Especial La Huella del Crimen – 1ª Temporada (Pedro Costa Muste, 1985)

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A modo de introducción: La huella del crimen” no sólo es una mera serie de televisión más producida por Televisión Española, sino que es una parte de la historia de nuestra nación, así como reza la magnífica carátula de la misma afirmando que “la historia de un país es también la historia de sus crímenes, de aquellos crímenes que dejaron huella”. Sin duda, una de las mejores “entradillas” de nuestra ficción televisiva. La serie no sólo fue un ejercicio de revisión por parte de su creador, el director y productor Pedro Costa Muste, sino la mejor forma de dar a conocer aquellos casos más escalofriantes de la crónica negra española. Costa no era ningún neófito en lo referente a la crónica de sucesos nacional ya que se había atareado en exceso en el tema de lo sanguinolento trabajando en la redacción del periódico El Caso, a finales de los sesenta, y en la revista Interviú desde su creación en 1977. En 1982 presentó el proyecto -sin duda, “La Huella del Crimen” era fruto de su pasión por el tema- y en 1985 se emitía su primer capítulo en la Primera Cadena de la Televisión pública española.

Estos crímenes, una selección de aquellos que conmocionaron a la sociedad en su época, fueron magníficamente recreados por parte de los responsables de esta colección de telefilmes de, en su mayoría, notable calidad. Por la pequeña pantalla de la catódica “caja tonta”, y a horarios de máxima audiencia -más si cabe en el seno de una parrilla televisiva muy distinta a la actual donde, con suerte, el televidente contaba con un anexo a los dos canales oficiales de ámbito nacional en forma de cadena autonómica-, se emitían semanalmente los trabajos de grandes directores, cuya firma Costa procuró hacerse al proponer dicho proyecto a los responsables de la televisión pública, y populares actores de la escena cinematográfica patria. A las órdenes de Costa, realizadores de prestigio como Vicente Aranda (El Lute: camina o revienta [Íd, Vicente Aranda, 1987], Amantes [Íd, Vicente Aranda, 1991] o Juana la Loca [Íd, Vicente Aranda, 2001]), Juan Antonio Bardem (Muerte de un ciclista [Íd, Juan Antonio Bardem, 1955] o Calle Mayor [Íd, Juan Antonio Bardem, 1956]), Pedro Olea (El maestro de esgrima [Íd, Pedro Olea, 1992]) o, además del propio Costa dirigiendo uno de los episodios, Ricardo Franco (La Buena Estrella [Íd, Ricardo Franco, 1997]). Muy a la zaga tenemos también a los grandes nombres de la escena interpretativa como los de Sancho Gracia, Terele Pávez, Carmen Maura, Juan Echanove, Victoria Abril, Fernando Guillén, Maribel Verdú, Fernando Guillén, José María Pou o Carlos Larrañaga entre una multitud de buenos y destacables profesionales.

La serie se consolida como un brutal retrato social de las épocas escogidas para la ocasión. Uno de los elementos a destacar de esta primera temporada, y podríamos extender al resto de posteriores entregas, es la nada disimulada intención crítica hacia la sociedad -pasada y coetánea a su emisión- española. Críticas, sobre todo -y en el momento que ya se podía gracias al paso del tiempo y al imperante gobierno socialista de la época- al pasado régimen franquista en prácticamente todas sus vertientes, pero dejando en evidencia las maneras y las formas de sus representantes de la autoridad, el estado de miedo generalizado en la población y los métodos de tortura con los cuales acababa confesando un crimen el menos pensado.

Cambiando de tercio, podríamos decir que, además de los actores de renombre para la ocasión, hay dos claros protagonistas en la serie: el primero, por supuesto, el crimen -siempre con los bajos instintos a flor de piel de sus autores- y el segundo, el garrote vil. Ya desde la carta de presentación que supone el primer episodio, “El caso de las envenenadas de Valencia”, seremos testigos de excepción de este medieval sistema con el que se aplicaba la pena capital desde 1820 hasta la abolición, en nuestro país, de la Pena de muerte gracias a la Constitución del 78. El garrote -aunque no será el método de ejecución y castigo exclusivo de la serie- será empleado como magnífico recurso dramático -y reivindicación crítica- en los desenlaces de ciertos capítulos. Algunos de ellos, los mejores como el mencionado de la envenenadora valenciana protagonizada por Terele Pávez, quien además tuvo que resolver la papeleta de interpretar a la última mujer ajusticiada de esta manera.  Como he comentado con anterioridad, la mayor parte de los crímenes son debidos a las bajas pasiones de sus protagonistas. Muchos de ellos recreados y llenos de licencias de sus responsables debido a lo insulso o tedioso del suceso real, más allá de los escalofriantes y morbosos crímenes. Además, a diferencia de los crímenes cinematográficos, al revisar uno por uno los casos reales aquí representados, es fácil dar cuenta de cuan “chapucero” puede ser el autor en un momento de enajenación debido al vil acto cometido. Por otra parte, añadir que el público de ese lejano ya año 1985 no debía estar acostumbrado a tal explícito espectáculo donde el sexo, la muerte y la sangre aparecían en pantalla. Incluso, en el episodio dirigido por Ricardo Franco, “El caso del cadáver descuartizado”, Televisión Española se vio en la obligación de incluir un rótulo de disculpas y advertencia para los televidentes más “sensibles” debido a la inclusión de una trama homosexual. Cuanto ha cambiado este país. Para mejor, añado.

