Los Malditos (Jason Aaron, R.M.Guéra)

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Titulo original: The Goddamned / Guión: Jason Aaron / Dibujo: R. M. Guéra / Portada: R. M. Guéra. / Formato: Rústica / Páginas: 160 Págs. / Editorial: Planeta Cómic / Precio: 16,95 € / ISBN: 978-84-9146-784-7


1655 años después de la expulsión de los primeros hombres del paraíso, la humanidad está al borde de sufrir su primer Apocalipsis en forma de Diluvio Universal. El ser humano ha sucumbido a sus instintos más primarios y la tierra es un yermo baldío donde la crueldad y la depravación campa a sus anchas. En un mundo tan desprovisto de futuro, una figura solitaria y maldita, heredero de los primeros seres bendecidos por la mano de Dios, recorre sus parajes sin la mínima intención de que nadie se cruce en su camino. Y si alguien lo hace y es hostil a su persona, no será piedad lo que encuentre.


He de confesar que, pese a no profesar la fe, siempre me ha parecido muy interesante y edificante, la lectura del Antiguo Testamento. La considerada primera parte de la Biblia por el canon cristiano se compone de historias y relatos de tal intensidad capaces de hacer volar la imaginación de todo aquel que se preste. Desde la creación de todo y los albores de los tiempos, esta colección de pretéritos escritos nos relata, entre otras cosas, la osadía del hombre frente a la veneración de un Dios vengativo e inmisericorde al cual no le temblaba el pulso a la hora de imponer su palabra y su ley.

Pasajes como el de la construcción de la Torre de Babel, el largo vagar del éxodo judío, la devastadora y cruel destrucción de Sodoma o el destierro del Paraíso de la más personal obra de Dios -y por la cuenta que nos trae-, el hombre (una creación que incluso inspiraría una suerte de Guerra Civil entre sus huestes celestiales), poseen un atractivo nada fácil de esquivar para cualquier creador de ficciones que pueda sentir interés por ellos. De entre todas estas narraciones, siempre ha habido una que ha atraído a quien suscribe estas palabras -por un lado, al ya peinar ciertas canas y recibir una educación lejana a los laicos estándares actuales, la lectura de los Textos Sagrados formaba parte del día a día de mi centro escolar y, por el otro, con dicha historia solía ejemplificar Sor Clara, la vetusta monjita -con una mano muy larga y excesivamente veloz, me atrevo a añadir- que nos impartía la asignatura de religión, uno de los Pecados Capitales más extendidos en nuestra sociedad, es decir, La Envidia.

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Dice el libro del Génesis que Caín fue el primogénito de Adán y Eva fuera del Paraíso -del que fueron desterrados tras la consabida historia de la manzana y la serpiente con la que la monjita de mi colegio trataba que nosotros, unos imberbes chavalines, tratáramos de sentirnos mal-. Contándolo -como se suele decir- “Deprisa y mal”, Caín tuvo un hermano, Abel, y un día el Dios del Antiguo Testamento les pidió una ofrenda. Abel, al ser pastor, ofreció en su altar “Las primeras y mejores crías de sus ovejas”. Caín, por su parte, el fruto de la cosecha de los campos que él mismo – ¿decía? – labraba. La preferencia por la ofrenda de Abel por parte de Dios provocó el origen del capital pecado mencionado, el primer asesinato de la historia del hombre y la cólera de nuestro Creador -según La Biblia- hacia Caín. Éste fue maldecido y se vio obligado a vagar por la Tierra. No sólo eso, sino que con la intención de que nada pudiera interponerse ante su castigo, se le colocó una marca que lo hacía inmortal y cuya maldición caería sobre todo aquel que intentara atentar contra su vida. No me dirán ustedes que esta fábula no es un caldo de cultivo ideal con el que crear un interesante relato del tipo Espada y Brujería como los escritos por el magnífico Robert. E. Howard, por ejemplo. Tenemos un Anti-Héroe maldito y todo un mundo inhóspito y salvaje que explorar lleno de primigenios seres humanos adictos a pecar y bestias salvajes campando a sus anchas. ¿No es genial? Y es que siempre imaginé a Caín como si de una especie de “Conan, el Bárbaro” se tratase. Tal y como el Cimmerio en sus aventuras, Caín vagabundearía por un mundo parecido al de la Era Hiboria y se enfrentaría a mil y un peligros con los que poner a prueba de su condición de maldito. La vertiente más Pulp de la Biblia y al alcance de cualquiera. Hay veces que maldigo no tener ni un ápice del talento que tiene el guionista nacido en Jasper (Alabama), Jason Aaron.

Y es que el creador de Scalped nos ofrece eso mismo en su último trabajo, The Goddamned (traducido aquí como Los Malditos), que Planeta Cómic comienzó a publicar en nuestro país con su primer Trade paperback que alberga los primeros cinco números de la serie. Aaron sitúa la acción 1655 años tras la expulsión del Edén de los primeros seres humanos ofreciéndonos la visión de un mundo que se ha convertido en un infierno total. Los seres humanos son un experimento fallido y han sucumbido a sus instintos más primarios. Como decía el creador de Conan, Robert E. Howard, la humanidad dejará de lado la artificial civilización para virar a su estado natural, la barbarie. Y es ahí donde Jason Aaron nos abre la puerta para que nos sumerjamos en un paisaje totalmente Post-Apocalíptico y relatarnos su peculiar historia de Caín en clave de Western Crepuscular. En los momentos inmediatamente previos a la inminente purga, por parte de Dios, en forma de Diluvio Universal, el primero de los hijos de Adán y Eva caminará por su desolada realidad sin intención alguna de interactuar con sus semejantes, aquellos cuyos instintos de supervivencia los ha convertido en depredadores frente a los más débiles. Presentándonoslo como un personaje de misterioso pasado, parco en palabras y frío carácter (como si del Hombre sin nombre de los Spaghetti-Westerns de Sergio Leone o del Max Rockatansky de la tetralogía Mad Max: El guerrero de la carretera de George Miller se tratase), Caín acabará interponiéndose en el camino del malo de la función interpretado por Noé. Y no nos encontramos ante esa imagen bucólica de un señor que se dedicaba a construir un gigantesco navío -su famoso Arca- con el que poder salvaguardar una pareja de animales de cada especie de la Tierra sino ante una figura mucho más siniestra, mucho más oscura, depravada y cruel. Si Caín es el Max Rockatansky antes mencionado, Noé es sin duda el icónico Humungus de la segunda entrega de la saga de George Miller (Mad Max 2: El Guerrero de la Carretera [Mad Max: the road warrior, George Miller, 1981]) por el carácter nómada de su violento y peligroso clan.

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Jason Aaron no escatima en violencia, en salvajismo, a la hora de retratarnos a una humanidad en sus horas más bajas y a un “Anti-héroe” de vuelta de todo al que un pequeño “Incidente” hará cambiar -pero siempre con cautela- su parecer respecto a sus prójimos. A semejanza de sus homónimos cinematográficos antes citados, a Caín le moverá en primera instancia su propio interés personal para luego prender la pequeña chispa de esperanza hacia sus congéneres. ¿Serán estos dignos y merecedores del beneficio de la duda? Sólo la lectura de “Los Malditos” podrá satisfacer la curiosidad del lector. Si la trama del cómic me ha resultado apasionante y de grata lectura, lo mismo puedo decir de su apartado gráfico. El ilustrador de origen serbio Rajko Milošević, conocido popularmente como R. M. Guéra, que ya colaboró con anterioridad con Jason Aaron en la mencionada Scalped -otro Western de tono Noir de recomendada lectura-, ofrece aquí un soberbio trabajo a la hora de presentarnos el Post-Apocalíptico paisaje salido de la mente del guionista de Alabama. Sin duda su estilo feísta casa perfectamente con el tipo de relato que ambos nos ofrecen, a lo que hay que añadir la increíble labor a la paleta de colores de Giulia Brusco que, con el uso de áridas tonalidades, hacen más creíbles -si caben- estériles e infecundas tierras por las que campan sus personajes.

Ambos artistas cumplen con total solvencia mostrarnos la cruda crueldad de un mundo sin piedad que su guionista ha creado para la ocasión plasmando a la perfección la violencia y con una narrativa visual totalmente cinematográfica que convierte a este Los Malditos en uno de esos cómics que hay que tener en las estanterías de toda comicteca que se precie. En conclusión, increíble arranque de esta serie. Si se necesitaban razones para rendir culto a Jason Aaron y R. M. Guéra, puedo darles una en forma de tomo en rústica que recopila los primeros números de la colección. Seguro que, tras su lectura, más de uno mirará La Biblia con otros ojos.

Los Malditos Jason Aaron R. M. Guéra

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Juan Buscamares (Félix Vega)

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Titulo original: Juan Buscamares / Guión: Félix Vega / Dibujo: Félix Vega / Portada: Félix Vega / Formato: Cartoné / Páginas: 216 págs / Editorial: Planeta Cómic / Precio: 30€ / ISBN: 978-956-360-281-4


Juan recorre los largos e interminables desiertos en los que se ha convertido los océanos de antaño tras una apocalíptica hecatombe que ha reducido a la Humanidad a meros seres movidos por un instinto de supervivencia que ha sacado a flote la cara más primaria del ser humano. Un mundo lleno de podredumbre en el que la Ley del más fuerte campa a sus anchas. En su camino topará con Aleluyah, una atractiva mujer que ha sido utilizada como moneda de cambio sexual por parte de su familia para poder conseguir agua, el bien más preciado en el nuevo status quo de nuestro planeta. Será a partid de ese momento que Aleluyah abrirá los ojos a Juan ante un nueva espiritualidad que creerá que el es una especie de nuevo mesías, el Buscamares, aquel que encontrará de nuevos los mares.


La civilización, tal como la conocemos, ha llegado a su fin. Debido a una catástrofe, suponemos originada por el hombre, de graves connotaciones apocalípticas, el Mundo, nuestro planeta Tierra, se ha convertido en un inmenso y devastado yermo donde la falta de recursos ha sacado a la luz la cara más salvaje y repugnante de la civilización que poblaba en el pasado sus ciudades. Los mares se han convertido en inmensos desiertos donde los grandes y gloriosos buques que surcaban los océanos se amontonan junto a los restos de sus antaño moradores marinos. La búsqueda del bien más preciado, es decir, el agua, es la causa de que los instintos más primarios del Hombre agudicen su natural instinto de conservación. Como ya dijo Robert E. Howard -creador de Conan, el bárbaro-, “La barbarie es el estado natural de la humanidad”.

Juan, nuestro protagonista, recorre, sin rumbo fijo, los inmensos desiertos en busca del preciado líquido elemento. En su camino se encontrará con todo tipo de podredumbre humana a quien la necesidad ha llevado a la práctica de comportamientos realmente extremos. Los restos de la humanidad se reducen a pequeños grupúsculos de individuos que se debaten entre el militarismo sin contemplaciones ni piedad o el peligroso sectarismo que produce la religión. Una realidad que bien puede recordarnos, como principal referente, a la saga cinematográfica Mad Max. Sin embargo, a diferencia de la tetralogía ideada por el cineasta George Miller, aquí encontramos también un relato post-apocalíptico con tintes de ciencia ficción cargado de simbolismo religioso y referencias variadas al folclore del lugar de origen del autor, el chileno Félix Vega.

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Artista de larga trayectoria y proyección internacional, Félix Vega puede presumir de que el dibujo y la ilustración corren por sus venas. Hijo de la artista plástica Ana María Encina Lemarchand y el -también- historietista Oscar Vega (Oskar) -creador de Mampato, una de los cómics más populares de su país natal, Chile, y en el que se cuentan las aventuras de un niño que, tras ayudar a un alienígena a proteger su planeta natal, obtiene un cinturón espacio-temporal que le permite viajar por el tiempo y el espacio-, el joven Félix se inició en el mundo de las historietas a temprana edad con claras inquietudes referenciadas en el “Metal Hurlant” europeo y convirtiéndolas en influencias de cabecera de su trabajo. El paso de los años y la calidad de su obra, lo han convertido en un claro referente del noveno arte latino-americano. Ahora, la editorial Planeta Cómic recupera en un precioso tomo toda la saga de Juan Buscamares en una edición corregida a la que se han añadido páginas y extras. Publicada entre los años 1996 y 2003, la totalidad de la historia se compone de cuatro álbumes cuyos títulos -El agua, El aire, La tierra, El fuego- evocan al nombre de los elementos de la naturaleza.

Detrás, o delante, de cada héroe se hace casi indispensable que haya una (gran) mujer. En el caso de Juan Buscamares, la importante fémina será el personaje representado por Aleluyah. Ella es una atractiva mujer -siempre vestida de blanco para destacar su mensaje simbólico de presencia angelical para nuestro protagonista- que huye de su pasado. Una mujer dura, de encallecido carácter, cuya familia ha obrado cual proxeneta al prostituirla a cambio de agua. Dulce, sexy, pero también letal cual femme fatale. Aleluya supondrá la principal fuente de problemas para Juan, así como su tabla de salvación. Allanando el camino hacia el conocimiento por parte de Juan, a quien acaba considerándose como una especia de Mesías, de una nueva espiritualidad representada por un pequeño grupo de mutantes, la escala más baja en el nuevo estatus social, que cruzará su camino con ambos dos. En definitiva, Aleluya es también el componente erótico del relato. Su diseño, su forma de dibujarla, evidencia la influencia de Milo Manara en el trazo de Félix Vega. No en vano, Vega es una gran dibujante de mujeres e incluso sustituyó a Horacio Altuna -cuando no daba abasto- en la edición española de Playboy (un puesto para el que fue sugerido por otro grande, George Bess).

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No será sólo Milo Manara el único autor que podamos ver reflejado en la historia de Juan Buscamares. Otra influencia a destacar -y que viene como anillo al dedo a un relato de ciencia ficción tan imaginativo como loco/lisérgico ante el que nos encontramos- es la de Moebius. Y es que muchas de las viñetas de esta historia destilan el alma del genio francés fundador -entre otras muchas cosas- de Les Humanoïdes Associés, cuna del arte secuencial más experimental y la ciencia ficción más pasada de vueltas y más influyente del siglo pasado.

Juan, en su herrumbroso vehículo, vagabundea por un interminable desierto. Así es como se nos presenta ofreciéndonos una primera alusión al aviador protagonista de El Principito de Antoine de Saint-Exupéry. Personaje que aparece en repetidas ocasiones cuando nuestro protagonista sufre sus alucinaciones proféticas. Y si de profetas hablamos, la clara alusión al Bautismo de Cristo por parte de un personaje parecido al Juan Bautista remarca el simbolismo religioso del relato. Y es que a Juan (Buscamares) se le anuncia como aquel Elegido que traerá de vuelta los océanos. Todo ello sin dejar de lado el folclore del país del que procede el autor, Chile, con la inclusión de elementos de la tradición inca, entre ellos los Capac Cochas, unos niños que eran enterrados en las cimas de las montañas como ofrenda a los dioses al tiempo que se les consideraba “viajeros espacio/temporales”. Algo, esto último, que servidor emparentaría también con la obra del guionista/chamán -creador de El Incal, una obra clave del cómic- Alejandro Jodorowsky, curiosamente paisano de Félix Vega.

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Nos encontramos ante una obra en la cual podemos observar la evolución del artista. Es totalmente evidente el aspecto de obra primeriza que ofrece en sus primeros momentos y, a medida que avanza la historia, el estilo de su autor transmuta.  A medida que avanzan los álbumes -aquí los distintos capítulos- podemos apreciar, no sólo un cambio en el estilo del dibujo sino también en su paleta de colores. Comenzamos de una composición de página llena de viñetas al principio a una muy diferente en el último segmento. Incluso se hace patente como se va virando hacia la economía de palabras con la clara intención de que sea el dibujo el que marque el camino de la narración.

Como conclusión, Juan Buscamares tiene lo mejor de la sci-fi más experimental, más simbólica e incluso más lisérgica del estilo de los autores que publicasen en Metal Hurlant. Una historia curiosa a la par que apasionante, llena de detalles, símbolos y misterios además del atractivo que ofrecen este tipo de distopías post-apocalípticas. Sus personajes, bien construidos, nos ofrecen un viaje por a peor cara del Ser Humano, a la vez que tememos por su propio bienestar. Outsiders dentro de un caótico nuevo orden social donde prima la Ley del Más Fuerte. Todo ello aderezado con un impresionante arte en constante evolución en el que, el artista, refleja toda su “cómic-filia” y los artistas de los que ha bebido. Sin duda, la última recopilación de esta obra publicada por Planeta Cómic, un cómic que llevaba más de una década sin volver a editarse en nuestro país, es una gran oportunidad para descubrir y maravillarse con el increíble Universo de Juan Buscamares.

