“Alita: Ángel de Combate” (Alita: Battle Angel, Robert Rodíguez, 2019)

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Titulo original: Alita: Battle Angel / Año: 2019 / País: Estados Unidos / Duración: 122 min. / Director: Robert Rodríguez / Guión: Laeta Kalogridis, James Cameron (basado en GUNNM de Yukito Kishiro) / Producción: James Cameron, Jon Landau, Robert Rodríguez Productora: Lightstorm Entertainment, 20th Century Fox, Troublemaker Studios, Madhouse / Distribución: 20th Century Fox / Fotografía: Bill Pope / Música: junkie XL / Montaje: Stephen E. Rivkin / Diseño de producción: Caylah Eddleblute, Steve Joyner / Reparto: Rosa Salazar, Chistoph Waltz, Jennifer Connelly, Mahershala Ali, Ed Skrein, Jackie Earle Haley, Keean Johnson, Jorge Lendebor Jr, Edward Norton / Presupuesto: 170.000.000$


Trescientos años después de una gran guerra conocida como “La Caída”, la humanidad vive hacinada en una gran y devastada urbe llamada “Iron City”. Sus habitantes viven en una mega ciudad hostil y sin ley donde impera la voluntad de las Fábricas. Estas abastecen a la ciudad flotante de Zalem. La cual, a su vez, utiliza la paupérrima “Ciudad del Hierro” como vertedero. Cada día caen toneladas de desechos provenientes de la majestuosa polis del cielo. Dyson Ido, médico cirujano especializado en robótica, encuentra los restos de una joven “Cyborg”, portadora de tecnología de antes de la guerra, entre los restos de basura. Milagrosamente su cerebro está intacto y logra reconstruirla gracias a un cuerpo artificial que antaño estaba destinado a devolver la movilidad a su hija fallecida. Tras años inconsciente, la joven no recuerda apenas nada de su pasado. Ni siquiera su nombre. Ido la bautizará como Alita.


Desde mi humilde experiencia como lector y coleccionista de cómics -mayoritariamente “Mainstream” americano y superhéroes-, de la en general denostada década de los noventa tengo muchos recuerdos. Y gran parte de ellos son bastante penosos en lo que respecta al aspecto cualitativo de la mayor parte de los que antaño fueron mis títulos favoritos. Como fiel seguidor de la maravillosa “Marvel Comics” de los ochenta -esto es “Los Vengadores” de Stern, el “Thor” de Simonson, el “Daredevil” de Miller y Mazzucheli o “La Patrulla X” de Claremont y Romita Jr-, la nueva década nos dejaba infames etapas en colecciones como la de los (ahora más de moda que nunca) “Héroes más Poderosos de la Tierra”, los mutantes más temidos por el “Homo Sapiens” o nuestro amistoso y vecino Trepamuros con sus líos con la clonación. La “Distinguida Competencia” tampoco andaba en sus mejores momentos tras la muerte del “Último Hijo de Krypton” o la paraplejía del Hombre Murciélago dejaban atrás los buenos momentos que la etapa que nos ofreció John Byrne con “El Hombre de Acero” o los magníficos “Watchmen” de Moore o el “Dark Knight Returns” de Frank Miller. Se acabó lo bueno y comenzó la era de la hipertrofia muscular, las monumentales “Splash Pages” y los héroes violentos y oscuros que sustituían su verborrea épica por los mamporros a diestro y siniestro. Pese a pequeños conatos, algunos destellos, de calidad dentro de las grandes editoriales y excepciones más o menos contadas desde las más minoritarias e independientes productoras de “Tebeos”, el panorama “Comiquero” -y por extensión también nuestro país también- se caracterizó por la irrupción de la violencia y las poses “Cool” con los dientes apretados. “Image Comics”, ese conglomerado de estudios y “Mini sellos” de los autores más “Hot” del momento, era la gran abanderada de esa tendencia en aquellos aciagos momentos.