Pese a las evidentes carencias presupuestarias -estamos hablando de una época donde la ficción televisiva estaba muy lejos de los estándares actuales-, el apartado técnico es impecable y las ambientaciones muy logradas -perdón del lapsus de aquel que provocara un error al incluir un micrófono de Antena 3, fundada en 1989, en “El caso del procurador enamorado”, ambientado a principios de la década de los 70-, además de las más que solventes actuaciones de los actores y labores de dirección. Se conoce que el presupuesto era limitado y que se tuvo que sacrificar rodar en 35mm, el formato de las grandes series del momento, por 16mm. Pero, pese a ello, tenemos un gran conjunto donde, sin duda, hay dos capítulos que brillan con luz propia sin desmerecer al resto. El primero ya lo he mencionado, “El caso de las envenenadas de Valencia”, y el segundo es el protagonizado por un Sancho Gracia en un estado de -y perdón por el mal chiste- gracia poniendo voz y cara a José María Jarabo Pérez-Morris, más conocido como Jarabo. En opinión de un servidor, el mejor de los capítulos de esta primera temporada de “la Huella del Crimen”. Solamente el carisma del sempiterno Curro Jiménez llena de luz la pantalla.

Este primer artículo puede hacer las veces de los capítulos de los que esta magnífica serie consta.

1.1. El caso de las envenenadas de Valencia

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Título original: El caso de las envenenadas de Valencia / Fecha de emisión: 12 de abril de 1985 / Director: Pedro Olea / Guión: Elena del Amo, Pedro Costa, Pedro Olea / Reparto: Terele Pávez, Estanis González, Sonsoles Benedicto, Alfredo Luchetti, Susana Canales

El episodio titulado “El caso de las envenenadas de Valencia”, dirigido por el director de origen vasco Pedro Olea, relata el caso real de Pilar Prades, la última mujer ajusticiada mediante la técnica del Garrote Vil en nuestro país la mañana del 19 de mayo de 1959. Se dice que el veneno es un arma de mujer. No requiere el uso de fuerza física, pero sí astucia. Es un método silencioso, sin violencia y, normalmente, tan indetectable que es capaz de dejar el crimen en la impunidad más absoluta. Venenos, los hay de efectividad inmediata y hay otros que ponen de manifiesto la paciencia del asesino. Es un arma que mata a traición y, en la mayoría de los casos, la víctima no puede defenderse ya que ignora de que la están asesinando. En el caso de Pilar Prades, parece que sus motivaciones iban a caballo entre la supervivencia dentro de un mundo laboral bastante duro y el despecho. Siendo su crimen, por un lado, la respuesta al rechazo por parte de aquel a quien la joven amaba y, por el otro, consecuencia de no sentirse apreciada por aquellos a los que servía.

Parece ser que Pilar Prades, una joven de unos 25 años cuando comenzaron sus crímenes, procedía de una familia humilde de una pequeña aldea de Castellón. Siendo adolescente partiría hacia Valencia con objeto de poder ganarse la vida -y enviar dinero a sus familias- sirviendo en casas de señores más pudientes como muchas otras niñas de aquella época en una España que comenzaba a dejar atrás la miseria de la posguerra, pero que seguía conteniendo a un gran número de familias con paupérrimos recursos. A su escasa cualificación académica, ya era tristemente habitual que niñas de su edad de similar proletaria procedencia no supieran un leer ni escribir, habría que añadir que físicamente no era muy agraciada. Cosa que parece que marcó su carácter, descrito como amargado y frío, y que le dificultó entablar relaciones de amistad sino también sentimentales. Carencias afectivas que pudieron ser el detonante de la macabra idea que la conduciría a acabar con la vida de Doña Adela Pascual y haber intoxicado a otras dos personas más. A una de ellas la llegó a dejar lisiada de por vida.

