El Hombre Menguante (Ted Adams, Mark Torres)

El Hombre Menguante Ted Adams Mark Torres (1)

Titulo original: The shrinking man / Guión: Ted Adams / Dibujo: Mark Torres / Portada: Mark Torres / Formato: Cartoné / Páginas: 112 pags / Editorial: Planeta Cómic / Precio: 14,95€ / ISBN: 978-84-914-6064-0


Durante una travesía en barco, Scott Carey es cubierto completamente por una misteriosa niebla de origen radioactivo. Días más tarde, Scott descubrirá, para su propio horror, que su cuerpo está menguando a una velocidad de tres milímetros y medio diarios. La ciencia se verá incapaz de darle solución a su problema y la vida cotidiana de Scott se convertirá en un horror al ser, sus semejantes, incapaces de comprender su sufrimiento.


La importancia de la obra y la figura del escritor norteamericano Richard Matheson es innegable. Seguramente el grueso del “Gran Público” desconoce cómo sus relatos, novelas o guiones tanto para ficciones televisivas como para largometrajes han influido en figuras tan famosas -y ahora consideradas como “Grandes” en sus disciplinas- como Steven Spielberg, Stephen King o George A. Romero entre otros muchos. Recordemos que el fundador de la “Amblin Entertainment” sorprendió a propios y extraños con la adaptación de uno de sus relatos. Me refiero, por supuesto, al “El Diablo sobre ruedas” (Duel, Steven Spielberg, 1971), una “T.V. Movie” con la que el director de “Tiburón” (Jaws, Steven Spielberg, 1975) cosechó muy buenos resultados -llegando incluso a poder estrenarla en salas de cine-, añadiendo a su estilo varias de las características propias del trabajo de Matheson, es decir, la aparición del héroe a su pesar o la irrupción de un elemento totalmente extraordinario en la cotidianidad. Algo que también asimiló perfectamente el “Maestro del Terror” Stephen King. Y no puedo dejar de mencionar, para no extenderme demasiado, que la cinta seminal con la que se popularizó el (sub)género “Zombie” -que todavía a día de hora sigue dando sus coletazos-, “La Noche de los Muertos Vivientes” (Night of the Living Dead, George A. Romero, 1968), está abiertamente -sus responsables nunca lo negaron- influenciada por una de sus novelas más populares, es decir, “Soy Leyenda” (The last man on earth, 1954) y por el Film “Soy Leyenda” (The last man on earth, Sidney Salkow, 1964).

Pero sin duda, existe un punto de inflexión muy importante en la carrera de Richard Matheson. Originario de Allendale, Nueva Jersey, Matheson se crió en Brooklyn donde desde pequeño profesó su afición por la literatura y el oficio de escritor, labor que pudo desempeñar publicando pequeños cuentos en un periódico local. Años más tarde, y afincado en el “Estado de California”, compaginó la creación de ficciones literarias -que comenzaron a editarse en la revista “The Magazine of Fantasy and Science Fiction” desde 1950 con la publicación de su primer relato “Nacido de hombre y mujer”- con su trabajo en la planta de Douglas Aircraft -una de las más populares constructoras de aviones y misiles, así como contratista de defensa, estadounidenses de la época- en Santa Mónica. Pese a que comenzó a convertirse en un autor con un cierto renombre en el sector, la magnífica recepción y buenas críticas cosechadas por su novela “Soy Leyenda” (The last man on earth, 1954) no daban el rédito económico esperado por el autor -que ya contaba con una amplia familia, con los deberes que atender que ello conlleva-. Fue precisamente esto lo que le llevó a tomar una importante determinación: Darle una última oportunidad a su faceta de escritor. Dejó la “Costa Oeste” para mudarse a una casa en Long Island en cuyo sótano se encerró a escribir. Dice la leyenda que en esas peculiares condiciones de trabajo encontró la aspiración para la novela que, no sólo le haría famoso, sino que le abriría las puertas de Hollywood: “El Increíble Hombre Menguante” (The Incredible Shrinking Man, 1956).

El resto forma parte de la historia: La novela fue un éxito, llamó la atención de los “Estudios Universal” y Matheson les vendió los derechos de la misma, incluso pudo adaptar su guion él mismo. Un año después de la publicación del libro, llegaba a las salas de cine su versión cinematográfica: “El Increíble Hombre Menguante” (The Incredible Shrinking ManJack Arnold, 1957). Las buenas cifras generadas por la película propiciaron que el autor pudiera dedicarse a escribir para cine y televisión. Uno de los programas catódicos donde Matheson se hizo famoso fue el creado por Rod Serling, “The Twilight Zone”, donde escribió capítulos memorables. Pero eso es salirnos del tema que hoy hemos de tratar aquí. “IDW Publishing” publicó, en “Estados Unidos”, una miniserie de cuatro números en la que el guionista Ted Adams – además presidente de la editorial- y el dibujante Mark Torres adaptan la famosa novela de Matheson. En nuestro país, “Planeta Cómic” es la encargada de ofrecernos esta historia en un bonito tomo recopilatorio en cuyo interior, además de la citada miniserie, encontraremos varios textos de los responsables y un magnífico prólogo escrito por Peter Straub a modo de “Extras”.

El Hombre Menguante” cuenta la historia deScott Carey, un tipo común que un día, tras ser completamente cubierto por una niebla radioactiva durante una travesía en barco, descubre que su cuerpo va en progresivo decrecimiento. Cabe señalar que, como en todo relato de los años 50 que se precie, el miedo a la radioactividad está muy presente. El terror psicológico que la “Guerra Fría” impuso ha sido el detonante creativo de muchos artistas y el origen de iconos y grandes obras del siglo XX -a esta historia me remito o a la creación de la mayor parte del panteón “Superheroico” de la editorial “Marvel Comics”, por ejemplo-. Tras no encontrar cura ni remedio, los médicos que le hacen pruebas se ven incapaces ante tal suceso, Scott sufrirá las consecuencias de su estado. Poco a poco verá como la sociedad, incluyendo incluso a su familia, lo irá expulsando debido a que la humanidad rechaza, repudia, todo aquello que no comprende o la asusta. A Scott no le quedará más remedio que aceptar su nueva situación, tras pasar por todo un infierno físico y mental. La soledad del ser humano y la alienación son temas recurrentes en la obra de Matheson -no pocas son las similitudes entre esta novela y su “Soy Leyenda” (The last man on earth, 1954) al respecto-.

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Llama la atención, en primera instancia, la voluntad de ser fiel al original por parte de Ted Adams. Así como en la novela, Adams toma la determinación de optar por el desarrollo no lineal con el que Richard Matheson decidió contar las aventuras de este hombre menguante -a diferencia del “Film” de Jack Arnold que sí optaba por una estructura más convencional de contar/mostrar la trama-. Adams se sirve, de cara a que el lector no se pierda entre tanto salto temporal, del tamaño de Scott para situarnos en el curso de la historia. Y así como el propio creador, los responsables del cómic nos adentran en este universo poco a poco. Recorremos el camino vivido por el protagonista como testigos de excepción y, a medida que pasamos páginas, vivimos con él la angustia y el horror sufridas por Scott Carey. Y no me refiero a las más explícitas y de corte aventurero como el increíble enfrentamiento con la gigantesca araña -una forma magnífica de abrir el relato-, sino también a la desazón y frustración del protagonista a la hora de enfrentarse a su realidad cotidiana mientras su cuerpo se comporta de forma extraña. Independientemente de que sus semejantes le señalen por la calle o adolescentes que rían de él, sino que es el deterioro de su relación con su familia la que causa el mayor de los horrores en su psique. El hecho de no poder ejercer como figura paterna respecto a su hija o el no poder satisfacer sexualmente a su esposa -un tema que, por obvias razones de censura de la época, en el “Film” de Arnold sólo se sugería- son las principales afecciones, al margen de las físicas, que Carey sufre. Eso sin contar con el desolador retrato que compone de la condición humana, se pueden presenciar abusos por parte de infantes, pedofilia y la sexualidad en su vertiente más oscura.

En paralelo al desarrollo del proceso de empequeñecimiento del protagonista, el relato convierte un escenario cotidiano en el más sorprendente y desolador paisaje donde la aventura de corte “Pulp” y folletinesca inunda nuestros sentidos. Una vez que Scott se ve reducido a una altura de escasos milímetros, el sótano de su casa -antes su hogar- se torna extremadamente hostil haciendo vital su lucha por la supervivencia. A la hambruna y al frío, añadiremos a amenaza de elementos que, en nuestra condición de gigantes respecto al tamaño de Carey, no percibimos como tales. El enfrentamiento con la araña antes citado, con el que se abre la trama, se extiende y conforma un elemento de tensión durante la misma. Algo parecido ocurre con el pasaje con el gato o cuando su hija, sin malicia alguna, lo agarra como si de un juguete se tratase. Sólo será con la aceptación de su nuevo estatus que Scott salga victorioso. Pero para llegar hasta ese punto, habrá de vivir un infierno de frustración, soledad, aislamiento e incapacidad de comunicarse con sus semejantes. Un viaje que le transformará profundamente, no sólo en el plano físico sino también en el psicológico.

En el apartado gráfico nos encontramos con el dibujo del filipino Mark Torres -asistido al color por Tomi Varga-. Los lápices de Torres son los suficientemente resultones para que el cómic nos llame la atención desde un primer momento. Tal vez el diseño de sus figuras humanas sea un tanto feísta, pero sin duda casa bien con el relato a contar. Todo lo contrario ocurre con los pasajes en los que Scott se enfrenta a la monstruosa araña. Ahí el dibujante sabe plasmar de forma acertada el terror y repulsa que pueda causarnos el animal. Narrativamente el artista se defiende positiva y considerablemente, resultando ésta muy fluida. Por otra parte, el diseño y estructura de muchas de sus páginas es altamente original y vistoso. A todo el apartado artístico podemos añadir unas portadas de corte minimalista -al estilo de las de “Los Proyectos Manhattan” deJonathan Hickman y Nick Pitarra- de gran empaque.

En conclusión, una lectura más que recomendada tanto para los aficionados al rico universo literario de Richard Matheson como para los desconocedores de su obra. Sin duda, para estos últimos, una grata forma de adentrarse y conocer el trabajo -aunque sea adaptado por terceros- de uno de los grandes escritores del siglo XX. Si hubiera que sumar algo al saldo negativo de este producto, yo diría que lo único malo que tiene la adaptación de Adams y Torres de “El Hombre Menguante” es que se lee en un suspiro. Cuatro “Grapas” se hacen demasiado cortas para un relato de este calibre. Incluso podría rematarlo mencionando los textos explicativos del propio Adams -e incluidos en el tomo- que se hacen necesario para colmar las ganas de más que deja la lectura de este tomo. Un tomo que, al igual que la novela -que sus responsables ya he comentado se han esforzado en seguir fielmente-, tras su lectura deja ese poso en nuestras cabezas. Esas inquietudes, esos pensamientos, que se han plantado durante el transcurso del viaje y que, una vez finalizado, crecen en nuestras cabezas para que podamos desarrollarlas. Sin lugar a dudas, un relato que no te dejará indiferente.