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We Stand on Guard (Brian K. Vaughan, Steve Skroce)

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Titulo original: We Stand on Guard / Guión: Brian K. Vaughan / Dibujo: Steve Skroce / Portada: Steve Skroce / Formato: Cartoné / Páginas: 200 pags / Editorial: Planeta Cómic / Precio: 17’95€ / ISBN: 978-84-16767-48-9


En un futuro no muy lejano, los Estados Unidos de América han invadido a su país vecino, Canadá, con la intención de hacerse con el control de sus recursos acuíferos debido al estado de sequía en el que se encuentra su país. En los territorios más al norte de Canadá un pequeño grupo de insurgentes pondrá las cosas difíciles al ejército americano enzarzándose en una batalla que tal vez no acabe con la ocupación, pero sí prenda la chispa necesaria para ganar la guerra.


Tras firmar varias obras, algunas de ellas nominadas y ganadoras de Premios Harvey y Eisner, tan conocidas y recomendables como “Y, el Último Hombre” para el sello Vertigo de DC Comics, “ExMachina” para Wildstorm o “Runaways” para Marvel Comics, el guionista nacido en la ciudad de Cleveland Brian K. Vaughan dejó en stand by su labor en el mundo de las viñetas para dedicarse en cuerpo y alma al medio televisivo formando parte del equipo de guionistas de la mítica “Lost” o siendo el ShowRunner de la serie de la CBS “Under the Dome” basada en el relato del “Maestro del Terror” Stephen King y bajo las órdenes del mismísimo Steven Spielberg.
Pese a que su trabajo para la pantalla pequeña no le dejaba tiempo físico para adquirir compromisos en el medio que le dio fama, sí que coqueteó con la autoedición digital con cómics como “The Private Eye” y “Frontier” junto con el dibujante español Marcos Martín. Todo ello justo antes de anunciar su vuelta al mundo del cómic desembarcando a lo grande con varios trabajos en Image Comics, baluarte del actual cómic independiente mainstream de calidad y donde los autores gozan de los derechos de sus obras. Será en la editorial dirigida por Eric Stephenson donde Vaughan de rienda suelta a su imaginación y a series que, según él mismo, llevaba desde su infancia imaginando y deseando ver materializadas. Entre ellas encontramos su épica epopeya espacial “Saga”, su obra más importante y personal del momento inspirada en su paternidad, y su “Paper Girls”, una fantasía con tintes ochenteros, viajes en el tiempo y mucho misterio. Junto a ellas la historia hoy a tratar: “We Stand on Guard”.
We Stand On Guard” es una miniserie de seis números que en nuestro país ha publicado la editorial Planeta Cómic, primero en formato popular, es decir, “grapa” y algo después recopilada en “cartoné”. Su trama nos lleva a un futuro distópico no muy lejano en el que los Estados Unidos de América deciden atacar y conquistar a su país vecino, Canadá. Tras un ataque sin previo aviso a la Casa Blanca por parte de la nación de la bandera de “la hoja de arce”, el ejército americano toma represalias rápidamente bombardeando sin piedad las principales ciudades canadienses, entre ellas Ottawa. Ahí mismo es donde Vaughan comienza su violento y explícito relato en el que dos niños, Amber y su hermano Tom, quedan huérfanos tras la muerte de sus padres a causa de las explosiones. Doce años después, Amber, cruza su camino con un pequeño grupo de insurgentes autodenominado “Pack 24” (como los de latas de cerveza), un mote que hace referencia a su estatus de civiles “metidos en el negocio de la guerra” y no soldados. Y es aquí donde encontramos dos de las características típicas de las historias de Brian K. Vaughan. Por un lado, tenemos el hecho de que nos plantee una historia sencilla, casi irreal (y desde el punto de vista de quien la lea, puede que incluso boba), que el guionista desarrolla con total naturalidad. Por el otro, sus protagonistas responden al mismo perfil, es decir, al de gente normal y corriente que se tropieza con una situación extraordinaria a la que tendrán que enfrentarse, muy a su pesar. Lo extraordinario irrumpe en lo cotidiano y ordinario. Es algo que han sufrido las protagonistas de “Paper girls” (unas chicas de suburbios que se ven en medio de lo que parece una invasión extra-terrestre), el alcalde Mitchel Hundred en “Exmachina” (un ingeniero que adquiere la capacidad de comunicarse con las máquinas tras la explosión de un extraño artefacto) o Yorick Brown, el último superviviente de una plaga que acaba con todo varón sobre la faz de la Tierra en “Y, el último hombre”. Una constante en la obra del guionista de Cleveland que aquí, en “We Stand on Guard”, será representada por un grupo de civiles, entre los cuales podemos encontrar a una ingeniera o a un cómico de color, que será la última línea de defensa de los territorios más al Norte de Canadá.

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El planteamiento bélico del relato, junto al grupo de guerrilla “amateur” que nos presenta Vaughan en “We Stand on Guard”, puede recordar al lector al film de principios de los ochenta “Amanecer Rojo” (Red Dawn, John Millius, 1984) donde los EEUU eran invadidos por un bloque soviético formado por Cuba y la URSS. La trama nos contaba como un pequeño grupo de adolescentes (con caras conocidas de la época como las de Patrick Swayze, Charlie Sheen, Lea Thompson, C. Thomas Howell y Jennifer Grey), se ven forzados a convertirse en la resistencia, aprendiendo prácticas de guerrilla atendiendo al nombre de los Wolverines. Una película que, por cierto, tuvo su remake en 2012 protagonizado por el “Hijo de Odín” Chris Hemsworth y cambiando la nacionalidad de los invasores de soviéticos a norcoreanos.
Como es habitual en el autor, encontramos aquí también cierto poso de crítica, en este caso a la política exterior de los USA. Aquí el país de las barras y las estrellas es descrito como el “malo” de la historia. Tras convertir su territorio en un árido yermo, los recursos acuíferos de la nación vecina serán codiciados y motivo de la invasión. Si cambiamos el “agua” por “petróleo” tenemos una más que creíble alegoría de la Guerra de Irak. Incluso la representante americana recuerda a la asesora de Seguridad Nacional y Secretaria de Estado de la “Administración Bush” Condoleezza Rice. Una mujer que hace uso de los más sofisticados métodos de tortura que protegen la integridad física del recluso, pero no la mental.
Aunque es cierto que Vaughan juega también con la ambigüedad y la “conspiranoia” intentando despistar al lector con teorías e hipótesis que apuntan a la posible autoría del conflicto por parte de Canadá o a un atentado perpetrado por los propios Estados Unidos con la clara intención de que éstos pudieran tener la excusa para responder violentamente y ocupar el país vecino. Ambigüedad que también encontramos en el tratamiento del “Pack 24”: ¿Defensores de la Libertad? ¿Terroristas? En cualquiera de los casos, gente capaz de traspasar dilemas morales como el hecho de ejecutar a un indefenso prisionero de guerra obviando las convenciones internacionales para ese tipo de situaciones. Aunque en realidad, el pequeño grupo es más un grupo de supervivientes que de soldados, a pesar de que intenten actuar como tales.

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We Stand on Guard” es una historia cerrada y relatada a un ritmo de infarto. La extensión de la misma no propicia el desarrollo de todos los personajes y quizá su pesimista final (aunque con un breve destello para la esperanza) pueda parecernos un tanto “atropellado”. El tono de Vaughan es de violenta crudeza y tiene algunos momentos y diálogos que puedan recordarnos a otros autores como Garth Ennis. Es muy chocante, en lo que a los personajes se refiere, la rápida “evolución” de algunos, como Amber, una chica que se nos presenta como tímida y asustadiza y que de repente se convierte en una intrépida líder experta en el uso de las armas. El hecho de que McFadden, la jefa del “Pack 24”, se desmorone tras la visión de un holograma de su fallecido padre tras sufrir torturas capaces de hacerla perder la cordura tampoco queda del todo creíble. En realidad, son pequeños “borrones” en una entretenida historia que, a ojos del que suscribe estas palabras, puede que necesitara de más páginas.
El apartado gráfico es sencillamente sensacional. El arte corre a cargo del dibujante Steve Skroce, quien, así como Vaughan, se distanció del medio del cómic para cobijarse bajo las órdenes de las Wachowski para elaborar storyboards y diseños para su “Matrix” (Íd, Lilly Wachowski, Lana Wachowski, 1999) y posteriores trabajos. Fue en 2015 cuando Skroce y Vaughan se conocieron en un pase de “El Destino de Júpiter” (Jupiter Ascending, Lilly Wachowski, Lana Wachowski, 2015) y se propusieron el trabajar juntos en su “vuelta al mundo de las viñetas”. Skroce hace gala aquí de un estilo visual que nada recuerda a sus tiempos en Marvel Comics dibujando colecciones como Amazing Spiderman o Lobezno. Realista e increíblemente detallista, más emparentado al tipo de ilustraciones de su colega Geoff Darrow con la creación de impresionantes fantasías mecánicas y armamentos tecnológicos imposibles además de hacer uso de una narrativa visual muy fluida. Si a ello le sumamos el color aplicado de forma excepcional por Matt Hollingsworth, tenemos un aspecto visual que es prácticamente el fuerte de este “We Stand on Guard”.
En conclusión, nos encontramos ante un cómic que va de más a menos, pero sin dejar de ser una buena historia. Quizá no sea el mejor trabajo de Brian K. Vaughan aunque no por ello dejamos de recomendar su lectura. Una historia que parte de una premisa sencilla que destila crudeza por los cuatro costados. Todo ello acompañado de un arte de increíble factura. Esta recopilación en “cartoné” por parte de Planeta Cómic es la oportunidad ideal para hacerse con ella.

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Alien vs Depredador: Fuego y Piedra (Christopher Sebela, Ariel Olivetti)

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Titulo original: Alien vs Predator: Fire and Stone / Guión: Christopher Sebela / Dibujo: Ariel Olivetti / Portada: E. M. Gist / Formato: Cartoné / Páginas: 104 pags / Editorial: Norma Editorial /Precio: 16,00€ / ISBN: 978-84-679-2763-4


A modo de prólogo: El evento “Fuego y Piedra” supuso un gran crossover editorial en el que se cruzaban los destinos de xenomorfosYautjas y humanos en una suerte de secuela no oficial de la película “Prometheus” (Íd, Ridley Scott, 2012) que publicó “Dark Horse Comics” en el transcurso de 2014 en cuatro sendas miniseries (una de “Aliens“, una de “AvP“, una de la recién inaugurada línea “Prometheus” y otra de “Predator“). Todos las tramas se integraban en una misma historia, pero desde cuatro puntos de vista distintos. En nuestro país, todas las miniseries (más especial en forma de epílogo) han sido publicadas por “Norma Editorial” durante el pasado año 2017 en cuatro tomos cartoné.

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Galgo Helder, primer oficial de seguridad de la astronave “Gerion”, ha abandonado a su suerte a sus compañeros en la luna “LV-223”, la cual se encuentra a merced de una letal especie alienígena “xenomorfa”. Huyendo en la nave de patrulla “Perses”, pone rumbo hacia la “Gerion” sin saber que a bordo han logrado subir el sintético Elden, el cual ha sido contaminado por un misterioso líquido negro encontrado en el satélite, al cual acompañan varios especímenes de los “aliens”, los seres han acabad con la vida muchos de sus amigos. Paralelamente, un grupo de peligrosos “Yautjas” pone rumbo hacia su posición con objeto de hacerse con un trofeo digno de sus habilidades de caza.


La tercera miniserie del evento “Fuego y Piedra” retoma la acción de la miniserie “Prometheus: Fuego y Piedra” incorporando además a los populares “Yautjas” salidos del seminal film de John McTiernan, “Depredador” (Predator, John McTiernan, 1987) en un intento de enriquecer y cohesionar este gran universo de ficción compartido. “AvP” no es sólo la unión de las dos franquicias “Comiqueras”, “Alien” y “Depredador”, que “Dark Horse Comics” lleva ya la friolera de más de veinticinco años publicando, sino que es la viva imagen del sueño de cualquier aficionado a las historias de estos hostiles alienígenas. Cruzar las aventuras y desventuras de estas dos especies venidas del espacio exterior es uno de los mejores aciertos de la editorial del “Caballo Oscuro” (punto y aparte merecería comentar la calidad de los productos ya que difieren mucho entre ellos). Este “invento” -ni original, ni moderno, pero sí efectivo- comenzó en el mundo de las viñetas, pero pronto traspasó otros medios como los videojuegos o el cine (con resultados más que diversos). En la colección que hoy tratamos aquí, la enmarcada en “Fuego y Piedra”, sus responsables van un paso más allá en una historia que a priori podría parecer otra vuelta de tuerca más al sempiterno enfrentamiento entre “Predators” y “xenomorfos”. En este cómic, escrito por Christopher Sebela y dibujado por Ariel Olivetti, otro participante se incorporará al juego. Podríamos simplificar diciendo que nos encontraríamos ante un “Alien versus Predator versus Engineers”. Sin embargo, el “Ingeniero” que encontramos en sus páginas no es como el visto en el film “Prometheus” (Íd, Ridley Scott, 2012) o en la primera miniserie del crossover ya que es una especie de híbrido. Tal vez tendríamos que concretar y afirmar que sería un enfrentamiento a tres bandas entre “Aliens”, “Depredarores” y las consecuencias de la experimentación con el “Limo negro”, ese misterioso líquido oscuro que tantos estragos genéticos provoca.

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Durante el transcurso del segmento dedicado a “Prometheus” pudimos ser testigos de excepción de hechos que, dentro del desarrollo de la trama principal, parecían acababan como cabos sueltos de la misma. En los que respecta al primero de ellos, la historia guionizada por Paul Tobin relataba como uno de los tripulantes de la “Gerión”, el astro-biólogo Francis Lane, traicionaba la confianza de Elden, el miembro sintético de la nave. Aquejado de una mortal enfermedad, el científico, en una desesperada búsqueda de una cura, inyectaba el misterioso “Limo negro” que encontraba en la luna “LV-223”. Como consecuencia de ello, Elden comenzó a mutar es una especie de ser muy parecido a los seres denominados “Ingenieros” y, curiosamente, lograba mantener una especie de vínculo con los “xenomorfos” que también se encontraban en el satélite. El segundo de los acontecimientos que dejaba en “ascuas” al lector era el hecho de que Galgo, el jefe de seguridad del grupo, abandonaba a su suerte al resto de sus compañeros en el mismo momento que se hacía con los mandos de la “Perses”, una pequeña nave de patrulla con la que lograban escapar y ponerse rumbo a la “Gerion” donde poder estar a salvo. Lo que Galgo no sabía es que Elden había logrado entrar en la astronave acompañado de varios “Aliens” con objeto de enfrentarse cara a cara con Francis, quien se encontraba preso en el interior de la misma. Todo ello, que daría para poder contar una historia, acaba intrincándose más cuando una partida de caza de “Yautjas”, la cual se encuentra inmersa en uno de sus ancestrales rituales en un sistema solar vecino, decide interceptar la astronave en un, suponemos, intento de dar con un rival (o una presa) digno de sus talentos.
Mientras uno va pasando las páginas de este “AvP: Fuego y Piedra”, es difícil no encontrar ciertos paralelismos entre la historia de Elden, el ser sintético que no para de mutar -o evolucionar- debido a que el interior de su organismo lo recorre el peligroso “Limo negro” mencionado, y el protagonista de la considerada como primera novela de la ciencia ficción. Me refiero al famoso monstruo creado por el Doctor Frankenstein en la novela “Frankenstein o el moderno Prometeo” de la escritora Mary Shelley. Al igual que la espantosa criatura construida a partir de retales humanos procedentes de cuerpos sin vida, Elden busca a su creador, Francis. Así como en la novela, el responsable del actual estado del “sintético” rehúye de su creación auto eximiéndose de la responsabilidad de sus actos. Elden no cejará en su persecución y búsqueda de respuestas. Sin embargo, los caminos del “Limo negro” son inescrutables. El androide no sólo será “víctima” de las alteraciones provocadas por la oscuro y letal elemento, sino que lo convertirá en una especie de “bomba biológica” capaz de “contaminar” a todo aquel que, por diversas circunstancias, vea expuesto su organismo a tal material genético. Como decía el Mayor Dutch, “si sangra, se le puede matar”. Un servidor añadiría que “si sangra, se le puede contagiar”. Con un simple mordisco por parte de Elden, cualquiera de los implicados en la historia es capaz de convertirse en un ser que podría haber salido del universo “Cronenberiano” de la “Nueva Carne”. Ello derivará a que la trama vire a unos niveles de “Bizarrismo” exacerbado -algo que el dibujo de Ariel Olivetti refuerza perfectamente- convirtiendo esta miniserie en un choque de monstruos al más puro estilo de las historias de uno de los personajes emblema de la línea “Vertigo” de “DC Comics”, “La Cosa del Pantano” (o “The Swamp Thing”).

