Los Malditos (Jason Aaron, R.M.Guéra)

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Titulo original: The Goddamned / Guión: Jason Aaron / Dibujo: R. M. Guéra / Portada: R. M. Guéra. / Formato: Rústica / Páginas: 160 Págs. / Editorial: Planeta Cómic / Precio: 16,95 € / ISBN: 978-84-9146-784-7


1655 años después de la expulsión de los primeros hombres del paraíso, la humanidad está al borde de sufrir su primer Apocalipsis en forma de Diluvio Universal. El ser humano ha sucumbido a sus instintos más primarios y la tierra es un yermo baldío donde la crueldad y la depravación campa a sus anchas. En un mundo tan desprovisto de futuro, una figura solitaria y maldita, heredero de los primeros seres bendecidos por la mano de Dios, recorre sus parajes sin la mínima intención de que nadie se cruce en su camino. Y si alguien lo hace y es hostil a su persona, no será piedad lo que encuentre.


He de confesar que, pese a no profesar la fe, siempre me ha parecido muy interesante y edificante, la lectura del Antiguo Testamento. La considerada primera parte de la Biblia por el canon cristiano se compone de historias y relatos de tal intensidad capaces de hacer volar la imaginación de todo aquel que se preste. Desde la creación de todo y los albores de los tiempos, esta colección de pretéritos escritos nos relata, entre otras cosas, la osadía del hombre frente a la veneración de un Dios vengativo e inmisericorde al cual no le temblaba el pulso a la hora de imponer su palabra y su ley.

Pasajes como el de la construcción de la Torre de Babel, el largo vagar del éxodo judío, la devastadora y cruel destrucción de Sodoma o el destierro del Paraíso de la más personal obra de Dios -y por la cuenta que nos trae-, el hombre (una creación que incluso inspiraría una suerte de Guerra Civil entre sus huestes celestiales), poseen un atractivo nada fácil de esquivar para cualquier creador de ficciones que pueda sentir interés por ellos. De entre todas estas narraciones, siempre ha habido una que ha atraído a quien suscribe estas palabras -por un lado, al ya peinar ciertas canas y recibir una educación lejana a los laicos estándares actuales, la lectura de los Textos Sagrados formaba parte del día a día de mi centro escolar y, por el otro, con dicha historia solía ejemplificar Sor Clara, la vetusta monjita -con una mano muy larga y excesivamente veloz, me atrevo a añadir- que nos impartía la asignatura de religión, uno de los Pecados Capitales más extendidos en nuestra sociedad, es decir, La Envidia.

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Dice el libro del Génesis que Caín fue el primogénito de Adán y Eva fuera del Paraíso -del que fueron desterrados tras la consabida historia de la manzana y la serpiente con la que la monjita de mi colegio trataba que nosotros, unos imberbes chavalines, tratáramos de sentirnos mal-. Contándolo -como se suele decir- “Deprisa y mal”, Caín tuvo un hermano, Abel, y un día el Dios del Antiguo Testamento les pidió una ofrenda. Abel, al ser pastor, ofreció en su altar “Las primeras y mejores crías de sus ovejas”. Caín, por su parte, el fruto de la cosecha de los campos que él mismo – ¿decía? – labraba. La preferencia por la ofrenda de Abel por parte de Dios provocó el origen del capital pecado mencionado, el primer asesinato de la historia del hombre y la cólera de nuestro Creador -según La Biblia- hacia Caín. Éste fue maldecido y se vio obligado a vagar por la Tierra. No sólo eso, sino que con la intención de que nada pudiera interponerse ante su castigo, se le colocó una marca que lo hacía inmortal y cuya maldición caería sobre todo aquel que intentara atentar contra su vida. No me dirán ustedes que esta fábula no es un caldo de cultivo ideal con el que crear un interesante relato del tipo Espada y Brujería como los escritos por el magnífico Robert. E. Howard, por ejemplo. Tenemos un Anti-Héroe maldito y todo un mundo inhóspito y salvaje que explorar lleno de primigenios seres humanos adictos a pecar y bestias salvajes campando a sus anchas. ¿No es genial? Y es que siempre imaginé a Caín como si de una especie de “Conan, el Bárbaro” se tratase. Tal y como el Cimmerio en sus aventuras, Caín vagabundearía por un mundo parecido al de la Era Hiboria y se enfrentaría a mil y un peligros con los que poner a prueba de su condición de maldito. La vertiente más Pulp de la Biblia y al alcance de cualquiera. Hay veces que maldigo no tener ni un ápice del talento que tiene el guionista nacido en Jasper (Alabama), Jason Aaron.

Y es que el creador de Scalped nos ofrece eso mismo en su último trabajo, The Goddamned (traducido aquí como Los Malditos), que Planeta Cómic comienzó a publicar en nuestro país con su primer Trade paperback que alberga los primeros cinco números de la serie. Aaron sitúa la acción 1655 años tras la expulsión del Edén de los primeros seres humanos ofreciéndonos la visión de un mundo que se ha convertido en un infierno total. Los seres humanos son un experimento fallido y han sucumbido a sus instintos más primarios. Como decía el creador de Conan, Robert E. Howard, la humanidad dejará de lado la artificial civilización para virar a su estado natural, la barbarie. Y es ahí donde Jason Aaron nos abre la puerta para que nos sumerjamos en un paisaje totalmente Post-Apocalíptico y relatarnos su peculiar historia de Caín en clave de Western Crepuscular. En los momentos inmediatamente previos a la inminente purga, por parte de Dios, en forma de Diluvio Universal, el primero de los hijos de Adán y Eva caminará por su desolada realidad sin intención alguna de interactuar con sus semejantes, aquellos cuyos instintos de supervivencia los ha convertido en depredadores frente a los más débiles. Presentándonoslo como un personaje de misterioso pasado, parco en palabras y frío carácter (como si del Hombre sin nombre de los Spaghetti-Westerns de Sergio Leone o del Max Rockatansky de la tetralogía Mad Max: El guerrero de la carretera de George Miller se tratase), Caín acabará interponiéndose en el camino del malo de la función interpretado por Noé. Y no nos encontramos ante esa imagen bucólica de un señor que se dedicaba a construir un gigantesco navío -su famoso Arca- con el que poder salvaguardar una pareja de animales de cada especie de la Tierra sino ante una figura mucho más siniestra, mucho más oscura, depravada y cruel. Si Caín es el Max Rockatansky antes mencionado, Noé es sin duda el icónico Humungus de la segunda entrega de la saga de George Miller (Mad Max 2: El Guerrero de la Carretera [Mad Max: the road warrior, George Miller, 1981]) por el carácter nómada de su violento y peligroso clan.