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Por otro lado, otro de los fenómenos importantes dentro del mundillo de las viñetas fue aquello que se llegó a denominar como la “Mangamanía”. El desembarco en nuestras librerías de cómics de una minúscula y seleccionada previamente producción venida del “País del Sol Naciente” tuvo su génesis en otro fenómeno “Fan” muy marcado, concretamente el provocado por la llamada “Songokumanía”. La llegada de “Dragon Ball” (o “Bola de Drac” como un servidor la ha conocido siempre) a las televisiones autonómicas sólo fue el comienzo y la punta de lanza de toda una inmensa industria totalmente desconocida en Occidente (y en el caso de España, por idiosincrasia propia, aún más todavía y por encima de la media). De todo el ingente material existente, tal vez por tendencias mercantilistas, modas imperantes o nuestra propia forma de ser, se comenzaron a comercializar -incluso a estrenar en cines en algunos casos- productos con un denominador común. Este no sería otro que el género “CyberPunk” o la distopía futurista apocalíptica neo-tecnológica. De esta forma, filmes considerados como clásicos como “Akira” (Íd, Katsuhiro Otomo, 1988) o “Ghost in the Shell” (Íd, Kokaku Kidotai, Mamoru Oshii, 1995) contribuían involuntariamente a conformar una equivocada asociación de “Manga y Anime” con “Sexo y violencia”. Las primerizas ediciones del arte secuencial venido de Japón, a imagen y semejanza de como las editaron en Estados Unidos, se “occidentalizaron”, es decir, no se mantuvo ni su formato original ni su tradicional sentido de lectura. Sus traducciones, siguiendo la línea “Yankee”, eran demasiado libres y/o inexactas. La editorial catalana Planeta DeAgostini fue una de las pioneras en este sentido comenzando a publicar en formato “Comic Book” la mencionada serie creada por Akira Toriyama (la famosa “Serie Blanca”) así como otros títulos como “Los Caballeros del Zodíaco” de Masami Kurumada, el “Ranma ½” de Rumiko Takahashi o el “La Patrulla Especial Ghost” (nombre con el que se tradujo el “Ghost in The Shell”) de Masamune Shirow, entre otros muchos títulos. Todos con ese formato que haría sangrar los ojos de cualquier “Otaku” de pro de hoy en día. De entre los títulos que seguí en aquella época, uno de mis favoritos siempre fue “Alita. Ángel de Combate” de Yukito Kishiro.