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Más que un choque entre los “Predators” y los “Aliens” nos encontramos ante la persecución -y correspondiente huida- por parte de dos de los personajes principales de la primera miniserie dedicada a “Prometheus”. Esa subtrama que protagonizaban ambos sigue en esta parte del crossover. Nuestros letales alienígenas predilectos se encuentran en medio para asegurar las altas dosis de acción que todo aficionado que se precie demandará en un producto de tales características. Los responsables de la historia se encargan de siembren la muerte y el caos allá por donde pasen. Pero puede que precisamente sea ese el punto más negativo del relato. Daría igual que se prescindiera tanto de “Yautjas” como de “xenomorfos” ya que apenas aportan nada importante al conjunto de la historia. Es cierto que dan pie a la creación de situaciones llenas de acción física y choque de titanes, pero sería lo mismo si los monstruos fueran otros. No con ello quiero decir que sobren, pero sí que no son estrictamente imprescindibles. De hecho, hay momentos que tal número de participantes en la trama puede dar pie a confusiones, pese a que su responsable intenta por todos los medios acotar perfectamente la acción a cada uno de los personajes que participan de la historia. Por otro lado, se dejará abierta una subtrama que conectará con el siguiente capítulo, el dedicado a “depredador” en solitario.
El guion de Sebela no deja de ser entretenido, trepidante y repleto de acción. Es incluso menos ambicioso que el de Paul Tobin en “Prometheus: Fuego y Piedra” al no querer abarcar gran cantidad de personajes -poniendo, literalmente, “a dormir” a algunos de ellos ya que poco podrían aportar a la trama salvo su condición de “carne de cañón”-, pero tanto la inclusión de los “Yautjas” y los “xenomorfos” -es de suponer que contractualmente ya que el título de la obra lleva sus nombres en la portada- sí crea situaciones de relativa confusión. El apartado artístico por parte del argentino Ariel Olivetti es de gran empaque y espectacular. Sin embargo, todo lo que tiene de atractivo, lo tiene de estático. Olivetti es un gran ilustrador y su calidad salta a la vista, pero sus dotes para la narrativa visual son otro cantar. Un cómic en el que la acción está tan presente y muchas páginas nos muestran a dos o más personajes monstruosos intercambiando golpes no puede pecar en ese apartado. No es algo que sea continuo, ya que encontramos algunos momentos más acertados que otros, pero los más negativos enturbian un poco el resultado final. Un resultado más que notable, pero que se rayaría la excelencia si su arte secuencial fuera más fluido. En las cubiertas no repite el espectacular David Palumbo -del cual encontrábamos su arte en las portadas de las miniseries dedicadas a “Prometheus” y “Aliens”-, encargándose de ellas el artista E. M. Gist realizando un trabajo poco menos que magnífico. En general, las portadas de todas las series del crossover de “Dark Horse Comics” son soberbias.

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En definitiva, un entretenido tercer capítulo de este nuevo intento de devolver la grandeza al Universo compartido por “Aliens” y “Depredadores”, al cual se suma también la mitología de “Prometheus”, por parte de la editorial del “Caballo Oscuro”. Un equipo creativo de lujo que nos ofrece un relato con plenas reminiscencias al “Frankenstein” de Mary Shelley -al menos, en mi opinión- en el que los dos protagonistas del mismo, un monstruo y su creador, se ven envueltos por la violencia de las hostiles criaturas que tantos buenos ratos nos han hecho pasar. Sin duda, uno de las mejores miniseries del evento “Fuego y Piedra”.

 

Drácula de Bram Stoker (Roy Thomas, Mike Mignola)

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Titulo original: Bram Stoker’s Dracula / Guión: Roy Thomas / Dibujo: Mike Mignola / Portada: Mike Mignola / Formato: Cartoné / Páginas: 136 pags. / Editorial: Norma Editorial / Precio: 24,95€. / ISBN: 978-84-679-3456-4


Jonathan Harker es un joven abogado que viaja a un castillo perdido en el este de Europa, invitado por el misterioso Conde Drácula. Una vez en su castillo descubrirá que la más pura maldad se esconde tras el conde. Inspirado por una fotografía de la prometida de Harker, Mina, Drácula viaja a Londres en busca de la mujer a la que siempre amó. El profesor Van Helsing y un grupo de valientes tratará de detener al maligno vampiro, antes de que su sed de sangre devaste la metrópoli inglesa.


Drácula de Bram Stoker es el libro que cambió mi vida. Tenía trece años cuando lo descubrí. Es este título el que me hizo descubrir este mundo sobrenatural y fantástico del que estoy apasionadamente enamorado. Este es el trabajo que más influencia ha tenido en el artista que soy hoy” (Mike Mignola) [1].

El vampiro es una figura habitual dentro del folclore y la superstición, sobre todo europea, que se ha transmitido durante generaciones a través de creencias populares e incluso podemos encontrarlo dentro del panteón mitológico de ciertas civilizaciones. Independientemente de los diferentes orígenes y atributos que se le confieran, prácticamente todas las culturas coinciden en el hecho de que se trata de una criatura que se sustenta de la esencia vital de otros seres vivos. Entendiendo esa esencia vital como la sangre de sus víctimas en la mayoría de las versiones más extendidas. El más famoso de los vampiros de nuestra historia moderna es, sin lugar a dudas, el que popularizó, a finales del siglo XIX, la novela “Drácula” (1897) del escritor Bram Stoker. El autor irlandés tomó prestado el mito vampírico para cambiar radicalmente la manera de crear historias de monstruos y de seres terroríficos con un relato epistolar en el que el terror era el principal Leitmotiv, pero en el que se trataban también otros temas tabúes en su época como la sexualidad, el papel de la mujer en la sociedad, la inmigración o el colonialismo. Integrado todo ello dentro de una trama donde folclore y modernidad iban cogidas de la mano. Inspirándose en antiguas leyendas, Stoker nos presentó una nueva forma de ver la perenne lucha entre el bien y el mal y, a su vez, introdujo a uno de los símbolos del mal puro, a un ser con plena voluntad maligna de destruir el plano existencial colectivo, que no carece de atractivo alguno y que, por supuesto, trascendió al propio medio literario. El Conde Drácula no es solamente uno de los personajes más famosos de la cultura popular, sino que su capacidad de atracción y captación de adeptos no tiene parangón. La novela de Stoker, además de ser un libro que no ha dejado de publicarse nunca desde su aparición, convertido ya en todo un clásico por méritos propios, ha sido la materia prima de muchísimas adaptaciones del personaje en los medios más diversos. Siendo el denominado como Séptimo Arte el más prolífico de ellos. El Conde ha protagonizado multitud de filmes y difícil es, por no decir imposible, desligar los rostros de grandes del celuloide a su figura. Ocurre tanto con el del mítico Bela Lugosi o el del inconmensurable Christopher Lee. Pese a que muchos otros han dado cara a Drácula, complicado se presta no identificar a los mencionados dentro del imaginario colectivo creado alrededor de la figura del no-muerto transilvano más celebérrimo de todos los tiempos.

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Dejando a un lado su participación dentro del ciclo de los Monstruos Clásicos de la Universal o su saga en el seno de la Hammer Films, exponentes más conocidos de la figura cinematográfica de nuestro protagonista, el Conde Drácula ha sido una de las figuras fundamentales del género de terror. Sin embargo, tal vez debido a la idiosincrasia propia de un relato narrado con estructura epistolar, muchas de estas cintas se han centrado en narrar nuevas andanzas del vampiro, adaptaciones más libres, en lugar de ceñirse encorsetadamente al material original. Al Conde lo hemos podido ver en las más diversas épocas y situaciones, pero adaptando de forma fiel (o más o menos de manera fidedigna) la novela que lo vio nacer podemos nombrar tal vez un puñado de ellas. Una de las más importantes dentro de la historia del llamado Séptimo Arte ni siquiera es una versión oficial. Me refiero, por supuesto, al expresionista film de F. W. Murnau “Nosferatu” (Nosferatu, Eine Symphonie des Grauens, 1921). Aquí, el actor Max Schreck (que, así como Lugosi también es recordado solamente por este papel) encarnaba al vampírico Conde Orlock [2]. Algo más reciente sería el caso de la adaptación de la popular novela por parte del oscarizado Francis Ford Coppola. El realizador norteamericano nacido en Detroit, responsable de clásicos del cine como “El Padrino” (The Godfather, 1972), fue el encargado de dirigir la que se suele considerar como una de las adaptaciones más fieles al relato de Stoker. Aunque también es cierto que su cinta responde a una visión personal por parte del cineasta predominando más sus aspectos románticos que los terroríficos. La versión de Coppola, a su vez, ofreció también la cara de otro actor, la del británico Gary Oldman, que se suele identificar intensamente con el personaje. En el año 1992 llegaba a los cines “Drácula de Bram Stoker” (Bram Stoker’s Dracula, Francis Ford Coppola, 1992) cosechando grandes éxitos de crítica y público. Una versión con ciertas pretensiones arty a la hora de tratar a un icono al que se había relegado al territorio de la Serie B y al cine menos respetado por parte del sector más gafapasta. La cinta de Coppola se alejaba, así pues, de la estética y del tono de acercamientos precedentes a la figura del aristocrático vampiro convirtiéndola en una pudiente producción en la que, como decía el entrañable Richard Attenborough en “Parque Jurásico” (Jurassic Park, Steven Spielberg, 1993), no se reparó en gastos. Aparte de un atractivo reparto, de una gran labor en su fotografía, de una increíble banda sonora, de su espectacular puesta en escena y de su impresionante diseño de producción, el director de “Apocalipsis Now” (Apocalypse Now, 1979) realizó una notable labor de pre-producción y planificación previa apoyándose en la elaboración de detalladísimos story boards. Acreditado para tal labor encontramos a uno de esos sospechosos habituales y figura reconocidísima en el sector del cómic, en su primera incursión en el mundillo del cine. Estoy hablando de Mike Mignola.

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Hablar de Mike Mignola es hablar de uno de los grandes pilares del cómic estadounidense actual con casi cuarenta años de carrera en el sector a cuestas. Tras trabajar en el mainstream de los súper héroes para las grandes editoriales del sector, “Marvel Comics” y “DC Comics“, el californiano se consolidó como un auténtico maestro del terror gótico gracias a su creación más famosa: Hellboy. Desde que lo presentara en sociedad durante la primera mitad de la década de los noventa con la publicación de su miniserie de debut para el subsello “Legends“, “Semilla de Destrucción”, el diablo rojo ha afianzado la figura de un prolífico creador de todo un cosmos de fantasía con claras reminiscencias lovecranianas y al que más de veinticinco años lo avalan como auténtica punta de lanza de la editorial norteamericana “Dark Horse Comics”. La casa del “Caballo Oscuro” alberga además todo el universo salido de la imaginación del autor, cimentado alrededor de la figura del ser también conocido como Anung-Un-Rama, en el que su historia no sólo se ha desarrollado en una sucesión de miniseries y relatos, sino que se ha expandido en otras muchas publicaciones, spin offs de la serie madre. Títulos tan recomendables como “A.I.D.P.” (centrada en la ficticia Agencia para la Investigación y Defensa Paranormal en la cual Hellboy militaba), “Abe Sapien” (donde se narran las aventuras en solitario de Abraham Sapien, un ser acuático y compañero de fatigas de Rojo) o “Bogavante Johnson” (un enigmático detective aventurero en tiempos de la II Guerra Mundial) entre otros productos de un particular mundo de ficción donde se combina de una forma muy atractiva elementos como el terror cósmico de H. P. Lovecraft, el folclore, el horror sobrenatural, las Monster movies de serie B y el Pulp más desenfadado de escritores como Edgar Rice Burroughs. Mignola ha sabido levantar su propio imperio dentro del sector, pero en lo que respecta al tema que hoy tratamos, tenemos que remontarnos dos años antes de la primera aparición de su “chico del infierno” cuando Mignola tuvo la oportunidad de poner su granito de arena en la producción del Drácula de Francis Ford Coppola y consiguientemente encargarse de la adaptación a las viñetas del film del director de “Cotton Club” (Íd, 1984). Para realizar tal labor, unió esfuerzos con otra figura importantísima del Noveno Arte americano, Roy Thomas.

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Thomas es una auténtica leyenda viva dentro de la Industria del cómic. Resumir su trayectoria editorial es una tarea harto complicada ya que, desde que se hiciera cargo como guionista de la mítica serie “Sgt. Fury and his Howling Commandos“, hablamos no solamente del primer aficionado al medio que logró (y abrió camino a muchos como él) consolidarse como verdadero autor, sino también de aquel que tomara el relevo al recientemente fallecido Stan (The Man) Lee al frente de “Marvel Comics“. Siendo responsable de grandes historias que han maravillado al “fandom” protagonizadas, por ejemplo, por los ahora más de moda que nunca “Héroes más poderosos de la Tierra“, los Vengadores (como la popular “Guerra Kree Skrull“), o por Los Cuatro Fantásticos o nuestro amigo y vecino Spiderman, Thomas es responsable de la creación de títulos míticos de la editorial como “Los Defensores” entre muchos otros logros para el recuerdo y regocijo de muchos de nosotros. Sin olvidarnos que fue también el responsable tanto del desembarco en el mundillo de las viñetas del cimmerio creado por Robert E. Howard, Conan el Bárbaro, como de los guiones de las primeras andanzas, a pesar de las trabas argumentales impuestas por George Lucas, del universo expandido de los cómics de “La Guerra de las Galaxias” tras el éxito del filme. Creador de personajes como Red Sonja, Puño de Hierro o el primer Motorista Fantasma, Thomas también firmó grandes historias para la “Distinguida Competencia” en su estancia en las colecciones de Wonder Woman, donde colaboró con el grandísimo Gene Colan, All Star Squadron con Jerry Ordway o Infinity Inc. Los noventa lo alejaron un poco de las grandes editoriales en pro de otras más pequeñas, independientes, donde se dedicó a adaptar al cómic, con mucho oficio, reconocidas series televisivas de acción real como “Hércules” o “Xena, la Princesa Guerrera” para Topp Comics (popular por sus colecciones de cromos de béisbol o los geniales de Mars Attacks). Editorial que acabaría  encargándole y publicando la adaptación del filme “Drácula de Bram Stoker” (Bram Stoker’s Dracula, 1992) de Coppola. Un cómic que entra de lleno en ese top ten, ese ranking de las mejores adaptaciones jamás realizadas junto a grandes obras como la de “Alien, el octavo pasajero” (Alien, Ridley Scott, 1979) de Walter Simonson y Archie Goodwin o la increíble visión de Jim Steranko de “Atmósfera cero” (Outland, Peter Hyams, 1981), que bien merecería un reedición en nuestro país.

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Seguramente, por motivos ajenos a sus creadores [3], sino más bien cercanos a esa naturaleza alejada de toda lógica que suponen los derechos legales de las propiedades intelectuales, la miniserie publicada por Topp Comics en el 93 (que ya contó con una tirada limitada, todo hay que decir) se encontraba en una especie de limbo que hacía de todo aquel que se hiciera con los pertinentes ejemplares en poseedores de lo más parecido a un tesoro. Así fue hasta que el pasado 2018 la estadounidense IDW Publishing anunciase su reimpresión veinticinco años después de su aparición en formato de lujo, aunque en blanco y negro prescindiendo así del color de Marc Chiarello y dándole protagonismo absoluto al arte de Mignola. En nuestro país ocurrió algo similar. Originalmente la obra fue editada por “Ediciones B”, a través de su colección Los libros de Co&Co, en un bonito tomo en tapa dura con solapas que ha sido objeto de especulación por parte de muchos coleccionistas. Afortunadamente, la catalana “Norma Editorial” ha decidido recuperarla también, para total satisfacción de un servidor y espero que por extensión una gran parte del público español, con objeto de que esta obra de culto no caga en el olvido. Y no podríamos sentirnos más dichosos porque la edición del “Drácula de Bram Stocker” dibujado, o mejor dicho ilustrado, por Mike Mignola es sencillamente espectacular. En lo que respecta al guión de Thomas, hemos de decir en su defensa que resulta más que correcto. El legendario guionista, salvo por un par (no más) de escenas inéditas en la versión cinematográfica (suponemos que eliminadas del libreto original con el que debió trabajar Thomas), sigue fielmente el guión de la película. Con permiso de Drácula, el absoluto protagonista de la obra es sin duda el arte de Mignola. Y aquí nos encontraremos con un Mignola despuntando con su peculiar estilo de dibujo, acercándose más al look de sus trabajos posteriores en Hellboy. Con sus lápices entintados por John Nyberg, vemos al californiano alejado de sus formas predecesoras vistas en cómics superheróicos como “Odisea Cósmica” para “DC Comics”, “Lobezno. Aventura en la jungla” para “La Casa de las Ideas” o su adaptación de los personajes salidos de la imaginación de Fritz Leiber, “Fafhrd y el Ratonero Gris”. Seremos testigos de un Mignola experimentando con lo que luego sería habitual en su peculiar manera de contar historias, es decir, haciendo alarde de un domino de las manchas de negro, de las sombras y de la iluminación, así como haciendo uso de una composición de página muy sencilla pero realmente eficaz que recrea a la perfección el ambiente gótico y tétrico de la película de Coppola. Sin duda, un gran acierto por parte de “Norma Editorial” y un cómic totalmente recomendado para aquellos fans del arte del creador de Hellboy. Que no se dude ni un ápice en la adquisición de un ejemplar. Una edición tan espectacular para una obra que sin lugar a dudas lo merece.