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Jason Aaron no escatima en violencia, en salvajismo, a la hora de retratarnos a una humanidad en sus horas más bajas y a un “Anti-héroe” de vuelta de todo al que un pequeño “Incidente” hará cambiar -pero siempre con cautela- su parecer respecto a sus prójimos. A semejanza de sus homónimos cinematográficos antes citados, a Caín le moverá en primera instancia su propio interés personal para luego prender la pequeña chispa de esperanza hacia sus congéneres. ¿Serán estos dignos y merecedores del beneficio de la duda? Sólo la lectura de “Los Malditos” podrá satisfacer la curiosidad del lector. Si la trama del cómic me ha resultado apasionante y de grata lectura, lo mismo puedo decir de su apartado gráfico. El ilustrador de origen serbio Rajko Milošević, conocido popularmente como R. M. Guéra, que ya colaboró con anterioridad con Jason Aaron en la mencionada Scalped -otro Western de tono Noir de recomendada lectura-, ofrece aquí un soberbio trabajo a la hora de presentarnos el Post-Apocalíptico paisaje salido de la mente del guionista de Alabama. Sin duda su estilo feísta casa perfectamente con el tipo de relato que ambos nos ofrecen, a lo que hay que añadir la increíble labor a la paleta de colores de Giulia Brusco que, con el uso de áridas tonalidades, hacen más creíbles -si caben- estériles e infecundas tierras por las que campan sus personajes.

Ambos artistas cumplen con total solvencia mostrarnos la cruda crueldad de un mundo sin piedad que su guionista ha creado para la ocasión plasmando a la perfección la violencia y con una narrativa visual totalmente cinematográfica que convierte a este Los Malditos en uno de esos cómics que hay que tener en las estanterías de toda comicteca que se precie. En conclusión, increíble arranque de esta serie. Si se necesitaban razones para rendir culto a Jason Aaron y R. M. Guéra, puedo darles una en forma de tomo en rústica que recopila los primeros números de la colección. Seguro que, tras su lectura, más de uno mirará La Biblia con otros ojos.

Los Malditos Jason Aaron R. M. Guéra

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Juan Buscamares (Félix Vega)

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Titulo original: Juan Buscamares / Guión: Félix Vega / Dibujo: Félix Vega / Portada: Félix Vega / Formato: Cartoné / Páginas: 216 págs / Editorial: Planeta Cómic / Precio: 30€ / ISBN: 978-956-360-281-4


Juan recorre los largos e interminables desiertos en los que se ha convertido los océanos de antaño tras una apocalíptica hecatombe que ha reducido a la Humanidad a meros seres movidos por un instinto de supervivencia que ha sacado a flote la cara más primaria del ser humano. Un mundo lleno de podredumbre en el que la Ley del más fuerte campa a sus anchas. En su camino topará con Aleluyah, una atractiva mujer que ha sido utilizada como moneda de cambio sexual por parte de su familia para poder conseguir agua, el bien más preciado en el nuevo status quo de nuestro planeta. Será a partid de ese momento que Aleluyah abrirá los ojos a Juan ante un nueva espiritualidad que creerá que el es una especie de nuevo mesías, el Buscamares, aquel que encontrará de nuevos los mares.


La civilización, tal como la conocemos, ha llegado a su fin. Debido a una catástrofe, suponemos originada por el hombre, de graves connotaciones apocalípticas, el Mundo, nuestro planeta Tierra, se ha convertido en un inmenso y devastado yermo donde la falta de recursos ha sacado a la luz la cara más salvaje y repugnante de la civilización que poblaba en el pasado sus ciudades. Los mares se han convertido en inmensos desiertos donde los grandes y gloriosos buques que surcaban los océanos se amontonan junto a los restos de sus antaño moradores marinos. La búsqueda del bien más preciado, es decir, el agua, es la causa de que los instintos más primarios del Hombre agudicen su natural instinto de conservación. Como ya dijo Robert E. Howard -creador de Conan, el bárbaro-, “La barbarie es el estado natural de la humanidad”.

Juan, nuestro protagonista, recorre, sin rumbo fijo, los inmensos desiertos en busca del preciado líquido elemento. En su camino se encontrará con todo tipo de podredumbre humana a quien la necesidad ha llevado a la práctica de comportamientos realmente extremos. Los restos de la humanidad se reducen a pequeños grupúsculos de individuos que se debaten entre el militarismo sin contemplaciones ni piedad o el peligroso sectarismo que produce la religión. Una realidad que bien puede recordarnos, como principal referente, a la saga cinematográfica Mad Max. Sin embargo, a diferencia de la tetralogía ideada por el cineasta George Miller, aquí encontramos también un relato post-apocalíptico con tintes de ciencia ficción cargado de simbolismo religioso y referencias variadas al folclore del lugar de origen del autor, el chileno Félix Vega.

