se centraban en mostrar explícitamente los crímenes relatados. Aquí, la acción se centra en las pesquisas del caso, ya que el propio devenir del mismo encerraba gran misterio. El segundo es su marcado carácter teatral. Algo que propicia perfectamente el tercer elemento a señalar que es el de su reparto. “El Crimen de la Calle Fuencarral” cuenta con el protagonismo de Carmen Maura, pero encontramos en su metraje a grandes figuras y actores -comúnmente denominados como- secundarios de lujo. Destacaremos los rostros, entre muchos -ya que nos encontramos ante el episodio con más variedad de escenarios y extras de esta primera temporada- de Pilar Bardem, Luis Ciges, Antonio Medina, Luis Escobar y Francisco Nieva. Estos dos últimos representarían el debate formado por el caso por parte de las clases más pudientes. Individuos que especulan con la conclusión del suceso, deseando la ejecución de sus responsables y mostrando la cara más oscura de la burguesía del momento, de moral conservadora, asidua a los excesos del alcohol, el juego y el frecuentar la compañía de señoritas que aceptan el trueque de dinero a cambio de sexo.

1.6. El caso del cadáver descuartizado

6

Título original: El caso del cadáver descuartizado / Fecha de emisión: 24 de mayo de 1985 / Director: Ricardo Franco / Guión: Luis Ariño, Manolo Marinero / Reparto: Juan Echanove, José María Pou, Arnau Vilardebó, Joaquín Navascués, Tony Isbert

El caso del cadáver descuartizado” supone el colofón final de la primera temporada de la serie de Pedro Costa para Televisión española “La huella del crimen”. Este episodio relata, en forma de negra crónica, el popularmente llamado “Crimen de Ricardito”, un macabro asesinato pasional en el que se vieron involucrados tres hombres de orientación homosexual. Por otra parte, y como afirma Pedro Costa -y a semejanza el capítulo anterior-, volvemos a tener un crimen que enfrentaba a “pobres contra ricos”. En las pesquisas policiales por la muerte de la víctima, un tal Pablo Casado, se señaló a dos personas como principales sospechosos. Por un lado, un hombre de alta cuna, miembro de las clases más pudientes de la Barcelona de tiempos de la Expo Universal, José María Figueras y, por el otro, el criado de Casado, Ricardo Fernández Sánchez -al que coloquialmente le llamaban Ricardito.

A principios de mayo de 1929, en la madrileña Estación de Atocha, uno de los mozos que trabajaban en el almacén de las dependencias de la estación se dispuso a abrir paquetes y bultos, allí almacenados, que todavía no habían sido recogidos por sus destinatarios. Un gran cajón de madera, procedente de la capital catalana, llamó la atención de los operarios debido al fuerte olor que desprendía. Sorpresa mayor cuando éstos descubrieron su contenido. Dentro se encontraba el cadáver incompleto de un hombre adulto. Concretamente torso, manos y piernas, totalmente descuartizados, vestidos con ropajes de alta calidad, concretamente seda. Faltaba la cabeza, que se suponía haber sido separada del cuerpo con un serrucho. Dichos restos llevaban varios meses allí, en el almacén, y no se había descompuesto a la velocidad que debiera esperarse. Es por ello que la policía dedujo que se habían tratado con productos que ralentizaran la misma. Por otro lado, una cicatriz en el bajo vientre de la víctima propició la identificación y que se pudiera dar nombres y apellidos al cadáver. El cuerpo era el de Pablo Casado, un joven industrial barcelonés, habitual frecuentador de ambientes homosexuales, afincado en la Ciudad Condal con objeto de prosperar en los negocios. Como se ha comentado antes, los principales sospechosos fueron quien fuera su amante en aquellos momentos y su criado, siendo el primero sobre el que recayeron las principales sospechas debido a que Ricardito era aparentemente un alfeñique, bajito de estatura y cojo, y las autoridades no lo consideraron capaz físicamente de tal esfuerzo. Su posterior confesión del crimen, fruto de su amor por el muerto y los celos ante sus devaneos con otros hombres, sorprendió a propios y a extraños.

Para la dirección de este final de temporada, el director elegido fue Ricardo Franco, quien volvería a repetir en la segunda temporada de “La Huella del Crimen” y responsable de filmes como Pascual Duarte (Íd, Ricardo Franco, 1976) o, la multi premiada en la edición de los Goya de 1997, La Buena Estrella (Íd, Ricardo Franco, 1997). En este capítulo, Franco hace gala de su predilección por el dolor, el dolor del corazón -por llamarlo de alguna forma-, producido por el rechazo y el despecho. El director muestra aquí un triángulo amoroso en el que el partícipe no correspondido sufre los caprichos de aquel al que ama, y éste a sabiendas de ello, no ceja en su ánimo por denigrarlo. La acción corre paralela entre la investigación policial, comandada por el Comisario Roig de la policía de Barcelona -interpretado por un José María Pou en uno de esos papeles en el que ya le hemos podido ver con posterioridad y que parecen sentarle con anillo al dedo- y búsqueda de la noticia por parte de un joven y ambicioso periodista que ve, en el crimen del cuerpo descuartizado, su oportunidad para promocionar en el seno del periódico para el que trabaja y una forma de prosperar laboral y socialmente. A este personaje sin escrúpulos le da cara un joven Juan Echanove realizando un trabajo de lo más competente. Sus pesquisas darán la oportunidad al responsable del film de mostrar los ambientes gays de la época -retratados como felices locales donde sus visitantes se divertían y podían manifestar muestras de afecto sin temor alguno-, e incluso plantar alguna idea o debate acerca del tema -recordemos que, a diferencia de hoy, la homosexualidad era concebida de forma diferente en la década de los 80 y mucho más en los tiempos en los que se ambienta el relato. Un relato en el que Franco se toma la libertad de tomarse ciertas licencias frente a la crónica policial como es el del apellido de uno de los sospechosos, el origen de la cicatriz genital de la víctima o cómo Ricardito se auto inculpó como asesino haciendo muestra de su vigor al levantar un cajón de madera de unos 80 kilos.

huella