Prades comenzó envenenando la esposa de Don Enrique Villanova, propietario de una charcutería donde ella comenzó a servir allá por el año 1954. No sintiendo reconocimiento alguno por parte de sus jefes, ya que ella se encargaba de tareas más “desagradecidas” como fregar y barrer la tienda mientras que aspiraba a poder atender a los clientes tras el mostrador, como sí hacía la esposa del Señor Villanova. Pilar decidió quitar de en medio a la pobre mujer envenenándola poco a poco. Para ello echaba “mata ratas”, en primera instancia para luego perfeccionar su técnica con un insecticida para acabar con las hormigas de la marca “Diluvión” -debido a la dificultad de enmascarar el fuerte sabor del primero-, en desayunos, postres o infusiones. De esta forma, y con la Señora de la casa postrada en la cama hasta el momento de su fallecimiento, Pilar Prades pudo suplir las carencias afectivas que inconscientemente necesitaba. En el film de Pedro Olea, las aparentes motivaciones de Pilar, interpretada magníficamente por Teresa Pávez, parecen estar más cercanas a la usurpación de la identidad de la “Señora” que a la falta de cariño por parte de la asesina. El amor, o su desencanto, sí que parece ser el motivo principal del envenenamiento de Aurelia Paz, su única amiga en la ciudad y merecedora de las atenciones del chico, al que conocieron en una sala de fiestas, del que se habían enamorado las dos.

Alterada por la “traición” de su amiga, parece ser que Pilar Prades perdió el control. No sólo intentando envenenar a Aurelia sino también a su nueva jefa. Ello llevó a que fue apresada por las Fuerzas del Orden y, tras unos desgarradores e inhumanos interrogatorios de más de 38 horas de duración, la envenenadora de Valencia confesara sus crímenes y fuera sentenciada a muerte por Garrote Vil.  Este hecho es también importante, no sólo por ser la última fémina “ajusticiada” con semejante instrumento medieval, sino por el hecho de que su verdugo, el funcionario de turno que debía llevar a cabo su sentencia, se negó en rotundo a hacerlo. Dicen que tuvieron que emborracharlo para poder obligarlo. Antonio López Sierra, así es como se llamaba el último hombre que ostentó tal profesión en nuestro país, no quiso de ninguna manera ejecutar a una mujer. Una anécdota que inspiraría el film de Berlanga, El Verdugo (Íd, Luis García Berlanga, 1960).

1.2. El crimen del Capitán Sánchez

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Título original: El crimen del Capitán Sánchez / Fecha de emisión: 19 de abril de 1985 / Director: Vicente Aranda / Guión: Álvaro del Amo / Reparto: Victoria Abril, Fernando Guillén, Maribel Verdú, José Cerro, Francisco Portes, José Enrique Camacho, Conrado San Martín

El capítulo con título “El crimen del Capitán Sánchez” es un desgarrador relato en el que hacen acto de presencia los actos más deleznables que pueda cometer un ser humano. Este film dirigido por el prestigioso Vicente Aranda destila una insana atmósfera muy similar a la que posteriormente podríamos ver en una de sus películas conocidas, Amantes (Íd, Vicente Aranda, 1991). No en vano, la actriz Victoria Abril es protagonista tanto en dicho filme como en este episodio de “La huella del Crimen”. Incluso se puede afirmar que la actriz, junto a Maribel Verdú que aquí debuta, no es sólo una de sus fetiches sino también musa. Ambos colaboraron juntos en más producciones como las películas Si te dicen que caí (Íd, Vicente Aranda, 1989), Los jinetes del alba (Íd, Vicente Aranda, 1990) o el díptico dedicado al Lute, popular figura de nuestra historia criminal-. De hecho, Aranda nos dejó hace pocos años y la prensa recogió la emotiva despedida por parte de la actriz hacia quien consideraba su amigo.

El crimen del Capitán Sánchez” relata una historia de pasiones -sobre todo bajas pasiones- en el que incesto, la miseria y el asesinato son los principales protagonistas. Manuel Sánchez López, interpretado aquí por el actor Fernando Guillén -patriarca de una gran saga de actores-, era Capitán de la reserva del ejército allá por el año 1913. Considerado “Héroe de Guerra” -más por bien por una impulsiva tendencia suicida y temeridad que por valentía durante la denominada Guerra de Cuba de finales del s. XIX- protagonizaba sus horas más bajas. El Capitán Sánchez vivía -o subsistía, mejor dicho- gracias a los escasos recursos del estamento militar de los que podía apropiarse -prácticamente migajas recibidas gracias a su hoja de servicio- como una vivienda en el seno de la Escuela Superior de Guerra de Madrid -donde ejercía de ordenanza- bajo la que cobijaba a su extensa prole o las sobras procedentes de la cantina de la escuela con las que precariamente los alimentaba. Sánchez prostituía a su hija mayor, María Luisa, que era realmente la que sacaba adelante a su familia. Y no sólo eso, sino que desde la tierna edad de 10 años la forzaba a mantener relaciones sexuales con él -fruto de estas relaciones incestuosas, la niña quedó embarazada de dos niños que murieron a los pocos meses de edad-. Por otro lado, el Capitán tenía tendencias abiertamente violentas, no sólo con su hija y el resto de la familia, sino con sus propios compañeros en el ejército. Algo que agravaba más si cabe su condición de alcohólico y empedernido ludópata, siento esto último causante de que perdiera todo el dinero que cayera en sus manos.

