Juan Buscamares (Félix Vega)

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Titulo original: Juan Buscamares / Guión: Félix Vega / Dibujo: Félix Vega / Portada: Félix Vega / Formato: Cartoné / Páginas: 216 págs / Editorial: Planeta Cómic / Precio: 30€ / ISBN: 978-956-360-281-4


Juan recorre los largos e interminables desiertos en los que se ha convertido los océanos de antaño tras una apocalíptica hecatombe que ha reducido a la Humanidad a meros seres movidos por un instinto de supervivencia que ha sacado a flote la cara más primaria del ser humano. Un mundo lleno de podredumbre en el que la Ley del más fuerte campa a sus anchas. En su camino topará con Aleluyah, una atractiva mujer que ha sido utilizada como moneda de cambio sexual por parte de su familia para poder conseguir agua, el bien más preciado en el nuevo status quo de nuestro planeta. Será a partid de ese momento que Aleluyah abrirá los ojos a Juan ante un nueva espiritualidad que creerá que el es una especie de nuevo mesías, el Buscamares, aquel que encontrará de nuevos los mares.


La civilización, tal como la conocemos, ha llegado a su fin. Debido a una catástrofe, suponemos originada por el hombre, de graves connotaciones apocalípticas, el Mundo, nuestro planeta Tierra, se ha convertido en un inmenso y devastado yermo donde la falta de recursos ha sacado a la luz la cara más salvaje y repugnante de la civilización que poblaba en el pasado sus ciudades. Los mares se han convertido en inmensos desiertos donde los grandes y gloriosos buques que surcaban los océanos se amontonan junto a los restos de sus antaño moradores marinos. La búsqueda del bien más preciado, es decir, el agua, es la causa de que los instintos más primarios del Hombre agudicen su natural instinto de conservación. Como ya dijo Robert E. Howard -creador de Conan, el bárbaro-, “La barbarie es el estado natural de la humanidad”.

Juan, nuestro protagonista, recorre, sin rumbo fijo, los inmensos desiertos en busca del preciado líquido elemento. En su camino se encontrará con todo tipo de podredumbre humana a quien la necesidad ha llevado a la práctica de comportamientos realmente extremos. Los restos de la humanidad se reducen a pequeños grupúsculos de individuos que se debaten entre el militarismo sin contemplaciones ni piedad o el peligroso sectarismo que produce la religión. Una realidad que bien puede recordarnos, como principal referente, a la saga cinematográfica Mad Max. Sin embargo, a diferencia de la tetralogía ideada por el cineasta George Miller, aquí encontramos también un relato post-apocalíptico con tintes de ciencia ficción cargado de simbolismo religioso y referencias variadas al folclore del lugar de origen del autor, el chileno Félix Vega.

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Artista de larga trayectoria y proyección internacional, Félix Vega puede presumir de que el dibujo y la ilustración corren por sus venas. Hijo de la artista plástica Ana María Encina Lemarchand y el -también- historietista Oscar Vega (Oskar) -creador de Mampato, una de los cómics más populares de su país natal, Chile, y en el que se cuentan las aventuras de un niño que, tras ayudar a un alienígena a proteger su planeta natal, obtiene un cinturón espacio-temporal que le permite viajar por el tiempo y el espacio-, el joven Félix se inició en el mundo de las historietas a temprana edad con claras inquietudes referenciadas en el “Metal Hurlant” europeo y convirtiéndolas en influencias de cabecera de su trabajo. El paso de los años y la calidad de su obra, lo han convertido en un claro referente del noveno arte latino-americano. Ahora, la editorial Planeta Cómic recupera en un precioso tomo toda la saga de Juan Buscamares en una edición corregida a la que se han añadido páginas y extras. Publicada entre los años 1996 y 2003, la totalidad de la historia se compone de cuatro álbumes cuyos títulos -El agua, El aire, La tierra, El fuego- evocan al nombre de los elementos de la naturaleza.

Detrás, o delante, de cada héroe se hace casi indispensable que haya una (gran) mujer. En el caso de Juan Buscamares, la importante fémina será el personaje representado por Aleluyah. Ella es una atractiva mujer -siempre vestida de blanco para destacar su mensaje simbólico de presencia angelical para nuestro protagonista- que huye de su pasado. Una mujer dura, de encallecido carácter, cuya familia ha obrado cual proxeneta al prostituirla a cambio de agua. Dulce, sexy, pero también letal cual femme fatale. Aleluya supondrá la principal fuente de problemas para Juan, así como su tabla de salvación. Allanando el camino hacia el conocimiento por parte de Juan, a quien acaba considerándose como una especia de Mesías, de una nueva espiritualidad representada por un pequeño grupo de mutantes, la escala más baja en el nuevo estatus social, que cruzará su camino con ambos dos. En definitiva, Aleluya es también el componente erótico del relato. Su diseño, su forma de dibujarla, evidencia la influencia de Milo Manara en el trazo de Félix Vega. No en vano, Vega es una gran dibujante de mujeres e incluso sustituyó a Horacio Altuna -cuando no daba abasto- en la edición española de Playboy (un puesto para el que fue sugerido por otro grande, George Bess).

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No será sólo Milo Manara el único autor que podamos ver reflejado en la historia de Juan Buscamares. Otra influencia a destacar -y que viene como anillo al dedo a un relato de ciencia ficción tan imaginativo como loco/lisérgico ante el que nos encontramos- es la de Moebius. Y es que muchas de las viñetas de esta historia destilan el alma del genio francés fundador -entre otras muchas cosas- de Les Humanoïdes Associés, cuna del arte secuencial más experimental y la ciencia ficción más pasada de vueltas y más influyente del siglo pasado.

Juan, en su herrumbroso vehículo, vagabundea por un interminable desierto. Así es como se nos presenta ofreciéndonos una primera alusión al aviador protagonista de El Principito de Antoine de Saint-Exupéry. Personaje que aparece en repetidas ocasiones cuando nuestro protagonista sufre sus alucinaciones proféticas. Y si de profetas hablamos, la clara alusión al Bautismo de Cristo por parte de un personaje parecido al Juan Bautista remarca el simbolismo religioso del relato. Y es que a Juan (Buscamares) se le anuncia como aquel Elegido que traerá de vuelta los océanos. Todo ello sin dejar de lado el folclore del país del que procede el autor, Chile, con la inclusión de elementos de la tradición inca, entre ellos los Capac Cochas, unos niños que eran enterrados en las cimas de las montañas como ofrenda a los dioses al tiempo que se les consideraba “viajeros espacio/temporales”. Algo, esto último, que servidor emparentaría también con la obra del guionista/chamán -creador de El Incal, una obra clave del cómic- Alejandro Jodorowsky, curiosamente paisano de Félix Vega.

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Nos encontramos ante una obra en la cual podemos observar la evolución del artista. Es totalmente evidente el aspecto de obra primeriza que ofrece en sus primeros momentos y, a medida que avanza la historia, el estilo de su autor transmuta.  A medida que avanzan los álbumes -aquí los distintos capítulos- podemos apreciar, no sólo un cambio en el estilo del dibujo sino también en su paleta de colores. Comenzamos de una composición de página llena de viñetas al principio a una muy diferente en el último segmento. Incluso se hace patente como se va virando hacia la economía de palabras con la clara intención de que sea el dibujo el que marque el camino de la narración.

Como conclusión, Juan Buscamares tiene lo mejor de la sci-fi más experimental, más simbólica e incluso más lisérgica del estilo de los autores que publicasen en Metal Hurlant. Una historia curiosa a la par que apasionante, llena de detalles, símbolos y misterios además del atractivo que ofrecen este tipo de distopías post-apocalípticas. Sus personajes, bien construidos, nos ofrecen un viaje por a peor cara del Ser Humano, a la vez que tememos por su propio bienestar. Outsiders dentro de un caótico nuevo orden social donde prima la Ley del Más Fuerte. Todo ello aderezado con un impresionante arte en constante evolución en el que, el artista, refleja toda su “cómic-filia” y los artistas de los que ha bebido. Sin duda, la última recopilación de esta obra publicada por Planeta Cómic, un cómic que llevaba más de una década sin volver a editarse en nuestro país, es una gran oportunidad para descubrir y maravillarse con el increíble Universo de Juan Buscamares.