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Artista de larga trayectoria y proyección internacional, Félix Vega puede presumir de que el dibujo y la ilustración corren por sus venas. Hijo de la artista plástica Ana María Encina Lemarchand y el -también- historietista Oscar Vega (Oskar) -creador de Mampato, una de los cómics más populares de su país natal, Chile, y en el que se cuentan las aventuras de un niño que, tras ayudar a un alienígena a proteger su planeta natal, obtiene un cinturón espacio-temporal que le permite viajar por el tiempo y el espacio-, el joven Félix se inició en el mundo de las historietas a temprana edad con claras inquietudes referenciadas en el “Metal Hurlant” europeo y convirtiéndolas en influencias de cabecera de su trabajo. El paso de los años y la calidad de su obra, lo han convertido en un claro referente del noveno arte latino-americano. Ahora, la editorial Planeta Cómic recupera en un precioso tomo toda la saga de Juan Buscamares en una edición corregida a la que se han añadido páginas y extras. Publicada entre los años 1996 y 2003, la totalidad de la historia se compone de cuatro álbumes cuyos títulos -El agua, El aire, La tierra, El fuego- evocan al nombre de los elementos de la naturaleza.

Detrás, o delante, de cada héroe se hace casi indispensable que haya una (gran) mujer. En el caso de Juan Buscamares, la importante fémina será el personaje representado por Aleluyah. Ella es una atractiva mujer -siempre vestida de blanco para destacar su mensaje simbólico de presencia angelical para nuestro protagonista- que huye de su pasado. Una mujer dura, de encallecido carácter, cuya familia ha obrado cual proxeneta al prostituirla a cambio de agua. Dulce, sexy, pero también letal cual femme fatale. Aleluya supondrá la principal fuente de problemas para Juan, así como su tabla de salvación. Allanando el camino hacia el conocimiento por parte de Juan, a quien acaba considerándose como una especia de Mesías, de una nueva espiritualidad representada por un pequeño grupo de mutantes, la escala más baja en el nuevo estatus social, que cruzará su camino con ambos dos. En definitiva, Aleluya es también el componente erótico del relato. Su diseño, su forma de dibujarla, evidencia la influencia de Milo Manara en el trazo de Félix Vega. No en vano, Vega es una gran dibujante de mujeres e incluso sustituyó a Horacio Altuna -cuando no daba abasto- en la edición española de Playboy (un puesto para el que fue sugerido por otro grande, George Bess).

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No será sólo Milo Manara el único autor que podamos ver reflejado en la historia de Juan Buscamares. Otra influencia a destacar -y que viene como anillo al dedo a un relato de ciencia ficción tan imaginativo como loco/lisérgico ante el que nos encontramos- es la de Moebius. Y es que muchas de las viñetas de esta historia destilan el alma del genio francés fundador -entre otras muchas cosas- de Les Humanoïdes Associés, cuna del arte secuencial más experimental y la ciencia ficción más pasada de vueltas y más influyente del siglo pasado.

Juan, en su herrumbroso vehículo, vagabundea por un interminable desierto. Así es como se nos presenta ofreciéndonos una primera alusión al aviador protagonista de El Principito de Antoine de Saint-Exupéry. Personaje que aparece en repetidas ocasiones cuando nuestro protagonista sufre sus alucinaciones proféticas. Y si de profetas hablamos, la clara alusión al Bautismo de Cristo por parte de un personaje parecido al Juan Bautista remarca el simbolismo religioso del relato. Y es que a Juan (Buscamares) se le anuncia como aquel Elegido que traerá de vuelta los océanos. Todo ello sin dejar de lado el folclore del país del que procede el autor, Chile, con la inclusión de elementos de la tradición inca, entre ellos los Capac Cochas, unos niños que eran enterrados en las cimas de las montañas como ofrenda a los dioses al tiempo que se les consideraba “viajeros espacio/temporales”. Algo, esto último, que servidor emparentaría también con la obra del guionista/chamán -creador de El Incal, una obra clave del cómic- Alejandro Jodorowsky, curiosamente paisano de Félix Vega.

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Nos encontramos ante una obra en la cual podemos observar la evolución del artista. Es totalmente evidente el aspecto de obra primeriza que ofrece en sus primeros momentos y, a medida que avanza la historia, el estilo de su autor transmuta.  A medida que avanzan los álbumes -aquí los distintos capítulos- podemos apreciar, no sólo un cambio en el estilo del dibujo sino también en su paleta de colores. Comenzamos de una composición de página llena de viñetas al principio a una muy diferente en el último segmento. Incluso se hace patente como se va virando hacia la economía de palabras con la clara intención de que sea el dibujo el que marque el camino de la narración.

Como conclusión, Juan Buscamares tiene lo mejor de la sci-fi más experimental, más simbólica e incluso más lisérgica del estilo de los autores que publicasen en Metal Hurlant. Una historia curiosa a la par que apasionante, llena de detalles, símbolos y misterios además del atractivo que ofrecen este tipo de distopías post-apocalípticas. Sus personajes, bien construidos, nos ofrecen un viaje por a peor cara del Ser Humano, a la vez que tememos por su propio bienestar. Outsiders dentro de un caótico nuevo orden social donde prima la Ley del Más Fuerte. Todo ello aderezado con un impresionante arte en constante evolución en el que, el artista, refleja toda su “cómic-filia” y los artistas de los que ha bebido. Sin duda, la última recopilación de esta obra publicada por Planeta Cómic, un cómic que llevaba más de una década sin volver a editarse en nuestro país, es una gran oportunidad para descubrir y maravillarse con el increíble Universo de Juan Buscamares.

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We Stand on Guard (Brian K. Vaughan, Steve Skroce)

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Titulo original: We Stand on Guard / Guión: Brian K. Vaughan / Dibujo: Steve Skroce / Portada: Steve Skroce / Formato: Cartoné / Páginas: 200 pags / Editorial: Planeta Cómic / Precio: 17’95€ / ISBN: 978-84-16767-48-9


En un futuro no muy lejano, los Estados Unidos de América han invadido a su país vecino, Canadá, con la intención de hacerse con el control de sus recursos acuíferos debido al estado de sequía en el que se encuentra su país. En los territorios más al norte de Canadá un pequeño grupo de insurgentes pondrá las cosas difíciles al ejército americano enzarzándose en una batalla que tal vez no acabe con la ocupación, pero sí prenda la chispa necesaria para ganar la guerra.