Sin apenas dinero y recursos, Sánchez sobrevive con todo aquello que puede esquilmar a los clientes de su hija -si no lo acaba perdiendo en la mesa de juego-. Un día avista el peligro en el horizonte cuando Rodrigo García Jalón, miembro respetable de la sociedad, pudiente y adinerado, se encapricha de María Luisa. Prendado de la chica, le ofrece acogerla en su casa y, posteriormente, incluso proteger a sus hermanos. Sánchez, atónito, mata a Jalón de un martillazo en la cabeza -en el film se toma la licencia de que el arma homicida sea un hacha- en su propia casa a la que éste había acudido para afianzar el compromiso. La falta de premeditación de un crimen totalmente pasional, lleva a que el Capitán, no sólo intente salir del entuerto de la forma más “chapucera” posible -descuartizó el cadáver emparedando parte del mismo en un sótano, como podemos ver en el filme de Aranda, y la otra parte la intentó tirar por el váter, atacando las tuberías de la Escuela Superior de Guerra y necesitando de la ayuda de varios cadetes para resolver el entuerto-, sino que también intente incriminar a su propia hija. Entre los pocos objetos de valor que llevara la víctima encima en el momento de su muerte, se encontraba una ficha de casino -Jalón también era un apasionado del juego, pero con la suerte a su favor a diferencia de Sánchez- por el valor de 5.000 pesetas (una gran suma de dinero para la época). El frustrado intento de canje por dinero en efectivo, sumado a las investigaciones de dos miembros de la prensa que investigaron la repentina desaparición del asesinado, propiciaron que la Justicia apresara a padre e hija. Tras un largo juicio, que los medios de comunicación del momento convirtieron en una especie de “culebrón”, María Luisa sería condenada a veinte años en prisión -donde fallecería doce años más tarde- y su padre a ser ejecutado por un pelotón de fusilamiento.

1.3. El caso del procurador enamorado

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Título original: El caso del procurador enamorado / Fecha de emisión: 26 de abril de 1985 / Director: Pedro Costa / Guión: Pedro Costa, Manolo Marinero, Carlos Pérez Merinero / Reparto: Carlos Larrañaga, Ana Marzoa, José Rubio, Ángela Torres, Alfredo Mayo.

El caso del procurador enamorado” es el film dirigido por Pedro Costa, el creador de esta serie para Televisión Española. Costa cuenta que cuando concibió “La Huella del Crimen” su intención era la de contar la historia de la crónica negra de nuestro país -de ahí la voz en off introductoria de la magnífica cabecera de cada capítulo: “La historia de un país es también la historia de sus crímenes. De aquellos crímenes que dejan huella”-, pero haciendo una selección de entre todos aquellos que causaran sensación y revuelo en la sociedad sin que la espectacularidad de su violencia fuera el principal criterio a la hora de escogerlo. De hecho, quería que cada crimen correspondiera con una época, una década, distinta a las del resto. Para la confección de este capítulo, Costa tenía en mente un suceso totalmente distinto al que veremos finalmente. Durante sus años trabajando para la revista Interviú, el director escribió sobre una serie de artículos sobre crímenes y, de entre todos ellos, escogido uno, el del denominado “Asesino de Mitre”. Este situaba la acción en Barcelona y contaba la historia de un dependiente de una prestigiosa cadena de Grandes Almacenes que, debido a las estrictas normas en lo referente a la confraternización entre compañeros de trabajo, decide abandonar su puesto de trabajo para poder contraer matrimonio con la compañera con la que mantenía una relación sentimental. Su cambio laboral lo llevaría a la ruina y las deudas lo llevarían a asesinar a una anciana y a un niño y simular su posterior secuestro con el fin de obtener un dinero en concepto de rescate por parte de sus familias. Un relato, sin duda, estremecedor. Sin embargo, Esteban Romero Sánchez (el asesino de Mitre) se negó en rotundo a que su historia apareciera en la serie e, incluso, se amenazó con demandar a los responsables si este relato acababa viendo la luz.