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[1] Declaraciones del autor en una entrevista al diario galo Le Figaro.

[2] Se variaron nombres de personajes y situaciones a causa de los problemas con la adquisición de los derechos del libro. Florence Stoker, viuda de Bram Stoker, demandó a los productores del filme ganando el caso. La sentencia provocó la bancarrota de Prana Film y se ordenó requisar todos los negativos existentes de la película para impedir su distribución. Afortunadamente, para entonces la película ya había llegado al extranjero y gracias a esa circunstancia ha llegado hasta nuestros días.

[3] Declaraciones de Mike Mignola: “No puedo expresar qué alivio es poder volver a editar este cómic. La gente ha estado preguntando por él durante años, más que cualquier otro cómic mío, y sinceramente pensaba que no iba a ser posible ver una nueva edición, pero aquí llega. No suelo ser fan de mis antiguos trabajos, pero creo que éste se sostiene por sí mismo” añade. “Dejando de lado que estaba adaptando una película (lo cual tiene su propio abanico de problemas), creo que hay algo de buen dibujo y narrativa en él. Es una de las pocas viejas obras de las que estoy bastante orgulloso”.

Prometheus: Fuego y Piedra (Paul Tobin, Juan Ferreyra)

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Titulo original: Prometheus: fire and stone / Guión: Paul Tobin / Dibujo: Juan Ferreyra / Portada: David Palumbo / Formato: Cartoné / Páginas: 112 pags / Editorial: Norma Editorial / Precio: 16,00€ / ISBN: 978-84-679-2609-5


A modo de prólogo: El evento “Fuego y Piedra” supuso un gran crossover editorial en el que se cruzaban los destinos de xenomorfosYautjas y humanos en una suerte de secuela no oficial de la película “Prometheus” (Íd, Ridley Scott, 2012) que publicó “Dark Horse Comics” en el transcurso de 2014 en cuatro sendas miniseries (una de “Aliens“, una de “AvP“, una de la recién inaugurada línea “Prometheus” y otra de “Predator“). Todos las tramas se integraban en una misma historia, pero desde cuatro puntos de vista distintos. En nuestro país, todas las miniseries (más especial en forma de epílogo) han sido publicadas por “Norma Editorial” durante el pasado año 2017 en cuatro tomos cartoné.

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Cien años después de los sucesos acaecidos en el inhóspito planeta LV-223 -y relatados en el film “Prometheus” (Íd, 2012) de Ridley Scott-, la tripulación de la Gerión viaja hasta allí con un nuevo equipo de científicos con el objeto de descubrir qué le ocurrió a Peter Weyland y el resto de la tripulación de la Prometheus. Ese oscuro misterio, además del destino de la misión original, será posiblemente su propia condena.


Hace ya más de cuarenta años, la ciencia ficción moderna sufrió un giro radical tras el éxito de una cinta por la que nadie en su momento, ni la propia productora ni gran parte de las personas que participaban en su producción, “dieran un duro” por ella. Me refiero, por supuesto, a “La Guerra de las Galaxias” (Star Wars: Episode IV – A New Hope, George Lucas, 1977). El hecho de que el filme de George Lucas se convirtiera en todo un fenómeno cinematográfico -y de masas-, cambiara a finales de los setenta -junto a otras películas como “Tiburón” (Jaws, Steven Spielberg, 1975)- la forma de hacer y de vender las películas -acuñando a estas producciones con el término “Blockbuster”- y pusiera de moda todo un género que se encontraba denostado por parte de crítica e industria como era el de la “ciencia ficción”, llevó a la “20th Century Fox” a intentar repetir una jugada que copiosos beneficios le había generado. En aquellos momentos, salvo los estudios más pequeños y dedicados a la “serie B” y a la “caspa”, no había proyectos que involucrasen ni naves espaciales ni fantasiosas tramas tecnológicas salvo un pequeño proyecto que, por casualidades de la vida, había caído en manos de la pequeña productora Brandywine, entre cuyos responsables se encontraba el director Walter Hill. Estamos hablando, claro está, de “Alien, el octavo pasajero” (Alien, Ridley Scott, 1979).

No nos vamos a extender demasiado en la historia de la producción de la cinta que, junto a la de George Lucas antes mencionada, cambió el concepto de la sci-fi cinematográfica posterior y dio vida a uno de los iconos más reconocibles del terror moderno: el xenomorfo. Criatura salida de la imaginación de un grande, Dan O’Bannon, que puso en el candelero al director de la cinta, Ridley Scott, y dio proyección internacional a su “padre artístico”, H. R. Giger. La crónica de “Alien, el octavo pasajero” y sus secuelas es emocionante, controvertida y accidentada, pero hoy no es el momento de profundizar en ello. Mencionar que el éxito de la primera entrega dirigida por Ridley Scott, no sólo le puso en el punto de mira de muchos de los estudios de Hollywood, sino que puso de manifiesto el tema de una posible secuela. Una segunda entrega que, con la perspectiva del tiempo mediante, sabemos que dirigiría James Cameron años más tarde. Una película que amplió la mitología de los xenomorfos y encumbró al canadiense al Olimpo de los grandes realizadores, no sólo del género sino también del Séptimo Arte en general. Sin embargo, años atrás el propio Ridley Scott ya manifestó su voluntad del volver al Universo de Alien y, más concretamente, centrándose en la enigmática figura que la tripulación de la U.S.C.S.S. Nostromo encontrara en la misteriosa nave con forma de herradura. La escena del “Space Jockey” fue una de las que más costó llevar adelante debido a sus costes de producción y a la, en apariencia, difícil comprensión de su vinculación en la trama posterior a bordo del carguero espacial de Weylan-Yutani (la letra “d” final de Weyland se añadiría posteriormente a partir de la cinta de James Cameron y, en lo que se refiere a la de Scott, en su “Director’s Cut” de 2003).

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Sabemos que en ninguna de las posteriores secuelas de la “saga Alien” el enigmático “Space Jockey” volvería a formar parte del misterio a pesar de tener de nuevo la oportunidad de ver su nave en la versión extendida de “Aliens: El Regreso” (Aliens, James Cameron, 1986) o su cráneo colgado como trofeo en “Aliens Vs. Predator 2” (AVPR: Aliens vs Predator – Requiem, Colin y Greg Strause, 2007). Eso en lo que se refiere al encorsetado universo cinematográfico. Desde el año 1988, la editorial americana “Dark Horse Comics” comenzó a adaptar y expandir la franquicia al mundo de las viñetas con una primera miniserie titulada “Alien: Outbreak” (aquí llamada “Alien: serie Nostromo” publicada por “Norma Editorial“) que continuaba la historia tras los hechos narrados en el filme de James Cameron retomando al malogrado Cabo Hicks y a una adolescente Newt. Gracias a los cómics, el cosmos de los xenomorfos se amplió considerablemente constituyéndose a partir de una ingente cantidad de pequeñas series y especiales unitarios, con diferentes equipos creativos y prácticamente todas independientes entre sí, que venían a profundizar en todo aquello a lo que las películas no podían -o no interesaba- abarcar. Entre todo ello, el “Space Jockey” también pudo disfrutar de su propio desarrollo “comiquero”. En 1999, en la miniserie titulada “Aliens Apocalipsis”, el popular guionista -ganador del Premio Eisner- Mark Schultz -creador del fantástico cómic “Xenozoic Tales”- ahondaba, alejándose de los cánones cinematográficos, en la mitología del mundo Alien y, lo más importante, en la figura del famoso piloto de la nave con forma de herradura -también conocido después como “Ingeniero”- relatándonos un posible origen e importancia de su rol en toda la franquicia con la pretensión de convertirse en algo canónico (todo lo canónico que pueda ser algo que proviene de una línea de producto considerada menor). En 2008, algo más de diez años después de la última entrega de la saga -la menospreciada por muchos “Alien: resurrección” (Alien: resurrection, Jean-Pierre Jeunet, 1997)-, la “Fox” anunciaba la vuelta del director Ridley Scott a la saga que le dio fama. Concebido en primera instancia como un “reboot” para luego desmentirlo y revelar que sería una precuela de la seminal “Alien, el octavo pasajero“, Ridley Scott narraría en “Prometheus” (Íd, 2012) una historia donde la figura del “Space Jockey” cobraría gran relevancia en un afán por dotar de trasfondo filosófico y existencial a la cosmología de los xenomorfos más famosos del celuloide. La acción transcurriría 30 años antes que los sucesos acontecidos en la  U.S.C.S.S. Nostromo y nos pondría en la piel de la tripulación de la Prometheus, una expedición científica con el claro objetivo de descubrir el origen de la humanidad. Una cinta que dejó cierto sabor agridulce en el “fandom” con el que su director intentó resarcirse con su inmediata secuela “Alien: Covenant” (Íd, 2017). Pero eso ya forma parte de otra historia.

Volviendo al mundo de las viñetas, habiendo consolidado el “Universo Alien” dentro del panorama “comiquero”, no es de extrañar que “Dark Horse Comics” hiciera lo mismo con el de Prometheus. De esta forma, en 2014 y bajo el título “Fuego y Piedra”, la editorial del “Caballo Oscuro” publicó un “crossover” en el que cruzaba su recién adquirida franquicia con la de los “Aliens“. A todo ello, se sumaba a la ecuación otro de los personajes/licencia míticos que ya había compartido cabecera con los populares y hostiles xenomorfos, “Predator” -y, por extensión, también con la cabecera “Alien vs Predator”-. “Fuego y Piedra” juntaba las cuatro líneas en una misma historia contada desde cuatro puntos de vista estando conformada por cuatro miniseries más un especial a modo de epílogo. La primera de ellas, “Prometheus: Fuego y piedra” está escrita por el guionista Paul Tobin -a quien hemos podido leer en la adaptación al cómic del personaje salido de la pluma de Andrzej Sapkowski, Geralt de Rivia o The Witcher– y dibujada por el argentino Juan Ferreyra. El relato nos sitúa unos cien años después de los sucesos acaecidos en el -presumiblemente- estéril planeta LV-223 y relatados en la película de 2012. Lo que en apariencia es una misión científica, esconde oscuras motivaciones por parte de la capitana de la expedición, Angela Foster, cuyas intenciones son las de encontrar una de las sondas perdidas de Peter Weyland para descubrir qué sucedió con la tripulación de la Prometheus y qué cuales fueron los descubrimientos conseguidos sobre los orígenes de nuestra especie. Una vez en el planeta, Paul Tobin coloca sobre el tablero ingredientes y elementos típicos de los relatos del “Universo Alien“. Estos, además de la mencionada presencia de un capitán con sus propias motivaciones secretas, no son otros que la presencia de otro miembro con motivaciones poco populares, la existencia de un paraje inhóspito lleno de peligros y la presencia de una raza alienígena, los xenomorfos, dispuestos a acabar con las vidas de expedicionarios timoratos.

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Esta historia podría funcionar perfectamente a modo de secuela del filme homónimo de Ridley Scott. Nos encontramos ante el esquema argumental básico de este microcosmos ficcionario con ciertos momentos buenos, llenos de terror y acción, pero, por el contrario, problemas que pueden causar confusión en el lector. Uno de ellos es que el elenco de personajes es enorme. Así que no hay mucho tiempo para que todos tengan una buena cuota de desarrollo antes de que todo se vaya al traste y la gente empiece a morir. En las primeras páginas se nos muestra a uno de ellos, Clara Atkinson, realizando una especie de documental de la expedición a modo de presentación de algunos de los miembros de la expedición. Sin embargo, a medida que vamos pasando las páginas del cómic, el protagonismo de Clara se diluye en un relato con intenciones de ser coral, pero que acaba convirtiéndose en un “survival horror” con algunos momentos interesantes como la subtrama del miembro científico de la tripulación y sus escarceos con el peligroso “limo negro”, las consecuencias de dicha sustancia sobre el organismo de uno de los  tripulantes “sintéticos” de la nave -cuya importancia se preveé importante para otras miniseries de la saga- o una enigmática jungla en un planeta en el que, sobre el papel era improbable la existencia de vida, repleta de mortales bestias híbridas. La inclusión de los aliens, escondidos en una abandonada nave proveniente de Hadley’s Hope es una de las notas curiosas del relato. ¿Acaso es una forma de cohesionarlo todo en una misma continuidad? El resto de miniseries posiblemente nos ofrezcan la respuesta.

Sin duda, el apartado gráfico es la gran baza de esta historia. Al argentino Juan Ferreyra lo hemos podido ver también al cargo del arte de cómics muy recomendables como “Colder”, “Kiss Me, Satan” o las más recientes etapas de los personajes de “DC Comics” Green Arrow o El Escuadrón Suicida. El arte de Ferreyra te entra por los ojos, su grafismo es espectacular y, él solo, se ha consolidado como uno de los mejores narradores de terror de los últimos tiempos. Creo que no cabe duda de mi gusto por su trabajo. Para la ocasión, el argentino ha sido el responsable de crear nuevos diseños de criaturas y su versión de los xenomorfos no puede ser más increíble. El hecho de que se encargue él personalmente de todo el aspecto visual -color incluido- hace que solamente eso sea uno de los principales motivos para acercarse a esta nueva entrega del “Universo Prometheus“. Sin duda, todo un deleite para la vista.

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Sin embargo, es más que probable que la lectura de “Prometheus: Fuego y Piedra” acabe sembrando más dudas que respuestas, así como ocurría con el film de Ridley Scott. Destacar que la presencia del “Ingeniero”, a priori, parece más anecdótica que otra cosa ya que su participación en la trama no presenta -por el momento- demasiado peso. Sensación que aumenta con el abrupto final de este primer capítulo del “crossover“. Es cierto que se lee en su suspiro, ofrece entretenimiento, terror y acción a raudales, pero el lector puede quedar con la impresión de, por un lado, ganas de más o, por el otro, total indiferencia ante un relato que se parece demasiado al filme homónimo del que repite gran parte de sus errores. Pero por lo menos esta vez aparecen aliens de verdad y no sucedáneos como sí ocurría en la película de 2012. Personalmente, mi voto es a favor y seguiremos adelante con esta historia.

 

 

La caza sigue en las viñetas. Predator en los cómics.

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A modo de mini prólogo: este artículo respondía a un encargo en el cual dicho texto supuestamente aparecería dentro de un capítulo dedicado a los cómics de Depredador en un más que atractivo libro colectivo sobre el Universo Predator, pero del que no tengo noticia alguna de su futura publicación. Más bien todo lo contrario. Como dediqué un esfuerzo del que no he recibido feedback alguno y, por supuesto, varias horas de mi tiempo, me he decidido a corregirlo, retocarlo y añadir algunos datos más para poder compartirlo con vosotros, lectores de este blog, esperando que sea de vuestro agrado.