El Hombre Menguante Ted Adams Mark Torres

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Historias para no dormir (1ª Temporada) (Narciso Ibáñez Serrador, 1966)

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A modo de introducción: el género fantástico patrio, conocido por la mayoría de los aficionados como “fantaterror“, fue muy fecundo y tuvo su momento de gloria entre las décadas de los sesenta y setenta. A nadie que esté familiarizado con el tema pueden resultarle extraños nombres propios de grandes del medio cinematográfico nacional como Paul Naschy, Jess Franco, Jordi Grau, León Klimowsky o Eugenio Martín. Por su parte, famoso por el “show” televisivo “Un, Dos, Tres,…“, Narciso Ibáñez Serrador (conocido también como Chicho) no sólo ha demostrado que es un gran aficionado al terror y la ciencia ficción sino que nos ha legado como herencia, dejando en el imaginario colectivo, dos piezas claves del horror en nuestro país como son una aproximación gótica al giallo representada por su filme “La Residencia” (Íd, 1969) y la monumental “¿Quién puede matar a un niño?” (Íd, 1976), una auténtica obra maestra a la que los años no hacen mella alguna. Antes de ello, Chicho introdujo, en los pocos acostumbrados al terror hogares españoles, el miedo a través de los catódicos rayos de sus televisores. “Historias para no dormir” era un formato inédito en nuestro país que suponía la importación de un tipo de serie a imagen y semejanza de hitos del medio como “La Dimensión Desconocida” (The Twilight Zone) de Rod Serling. Comenzando apenas sin medios, Chicho Ibáñez Serrador hizo historia de nuestra televisión metiendo el miedo en el cuerpo de los espectadores. Algo que le reportó éxito y la oportunidad de ser recordado con cariño, entre muchas otras cosas, por aquellos al otro lado de la pantalla. “Historias para no dormir” se compuso de tres temporadas (si se nos permite hacer uso de un término que puede que en la época no se utilizara) y este primer artículo (de tres) viene a ser una guía de sus episodios. Espero que lo disfruten.

1.1. El cumpleaños

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Titulo original: El cumpleaños / Fecha de emisión: 4 de febrero de 1966 / Director: Narciso Ibáñez Serrador / Guión: Luis Peñafiel (basado en el relato “Pesadilla en amarillo” de Fredric Brown) / Reparto: Rafael Navarro, Josefina de la Torre / Duración: 19 min

Narciso Ibáñez Serrador decidió dar comienzo a sus “Historias para no dormir”, en la Televisión Pública en el año 1966, con el cortometraje, escrito (bajo el pseudónimo de Luis Peñafiel) y dirigido por él mismo, “El Cumpleaños”. Este primer episodio actúa como una especie de “carta de presentación” del programa hacia los espectadores, para que éstos pudieran comprobar de primera mano qué tipo de contenidos les ofrecerería Televisión Española las noches de los viernes. Como será la tónica habitual, Chicho hará las veces de anfitrión introductor, como hiciera su idolatrado Alfred Hitchcock durante toda una década atrás, desde 1955 a 1965, en la que se emitió su serie televisiva “Alfred Hitchcock presenta” en la CBS y la NBC. Sin lugar a dudas, principal referente e influencia de este espacio realizado por el famoso creador del mítico “Un, Dos, Tres, …”. Así como hiciera el Maestro del Suspense, el director de “Historias para no dormir” presentará a su “criatura”, haciendo gala de su peculiar sentido del humor, e incluso se permitirá despedirla con una lectura moral a modo de epílogo.

El Cumpleaños” adapta el mini-relato “Pesadilla en amarillo” del famoso escritor de misterio y ciencia ficción estadounidense, enraizado en la tradición de las publicaciones pulp de su época, Fredric Brown (recogido en nuestro país en la recopilación “Luna de miel en el infierno y otros cuentos de marcianos”). Con una espectacular habilidad para la escritura y un total dominio de la síntesis, muchas de las historias de este increíble creador son mini cuentos, de una o dos páginas, en los cuales el autor se lanzaba a la búsqueda del mayor efecto en el lector con la máxima economía de palabras. Encontramos así ingeniosas tramas, ideas y conceptos interesantes y, en su mayoría, finales inesperados. El relato que nos ocupa nos cuenta la peculiar “crisis de los 40” de un jurista agobiado por las deudas y frustrado por un matrimonio vacío con una esposa a la que odia. De forma meticulosa y perfectamente calculada, pretende desaparecer del mapa tras robar una considerable cantidad de dinero a sus clientes y asesinar a su esposa en el día de su Cuarenta Cumpleaños.

A diferencia del relato de Brown, Narciso Ibáñez Serrador decide sustituir la tercera persona en la que está relatada la historia en papel por la “voz en off” de nuestro anónimo protagonista, empleado de banca en lugar de abogado, y a mostrarnos de primera mano su “cotidianidad” diaria junto a la mujer que detesta. Altivo, con cierto aire de superioridad, nuestro personaje principal nos relata su sentimiento de aversión hacia su cónyuge, la típica Ama de Casa complaciente de la época, totalmente muda para el espectador (aunque no para con su marido). Ordenada, servicial y fiel a los designios de su esposo, por el que profesa un gran amor. Nada de eso tiene importancia para él, ya que nos descubre su preferencia por las jovencitas, representadas aquí por una uniformada azafata de vuelo.

Es así como, sin prisa, pero sin pausa, esa envolvente “voz en off” nos irá desgranando el dantesco plan para su Cincuenta Cumpleaños (no Cuarenta como en el relato, ¿tendrá algo que ver con la esperanza de vida? ¿o con la madurez?) que consiste en aprovechar un largo “fin de semana”, propiciado por una festividad caída en lunes, para desvalijar la cámara acorazada de la Entidad bancaria en la que trabaja y asesinar a su mujer tras la vuelta de su cena de celebración en un restaurante. Todos los detalles serán expuestos con minuciosidad: dónde cometerá su crimen, el arma con el que lo cometerá, la razón por la cual nadie oirá los gritos de su víctima (los únicos sonidos que escucharemos de su pobre mujer y fuera de plano) o como ha engrasado la cerradura del armario donde esconderá el cadáver, así como el destino (con todas las escalas aeroportuarias memorizadas al dedillo) en el que podrá comenzar su nueva vida dejando atrás todo aquello que le ha hecho infeliz y odia con toda su alma.

El uso por parte de Ibáñez Serrador del narrador en primera persona otorga a este cortometraje cierto carácter literario. Además, nos hace cómplices de su protagonista, magníficamente interpretado por Rafael Navarro, poniéndonos en una incómoda situación: nadie, excepto nosotros, sospecha lo más mínimo de las macabras intenciones de este señor de clase media/alta que podría vivir en la casa de al lado. Respetado y considerado como respetable por sus allegados, vecinos y compañeros de trabajo es el claro ejemplo de que el Hombre es capaz de albergar a un monstruo, el más terrorífico de todos, en su interior.

No desvelaré el final de la historia, pero su inesperado desenlace, irónico y tétrico a partes iguales, deja cierto poso moral. El cambio del arma homicida por parte de Ibáñez Serrador, una porra en el relato de Brown por un cuchillo largo y afilado aporta más carga emocional si cabe al homicidio. Pese a estar fuera de plano, que podamos escuchar los gritos y lamentos de la víctima, consigue acrecentar nuestra sensación de desasosiego. Sin duda, “El Cumpleaños” pone las cartas sobre la mesa y es toda una declaración de intenciones, totalmente magistral, que demuestra perfectamente que “menos es más”.

1.2. La Mano

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Titulo original: Demon with a glass hand (episodio de la serie The Outer Limits) / Fecha de emisión: 11 de febrero de 1966 / Director: Byron Haskin / Guión: Harlan Ellison / Reparto: Robert Culp, Arlene Martel, Abraham Sofaer, Bill Hart, Robert Fortier, Rex Holman / Duración: 48 min

Para el segundo episodio de “Historias para no dormir”, y así como lo anunciara en la presentación del capítulo anterior (“El Cumpleaños), Narciso Ibáñez Serrador recurrió a la reposición de material de ciencia ficción de procedencia anglosajona para entretener al espectador en esa noche de viernes de 1966. En este segundo programa, Chicho nos presenta la reemisión, con él mismo como introductor y epiloguista, del episodio “El Demonio de la mano de Cristal” de la segunda temporada de la mítica serie creada por Leslie Stevens “Más allá del límite” (The Outer Limits). Concebida como principal competidora de la exitosa “La Dimensión Desconocida” (The Twilight Zone) de Rod Serling, también se componía de historias auto conclusivas (con la ciencia ficción como temática preferente) que se remataban de forma sorprendente y, a menudo, con moraleja.

El argumento de “La mano” nos sitúa en un futuro donde la Tierra ha sido invadida por una raza extraterrestre llamada Kyben. Incapaces de hacerle frente por su superioridad tecnológica y armamentística, la raza humana abandona el planeta desatando una epidemia que deja al mundo inhabitable. El último ser humano de la Tierra, un individuo de nombre Trent, es un hombre amnésico, sin pasado, que posee una mano artificial de cristal conectada a su cerebro. Ésta es una especie de avanzada Inteligencia Artificial poseedora de la información que interesa a los Kyben, es decir, es la única conocedora del paradero de (o que ha pasado con) la Humanidad. Los Kyben, en su afán de hacerse con la mano, logran capturar a su dueño y extraerle varios dedos que componen su electrónico cerebro. Haciendo uso de una máquina del tiempo de los Kyben, Trent escapa y viaja al pasado con sus captores pisándole los talones. Una vez en el pasado, nuestro protagonista descubre que no hay posibilidad de retorno y que no le quedará más remedio que derrotar a sus perseguidores para poder dar con la situación de los muchos millones de seres humanos desaparecidos.

Demon with a glass hand” es la adaptación de unos de los guiones escritos específicamente para la serie por el afamado escritor de ciencia ficción Harlan Ellison, considerado como uno de sus mejores episodios y ganador de varios galardones por parte de crítica y colegas de profesión. Para su protagonista, el enigmático Trent, ya tenía prevista la cara del popular actor Robert Culp y así es como exigió su participación a la productora. Por problemas de presupuesto, Ellison tuvo que abandonar la idea de que Trent fuera perseguido a lo largo de la geografía de los Estados Unidos, reduciéndolo a una sola localización: un edificio. Como curiosidad, señalar que el episodio se rodó en el Bradbury Building, el mismo en el que dos décadas después se filmarían las escenas finales de otro clásico de la scifi, “Blade Runner” (Íd, Ridley Scott, 1982).

El relato, a pesar de encontrarse limitado por una claustrofóbica ubicación, la cual acrecenta la sensación de que no hay salida, es prácticamente una persecución (de arriba abajo y de abajo a arriba) en la cual la única forma de escapar es la confrontación. Poco a poco, Trent irá despachando a sus perseguidores, aunque de manera repetitiva, y descubriendo el misterio a medida que va recuperando los dedos perdidos de su mano de cristal. Acción e intriga son los ingredientes que caracterizan la trama. Una trama donde aparecen ideas muy originales como la misma mano de cristal parlante que alberga a un súper ordenador inteligente o los Espejos del Tiempo, esas máquinas con las que los Kyben logran desplazarse por la “Cuarta Dimensión”.

En 1984, tras el visionado del “The Terminator” (Íd, 1984) de James Cameron, Harlan Ellison no pudo contener su enfado por reconocer su trabajo en el film. De esta forma, acabó demandando por plagio al joven realizador canadiense y al resto de responsables de la cinta que catapultó la carrera de Arnold Schwarzenegger. Ellison argumentó que la película del director de “Titanic” (Íd, James Cameron, 1997) no sólo se parecía sino que tomaba ideas y conceptos aparecidos en este “Demon with a glass hand” , además de otras que se exhibían en otro guión para “Más allá del límite”, concretamente el del episodio titulado “Soldado” (la historia de un militar enviado desde el futuro a nuestro presente para resolver ciertos problemas que comprometen el destino de nuestro planeta), además del relato “No tengo boca y debo gritar” (donde un ordenador toma consciencia de sí mismo y decide exterminar a la Humanidad). En un principio, Cameron admitió que Ellison era un de sus influencias, pero pronto se desdijo. Sin tomar en cuenta la opinión del director, la Orion llegó a un acuerdo con el escritor, del que pocos detalles se publicaron, y accedieron a añadir un agradecimiento a su trabajo y persona en los créditos finales de la edición en formato doméstico del filme.