Tras firmar varias obras, algunas de ellas nominadas y ganadoras de Premios Harvey y Eisner, tan conocidas y recomendables como “Y, el Último Hombre” para el sello Vertigo de DC Comics, “ExMachina” para Wildstorm o “Runaways” para Marvel Comics, el guionista nacido en la ciudad de Cleveland Brian K. Vaughan dejó en stand by su labor en el mundo de las viñetas para dedicarse en cuerpo y alma al medio televisivo formando parte del equipo de guionistas de la mítica “Lost” o siendo el ShowRunner de la serie de la CBS “Under the Dome” basada en el relato del “Maestro del Terror” Stephen King y bajo las órdenes del mismísimo Steven Spielberg.
Pese a que su trabajo para la pantalla pequeña no le dejaba tiempo físico para adquirir compromisos en el medio que le dio fama, sí que coqueteó con la autoedición digital con cómics como “The Private Eye” y “Frontier” junto con el dibujante español Marcos Martín. Todo ello justo antes de anunciar su vuelta al mundo del cómic desembarcando a lo grande con varios trabajos en Image Comics, baluarte del actual cómic independiente mainstream de calidad y donde los autores gozan de los derechos de sus obras. Será en la editorial dirigida por Eric Stephenson donde Vaughan de rienda suelta a su imaginación y a series que, según él mismo, llevaba desde su infancia imaginando y deseando ver materializadas. Entre ellas encontramos su épica epopeya espacial “Saga”, su obra más importante y personal del momento inspirada en su paternidad, y su “Paper Girls”, una fantasía con tintes ochenteros, viajes en el tiempo y mucho misterio. Junto a ellas la historia hoy a tratar: “We Stand on Guard”.
We Stand On Guard” es una miniserie de seis números que en nuestro país ha publicado la editorial Planeta Cómic, primero en formato popular, es decir, “grapa” y algo después recopilada en “cartoné”. Su trama nos lleva a un futuro distópico no muy lejano en el que los Estados Unidos de América deciden atacar y conquistar a su país vecino, Canadá. Tras un ataque sin previo aviso a la Casa Blanca por parte de la nación de la bandera de “la hoja de arce”, el ejército americano toma represalias rápidamente bombardeando sin piedad las principales ciudades canadienses, entre ellas Ottawa. Ahí mismo es donde Vaughan comienza su violento y explícito relato en el que dos niños, Amber y su hermano Tom, quedan huérfanos tras la muerte de sus padres a causa de las explosiones. Doce años después, Amber, cruza su camino con un pequeño grupo de insurgentes autodenominado “Pack 24” (como los de latas de cerveza), un mote que hace referencia a su estatus de civiles “metidos en el negocio de la guerra” y no soldados. Y es aquí donde encontramos dos de las características típicas de las historias de Brian K. Vaughan. Por un lado, tenemos el hecho de que nos plantee una historia sencilla, casi irreal (y desde el punto de vista de quien la lea, puede que incluso boba), que el guionista desarrolla con total naturalidad. Por el otro, sus protagonistas responden al mismo perfil, es decir, al de gente normal y corriente que se tropieza con una situación extraordinaria a la que tendrán que enfrentarse, muy a su pesar. Lo extraordinario irrumpe en lo cotidiano y ordinario. Es algo que han sufrido las protagonistas de “Paper girls” (unas chicas de suburbios que se ven en medio de lo que parece una invasión extra-terrestre), el alcalde Mitchel Hundred en “Exmachina” (un ingeniero que adquiere la capacidad de comunicarse con las máquinas tras la explosión de un extraño artefacto) o Yorick Brown, el último superviviente de una plaga que acaba con todo varón sobre la faz de la Tierra en “Y, el último hombre”. Una constante en la obra del guionista de Cleveland que aquí, en “We Stand on Guard”, será representada por un grupo de civiles, entre los cuales podemos encontrar a una ingeniera o a un cómico de color, que será la última línea de defensa de los territorios más al Norte de Canadá.

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El planteamiento bélico del relato, junto al grupo de guerrilla “amateur” que nos presenta Vaughan en “We Stand on Guard”, puede recordar al lector al film de principios de los ochenta “Amanecer Rojo” (Red Dawn, John Millius, 1984) donde los EEUU eran invadidos por un bloque soviético formado por Cuba y la URSS. La trama nos contaba como un pequeño grupo de adolescentes (con caras conocidas de la época como las de Patrick Swayze, Charlie Sheen, Lea Thompson, C. Thomas Howell y Jennifer Grey), se ven forzados a convertirse en la resistencia, aprendiendo prácticas de guerrilla atendiendo al nombre de los Wolverines. Una película que, por cierto, tuvo su remake en 2012 protagonizado por el “Hijo de Odín” Chris Hemsworth y cambiando la nacionalidad de los invasores de soviéticos a norcoreanos.
Como es habitual en el autor, encontramos aquí también cierto poso de crítica, en este caso a la política exterior de los USA. Aquí el país de las barras y las estrellas es descrito como el “malo” de la historia. Tras convertir su territorio en un árido yermo, los recursos acuíferos de la nación vecina serán codiciados y motivo de la invasión. Si cambiamos el “agua” por “petróleo” tenemos una más que creíble alegoría de la Guerra de Irak. Incluso la representante americana recuerda a la asesora de Seguridad Nacional y Secretaria de Estado de la “Administración Bush” Condoleezza Rice. Una mujer que hace uso de los más sofisticados métodos de tortura que protegen la integridad física del recluso, pero no la mental.
Aunque es cierto que Vaughan juega también con la ambigüedad y la “conspiranoia” intentando despistar al lector con teorías e hipótesis que apuntan a la posible autoría del conflicto por parte de Canadá o a un atentado perpetrado por los propios Estados Unidos con la clara intención de que éstos pudieran tener la excusa para responder violentamente y ocupar el país vecino. Ambigüedad que también encontramos en el tratamiento del “Pack 24”: ¿Defensores de la Libertad? ¿Terroristas? En cualquiera de los casos, gente capaz de traspasar dilemas morales como el hecho de ejecutar a un indefenso prisionero de guerra obviando las convenciones internacionales para ese tipo de situaciones. Aunque en realidad, el pequeño grupo es más un grupo de supervivientes que de soldados, a pesar de que intenten actuar como tales.