El éxito de “Aliens, el Regreso” (Aliens, 1986) de James Cameron no sólo encumbró la carrera del director canadiense, sino que también expandió la mitología de una de las especies alienígenas más hostiles de la historia del cine -y por ende de la ciencia ficción moderna-. En aras de convertirse en franquicia, el mundo de las viñetas se vio visitado por tan mortíferas criaturas con plenas intenciones de quedarse definitivamente en el seno de nuestro imaginario colectivo. Y es que hubo un tiempo en el que las adaptaciones al cómic de largometrajes y sagas de éxito, sobre todo de los más importantes títulos de la ciencia ficción más popular y mainstream, eran totalmente habituales. Incluso hubo algunas de ellas que ofrecieron al público nuevas e inéditas aventuras de sus personajes favoritos de la gran pantalla. Claro ejemplo de ello fueron las primeras publicaciones de la saga de “La Guerra de las Galaxias” (Star Wars: Episode IV – A New Hope, 1977de George Lucas por parte de “Marvel Comics” (salvando de la bancarrota a tan popular editorial), los nuevos desencuentros entre humanos y simios en “El Planeta de los Simios” (Planet of the Apes, Franklin J. Schaffner, 1968) o las aventuras del USS Enterprise de “Star Trek” (Gene Roddenberry, 1966-1969) que editó la “Distinguida Competencia” durante las décadas de los 80 y 90. Así que nada extraño había en el hecho de trasladar las aventuras de nuestros xenomorfos favoritos al bidimensional medio del cómic. Salvo que, en esta ocasión, no fue una de las grandes editoriales norteamericanas – las sempiternas “Marvel Comics” o “DC Comics”- la que se hizo con los derechos de la licencia de “Aliens”, sino que una independiente, “Dark Horse Comics”, tomó la iniciativa en dicha empresa. Una decisión con la que se llamó la atención del “fandom” de forma muy significativa. Es así como, a modo de continuación del film de Cameron, el guionista Mark Verheiden y el ilustrador Mark A. Nelson, continuaron las (des)aventuras del malogrado Cabo Hicks y la -ya no tan- pequeña Newt en una serie, de pocas entregas, que retomaba la acción varios años después de su huida de Acheron. Comenzando su publicación a partir del año 1988, se consolidó como una de las colecciones de cómics que, como era de esperar, tuvo el favor de su público y, por consiguiente, continuidad en el medio. Además de prorrogar su existencia en el catálogo de la editorial del “Caballo Oscuro” (que no del Caballero), atendiendo siempre a sus buenos resultados.

Predator: The Original Comics Series--Concrete Jungle and Other

No es de extrañar que, debido a ello, la editorial fundada por Mike Richardson y Randy Stradley -una editorial con una férrea declaración de principios donde, entre otras cosas, la voluntad de diferenciarse de los estándares comerciales más convencionales siempre ha estado bajo su punto de mira- buscase otra licencia parecida con la que repetir un acierto similar al conseguido con las salvajes criaturas biomecánicas salidas de la mente de Dan O’Bannon y H.R. Giger. Hemos de situarnos también en una época donde, a diferencia de como ocurre en la actualidad, mientras el público solía estar hambriento de más historias -ya fuera en forma de secuelas, novelas o artículos con más información en cualquier publicación escrita acerca de sus licencias favoritas-, la cruda realidad hacía que la oferta por parte de sus responsables fuera prácticamente limitada o nula. Es difícil recordar la sequía de aquellos tiempos -tiempos en donde no teníamos ni internet ni redes sociales- en total confrontación a la actual saturación contemporánea. Así que poco o nada sorpresivo podemos considerar el éxito de dichas nuevas aventuras de los “Aliens” en el denominado arte secuencial. Sobre todo, cuando el aficionado común se había quedado con ganas de más “marcha” al presentarse en pantalla los títulos de crédito finales del filme del canadiense director de “Mentiras arriesgadas” (True Lies, James Cameron, 1994). Por eso es totalmente lógico el paso que dio “Dark Horse Comics” al hacerse con otra -la siguiente de una larga lista- licencia audiovisual que con buen sabor de boca había dejado a los amantes del cine de acción y la ciencia ficción: “Predator“.

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El film de John McTiernan, “Depredador” (Predator, John McTiernan, 1987) se convirtió en uno de los “Sleepers” de aquel año 1987 -muy prolífico en lo que a iconos del género fantástico se refiere si sumamos también el estreno de “Robocop” (Íd, Paul Verhoeven, 1987)- lanzando positivamente varias carreras de sus implicados a la vez. Fue una cinta que cambió sustancialmente la vida laboral de McTiernan, así como la del actor Arnold Schwarzenegger. Los desconocidos hasta el momento hermanos Thomas, guionistas de la cinta, también pudieron meter la “patita” en Hollywood. Por otro lado, el creador y supervisor de los efectos especiales de la película, Stan Winston, ya había cosechado cierto prestigio en el sector al ser la persona responsable -prácticamente podríamos denominarlo “padre”- de los diseños del endoesqueleto del ciborg T-800 del indispensable filme “The Terminator” (Íd, James Cameron, 1984) y, fundamentalmente, encargarse de que la famosa “Reina Alien” de la secuela de la cinta de Ridley Scott -“Alien, el Octavo Pasajero” (Alien, Ridley Scott, 1979)-  pareciera tan real que pudiera meternos el miedo en el cuerpo. Todo eso y mucho más entre una infinidad de proezas técnicas por parte de este Maestro de los efectos especiales de las que no vamos a extendernos ahora, aunque nos gustaría. Lo que sí es cierto es que su criatura, su “Depredador”, logró sorprender a propios y extraños convirtiéndolo en un icono más que sumar a su marcador -y menudo marcador el del Señor Winston-. Fueron tantos los aciertos en dicho filme que no sólo dignificó el género, sino que dejó al aficionado ansioso por verse de nuevo cara a cara con aquel peligroso y gigantesco ser del espacio exterior capaz de bajarle los humos al mismísimo Schwarzenegger. Una vez más el denominado Noveno Arte y la editorial “Dark Horse Comics” acogieron a todos aquellos “huérfanos” para ofrecerles una nueva mirada al Universo del “Predator”.

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Una de las primeras maniobras comerciales de la editorial fue la de publicar de forma serializada en la revista “Dark Horse Presents“, concretamente en sus números 34, 35 y 36, el primer encuentro entre ambas licencias suponiendo un éxito considerable. En 1989 aparecía en el mercado estadounidense -en nuestro país sería un poco más tarde ya que no desembarcaría hasta 1991- el número uno de la primera de las muchas miniseries publicadas de “Depredador” en solitario, titulada “Predator”, más tarde conocida como “Predator: Concrete Jungle”, con la que se daba el pistoletazo de salida a una longeva vida editorial caracterizada por estar compuesta de numerosas historias aperiódicas de corte auto conclusivo, ya sea en forma de “One-Shots”, historias de complemento en especiales colectivos -en la citada “Dark Horse presents” donde se daba a conocer, mediante pequeñas muestras, colecciones o personajes de la casa- o en las ya citadas miniseries -con extensiones comprendidas entre dos y cinco entregas cada una-. Tramas, en su gran mayoría, centradas en los muy variados encuentros entre los seres humanos y los Yautjas -nombre con el que se conoce a estos cazadores venidos de otro mundo- a lo largo de nuestra historia. Ficciones en las cuales suele primar el punto de vista del hombre al narrar como los depredadores, ya sea en solitario o en pequeños grupos o facciones, actúan como peligrosos y mortíferos antagonistas. Sus visitas a la Tierra, siempre envueltas en un misterio que casi siempre queda sin desvelar, acabarán causando estragos tanto en grandes ciudades, entornos selváticos o parajes desérticos. Siempre causando el terror entre sus presas humanas. A diferencia de sus “hermanos editoriales” procedentes de Acheron, suelen ser relatos ambientados en el presente o pasado -rara vez en el futuro- y donde la acción prácticamente se impone a la ciencia ficción.

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Tal y como en la cinta seminal de McTiernan, altas dosis de acción y violencia serán el “Leitmotiv” con el que los diferentes equipos creativos -que conforman la realidad “comiquera” de los Yautjas– han saciado durante su periplo editorial a los incondicionales fans de “Depredador”. Y eso es un aspecto curioso a resaltar, sobre todo en los primeros productos ofrecidos por “Dark Horse Comics”, si atendemos al coetáneo panorama del cómic comercial estadounidense -sobre todo protagonizado por los superhéroes- de aquellos tiempos. Bien es cierto que, a finales de los ochenta, la cara más oscura de los justicieros enmascarados y los meta-humanos en pijama había salido a la palestra -como consecuencia directa de obras magnas como el “Watchmen” de Alan Moore y Dave Gibbons o el del “Dark Knight Returns” de Frank Miller-, pero siempre en forma de mala imitación desde un punto de vista formal y gráfico y con un tipo de violencia lo suficientemente suavizada como para pasarla por el tubo del extinto “Comic Code” americano. Salvo excepciones muy contadas, la política de estas grandes “Majors” del cómic se tornaba en censura. Y el cómic en un producto que básicamente se consideraba destinado a un público infantil/juvenil. Algo de lo que parece que se libran las publicaciones de “Dark Horse Comics”. Lo explícito de la violencia en los cómics de “Depredador” -incluso en los “tebeos” de los “Aliens”-, su exceso e intensidad, llama la atención -para el beneplácito de un aficionado suponemos adulto- en un producto con claras pretensiones mainstream en medio de un mercado saturado por publicaciones protagonizadas por los personajes dotados con súper poderes para hacer el bien dibujados en sus portadas. No con ello quiero decir que los cómics de “Predator” -o por extensión, “Aliens”- llegaran para competir con “nuestro amistoso y vecino Spiderman” o “el último superviviente del Planeta Krypton”, ya que es evidente que participaban en ligas distintas. Pero tampoco se denota un interés por rivalizar con, en aquel momento en pañales, el cómic más comercial de carácter más adulto. Todo lo contrario, da la sensación de que se buscaba un nicho de mercado propio. El target de “Predator” se presupone que está compuesto evidentemente por individuos con la mayoría de edad cumplida o lo suficientemente mayores como para haber disfrutado viendo a Kevin Peter Hall aporreando al Mayor Dutch con ganas de disfrutar de un relato violento, con pleno protagonismo de la acción, en el que se expandiera la historia de los protagonistas de sus filmes favoritos. Lo que sí asemeja la producción “comiquera” de los Yautjas a la de los superhéroes para “niños” – a la vez que la aleja de las pretensiones de carácter más autoral de publicaciones adultas como el “Concrete” de Paul Chadwick que paralelamente publicaba “Dark Horse Comics”, el onírico “Sandman” de Neil Gaiman de “DC Comics” o la reivindicación paródica del “Marshal Law” de Pat Mills que publicaba en el sello “Epic” de “Marvel Comics”- es su objetivo de entretener sin complejo alguno. Algunas de las miniseries son de calidad notable -otras, muchas, no tanto-, pero nunca abandonan esa clara voluntad de hacer pasar un buen rato al incondicional fan de la figura del Yautja.

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Predator: Concrete Jungle” hace gala de todas las características antes comentadas y que acabarán convirtiéndose mayoritariamente en el canon consuetudinario a seguir por todos aquellos que vendrán después. Mark Verheiden, quien solo un año antes también tomaba las riendas del desembarco de los xenomorfos en las viñetas, es uno de esos escritores polifacéticos que también ha hecho sus pinitos en el cine y la televisión. Suya es la responsabilidad de los guiones de filmes como “La Máscara” (The Mask, Charles Russell, 1994) -adaptación a la gran pantalla de un personaje de cómic también publicado por “Dark Horse Comics“- o “Timecop” (Íd, Peter Hyams, 1994) -historia basada en la miniserie homónima publicada por la misma editorial-. Considerado como uno de los autores más prolíficos en el seno de la casa del “Caballo Oscuro”, resulta totalmente coherente su elección a la hora de romper el hielo escribiendo las nuevas historias de “Predator” en el cómic. Tarea que, por supuesto, repetirá y desarrollará en el futuro. El guionista tomará varias decisiones que, tiempo después y vistas con la perspectiva que sólo ofrece el tiempo, se tornarán importantes en la posterior producción de la franquicia. Tenemos que pensar que estos cómics se publicaron un año antes de la primera -e injustamente infravalorada- secuela del film de McTiernan y, así como ocurría con la primera miniserie de los “Aliens”, Verheiden opta por convertir su relato en una clara continuación de la película, pero trasladando la acción a otro escenario. Esta vez la frondosa selva centroamericana le pasará el testigo a una ciudad de Nueva York sofocada por una intensa ola de calor. Si las altas temperaturas no fueran suficiente, una misteriosa criatura campará a sus anchas por la “Jungla de Asfalto” asesinando brutalmente a bandas criminales rivales. En escena entrarán el Detective Schaefer -hermano, prácticamente gemelo, del Mayor Alan “Dutch” Schaefer interpretado por Arnold Schwarzenegger- acompañado por su compañero Rasche. Ambos acabarán envueltos en una trama que los enfrentará tanto a mafiosos como agencias gubernamentales y militares – se recupera también al personaje del General Phillips de “Depredador” (Predator, John McTiernan, 1987) dirigiendo aquí a un comando clandestino antiYautja– en un enfrentamiento a tres bandas al que habrá que añadir un conato de invasión por parte de los depredadores. Todo ello narrado gráficamente por un soberbio Chris Warner -otra de las figuras habituales de la casa y creador, entre otras cosas, de personajes para “Dark Horse Comics” como Ghost o Barb Wire– que no escamotea en su derroche de violencia explícita y la espectacularidad de sus dibujos como si de un veraniego “Blockbuster” se tratase.

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Esta primera historia de “Predator” será de vital importancia en el devenir de los acontecimientos posteriores. Pese a que los “padres” de la criatura, los hermanos Jim y John Thomas, han manifestado en más de una ocasión, en declaraciones y diversas entrevistas, que siempre tuvieron en mente la “idea” de una secuela para “Depredador” (Predator, John McTiernan, 1987), lo cierto es que la buena acogida de estos cómics -más el éxito del primer cruce entre “Aliens” y “Depredadores”- fue fundamental a la hora de dar luz verde a una nueva entrega fílmica de nuestros cazadores favoritos. Y la cosa no queda solamente ahí, ya que hay muchas similitudes argumentales y situaciones comunes que ya se anticipan en esta primera miniserie de Mark Verheiden y que podremos ver en el posterior film dirigido por Stephen Hopkins. Entre ellos el enfoque urbano de la historia, trasladando la acción a otro tipo de “jungla” más amplia -pero también claustrofóbica- presa de una agobiante ola de calor, el uso exacerbado de la violencia, el protagonismo de un rudo policía capaz de hacer frente a las criaturas, las guerras de bandas criminales, la existencia de una agencia federal que ya tiene conocimiento de la existencia de los alienígenas o la aparición de más de uno de los depredadores. Gracias a todo el Universo Expandido de la mitología de los Yautjas – creado e ideado gracias a novelas, cómics y videojuegos- sabemos que son una especie cuya sociedad, con su propia estructura, tiene un particular sentido y código de honor y una preferencia por la caza de otros seres con objeto de coleccionar sus cráneos o espinas dorsales. En el momento que estamos tratando, 1989, sólo conocíamos a uno de ellos, el aparecido en el film de McTiernan, pero en el cómic ya se nos presentan variedad de ellos actuando en grupo, ataviados con una temprana y limitada diversidad de pertrechos o recogiendo a sus caídos en batalla para honrar sus restos. Ideas que, sin lugar a dudas, se tomaron prestadas a la hora de encauzar el filme protagonizado por Danny Glover. E ideas que se repetirán a lo largo de sucesivas y posteriores entregas en cómics donde podremos ser testigos de la evolución de sus diseños, de sus distintas razas, diferentes armaduras o la variedad de su armamento.

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Los tibios resultados de taquilla de “Depredador 2” (Predator 2, Stephen Hopkins, 1990) dieron al traste con las intenciones de sus responsables de continuar con la saga cinematográfica a corto plazo -algo que a un servidor le parece poco menos que incomprensible ya que la cinta se revela como un auténtico espectáculo visual lleno de acción que funciona a todos los niveles-. Lo contrario ocurrió con sus homólogos del mundo de los “tebeos”. Tanto “Concrete Jungle” como la primera miniserie que dio comienzo a otra de las líneas de producto de “Dark Horse Comics” que unía los destinos de sus recién adquiridas licencias audiovisuales, es decir, “Aliens vs Predator” (con Chris Warner de nuevo encargado de la parte artística), recibieron un gran recibimiento por parte de los fans más incondicionales de ambas franquicias. Contribuyendo ello a que, por un lado, nuestros “amigos” los Yautjas siguieran visitándonos periódicamente en solitario o en grupo -en forma de series limitadas o pequeñas historias publicadas aperiódicamente- y que, por el otro, compartieran universo de ficción con nuestros xenomorfos favoritos. Durante la década de los noventa, los depredadores se vieron las caras más de una vez con las feroces criaturas salidas de la imaginación de Dan O’Bannon, además de visitar otros “mundos de ficción” de editoriales rivales del panorama “comiquero” del otro lado del Atlántico. Entre ellas, podemos destacar su visita a la oscura Gotham City -donde uno de ellos puso entre las cuerdas al mismísimo Batman-, su encontronazo con el Juez Dredd de Mega City One o su duelo contra el famoso personaje salido de la pluma de Edgar Rice Burroughs, Tarzán, ente otros de lo más variopintos. Resulta curioso que nunca -ni ellos, ni los “Aliens”- lo hayan hecho con un personaje de “Marvel Comics”. Ni lo han hecho, ni se les espera.