Para acabar, señalar que Chicho hace uso de la misma narración final del episodio en Versión Original para despedir el programa: “Al igual que el Hombre Eterno de la leyenda de Babilonia, como Gilgamesh, mil y doscientos años se extienden antes de Trent. Sin amor, sin amistad, solo. Ni hombre, ni máquina. Esperando el día en que será llamado para liberar a los humanos que le dieron movilidad, movimiento, pero no vida”.

1.3. & 1.4. La Bodega

Historias para no dormir 3

Titulo original: La Bodega / Fecha de emisión: 18 y 25 de febrero de 1966 / Director: Narciso Ibáñez Serrador / Guión: Luis Peñafiel (basado en el relato “Muchachos, cultiven hongos gigantes en el sótano” de Ray Bradbury) / Reparto: Luis Dávila, Irene Daina, Carlos Ballesteros, Asunción Montijano, Pedro Mari Sánchez / Duración: 31 min y 26 min

Para la tercera de las “Historias para no dormir” del mítico programa de televisión creado por Narciso Ibáñez Serrador, éste, bajo su habitual pseudónimo de Luis Peñafiel, adapta el cuento corto del famoso escritor y Maestro de la Ciencia Ficción Ray Bradbury “Muchachos, cultiven hongos gigantes en el sótano” (recopilado en nuestro país en “Las maquinarias de la alegría” publicado por la editorial Minotauro). No será esta la única vez que el director de “¿Quién puede matar a un niño?” (Íd, Narciso Ibáñez Serrador, 1976) tome prestada la obra de Bradbury. En esta ocasión, y debido a las limitaciones de duración del espacio establecidas por la cadena de televisión, Chicho tuvo que estructurar el relato en dos partes, por lo que los telespectadores de la época tuvieron que esperar una semana para poder vivir en primera persona el desenlace de esta asfixiante narración. “La Bodega”, título que da nombre a esta historia, se constituirá de los tercer y cuatro episodios de la serie.

Siguiendo la tónica del programa, Narciso Ibáñez presenta (e incluso despide la primera entrega tras un cliffhanger de auténtico infarto) ambos capítulos haciendo gala de ese humor negro que le caracterizaba. Tras los fogones de una cocina, y portando un mandil mientras bate unos huevos, Chicho nos introduce en el relato presentándonos aquel elemento primordial del mismo: los hongos. Con su habitual desparpajo, nos informa de que hará un guiso con ellos para la cena. Mientras nos confiesa que sus comensales, colegas de profesión de la competencia, esperan ansiosos el ágape. No escatima en darnos cuenta de lo peligroso que podría ser ingerirlos en el caso de que fueran venenosos. Además, tiene la amabilidad de indicarnos como podemos comprobar la toxicidad de los mismos con facilidad: sólo basta con hervirlos y la cuchara con la que los removamos nos indicará si podemos o no darnos un festín. Conociendo a nuestro anfitrión, el chascarrillo está servido. Un chiste, negro por supuesto, que tendrá continuación en el segundo capítulo de “La bodega” donde, además de alardear con el hecho de que puede hacer dos cosas a la vez, presentará el programa mientras ayuda a la comitiva de un entierro a portar un ataúd. Funeral, por si no cabía duda, de un realizador de amigo suyo que falleció en misteriosas circunstancias tras la ingesta de un guiso de setas en malas condiciones. Sin duda, además de un gran director, Chicho tenía una gran vis cómica.

La Bogeda” comienza con un mensajero en bicicleta llegando al domicilio de la familia protagonista, los Forthum. Éste porta un paquete para el pequeño Thomas, el benjamín de la casa. Se trata de una caja llena de hongos que el chaval pretende cultivar en la bodega, ya que reúne las condiciones ideales para que crezcan rápidamente, y, de esa manera, ganar algo de dinero. Paralelamente, mientras está en la oficina, el Sr. Forthum, de nombre Hugh, recibe la extraña visita de su amigo Roger. Su conducta es errática y, divagando en exceso, le confiesa su temor hacia una serie de inexplicables circunstancias que escapan a su entendimiento. Le hará prometer que no aceptará, bajo ningún concepto, ningún paquete que llegue por correo. Forthum, extrañado por el comportamiento de Roger, no da excesiva importancia al suceso hasta que cosas extrañas comienzan a suceder. Todas relacionadas con esos mismos hongos que su hijo está cultivando en el sótano.

Historias para no dormir 4

Aunque a Ray Bradbury se le conoce mayoritariamente por ser el creador de grandes e importantes historias de la Ciencia Ficción, cabe señalar que también destacó en el género del horror y este “Muchachos, cultiven hongos gigantes en el sótano” (material en el que se basa “La Bodega”) es prueba verídica de ello. Bradbury, y por extensión la adaptación de Narciso Ibáñez, fusionan perfectamente el terror con la scifi (e incluso el thriller) presentándonos un relato con el más puro estilo “conspiranoide” de las añejas producciones americanas de los años cincuenta con “La invasión de los ladrones de cuerpos” (Invasion of the Body Snatchers, Don Siegel, 1956) como principal referencia que puede venirnos a la cabeza. Como en el film protagonizado por Kevin McCarthy, aquí el origen del mal no se representa como una fuerza exterior contra la que se ha de combatir, sino como un enemigo que se infiltra en la sociedad, que la domina y la maneja con total impunidad provocando que nos desprendamos de nuestro individualismo en favor de un irreal colectivismo alimentado por nuestra alienación y obediencia a un extraño poder. Todo ello en el entorno más cotidiano, en el contexto más cercano, el de la familia.

A pesar de los pocos medios y la ambientación teatral que será “marca de la casa”, “La Bodega” constituye una de las mejores “historias para no dormir”. Así como cuenta con magistrales interpretaciones por parte de su cast como la de Luis Dávila como Hugh Forthum. Chicho logra crear una atmósfera agobiante donde el misterio acompaña al espectador prácticamente hasta el desenlace. Un desenlace, como será habitual en la serie, sorprendente. Contiene además ideas, conceptos y estampas de enorme calado terrorífico al hacer uso de niños en el relato. Las imágenes de las jóvenes víctimas de estos hongos venidos de otro planeta, protegiendo sus huertos a oscuras en los sótanos de sus hogares son, cuanto menos, aterradoras.

1.5. El Tonel

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Titulo original: El Tonel / Fecha de emisión: 4 de marzo de 1966 / Director: Narciso Ibáñez Serrador / Guión: Luis Peñafiel (basado en el relato “El Barril de amontillado” de Edgar Allan Poe) / Reparto: Gemma Cuervo, Jesús Aristu, Antonio Casas, Félix Dafauce, Ramón Pons / Duración: 51 min

No sabemos a ciencia cierta de la veracidad de las palabras de Narciso Ibáñez Serrador en el prólogo de “El Tonel” (quinto episodio de esta primera temporada) acerca del presupuesto del capítulo y del sacrificio de su salario, tanto por su parte como del resto del equipo técnico, para poder darse el capricho de realizarlo. Pero el resultado de su chanza es tan totalmente acertado (como rebuscado) para con el título del episodio. Desconocemos el coste de la producción, pero sí es cierto suponer (tal y como dice el responsable de estas “Historias para no dormir”, en un cerrado y primerísimo plano) que tanto el vestuario de época como el elevado número de extras encarecen el producto final.

Y es que para la ocasión (y bajo el sempiterno pseudónimo de Luis Peñafiel), Chicho adapta a uno de los maestros fundacionales del género del terror, es decir, a su adorado e idolatrado Edgar Allan Poe (algo que ya nos anunció en su declaración de intenciones del primer capítulo de la serie). La adaptación de “El barril de Amontillado”, un cuento corto publicado por primera vez en 1846, es la obra en cuestión que los espectadores de Televisión Española pudieron degustar esa noche de viernes del 4 de marzo de 1966 (fecha de la emisión). Señalar que la historia de Poe fue adaptada ya por Ibáñez Serrador en el filme argentino “Obras maestras del terror” (Íd, Enrique Carreras, 1959), una cinta basada en la serie homónima que emitida en el Canal 7 de dicho país a finales de la década de los cincuenta, en la que se versionaban varios de los cuentos del maestro del horror como “La verdad sobre el caso del señor Valdemar”, “El barril de Amontillado” y “El corazón delator”. Algunos de los cuales estuvieron protagonizados por su padre, Narciso Ibáñez Menta.

El relato que nos ocupa pertenece a la etapa más tardía del autor. El de Boston hizo aquí uso de un terror más mundano, de un horror sin elementos sobrenaturales, sin fantasmas ni seres de ultratumba. Ésta es una historia de venganza, donde el drama y el suspense son los ingredientes con los que se fundamenta el texto. Poe dará rienda suelta a su vena más amarga mostrándonos además uno de sus miedos más arraigados que repetirá en otros cuentos, es decir, el hecho de ser enterrado vivo o, en el caso que nos ocupa, a ser emparedado tras un muro de piedra. Un concepto muy gótico al igual que una muerte de lo más agónica, si se me permite señalar.

Chicho se toma la licencia, en su adaptación para el episodio, de trasladar el lugar la acción. Si el relato original se ambientaba durante la celebración de los carnavales de una ciudad italiana cualquiera del siglo XIX, en esta versión televisiva nos encontraremos en plena festividad de la vendimia del pequeño pueblo de Avalón, una humilde localidad de la Borgoña francesa. Hasta allí llegará un buhonero al que, tras solicitar hospitalidad a los lugareños, el alcalde del pueblo le confesará que será difícil que alguien lo acoja en su casa debido a los sucesos acaecidos en el festejo del año anterior.

El original de Poe cuenta la cruel venganza por parte de Montresor, cansando de sus injurias e insultos, hacia Fortunato, su verbal agresor. Aprovechando su embriaguez y su gran afición por los buenos caldos, resarcirá sus ansias de revancha con saña. Narciso Ibáñez Serrador le dará una vuelta de tuerca más al asunto añadiendo el adulterio a la ecuación. El desenlace de “El Tonel” estará desencadenado por “la historia más antigua de este mundo”, es decir, el amor o, en este caso, el desencanto del mismo. El vinatero Jean Samivet lo sufrirá en sus propias carnes tras comprobar la desfachatez de su esposa (a la que ama, venera e intenta colmar con lujoso detallismo) al intentar traicionarlo con el primer zalamero de cara bonita que se cruza en su camino. De esta forma, Chicho sustituye la venganza premeditada y calculada, esa que se sirve en plato frío, por una de carácter más pasional. Una capaz incluso de causar cierto sentimiento de empatía con el “vengador” (que podría considerarse “víctima” en primera instancia). ¿Justicia poética? Abrimos el debate de cara al lector.

Una historia que, a pesar de su sencillez, logra atrapar al espectador y crear una atmósfera de misterio, intriga y horror magníficamente interpretada por sus actores. Destacan sobre manera los recursos de los que el director ha podido contar para desempeñar su labor. Tanto el número de extras como el vestuario para su ambientación, así como las actuaciones de sus intérpretes, nos sitúan ante uno de los capítulos más cuidados hasta el momento. Señalar el magistral trabajo de Antonio Casas como Samivet que, bajo su afable rostro bonachón, se hace difícil creer que lleve a cabo su venganza con tal implacable crueldad. Y no sólo eso, sino que Ibáñez Serrador será capaz de sacar partido a recursos narrativos, tales como increíbles travellings, con el que poder alejarse, en algunas ocasiones, del encorsetado aspecto teatral que la serie ha convertido en tónica habitual.