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El Hombre Menguante (Ted Adams, Mark Torres)

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Titulo original: The shrinking man / Guión: Ted Adams / Dibujo: Mark Torres / Portada: Mark Torres / Formato: Cartoné / Páginas: 112 pags / Editorial: Planeta Cómic / Precio: 14,95€ / ISBN: 978-84-914-6064-0


Durante una travesía en barco, Scott Carey es cubierto completamente por una misteriosa niebla de origen radioactivo. Días más tarde, Scott descubrirá, para su propio horror, que su cuerpo está menguando a una velocidad de tres milímetros y medio diarios. La ciencia se verá incapaz de darle solución a su problema y la vida cotidiana de Scott se convertirá en un horror al ser, sus semejantes, incapaces de comprender su sufrimiento.


La importancia de la obra y la figura del escritor norteamericano Richard Matheson es innegable. Seguramente el grueso del “Gran Público” desconoce cómo sus relatos, novelas o guiones tanto para ficciones televisivas como para largometrajes han influido en figuras tan famosas -y ahora consideradas como “Grandes” en sus disciplinas- como Steven Spielberg, Stephen King o George A. Romero entre otros muchos. Recordemos que el fundador de la “Amblin Entertainment” sorprendió a propios y extraños con la adaptación de uno de sus relatos. Me refiero, por supuesto, al “El Diablo sobre ruedas” (Duel, Steven Spielberg, 1971), una “T.V. Movie” con la que el director de “Tiburón” (Jaws, Steven Spielberg, 1975) cosechó muy buenos resultados -llegando incluso a poder estrenarla en salas de cine-, añadiendo a su estilo varias de las características propias del trabajo de Matheson, es decir, la aparición del héroe a su pesar o la irrupción de un elemento totalmente extraordinario en la cotidianidad. Algo que también asimiló perfectamente el “Maestro del Terror” Stephen King. Y no puedo dejar de mencionar, para no extenderme demasiado, que la cinta seminal con la que se popularizó el (sub)género “Zombie” -que todavía a día de hora sigue dando sus coletazos-, “La Noche de los Muertos Vivientes” (Night of the Living Dead, George A. Romero, 1968), está abiertamente -sus responsables nunca lo negaron- influenciada por una de sus novelas más populares, es decir, “Soy Leyenda” (The last man on earth, 1954) y por el Film “Soy Leyenda” (The last man on earth, Sidney Salkow, 1964).

Pero sin duda, existe un punto de inflexión muy importante en la carrera de Richard Matheson. Originario de Allendale, Nueva Jersey, Matheson se crió en Brooklyn donde desde pequeño profesó su afición por la literatura y el oficio de escritor, labor que pudo desempeñar publicando pequeños cuentos en un periódico local. Años más tarde, y afincado en el “Estado de California”, compaginó la creación de ficciones literarias -que comenzaron a editarse en la revista “The Magazine of Fantasy and Science Fiction” desde 1950 con la publicación de su primer relato “Nacido de hombre y mujer”- con su trabajo en la planta de Douglas Aircraft -una de las más populares constructoras de aviones y misiles, así como contratista de defensa, estadounidenses de la época- en Santa Mónica. Pese a que comenzó a convertirse en un autor con un cierto renombre en el sector, la magnífica recepción y buenas críticas cosechadas por su novela “Soy Leyenda” (The last man on earth, 1954) no daban el rédito económico esperado por el autor -que ya contaba con una amplia familia, con los deberes que atender que ello conlleva-. Fue precisamente esto lo que le llevó a tomar una importante determinación: Darle una última oportunidad a su faceta de escritor. Dejó la “Costa Oeste” para mudarse a una casa en Long Island en cuyo sótano se encerró a escribir. Dice la leyenda que en esas peculiares condiciones de trabajo encontró la aspiración para la novela que, no sólo le haría famoso, sino que le abriría las puertas de Hollywood: “El Increíble Hombre Menguante” (The Incredible Shrinking Man, 1956).

El resto forma parte de la historia: La novela fue un éxito, llamó la atención de los “Estudios Universal” y Matheson les vendió los derechos de la misma, incluso pudo adaptar su guion él mismo. Un año después de la publicación del libro, llegaba a las salas de cine su versión cinematográfica: “El Increíble Hombre Menguante” (The Incredible Shrinking ManJack Arnold, 1957). Las buenas cifras generadas por la película propiciaron que el autor pudiera dedicarse a escribir para cine y televisión. Uno de los programas catódicos donde Matheson se hizo famoso fue el creado por Rod Serling, “The Twilight Zone”, donde escribió capítulos memorables. Pero eso es salirnos del tema que hoy hemos de tratar aquí. “IDW Publishing” publicó, en “Estados Unidos”, una miniserie de cuatro números en la que el guionista Ted Adams – además presidente de la editorial- y el dibujante Mark Torres adaptan la famosa novela de Matheson. En nuestro país, “Planeta Cómic” es la encargada de ofrecernos esta historia en un bonito tomo recopilatorio en cuyo interior, además de la citada miniserie, encontraremos varios textos de los responsables y un magnífico prólogo escrito por Peter Straub a modo de “Extras”.

El Hombre Menguante” cuenta la historia deScott Carey, un tipo común que un día, tras ser completamente cubierto por una niebla radioactiva durante una travesía en barco, descubre que su cuerpo va en progresivo decrecimiento. Cabe señalar que, como en todo relato de los años 50 que se precie, el miedo a la radioactividad está muy presente. El terror psicológico que la “Guerra Fría” impuso ha sido el detonante creativo de muchos artistas y el origen de iconos y grandes obras del siglo XX -a esta historia me remito o a la creación de la mayor parte del panteón “Superheroico” de la editorial “Marvel Comics”, por ejemplo-. Tras no encontrar cura ni remedio, los médicos que le hacen pruebas se ven incapaces ante tal suceso, Scott sufrirá las consecuencias de su estado. Poco a poco verá como la sociedad, incluyendo incluso a su familia, lo irá expulsando debido a que la humanidad rechaza, repudia, todo aquello que no comprende o la asusta. A Scott no le quedará más remedio que aceptar su nueva situación, tras pasar por todo un infierno físico y mental. La soledad del ser humano y la alienación son temas recurrentes en la obra de Matheson -no pocas son las similitudes entre esta novela y su “Soy Leyenda” (The last man on earth, 1954) al respecto-.

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Llama la atención, en primera instancia, la voluntad de ser fiel al original por parte de Ted Adams. Así como en la novela, Adams toma la determinación de optar por el desarrollo no lineal con el que Richard Matheson decidió contar las aventuras de este hombre menguante -a diferencia del “Film” de Jack Arnold que sí optaba por una estructura más convencional de contar/mostrar la trama-. Adams se sirve, de cara a que el lector no se pierda entre tanto salto temporal, del tamaño de Scott para situarnos en el curso de la historia. Y así como el propio creador, los responsables del cómic nos adentran en este universo poco a poco. Recorremos el camino vivido por el protagonista como testigos de excepción y, a medida que pasamos páginas, vivimos con él la angustia y el horror sufridas por Scott Carey. Y no me refiero a las más explícitas y de corte aventurero como el increíble enfrentamiento con la gigantesca araña -una forma magnífica de abrir el relato-, sino también a la desazón y frustración del protagonista a la hora de enfrentarse a su realidad cotidiana mientras su cuerpo se comporta de forma extraña. Independientemente de que sus semejantes le señalen por la calle o adolescentes que rían de él, sino que es el deterioro de su relación con su familia la que causa el mayor de los horrores en su psique. El hecho de no poder ejercer como figura paterna respecto a su hija o el no poder satisfacer sexualmente a su esposa -un tema que, por obvias razones de censura de la época, en el “Film” de Arnold sólo se sugería- son las principales afecciones, al margen de las físicas, que Carey sufre. Eso sin contar con el desolador retrato que compone de la condición humana, se pueden presenciar abusos por parte de infantes, pedofilia y la sexualidad en su vertiente más oscura.