Costa desistió de llevar a la pantalla dicha historia, pero sabía que tendría los mismos problemas si lo intentaba con otro suceso reciente de gran calado en la sociedad. De esta forma, “El caso del procurador enamorado” es una libre adaptación de un caso real que conmocionó a la nación en aquella década de los 70.  El famoso “Crimen de Velate” fue inicialmente enmascarado bajo un presunto ataque por parte de unos asaltantes en el Puerto de Velate (Navarra). Sin embargo, el hecho ocultaba algo más grave: el asesinato de Pilar Cano Peralta, perteneciente a una rica familia de Zaragoza, por encargo de su marido, exconcejal del ayuntamiento de la ciudad maña, Jaime Balet Herrero. Éste, enamorado de una de sus secretarias, Ana Alava, con la que mantenía una paralela relación sentimental, había intentado forzar la anulación de su matrimonio de las más diversas maneras -entre ellas, intentando el internamiento en un hospital psiquiátrico de su esposa- en un intento de esquivar la separación o el divorcio por miedo a la pérdida de su posición social y las devastadoras consecuencias sociales que ello conllevaría hacia su persona. Viéndose en un callejón sin salida, optó por contratar los servicios, vía un amigo íntimo suyo de nombre Juan Midón Leyva, de dos jóvenes alemanes -Hans Helmut Bacht y Peter Simeth- para que perpetraran el crimen. El plan consistía en simular un robo tras la salida del matrimonio de un Casino en Biarritz (Francia), donde Balet haría ostentación de haber ganado una increíble suma de dinero. Simulando cansancio, aparcaría su coche en el Puerto de Velta y los jóvenes les asaltarían. Se dice que ambos se ensañaron con la pobre mujer, dejando al marido con simples rasguños en su anatomía. Finalmente, y presa de los remordimientos, Balet acabaría confensando y tanto él como Juan Midón serían condenados a muerte. Sentencia que nunca llegó porque, con la muerte del Dictador de por medio, la Pena de Muerte se derogó en España y con ello sus condenas sufrieron variaciones varias.

Pedro Costa toma el esquema fundamental de esta historia para la confección de su capítulo curándose en salud en vista de futuribles quejas por parte de los afectados. Primer traslada la acción de Zaragoza a Salamanca, Balet aquí recibe el nombre Roberto Prieto -al que interpreta todo un galán del panorama cinematográfico y catódico español, Carlos Larrañaga- y, con la excepción de ligeras variaciones en su desarrollo-la amante es la profesora de su hija discapacitada, Larrañaga es congresista-, cuenta la historia del “Crimen de Velate”. Sin embargo, también se toma la molestia en variar el desenlace. Si en la vida real, el promotor del asesinato y sus socios son condenados por la justicia, en el episodio dirigido por Pedro Costa el destino final del personaje interpretado por Larrañaga es totalmente diferente.

1.4. Jarabo

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Título original: Jarabo / Fecha de emisión: 26 de abril de 1985 / Director: Juan Antonio Bardem / Guión: Juan Antonio Bardem, Alfredo Mañas / Reparto: Sancho Gracia, María José Alfonso, José Manuel Cervino, Miguel Palenzuela, Ricardo Palacios, María Jesús Hoyos

El cuarto episodio de la primera temporada de “La Huella del Crimen” está dedicado a una de las más populares figuras de la crónica negra española, José María Jarabo Pérez-Morris, conocido por las masas simplemente como Jarabo y famoso por haber perpetrado uno de los crímenes con el que el diario El Caso vendió casi medio millón de ejemplares -todo un récord para la prensa escrita- allá por el año 1958. Tanto la memoria colectiva como -en algunas ocasiones de forma errónea- los medios de comunicación tildan a Jarabo como a uno de los más sanguinarios asesinos en serie de nuestro país. Nada más lejos de la realidad, José María Jarabo era descendiente de una familia de alta cuna que hizo fortuna en las Américas y bien relacionada en la capital en aquella época -incluso uno de sus tíos formaba parte del Tribunal Supremo, Francisco Ruiz Jarabo, que posteriormente acabaría siendo Ministro de Justicia-. Un chico de buena familia y ex alumno del colegio del Pilar de Madrid -cantera de futuros ministros, directores generales y gentes influyentes- que, sin embargo, la mala fortuna y los excesos lo llevaron a una situación límite que, este dandi en horas bajas, decidió resolver de la manera más violenta.