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We Stand on Guard” es una historia cerrada y relatada a un ritmo de infarto. La extensión de la misma no propicia el desarrollo de todos los personajes y quizá su pesimista final (aunque con un breve destello para la esperanza) pueda parecernos un tanto “atropellado”. El tono de Vaughan es de violenta crudeza y tiene algunos momentos y diálogos que puedan recordarnos a otros autores como Garth Ennis. Es muy chocante, en lo que a los personajes se refiere, la rápida “evolución” de algunos, como Amber, una chica que se nos presenta como tímida y asustadiza y que de repente se convierte en una intrépida líder experta en el uso de las armas. El hecho de que McFadden, la jefa del “Pack 24”, se desmorone tras la visión de un holograma de su fallecido padre tras sufrir torturas capaces de hacerla perder la cordura tampoco queda del todo creíble. En realidad, son pequeños “borrones” en una entretenida historia que, a ojos del que suscribe estas palabras, puede que necesitara de más páginas.
El apartado gráfico es sencillamente sensacional. El arte corre a cargo del dibujante Steve Skroce, quien, así como Vaughan, se distanció del medio del cómic para cobijarse bajo las órdenes de las Wachowski para elaborar storyboards y diseños para su “Matrix” (Íd, Lilly Wachowski, Lana Wachowski, 1999) y posteriores trabajos. Fue en 2015 cuando Skroce y Vaughan se conocieron en un pase de “El Destino de Júpiter” (Jupiter Ascending, Lilly Wachowski, Lana Wachowski, 2015) y se propusieron el trabajar juntos en su “vuelta al mundo de las viñetas”. Skroce hace gala aquí de un estilo visual que nada recuerda a sus tiempos en Marvel Comics dibujando colecciones como Amazing Spiderman o Lobezno. Realista e increíblemente detallista, más emparentado al tipo de ilustraciones de su colega Geoff Darrow con la creación de impresionantes fantasías mecánicas y armamentos tecnológicos imposibles además de hacer uso de una narrativa visual muy fluida. Si a ello le sumamos el color aplicado de forma excepcional por Matt Hollingsworth, tenemos un aspecto visual que es prácticamente el fuerte de este “We Stand on Guard”.
En conclusión, nos encontramos ante un cómic que va de más a menos, pero sin dejar de ser una buena historia. Quizá no sea el mejor trabajo de Brian K. Vaughan aunque no por ello dejamos de recomendar su lectura. Una historia que parte de una premisa sencilla que destila crudeza por los cuatro costados. Todo ello acompañado de un arte de increíble factura. Esta recopilación en “cartoné” por parte de Planeta Cómic es la oportunidad ideal para hacerse con ella.

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Creepshow (Stephen King, Bernie Wrightson)

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Titulo original: Creepshow / Guión: Stephen King / Dibujo: Bernie Wrightson / Portada: Jack Kamen / Formato: Cartoné Páginas: 88 pags. / Editorial: Planeta Cómic / Precio: 20€. / ISBN: 978-84-9173-727-8


Sed bienvenidos al primer número de Creepshow, la adaptación al cómic de la famosa película de George A. Romero y Stephen King. Cinco espeluznantes historias con muertos que se levantan de sus tumbas, misteriosos meteoritos provenientes del espacio exterior, monstruos antropófagos, fantasmas vengativos e invasiones mortales de cucarachas. Así que abrochaos vuestros cinturones y acompañad al amigo Creepy, vuestro macabro guía, en este viaje de podredumbre y terror.


Es indudable la importancia del tristemente desaparecido George A. Romero en lo que al género de terror y fantástico se refiere. El neoyorquino -de ascendencia española [1]- siempre será recordado por ser, junto a su -por aquel entonces- compañero de fatigas John Russo, el “Padre” del “zombie moderno”, del muerto viviente antropófago que originó uno de los fenómenos más impactantes de la cultura “pop” moderna. Sin embargo, pese a que fraguó toda una saga [2] consagrada a estos lentos y hambrientos caminantes ávidos de la carne fresca de los vivos -sentando las reglas para todo el maremágnum de producciones y explotaciones posteriores-, Romero tiene en su haber cinematográfico otras tantas películas que quizás no alcanzaron las cotas de popularidad de “La noche de los muertos vivientes” (Night of the living dead, 1968) o “Zombi” (Dawn of the dead, 1978), pero que son totalmente reivindicables (o al menos eso piensa aquel que suscribe estas palabras). Entre sus otros trabajos nos encontramos con aquella cinta que lo asoció con uno de los indiscutibles, uno de los grandes “Maestros del Terror” de todos los tiempos, es decir, con el superlativo Stephen King. Su amistad con el de Maine venía ya de lejos puesto que ambos se admiraban mutuamente y no dejaban pasar oportunidad alguna para elogiar sus respectivas creaciones en público. Es por ello que, tras un primer intento frustrado de Romero para dirigir la miniserie televisiva “El misterio de Salem’s Lot” (Salem’s Lot, Tobe Hooper, 1979) y la posterior imposibilidad de llevar a cabo la faraónica adaptación de la novela “Apocalipsis” [3], ambos pudieron, con la inestimable ayuda del productor Richard P. Rubinstein, levantar un proyecto conjunto titulado “Creepshow” (Íd, George Romero, 1982) con el que quisieron rendir un sentido homenaje a aquellas publicaciones de terror de la mítica editorial americana “EC Comics” de las que ambos eran fans incondicionales.