En paralelo al desarrollo del proceso de empequeñecimiento del protagonista, el relato convierte un escenario cotidiano en el más sorprendente y desolador paisaje donde la aventura de corte “Pulp” y folletinesca inunda nuestros sentidos. Una vez que Scott se ve reducido a una altura de escasos milímetros, el sótano de su casa -antes su hogar- se torna extremadamente hostil haciendo vital su lucha por la supervivencia. A la hambruna y al frío, añadiremos a amenaza de elementos que, en nuestra condición de gigantes respecto al tamaño de Carey, no percibimos como tales. El enfrentamiento con la araña antes citado, con el que se abre la trama, se extiende y conforma un elemento de tensión durante la misma. Algo parecido ocurre con el pasaje con el gato o cuando su hija, sin malicia alguna, lo agarra como si de un juguete se tratase. Sólo será con la aceptación de su nuevo estatus que Scott salga victorioso. Pero para llegar hasta ese punto, habrá de vivir un infierno de frustración, soledad, aislamiento e incapacidad de comunicarse con sus semejantes. Un viaje que le transformará profundamente, no sólo en el plano físico sino también en el psicológico.

En el apartado gráfico nos encontramos con el dibujo del filipino Mark Torres -asistido al color por Tomi Varga-. Los lápices de Torres son los suficientemente resultones para que el cómic nos llame la atención desde un primer momento. Tal vez el diseño de sus figuras humanas sea un tanto feísta, pero sin duda casa bien con el relato a contar. Todo lo contrario ocurre con los pasajes en los que Scott se enfrenta a la monstruosa araña. Ahí el dibujante sabe plasmar de forma acertada el terror y repulsa que pueda causarnos el animal. Narrativamente el artista se defiende positiva y considerablemente, resultando ésta muy fluida. Por otra parte, el diseño y estructura de muchas de sus páginas es altamente original y vistoso. A todo el apartado artístico podemos añadir unas portadas de corte minimalista -al estilo de las de “Los Proyectos Manhattan” deJonathan Hickman y Nick Pitarra- de gran empaque.

En conclusión, una lectura más que recomendada tanto para los aficionados al rico universo literario de Richard Matheson como para los desconocedores de su obra. Sin duda, para estos últimos, una grata forma de adentrarse y conocer el trabajo -aunque sea adaptado por terceros- de uno de los grandes escritores del siglo XX. Si hubiera que sumar algo al saldo negativo de este producto, yo diría que lo único malo que tiene la adaptación de Adams y Torres de “El Hombre Menguante” es que se lee en un suspiro. Cuatro “Grapas” se hacen demasiado cortas para un relato de este calibre. Incluso podría rematarlo mencionando los textos explicativos del propio Adams -e incluidos en el tomo- que se hacen necesario para colmar las ganas de más que deja la lectura de este tomo. Un tomo que, al igual que la novela -que sus responsables ya he comentado se han esforzado en seguir fielmente-, tras su lectura deja ese poso en nuestras cabezas. Esas inquietudes, esos pensamientos, que se han plantado durante el transcurso del viaje y que, una vez finalizado, crecen en nuestras cabezas para que podamos desarrollarlas. Sin lugar a dudas, un relato que no te dejará indiferente.

El Hombre Menguante Ted Adams Mark Torres

We Stand on Guard (Brian K. Vaughan, Steve Skroce)

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Titulo original: We Stand on Guard / Guión: Brian K. Vaughan / Dibujo: Steve Skroce / Portada: Steve Skroce / Formato: Cartoné / Páginas: 200 pags / Editorial: Planeta Cómic / Precio: 17’95€ / ISBN: 978-84-16767-48-9


En un futuro no muy lejano, los Estados Unidos de América han invadido a su país vecino, Canadá, con la intención de hacerse con el control de sus recursos acuíferos debido al estado de sequía en el que se encuentra su país. En los territorios más al norte de Canadá un pequeño grupo de insurgentes pondrá las cosas difíciles al ejército americano enzarzándose en una batalla que tal vez no acabe con la ocupación, pero sí prenda la chispa necesaria para ganar la guerra.


Tras firmar varias obras, algunas de ellas nominadas y ganadoras de Premios Harvey y Eisner, tan conocidas y recomendables como “Y, el Último Hombre” para el sello Vertigo de DC Comics, “ExMachina” para Wildstorm o “Runaways” para Marvel Comics, el guionista nacido en la ciudad de Cleveland Brian K. Vaughan dejó en stand by su labor en el mundo de las viñetas para dedicarse en cuerpo y alma al medio televisivo formando parte del equipo de guionistas de la mítica “Lost” o siendo el ShowRunner de la serie de la CBS “Under the Dome” basada en el relato del “Maestro del Terror” Stephen King y bajo las órdenes del mismísimo Steven Spielberg.
Pese a que su trabajo para la pantalla pequeña no le dejaba tiempo físico para adquirir compromisos en el medio que le dio fama, sí que coqueteó con la autoedición digital con cómics como “The Private Eye” y “Frontier” junto con el dibujante español Marcos Martín. Todo ello justo antes de anunciar su vuelta al mundo del cómic desembarcando a lo grande con varios trabajos en Image Comics, baluarte del actual cómic independiente mainstream de calidad y donde los autores gozan de los derechos de sus obras. Será en la editorial dirigida por Eric Stephenson donde Vaughan de rienda suelta a su imaginación y a series que, según él mismo, llevaba desde su infancia imaginando y deseando ver materializadas. Entre ellas encontramos su épica epopeya espacial “Saga”, su obra más importante y personal del momento inspirada en su paternidad, y su “Paper Girls”, una fantasía con tintes ochenteros, viajes en el tiempo y mucho misterio. Junto a ellas la historia hoy a tratar: “We Stand on Guard”.
We Stand On Guard” es una miniserie de seis números que en nuestro país ha publicado la editorial Planeta Cómic, primero en formato popular, es decir, “grapa” y algo después recopilada en “cartoné”. Su trama nos lleva a un futuro distópico no muy lejano en el que los Estados Unidos de América deciden atacar y conquistar a su país vecino, Canadá. Tras un ataque sin previo aviso a la Casa Blanca por parte de la nación de la bandera de “la hoja de arce”, el ejército americano toma represalias rápidamente bombardeando sin piedad las principales ciudades canadienses, entre ellas Ottawa. Ahí mismo es donde Vaughan comienza su violento y explícito relato en el que dos niños, Amber y su hermano Tom, quedan huérfanos tras la muerte de sus padres a causa de las explosiones. Doce años después, Amber, cruza su camino con un pequeño grupo de insurgentes autodenominado “Pack 24” (como los de latas de cerveza), un mote que hace referencia a su estatus de civiles “metidos en el negocio de la guerra” y no soldados. Y es aquí donde encontramos dos de las características típicas de las historias de Brian K. Vaughan. Por un lado, tenemos el hecho de que nos plantee una historia sencilla, casi irreal (y desde el punto de vista de quien la lea, puede que incluso boba), que el guionista desarrolla con total naturalidad. Por el otro, sus protagonistas responden al mismo perfil, es decir, al de gente normal y corriente que se tropieza con una situación extraordinaria a la que tendrán que enfrentarse, muy a su pesar. Lo extraordinario irrumpe en lo cotidiano y ordinario. Es algo que han sufrido las protagonistas de “Paper girls” (unas chicas de suburbios que se ven en medio de lo que parece una invasión extra-terrestre), el alcalde Mitchel Hundred en “Exmachina” (un ingeniero que adquiere la capacidad de comunicarse con las máquinas tras la explosión de un extraño artefacto) o Yorick Brown, el último superviviente de una plaga que acaba con todo varón sobre la faz de la Tierra en “Y, el último hombre”. Una constante en la obra del guionista de Cleveland que aquí, en “We Stand on Guard”, será representada por un grupo de civiles, entre los cuales podemos encontrar a una ingeniera o a un cómico de color, que será la última línea de defensa de los territorios más al Norte de Canadá.