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En lo referente a sus aventuras en solitario -o cuya “marca” sea “Predator” a secas- “Dark Horse Comics” publicó de manera continuada prácticamente hasta finales de los 90, momento en el cual sus responsables decidieron hacer un parón debido a las malas ventas tanto de ésta y como del resto de líneas relacionadas (“Aliens vs Predator” y “Aliens”). “Predator: Xenogenesis” -enmarcada en un evento denominado “Xenogenesis” que se interconectaba con otras sendas publicaciones de “Aliens” y “Aliens vs Predator” en un intento de salirse de la estética habitual y subirse al tren de los “crossovers” y del “boom” de la “Image Comics” anterior a la llegada de Eric Stephenson- fue la miniserie que supuso punto y aparte de diez años en la línea de cómics de “Depredador”. Mencionar que este largo “descanso” fue precedido por otro menor, de dos años de duración aproximadamente, tras la publicación en 1994 del especial “Predator: Invaders From the Fourth Dimension” -una curiosa historia que conjuga la acción típica del relato Yautja y la “Serie B”  de invasiones alienígenas de los años 50 contándonos la historia de un chaval que puede ver a un depredador cuando se pones unas gafas 3D de cartón y que, como es de prever, nadie le cree-.

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Por otro lado, cabe resaltar que en esta primera etapa comprendida entre 1989 y 1999, “Dark Horse Comics” sacó al mercado, ya fuera en formato de series de corta duración o historias de complemento en especiales colectivos, una treintena de arcos argumentales donde se hacía patente la existencia de un patrón a seguir por los diferentes equipos creativos. Un camino establecido y trazado, quizá limitado por la simpleza de su concepto original, que apenas se sale del guion marcado por las películas. Los cómics de “Depredador” tienen como común denominador ese encorsetado esquema del cazador que llega a nuestro mundo con el objetivo de hacerse con cuantas más presas mejor sin el mayor interés de mostrar indicios de originalidad de lo más allá relatado en los filmes. Las variaciones en los relatos suelen ser más bien sutiles y en su mayoría se limitan a variar la localización de la acción -aunque los entornos naturales suelen contar con la predilección de sus responsables-, el periodo histórico en el que se enmarca el relato o a mostrarnos diferentes tipos razas de Yautjas -ya sea cazando humanos en solitario o compitiendo entre ellos-. Bien es cierto que algunas de estas narraciones intentan expandir, continuar o explicar conceptos o situaciones expuestas en los largometrajes. Ese mismo es el caso de las ficciones creadas por Mark Verheiden, siendo uno de los más destacados, que escribió varias de ellas incluyendo su trilogía de historias protagonizadas por el Detective Shaefer –“Predator: Concrete Jungle”, “Predator: Cold War” y “Predator: Dark River”- en su búsqueda de respuestas sobre el destino y paradero de su hermano, Dutch, y que conectaba directamente con el primer “Depredador” (Predator, John McTiernan, 1987). Pequeñas historias como “Predator: 1718” -guionizada por Henry Gilroy e ilustrada por Igor Kordey que se publicó en 1996 en la primera entrega de la antología “A Decade of Dark Horse”- tomaba como excusa el arma del s. XVIII que Greyback , líder la partida de caza de Los Ángeles, entregaba, en señal de respeto por derrotar a uno de los suyos en una pelea justa, a Mike Hartigan en “Depredador 2” (Predator 2, Stephen Hopkins, 1990) para relatarnos cómo llegó a manos de los depredadores dicho trofeo. Otro de los aspectos recurrentes dentro de estas historias es la aparición tanto del ejército como de organismos gubernamentales que siguen desde tiempo atrás la pista de los Yautjas. Muchas veces con la intención de dar captura a uno de ellos. Si en el film de 1990 teníamos al operativo, bajo las siglas OWLT –“Other World Lifeforms Taskforce”- comandado por el agente especial Peter Keyes (interpretado por el carismático Gary Busey), en los cómics veremos agencias parecidas o grupos de trabajo derivadas directamente de ellas. El General Phillips de la primera entrega cinematográfica también será recuperado en algunas de estas historias como podemos ver en la “Trilogía de Shaefer” antes mencionada. A agentes de operaciones encubiertas los encontraremos en títulos como “Predator: Homeworld” o “Predator: Bad Blood”. Precisamente en esta última, y a modo de otra muestra de la palpable retroalimentación entre las viñetas y el celuloide, podremos ver a un representante de la raza de los “Mala Sangre” -aquellos Yautjas que violan el código de honor de su especie y son despreciados por los suyos- que también harán acto de presencia posteriormente en el film “Predators” (Íd, Nimród Antal, 2010).

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Los primeros cómics de “Depredador” -así como los de “Aliens” y “Aliens vs Predator”- demostraron ser un gran éxito en el mercado americano atrayendo a multitud de fans a su peculiar universo. Sin embargo, en Europa era algo más complicado -en aquellos finales de los ochenta y principios de los noventa- adquirir dicho material. Con mucha suerte podías hacerte con material de importación en establecimientos especializados -con el costoso dispendio económico que ello conlleva- si tu ciudad contaba con alguno. Es por ello que varios editores europeos buscaron el modo de cambiar esta situación asegurándose los derechos correspondientes para poder publicar dichas líneas de producción de “Dark Horse Comics” en sus respectivos países. Esto dio lugar a revistas antológicas como “Aliens” o “Total Carnage” -ésta dedicada a mostrar algunas de las historias más violentas del catálogo de “Dark Horse Comics”-en el Reino Unido, por ejemplo, donde se editaban, de forma serializada, las series limitadas más populares tanto de los xenomorfos como de los depredadores -así como su colección conjunta “Aliens vs Predator”-. En nuestro país ha sido “Norma Editorial” la encargada de traernos las aventuras de “Depredador” y traducirlas a la lengua de Cervantes. Sin embargo, tras un comienzo prometedor, la editorial catalana dejaría mucho del material inédito. En 1991 sacaba al mercado “Predator: Concrete Jungle” con el título de “Depredador: serie Nostromo” -título que también dio a la primera de las miniseries de “Aliens”- constando de las cuatro entregas USA en formato “grapa” dentro de su línea “Comic Books Norma” (línea donde también se publicó el material de “Aliens”, así como el de la franquicia “Terminator” o grandes clásicos del Noveno Arte como el “The Spirit” de Will Eisner, el Universo Expandido de “Star Wars” o  el “Black Kiss” de Howard Chaykyn) entre gran cantidad de títulos de gran empaque. Más tarde le siguieron, en el mismo formato y por orden de aparición, las series limitadas “Predator 2” -adaptación del filme homónimo-, “Predator: Big Game”, “Predator: Guerra Fría”, “Predator: Arenas Sangrientas” y “Predator: Race War”, para dejar, a partir de aquí, inéditas el resto de publicaciones hasta la miniserie “Xenogenesis” incluida -evento del cual sólo publicó la correspondiente a la serie de “Aliens vs Predator”- centrándose en las líneas -suponemos que más rentables- de “Aliens” y “Aliens vs Predator”, además de algún crossover como el de Tarzán o el de Magnus Robot Fighter. La última historia de “Depredador” publicada por Norma en esta primera etapa fue “El Oro del Demonio”. Un pequeño relato con mucho empaque de varias páginas incluido en el especial “Dark Horse Presenta” nº1 que recopilaba historietas de varios autores de la editorial del “Caballo Oscuro”. Escrito por Ron Marz e increíblemente dibujado por el italiano Claudio Castellini, la acción transcurre en tiempos de la II Guerra Mundial y que cuenta como un comandante nazi localiza el escondite que alberga el oro de los Incas sólo para descubrir al momento que el tesoro lo custodia un peligroso guardián del planeta Yautja Prime. Y ahí es donde se quedó la serie “Depredador” -siempre atendiendo a sus ficciones en solitario- en nuestro país en 1998. El aficionado español a las aventuras de los Yautjas que se sienta interesado por todo ese material inédito siempre podrá acudir al mercado de importación donde, entre varias reediciones, podrá encontrar cuatro tomos “Omnibus” publicados por “Dark Horse Comics” en los cuales se contiene la práctica totalidad de las historias de “Predator” de esta etapa. Muy recomendable recomendación, valga la redundancia.

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Durante los siguientes diez años de ausencia de la línea de cómics de los depredadores en solitario -en los cuales las únicas aventuras publicadas de los yautjas se centraban en sus cruces con personajes de otras editoriales- “Dark Horse Comics” tampoco produjo historias de los “Aliens”. Con motivo del vigésimo aniversario de “Predator: Cocrete Jungle” y con la última entrega estrenada en la gran pantalla en el punto de mira (“Predators” [Íd, Nimród Antal, 2010 ), “Dark Horse Comics” retomó la franquicia con una miniserie de cuatro números titulada “Predator” (Posteriormente “Predator: Prey to the Heavens”) y un especial en forma de precuela para el “Free comic-book day” con todo ya un veterano, y conocedor del “Universo de los Yautja”, John Arcudi al timón (sólo un mes antes publicaba también el primer número del relanzamiento de los “Aliens”, “Aliens: Más que humanos”). Arcudi había firmado mucho tiempo atrás una de las mejores historias en cómic de “Depredador”, “Predator: Big Game” -donde el Cabo Enoch Nakai, un joven nativo americano -al que también pudimos ver en “Predator: Blood on Two-Witch Mesa”- que ha  renunciado a todo – su estilo de vida tradicional, su familia y tal vez incluso sus principios- para llevar una carrera militar se enfrenta a los depredadores en, quizás, unas de las mejores series limitadas de la línea “Predator”. En esta nueva historia, el autor toma la decisión de volver a los orígenes, es decir, a un entorno real, a un conflicto bélico en un país subdesarrollado en un incierto tiempo presente o en un futuro no muy lejano. El mejor “Coto de caza” para que los “predators” puedan cazar a los mejores, más fuertes y violentos especímenes de nuestra especie. Un relato que se adelantará al film de Nímrod Antal al meter a un grupo de hombres peligrosos y bien armados entre medias de un conflicto de dos clanes distintos de depredadores. Con motivo del nuevo film, “Dark Horse Comics” sacó también una serie de cómics relacionados con el largometraje – “Predators: Welcome to the Jungle”, “Predators: a predatory life”, “Predators: Beating the Bullet” y “Predators: Preserve the Game”- ya fuera a modo de precuela o de adaptación del mismo.

Predator: The Original Comics Series--Concrete Jungle and Other

No sería disparatado pensar que el relativo “fracaso” del filme producido por Robert Rodríguez fuera el causante de que los cómics de “Depredador” sufrieran un nuevo parón hasta que “Dark Horse Comics” decidiera volver a sacarlos del armario. Esta vez a modo de grandes eventos con el resto de líneas -las ya conocidas “Aliens” y “Aliens vs Predator”, a la que sumar la recién incorporada “Prometheus”. Esta vez los responsables de la editorial del “Caballo Oscuro” parecen decididos a ampliar la mitología de sus franquicias enfrentándolas a todas entre sí con la intención de relanzarlas para que puedan brillar como antaño. Los eventos “Fire and Stone” y “Life and Death” nada tienen que envidiar a los mejores momentos de su vida editorial contando con equipos creativos de auténtico lujo con autores de la talla de Joshua Williamson, Paul Tobin, Dan Abnett, Juan Ferreyra o Ariel Olivetti. En lo referente a las miniseries de “Depredador” de ambas mega-narraciones, sus responsables optan por un tono de western crepuscular intergaláctico que lo aleja del encorsetado esquema ya mencionado del “cazador que llega del espacio para hacerse con cuantos más trofeos mejor”. Otra vuelta de tuerca a dicho concepto lo podemos ver en las últimas entregas del Universo Yautja que suponen la vuelta a la franquicia de uno de sus impulsores creativos. Chris Warner, quien dibujó varias de las miniseries originales – concretamente la “Concrete Jungle”, el primer “Aliens vs Predator” e infinidad de portadas e ilustraciones de nuestros predadores estelares favoritos- vuelve, esta vez como guionista, en las miniseries “Predator: Hunters” y “Predator: Hunters II”, Ahora los depredadores dejarán de ser los cazadores para convertirse en presas de una agencia secreta gubernamental que les sigue la pista. Además, Warner apuesta por mirar al pasado y recuperar a algunos de los personajes presentados durante la década de los noventa -protagonistas en, al menos dos de ellas, quizás de las publicaciones más sangrientas, violentas y explícitas de toda la bibliografía Yautja en solitario- como el mencionado Cabo Enoch Nakai (“Predator: Big Game” y “Predator: Blood on Two-Witch Mesa”), Mandy Graves (única superviviente del equipo de operaciones encubiertas que rastreó y luchó contra el “Mala Sangre” en “Predator: Bad Blood” y Jaya Soames (la bisnieta del Capitán Edward Soames que apareció en “Predador: Némesis” – una curiosa historia en tiempos de Jack el Destripador en la Inglaterra victoriana). La nota curiosa en ambas series limitadas la ponen las portadas. Muy distintas a las habituales de la línea, encontramos distintas variantes de los depredadores y en la que en alguna de ellas podemos incluso ver miembros femeninos de la especie Yautja.

Sin duda alguna, podemos considerar esta segunda etapa en las publicaciones de “Depredador” como la más interesante al intentar salirse del guion establecido y que, lenta y repetitivamente, agotó la fórmula causando que muchos lectores se cansaran de las aventuras de los Yautjas en solitario. No sabría decir si el nuevo film de Shane Black (“The Predator” [Íd, Shane Black, 2018]) ha suscitado el suficiente interés en el “fandom” como para relanzar la saga cinematográfica y, por extensión, prorrogar la aparición de más cómics de “Depredador” en el mercado ya que ha generado opiniones muy confrontadas entre los aficionados. Afortunadamente para el público español, podemos encontrar publicado y traducido gran parte de este último tramo de la vida editorial de “Predator”. “Aleta Ediciones” se hizo momentáneamente con los derechos de la franquicia y cualquier fan puede encontrar su “Depredador: Ruega a los Cielos” con relativa facilidad. Al mismo tiempo que la pequeña editorial lanzaba dicha miniserie, editó también “Aliens: Más que humanos”, que venía a sacar del ostracismo editorial a los xenoformos de Acheron. En cuanto a los eventos “Fire and Stone” y “Life and Death”, “Norma Editorial” recuperó todas las licencias para su catálogo y -a fecha de hoy- se encuentra inmersa en su publicación dejando sin publicar, de momento, las series “Predator: Hunters” y “Predator: Hunters II”. Los cómics relacionados con el film de Nímrod Antal podemos añadirlos también al grueso de publicaciones que todavía permanecen inéditas en nuestro país.

Depredador publicado en España

Como se ha anotado, la vida editorial de los “Predators” ha sido dilatada desde principios de los noventa. Aunque en nuestro país se ha quedado inédito mucho de ese material, “Norma Editorial“, principalmente, y, en menor medida, “Aleta Ediciones” han sido editoriales encargadas de publicar en castellano las cacerías de los “Depredadores” en solitario en el mundo de las viñetas (es decir, todo ello dejando de lado todos los cruces con los “Aliens” y populares personajes de otras editoriales). A continuación enumeraremos aquellas historias y miniseries que sí se editaron en España. Mucho de este material está descatalogado y requiere de un cierto trabajo de “arqueología” poder encontrarlo y adquirirlo ya que desconocemos si será reeditado en un futuro.

Predator: Serie Nostromo. Publicada en 1991 por “Norma Editorial” contiene los cuatro números en formato grapa de la miniserie Predator (más tarde conocida como Predator: Concrete Jungle) publicada en 1989 por “Dark Horse Comics“. Guión de Mark Verheiden y dibujos de Chris Warner.

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Predator 2. Adaptación al cómic del film homónimo de Stephen Hopkins publicada en 1991 por “Norma Editorial” contiene los dos números en formato grapa de la miniserie de “Dark Horse Comics“. Guión de Franz Henkel, dibujos de Dan Barry y tintas de Randy Emberlin.

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Predator: Big Game. Publicada entre 1992 y 1993 por “Norma Editorial” contiene los cuatro números en formato grapa de la miniserie Predator: Big Game publicada en 1991 por “Dark Horse Comics“. Fue también recopilada en el año 2000 por la editorial patria en un tomo en rústica de la serie “Comic Books USA“, concretamente en su tercera entrega. Guión de John Arcudi y dibujos de Evan Dorkin.

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Predator: Arenas Sangrientas. Publicada en 1993 por “Norma Editorial” contiene los dos números en formato grapa de la miniserie Predator: The Bloody Sands of Time publicada en 1992 por “Dark Horse Comics“. Guión de Dan Barry y dibujos de Chris Warner y Dan Barry.