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Hablar de la “EC Comics” es hablar de uno de los periodos más prolíficos y fructíferos de la historia del Noveno Arte. Un momento en el que el cómic alcanzó sus mayores cotas de popularidad consolidándose como una rentable industria. Entre la ingente cantidad de publicaciones de los súper héroes de “La Edad de Oro” y las aventuras de los más famosos personajes creados por la factoría de Walt Disney, la antaño editorial “Educational Comics” [4] pasaría a convertirse en la popular “Entertaining Comics” por obra y gracia del hijo de su fallecido fundador, William Gaines -junto a su inseparable y altamente productivo guionista/dibujante Al Feldstein-, ofreciendo a la chiquillería de la época toda una serie de sugerentes colecciones de cómics con temas tan recurrentes como el género policíaco, la ciencia ficción y, sobre todo, el terror con uno de sus títulos, “Tales from the Crypt”, como buque insignia de la compañía. Las publicaciones dedicadas al horror serían las mejor recibidas por los lectores y junto a la mencionada “Tales from the Crypt” aparecerían las no menos destacables “The Vault of Horror” y “The Haunt of Fear”. Cortadas por el mismo patrón, en todas ellas un repulsivo personaje [5] haría las veces de anfitrión -rompiendo siempre la cuarta pared entre el lector y él mismo- presentando con sorna los distintos relatos contenidos en su interior. Cada número recopilaba un indeterminado número de historias cortas, de entre seis y ocho páginas, autoconclusivas todas ellas manteniendo un similar esquema donde sus protagonistas, despreciables representantes del peor lado de la naturaleza humana, serán víctimas, siempre de la forma más macabra y truculenta posible, de una especie de justicia poética tras haber perpetrado algún crimen o fechoría. La gran aceptación de estos cómics, por parte de un público adolescente o preadolescente, fue una de las causas por las que un oportunista diese la voz de alarma en el seno de una sociedad americana donde la delincuencia juvenil era un grave problema. Para el doctor en psiquiatría Frederic Wertham, la responsabilidad de dicho auge de la criminalidad residía en los cómics [6]. La publicación de su libro “La seducción de los inocentes” propició la creación de un organismo regulador, el infame “Comics Code”, con el que se avisaba a los respectivos padres y tutores que el material contenido en las distintas publicaciones era “apto” para los estándares morales de la época (en otras palabras, llegó la censura al mundo de las viñetas). Esta especie de “Caza de Brujas” instigada por Wertham acabó, prácticamente de un plumazo, con casi todas las referencias de “EC Comics” cuyas ventas cayeron en picado. Los responsables de la editorial no tuvieron más remedio que refugiarse en otro título de la casa, la revista de humor satírico “MAD”, pero eso es otra historia. Sería injusto decir que sólo sufrieron Gaines, Feldstein y compañía, ya que toda la industria se vio afectada por los desvaríos de un psiquiatra venido a más que afirmaba que los cómics estaban repletos de alusiones sexuales, que se escondían desnudos femeninos en sus viñetas o que los famosos Batman y Robin eran homosexuales. Como en los tiempos del Tercer Reich, Wertham alentaba a destruir cuantos más ejemplares se pudiera organizando incluso quemas de tebeos. Totalmente demencial, ¿no? Pero, en la historia de la humanidad, siempre se ha tendido a buscar una razón, una cabeza de turco, para responsabilizarla de todos los males. En esta época (como ha pasado posteriormente también con la televisión, los videojuegos, los juegos de rol o el anime) le tocó al cómic pagar los platos rotos.

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Afortunadamente, el legado del Guardián de la Cripta y su repugnante familia de ghouls ha pervivido desde entonces, ya sea en la mente de muchos creadores que crecieron y formaron su criterio con dichos cómics, con proyectos cinematográficos -o series de televisión- como el de George A. Romero y Stephen King o en publicaciones posteriores que tomaron definitivamente el relevo haciendo suyo el espíritu de la “EC“, eludiendo por completo la censura del “Comics Code” con el formato magazine en blanco y negro. Estoy hablando de las revistas de terror que “Warren Publishing” comenzó a editar en la década de los sesenta con la seminal “Creepy” como cabecera y a la que seguirían las posteriores “Eerie” y “Vampirella“. Revistas que, en el momento de gestación de “Creepshow” (Íd, George A. Romero, 1982) -aunque no por mucho tiempo- seguían en los kioskos y en las cuales, además de grandes autores como Richard Corben, Neal Adams o Frank Frazetta, también encontramos al encargado de la adaptación al cómic del filme de Romero, el también recientemente fallecido Bernie Wrightson. Así como en la película homónima, en su traslación a las viñetas tendremos cinco historias, cinco pequeños episodios totalmente independientes, con el horror como hilo conductor. Presentados todos ellos por el terrorífico Creepy, un ser a imagen y semejanza de los GhouLunatics de la editorial de William Gaines. A diferencia del filme, aquí no tendremos la historia del niño (un jovencito Joe Hill, hijo de King) que es castigado por su padre (el genial Tom Atkins) por leer tebeos de terror. Intercaladas dentro de este mini-relato estarían los cuentos macabros que componen el film. En lugar de adaptar historias provenientes de “Tales from the Crypt“, King decidió adaptar dos de sus relatos cortos (“The Crate” y “Weeds” -titulada posteriormente como “The Lonesome Death of Jordy Verrill“-) y escribir el resto (con lo que se estrenaría tanto como guionista de cine como también actor, ya que protagonizaría uno de los segmentos). Junto al King actor, encontraremos también a conocidas caras como las de Ed Harris, Ted Danson, Adrienne Barbeau o Leslie Nielse.. “Creepshow” (Íd, 1982) obtuvo un éxito lo suficientemente satisfactorio para sus responsables que generó dos secuelas más y la creación de la serie “Tales from the Darkside”, producida por Romero y donde pudo colaborar, además de con el autor de “Carrie”, con escritores como Clive Barker o Robert Bloch.