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El planteamiento bélico del relato, junto al grupo de guerrilla “amateur” que nos presenta Vaughan en “We Stand on Guard”, puede recordar al lector al film de principios de los ochenta “Amanecer Rojo” (Red Dawn, John Millius, 1984) donde los EEUU eran invadidos por un bloque soviético formado por Cuba y la URSS. La trama nos contaba como un pequeño grupo de adolescentes (con caras conocidas de la época como las de Patrick Swayze, Charlie Sheen, Lea Thompson, C. Thomas Howell y Jennifer Grey), se ven forzados a convertirse en la resistencia, aprendiendo prácticas de guerrilla atendiendo al nombre de los Wolverines. Una película que, por cierto, tuvo su remake en 2012 protagonizado por el “Hijo de Odín” Chris Hemsworth y cambiando la nacionalidad de los invasores de soviéticos a norcoreanos.
Como es habitual en el autor, encontramos aquí también cierto poso de crítica, en este caso a la política exterior de los USA. Aquí el país de las barras y las estrellas es descrito como el “malo” de la historia. Tras convertir su territorio en un árido yermo, los recursos acuíferos de la nación vecina serán codiciados y motivo de la invasión. Si cambiamos el “agua” por “petróleo” tenemos una más que creíble alegoría de la Guerra de Irak. Incluso la representante americana recuerda a la asesora de Seguridad Nacional y Secretaria de Estado de la “Administración Bush” Condoleezza Rice. Una mujer que hace uso de los más sofisticados métodos de tortura que protegen la integridad física del recluso, pero no la mental.
Aunque es cierto que Vaughan juega también con la ambigüedad y la “conspiranoia” intentando despistar al lector con teorías e hipótesis que apuntan a la posible autoría del conflicto por parte de Canadá o a un atentado perpetrado por los propios Estados Unidos con la clara intención de que éstos pudieran tener la excusa para responder violentamente y ocupar el país vecino. Ambigüedad que también encontramos en el tratamiento del “Pack 24”: ¿Defensores de la Libertad? ¿Terroristas? En cualquiera de los casos, gente capaz de traspasar dilemas morales como el hecho de ejecutar a un indefenso prisionero de guerra obviando las convenciones internacionales para ese tipo de situaciones. Aunque en realidad, el pequeño grupo es más un grupo de supervivientes que de soldados, a pesar de que intenten actuar como tales.

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We Stand on Guard” es una historia cerrada y relatada a un ritmo de infarto. La extensión de la misma no propicia el desarrollo de todos los personajes y quizá su pesimista final (aunque con un breve destello para la esperanza) pueda parecernos un tanto “atropellado”. El tono de Vaughan es de violenta crudeza y tiene algunos momentos y diálogos que puedan recordarnos a otros autores como Garth Ennis. Es muy chocante, en lo que a los personajes se refiere, la rápida “evolución” de algunos, como Amber, una chica que se nos presenta como tímida y asustadiza y que de repente se convierte en una intrépida líder experta en el uso de las armas. El hecho de que McFadden, la jefa del “Pack 24”, se desmorone tras la visión de un holograma de su fallecido padre tras sufrir torturas capaces de hacerla perder la cordura tampoco queda del todo creíble. En realidad, son pequeños “borrones” en una entretenida historia que, a ojos del que suscribe estas palabras, puede que necesitara de más páginas.
El apartado gráfico es sencillamente sensacional. El arte corre a cargo del dibujante Steve Skroce, quien, así como Vaughan, se distanció del medio del cómic para cobijarse bajo las órdenes de las Wachowski para elaborar storyboards y diseños para su “Matrix” (Íd, Lilly Wachowski, Lana Wachowski, 1999) y posteriores trabajos. Fue en 2015 cuando Skroce y Vaughan se conocieron en un pase de “El Destino de Júpiter” (Jupiter Ascending, Lilly Wachowski, Lana Wachowski, 2015) y se propusieron el trabajar juntos en su “vuelta al mundo de las viñetas”. Skroce hace gala aquí de un estilo visual que nada recuerda a sus tiempos en Marvel Comics dibujando colecciones como Amazing Spiderman o Lobezno. Realista e increíblemente detallista, más emparentado al tipo de ilustraciones de su colega Geoff Darrow con la creación de impresionantes fantasías mecánicas y armamentos tecnológicos imposibles además de hacer uso de una narrativa visual muy fluida. Si a ello le sumamos el color aplicado de forma excepcional por Matt Hollingsworth, tenemos un aspecto visual que es prácticamente el fuerte de este “We Stand on Guard”.
En conclusión, nos encontramos ante un cómic que va de más a menos, pero sin dejar de ser una buena historia. Quizá no sea el mejor trabajo de Brian K. Vaughan aunque no por ello dejamos de recomendar su lectura. Una historia que parte de una premisa sencilla que destila crudeza por los cuatro costados. Todo ello acompañado de un arte de increíble factura. Esta recopilación en “cartoné” por parte de Planeta Cómic es la oportunidad ideal para hacerse con ella.

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Depredador: Fuego y Piedra (Joshua Williamson, Christopher Mooneyham)

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Titulo original: Predator: Fire and Stone / Prometheus Omega / Guión: Joshua Williamson / Dibujo: Christopher Mooneyham / Portada: Lucas Graciano / Formato: Cartoné / Páginas: 152 pags / Editorial: Norma Editorial / Precio: 19,00€ / ISBN: 978-84-679-2795-5


A modo de prólogo: El evento “Fuego y Piedra” supuso un gran crossover editorial en el que se cruzaban los destinos de xenomorfosYautjas y humanos en una suerte de secuela no oficial de la película “Prometheus” (Íd, Ridley Scott, 2012) que publicó “Dark Horse Comics” en el transcurso de 2014 en cuatro sendas miniseries (una de “Aliens“, una de “AvP“, una de la recién inaugurada línea “Prometheus” y otra de “Predator“). Todos las tramas se integraban en una misma historia, pero desde cuatro puntos de vista distintos. En nuestro país, todas las miniseries (más especial en forma de epílogo) han sido publicadas por “Norma Editorial” durante el pasado año 2017 en cuatro tomos cartoné.

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Galgo Helder ha logrado de nuevo huir de la muerte. Durante la lucha en la “Gerion” del sintético Elden contra “aliens”, “depredadores” y su propio creador, Francis, tras inocularse el mortífero “Black Goo” en su organismo y convertirse en una bestia mutada, el primer oficial de seguridad de la nave huye en la nave de patrulla “Perses” junto a dos de sus compañeros y un polizón. Éste pronto se revela como uno de los “yautjas” de la partida de caza que asaltó la “Gerion”. Galgo no lo sabe, pero acabará volviendo a “LV-223” -donde dejó abandonados a su suerte a sus compañeros de tripulación- y uniendo sus fuerzas con el “predator” en su misión de acabar con el “Ingeniero” que campa a sus anchas por el satélite.