1.6. La oferta

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Titulo original: La Oferta / Fecha de emisión: 11 de marzo de 1966 / Director: Narciso Ibáñez Serrador / Guión: Luis Peñafiel / Reparto: Carlos Larrañaga, Concha Cuetos, Pedro Sempson, Vicente Vega, Patricia Nigel / Duración: 26 min

¿Qué se le puede ofrecer a alguien que lo tiene todo? Dinero, poder, mujeres, … Luis Spalanzatto, un delincuente con delirios de grandeza, es el protagonista de la “Historia para no dormir” titulada “La Oferta”. Para esta ocasión, Narciso Ibáñez Serrador dirige un guión original propio (siempre bajo su consabido seudónimo Luis Peñafiel) alejándose tanto de la ciencia ficción como del horror para decantarse, así como anuncia en el prólogo del capítulo, por una historia más propia del cine negro.

Mientras responde las cartas de algunos de los espectadores, dejando de lado este tipo de presentación con guasa incorporada del que ha hecho gala hasta el momento (algo que aclara que no lo ha inventado él), que recriminan al realizador que el programa, “Historias para no dormir”, no ofrece el nivel de terror extremo deseado por los mismos. Chicho, con elegancia y mano izquierda, sale del paso aduciendo que no se puede privar a una mayoría (el sector para el que está destinada la parrilla de programación), más partidaria de ese tono más suave con la calidad del producto por bandera, sólo para contentar a unos pocos. De esta forma, advertirá que esa misma noche de viernes nadie pasará miedo ya que el espacio ofrecerá una historia de gánsteres, intentando evitar el estilo de las producciones americanas, deseando que sea del agrado de todos aquellos presentes al otro lado de la pantalla.

El desaparecido Carlos Larrañaga, una de las caras más conocidas de la escena interpretativas de nuestro país, es en “La Oferta” Luis Spalanzatto. Altivo, cruel y con ínfulas de estar por encima de todo ser mortal se jacta de tenerlo todo en la vida. Todo, salvo la envidia que el resto profesa por él. Hijo de un famoso capo de la mafia, Spalanzatto no dudó en vengarse con premura de aquellos que acribillaron a balazos a su padre. Salvo por la interrupción de dos flashbacks (en los cuales seremos testigos de cómo las gasta tanto con el sexo opuesto como con aquellos que intentan hacerle frente), Larrañaga protagoniza un largo monólogo en el que da cuenta de su personalidad, de sus caras aficiones y de su gusto por el control y la organización a un anónimo interlocutor. La oscuridad que cierne alrededor de las dos figuras, así como el cariz interpretativo del actor, ofrecen ese típico aspecto teatral tan propio de la serie.

Pese a las palabras de Ibáñez Serrador, el relato no se aleja demasiado del tono del cine negro americano, tanto en sus juegos de luces y sombras como en los aires de jazz de la banda sonora presente en prácticamente toda la duración del episodio. Bien es cierto que Spalanzatto trata de reírse de los clichés impuestos por las producciones del otro lado de Atlántico, pero él mismo, él en sí mismo, es un cliché propiamente dicho. Italiano, elegante, mujeriego, cruel y extorsionador. Un auténtico hombre de negocios, de negocios relacionados con la “Protección”, pero formalmente alejado de ese tipo de gánster corpulento con una gran cicatriz cruzándole la cara, vestido con camisa negra, corbata blanca y un sombrero de ala ancha calado hasta las cejas. Así es como él mismo, Spalanzatto, describe al tópico ofrecido por el cine a una de sus víctimas.  Quizá Chicho hacía referencia, por un lado, a la incontinencia verbal de su protagonista (algo parecido a la de su propia persona) como a, por el otro, que su desenlace, inesperado como de costumbre en “Historias para no dormir”, es lo que de verdad hace diferente su narración del referente estadounidense.

Como curiosidad señalar la participación en el capítulo de la actriz Concha Cuetos, otra cara de las más conocidas y populares en nuestro país, que ya coincidió con Narciso Ibáñez Serrador en la serie de misterio “Tras la puerta cerrada” previa a “Historias para no dormir” e inspirada, en su mayoría, en cuentos del escritor William Irish. Mujer todoterreno, Cuetos también trabajó a las órdenes de otro “grande” del “fantaterror” patrio como fue Juan Piquer Simón en filmes como “Los Nuevos Extraterrestres” (Íd, Juan Piquer Simón, 1983) o “Slugs, muerte viscosa” (Íd, Juan Piquer Simón, 1987). Sin embargo, es destacable la participación de la actriz porque en este episodio coincide con su, hasta dos veces, marido en la ficción en sendas series (muy importantes en la historia de la televisión de nuestro país) creadas y dirigidas por otro popular realizador patrio como es Antonio Mercero.

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“La zíngara y los Monstruos” (House of Frankenstein, Erle C. Kenton, 1944)

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Titulo original: House of Frankenstein / Año: 1944 / País: Estados Unidos / Duración: 74 min / Director: Erle C. Kenton / Guión: Edward T. Lowe Jr (idea de Curt Siodmak) / Producción: Paul Malvern / Productora: Universal Pictures / Distribución: Universal Pictures / Fotografía: George Robinson / Música: Hans J. Salter, Paul Dessau (no acreditado) / Diseño de Producción: John B. Goodman, Martin Obzina / Montaje: Philip Cahn / Reparto: Boris Karloff, Lon Chaney Jr. J. Carrol Naish, John Carradine, Anne Gwynne, Peter Coe, Lionel Atwill, George Zucco, Elena Verdugo, Sig Ruman, Glenn Strange / Presupuesto: 354.000$


El Dr. Gustav Niemann ha estado encarcelado durante 15 años por realizar extraños experimentos con cadáveres intentando seguir los pasos de aquel a quien idolatra, el Dr. Henry Frankenstein. Junto con su compañero de celda, el jorobado Daniel, Niemann sueña con el día en que pueda escapar y encontrar el diario del Dr. Frankenstein a fin de poder finalizar con éxito sus experimentos. Cuando una oportuna tormenta destruye los muros de la prisión que los retiene, el Dr. Niemann y Daniel escapan. En su camino se cruzan con un espectáculo ambulante que exhibe al supuesto esqueleto del Conde Drácula. Después de matar al dueño, el Dr. Niemann comienza su venganza contra aquellos que lo encarcelaron, lo cual lo lleva a usar a Drácula, al Monstruo de Frankenstein y al Hombre Lobo para llevar a cabo sus planes.


A mediados de la década de los cuarenta, aquellos monstruos clásicos, convertidos en (lucrativos) iconos populares solamente una década antes gracias al cine, acabarían protagonizando una serie de cintas que sumirían al género de terror gótico precedente en las pantanosas y cenagosas aguas de la serie b. La Universal Pictures decidió sacar todo el rédito posible de sus propiedades intelectuales más terroríficas exprimiendo al máximo el éxito cosechado durante los años 30. De esta manera, y sin intención ni miramiento alguno en lo que respecta a la continuidad fílmica de los personajes o a la calidad de las historias, decidió cruzar los caminos de dos de sus más emblemáticas criaturas en el film seminal (en lo que a crossovers de licencias se refiere) “Frankenstein y el Hombre Lobo” (Frankenstein Meets the Wolf Man, Roy William Neill, 1943). Sin duda, una maniobra sin precedentes que seguramente llamaría la atención, la curiosidad y el morbo de los aficionados al género del horror. Cierto es que enfrentar a nuestros personajes favoritos, ya sea entre ellos o contra una amenaza común, posee un poderoso atractivo. El cual es muy difícil de esquivar o que nos mantengamos al margen con indiferencia. Prácticamente es el sueño de todo niño (grande o pequeño) que se precie.

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Ese experimento que supuso el encuentro entre dos de las más famosas criaturas del horror clásico, el Monstruo de Frankenstein por un lado y el licántropo interpretado por Lon Chaney Jr por el otro, obtuvo unos resultados lo suficientemente positivos como para que la Universal Pictures (un estudio que cimentó gran parte de su éxito en las historias de estas monstruosidades legendarias) decidiera darle una vuelta de tuerca más a la fórmula. En esta ocasión serían hasta cinco los monstruos que podría encontrar el espectador en la siguiente entrega de horror de la compañía (aunque convendría aclarar que dos de ellos no formaban parte del panteón fantástico que protagonizaba las pesadillas de los espectadores). De esta forma, la apertura de las puertas de la “Casa de Frankenstein” (que sería la traducción literal del título de la cinta, House of Frankenstein, y que en nuestro país se tradujo curiosa y libremente como “La zíngara y los Monstruos” [House of Frankenstein, Erle C. Kenton, 1944], aunque en posteriores ediciones en DVD se ha traducido como “La Mansión de Frankenstein”) vendría a explotar la trama básica conocida hasta el momento, estandarizada ya en las anteriores entregas de Frankenstein, en la que se involucra a un individuo de escasa o nula talla moral que trata de reanimar o utilizar a la criatura para sus propios (y oscuros) fines. Con el añadido extra de presentar en pantalla a más personajes terroríficos con los que llenar minutos y avivar el temor y la imaginación del patio de butacas.

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Sin embargo, a pesar de que el tráiler de la cinta presentaba con cierta picardía un enfrentamiento sin parangón entre los “primeros espadas” del horror de la época (refiriéndome siempre al horror en la ficción, ya que en la vida real la cruenta II Guerra Mundial tenía a otros monstruos de verdad que daban mucho más miedo), pronto daríamos cuenta, durante el visionado de la misma, que el resultado final no era exactamente el que se vendía al incauto público. Matizando un poco, los únicos monstruos “franquicia” de la casa eran únicamente Drácula, el Hombre Lobo y Frankenstein (y tampoco cruzaban exactamente sus caminos). Los dos restantes se materializaron en dos de los personajes recurrentes, estereotipados y tipificados, en las anteriores entregas, es decir, el asiduo científico loco y su sempiterno ayudante jorobado. Aunque se dice que los primeros borradores del guion incluían a más monstruos como la Momia, el Hombre Invisible o la, algo menos popular, “mujer simio”, Paula Dupree. Por cierto, un libreto firmado por Edward T. Lowe Jr, quién escribió la adaptación de “El jorobado de Notre Dame” de 1923 (The Hunchback of Notre Dame, Wallace Worsley, 1923), basado en la historia creada por un reputado guionista dentro del género como Curt Siodmak, firmante de los guiones de “El Hombre lobo” (The Wolfman, George Waggner, 1941) o “Yo anduve con un zombie” (I walked with a zombie, Jacques Tourneur, 1943) entre otros.

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El principal reclamo de la producción es sin duda el nombre de Boris Karloff. En 1944 era ya lo suficientemente popular como para preceder como cabeza de cartel al resto de sus compañeros del elenco e incluso al mismísimo título de la película. Cinco años después de su última aportación a la saga del “collage de cadáveres viviente” (revivido gracias a la electricidad) en el filme “La sombra de Frankenstein” (Son of Frankenstein, Rowland V. Lee, 1939), la Universal consigue que Karloff vuelva triunfante a una nueva entrega de la serie que le dio fama. Sin embargo, esta vez no se calzaría los grandes zapatos de la criatura del Moderno Prometeo (ni sufriría las largas y tediosas sesiones de maquillaje), sino que interpretaría al “Mad Doctor” de la función, al Dr. Niemann. Éste, un auténtico devoto del trabajo del fallecido Henry Frankenstein, que, tras huir de prisión junto a su fiel ayudante jorobado Daniel, jura venganza contra aquellos que posibilitaron su encarcelamiento impidiendo seguir los pasos de su ídolo científico. Un rol en el que se nota que Karloff se siente muy a gusto y que representa con un muy destacado “buen hacer”. Para ello intentará contar con los servicios de los monstruos mencionados favoreciendo la resurrección del Conde Drácula en primeras instancias para después intentar manipular al hombre lobo y a la monstruosa criatura compuesta de retales de cadáveres. La encarnación de esta última correría a cargo de Glenn Strange, que debutaría como el monstruo y repetiría en las posteriores “La mansión de Drácula” (House of Dracula, Erle C. Kenton, 1945) y “Abbott y Costello contra los fantasmas” (Abbott and Costello Meet Frankenstein, Charles Barton, 1948). Strange provenía del cine de serie b y se había curtido como actor y especialista de acción, sin demasiada fortuna, durante más de 15 años. Con su actuación consolidó la imagen popular torpe e inarticulada del monstruo. Se dice que Karloff, quien ya tenía una sobrada experiencia, ayudó a Strange en la preparación del personaje.