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Como he comentado, el filme tuvo una adaptación al cómic (como no podría ser de otra forma en una película que rinde tributo a los tebeos de terror más famosos y homenajeados de todos los tiempos) que contó con el arte del impresionante Bernie Wrightson. Hablar de Wrightson es hablar de uno de los grandes del medio. Colaborador habitual en las revistas de cómics de la “Warren” o en “Heavy Metal“, es uno de los dibujantes por antonomasia del cómic de horror estadounidense con increíbles adaptaciones e ilustraciones del “Frankenstein” de Mary Shelley o relatos de H. P Lovecraft o Edgard Allan Poe. Creó junto a Len Wein a uno de los iconos del terror del Noveno Arte, “The Swamp Thing” (o “La Cosa del Pantano“), para “DC Comics” así como dibujó una de las historias más crudas de Batman, “The Cult” además de trabajar también para “Marvel Comics“, con la publicación de novelas gráficas de Spiderman o Punisher. Sin duda, uno de los mejores artistas que nos ha brindado el medio. En el cómic que nos corresponde, ofrece como de costumbre su buen hacer pese a no haber podido disponer de mucho tiempo para realizar el encargo debido a que la publicación debía coincidir con la fecha del estreno de la película. En su interior, a diferencia del filme de Romero -donde el director de “El día de los muertos” (Day of the Dead“, 1985) hace uso de un lenguaje y de un tono de cómic para hacer más evidente su aproximación a las publicaciones que intenta homenajear-, Wrightson hace uso de un estilo más formal, más acorde a su peculiar estilo en lo que se refiere a narrativa y diseño de las páginas (con sus habituales composiciones de viñetas verticales alargadas y el uso de splash-pages para resaltar momentos álgidos del relato), sobrio y, en ocasiones, tenebroso. Sorprende que los personajes, que sus rostros, no se parezcan a los de los actores que los interpretaron, así como que, como curiosidad a resaltar, el orden de las historias no se corresponda con el de la película. Personalmente, hubiera preferido que el cómic fuera en blanco y negro ya que Wrightson demostró sobradamente su valía y dominio del entintado -a la mencionada adaptación de “Frankenstein” me remito-. “Planeta Cómic” nos brinda la oportunidad de reencontrarnos con esta pequeña joya con su reciente publicación aprovechando la reciente reedición del año pasado por parte de la americana editorial “Gallery 13“. Un auténtico clásico que llevaba mucho tiempo descatalogado en nuestro país [7]. Así que no hay excusa ninguna para no hacerse con esta joya del cómic.

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[1] Su abuelo paterno nació en el municipio gallego de Mourela de Enmedio en la ría de Ferrol. Emigró a Cuba, pero siempre regresaba a España cuando su mujer estaba embarazada porque quería que sus hijos nacieran en su país. Es por ello que, aunque fuera circunstancialmente, también el padre de George A. Romero, Jorge Marino Romero, nació en nuestro país.

[2] “La noche de los muertos vivientes” (Night of the living dead, 1968), “Zombi” (Dawn of the dead, 1978), “El día de los muertos” (Day of the dead, 1985), “La tierra de los muertos vivientes” (Land of the dead, 2005), “El diario de los muertos” (Diary of the dead, 2007) y “La resistencia de los muertos” (Survival of the dead, 2009).

[3] Finalmente “Apocalipsis” (The Stand, Mick Garris, 1994) se estrenó en formato miniserie para televisión y fue dirigida por Mick Garris.

[4] Fundada por Max Gaines, “Educational Comics” publicaba historietas pedagógicas y moralistas basadas en la Biblia o protagonizadas por los animales parlantes.

[5] A los tres narradores se les conocía como los GhouLunatics. Al Guardián de la Cripta le siguen el Guardián de la Cámara y la Vieja Bruja.

[6] Coetáneamente el senador McCarthy, ya había confeccionado su famosa lista negra de Hollywood y dirigido la famosa “caza de brujas“.

[7] La extinta “Toutain Editorial” publicó “Creepshow” en formato rústica en 1983.

Billy Bat vol. 1 (Naoki Usasawa)

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Titulo original: Birii Batto vol 1/ Guión: Naoki Urasawa, Takashi Nagasaki / Dibujo: Naoki Urasawa / Portada: Naoki Urasawa / Formato: Rústica / Páginas: 200 pags. / Editorial: Planeta Cómic / Precio: 1,95€. / ISBN: 978-84-16767-63-2


Kevin Yamagata es un dibujante de cómics de nacionalidad japonesa que trabaja en los Estados Unidos dibujando las aventuras de Billy Bat, un antropomórfico murciélago detective de gran popularidad, para la editorial Marble Comics en los años 40. Un día, un policía que estuvo destinado en Japón cuando formó parte del ejército, le comenta que su personaje se parece mucho, quizá demasiado, al protagonista de un manga que vio en el país nipón durante su estancia. Angustiado por haber podido plagiarlo, disfrutando del éxito en los EEUU, Kevin decide volver a su país natal para encontrar al autor del Billy Bat japonés y pedirle permiso para publicar su propia versión.


Mi primer contacto con Naoki Urasawa fue con el manga Monster, uno de los trabajos con el que su autor se convirtió en uno de los creadores de referencia con su publicación a principios de los dos mil. Monster es una historia ambientada en la década de los ochenta donde un neurocirujano, el doctor Kenzo Tenma, se ve envuelto en la investigación de un misterio que, poco a poco, se irá abigarrando a medida que se sucedan las más de 4.000 páginas que lo componen. Una obra, no sólo recomendable, sino que presentará muchos de los elementos que caracterizan el trabajo de este “mangaka” y que, por ello, es considerado por muchos aficionados como uno de los más interesantes creadores -si no un genio- dentro del panorama nipón “comiquero”. Y es que Urasawa no sólo es un maestro del misterio. Su habilidad a la hora de hilvanar una ingente sucesión de tramas trufadas de saltos en el tiempo y flashbacks, su perfecta construcción de personajes -personajes por lo que podemos llegar a sufrir por todas las vicisitudes que el autor pone en sus caminos-, sus magníficas ambientaciones en sus historias o su dominio de la narración gráfica y expresiones faciales convierten al autor nacido en Fuchu, Tokyo, en todo un maestro del thriller moderno. Si hubiera que ponerle un “pero”, éste sería su gusto por extenderse y crear series de una más que considerable “larga duración”.