El final de la tercera de las miniseries del evento “Fuego y Piedra” -publicado por “Dark Horse Comics” en EEUU (y por “Norma Editorial” en nuestro país) con objeto de interconectar en un mismo Universo de ficción a “aliens”, “depredadores” y los “Ingenieros” de “Prometheus” (Íd, Ridley Scott, 2012)- nos dejaba con un solitario “Elden”, ser sintético víctima de los avatares genéticos producidos al inocularle una pequeña cantidad del misterioso (peligroso y letal) “Limo negro” en su organismo. Libre de una vez por todas tras el brutal enfrentamiento con “xenomorfos”, “yautjas” mutados y su propio creador convertido en una monstruosa aberración evolutiva en el anterior capítulo de la saga. “Alien vs. Depredador: Fuego y Piedra” supone un relato en el que somos testigos de una orgía de violencia al más puro estilo de una “Monster movie” repleta de acción, gore y desmembramientos varios. En el desarrollo de su trama pudimos ver tanto como la “Gerion” como su escasa y maltrecha tripulación se veían en medio de un choque de titanes. El responsable de que la pesadilla se instaurase en la astronave no era otro que uno de los miembros de su tripulación, el primer oficial encargado de su seguridad Galgo Helder. Éste, por un lado, se había hecho con un devastador fusil perteneciente a los “Engineers” -con objeto de poder contentar a la compañía “Weyland-Yutani” al volver a la Tierra, en compensación por “perder” las naves de su propiedad lo guardaba como “oro en paño”- y, por el otro, había huido de “LV-223” en una pequeña patrullera sin saber que tanto “Elden” como un pequeño grupo de letales “xenomorfos” le acompañaban. Además de atraer a una partida de caza de “depredadores” que se encontraba en un sistema solar de las proximidades. Una situación de “fuego cruzado” de la que nada hay que envidiar. Durante el fragor de la cruenta batalla de monstruos a bordo de la “Gerion”, Galgo lograba escapar de nuevo de la muerte. A bordo de la “Perses”, el oficial de seguridad cree sentirse a salvo. Sin embargo, pronto descubrirá que tiene un polizón en la nave. Uno de los “predators” se ha colado y nuestro protagonista decidirá intentar darle caza.
Pasando las páginas de “Depredador: Fuego y Piedra” uno no para de encontrar lugares comunes y situaciones que hemos podido ver antes, ya sea en otros cómics o en las películas pertenecientes a estos grandes iconos de la cultura pop. Dentro del “Universo Predator” siempre hay incrédulos humanos que creen poder dejar de ser las potenciales presas para convertirse en cazadores, en esta miniserie habrá un momento que no será excepción. El intento de acorralar al peligroso “yautja” en el interior de la “Perses” es, no sólo el punto de arranque de la historia, sino uno de los tantos momentos a destacar de la historia. El reducido grupo de “soldados” comandado por Galgo intentará rastrear al “depredador” haciendo uso de armas no demasiado letales (una especie de lanzas eléctricas) intentando rastrear sus movimientos con una especie de aparato que capta su señal que puede recordarnos al que utilizaban los marines en el film “Aliens, el regreso” (Aliens, James Cameron, 1986) en una búsqueda del alienígena que, a un servidor, recuerda al mismo tipo de situación visto en “Alien, el octavo pasajero” (Alien, Ridley Scott, 1979). Incluso el hecho de querer expulsarlo al espacio abriendo la exclusa de emergencia puede retrotraernos a las mencionadas dos primeras entregas cinematográficas del “xenomorfo”. Pero no será esa la única estampa que pueda recordarnos a momentos del celuloide. Una impresionante explosión en mitad de la vegetación podrá grabarse en nuestras mentes como la similar que pudimos ver en el desenlace del primer film de “Depredador” (Predator, John McTiernan, 1987).

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El hecho de que Galgo acabe de nuevo en “LV-223” arrastro por “Ahab”, nombre con el que se bautiza al “predator” protagonista, acaba convirtiendo este “Depredador: Fuego y Piedra” en una especie de “Buddy Movie”. Dos personajes antagónicos que se ven forzados a trabajar juntos. Condenados a entenderse si quieren salir airosos de un entuerto de proporciones bíblicas: la amenaza del “Engineer” que campa a sus anchas por el satélite. No sé si será por la (relativa) importancia que tiene la figura de Shane Black dentro de la mitología fílmica de los “yautjas”, pero el primer ejemplo de este tipo de “cine de colegas” que viene a mi cabeza es la seminal “Arma Letal” (Lethal Weapon, Richard Donner, 1987). Cinta cuyo guion es de Black y máximo exponente de este (sub)género que tuvo sus días de gloria a finales de la década de los ochenta y primera mitad de los noventa que se convirtió en el mantra a seguir y principal seña de identidad del estilo del director de la reciente “The Predator” (Íd, Shane Black, 2018). Ambos individuos, forzados a intentar destruir al “Ingeniero”, no pueden ser más diferentes. La definición del término héroe no va con Galgo Helder. Él es un tipo sin escrúpulos que sólo mira por su bienestar. Sólo hay alguien importante para él: él mismo. Sus responsables afirman que basaron su personalidad en el personaje interpretado por Eli Wallach en “El Bueno, el Feo y el Malo” (Il buono, il brutto, il cattivo, Sergio Leone, 1966), “Tuco”. Al igual que el “Feo” de la cinta de Leone, Galgo es un tipo que tras su carácter bufonesco esconde un lado violento y peligroso. Capaz de abandonar a su suerte a los suyos, en el mejor de los casos -en esta historia llega a sacrificar las vidas de dos de ellos-, este hombre tiene demasiado desarrollado su instinto de supervivencia. Por otro lado, el “predator” llamado “Ahab” responde a esa idea del cazador obcecado mostrando su obsesión más allá de la razón. En determinados momentos podremos ser testigos de ciertos “flashbacks” que intentarán justificar la férrea voluntad del “yautja” por hacerse con esa “presa digna” personificada en la figura del “Ingeniero”. “Ahab” no sólo forzará a su compañero humano a acompañarle en su persecución del poderoso ser mencionado, sino que acabará siendo su “compañero” e, incluso, su “protector”.
Los responsables de este capítulo del “crossover”, Joshua Williamson al guion y Christopher Mooneyham al dibujo, imprimen un ritmo frenético a la historia. No dejan de pasar cosas, para total goce del lector. Nuestros protagonistas no paran quietos en ningún momento y la acción -la física, la de golpes y disparos- es predominante en el transcurso de la trama. A diferencia de las anteriores miniseries, ésta se presenta como mucho más ágil y con menor número de personajes, lo cual ayuda aún más si cabe a empatizar con estos dos “colegas a la fuerza”. Sin duda, es mi favorita de todo el evento “Fuego y Piedra”. Y el apartado artístico va a la zaga. Mooneyham se decanta por un dibujo sucio -mucho más enfatizado por su propio entintado en la primera mitad, ya que de las tintas del resto se ocupa John Lucas- y un estilo muy clásico, tanto en sus figuras como en su disposición y diseño de páginas, con el que responde perfectamente a los primeros productos “comiqueros” de “Predator” de principios de los noventa. Me refiero a las primeras historias que “Dark Horse Comics” publicó en cuanto se hizo con los derechos del personaje como “Concrete Jungle” o “Big Game” dibujadas por Chris Warner o Evan Dorkin respectivamente. Sencillamente, no sólo es un cómic de la línea “Predator” sino que parece un cómic de “Predator”. Cosa que se agradece. Si el contenido del interior deslumbra y entretiene a partes iguales, el apartado de las portadas originales no se queda atrás. Tres de ellas corren a cargo del artista Lucas Graciano y la restante la realiza E. M. Gist. Están al mismo nivel que todas las portadas de todas las miniseries del evento. Simplemente espectaculares.

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El tomo publicado por “Norma Editorial” se remata con la inclusión del especial “Prometheus Omega”. Historia realizada por una de las guionistas más interesantes del actual panorama de las viñetas, tanto con sus trabajos más mainstream como con los más “indies”, Kelly Sue DeConnick. Sin embargo, aquí la creadora de “Pretty Deadly” o “Bitch Planet”, acompañada por el impresionante arte hiper realista de Agustín Alessio, pone punto y final al evento con un mini relato un tanto decepcionante. En principio este cómic debería cerrar “Fuego y Piedra”, pero casi deja más preguntas que respuestas -además de a los protagonistas supervivientes totalmente desamparados en “LV-223”-. No es que haya necesidad de un “Happy end”, pero tampoco de un “Fake end” -¿es esto en realidad un final?-. Al acabar de leer las escasas 40 páginas que lo componen, da la sensación de que no hay final y que recuperar al personaje de “Elden” de nuevo se convierte en un ejercicio de futilidad. ¿Qué necesidad tiene el sintético de volver al satélite donde comenzó su “pesadilla” cuando se le abría un abanico con muchísimas más posibilidades? Sinceramente, es más que probable que un servidor no haya entendido las intenciones de la guionista. Este “Prometehus Omega” supone un continuará que podremos leer en el evento “Vida y Muerte” en el que se repite el mismo esquema con las cuatro series y que “Norma Editorial” también ha publicado en nuestro país. En lo referente a “Fuego y Piedra“, señalar que es un “crossover” que, con ciertas diferencias de calidad entre sus diversas series, supone una lectura más que recomendable y una vuelta a la grandeza de los cómics de “aliens” y “predators”, a los que “Prometheus” parece que acompañará a partir de ahora.

