Crítica de “La noche de los Demonios” (Night of the Demons, Kevin. S. Tenney, 1988)

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Título original: Night of the Demons / Año: 1988 / País: Estados Unidos / Duración: 90 minutos / Director: Kevin S. Tenney / Producción: Joe Augustyn / Productora: Paragon Arts International / Distribución: Meridian Productions / Guion: Joe Augustyn  / Música: Dennis Michael Tenney / Fotografía: David Lewis / Montaje: Daniel Duncan / Reparto: Alvin Alexis,  Allison Barron,  Lance Fenton,  Billy Gallo,  Hal Havins,  Amelia Kinkade, Linnea Quigley,  Jill Terashita / Presupuesto: 1.200.000$


Es Halloween y Angela decide celebrar una fiesta clandestina en la abandonada mansión Hull, una antigua funeraria sobre la que, sin que ella ni sus amigos lo sepan, pesa una maldición. Ignorantes del mortal peligro, los jóvenes deciden divertirse a base de alcohol, música, bromas pesadas y sexo. Sin embargo, en su torpeza, acabarán despertando a un demonio que habita en el interior de la casa. Será de esta forma que comience su pesadilla.


Hay películas que perduran en el imaginario personal (o colectivo) no por su valor artístico ni su calidad cinematográfica sino por motivos intrínsecamente más prosaicos. Una portada llamativa, un personaje carismático, una escena impactante, una pegadiza banda sonora o simplemente habernos hecho pasar un buen rato pueden ser algunos de los variados motivos que nos pueden llevar a recordar, con más o menos cariño, ciertas cintas que poco probable es que lleguen a convertirse en clásicos o en representativas de un género en concreto. Aunque dudo que sea algo de lo que los fans veteranos tengamos exclusiva, todos aquellos que crecimos durante la “Edad de Oro de los Videoclubes”, esos templos del Séptimo Arte levantados para el gozo y deleite de voraces cinéfagos, nos sentiremos identificados con estas palabras. Probablemente muchos de nosotros tuvimos uno, dos, tres o más de diez títulos fetiche entre aquel maremágnum de fantásticas carátulas, una al lado de la otra formando un majestuoso mosaico, que nos maravillaban cada vez que acudíamos a dichos establecimientos. Seguramente tenga que sacudirme de encima algo de nostalgia (bendita y maldita por partes iguales) y que la cruda realidad es que un videoclub no era otra cosa que un negocio local, más parecido a una papelería o a un colmado, sin toda esa mitología que muchos aficionados le conferimos. Podríase decir que algo parecido ocurre con todos aquellos que tuvieron la fortuna de vivir de primera mano la gloriosa época de los “programas dobles” en los cines de sus barrios y que también los recuerdan con cierta carga épica. Sin embargo, que no nos dé miedo afirmar, con la embriaguez de la nostalgia a flor de piel, que eran auténticos santuarios que formaron el gusto y el criterio de muchos de nosotros.

Volviendo a lo que hoy nos atañe, cuando un servidor acudía al videoclub de su barrio no podía eludir la atracción de algunas de las cubiertas que poblaban las estanterías. Mientras que muchas de ellas eran totalmente fantásticas, otras, por el contrario, eran tramposamente engañosas. Algunas mostraban ilustraciones o imágenes que nada tenían que ver con su contenido. también las había que simplemente tenían un fascinante “nosequé”. Entre las muchas que atrajeron la atención de aquel jovenzuelo aficionado al terror, concretamente quien suscribe estas palabras (pero hace ya unos años), estaba la muy cutre portada de “La noche de los demonios” (Night of the Demons, Kevin S. Tenney, 1988) en la que aparecía, en primer término, el plano del deformado rostro de un demonio femenino -con una especie de tiara/corona- junto a la lapidaria frase “Estás invitado a una fiesta en el infierno”. Más tarde supe que dicha efigie, la de la actriz Amelia Kinkade, acabaría convirtiéndose en icono representativo de la saga. En cuanto al VHS, la cosa mejoraba considerablemente al darle la vuelta a la caja de la cinta para leer la sinopsis. Varias fotos la acompañaban y en ellas ya se nos prometían “gore” y escenas picantes -a juzgar por un explícito plano del trasero de la “Scream Queen” Linnea Quigley-. Si a ello añadimos que uno de los principales argumentos para “vendernos” la peli era la participación de Steve Johnson [1] en sus efectos especiales -algo que, sinceramente, en aquella época pre-internet nos la traía al pairo-, pocas razones más había para no acabar yendo al mostrador a alquilarla. He de confesar que pese a atraerme en multitud de ocasiones, tardé bastante en llevarme esta pequeña pieza de culto a casa. Siempre había otras opciones que postergaban el momento. Craso error.