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Retomando el afán del estudio por recuperar a los nombres que dieran gloria a sus monstruos, cabría señalar que la Universal estuvo también interesada en contar de nuevo con aquel que diera vida al vampiro transilvano en 1931 en el “Drácula” de Tod Browning (Dracula, Tod Browning, 1931), Bela Lugosi. Sin embargo, el actor de origen austrohúngaro, pese a estar interesado, tuvo ciertos problemas de agenda que imposibilitaron su participación en la producción. Una producción que era básicamente la continuación del choque de titanes entre el Hombre lobo y el Monstruo de Frankenstein que, curiosamente, a este último interpretara él mismo un año atrás en “Frankenstein y el Hombre Lobo” (Frankenstein Meets the Wolf Man, Roy William Neill, 1943). Y digo curiosamente porque fue un papel que rechazó cuando se le ofreció en el momento de realizar el primer filme de James Whale por considerarlo (según Lugosi) indigno de sus dotes interpretativas. Pero que posteriormente, y con los humos algo más a ras de suelo debido a los avatares y golpes que da la vida, no tuvo remilgos para aceptar encarnarlo. Vistos los resultados, y siempre bajo la opinión de aquel que suscribe estas palabras, demos gracias al “Hacedor” por darnos el placer de disfrutar de la encarnación de Boris Karloff de la criatura salida de la imaginativa mente de Mary Shelley. Para esta ocasión, la Universal contó con el actor John Carradine (padre los posteriormente famosos Keith, David y Robert Carradine) para meterse en la piel del vampiro más popular de todos los tiempos creado por Bram Stoker. Destacar que su actuación es fundamentalmente elegante. Carradine deja de lado el oscurantismo de Lugosi sustituyéndolo con cierto porte aristocrático. Sin embargo, tanto su mostacho (que ya portara su antecesor Lon Chaney Jr en “El Hijo de Drácula” [Son of Dracula, Robert Siodmak, 1943]) como su predilección de cubrir su testa con un sombrero de copa, puede que, a ojos del actual espectador y quizá con la imagen de Lugosi o el posterior Christopher Lee en mente como los más icónicos intérpretes, pueda parecer poco más que ridícula y alejada de los estándares visuales del “no-muerto” de los Cárpatos.

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Lon Chaney Jr sufriría de nuevo la “Maldición de la Bestia” en la piel del joven Larry Talbot, el alter ego diurno del licántropo de la obra. El primer filme del Hombre Lobo no había tenido continuación alguna en filmes individuales y había encontrado en esta suerte de “mash ups” de la Universal la oportunidad de seguir desarrollando su trágica historia. Lo cierto es que Chaney acapara el centro dramático de la película ya que Talbot anhela ser liberado de la maldición que lo hace desgraciado y el actor es capaz de transmitir el necesario patetismo a la altura de las circunstancias. Representa a la perfección ese aura de trágica desgracia que caracteriza a su personaje. Sin embargo, otro actor de la función rivaliza en patetismo con Chaney. J. Carrol Naish interpreta a Daniel, el ayudante jorobado del Dr. Niemann. Éste se nos presenta en un primer momento como a aquel que se ensucia las manos por el buen doctor. Representa la Fuerza Bruta de la cual carece el científico y que, a base de artimañas, se hace con sus servicios a cambio de cumplir en un futuro su promesa de darle a Daniel lo que más desea: un nuevo cuerpo con el que no asustar/asquear a sus semejantes. La imposibilidad de encontrar el amor junto a la gitana Ilonka (interpretada por Elena Verdugo y, de suponer, aquella que justifica la curiosa traducción del título en nuestro país) lo convierte en un ser triste a la par que patético, pero también peligroso. A diferencia del resto de actores que con anterioridad habían desempeñado este rol de ayudante de forma exagerada, pérfida y maléfica, Naish logra hacer su papel con clase y sutileza ganándose merecidamente su parcela de protagonismo en el film. Sin duda, y antes de que se le “cruce los cables”, el espectador pueda incluso sentir pena por él.

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Al contrario de lo que nos prometían los avances, lo primero que pueda venirnos a la cabeza tras el visionado de “La zíngara y los Monstruos” (House of Frankenstein, Erle C. Kenton, 1944) es que los Monstruos Clásicos prometidos con anterioridad están presentes y sí es cierto que “están juntos, pero en absoluto revueltos”. El film de Erle C. Kenton (director del clásico “La Isla de las Almas Perdidas” [Island of Lost Souls, Erle C. Kenton, 1932] y de la anterior entrega en solitario del monstruo creado por el Moderno Prometeo “El Fantasma de Frankenstein” [The Ghost of Frankenstein, Erle C. Kenton, 1942], cuyos positivos resultados posibilitaron que la Universal le encargara el filme que nos ocupa) opta por un desarrollo episódico de la trama. Más que un enfrentamiento entre nuestros monstruos favoritos, la cinta es una suerte de “antología” de los mejores momentos y situaciones de los protagonistas de la trama en otros filmes como si de pequeños cortos o mediometrajes se tratara. Cabe señalar que la historia principal gira entorno a la figura de Niemann y su afán de venganza, siendo el resto de “jugadores” totalmente prescindibles (aparecen por su tirón comercial, podría añadir). A lo largo del metraje vemos cómo se van encajando (con calzador, añadiría) las diferentes subtramas que componen este “greatest hits” monstruoso. Señalar además que los monstruos no se cruzan entre ellos. Por un lado, la parte de historia con el Conde Drácula en la primera parte del film podría ser perfectamente una película en solitario del personaje propiamente dicha ya que tras su “muerte” no volveremos a toparnos con ninguno de los personajes que aparecen en ella. Una (sub)trama que no escatima en tópicos y clichés ya vistos con anterioridad en lo que respecta al “no-muerto”. Una vez superado el segmento de la primera criatura fantástica, el viaje de nuestro vengativo doctor le llevará a la pequeña población de Frankenstein, donde no será precisamente bienvenido por las autoridades locales y donde acabará encontrando los cuerpos, en animación suspendida debido a la congelación (todo ocurrido tras los acontecimientos del film anterior), del hombre lobo y de la monstruosa criatura de su mentor. Aquí es cuando la película se divide en dos subtramas en paralelo con el quizá único nexo personificado en la figura del Jorobado. Mientras que por un lado se fragua un desdichado triángulo amoroso entre la gitana Ilonka, el desgraciado Larry Talbot y el desafortunado Daniel, por el otro, Niemann dedica toda su atención en su afán por revivir al Monstruo de Frankenstein. Todo ello con la presencia de los clichés poco originales y antes mencionados que ya pudimos ver en otras entregas. No faltarán en escena fieles esposas seducidas por las vampíricas artes del Conde, el campamento gitano propio del Universo del licántropo, el conocimiento de la maldición por parte de los zíngaros, el laboratorio con mil y un artilugios y extravagantes máquinas eléctricas con sus característicos arcos voltaicos o la habitual agitada turba empuñando antorchas intentando dar caza a la criatura. Sin duda, todo un deleite para el aficionado, pero que no es exento de cierto sabor agridulce al no satisfacer aquello que parecía que nos prometían: el choque entre los monstruos.

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A pesar de ello, “La zíngara y los Monstruos” (House of Frankenstein, Erle C. Kenton, 1944) no es un producto para desmerecer ni mucho menos. Cierto que no es del todo original, su argumento (o el puzzle que conforman) es simple y lineal y que tampoco aparece la esperada lucha de titanes entre las criaturas monstruosas más populares del folklore y la cultura popular, pero posee un ritmo más que aceptable en su atropellada narración e imágenes de poderoso empaque como a la criatura portando a Karloff perseguido por una violenta turba o la muerte del Conde Drácula cuando el “Astro Rey” lo baña con sus rayos al amanecer. Pese a que el estudio había tomado la determinación de ganar el máximo invirtiendo el mínimo, los maquillajes para la ocasión estuvieron a cargo del grandísimo Jack Pierce (no acreditado) y los efectos prácticos, risibles a día de hoy, no están nada mal para la época. No con ello quiero decir que la película sea brillante, ni la más destacable de las producciones de la Universal Pictures ni mucho menos, pero sí es lo suficientemente entretenida y poseedora de notables actuaciones, así como atmósferas como para recomendar su visionado. Lástima que veamos poco a cada uno de los clásicos monstruos ya que su tiempo en escena está muy dosificado, pero por el contrario también resulta equilibrado. El veredicto del público sería positivo y el estudio decidiría volver a confiar en la fórmula con las posteriores, y antes mencionadas, “La mansión de Drácula” (House of Dracula, Erle C. Kenton, 1945) y “Abbott y Costello contra los fantasmas” (Abbott and Costello Meet Frankenstein, Charles Barton, 1948). Siendo esta última la que marcase un punto y aparte dentro del género, más próximo ya al territorio de la comedia, y el perfecto ejemplo de que los explotadísimos monstruos clásicos ya no asustaban a un mundo que había sufrido una cruenta guerra a escala mundial. No será hasta una década después que otra productora, la famosa Hammer Films, retorne la grandeza a estos grandes mitos con su revival por el fantástico, a todo color y haciendo gala de una violencia más explícita jamás vista con anterioridad. Pero, eso es otra historia…

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Drácula de Bram Stoker (Roy Thomas, Mike Mignola)

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Titulo original: Bram Stoker’s Dracula / Guión: Roy Thomas / Dibujo: Mike Mignola / Portada: Mike Mignola / Formato: Cartoné / Páginas: 136 pags. / Editorial: Norma Editorial / Precio: 24,95€. / ISBN: 978-84-679-3456-4


Jonathan Harker es un joven abogado que viaja a un castillo perdido en el este de Europa, invitado por el misterioso Conde Drácula. Una vez en su castillo descubrirá que la más pura maldad se esconde tras el conde. Inspirado por una fotografía de la prometida de Harker, Mina, Drácula viaja a Londres en busca de la mujer a la que siempre amó. El profesor Van Helsing y un grupo de valientes tratará de detener al maligno vampiro, antes de que su sed de sangre devaste la metrópoli inglesa.


Drácula de Bram Stoker es el libro que cambió mi vida. Tenía trece años cuando lo descubrí. Es este título el que me hizo descubrir este mundo sobrenatural y fantástico del que estoy apasionadamente enamorado. Este es el trabajo que más influencia ha tenido en el artista que soy hoy” (Mike Mignola) [1].