Jarabo era un vividor, un “Viva la Virgen” como se suele decir coloquialmente. Juerguista, sus mayores aficiones eran beber, drogarse -ya fuera con cocaína o heroína- y frecuentar la compañía de prostitutas con las que compartir estos momentos lúdicos -de fiesta sin aparente final y frecuentando locales de dudosa moralidad- derrochando con ostentación de ello todo el capital del que pudiera disponer en ese momento. Se dice que vino de América con una fortuna -unos diez millones de pesetas que su madre le diera con fin de que se estableciera de forma seria en España- que dilapidó con sus vicios. Pero siempre con una sonrisa en la boca y con una envolvente personalidad capaz de convencer al más reacio a seguir sus correrías. Quien le conoció, afirmaba que este hombre alto y fuerte, con aires de galán, desprendía carisma por los cuatro costados. Sin embargo, en un momento de debilidad-y carencias económicas-, nuestro protagonista tomo ciertas decisiones que acabarían siendo el desencadenante de una trágica y macabra crónica.

El verano de 1957, Jarabo conoció a la mujer, Beryl Martin Jones, cuyo honor quiso posteriormente defender, que le llevaría a cometer un asesinato múltiple -algo a lo que la sociedad española de la época no estaba acostumbrada- y a su condena a muerte por Garrote Vil. Siendo el último reo en ser ajusticiado con tal sistema en la historia de nuestro país. El crimen que conmocionó a la España de los cincuenta vino provocado por el empeño de una sortija. Enamorado de Beryl, quien a su vez mantenía una relación con el dandi cometiendo adulterio, la necesidad de dinero los llevó a empeñar un anillo en una de las casas de empeño habituales para las clases de peor calaña llamada Jusfer, regentada por dos verdaderos “buitres” que se dedicaban a aprovecharse de este tipo de desgracias ajenas. Pasó el tiempo y la mujer volvió con su esposo. De forma periódica mantenían correspondencia postal y en una de esas cartas, ella le recordó el tema de la joya. Jarabo, cual D’Artagnan, quiso recuperarla, pero los usureros no se lo pusieron nada fácil. De esta forma, nuestro vividor protagonista, acabaría a tiros con la vida de ambos prestamistas, Félix López Robledo y Emilio Fernández Díaz, así como la de la esposa de este último, María de los Desamparados y su criada, Paulina Ramos Serrano.

Sin duda este es el episodio más popular -e incluso me atrevería a decir que el mejor- de esta primera temporada de la serie. Para su realización, tenemos a dos pesos pesados de nuestro panorama cinematográfico. Por un lado, al prestigioso director y guionista Juan Antonio Bardem, responsable de filmes tan importantes de la filmografía española como Muerte de un ciclista (Íd, Juan Antonio Bardem, 1955) o uno de los responsables también del libreto de la famosa Bienvenido Mr. Marshall (Íd, Luis García Berlanga, 1953) de Berlanga. Por el otro tenemos al sempiterno Curro Jiménez -personaje que marcaría su carrera-, el actor Sancho Gracia ofreciéndonos una magistral interpretación como José María Jarabo. El actor confiesa que ya antes de que Bardem le ofreciera dicho papel, ya conocía el caso y le fascinaba. Su construcción del personaje es simplemente soberbia en un capítulo que comienza con ciertos aires de documental -una voz en off ayuda a sostener esa idea pudiendo recordarnos al mismo tratamiento, salvando las distancias, visto en filmes como Miedo al anochecer (The Town That Dreaded Sundown, Charles B. Pierce, 1976) o la genial Atraco Perfecto (The Killing, Stanley Kubrick, 1956)- para continuar, con notable pulso narrativo, la recreación de ese fatídico fin de semana de julio de 1958.

1.5. El Crimen de la calle Fuencarral

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Título original: El Crimen de la calle Fuencarral / Fecha de emisión: 17 de mayo de 1985 / Director: Angelino Fons / Guión:  Carlos Pérez Merinero / Reparto: Carmen Maura, Rafael Alonso, Luis Escobar, Francisco Nieva, Antonio Medina, Pedro Beltrán

El denominado como “El Crimen de la calle Fuencarral” fue el primero de los crímenes que se hicieron populares ya en la España de 1888 y el causante de que, a partir de ese momento, todos los periódicos destinaran una columna o sección dedicada a tales sucesos. el asesinato de una viuda rica en pleno centro de la ciudad, doña Luciana Borcino, no sólo conmocionó a la sociedad madrileña de la época, y por extensión la española restante, sino que acabaría dividiéndola debido a ciertas connotaciones políticas y sociales que acabaría encerrando el asesinato de dicha dama de alta cuna. Un crimen que aparentemente quería solucionarse “cargándole el mochuelo” a una pobre criada, analfabeta y víctima de la sociedad, cuando -y gracias al sensacionalismo mediático de nueva ola del momento- parecía más evidente que la autoría del asesinato fuera por parte del hijo de la víctima, un niño mimado, golfo y vago, que no ocultaba su avidez por heredar la fortuna de su madre.