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A todas luces, la primera palabra que pasa por mi cabeza acerca de la primera edición de las aventuras de Alita publicada en nuestro país por Planeta es simplemente “Cutre”. Como muchos otros “Mangas” publicados en esos años noventa, las portadas, los logos, la maquetación y las traducciones se fusilaban sin piedad alguna de las importadas ediciones americanas. Esta concretamente se hizo con la que publicó “VIZ Comics” en el país de las “Barras y las Estrellas”. El aspecto del producto era verdaderamente atroz. Cómics con un papel de ínfima condición y unas tapas de cartón mate imitando, con paupérrimos resultados, las populares ediciones “Prestige” de la época (originalmente destinadas a excelentes títulos merecedores de tal honor, pero que poco a poco y por razones desconocidas comenzaron también a contener materiales de dudosa calidad). Para más inri, el “Correo de los Lectores” (ese foro de reunión e información a distancia y en diferido pre-internet) pertenecía a otra publicación de la casa, la colección de “Dragon Ball” concretamente. Esta primera miniserie de Alita que pudimos leer en tierras hispanas destilaba desidia por parte de sus editores, pero, para sorpresa de propios y extraños, su contenido era realmente notable. Era verdaderamente apasionante. La historia de una “Cyborg” encontrada hecha pedazos por un científico especializado en cirugía de robots y enmarcada en un distópico futuro postapocalíptico donde los restos de la humanidad se acinaban en una ciudad vertedero a expensas de las sobras de los habitantes de una majestuosa ciudad flotante era como mínimo de un atractivo inconmensurable. El dibujo de su autor, Yukito Kishiro, pese a una primera impresión “amateur” con algunas viñetas demasiado vacías y carentes de demasiados detalles, mejoraba exponencialmente a medida que pasabas las páginas. Y la valiente Alita (algunos años después supimos que su verdadero nombre era Gally y que la serie se titulaba “GUNNM”) resultaba tan dulce como letal. Además, la chica acababa ejerciendo como caza recompensas y se enfrentaba a auténticas moles, más máquina que humanas, adictas a comer cerebros. En realidad, era una “Bizarrada” tan disfrutable que, con el transcurso de las siguientes miniseries, iba introduciendo una serie de conceptos que, pese a no ser originales, tenían el aliciente suficiente como para impresionar a la gradería. Las carreras de “Motorball” (una especie de “Rollerball” robótico como el de la película homónima protagonizada por James Caan), una ciudad retro futurista más propia del medievo que escondía mil y un peligros en sus calles, guerreros cibernéticos sin un ápice de piedad, un científico -auténtico “Mad Doctor”- que escondía vilmente mil y un secretos, una revuelta popular sanguinaria que arrasaba con todo a su paso, … El Universo de “Alita. Ángel de Combate” era un “Pastiche”, pero era un “Pastiche” muy impresionante. No es de extrañar que, además de impresionar a los lectores de a pie, lo hiciera también a uno de los directores más importantes que nos ha dado el género fantástico: James Cameron. El creador del “Cyborg” más famoso del “Séptimo Arte”, “The Terminator” (Íd, James Cameron, 1984), debió quedar tan estupefacto con su lectura (aunque se dice que fue su amigo Guillermo del Toro el que se lo introdujo a partir de un cortometraje basado en el personaje de Kishiro) que lleva algo más de dos décadas con la idea de trasladar el “Manga” de Kishiro a la gran pantalla. De hecho, llegó un momento en el que incluso se vio obligado a elegir entre Alita y un proyecto llamado “Avatar” (Íd, James Cameron, 2009) que, de momento, supone su última película como director. Más de veinte años en los que los inconvenientes no cesaban y sin que Alita viera definitivamente la luz. Hasta ahora.