 

Alien vs Depredador: Fuego y Piedra (Christopher Sebela, Ariel Olivetti)

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Titulo original: Alien vs Predator: Fire and Stone / Guión: Christopher Sebela / Dibujo: Ariel Olivetti / Portada: E. M. Gist / Formato: Cartoné / Páginas: 104 pags / Editorial: Norma Editorial /Precio: 16,00€ / ISBN: 978-84-679-2763-4


A modo de prólogo: El evento “Fuego y Piedra” supuso un gran crossover editorial en el que se cruzaban los destinos de xenomorfosYautjas y humanos en una suerte de secuela no oficial de la película “Prometheus” (Íd, Ridley Scott, 2012) que publicó “Dark Horse Comics” en el transcurso de 2014 en cuatro sendas miniseries (una de “Aliens“, una de “AvP“, una de la recién inaugurada línea “Prometheus” y otra de “Predator“). Todos las tramas se integraban en una misma historia, pero desde cuatro puntos de vista distintos. En nuestro país, todas las miniseries (más especial en forma de epílogo) han sido publicadas por “Norma Editorial” durante el pasado año 2017 en cuatro tomos cartoné.

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Galgo Helder, primer oficial de seguridad de la astronave “Gerion”, ha abandonado a su suerte a sus compañeros en la luna “LV-223”, la cual se encuentra a merced de una letal especie alienígena “xenomorfa”. Huyendo en la nave de patrulla “Perses”, pone rumbo hacia la “Gerion” sin saber que a bordo han logrado subir el sintético Elden, el cual ha sido contaminado por un misterioso líquido negro encontrado en el satélite, al cual acompañan varios especímenes de los “aliens”, los seres han acabad con la vida muchos de sus amigos. Paralelamente, un grupo de peligrosos “Yautjas” pone rumbo hacia su posición con objeto de hacerse con un trofeo digno de sus habilidades de caza.


La tercera miniserie del evento “Fuego y Piedra” retoma la acción de la miniserie “Prometheus: Fuego y Piedra” incorporando además a los populares “Yautjas” salidos del seminal film de John McTiernan, “Depredador” (Predator, John McTiernan, 1987) en un intento de enriquecer y cohesionar este gran universo de ficción compartido. “AvP” no es sólo la unión de las dos franquicias “Comiqueras”, “Alien” y “Depredador”, que “Dark Horse Comics” lleva ya la friolera de más de veinticinco años publicando, sino que es la viva imagen del sueño de cualquier aficionado a las historias de estos hostiles alienígenas. Cruzar las aventuras y desventuras de estas dos especies venidas del espacio exterior es uno de los mejores aciertos de la editorial del “Caballo Oscuro” (punto y aparte merecería comentar la calidad de los productos ya que difieren mucho entre ellos). Este “invento” -ni original, ni moderno, pero sí efectivo- comenzó en el mundo de las viñetas, pero pronto traspasó otros medios como los videojuegos o el cine (con resultados más que diversos). En la colección que hoy tratamos aquí, la enmarcada en “Fuego y Piedra”, sus responsables van un paso más allá en una historia que a priori podría parecer otra vuelta de tuerca más al sempiterno enfrentamiento entre “Predators” y “xenomorfos”. En este cómic, escrito por Christopher Sebela y dibujado por Ariel Olivetti, otro participante se incorporará al juego. Podríamos simplificar diciendo que nos encontraríamos ante un “Alien versus Predator versus Engineers”. Sin embargo, el “Ingeniero” que encontramos en sus páginas no es como el visto en el film “Prometheus” (Íd, Ridley Scott, 2012) o en la primera miniserie del crossover ya que es una especie de híbrido. Tal vez tendríamos que concretar y afirmar que sería un enfrentamiento a tres bandas entre “Aliens”, “Depredarores” y las consecuencias de la experimentación con el “Limo negro”, ese misterioso líquido oscuro que tantos estragos genéticos provoca.

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Durante el transcurso del segmento dedicado a “Prometheus” pudimos ser testigos de excepción de hechos que, dentro del desarrollo de la trama principal, parecían acababan como cabos sueltos de la misma. En los que respecta al primero de ellos, la historia guionizada por Paul Tobin relataba como uno de los tripulantes de la “Gerión”, el astro-biólogo Francis Lane, traicionaba la confianza de Elden, el miembro sintético de la nave. Aquejado de una mortal enfermedad, el científico, en una desesperada búsqueda de una cura, inyectaba el misterioso “Limo negro” que encontraba en la luna “LV-223”. Como consecuencia de ello, Elden comenzó a mutar es una especie de ser muy parecido a los seres denominados “Ingenieros” y, curiosamente, lograba mantener una especie de vínculo con los “xenomorfos” que también se encontraban en el satélite. El segundo de los acontecimientos que dejaba en “ascuas” al lector era el hecho de que Galgo, el jefe de seguridad del grupo, abandonaba a su suerte al resto de sus compañeros en el mismo momento que se hacía con los mandos de la “Perses”, una pequeña nave de patrulla con la que lograban escapar y ponerse rumbo a la “Gerion” donde poder estar a salvo. Lo que Galgo no sabía es que Elden había logrado entrar en la astronave acompañado de varios “Aliens” con objeto de enfrentarse cara a cara con Francis, quien se encontraba preso en el interior de la misma. Todo ello, que daría para poder contar una historia, acaba intrincándose más cuando una partida de caza de “Yautjas”, la cual se encuentra inmersa en uno de sus ancestrales rituales en un sistema solar vecino, decide interceptar la astronave en un, suponemos, intento de dar con un rival (o una presa) digno de sus talentos.
Mientras uno va pasando las páginas de este “AvP: Fuego y Piedra”, es difícil no encontrar ciertos paralelismos entre la historia de Elden, el ser sintético que no para de mutar -o evolucionar- debido a que el interior de su organismo lo recorre el peligroso “Limo negro” mencionado, y el protagonista de la considerada como primera novela de la ciencia ficción. Me refiero al famoso monstruo creado por el Doctor Frankenstein en la novela “Frankenstein o el moderno Prometeo” de la escritora Mary Shelley. Al igual que la espantosa criatura construida a partir de retales humanos procedentes de cuerpos sin vida, Elden busca a su creador, Francis. Así como en la novela, el responsable del actual estado del “sintético” rehúye de su creación auto eximiéndose de la responsabilidad de sus actos. Elden no cejará en su persecución y búsqueda de respuestas. Sin embargo, los caminos del “Limo negro” son inescrutables. El androide no sólo será “víctima” de las alteraciones provocadas por la oscuro y letal elemento, sino que lo convertirá en una especie de “bomba biológica” capaz de “contaminar” a todo aquel que, por diversas circunstancias, vea expuesto su organismo a tal material genético. Como decía el Mayor Dutch, “si sangra, se le puede matar”. Un servidor añadiría que “si sangra, se le puede contagiar”. Con un simple mordisco por parte de Elden, cualquiera de los implicados en la historia es capaz de convertirse en un ser que podría haber salido del universo “Cronenberiano” de la “Nueva Carne”. Ello derivará a que la trama vire a unos niveles de “Bizarrismo” exacerbado -algo que el dibujo de Ariel Olivetti refuerza perfectamente- convirtiendo esta miniserie en un choque de monstruos al más puro estilo de las historias de uno de los personajes emblema de la línea “Vertigo” de “DC Comics”, “La Cosa del Pantano” (o “The Swamp Thing”).