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La de Kevin S. Tenney -quien debutara con la entrañable “Witchboard (Juego diabólico)” [Witchboard, 1986] o perpetrara posteriormente la inefable “La venganza de Pinocho” [Pinocchio’s revenge, 1996] o el producto “directo a vídeo” protagonizado por el desaparecido icono de los ochenta Corey Haim “Pánico en la central” [Demolition University, 1997] entre otros muchos otros poco destacables trabajos- es una de esas comedias de terror ochentero adolescente que tan del gusto fueron en su época funcionando relativamente bien entre los aficionados al género. El filme no presenta nada nuevo: un grupo de despreocupados jóvenes se enfrentan a un demoníaco peligro en un espacio cerrado, concretamente una funeraria abandonada junto a un cementerio. Irrespetuosamente desvergonzados con las fuerzas provenientes del más allá, despertarán accidentalmente a una entidad diabólica que acabará poseyéndolos. Todo ello acompañado de desnudos gratuitos, diálogos estúpidos, alcohol y escenas violentas aceptablemente resueltas. Podríamos señalar su principal referente en el clásico de Sam Raimi “Posesión Infernal” (The Evil Dead, 1981) ya que no son pocas las similitudes, salvando grandes distancias, entre ambos trabajos. Sin embargo, si en la película del director de “El ejército de las Tinieblas” (Army of Darkness, 1992) se hace del terror un verdadero espectáculo delirante, aquí todo se queda en la imitación de sus formas, pero con la nula comprensión de su fondo. Si aquella que convirtiera al personaje de Ash Williams en todo un icono del terror abogaba por ser un complejo y planificado ejercicio cinematográfico (pese a sus limitaciones, tanto técnicas como presupuestarias), la película de Tenney se limita a ser una versión de saldo de la misma.  A semejanza de la de Raimi, no se esconde una confesa condición de película “Serie B“, de auténtico subproducto, en el que parecen combinarse la cinta protagonizada por Bruce Campbell con cualquiera de las entregas de la saga “Porky’s” (Íd, Bob Clark, 1981) y, a juzgar por el diseño de los maquillajes, con la mirada puesta también en el cine de explotación italiano puesto que se nota una cierto parecido con los poseídos de la también cinta de culto “Demons” (Demoni, Lamberto Bava, 1985). En definitiva, un exploit de otros productos que funcionaron bien en su momento.