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Finalmente, el canadiense unió filas con el realizador mexicano Robert Rodríguez, quien también hace algún tiempo que no se ponía detrás de las cámaras (concretamente desde la secuela de “Sin City”, “Sin City: a dame to kill for [Íd, Robert Rodríguez, Frank Miller, 2014]), para llevar a la gran pantalla la historia de Alita. Una unión, a priori, como mínimo curiosa. Por una parte, uno de los representantes de la “Serie B” más gamberra y, por la otra, toda una institución del “Blockbuster” del género. Juntas, las mentes ambos, han fructificado y dado como resultado una cinta como “Alita. Ángel de Combate” (Alita: Battle Angel, Robert Rodíguez, 2019), un ejercicio de cine de entretenimiento “Palomitero” con ciertas reminiscencias al cine de explotación más desenfadado y la tradicional actitud “Badass” del director de “Planet Terror” (Grindhouse Planet Terror, Robert Rodríguez, 2007). Aunque muchísimo más suavizadas y pasadas por el filtro del director de “Aliens. El Regreso” (Aliens, James Cameron, 1986). Este firma además el guion, junto a Laeta Kalogridis (creadora de la serie “Altered Carbon” de la popular plataforma de “streaming” Netflix y responsable de libretos como los de “Shutter Island” [Íd, Martin Scorsese, 2010] o “Terminator Génesis” [Teminator Genisys, Alan Taylor, 2015]). Un guion que el propio Cameron ha confirmado que condensa los cuatro primeros volúmenes de la obra de Kishiro. A lo que servidor añadiría los dos OVA’s producidos en los noventa y que adaptaban los dos primeros arcos argumentales del cómic y ciertos detalles de la secuela en la viñetas, “GUNNM. Last Order”. Sin duda, este es un aspecto que puede llegar a abrumar al espectador ya que durante las dos horas de metraje de la cinta no paran de ocurrir (demasiadas) cosas. A un servidor le parece que todo está lo suficientemente bien hilvanado para ofrecer un espectáculo muy entretenido. Mas es cierto que hay tal número de tramas y subtramas que se puede hacer difícil enfatizar con la principal. Está claro que el crecimiento personal de la protagonista en su hostil realidad, capaz de ofrecer la mejor y la peor cara de la exigua humanidad superviviente en un futuro sin muchas esperanzas, es el tema principal. En definitiva, es una historia de origen. Pero a todo esto, tendremos también una historia de amor casi imposible, una relación paternofilial, un deporte de riesgo en el que es fácil acabar hecho pedazos, la rivalidad con un cazarrecompensas peligroso como es Zapan, un asesino cibernético adicto a los cerebros y una trama mafiosa entorno al tráfico de órganos que podrán a prueba el talento como narrador de Robert Rodríguez. Ya que si su impronta personal, habitual en su producción precedente, la encontramos algo desdibujada. Se nota que esta es una película no sólo de encargo sino con un presupuesto que conlleva ciertas responsabilidades. Y, salvo por pequeños detalles como el hecho de que “Iron City” sea una especie de México DF distópica, devastada y empobrecida, la presencia de colaboradores previos en su reparto como Jeff Fahey o una Michelle Rodríguez sin acreditar o que Hugo (interés romántico de Alita) vista una chupa de cuero que posiblemente salió del armario del responsable de “The Faculty” (Íd, Robert Rodríguez, 1998), vemos como el mexicano ha sacrificado su habitual actitud “Macarra” en pro de un producto de entretenimiento, de un “Blockbuster” convencional, repleto de escenas de acción no sólo bien rodadas sino de gran empaque visual gracias en gran medida a los efectos especiales por cortesía de “Weta Digital”.