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Más que un choque entre los “Predators” y los “Aliens” nos encontramos ante la persecución -y correspondiente huida- por parte de dos de los personajes principales de la primera miniserie dedicada a “Prometheus”. Esa subtrama que protagonizaban ambos sigue en esta parte del crossover. Nuestros letales alienígenas predilectos se encuentran en medio para asegurar las altas dosis de acción que todo aficionado que se precie demandará en un producto de tales características. Los responsables de la historia se encargan de siembren la muerte y el caos allá por donde pasen. Pero puede que precisamente sea ese el punto más negativo del relato. Daría igual que se prescindiera tanto de “Yautjas” como de “xenomorfos” ya que apenas aportan nada importante al conjunto de la historia. Es cierto que dan pie a la creación de situaciones llenas de acción física y choque de titanes, pero sería lo mismo si los monstruos fueran otros. No con ello quiero decir que sobren, pero sí que no son estrictamente imprescindibles. De hecho, hay momentos que tal número de participantes en la trama puede dar pie a confusiones, pese a que su responsable intenta por todos los medios acotar perfectamente la acción a cada uno de los personajes que participan de la historia. Por otro lado, se dejará abierta una subtrama que conectará con el siguiente capítulo, el dedicado a “depredador” en solitario.
El guion de Sebela no deja de ser entretenido, trepidante y repleto de acción. Es incluso menos ambicioso que el de Paul Tobin en “Prometheus: Fuego y Piedra” al no querer abarcar gran cantidad de personajes -poniendo, literalmente, “a dormir” a algunos de ellos ya que poco podrían aportar a la trama salvo su condición de “carne de cañón”-, pero tanto la inclusión de los “Yautjas” y los “xenomorfos” -es de suponer que contractualmente ya que el título de la obra lleva sus nombres en la portada- sí crea situaciones de relativa confusión. El apartado artístico por parte del argentino Ariel Olivetti es de gran empaque y espectacular. Sin embargo, todo lo que tiene de atractivo, lo tiene de estático. Olivetti es un gran ilustrador y su calidad salta a la vista, pero sus dotes para la narrativa visual son otro cantar. Un cómic en el que la acción está tan presente y muchas páginas nos muestran a dos o más personajes monstruosos intercambiando golpes no puede pecar en ese apartado. No es algo que sea continuo, ya que encontramos algunos momentos más acertados que otros, pero los más negativos enturbian un poco el resultado final. Un resultado más que notable, pero que se rayaría la excelencia si su arte secuencial fuera más fluido. En las cubiertas no repite el espectacular David Palumbo -del cual encontrábamos su arte en las portadas de las miniseries dedicadas a “Prometheus” y “Aliens”-, encargándose de ellas el artista E. M. Gist realizando un trabajo poco menos que magnífico. En general, las portadas de todas las series del crossover de “Dark Horse Comics” son soberbias.

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En definitiva, un entretenido tercer capítulo de este nuevo intento de devolver la grandeza al Universo compartido por “Aliens” y “Depredadores”, al cual se suma también la mitología de “Prometheus”, por parte de la editorial del “Caballo Oscuro”. Un equipo creativo de lujo que nos ofrece un relato con plenas reminiscencias al “Frankenstein” de Mary Shelley -al menos, en mi opinión- en el que los dos protagonistas del mismo, un monstruo y su creador, se ven envueltos por la violencia de las hostiles criaturas que tantos buenos ratos nos han hecho pasar. Sin duda, uno de las mejores miniseries del evento “Fuego y Piedra”.

 

Aliens: Fuego y Piedra (Chris Roberson, Patric Reynolds)

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Titulo original: Aliens: Fire and Stone / Guión: Chris Roberson / Dibujo: Patric Reynolds / Portada: David Palumbo / Formato: Cartoné / Páginas: 112 pags. / Editorial: Norma Editorial / Precio: 16,00€ / ISBN: 978-84-679-2668-2


A modo de prólogo: El evento “Fuego y Piedra” supuso un gran crossover editorial en el que se cruzaban los destinos de xenomorfosYautjas y humanos en una suerte de secuela no oficial de la película “Prometheus” (Íd, Ridley Scott, 2012) que publicó “Dark Horse Comics” en el transcurso de 2014 en cuatro sendas miniseries (una de “Aliens“, una de “AvP“, una de la recién inaugurada línea “Prometheus” y otra de “Predator“). Todos las tramas se integraban en una misma historia, pero desde cuatro puntos de vista distintos. En nuestro país, todas las miniseries (más especial en forma de epílogo) han sido publicadas por “Norma Editorial” durante el pasado año 2017 en cuatro tomos cartoné.

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La pequeña colonia de “Hadley’s Hope”, asentada en la luna conocida como “LV-426” está acabada. Una hostil especie alienígena ha aparecido y ha acabado con la mayoría de su población. Un pequeño grupo de supervivientes logra huir en un pequeño vehículo a una de las lunas cercanas sólo para descubrir que no han viajado solos. Los letales aliens se ha colado en su bodega de carga dejándoles sin un momento para poder recobrarse. Sin embargo, no serán los “xenomorfos” los únicos peligros que encontrarán en el vecino satélite. El mismo en el que muchos años antes aterrizó la nave llamada “Prometheus”.


La primera vez que pudimos ver la colonia minera de “Hadley’s Hope” fue en la increíble secuela de “Alien, el Octavo Pasajero” (Alien, Ridley Scott, 1979), “Aliens, el regreso” (Aliens, 1986) de James Cameron. El asentamiento se estableció en una de las tres lunas que orbitaban el planeta “Calpamos” denominada “LV-426” o, también conocida como, “Acheron”. En el film del director de “The Terminator” (Íd, James Cameron, 1984) se nos contaba que allí se trasladó, bajo las órdenes y financiación de la Compañía “Weyland-Yutani”, un grupo de trabajadores de la empresa, junto a sus familias, con objeto de terraformar el satélite e investigar dicho confín de la galaxia. Curiosamente (o no), dicha luna fue también el lugar donde la nave comercial “Nostromo” se vio obligada a hacer una parada con la finalidad de responder a una posible llamada de socorro. Lo que la tripulación del carguero espacial no sabía es que allí encontrarían el detonante de la posterior pesadilla que sufrirían en sus propias carnes en forma de hostil alienígena y provocando que, nosotros como espectadores, pudiéramos disfrutar de una de las más míticas cintas de ciencia ficción y terror de todos los tiempos. La única superviviente de la “Nostromo”, Ripley, lograba escapar en una lanzadera de salvamento y encontrada posteriormente por un equipo de rescate mientras vagaba a la deriva por el espacio.
El resto forma parte de la historia de una de las sagas más populares de la “Sci-Fi” moderna. El salvamento de Ripley brindó la oportunidad a sus “jefes”, la pérfida “Compañía”, de conocer las coordenadas aproximadas de la ubicación de esa peculiar y misteriosa nave con forma de herradura que albergaba a una de las especies más peligrosas del Universo. Acto seguido harían que un grupo de trabajadores y científicos se encaminaran hacia allí con el pretexto de asentar una nueva colonia minera y, a su vez, poder hacerse con algún espécimen “xenomorfo” destinado a su línea de producto armamentístico. La incapacidad de comunicarse con “Hadley’s Hope” llevaría a que se formara una expedición de rudos marines, con Ripley como principal asesora, que llegarán a “Acheron” sólo para descubrir que el pequeño asentamiento compuesto por 158 colonos ha sido arrasado. El descubrimiento de los “aliens”, con la consiguiente infestación de la colonia, abrumó al equipo de rescate teóricamente formado por bravos soldados curtidos en mil batallas. Todos los habitantes de la pequeña “ciudad” estaban o bien muertos o habían sido utilizados como anfitriones para gestar más mortíferos extraterrestres. ¿Todos? No, todos no. Hasta el momento, gracias al film de Cameron, sabemos que una pequeña niña -llamada Newt- logró escabullirse y sobrevivir mientras que su familia y vecinos perecían a manos de los “xenomorfos”. Sin embargo, lo que no se nos contó es que un pequeño grupo de colonos logró huir in extremis de “LV-426” en un vehículo de extracción mineral capaz de poder llegar a una de los satélites cercanos. Exactamente en ese momento es en el cual comienza el relato de la miniserie de “Aliens”, perteneciente a la saga “Fuego y Piedra” publicada por “Dark Horse Comics” escrita por Chris Roberson y dibujada por Patric Reynolds.