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Predator: Guerra Fría. Publicada entre 1993 y 1994 por “Norma Editorial” contiene los cuatro números de la miniserie Predator: Cold War publicada en 1991 por “Dark Horse Comics“. Guión de Mark Verheiden y dibujos de Chris Warner.

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Predator: Race War. Publicada en 1995 por “Norma Editorial” contiene los cinco números en formato grapa de la miniserie Predator: Race War publicada en 1993 por “Dark Horse Comics“. Guión de Andrew Vachss y Randy Stradley y dibujos de Jordan Raskin y Lauchland Pelle.

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Predator: El Oro del Demonio. Historia corta publicada en el magazine americano “Dark Horse Presents“, publicación en la que se recopilaban historias de varias de las series y personajes de la editorial americana. En el año 2000, “Norma Editorial” publicó un especial el que se contenía este pequeño relato, Predator: Demon’s Gold, aparecido originalmente en el número 137 de “Dark Horse Presents” de 1998, con guión de Ron Marz y dibujos de Claudio Castellini.

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Depredador: Ruega a los cielos. Después de un impás de diez años, en 2009 “Dark Horse Comics” retomó la franquicia con una miniserie de cuatro números titulada “Predator”, posteriormente “Predator: Prey to the Heavens”, más un especial en forma de precuela para el “Free comic-book day” con todo un veterano, y conocedor del Universo Yautja, comoJohn Arcudi a los guiones. De la parte gráfica se encargó Javier Saltares. “Aleta Ediciones” fue la editorial encargada de publicarlo en 2014. La miniserie fue recopilada en un tomo cartoné.

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Depredador: Fuego y Piedra. El evento “Fuego y Piedra” supuso un gran crossover editorial en el que se cruzaban los destinos de xenomorfos, Yautjas y humanos en una suerte de secuela no oficial de la película “Prometheus” (Íd, Ridley Scott, 2012) que se publicó en el transcurso de 2014 en cuatro miniseries (una de “Aliens“, una de “AvP“, una de la recién inaugurada línea “Prometheus” y, por supuesto, otra de “Predator“) que relataban una misma historia, pero desde cuatro puntos de vista distinto. “Predator: Fire and Stone” supuso la última de ellas y cuenta con los guiones de Joshua Williamson y el arte de Christopher Sebela. En nuestro país, todas las miniseries (más especial en forma de epílogo) han sido publicadas por “Norma Editorial” durante el año 2017 en cuatro tomos cartoné.

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Depredador: Vida y Muerte. “Life and Death” es la continuación directa de “Fire and Stone” compartiendo la misma estructura editorial que su predecesora, es decir, cuatro miniseries de las cuatro líneas de “Dark Horse Comics” que comparten ese mimo universo de ficción: “Aliens“, “AvP“, “Prometheus” y “Predator“. El evento se publicó en el trasncurso de 2016 y fue escrito íntegramente por el guionista Dan Abnett. El arte correspondiente a la miniserie “Predator: Life and Death” corrió a cargo del dibujante Brian Albert Thies. “Norma Editorial” repitió formato, cuatro tomos cartoné, para recopilar el evento publicándolos con cadencia mensual durante 2018.

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Los Vengadores: Asalto a la Mansión (Roger Stern, John Buscema)

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Titulo original: Avengers 273-280 USAGuión: Roger Stern, Bob HarrasDibujo: John Buscema, Bob HallPortada: John Buscema, Joe JuskoFormato: Rústica / Páginas: 192 págs / Editorial: Panini Cómics / Precio: 19,95€ / ISBN: 978-84-90241-80-6


Liderando a los Señores del Mal, el pérfido Barón Zemo ultima su plan maestro: atacar la Mansión de los Poderosos Vengadores aprovechando las ausencias y debilidades de sus miembros más poderosos. Los Héroes más poderosos de la Tierra, por contra, se encuentran en uno de sus momentos de mayor debilidad debido a diferencias internas por el liderazgo del grupo.  Enfrentados entre ellos mismos no darán crédito ante la supremacía de un enemigo que acabará por diezmarlos. 


Los Vengadores, los Héroes más poderosos de nuestro planeta, están más de moda que nunca con todo el universo transmedia que “Disney/Marvel” han montado con su universo cinematográfico. Quién se lo iba a decir a todos aquellos aficionados que seguían con fruición las aventuras de sus héroes favoritos, pero desde las viñetas, su medio natural por antonomasia, allá por las lejanas décadas de los ochenta y noventas (donde un servidor de ubica). A menos de una semana del estreno de “Vengadores: Endgame” (Avengers: Endgame, Anthony Russo, Joe Russo, 2019), y con el equipo de superhéroes en su momento más mainstream de todos los tiempos, se hace interesante recordar algunos de los momentos cumbres de dicha formación superheroica en las tebeos. De entre todas las etapas del popular grupo de superhéroes, una de mis favoritas siempre ha sido aquella en la que Roger Stern fue el responsable de las aventuras y desventuras del equipo. Cabe señalar que la figura de Stern, toda una institución dentro de la industria, está ligada a varios de los mejores momentos de títulos de La Casa de las Ideas tales como Doctor Extraño, el asombroso Spiderman o los mismísimos Vengadores.  En realidad, esta es una época donde la calidad de las series Marvel alcanza un punto álgido. Stern supo plasmar a la perfección el espíritu de este variopinto grupo de héroes siendo totalmente respetuoso con su historia precedente. En su dilatada etapa al frente de la colección pudimos asistir al juicio de Hank Pym, conocimos al Consejo de Kangs, incorporó a las filas de tan poderosa formación a personajes tan dispares como Starfox (o Eros), el Doctor Druida o su propia encarnación de la Capitana Marvel [1], así como narró uno de los episodios más traumáticos en toda la historia de los Vengadores, es decir, el asalto a su mansión urdido por el Barón Zemo. Stern y el mítico John Buscema fueron los responsables de sorprendernos con dicho ataque a la residencia de los Vengadores por parte de los Señores del Mal. El arco argumental en el que los héroes más poderosos de la Tierra, contenido entre los números 273 al 280 de la serie original de “The Avengers” (USA), dejaron de ser invencibles y donde Stern mostró que hasta los grandes héroes tienen sus debilidades. Una de las aventuras más recordadas por el fandom más veterano.

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El poco original, pero bien ejecutado plan de Zemo, archienemigo declarado del Capitán América, brindará a los fans la oportunidad de ser testigos tanto de uno de sus momentos más infames como de uno de los relatos más emocionantes y dramáticos de nuestros héroes favoritos. La historia comienza cuando el malvado Barón y la cuarta encarnación de los Señores del Mal -compuesta por pesos pesados tales como la Brigada de Demolición, el Hombre Absorbente, Titania, Mister Hyde, Goliat, Tiburón Tigre, Apagón, Mimi Aulladora, Gárgola Gris, Torbellino, Chaqueta Amarilla, Arreglador y Piedra Lunar– aprovechan la ausencia del recientemente incorporado a las filas de los Vengadores Príncipe Namor, las juergas de Hércules o la vulnerabilidad de la nueva Capitana Marvel entre otras cosas para invadir la casa de los héroes más poderosos de la Tierra haciendo prisioneros a todos sus miembros. ¿A todos? Por supuesto que no. Gracias a la diosa fortuna, Janet Van Dyne, la Avispa, una mujer fuerte en plena consonancia con los tiempos que ahora vivimos (y, por ende, adelantándose a su época) escapará de las garras de tan viles supervillanos y organizará un equipo de rescate con algunos de los miembros de la reserva dando lugar a una de las más épicas batallas jamás libradas y con consecuencias nada positivas para ambos bandos. En esta historia de los Vengadores podremos ver escenas memorables. Sin duda alguna, una de ellas es la brutal paliza que recibe un ebrio Hércules a manos de la Brigada de Demolición, Mister Hyde y Tiburón Tigre. Castigo que deja al poderoso hijo de Zeus al borde de la muerte. Otra imagen para el recuerdo es la salvaje tortura sufrida por el indefenso Jarvis, fiel amigo y mayordomo (y que Brian Michael Bendis rescató para sus “Vengadores Desunidos” -aunque poniendo en boca del personaje palabras sin pies ni cabeza), por parte de Mister Hyde y que tanto el Capitán América y el Caballero Negro serán obligados a presenciar por voluntad de un sádico Heinrich Zemo que sabe que tan vil acto hará más mella en sus enemigos que cualquiera de sus golpes. Algo inusual, no sólo para la época sino para la gran parte de los productos de la editorial que vio nace a dichos personajes. Poco a poco Stern irá perfilando a los protagonistas dejando a la vista las debilidades que aprovecharán después sus enemigos. La trama nos dejará a unos Vengadores en su momento más bajo, vapuleados y humillados, pero con los recursos suficientes para salir victoriosos en la gesta y fortalecidos interiormente.

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En lo referente al apartado gráfico, sólo puedo decir que es soberbio. El arte del mítico, del inconmensurable, John Buscema, ayudado por Tom Palmer, nos deleita con ilustraciones donde su movimiento, su sencillez y su increíble estética harán las delicias de todo aquel amante del dibujo clásico y del Noveno Arte en general. Viñetas en las que se huye de las poses típicas y que encuentran la espectacularidad en ellas mismas. Clasicismo y buen oficio para una de las mejores historias de los Vengadores de todos los tiempos. Si no la habéis leído, Panini Cómics la publicó dentro de su línea Marvel Gold dedicada a los Héroes más poderosos de la Tierra. En su interior se contienen imágenes tan épicas como emotivas. En conclusión, no dejes escapar esta importante crónica de uno de los más importantes grupos superheroicos de todos los tiempos. Si te gustan los Vengadores, si te gustan los grandes relatos, te gustará este momento crucial en su dilatada trayectoria. Drama, acción y emoción a raudales con un equipo creativo de auténtico lujo. Y cuando hablamos de lujo, estamos hablando de que nunca más en toda su historia, los héroes más importantes de nuestro planeta han estado en mejores manos. La esencia en bruto de la magia de La Casa de las Ideas, uno de los mejores momentos de Marvel Comics, contenidos en un tomo de poco más de ciento noventa páginas. Un tebeo realmente imprescindible para todo aquel que se declare fan de los Vengadores. Esto es historia del cómic y lo demás son tonterías.

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Un momento:  El Capitán América se encuentra inmovilizado. Zemo, con una foto que el Capitán se hizo junto a Bucky antes de morir éste, la rompe en pedazos ante él. El Centinela de la Libertad aguanta el tipo. “Recordaré esto, Zemo”, espeta. Al final, tras la batalla y la consiguiente victoria, Steve Rogers encuentra los pedazos de la única foto de su madre que conservaba. Y allí, de rodillas en soledad, se quebranta. Una muestra de que los héroes, aun siendo de papel, son humanos.

[1] Siempre corrió el rumor de que Roger Stern abandonó la serie de los Vengadores por una disputa con Mark Gruenwald, editor de la colección, sobre el liderazgo de la Capitana Marvel en el grupo. Gruenwald tenía ideas diferentes a las de Stern acerca del destino del personaje. El prolífico editor y guionista quería que el Capitán América acabara liderando a los Vengadores, no sin antes dejar en evidencia como líder incapaz a Monica Rambeau. Lo cual acabaría en su destitución y relevo de Steve Rogers al mando de la formación. Stern fue despedido al oponerse a ello y sustituido por Ralph Macchio y Walter Simonson, más afines a la corriente de pensamiento de Gruenwald.

Especial Balas Perdidas 1: La inocencia del nihilismo (David Lapham)[1]

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Titulo original: Stray Bullets vol. 1: Innocence of Nihilism / Guión: David Lapham / Dibujo: David Lapham / Portada: David Lapham / Formato: Rústica / Páginas: 268 págs / Editorial: Ediciones La Cúpula / Precio: 19,90€ / ISBN: 978-84-17442-05-7


“Balas Perdidas” es una serie coral conformada por varios relatos de aparente corte auto-conclusivo en el que seremos testigos de las trágicas historias de sus personajes. Joey tiene un peculiar trabajo, hace desaparecer los cadáveres de los tipos que estorban a Harry, su jefe. El cadáver de una prostituta de la que se tiene que deshacer traerá consigo fatales consecuencias. Por otra parte, la pequeña Virginia Applejack será testigo de un brutal capítulo que cambia su vida: un asesinato cometido por Spanish Scott, sicario de Harry, a plena luz del día. Una experiencia que no le traerá nada bueno. No muy lejos de allí, el futuro del prometedor Orson -primero de la clase y a punto de entrar en la Universidad- dará un giro radical cuando el entorno mafioso local entre en su vida. Más de mil años de distancia, la peligrosa ladrona de bancos Amy Racecar comienza su peculiar cruzada contra el mundo después de que Dios le niegue la entrada al Paraíso a su creación más preciada, el hombre.


A modo de introducción: “Balas perdidas” de David Lapham es un cómic maravilloso que me atrevo a recomendar -práctica poco habitual en mi persona ya que mis gustos no tienen que ser como los de los demás y siempre es un ejercicio de riesgo el hacer recomendaciones- a todo aquel amante del género negro como al que disfrute con el secuencial noveno arte. A mi parecer es una genialidad y la mejor obra de su autor hasta la fecha. Aquí comienza un especial dedicado a las aventuras de Amy Racecar, Virginia Applejack y compañía que abarcará cinco artículos que reseñarán cada uno de los cinco tomos que recopilan la serie original “Stray Bullets“.


A mediados de la década de los noventa -en pleno boom del interés que generó “Pulp Fiction” (Íd, 1994) de Quentin Tarantino por el género negro -por las historias de perdedores en tono noir y el gusto por convertir a los habituales protagonistas del hampa y diversos criminales en personajes costumbristas tan víctimas de la cotidianidad y de la cultura pop como cualquier “hijo de vecino”- aterrizaba en nuestro medio favorito, el de las viñetas por supuesto, una de las publicaciones independientes más interesantes del momento -por no decir de los últimos tiempos-. Una colección de cómics que lanzaría la carrera de su autor, David Lapham, a una más que notable popularidad y prestigio.  “Balas perdidas” es el proyecto más personal hasta la fecha del guionista y dibujante estadounidense, nacido en Nueva Jersey. La serie debutó en su propia editorial, bautizada como El Capitán, co-fundada con su esposa allá por el año 1995. Tras unos comienzos, más bien tibios, en una recién “salida del hornoValiant Editorial, donde trabajó en los primigenios títulos de Shadowman o Hardbinger -ahora de rabiosa actualidad tras la renovación de dicha editorial-, Lapham se decidió por la vía de la auto-edición para desarrollarnos esta historia negra, en muchos sentidos, que conjuga perfectamente el drama, la acción y todos los convencionalismos del noir norteamericano. Una obra totalmente deudora de los clásicos del género, sin dejar de lado las más que evidentes referencias del cine de “gánsteres desocupados y expertos en cultura pop” del “enfant terrible” en boga de aquel momento -Quentin Tarantino- o la afamada “Sin City” del -todavía en aquellos tiempos- grande y prestigioso Frank Miller.

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De esta manera, y de forma totalmente serializada, Lapham sacó al mercado, en formato de comic-books, este “Balas Perdidas” con fecha de 1995. Acompañada de la curiosa foto, de cuando era un chaval, de su ficha policial en la contraportada. Publicación con la cual, pese a su irregular periodicidad, fue amasando diversos galardones -entre ellos el prestigioso Premio Eisner– y, por extensión, notoriedad en el mundillo y mercado estadounidense. Pronto el autor daría cuenta de lo fácil que era ganar un buen dinero trabajando para las dos Grandes del sector -es decir, Marvel Comics y DC Comics-, para las cuales realizó encargos centrados en los personajes de Daredevil y Batman, respectivamente. Encargos que, por un lado, no venían nada mal a la recién formada familia gracias a su paternidad, pero que, por el contrario, entorpecían o retrasaban el desarrollo del proyecto que le dio fama. De esta forma, y pese a sus reticencias y esfuerzos por no decaer, Lapham dejaba en stand by la serie con la friolera de cuarenta números publicados -más algunos especiales-. Tras diez años, dejaba aparcada “Balas perdidas” para desarrollar otros proyectos para Marvel, DC, Dark Horse o quien se le pusiera por delante de las cuales podemos destacar su buena labor para el sello Vertigo de DC Comics con su novela gráfica “Silverfish” o su serie regular -cancelada por malas ventas en su número 18- “Young Liars”, muy recomendable desde mi humilde opinión. Tras un tiempo alejado del personal universo creado en “Balas Perdidas”, Lapham comenzó a considerar la idea de retomar el proyecto -que inconcluso y con un cliffhanger importante de por medio había dejado- aprovechando la oportunidad que se le planteaba al poder integrar su pequeña editorial en la infraestructura de la “renacida” Image Comics, uno de los baluartes del cómic mainstream de los años 90 que había caído en desgracia, pero que en la era de los “dos miles” -y gracias a un cambio de rumbo y mentalidad por parte de su cúpula- se ha tornado en una de las más interesantes del mercado debido a sus propuestas de alta calidad y renombre de sus autores. En 2014 Image se hacía con los derechos de la obra de Lapham y, para alegría de todos, “Balas Perdidas” volvía para -esperemos- quedarse (la publicación de la nueva serie “Stray Bullets: Killers” da fe de ello) [2].