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Los efectos digitales y el “CGI” conforman una importante parte de “Alita. Ángel de Combate”. El estudio antaño fundado por Peter Jackson es claramente responsable de ello y en la cinta se nos muestran espectaculares combates, ya sea de artes marciales o del popular deporte de “Iron City” sobre el que gira todo, el “Motorball”, en los cuales -y a diferencia de otros productos, más bien despropósitos, tales como las entregas de los “Transformers” firmadas por Michael Bay, por ejemplo- su integración no sólo resulta verosímil en pantalla sino que seremos capaces de distinguir todo lo que ocurre frente a nuestros ojos. Unas escenas de acción a las que, a diferencia de lo que ocurre en el material original en el que se basan, les faltaría algo de sangre, gore y sesos. Tal vez esta es otro de los aspectos a los que Rodríguez se ha visto a dar la espalda por posibles exigencias en su contrato. Se nota demasiado la mano de Cameron, añadiría. Y esto se nota en esa búsqueda de la excelencia de los efectos. Recordemos que antes que director, James Cameron fue un especialista de dicho sector curtido en la “Escuela de Roger Corman”. Los efectos digitales se postulan como algo tan importante en esta producción que incluso la protagonista está modificada físicamente por estos. Aunque cabe resaltar que uno de los mayores descubrimientos del filme es Rosa Salazar, la actriz que encarna a Alita. Pese al miedo inicial, por parte de los “Fans”, de que su cara se modificara digitalmente para que su parecido con la Alita del “Anime/Manga” fuera más cercano, la joven intérprete realiza una increíble labor poniéndose en la piel de la “Cyborg” de misterioso pasado. Así como el personaje de las viñetas, Salazar es capaz de transmitir ternura, así como convencernos de la letalidad de su “Kung Fu”, aquí (y en el cómic) denominado como “Panzer Kunst”. A nosotros, como espectadores, tendrá la loable capacidad de convencernos plenamente y de emocionarnos tanto con el descubrimiento del sabor del chocolate como de que podamos sentir su odio ante detestables acciones cometidas por los villanos de la función. Se nota que los responsables de la cinta se han volcado en el desarrollo del personaje y de su “Background”.
Algo que desgraciadamente no ocurre con el resto de secundario, por cierto. La verdad es que Christoph Waltz es uno de esos actores que siempre están bien hagan lo que hagan. Incluso si se limitan a hacer el mismo papel (o muy parecido) siempre. Su rol como Ido, “Mentor” o “Padre adoptivo” de la joven Alita, cirujano solidario de día y cazador de noche, a la que acoge como si de su propia hija se tratase, enriquece aún más si cabe a la protagonista. Sin embargo, no pasa lo mismo con Chiren, exmujer en la ficción de Waltz e interpretada por la bellísima Jennifer Connelly. Sus intervenciones son prácticamente un calco de aquellos en el que el personaje aparecía en los OVA (de hecho, Chiren sólo hace aparición en esas noventeras, e hijas de su época, adaptaciones animadas del “Manga”). Siempre está convenientemente donde se le necesita y su intento de redención, al menos para un servidor, es poco creíble. Otros de los participantes del film tienen incluso menos suerte, como ocurre con Ed Skrein o un casi irreconocible Jackie Earle Hailey (Zapan y Grewishka respectivamente) cuyos papeles parecen sacados de algún tipo de plantilla estándar, de manual, para antagonistas. Demasiado genéricos. Pero la peor parte es para Keean Johnson, aquel que pone rostro a Hugo, el chico por el que Alita bebe los vientos y es capaz incluso de sacrificarse. Desconozco como Johnson acabó en la producción, pero es uno de los puntos más negativos de la misma. Pese a que la historia de amor entre la “Cyborg” y este ladrón de médulas espinales se toma ciertas licencias que la diferencian en pequeños, muy pequeños, aspectos respecto al cómic, la mala y poco creíble actuación del joven actor no acaba de convencer. Su trágico final es casi una alegría de no ser por el sufrimiento que causa a nuestra protagonista (con quien sí se es posible empatizar).
En definitiva, nos encontramos ante uno de los (seguro) mejores títulos que va a dar este año 2019 en el seno del cine de entretenimiento más comercial. Un entretenimiento magníficamente plasmado que no dejará indiferente y que no creo que pueda defraudar a los fans de la versión en papel. De hecho, el autor del “Manga” sólo ha tenido palabras de alabanza para este producto resultante del binomio James Cameron/Robert Rodríguez. Los seguidores del director mexicano darán cuenta de que aquí ya no es el “chico para todo” acostumbrado en sus cintas donde se encargaba también del guion, montaje, efectos o banda sonora al más puro estilo artesanal de otro grande, John Carpenter. Aquí su estilo está un tanto desdibujado y la influencia de James Cameron es más que patente. Pero eso no es malo, sino todo lo contrario. Pese a que el director de “Abierto hasta el amanecer” (From dusk till dawn, Robert Rodríguez, 1996) ha logrado contagiar de un puro aroma a “Serie B” a una producción que aspira a ser uno de los “Blockbusters” de este año, cierto es que parece haber estado atado en corto. Esto se nota sobre todo en la preminencia de los efectos especiales, el tono de la cinta y un uso de una violencia espectacular, pero un tanto blanca. No hay casquería a diferencia del “Manga”, por ejemplo. La profusión de tramas y la ambición a la hora de incorporar demasiados elementos del material original puede abstraer al espectador. Pero también hay que mencionar que están tan bien hilados y que la factura de su montaje otorga un frenético ritmo que provoca que las dos horas de metraje pasen en un suspiro. Un suspiro que además acaba en una especie de “Coitus Interruptus” que nos deja con la miel en los labios. Cierto es que esta historia de origen queda prácticamente atada, pero nos deja con la mirada de Alita puesta en el futuro, en la ciudad flotante de Zalem y en el malvado principal de la función, el Doctor Nova al que pone cara un Edward Norton sin acreditar y que sólo ha hecho acto de presencia en remoto controlando mentalmente a Grewishka y jefe de este, el mafioso local Vector (interpretado por un también desaprovechado Mahershala Ali). Todo ello con la expectativa de un futuro encuentro en ciernes. Algo que sólo ocurrirá si las cifras de taquilla acompañan. Aunque cabría señalar que las fechas de estreno del filme no han sido de lo más acertadas para un tipo de película al que las fechas estivales sientan mejor. La elección tal vez se haya visto influenciada porque este año otros pesos pesados tienen copadas las expectativas y el “Hype” del “Fandom”. De momento, “Alita. Ángel de Combate” (Alita: Battle Angel, Robert Rodíguez, 2019) nos deja con una sensación de “Obra inacabada” o de “Episodio piloto” que esperamos, al menos un servidor lo espera, que sus responsables pongan remedio pronto con prontas secuelas (de la teórica trilogía en la que consistirían las aventuras de Alita).