El vampiro es una figura habitual dentro del folclore y la superstición, sobre todo europea, que se ha transmitido durante generaciones a través de creencias populares e incluso podemos encontrarlo dentro del panteón mitológico de ciertas civilizaciones. Independientemente de los diferentes orígenes y atributos que se le confieran, prácticamente todas las culturas coinciden en el hecho de que se trata de una criatura que se sustenta de la esencia vital de otros seres vivos. Entendiendo esa esencia vital como la sangre de sus víctimas en la mayoría de las versiones más extendidas. El más famoso de los vampiros de nuestra historia moderna es, sin lugar a dudas, el que popularizó, a finales del siglo XIX, la novela “Drácula” (1897) del escritor Bram Stoker. El autor irlandés tomó prestado el mito vampírico para cambiar radicalmente la manera de crear historias de monstruos y de seres terroríficos con un relato epistolar en el que el terror era el principal Leitmotiv, pero en el que se trataban también otros temas tabúes en su época como la sexualidad, el papel de la mujer en la sociedad, la inmigración o el colonialismo. Integrado todo ello dentro de una trama donde folclore y modernidad iban cogidas de la mano. Inspirándose en antiguas leyendas, Stoker nos presentó una nueva forma de ver la perenne lucha entre el bien y el mal y, a su vez, introdujo a uno de los símbolos del mal puro, a un ser con plena voluntad maligna de destruir el plano existencial colectivo, que no carece de atractivo alguno y que, por supuesto, trascendió al propio medio literario. El Conde Drácula no es solamente uno de los personajes más famosos de la cultura popular, sino que su capacidad de atracción y captación de adeptos no tiene parangón. La novela de Stoker, además de ser un libro que no ha dejado de publicarse nunca desde su aparición, convertido ya en todo un clásico por méritos propios, ha sido la materia prima de muchísimas adaptaciones del personaje en los medios más diversos. Siendo el denominado como Séptimo Arte el más prolífico de ellos. El Conde ha protagonizado multitud de filmes y difícil es, por no decir imposible, desligar los rostros de grandes del celuloide a su figura. Ocurre tanto con el del mítico Bela Lugosi o el del inconmensurable Christopher Lee. Pese a que muchos otros han dado cara a Drácula, complicado se presta no identificar a los mencionados dentro del imaginario colectivo creado alrededor de la figura del no-muerto transilvano más celebérrimo de todos los tiempos.

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Dejando a un lado su participación dentro del ciclo de los Monstruos Clásicos de la Universal o su saga en el seno de la Hammer Films, exponentes más conocidos de la figura cinematográfica de nuestro protagonista, el Conde Drácula ha sido una de las figuras fundamentales del género de terror. Sin embargo, tal vez debido a la idiosincrasia propia de un relato narrado con estructura epistolar, muchas de estas cintas se han centrado en narrar nuevas andanzas del vampiro, adaptaciones más libres, en lugar de ceñirse encorsetadamente al material original. Al Conde lo hemos podido ver en las más diversas épocas y situaciones, pero adaptando de forma fiel (o más o menos de manera fidedigna) la novela que lo vio nacer podemos nombrar tal vez un puñado de ellas. Una de las más importantes dentro de la historia del llamado Séptimo Arte ni siquiera es una versión oficial. Me refiero, por supuesto, al expresionista film de F. W. Murnau “Nosferatu” (Nosferatu, Eine Symphonie des Grauens, 1921). Aquí, el actor Max Schreck (que, así como Lugosi también es recordado solamente por este papel) encarnaba al vampírico Conde Orlock [2]. Algo más reciente sería el caso de la adaptación de la popular novela por parte del oscarizado Francis Ford Coppola. El realizador norteamericano nacido en Detroit, responsable de clásicos del cine como “El Padrino” (The Godfather, 1972), fue el encargado de dirigir la que se suele considerar como una de las adaptaciones más fieles al relato de Stoker. Aunque también es cierto que su cinta responde a una visión personal por parte del cineasta predominando más sus aspectos románticos que los terroríficos. La versión de Coppola, a su vez, ofreció también la cara de otro actor, la del británico Gary Oldman, que se suele identificar intensamente con el personaje. En el año 1992 llegaba a los cines “Drácula de Bram Stoker” (Bram Stoker’s Dracula, Francis Ford Coppola, 1992) cosechando grandes éxitos de crítica y público. Una versión con ciertas pretensiones arty a la hora de tratar a un icono al que se había relegado al territorio de la Serie B y al cine menos respetado por parte del sector más gafapasta. La cinta de Coppola se alejaba, así pues, de la estética y del tono de acercamientos precedentes a la figura del aristocrático vampiro convirtiéndola en una pudiente producción en la que, como decía el entrañable Richard Attenborough en “Parque Jurásico” (Jurassic Park, Steven Spielberg, 1993), no se reparó en gastos. Aparte de un atractivo reparto, de una gran labor en su fotografía, de una increíble banda sonora, de su espectacular puesta en escena y de su impresionante diseño de producción, el director de “Apocalipsis Now” (Apocalypse Now, 1979) realizó una notable labor de pre-producción y planificación previa apoyándose en la elaboración de detalladísimos story boards. Acreditado para tal labor encontramos a uno de esos sospechosos habituales y figura reconocidísima en el sector del cómic, en su primera incursión en el mundillo del cine. Estoy hablando de Mike Mignola.

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Hablar de Mike Mignola es hablar de uno de los grandes pilares del cómic estadounidense actual con casi cuarenta años de carrera en el sector a cuestas. Tras trabajar en el mainstream de los súper héroes para las grandes editoriales del sector, “Marvel Comics” y “DC Comics“, el californiano se consolidó como un auténtico maestro del terror gótico gracias a su creación más famosa: Hellboy. Desde que lo presentara en sociedad durante la primera mitad de la década de los noventa con la publicación de su miniserie de debut para el subsello “Legends“, “Semilla de Destrucción”, el diablo rojo ha afianzado la figura de un prolífico creador de todo un cosmos de fantasía con claras reminiscencias lovecranianas y al que más de veinticinco años lo avalan como auténtica punta de lanza de la editorial norteamericana “Dark Horse Comics”. La casa del “Caballo Oscuro” alberga además todo el universo salido de la imaginación del autor, cimentado alrededor de la figura del ser también conocido como Anung-Un-Rama, en el que su historia no sólo se ha desarrollado en una sucesión de miniseries y relatos, sino que se ha expandido en otras muchas publicaciones, spin offs de la serie madre. Títulos tan recomendables como “A.I.D.P.” (centrada en la ficticia Agencia para la Investigación y Defensa Paranormal en la cual Hellboy militaba), “Abe Sapien” (donde se narran las aventuras en solitario de Abraham Sapien, un ser acuático y compañero de fatigas de Rojo) o “Bogavante Johnson” (un enigmático detective aventurero en tiempos de la II Guerra Mundial) entre otros productos de un particular mundo de ficción donde se combina de una forma muy atractiva elementos como el terror cósmico de H. P. Lovecraft, el folclore, el horror sobrenatural, las Monster movies de serie B y el Pulp más desenfadado de escritores como Edgar Rice Burroughs. Mignola ha sabido levantar su propio imperio dentro del sector, pero en lo que respecta al tema que hoy tratamos, tenemos que remontarnos dos años antes de la primera aparición de su “chico del infierno” cuando Mignola tuvo la oportunidad de poner su granito de arena en la producción del Drácula de Francis Ford Coppola y consiguientemente encargarse de la adaptación a las viñetas del film del director de “Cotton Club” (Íd, 1984). Para realizar tal labor, unió esfuerzos con otra figura importantísima del Noveno Arte americano, Roy Thomas.

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Thomas es una auténtica leyenda viva dentro de la Industria del cómic. Resumir su trayectoria editorial es una tarea harto complicada ya que, desde que se hiciera cargo como guionista de la mítica serie “Sgt. Fury and his Howling Commandos“, hablamos no solamente del primer aficionado al medio que logró (y abrió camino a muchos como él) consolidarse como verdadero autor, sino también de aquel que tomara el relevo al recientemente fallecido Stan (The Man) Lee al frente de “Marvel Comics“. Siendo responsable de grandes historias que han maravillado al “fandom” protagonizadas, por ejemplo, por los ahora más de moda que nunca “Héroes más poderosos de la Tierra“, los Vengadores (como la popular “Guerra Kree Skrull“), o por Los Cuatro Fantásticos o nuestro amigo y vecino Spiderman, Thomas es responsable de la creación de títulos míticos de la editorial como “Los Defensores” entre muchos otros logros para el recuerdo y regocijo de muchos de nosotros. Sin olvidarnos que fue también el responsable tanto del desembarco en el mundillo de las viñetas del cimmerio creado por Robert E. Howard, Conan el Bárbaro, como de los guiones de las primeras andanzas, a pesar de las trabas argumentales impuestas por George Lucas, del universo expandido de los cómics de “La Guerra de las Galaxias” tras el éxito del filme. Creador de personajes como Red Sonja, Puño de Hierro o el primer Motorista Fantasma, Thomas también firmó grandes historias para la “Distinguida Competencia” en su estancia en las colecciones de Wonder Woman, donde colaboró con el grandísimo Gene Colan, All Star Squadron con Jerry Ordway o Infinity Inc. Los noventa lo alejaron un poco de las grandes editoriales en pro de otras más pequeñas, independientes, donde se dedicó a adaptar al cómic, con mucho oficio, reconocidas series televisivas de acción real como “Hércules” o “Xena, la Princesa Guerrera” para Topp Comics (popular por sus colecciones de cromos de béisbol o los geniales de Mars Attacks). Editorial que acabaría  encargándole y publicando la adaptación del filme “Drácula de Bram Stoker” (Bram Stoker’s Dracula, 1992) de Coppola. Un cómic que entra de lleno en ese top ten, ese ranking de las mejores adaptaciones jamás realizadas junto a grandes obras como la de “Alien, el octavo pasajero” (Alien, Ridley Scott, 1979) de Walter Simonson y Archie Goodwin o la increíble visión de Jim Steranko de “Atmósfera cero” (Outland, Peter Hyams, 1981), que bien merecería un reedición en nuestro país.

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Seguramente, por motivos ajenos a sus creadores [3], sino más bien cercanos a esa naturaleza alejada de toda lógica que suponen los derechos legales de las propiedades intelectuales, la miniserie publicada por Topp Comics en el 93 (que ya contó con una tirada limitada, todo hay que decir) se encontraba en una especie de limbo que hacía de todo aquel que se hiciera con los pertinentes ejemplares en poseedores de lo más parecido a un tesoro. Así fue hasta que el pasado 2018 la estadounidense IDW Publishing anunciase su reimpresión veinticinco años después de su aparición en formato de lujo, aunque en blanco y negro prescindiendo así del color de Marc Chiarello y dándole protagonismo absoluto al arte de Mignola. En nuestro país ocurrió algo similar. Originalmente la obra fue editada por “Ediciones B”, a través de su colección Los libros de Co&Co, en un bonito tomo en tapa dura con solapas que ha sido objeto de especulación por parte de muchos coleccionistas. Afortunadamente, la catalana “Norma Editorial” ha decidido recuperarla también, para total satisfacción de un servidor y espero que por extensión una gran parte del público español, con objeto de que esta obra de culto no caga en el olvido. Y no podríamos sentirnos más dichosos porque la edición del “Drácula de Bram Stocker” dibujado, o mejor dicho ilustrado, por Mike Mignola es sencillamente espectacular. En lo que respecta al guión de Thomas, hemos de decir en su defensa que resulta más que correcto. El legendario guionista, salvo por un par (no más) de escenas inéditas en la versión cinematográfica (suponemos que eliminadas del libreto original con el que debió trabajar Thomas), sigue fielmente el guión de la película. Con permiso de Drácula, el absoluto protagonista de la obra es sin duda el arte de Mignola. Y aquí nos encontraremos con un Mignola despuntando con su peculiar estilo de dibujo, acercándose más al look de sus trabajos posteriores en Hellboy. Con sus lápices entintados por John Nyberg, vemos al californiano alejado de sus formas predecesoras vistas en cómics superheróicos como “Odisea Cósmica” para “DC Comics”, “Lobezno. Aventura en la jungla” para “La Casa de las Ideas” o su adaptación de los personajes salidos de la imaginación de Fritz Leiber, “Fafhrd y el Ratonero Gris”. Seremos testigos de un Mignola experimentando con lo que luego sería habitual en su peculiar manera de contar historias, es decir, haciendo alarde de un domino de las manchas de negro, de las sombras y de la iluminación, así como haciendo uso de una composición de página muy sencilla pero realmente eficaz que recrea a la perfección el ambiente gótico y tétrico de la película de Coppola. Sin duda, un gran acierto por parte de “Norma Editorial” y un cómic totalmente recomendado para aquellos fans del arte del creador de Hellboy. Que no se dude ni un ápice en la adquisición de un ejemplar. Una edición tan espectacular para una obra que sin lugar a dudas lo merece.