La genial animación para los créditos iniciales, con un característicamente ochentero tema electrónico de fondo, nos introducirá en la historia. Es la víspera a la noche de Halloween en una pequeña localidad de extrarradio norteamericana. Como muchos jóvenes en dichas fechas, Judy (Cathy Podewell) y sus amigos se disponen a celebrar una fiesta. Sin embargo, en último momento deciden ir a la que organiza Angela, la chica rarita de la clase, en una antigua funeraria abandonada. El emplazamiento ideal para desatar sus hormonas adolescentes y correrse una juerga durante la noche de brujas. En realidad, este grupo variopinto de teenagers no sólo es el típico de este tipo de productos, sino que son auténticos clichés estereotipados. Como suele ser habitual en estas paupérrimas producciones, tendremos a un grupo de desconocidos actores que harán las veces de todos los tópicos del género que nos podamos imaginar. Encontraremos a la joven virginal -“final girl” a la postre-, al novio gañán, al rebelde con destellos de héroe, al bruto desagradable o a la “ligera de cascos”. Una pandilla de inadaptados a lo Judd Nelson y Molly Ringwald de “El Club de los Cinco” (The Breakfast Club, John Hughes, 1985), pero en versión “carne de cañón” para el deleite del espectador con sus muertes. Aunque para llegar a ese momento, habrá que visionar más de la mitad del metraje ya que los dos primeros actos del filme se destinan a la presentación de los protagonistas, la fiesta y la aparición de la invocada entidad demoníaca tardando bastante en arrancar ese esperado clímax violento. El acto final se compondrá de muertes, alguna de ellas con acierto, y una sucesión de persecuciones tan repetitivas como escandalosas -ayudando a ello los propios chillidos de los protagonistas y el machacón sintetizador del “score”–  con espacio para algún momento digno de mención como la escena en la que la protagonista improvisa un lanzallamas con una tubería de gas y un mechero. Por lo demás, nos encontraremos ante una sucesión de “set pieces” -comunes en el cine “slasher“- en la que el destino de los distintos personajes acabará siendo funesto. Siempre sazonado con un negro sentido del humor y desnudos. La presencia de la mítica Linnea Quigley, quien ya nos encandilara con su sensual striptease en la genial “El regreso de los muertos vivientes” (Return of the living dead, Dan O’Bannon, 1985), es plena garantía de ello. La famosa “Scream Queen” protagoniza no sólo momentos de destape sino algunas escenas y diálogos que han quedado en la memoria de los fans. Su presentación en el drugstore, con un look muy a lo Cindy Lauper, encandilando con sus posaderas a unos dependientes de aspecto nerd mientras su compañera se avitualla sin pasar por caja, su frase “Vaya, tendré que chuparos la polla algún día” [2] tras preguntarles si tienen huevos de chocolate en la tienda o la mítica escena en la que un pintalabios atraviesa uno de sus pezones -muy lograda, por cierto- son algunas de las perlas que esta musa del terror nos ofrece.

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Entre los pocos aciertos de casting, tenemos a la actriz Amelia Kinkade (sobrina de la popular Rue McClanahan, famosa por interpretar a Blanche Devereaux en la exitosa serie “Las chicas de oro” [The Golden Girls, 1985-1992]) interpretando a Angela, la chica rara de la clase que es, a su vez, la anfitriona de la fiesta en la encantada mansión Hull. Éste sería el personaje con el que se recordará su breve paso por el cine -en la actualidad escribe libros dedicados a su faceta como psíquica de animales-, ya que Kinkade acabaría convirtiéndose en el icono de una saga que alcanzaría la friolera de tres entregas (con ellas misma caracterizada de gótico demonio en sus portadas) y un remake en 2009 [3]. La joven ya era bailarina profesional por aquel entonces [4] y creó ella misma la coreografía del diabólico baile de su mejor escena en el filme. Sin duda, su versión poseída es la más carismática de todo el elenco. Y ello no podría haberse materializado de no haber contado con un gran profesional del campo de los efectos especiales. La participación de Steve Johnson se nota y mucho. Tejano de nacimiento, Johnson ha participado en multitud de películas de terror consideradas de culto y tiene el honor de haber diseñado y esculpido a Slimer, el viscoso y mocoso espectro más querido de “Cazafantasmas” (Ghostbusters, Ivan Reitman, 1984) conocido por aquel entonces como “Onion head“. El trabajo de maquillaje de “La noche de los Demonios” es sencillamente espectacular, así como muchos de sus efectos prácticos. Algunas de sus explicitas y violentas escenas están muy bien resueltas en lo que a lo visual se refiere otorgándoles un conseguido realismo. Lo que no deja de sorprender en una producción “low cost” como supuso ser esta. Con lo cual, y para ir concluyendo, podemos afirmar que nos encontramos ante una de esas películas malas, realizadas a rebufo del éxito de los clásicos del género, pero que, inexplicablemente, tiene un “nosequé” que la hace tan entrañable como disfrutable. Cierto es que tarda en arrancar, que su argumento es meramente una excusa y que la mayor parte de sus intérpretes realizan un trabajo nefasto. Eso sin contar la cantidad de diálogos absurdos, aunque hilarantes, que tendremos que sufrir. Pero a su favor destacaremos los citados efectos especiales supervisados por Johnson, su desenfadado gamberrismo sin complejos, el uso de una banda sonora a base de sintetizadores y algún que otro tema de grupos metal rock de la época creando momentos muy conseguidos y la presencia de nuestra admirada Linnea Quigley y sus gratuitas exposiciones de carne. Sí, es verdad que la película es un pestiño, pero es un pestiño entretenido, ideal para hacerse un pase doble “Grindhouse” complementándola con alguna de sus secuelas o con su principal referente, “Posesión infernal“. Una pequeña joya que, con sus muchas carencias y pocas virtudes, logró hacerse un hueco en los corazoncitos de los muchos aficionados al terror que la descubrieron en la estantería de su videoclub. Por cierto, con sus resultados triplicó su presupuesto.