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Billy Bat vol. 1 (Naoki Usasawa)

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Titulo original: Birii Batto vol 1/ Guión: Naoki Urasawa, Takashi Nagasaki / Dibujo: Naoki Urasawa / Portada: Naoki Urasawa / Formato: Rústica / Páginas: 200 pags. / Editorial: Planeta Cómic / Precio: 1,95€. / ISBN: 978-84-16767-63-2


Kevin Yamagata es un dibujante de cómics de nacionalidad japonesa que trabaja en los Estados Unidos dibujando las aventuras de Billy Bat, un antropomórfico murciélago detective de gran popularidad, para la editorial Marble Comics en los años 40. Un día, un policía que estuvo destinado en Japón cuando formó parte del ejército, le comenta que su personaje se parece mucho, quizá demasiado, al protagonista de un manga que vio en el país nipón durante su estancia. Angustiado por haber podido plagiarlo, disfrutando del éxito en los EEUU, Kevin decide volver a su país natal para encontrar al autor del Billy Bat japonés y pedirle permiso para publicar su propia versión.


Mi primer contacto con Naoki Urasawa fue con el manga Monster, uno de los trabajos con el que su autor se convirtió en uno de los creadores de referencia con su publicación a principios de los dos mil. Monster es una historia ambientada en la década de los ochenta donde un neurocirujano, el doctor Kenzo Tenma, se ve envuelto en la investigación de un misterio que, poco a poco, se irá abigarrando a medida que se sucedan las más de 4.000 páginas que lo componen. Una obra, no sólo recomendable, sino que presentará muchos de los elementos que caracterizan el trabajo de este “mangaka” y que, por ello, es considerado por muchos aficionados como uno de los más interesantes creadores -si no un genio- dentro del panorama nipón “comiquero”. Y es que Urasawa no sólo es un maestro del misterio. Su habilidad a la hora de hilvanar una ingente sucesión de tramas trufadas de saltos en el tiempo y flashbacks, su perfecta construcción de personajes -personajes por lo que podemos llegar a sufrir por todas las vicisitudes que el autor pone en sus caminos-, sus magníficas ambientaciones en sus historias o su dominio de la narración gráfica y expresiones faciales convierten al autor nacido en Fuchu, Tokyo, en todo un maestro del thriller moderno. Si hubiera que ponerle un “pero”, éste sería su gusto por extenderse y crear series de una más que considerable “larga duración”.

Junto al guionista Takashi Nagasaki -quien ya colaborara con él en los, también muy recomendables, Pluto y Master Keaton-, Urasawa comenzó a serializar el cómic a tratar hoy, Billy Bat, en la revista Morning dedicada al Seinen de la editorial Kodansha a partir de octubre de 2008. En nuestro país, así como con otras obras del autor, la encargada de ofrecernos su trabajo traducido a nuestra lengua ha recaído en Planeta Cómic. En esta ocasión, Urasawa y Nagasaki nos ofrecen un relato de metaficción en el que, entre otras cosas, nos mostrarán algunos de los entresijos de la creación comiquera. Kevin Yamagata es un dibujante de cómics de nacionalidad japonesa que trabaja en los Estados Unidos dibujando las aventuras de Billy Bat, un antropomórfico murciélago detective de gran popularidad, para la editorial Marble Comics en los años 40. Tras aceptar un caso en el que tiene que investigar la infidelidad de la esposa de un viejo adinerado, el asesinato de éste lo meterá de lleno en el embrollo de una conspiración. En plena Edad de Oro de los Cómics, compitiendo directamente con los grandes del medio -se menciona que a la altura de la serie de Wonder Woman-, la publicación de Kevin disfruta de un gran éxito. Sin embargo, y por casualidad, el joven ilustrador será informado de que en Japón existe un personaje muy parecido. Angustiado por la vergüenza de haber plagiado, aunque involuntariamente, la idea de otro, Kevin decide volver a su país de origen con la intención de encontrarse con el autor con tal de pedirle permiso para dibujar su propia versión de Billy Bat. Él piensa que es probable que ya conociera ese cómic durante su infancia y que, al crearlo mucho tiempo después en otro lugar distinto, se viera influenciado por el mismo. Pero este no será el principal problema para Kevin, ya que una vez en Japón se verá inmiscuido en un turbio asunto mucho más grande de lo jamás hubiera imaginado que guardará semejanzas con las aventuras de su personaje de ficción.