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[1] Declaraciones del autor en una entrevista al diario galo Le Figaro.

[2] Se variaron nombres de personajes y situaciones a causa de los problemas con la adquisición de los derechos del libro. Florence Stoker, viuda de Bram Stoker, demandó a los productores del filme ganando el caso. La sentencia provocó la bancarrota de Prana Film y se ordenó requisar todos los negativos existentes de la película para impedir su distribución. Afortunadamente, para entonces la película ya había llegado al extranjero y gracias a esa circunstancia ha llegado hasta nuestros días.

[3] Declaraciones de Mike Mignola: “No puedo expresar qué alivio es poder volver a editar este cómic. La gente ha estado preguntando por él durante años, más que cualquier otro cómic mío, y sinceramente pensaba que no iba a ser posible ver una nueva edición, pero aquí llega. No suelo ser fan de mis antiguos trabajos, pero creo que éste se sostiene por sí mismo” añade. “Dejando de lado que estaba adaptando una película (lo cual tiene su propio abanico de problemas), creo que hay algo de buen dibujo y narrativa en él. Es una de las pocas viejas obras de las que estoy bastante orgulloso”.

El doctor Frankenstein (Frankenstein, James Whale, 1931)

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Titulo original: Frankenstein / Año: 1931 / País: Estados Unidos / Duración: 71 min / Director: James Whale / Guión: Garret Ford, Francis Edward Faragoh (libre adaptación de la novela de Mary Shelley y obra de teatro original de Peggy Webling) / Producción: Carl Laemmle Jr / Productora: Universal Pictures / Distribución: Universal Pictures /Fotografía: Arthur Edeson / Música: David Brockman / Diseño de Producción: Charles D. Hall / Montaje: Clarence Kolster / Reparto: Boris Karloff, Colin Clive, Mae Clarke, John Boles, Edward van Sloan, Dwight Frye / Presupuesto: 262.007$


El Doctor Henry Frankenstein vive apartado y repudiado por una sociedad científica que ve con malos ojos su voluntad de crear vida mediante el flujo de cargas eléctricas. Junto a su inseparable criado Fritz se dedicará a saquear tumbas con la intención de obtener cadáveres a los que revivir. Pero necesita un último órgano, un cerebro. La torpeza de su asistente hará que lleve a su amo el cerebro de un criminal que enturbiará el éxito del experimento.


El año 1816 fue conocido, en el ámbito de la historia meteorológica, como el “año sin verano”. Europa sufrió las consecuencias devastadoras de un peculiar cambio climático, así como el resto del hemisferio norte de nuestro planeta. ¿Las causas? Los entendidos en el tema achacan el problema a la erupción del volcán Tambora, situado en una pequeña isla de lo que ahora conocemos como Indonesia. Se dice que fue una de las explosiones más grandes jamás registradas (desde que se hace uso de este tipo de registros) y que causó alrededor de 60.000 víctimas además de liberar en la estratosfera una gran cantidad de polvo compuesto de cenizas, rocas pulverizadas y aerosoles de sulfato. A causa de la fuerza de los vientos, la ceniza producida por el humeante cráter se fue esparciendo debilitando así la potencia de los rayos solares.  A ello podemos añadir que en dicho año el Sol, la estrella que reina en nuestro Sistema Solar, registró también un ciclo de menor actividad, lo que los expertos denominan el “Mínimo de Dalton”. El resultado de tan extraña climatología fue una bajada radical de temperaturas, copiosas nevadas en el mes de junio, heladas en época estival, mucho frío, eternas lluvias y una población condenada a la oscuridad, a un año sin cosechas con legiones de hambrientos por las calles, oleadas migratorias, motines en centros urbanos y un auge del fervor religioso apocalíptico.

Seguro que os preguntaréis qué tiene que ver este aterrador panorama con el tema a tratar en este artículo. Básicamente que ese particular verano de 1816 tuvo lugar, en una mansión alquilada a orillas del lago Lemán (entre Francia y Suiza) por el famoso poeta inglés Lord Byron, una reunión de amigos. Entre los invitados a pasar las vacaciones estivales junto al famoso escritor estaban, entre otros, Percy Shelley, Mary Wollstonecraft (la futura señora Shelley) y, su médico personal, John Polidori. Debido a las inclemencias climatológicas antes mencionadas, sus planes lúdicos tuvieron que tomar un rumbo totalmente distinto. Y así fue como, tras leer historias de fantasmas junto al agradable fuego de una chimenea, Lord Byron retó a sus invitados a una peculiar competición literaria: todos debían crear una historia de terror. De esa noche surgieron dos textos, dos cuentos cortos, que acabarían siendo importantes para el género del horror. Ambos serían el germen de, por un lado, “El Vampiro” (novela publicada por Polidori en 1819) y, por el otro, el “Frankenstein o el moderno Prometeo” de Mary Shelley (publicada en enero de 1818 hace ya más de 200 años). Relato, éste último, considerado por muchos como la primera narración de ciencia ficción, además de ser una fantástica historia de terror gótico. Si el lector tiene curiosidad por una recreación de dicha velada podemos recomendar el visionado de “Gothic” (Íd, Ken Russell, 1986). En el film podemos se testigos de la noche que pasan junto a Byron (interpretado por Gabriel Byrne), Shelley (Julian Sands), Mary (Natasha Richardson) y el doctor Polidori (Timothy Spall) mostrándonos que no sólo cultivaban su vena literaria, sino también sus excesos.

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Ayudada después en las labores de editor por su esposo, poco sabría Mary Shelley del éxito que acabaría cosechando su monstruosa criatura. A partir de su novela, una novela que habla del bien y del mal, del desarraigo y de la responsabilidad hacia nuestros actos entre otras cosas, aparecieron diversas adaptaciones teatrales, dramáticas y cómicas, e incluso un cortometraje, “producido” por Thomas Edison en 1910, donde se relatarían las desventuras de su moderno Prometeo, el doctor Víctor Frankenstein, y su creación. Suele decirse que Shelley inspiró la creación de éste en la figura de Johann Conrad Dippel, teólogo y filósofo alemán (nacido en un castillo, en la cima de una montaña, llamado precisamente Frankenstein) que practicó la alquimia y experimentos de diversa índole con los que intentó demostrar, entre otras extravagancias, que era posible trasplantar el alma del ser humano de un cuerpo a otro. Sobra decir que este tipo de historias llegaron a oídos de Shelley y alimentaron su, desbordante de por sí, imaginación. A lo que habría que sumar su interés por la ciencia o su conocimiento de teorías como la del galvanismo de Luigi Galvani.

Prácticamente un siglo después y en un continente y país distinto, los Estados Unidos de América, dio comienzo un periodo histórico denominado como La Gran Depresión. No nos extenderemos en ello en demasía, pero baste mencionar que fue el principio de una crisis bursátil que acabó con la etapa de prosperidad americana tras la Primera Guerra Mundial y que acabaría tomando un alcance global considerable. A dicha situación no estuvo ajeno el negocio del cine y muchos estudios y productoras cinematográficas acabaron sucumbiendo. Las que a duras penas pudieron sobrevivir dedicaron sus esfuerzos a proporcionar lo que su público demandaba o necesitaba, es decir, el Séptimo Arte se convirtió en un pasatiempo para ahogar las penas de los desafortunados ciudadanos. ¿Y hay mejor forma de evadirse de la realidad que con una historia de miedo? En 1931 la Universal Pictures llevaba a las salas de cine uno de sus más sonoros éxitos de la época, la adaptación a la pantalla grande de uno de los monstruos más famosos de la literatura de terror gótico, “Drácula” (Íd, Tod Browning, 1931), encumbrando al actor Bela Lugosi como el icono que es actualmente y dando comienzo a toda una serie de filmes de horror considerados como parte del comienzo del género (un género que no se acuñó como tal hasta 1934).

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Tras el éxito de la cinta del director de “La parada de los monstruos” (Freaks, Tod Browning, 1932), una película que había generado unos 700.000$ en concepto de recaudación, los Estudios Universal quisieron repetir tal proeza y pusieron sus miras en otro popular monstruo clásico: el Monstruo de Frankenstein. Así como ocurrió con la cinta del vampiro transilvano, no se adaptó la novela sino una adaptación teatral, muy libre, de la obra de Shelley, concretamente “Frankenstein: An Adventure in The Macabre” (1927) de Peggy Webling, Con el apoyo del ejecutivo de la Universal, Richard Schayer, el proyecto recayó en Robert Florey, director de origen galo que participó activamente, aunque sin acreditar finalmente, en el guión del filme. Florey, al igual que multitud de realizadores europeos, emigró a Estados Unidos con la intención de hacer carrera y llegó a la Meca del cine influenciado por las producciones del expresionismo alemán. Influencias que intentó plasmar en la adaptación de Frankenstein con “El Golem” (Der Golem, wie er in die Welt kam, Paul Wegener, Carl Boese, 1920) y “El Gabinete del Doctor Caligari” (Das Cabinet des Dr. Caligari, Robert Wiene, 1920) como máximos exponentes.

El papel del monstruo se ofreció a quien destacó y fue la estrella de la adaptación del no-muerto creado por Bram Stoker, Bela Lugosi, aunque se conoce que éste prefería el rol del Doctor Frankenstein. El actor húngaro se sometió a una larga sesión de maquillaje por parte del famoso y consagrado maquillador de “monstruos” de la época Jack Pierce (quien también lo caracterizó para Drácula, aunque se dice que Lugosi acabó por deshacerse del maquillaje para aplicárselo él mismo a su gusto) para realizar una prueba de pantalla que Robert Florey filmó para mostrar al estudio. Dicho rollo de celuloide desapareció, pero no un póster promocional de la película donde el nombre del actor de la Europa del Este sí aparecía. Finalmente, y como todos sabemos, fue otro quien interpretó a la criatura. Las razones atienden al campo de la especulación. Si nos fijamos en la versión de Lugosi, éste dijo que no se mostró nunca interesado en un personaje que no tenía línea de diálogo alguna y que se limitaba a gruñir. Sin embargo, en una entrevista concedida a la primigenia revista Famous Monsters of Filmland, Jack Pierce confesó que el maquillaje del monstruo, sumado a la peluca que debía portar, le confería a Bela Lugosi un aspecto poco más que ridículo debido a las desmesuradas dimensiones de su cabeza. Descontentos con el resultado, ello llegó a las altas esferas de Universal provocando la salida del proyecto de Florey y Lugosi recayendo ambos en otra producción del estudio, “El doble asesinato en la calle Morgue” (Murders in the Rue Morgue, Robert Florey, 1932). Como curiosidad, podemos comentar que el mismo personaje que Lugosi rechazó en esos mismos momentos sí quiso interpretarlo una década después, ya cobijado bajo el éxito, en el film “Frankenstein y el Hombre Lobo” (Frankenstein Meets the Wolf Man, Roy William Neill ,1943), uno de los curiosos “mashups” a los que Universal Studios sometió al panteón de monstruos clásicos durante la década de los 40.