Un momento: el sensual y erótico baile de Angela (Amelia kinkaid) al son del tema “Stigmata Martyr” de la banda Bauhaus es totalmente hipnótico.

Una curiosidad: el creador de los efectos especiales, Steve Johnson, y la actriz Linnea Quigley comenzaron una relación amorosa, que fructificaría en un corto matrimonio, tras la realización de esta película. Ambos pasaron largas horas juntos para la confección de los moldes de los pechos de la actriz que se utilizaron en la famosa escena del pintalabios. El director de la cinta, Kevin Tenney, cree que fue así como se enamoraron y así lo manifestó en unas declaraciones que podéis leer aquí.

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[1] Steve Johnson es un gran profesional de los Efectos Especiales y cuenta con una dilatadísima carrera. En su currículum tiene el honor de haber participado en filmes como “Videodrome” (Íd, David Cronenberg, 1983), “Noche de miedo” (Fright night, Tom Holland, 1985), “Cazafantasmas” (Ghostbusters, Ivan Reitman, 1984), “Pesadilla en Elm Street 4” (A Nightmare on Elm Street 4: The Dream Master, Renny Harlin, 1988), “La Guerra de los Mundos” (War of the Worlds, Steven Spielberg, 2005) o “Spider-Man 2” (Íd, Sam Raimi, 2004) entre otros muchísimos títulos.

[2] Traducción bastante libre, muy libre, de “Do you guys have sour balls?” y “Too bad, I’ll bet you don’t get many blowjobs”. Nada que ver con lo que dice el personaje con el doblaje a nuestra lengua.

[3] Remake dirigido por Adam Gierasch en 2009 y en el que la actriz Shannon Elizabeth, popular por su participación en la saga “American Pie” (Íd, Paul Weitz, Chris Weitz, 1999), interpreta el papel de Angela. Curiosamente la única actriz del cast del 88 que aparece haciendo un cameo no es Amelia Kinkaid, sino Linnea Quigley.

[4] Amelia Kinkaid participó también en filmes musicales como el protagonizado por Lorenzo Lamas “Body Rock” (Íd, Marcelo Epstein, 1984) y “Breakdance 2: Electric Boogaloo” (Breakin‘ 2Electric Boogaloo, Sam Firstenberg, 1984), secuela de la cinta que puso brevemente de moda películas del estilo de baile breakdance.