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Balas Perdidas” se compone de una sucesión de historias en apariencia auto conclusivas, pero que vistas en conjunto forman un todo. Es un relato de “gente normal” que se ve envuelta en los sucios negocios de desalmados hampones o a las que el lado más jodido de la vida, por motivos diversos, les ha hecho la zancadilla haciéndolas sufrir de forma totalmente injustificada. Este primer tomo, “La inocencia del nihilismo”, recoge los primeros siete números USA de la serie y está conformado por eso mismo, por pequeñas narraciones que parecen que no tienen demasiado entre sí, pero que de cara al futuro su importancia será capital. En este primer tramo de la serie se nos comenzarán a presentar a casi todos los personajes que constituyen la columna vertebral de ese “todo” antes mencionado. Destacar que el autor no opta por un desarrollo lineal de la trama, sino que cada capítulo salta en el tiempo -hacia delante o hacia atrás- para que nosotros, los lectores, una vez asimilado lo leído juntemos las piezas de este peculiar rompecabezas – ¿hemos mencionado antes a Tarantino? -. El primer corte nos presenta un relato que no encontraría mejor calificación que de tipo “tarantiniano”. Dos hombres transportan de noche en su coche una comprometida carga: el cadáver de una prostituta a la que el jefe mafioso local, el misterioso Harry, ha mandado ejecutar. El trabajo es sencillo, llevar el “muerto” a un lugar y deshacerse de ello “ipso facto”. Lamentablemente, uno de ellos no está muy bien de la “azotea”, el joven Joey, y, si a eso juntamos un enajenado “enamoramiento” con el cadáver tras ser uno de los participantes en la violación previa a la muerte de la mujer, la cosa se complica. Un capítulo que es una perfecta carta de presentación y que ya pone sobre la mesa cuáles serán las constantes del resto de la serie: el género negro, la construcción de personajes cimentada sobre sus acciones y diálogos, interacciones entre los distintos protagonistas, agilidad narrativa, un dibujo en blanco y negro -y con un genial dominio de la mancha en su entintado- perfectamente en consonancia con la oscura narración que Lapham nos presenta y un diseño de página de ocho viñetas de idéntico tamaño que le otorgan el aspecto cinematográfico deseado por el autor.

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Sin embargo, el joven Joey no será uno de los personajes capitales -aunque volveremos a verle en un futuro- en esta especie de macro relato de David Laphan sino que servirá para establecer el tono de una serie que se esforzará en mostrarnos la cara más amarga y mísera de la condición humana en clave de noir moderno. En su segundo capítulo el autor da un salto de 20 años en el pasado para situarnos en vísperas del verano de 1977, en escena ya aparece la pequeña Virginia Applejack que es, desde mi humilde punto de vista, no sólo una de las protagonistas de esta coral narración sino el personaje más importante y por el que pivotará el resto de la serie. Pero eso ya es adelantarnos a los acontecimientos. En su presentación, veremos como la vida de la pequeña Virginia -una niña un tanto diferente a las demás a la que en lugar de jugar con muñecas le encanta la recién estrenada, en dicha ficción, “La Guerra de las Galaxias” (Star Wars Episode IV – A new hope, George Lucas, 1977)- queda un tanto tocada al presenciar a la salida del cine -justamente tras ver por enésima vez la película seminal de la saga espacial de George Lucas- como uno de los matones del misterioso Harry, Spanish Scott, ejecuta a un pobre “moroso”. Señalar que, para fortalecer un poco más esa apuesta por “Pulp Fiction” (Íd, Quentin Tarantino, 1994) como influencia capital, si el enigmático Harry pudiera recordarnos al Marcellus Wallace del film del director de Knoxville, Spanish Scott es perfectamente un sosia de Vincent Vega. Un tipo letal con el cuchillo y con una referencia a la cultura popular -sobre todo a la saga de los Skywalker- en la punta de la lengua. El hecho de ser testigo de tan dramático suceso, llevará a enrarecer el afable carácter de la niña llegando a tener problemas con su familia -a los que sumar a una rancia relación con su madrastra- y en el colegio. A Lapham no le tiembla el pulso al mostrarnos sin pudor alguno como la chiquilla es víctima de “bullying” -esa práctica tan arraigada en los EEUU que hemos podido ver incluso en las comedias más ligeras- por parte de sus compañeros. Una situación que hará que la pequeña huya de su hogar y protagonice junto a un adulto, que la recoge cuando ésta hace auto-stop, uno de los episodios más angustiantes de los sietes que componen este libro. Y es que, durante sus páginas, el autor coquetea con algo tan desagradable como la pederastia. Virginia será una víctima. Pero como no tengo ánimo de spoilear su desenlace, por favor, leedla. Es una muestra de la mezquindad inherente en el ser humano. Otro trío de personajes que aparecerán, y que serán vitales para el futuro, será el conformado por Nina -la chica de Harry-, su amiga Beth y Orson -un pimpollo de futuro prometedor que se verá truncado al cruzar su camino con ellas-. Este peculiar grupo vivirá una “aventura” mafiosa al más puro estilo “Amor a quemarropa” (True Romance, Tony Scott, 1993) – ¿Tarantino? – al ser perseguidos por los secuaces de Harry -el mencionado Spanish Scott y el Monstruo- y verse obligados a huir de la ciudad. La génesis de lo que más adelante Lapham desarrollará, aquí se nos presenta. Y no menos importante será Amy Racecar, sin duda el personaje más “cool” de “Balas Perdidas”. No me extenderé demasiado ya que poco se nos contará de ella en este primer tomo, pero seremos testigos de cómo los actos de esta asesina y ladrona de bancos del año 3077 serán catastróficos para todos los habitantes del planeta Tierra. La clave onírica del relato podrá darnos más de una pista. Y hasta aquí puedo leer.

En definitiva, la recuperación de “Balas perdidas” por parte de La Cúpula es una extraordinaria noticia. Si tuviera que definir esta obra de David Lapham con una sola palabra, ésta sería “brillante” (y en mayúsculas). Una historia de género negro bien contada y bien dibujada donde el esfuerzo primordial se pone en la construcción de sus intérpretes. Lapham logra que riamos, que suframos y que queramos a sus personajes. Todo ello acompañado de una labor artística excepcional que hace de esta serie una de las más recomendables para todo amante del noir -o del cómic en general-. Toda una “master class” de cómo hacer “tebeos” de calidad saliéndose de los estándares del cómic mainstream más generalista. Estén atentos a los próximos disparos, porque nunca se sabe dónde puede acabar una bala perdida.

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[1] Este es otro artículo publicado en otra web que reciclo y recupero (en su versión previa a los teóricos retoques que se hicieron para su publicación allí) con objeto de reseñar los cinco tomos aparecidos de la serie hasta la fecha en un “Especial Balas Perdidas“.

[2] Cabe señalar que en nuestro país ha sido La Cúpula la encargada de publicarla. Sin embargo, también podemos decir que de una manera un tanto extraña. Primero, desde 1998, respetando el original formato en “grapa” -con cubiertas de cartón como sustancial diferencia- en su irregular línea “Fuera de serie Comix”, dejándola inconclusa a la altura del número 22 -así como con otras series del catálogo- para acabar recopilándola en cuatro tomos en rústica, allá por 2005, a semejanza que en Estados Unidos y que contendrían las primeras treinta entregas. El cuarto tomo supuso el último mientras se esperaba a que Lapham diera por concluido el último y más extenso arco argumental de la serie. Algo que no llegó hasta mucho después. El verano pasado, la editorial catalana anunciaba que retomaba la publicación con un quinto tomo y la reedición del material original ya publicado. Hasta la fecha ha reeditado los tres primeros tomos de la serie.

“Diablo House” (Ted Adams, Santipérez)

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Titulo original: Diablo House / Guión: Ted Adams / Dibujo: Santipérez / Portada: Santipérez / Formato: Cartoné Páginas: 128 pags. / Editorial: Norma Editorial / Precio: 18€. / ISBN: 978-84-679-3420-5


¿Dinero? ¿Fama? ¿Sexo? ¿Poder? Todos tus deseos, tus más oscuros anhelos, pueden hacerse realidad, pero también hay un precio que pagar. Acompañemos a Riley, nuestro surfero anfitrión, por Diablo House, una casa hecha a imagen y semejanza de la Casa Batlló de Gaudí donde moran las almas de aquellos que fueron lo suficientemente atrevidos (o desdichados) como para intentar conseguir cumplir sus sueños a costa de todo y de todos.


En la californiana ciudad de San Diego, a orillas del Pacífico, más concretamente en su privilegiada comunidad de La Jolla, rodeada de la belleza de sus amplias playas de arena blanca y disfrutando de unas envidiables condiciones climatológicas, se yergue una siniestra construcción, de clara influencia modernista, llamada Diablo House. En alguna de sus habitaciones podrás hacer tus sueños realidad. Sin embargo, nadie da nada a cambio de nada y un alto precio tendrás que pagar por ellos. Nadie dijo que tomar un atajo no tuviera consecuencias. Dinero, poder, fama, … Todo lo que quieras, simplemente haciendo uso de tu alma como moneda de cambio. Como si de una versión moderna de “Fausto” se tratara, Ted Adams y Santipérez, responsables máximos de esta miniserie de cómics, nos ofrecen una mirada al lado más desagradable, más oscuro, de la condición humana utilizando convenciones del género de terror que nos resultarán familiares, pero sin que las sintamos como anticuadas. Un canto de amor a un género tomando prestada la tradición de publicaciones míticas como “Tales from the Crypt” de la archifamosa “EC Comics”, los magazines de terror de la “Warren Publishing” con la revista “Creepy” como principal referencia o las antologías de terror publicadas por “DC Comics” como “House of Mistery” o “House of Secrets”. Auténticos clásicos del horror en los que grandes artistas del medio aportaron su granito de arena con impresionantes muestras de su talento. “Diablo House”, publicada en una miniserie de cuatro “comic books” por IDW en 2017, se suma y nos ofrece un sentido homenaje a una forma de entender el cómic y, más concretamente, un género que a muchos de nosotros nos apasiona.

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A semejanza de los títulos mencionados, en “Diablo House” tendremos también a un anfitrión, a un maestro de ceremonias, que nos introducirá en cada uno de los cuatro relatos diferentes de los que se compone la obra. Para la ocasión, en lugar de un cadáver en pleno proceso de descomposición o una decrépita bruja, encontraremos a un californiano surfista de pelo largo y torso desnudo llamado Riley que hará las veces de narrador siempre haciendo ironía de lo macabro, sin necesidad de ocultar su desparpajo, así como su negro sentido del humor, y mostrándonos, al término de su relato, las graves consecuencias a las que se exponen los protagonistas por tomar el camino fácil, por conseguir aquello que ansiamos gracias a la sobrenatural ayuda de la siniestra casa. Una casa que combina elementos esotéricos de diversas culturas con el modernismo de la impresionante Casa Batlló de Antoni Gaudí, así como de La Sagrada Familia. No en vano, aquí se nota la influencia de Santipérez, artista patrio que ilustra con maestría dichos relatos y que ya ha manifestado en ocasiones su gusto tanto por el famoso arquitecto como por artistas modernistas como Ramón Casas o Santiago Rusiñol. De esta forma, Riley nos ilustrará, por un lado, con la historia de la casa y de cómo su jefe ha tomado elementos de la arquitectura de Gaudí y, por otro, realizará un tour en el que nos irá relatando los destinos y miserias de aquellos que han sido lo suficientemente atrevidos como para hacer un pacto maldito. Tendremos al típico individuo consumido por la codicia que ansía escalar socialmente, a un tímido nerd al que le pierde la lujuria, a un mago fracasado y a un piloto de carreras siempre a la sombra de su mejor amiga que perseguirán sus más oscuros deseos a costa de todo lo demás, incluidas las vidas de sus seres queridos.

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A Ted Adams, CEO de la editorial IDW y guionista de “Diablo House”, ya pudimos leerle en la magistral adaptación al cómic de la novela de Richard Matheson, “El hombre menguante” [1], que “Planeta Cómic” publicó en nuestro país. Adams, en el epílogo contenido en la edición que “Norma Cómics” nos ofrece ahora, se confiesa fan de los cómics clásicos de terror, concretamente de la revista “Creepy” de la “Warren” y de la “House of Mistery” de “DC Comics”, pero sobre todo del arte contenido en estas publicaciones. Impresionado desde siempre por ilustradores de la talla de Mike Kaluta y, sobre todo, Bernie Wrightson, no esconde que su intención era recuperar el espíritu de esos cómics y que ha hecho de “Diablo House” el vehículo idóneo para poder llevarlo a cabo. Paralelamente, los hados del destino le confirieron la oportunidad de conocer a Santipérez, de poder encandilarse con su talentoso trabajo, y el resto es historia. Pérez es una figura poco prolífica dentro del panorama “comiquero”. Comenzó en la década de los noventa publicando historias para la extinta versión española de “Creepy” publicada por la añorada “Toutain Editorial” pasando casi dos décadas sin publicar nada profesionalmente hasta que la nacional revista “Cthulthu” (editada por “Diábolo Ediciones”) lo recuperó para goce y deleite de todos los aficionados [2]. El estilo de Santipérez no sólo recuerda poderosamente al de Bernie Wrightson, sino que podemos apreciar otras influencias de artistas de gran calibre como Richard Corben, Mark Schultz o Frank Frazetta. Y no sólo eso, sino que podemos percibir una sensibilidad narrativa fuertemente arraigada en los clásicos del terror de las décadas de los sesenta y setenta. Su arte tiene poder, tiene brío, haciendo gala de un detallismo extremo que permite al lector ensimismarse con cada pequeño detalle. Sus viñetas, sus composiciones de página, nos atrapan denotando un dominio de la narrativa secuencial -prueba de ello la vibrante carrera automovilística de la última historia-. Todo ello, combinado con los colores de Jay Fotos, nos hace partícipes de una excepcional e impresionante experiencia. En definitiva, el dibujante patrio es la verdadera estrella de la función. Prueba de ello son los numerosos extras que contiene la edición de “Norma Editorial” en forma de bocetos, dibujos preparatorios y páginas a lápiz. Una auténtica delicia. No podemos decir lo mismo del trabajo de Adams que, sin ser decepcionante, se queda un tanto a medio gas. Las historias cuentan con premisas interesantes y sorprendentes desenlaces con moralina final al más puro estilo de “La Dimensión Desconocida” (The Twilight Zone, Rod Serling, 1959-1964), pero en los que quizás no se profundiza demasiado en los personajes, sus motivaciones o el drama de los mismos. Afortunadamente, la parte artística permite que las ilustraciones transmitan plenamente el carácter ciertamente onírico y de pesadilla de las narraciones contenidas en “Diablo House”.

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En definitiva, “Diablo House” es una opción ideal para todo aquel aficionado al terror. Una antología del horror, de la peor condición de nuestra especie, siguiendo la añorada estela de publicaciones tan míticas como “Tales from the Crypt” o “Creepy” y que muchos de nosotros echamos verdaderamente en falta. Las historias contenidas son lo suficientemente interesantes como para mantener nuestra atención, pero si verdaderamente hay un aspecto que destaca sobre todo lo demás es el arte del Santipérez, un verdadero virtuoso que no sólo nos presenta un trabajo realizado a base exquisitas ilustraciones, sino que demuestra un total control de la narración retrotrayéndonos a un tipo de cómic de los que hace tiempo no se hacen. Un auténtico genio al que no hay que perder de vista. En el epílogo, Ted Adams se da por satisfecho y no da muestra alguna de que haya continuidad. Espero que cambie su parecer y podamos visitar de nuevo Diablo House.

Te gustará si: Si disfrutaste con la revista “Creepy”, si te enrolla el terror, si flipas con los cómics tipo “Tales from the Crypt”, si te molan dibujantes como Bernie Wrightson o Richard Corben,… En definitiva, si te gusta el buen cómic de genero de horror esta es una opción ideal. Difícil que defraude.

 

[1] Cuya crítica podéis leer aquí.

[2] Todas las historias que el dibujante realizó para la revista “Cthulthu” están recopiladas en un tomo, “Various Horror Visions. Historias de terror cotidiano“, publicado por “Diábolo Ediciones“.