Junto al guionista Takashi Nagasaki -quien ya colaborara con él en los, también muy recomendables, Pluto y Master Keaton-, Urasawa comenzó a serializar el cómic a tratar hoy, Billy Bat, en la revista Morning dedicada al Seinen de la editorial Kodansha a partir de octubre de 2008. En nuestro país, así como con otras obras del autor, la encargada de ofrecernos su trabajo traducido a nuestra lengua ha recaído en Planeta Cómic. En esta ocasión, Urasawa y Nagasaki nos ofrecen un relato de metaficción en el que, entre otras cosas, nos mostrarán algunos de los entresijos de la creación comiquera. Kevin Yamagata es un dibujante de cómics de nacionalidad japonesa que trabaja en los Estados Unidos dibujando las aventuras de Billy Bat, un antropomórfico murciélago detective de gran popularidad, para la editorial Marble Comics en los años 40. Tras aceptar un caso en el que tiene que investigar la infidelidad de la esposa de un viejo adinerado, el asesinato de éste lo meterá de lleno en el embrollo de una conspiración. En plena Edad de Oro de los Cómics, compitiendo directamente con los grandes del medio -se menciona que a la altura de la serie de Wonder Woman-, la publicación de Kevin disfruta de un gran éxito. Sin embargo, y por casualidad, el joven ilustrador será informado de que en Japón existe un personaje muy parecido. Angustiado por la vergüenza de haber plagiado, aunque involuntariamente, la idea de otro, Kevin decide volver a su país de origen con la intención de encontrarse con el autor con tal de pedirle permiso para dibujar su propia versión de Billy Bat. Él piensa que es probable que ya conociera ese cómic durante su infancia y que, al crearlo mucho tiempo después en otro lugar distinto, se viera influenciado por el mismo. Pero este no será el principal problema para Kevin, ya que una vez en Japón se verá inmiscuido en un turbio asunto mucho más grande de lo jamás hubiera imaginado que guardará semejanzas con las aventuras de su personaje de ficción.

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Con esta premisa podremos adivinar en primera instancia que uno de los puntos fuertes de Billy Bat, además de la acostumbrada y típica trama de misterio que su responsable irá intrincando con objeto de engancharnos sin ningún tipo de miramiento si no somos neófitos ante su trabajo, será su ambientación. Si con Monster el autor nos ubicaba en la Alemania de la década de los ochenta o con Pluto en una versión futurista del país germano, al transcurrir su Billy Bat en los años 40, Urasawa será capaz de retratarnos, con el detallismo -vital atención a los fondos y paisajes- al que nos tiene acostumbrados, la ciudad de Nueva York de esa época o la atmósfera de posguerra, tras la Segunda Guerra Mundial, en el País del Sol Naciente bajo la ocupación estadounidense tras los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki y su posterior rendición. Si el lector se enfrenta por vez primera a una de las creaciones de Urasawa y es consumidor habitual del manga más estándar, tal vez sufra un inicial rechazo ante su dibujo, tal vez un tanto diferente si lo comparamos con otras series que podamos encontrar en el mercado. Su estilo se aleja del que, de buenas a primeras, podamos identificar como representativo. Su confección de figuras e incluso su narrativa visual es muy distinta a la que podamos ver en otros “bestsellers” venidos de Japón. Pero sin duda alguna, el dibujo es uno de los grandes atractivos de la obra -o al menos, un servidor lo considera así-.

Si el lector es fan del trabajo de Urasawa, en este primer tomo de la serie Billy Bat notaremos algo inédito hasta el momento ya que la historia, como se ha comentado con anterioridad, se desarrolla a caballo entre los Estados Unidos y el Japón de mediados del siglo pasado. Ello permite al autor poder jugar con elementos de la cultura pop como el nombre de esa editorial que se asemeja (al menos fonéticamente) a la Marvel Comics, la Mujer Maravilla de la Distinguida Competencia, la cita directa de una de las obras (“La nueva isla del tesoro”) su idolatrado Ozamu Tezuka (mostrando incluso a un personaje muy parecido físicamente) o la recreación de la situación de su país. El hecho de contar una historia con un dibujante de cómics como protagonista, propiciará que Urasawa nos ofrezca “historietas” dentro de la historieta ofreciéndonos un completo ejercicio de metaficción, como antes he señalado, que parece -por el momento- convertirse en la columna vertebral de la historia. Y, por otro lado, y ya no nos parecerá tan raro si hemos leído más del creador de 20th Century Boys, en este tomo que abre la serie ya comenzaremos a vislumbrar lo que podemos considerar como “marca de la casa”, es decir, una trama que se irá volviendo más compleja y que no carecerá de sus tan característicos giros de guión.

En conclusión, y habiendo leído solamente el primer tomo de esta serie (ya finalizada y que consta de veinte entregas), Billy Bat es el ejemplo más claro de la aplicación, reiteración e intensidad de todos sus recursos. Vemos como aquí Naoki Urasawa tiene y hace uso de todos los ingredientes ya utilizados en obras anteriores en la construcción de un relato de misterio que promete tener en vilo al lector hasta la finalización del mismo. Los detractores del genial -para un servidor- “mangaka” suelen acusarlo de intrincar y alargar demasiado sus series con interminables giros en sus argumentos para acabar desembocando en un desangelado final. Ahora mismo, y con diecinueve tomos a falta de leer su conclusión, las expectativas están altas. Billy Bat promete y no sólo eso, sino que también engancha. ¿Acaso puede sorprendernos que lo haga?