La noche del 1 de julio de 1888, una serie de alaridos despertaron a los vecinos de la madrileña calle de Fuencarral. Alguien pedía auxilio desde un balcón del que se avistaban largas llamaradas. En un primer instante, las gentes del edificio número 109 que acudieron a socorrer a las posibles damnificadas, se encontraron con el cadáver calcinado de doña Luciana yaciendo sobre la cama de su dormitorio. Acto seguido se percataron de que la pobre mujer había sido vilmente apuñalada y quemada con posterioridad -posiblemente con intención de enmascarar el crimen-. En una de las habitaciones contiguas, encontraron a la criada, Higinia Balaguer, que había comenzado su servicio en la casa tan sólo seis días antes. Esta se encontraba desmayada junto al perro de la viuda, un fiero perro de presa que atacaba sin pudor a todo aquel individuo que le resultara extraño. Evidentemente se la consideró como sospechosa del asesinato. Sin embargo, dichas sospechas se disiparon cuando se halló junto al cadáver de la viuda una camisa manchada de sangre con las iniciales de su hijo, J.V.V. José Vázquez Varela contaba en aquel entonces con 23 años de edad y era considerado como un verdadero golfo por parte de sus allegados. Sin oficio ni beneficio, el joven entraba y salía de presidio con frecuencia. Concretamente, la noche de autos teóricamente tras los barrotes de su celda, donde cumplía condena desde hacía tres meses por el robo de una capa. Luego se supo que el preso abandonaba a su antojo las instalaciones de la prisión, con la complicidad de su amigo, y director de la cárcel, José Millán Astray. A partir de ese momento, el caso se fue enrevesando debido a las contradictorias versiones -bastantes y faltantes a la verdad- que Higinia ofrecía al juez de instrucción del caso. La diversidad de testimonios por parte de la criada, sumada a las más que sospechosas actitudes y comportamientos de Millán Astray y Vázquez Varela, llevó a que finalmente todos se sentaran en el banquillo de los acusados. Paralelamente a todo lo que sucedía, la sociedad -ayudada por la prensa- se dividía entre los partidarios de Higinia y los de Varela, es decir, las clases menos pudientes contra la burguesía de la época. Los más humildes tomaban las calles con ánimo de defender a una posible víctima de los tejemanejes de los poderosos. Sin embargo, un giro de los acontecimientos llevó a que Higinia acabara auto inculpándose del delito y ejecuta por Garrote Vil.

En la confección de este capítulo, recaen las funciones de director del mismo al madrileño Angelino Fons, responsable de títulos de la filmografía de nuestro país como Fortunata y Jacinta (Íd, Angelino Fons, 1970), La Caza (Íd, Angelino Fons, 1966) o -me resulta imposible no nombrar- El Cid Cabreador (Íd, Angelino Fons, 1983). Varias cosas llaman la atención en este film de “La huella del crimen”, el más flojo de esta primera temporada. El primero de ellos es la propia naturaleza del episodio. Si hasta el momento, las entregas anteriores se centraban en mostrar explícitamente los crímenes relatados. Aquí, la acción se centra en las pesquisas del caso, ya que el propio devenir del mismo encerraba gran misterio. El segundo es su marcado carácter teatral. Algo que propicia perfectamente el tercer elemento a señalar que es el de su reparto. “El Crimen de la Calle Fuencarral” cuenta con el protagonismo de Carmen Maura, pero encontramos en su metraje a grandes figuras y actores -comúnmente denominados como- secundarios de lujo. Destacaremos los rostros, entre muchos -ya que nos encontramos ante el episodio con más variedad de escenarios y extras de esta primera temporada- de Pilar Bardem, Luis Ciges, Antonio Medina, Luis Escobar y Francisco Nieva. Estos dos últimos representarían el debate formado por el caso por parte de las clases más pudientes. Individuos que especulan con la conclusión del suceso, deseando la ejecución de sus responsables y mostrando la cara más oscura de la burguesía del momento, de moral conservadora, asidua a los excesos del alcohol, el juego y el frecuentar la compañía de señoritas que aceptan el trueque de dinero a cambio de sexo.