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Con esta premisa podremos adivinar en primera instancia que uno de los puntos fuertes de Billy Bat, además de la acostumbrada y típica trama de misterio que su responsable irá intrincando con objeto de engancharnos sin ningún tipo de miramiento si no somos neófitos ante su trabajo, será su ambientación. Si con Monster el autor nos ubicaba en la Alemania de la década de los ochenta o con Pluto en una versión futurista del país germano, al transcurrir su Billy Bat en los años 40, Urasawa será capaz de retratarnos, con el detallismo -vital atención a los fondos y paisajes- al que nos tiene acostumbrados, la ciudad de Nueva York de esa época o la atmósfera de posguerra, tras la Segunda Guerra Mundial, en el País del Sol Naciente bajo la ocupación estadounidense tras los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki y su posterior rendición. Si el lector se enfrenta por vez primera a una de las creaciones de Urasawa y es consumidor habitual del manga más estándar, tal vez sufra un inicial rechazo ante su dibujo, tal vez un tanto diferente si lo comparamos con otras series que podamos encontrar en el mercado. Su estilo se aleja del que, de buenas a primeras, podamos identificar como representativo. Su confección de figuras e incluso su narrativa visual es muy distinta a la que podamos ver en otros “bestsellers” venidos de Japón. Pero sin duda alguna, el dibujo es uno de los grandes atractivos de la obra -o al menos, un servidor lo considera así-.

Si el lector es fan del trabajo de Urasawa, en este primer tomo de la serie Billy Bat notaremos algo inédito hasta el momento ya que la historia, como se ha comentado con anterioridad, se desarrolla a caballo entre los Estados Unidos y el Japón de mediados del siglo pasado. Ello permite al autor poder jugar con elementos de la cultura pop como el nombre de esa editorial que se asemeja (al menos fonéticamente) a la Marvel Comics, la Mujer Maravilla de la Distinguida Competencia, la cita directa de una de las obras (“La nueva isla del tesoro”) su idolatrado Ozamu Tezuka (mostrando incluso a un personaje muy parecido físicamente) o la recreación de la situación de su país. El hecho de contar una historia con un dibujante de cómics como protagonista, propiciará que Urasawa nos ofrezca “historietas” dentro de la historieta ofreciéndonos un completo ejercicio de metaficción, como antes he señalado, que parece -por el momento- convertirse en la columna vertebral de la historia. Y, por otro lado, y ya no nos parecerá tan raro si hemos leído más del creador de 20th Century Boys, en este tomo que abre la serie ya comenzaremos a vislumbrar lo que podemos considerar como “marca de la casa”, es decir, una trama que se irá volviendo más compleja y que no carecerá de sus tan característicos giros de guión.

En conclusión, y habiendo leído solamente el primer tomo de esta serie (ya finalizada y que consta de veinte entregas), Billy Bat es el ejemplo más claro de la aplicación, reiteración e intensidad de todos sus recursos. Vemos como aquí Naoki Urasawa tiene y hace uso de todos los ingredientes ya utilizados en obras anteriores en la construcción de un relato de misterio que promete tener en vilo al lector hasta la finalización del mismo. Los detractores del genial -para un servidor- “mangaka” suelen acusarlo de intrincar y alargar demasiado sus series con interminables giros en sus argumentos para acabar desembocando en un desangelado final. Ahora mismo, y con diecinueve tomos a falta de leer su conclusión, las expectativas están altas. Billy Bat promete y no sólo eso, sino que también engancha. ¿Acaso puede sorprendernos que lo haga?