 

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La producción acabó recayendo entonces en el director inglés James Whale. Éste comenzó su carrera como director teatral en su Gran Bretaña natal.  El éxito de su obra “Journey’s end” lo llevó, en 1930, a realizar una gira en los EE.UU. y una vez allí fue convencido para trabajar en su versión cinematográfica. El éxito de ésta llegó a oídos de la Universal, quien le ofreció un contrato (recordemos que estamos en la época del Studio System y cada productora tenía a su plantilla -prácticamente- fija). Whale trabajó para este estudio en la primera mitad de los años 30 y supuso su etapa más prolífica, pero que quizá en acabó en encasillamiento ya que coincide en su incursión en el terror. Descartado Bela Lugosi, Whale quedó maravillado con el peculiar físico y la actuación de un curtido actor, Boris Karloff, en la película de Howard Hawks “El Código Penal” (The Criminal Code, Howard Hawks, 1931). Karloff llevaba más de diez años dedicado al mundo actoral con más o menos fortuna y al recibir la oferta no se lo pensó demasiado. Desde un primer momento se involucró al 100% en el proyecto construyendo a un personaje que prácticamente hizo suyo y que es como ha pasado a la posteridad convirtiéndolo en todo un icono de la cultura popular. Un monstruo pausado, pesado, lento, pero a la vez ingenuo y letal a partes iguales. El británico aguantó largas sesiones de maquillaje que llegaban a durar hasta 4 horas (más otras dos para devolverlo a la normalidad). Molestos prostéticos daban forma a su cabeza y a sus párpados característicos que le conferían una mirada casi sin vida. Se le obligó a portar una especie de corsé metálico, que sumado a la ropa acortada para dar sensación de enormidad y a unas enormes botas de obrero, provocaron al actor dolores de espalda que acabaron siendo crónicos. Sin embargo, y a diferencia de otros, el actor nunca renegó de su labor en el género estando siempre, si atendemos a declaraciones de su única hija Sara Karloff, muy orgulloso de la misma.

Centrándonos ya en la cinta, y como ya pasaba con el “Drácula” (Íd, 1931) de Tod Browning, las semejanzas con las obras literarias a las que teóricamente adaptan se reducen prácticamente al título de las piezas, personajes y poco más. Como ya se ha comentado antes, esto se debe a que ambas tenían como materia prima a sendas obras teatrales. La cinta de Whale difiere de la obra de Shelley. Si recuerdan el comienzo de ésta última, encontrábamos como narrador de la misma al Capitán Robert Walton que, en su afán por llegar antes que nadie al Polo Norte, encontraba en su camino a un moribundo Víctor Frankenstein. Yaciendo en un incómodo catre, éste acabaría relatándole su vida y obra además de confesarle su crimen, es decir, su soberbia a la hora de querer emular a Dios intentando crear vida, por una parte, y, por la otra, su irresponsabilidad a la hora de desentenderse de las consecuencias venideras. En la película encontramos varias licencias que acabarán siendo canónicas. Nada más comenzar el metraje descubrimos a un Doctor Frankenstein muy distinto al creado por Mary Shelley. Si en la novela se nos describía como un ser solitario, apasionado y obsesionado a partes iguales por la ciencia, en el film de Whale podemos observar de primera mano como responde a la generalizada idea del típico “Mad Doctor” que se instaurará en nuestra memoria colectiva. El film comienza con un funeral y tras un plano secuencia conoceremos la faceta de “ladrón de cadáveres” del buen doctor junto a su fiel asistente, el jorobado Fritz. Cabe señalar que el cambio más evidente es el del nombre de nuestro protagonista, aquí llamado Henry Frankenstein. Y es que se dice que la productora consideraba que el nombre de “Víctor” no acabaría calando en el público estadounidense.

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Henry Frankenstein, interpretado magnifica e histriónicamente por el actor Colin Clive, se nos presentará dando vida al cliché de “doctor loco” asentando las bases de este tipo de personaje que acabará imitándose en posteriores films similares, ya sean adaptaciones del personaje creado por Shelley o productos de terror en los que aparezca algún investigador como, por ejemplo, la magnífica “Re-Animator” (Íd, Stuart Gordon, 1985). Incluso Walt Disney convirtió, tras el éxito de “El Doctor Frankenstein“,  al ratón Mickey en un científico de dudosa moralidad en el corto “The Mad Doctor” (Íd, David Hand, 1933). En el film de Whale encontramos ya varias de las constantes a repetir como la del laboratorio, en este caso situado en lo alto de un torreón. Si en la novela, Víctor omitía de forma deliberada, para que nadie pudiera seguir sus pasos, las técnicas con las que “dar vida” a los muertos, en la película de 1931 se detalla de manera casi minuciosa. En la obra original se nos ofrecen vagas descripciones siendo reacciones químicas de distintos elementos las que reanimarán al Monstruo. Ello dejará vía libre a la imaginación y en la película de Whale la criatura revivirá con un elemento que acabará dentro del canon: la electricidad. Conviene señalar la magnífica labor del técnico Kenneth Strickfaden, también conocido como “Mister Electric”, utilizando muchas de las invenciones de Nikola Tesla en la construcción del laboratorio del Doctor Frankenstein. Todas esas estrafalarias máquinas eléctricas con sus respectivos chisporroteos y arcos voltaicos representaban una concepción científica de vanguardia más interesadas en el aspecto teatral de estas vistosas concepciones. Un, en un principio, hobby en el que Strickfaden acabó especializándose y convirtiendo en oficio colaborando en más de cien películas y productos para la televisión entre las cuales encontramos las secuelas más inmediatas de esta seminal entrega del Monstruo de Frankenstein (“La Novia de Frankenstein” [Bride of Frankenstein, James Whale, 1935], “La Sombra de Frankenstein” [Son of Frankenstein, Rowland V. Lee, 1939]), así como el film “La máscara de Fu-Manchú” (The Mask of Fu Manchu, Charles Brabin, Charles Vidor, 1932) o la serie televisiva “The Munsters” entre otras. Como curiosidad, Strickfaden se encargó de hacer de doble de Karloff bajo las sábanas que cubrían a la criatura en la escena de la creación del monstruo debido al pánico que el actor británico sentía por tal uso de la electricidad. Tampoco podemos olvidar un excepcional diseño de producción claramente influenciado por el cine expresionista alemán con esos irregulares decorados que tratan de reflejarnos la perturbada psique de sus protagonistas principales.

Curioso es el caso del fiel asistente/criado del buen doctor, Fritz, interpretado magistralmente por el actor Dwight Frye. Frye ya intervino en “Drácula” (Íd, Tod Browning, 1931) realizando un espectacular trabajo con el personaje de Renfield. De hecho, fue un talentoso actor, pero también muy subestimado por sus coetáneos. Algo que provocó su caída en desgracia. Volviendo a Fritz, no deja de sorprender que, con el paso de los años, este peculiar jorobado, un tanto torpe y malicioso, haya llegado hasta la memoria colectiva de nuestros días con el nombre de Igor. Sobre todo, teniendo en cuenta que el personaje de Igor no aparecería hasta la secuela “La Sombra de Frankenstein” (Son of Frankenstein, Rowland V. Lee, 1939). Igor era un extraño ser deforme que en el pasado fue ajusticiado al ser descubierto saqueando tumbas y robando cadáveres (curiosamente interpretado por Bela Lugosi). Tal vez la decisión de Mel Brooks, casi cuatro décadas después, de tomar como principal referencia dicho film para su divertida “El jovencito Frankenstein” (Young Frankenstein, Mel Brooks, 1974) fuera la causante de tal fusión de personajes (bajo la humilde opinión de quien suscribe estas palabras).

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La película de Whale desmonta, por su parte, la naturaleza de la relación entre Monstruo y Creador de la novela original. Si Shelley nos relataba que la falta de responsabilidad de este último era la causa que desencadenaba la tragedia, en el film se nos trata de simplificar en términos biológicos. A falta del último órgano para poder llevar a cabo su experimento, es decir, un cerebro, la torpeza de Fritz le lleva a sustraer el de un criminal (curiosamente denominado “cerebro anormal” para subrayar más si cabe tal concepto). Esta “biología de la maldad”, quizá simple en demasía, se desmorona en parte con la actuación de Karloff cuando éste interpreta a un ser de ingenuidad infantil y carente (en apariencia) de una maldad innata. De hecho, es una violenta reacción natural al miedo (producido por el fuego de la antorcha con la que Fritz lo amenaza) la que lleva a su Hacedor a justificar dicha teoría afirmando que su creación, por la cual sintió orgullo en un principio, es incontrolable y debe ponerle fin.

Completan el reparto la actriz Mae Clark como Elizabeth Lavenza, la prometida de Henry e interés romántico Victor Moritz, el mejor amigo de este último e interpretado por John Boles, conformando un triángulo amoroso apenas desarrollado. Y, por último, y no menos importante, encontramos al actor que ya pudimos ver interpretando a Abraham van Helsing en “Drácula” (y será el futuro Dr. Muller en otro clásico de la casa: “La Momia” [The Mummy, Karl Freund, 1932]), Edward Van Sloan. Aquí Sloan es el Dr. Waldman, mentor y encargado de explicarnos el background del personaje de Henry Frankenstein. El actor también se encarga de protagonizar, a modo de prólogo, una advertencia para el público incauto acerca del tono de la película además de sus mensajes sobre la vida y la muerte, sobre la existencia, Dios y los enigmas del hombre.

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La cinta tuvo problemas con la censura de la época. Varias escenas fueron recortadas, modificadas o silenciadas por los “aficionados a la tijera” del momento. La magistral escena del Monstruo y la niña María es una de ellas. Una escena que rompe con la teoría del origen biológico de la maldad de la criatura ya que se nos muestra de primera mano su infantil ingenuidad y su sensibilidad hacia la belleza. Se nota el cuidado del director en no traspasar “líneas rojas” en la concepción de la misma cuando la muerte de la pequeña se deja a la imaginación del espectador. Desentonando, a su vez, con el posterior (y falso) plano secuencia del padre portando el recién descubierto cadáver de la pequeña a lo largo del pueblo hasta llegar a la residencia del Barón Frankenstein. Silenciada, por otra parte, fue la escena en la que Colin Clive tras gritar su famoso “It’s alive!”, refiriéndose a su recién revivido proyecto científico, se equipara con Dios. Algo que no debió sentar muy bien en tan puritana época. Sobre su pista de audio se superpuso otra con el estruendo de un trueno. No fue hasta muchas décadas después, y mediante modernas técnicas, que pudimos saber de su existencia. Tampoco el film pudo esquivar a añadidos en post-producción. Al mencionado con anterioridad prólogo de Edward Van Sloan, hay que añadir el “final feliz” que llegó a las pantallas. Originalmente el desenlace de la cinta tenía un cariz más pesimista al fallecer criatura y creador en la famosa e icónica escena del molino. Un molino que estaba concebido en origen como el recinto que cobijaba el laboratorio del doctor Frankenstein. El incendio provocado por la turba acabaría con la vida de ambos y cerraría abruptamente el episodio. Sin embargo, la productora decidió que el público estaba necesitado de un final más optimista e improvisó un cierre en el que ni siquiera el actor ni director participaron.

Es sin duda el Frankenstein de la Universal (y el de Boris Karloff) el que ha pasado al recuerdo colectivo del público en general, pese a estar basado en un magnífico material del que apenas toma el título y poco más. No sólo eso, sino que es poseedora de muchas escenas para la posteridad y su éxito proporcionó otras muchas adaptaciones de la criatura creada por el moderno Prometeo dignas de mención como su inmediata secuela o todo el ciclo que le dedicó Terence Fisher en el seno de la Hammer Films de la que un servidor es ferviente admirador. Pero eso es una historia para otro día.

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