1.6. El caso del cadáver descuartizado

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Título original: El caso del cadáver descuartizado / Fecha de emisión: 24 de mayo de 1985 / Director: Ricardo Franco / Guión: Luis Ariño, Manolo Marinero / Reparto: Juan Echanove, José María Pou, Arnau Vilardebó, Joaquín Navascués, Tony Isbert

El caso del cadáver descuartizado” supone el colofón final de la primera temporada de la serie de Pedro Costa para Televisión española “La huella del crimen”. Este episodio relata, en forma de negra crónica, el popularmente llamado “Crimen de Ricardito”, un macabro asesinato pasional en el que se vieron involucrados tres hombres de orientación homosexual. Por otra parte, y como afirma Pedro Costa -y a semejanza el capítulo anterior-, volvemos a tener un crimen que enfrentaba a “pobres contra ricos”. En las pesquisas policiales por la muerte de la víctima, un tal Pablo Casado, se señaló a dos personas como principales sospechosos. Por un lado, un hombre de alta cuna, miembro de las clases más pudientes de la Barcelona de tiempos de la Expo Universal, José María Figueras y, por el otro, el criado de Casado, Ricardo Fernández Sánchez -al que coloquialmente le llamaban Ricardito.

A principios de mayo de 1929, en la madrileña Estación de Atocha, uno de los mozos que trabajaban en el almacén de las dependencias de la estación se dispuso a abrir paquetes y bultos, allí almacenados, que todavía no habían sido recogidos por sus destinatarios. Un gran cajón de madera, procedente de la capital catalana, llamó la atención de los operarios debido al fuerte olor que desprendía. Sorpresa mayor cuando éstos descubrieron su contenido. Dentro se encontraba el cadáver incompleto de un hombre adulto. Concretamente torso, manos y piernas, totalmente descuartizados, vestidos con ropajes de alta calidad, concretamente seda. Faltaba la cabeza, que se suponía haber sido separada del cuerpo con un serrucho. Dichos restos llevaban varios meses allí, en el almacén, y no se había descompuesto a la velocidad que debiera esperarse. Es por ello que la policía dedujo que se habían tratado con productos que ralentizaran la misma. Por otro lado, una cicatriz en el bajo vientre de la víctima propició la identificación y que se pudiera dar nombres y apellidos al cadáver. El cuerpo era el de Pablo Casado, un joven industrial barcelonés, habitual frecuentador de ambientes homosexuales, afincado en la Ciudad Condal con objeto de prosperar en los negocios. Como se ha comentado antes, los principales sospechosos fueron quien fuera su amante en aquellos momentos y su criado, siendo el primero sobre el que recayeron las principales sospechas debido a que Ricardito era aparentemente un alfeñique, bajito de estatura y cojo, y las autoridades no lo consideraron capaz físicamente de tal esfuerzo. Su posterior confesión del crimen, fruto de su amor por el muerto y los celos ante sus devaneos con otros hombres, sorprendió a propios y a extraños.

Para la dirección de este final de temporada, el director elegido fue Ricardo Franco, quien volvería a repetir en la segunda temporada de “La Huella del Crimen” y responsable de filmes como Pascual Duarte (Íd, Ricardo Franco, 1976) o, la multi premiada en la edición de los Goya de 1997, La Buena Estrella (Íd, Ricardo Franco, 1997). En este capítulo, Franco hace gala de su predilección por el dolor, el dolor del corazón -por llamarlo de alguna forma-, producido por el rechazo y el despecho. El director muestra aquí un triángulo amoroso en el que el partícipe no correspondido sufre los caprichos de aquel al que ama, y éste a sabiendas de ello, no ceja en su ánimo por denigrarlo. La acción corre paralela entre la investigación policial, comandada por el Comisario Roig de la policía de Barcelona -interpretado por un José María Pou en uno de esos papeles en el que ya le hemos podido ver con posterioridad y que parecen sentarle con anillo al dedo- y búsqueda de la noticia por parte de un joven y ambicioso periodista que ve, en el crimen del cuerpo descuartizado, su oportunidad para promocionar en el seno del periódico para el que trabaja y una forma de prosperar laboral y socialmente. A este personaje sin escrúpulos le da cara un joven Juan Echanove realizando un trabajo de lo más competente. Sus pesquisas darán la oportunidad al responsable del film de mostrar los ambientes gays de la época -retratados como felices locales donde sus visitantes se divertían y podían manifestar muestras de afecto sin temor alguno-, e incluso plantar alguna idea o debate acerca del tema -recordemos que, a diferencia de hoy, la homosexualidad era concebida de forma diferente en la década de los 80 y mucho más en los tiempos en los que se ambienta el relato. Un relato en el que Franco se toma la libertad de tomarse ciertas licencias frente a la crónica policial como es el del apellido de uno de los sospechosos, el origen de la cicatriz genital de la víctima o cómo Ricardito se auto inculpó como asesino haciendo muestra de su vigor al levantar un cajón de madera de unos 80 kilos.

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