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En “Aliens: Fuego y Piedra” seguiremos las andanzas de un pequeño grupo de habitantes de “Hadley’s Hope” que logran escapar de “Acheron” para acabar en la cercana luna denominada “LV-223” y, donde curiosamente también, se desarrollaron los acontecimientos narrados en el film “Prometheus” (Íd, Ridley Scott, 2012). De esta forma, sus responsables se encargan, por un lado, de que veamos lo que en el film de James Cameron sólo pudimos imaginar, es decir, el asedio por parte de los “xenomorfos” -al más puro estilo de un “Apocalipsis Zombie”- a la pequeña colonia minera, y, por el otro, conectar la segunda entrega cinematográfica de los “aliens” con el film de Ridley Scott de 2012. Esta sería la primera vez -puesto que la publicación de la miniserie es anterior al estreno de la película “Alien Covenant” (Íd, Ridley Scott, 2017)- que una historia de los “xenomorfos” (al menos, de las provenientes de su Universo Expandido al margen del cinematográfico) nacidos -al menos gráficamente- de la macabra mente de H.R.Giger abarca aspectos provenientes de la mitología de “Prometheus”, algo que acabaría extendiéndose a lo largo de todo este evento denominado “Fuego y Piedra”. Destacar que, a pesar de ser la segunda miniserie de este macro-crossover del universo expandido creado en el seno de “Dark Horse Comics” (el cual aglutina “Prometheus”, “Alien” y “Predator”), cronológicamente se sitúa antes de los acontecimientos narrados en “Prometheus: Fuego y Piedra” dando explicación al porqué la tripulación de la “Helios” se cruzará en sus páginas con nuestros “xenomorfos” favoritos.
Los supervivientes de “Hadley’s Hope” acabarán, como se suele decir, “saliendo de la sartén para acabar cayendo a las brasas”. Llegarán a “LV-223”, de la forma más precaria con un vehículo nada adecuado para dicho trayecto, solamente para descubrir de forma inmediata que, junto a ellos, en la bodega de carga, viajaba un pequeño, pero letal, grupo de “xenomorfos”. Sin momento para recobrar el aliento o atender a los heridos, se verán forzados a huir sin poder reparar detenidamente en su entorno. Puesto que lo que debería ser un paraje desolador, es sorprendentemente es un verdadero ecosistema con una atmósfera totalmente respirable. Este será uno de los motores de la acción de este relato ya que, a partir de aquí, la trama se dividirá -o desviará su atención- y seremos testigos, por una parte, de cómo los colonos intentan sobrevivir a cualquier precio -incluyendo bravatas y discusiones provocadas por la disparidad de opiniones al tener dos posturas enfrentadas, una más pro-activa que la otra- y, por la otra, de la investigación de las misterios que encierra el hostil entorno y el peligroso “Limo negro” por parte del personaje que aglutina más protagonismo que ninguno dentro del elenco coral, el ingeniero jefe Derrick Russell. Éste acabará descubriendo -y capturando- una de las sondas, presumiblemente lanzada por el geólogo Sean Fifield, de la antigua nave “Prometheus”. Sorprendido por encontrar equipo obsoleto de la compañía para la que trabajaba, nuestro ingeniero protagonista dedicará todo momento que le sea posible a intentar dar con las razones de la rápida terraformación de su salvaje entorno y a investigar las posibles consecuencias genéticas del contacto con ese misterioso líquido negro con el que no deja de tropezar.

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Básicamente, el guionista Chris Roberson -a quien hemos podido leer en trabajos puntuales para “DC Comics” y su sello “Vertigo” como “House of Mistery”, “Jack de Fábulas” o “iZombie”, también se ha encargado de alguna de las miniseries del “Universo Hellboy” para “Dark Horse Comics” entre otras obras- centra sus esfuerzos, una vez tenemos a todos los participantes de la historia huidos de la masacre de “Acheron”, en las pesquisas de Russell. Paralelamente, al resto de personajes, de entre los cuales destacan solamente dos a los que les otorga el lujo de darles líneas de diálogo -Genevieve Dione y Nolan Cale, una antigua maestra y uno de los perforadores de “LV-426”, respectivamente-, el autor los utiliza como auténtica carne de cañón durante los repetitivos envites de los “aliens”. Roberson coge a un pequeño grupo de personas (del cual desconocemos su número, pero que a veces aparentar ser más y otras menos) y los coloca en un paraje natural al más puro estilo de la serie “Perdidos” (Lost, 2004-2010) sólo para ir matándolos, en el mejor de los casos, o mostrarnos los efectos del “Limo negro” al entrar en contacto con ellos. De esta forma, nos ofrece la miniserie más cerrada de todas las que forman parte de “Fuego y Piedra”, ya que no es una historia determinante en el desarrollo global del evento.
La parte artística corre a cargo de Patric Reynolds, ilustrador y portadista cuyo arte secuencial hemos podido ver también en otros trabajos para “Dark Horse Comics” pertenecientes al universo creado por Mike Mignola para su “Hellboy” como la miniserie “Hellboy y la AIDP: 1954” o “Joe Golem. Detective de lo oculto”. El estilo de Reynolds está en plena sintonía con el tono de los cómics de la franquicia. Es oscuro, es sucio, es violento. Sin embargo, en la humilde opinión de quien suscribe estas palabras, peca tal vez de muy estático, carente de dinamismo. Muchas de sus viñetas parecen auténticos posados y la narrativa no es un punto a destacar. A simple vista es muy atractivo, pero a medida que uno va pasando páginas ve cómo se repiten formas, figuras y composiciones. No quiero decir que sea un aspecto totalmente negativo, pero el resultado está un pelín por debajo del resto de miniseries que componen el “crossover”. Por otro lado, y a semejanza del resto de títulos de “Fuego y Piedra”, las portadas, obra del ilustrador David Palumbo -incluidas también en el tomo-, son simplemente increíbles.
En definitiva, es el episodio que menos importancia tiene dentro de la trama general del evento, pero que no deja de ser un entretenimiento de lo más distendido. Aunque al acabar la historia, uno puede pensar que realmente no haya ocurrido gran cosa en relación con el conjunto global del evento. Sin embargo, la historia, en su afán de conectar los filmes “Aliens, el regreso” (Aliens, James Cameron, 1986) y “Prometheus” (Íd, Ridley Scott, 2012), es una buena oportunidad para visitar lugares comunes vistos en el seno del universo cinematográfico de “aliens” y poder ser testigos de primera mano de sucesos que, hasta el momento, sólo podíamos recrear a través de nuestra imaginación como el asedio a la pequeña colonia de “Hadley’s Hope”. Para los más completistas, señalar que dicho acontecimiento también se encuentra narrado en la novela “Alien: River of Pain”, escrita por Christopher Golden (autor también de la novelización de la última entrega dirigida por Shane Black de Depredador [The Predator, Shane Black, 2018]). Como extra y refuerzo de esa idea de conexión con el filme de Cameron encontramos una pequeña historia de ocho páginas con el Cabo Hicks como protagonista, también escrita por Chris Roberson y titulada “Aliens: informe de campo”, donde se recrea la huida de los marines tras el primer enfrentamiento con los “aliens” en “LV-426”. Tampoco aporta demasiado a la trama, pero sí a las intenciones de cohesión de dicho universo de ficción.

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Prometheus: Fuego y Piedra (Paul Tobin, Juan Ferreyra)

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Titulo original: Prometheus: fire and stone / Guión: Paul Tobin / Dibujo: Juan Ferreyra / Portada: David Palumbo / Formato: Cartoné / Páginas: 112 pags / Editorial: Norma Editorial / Precio: 16,00€ / ISBN: 978-84-679-2609-5


A modo de prólogo: El evento “Fuego y Piedra” supuso un gran crossover editorial en el que se cruzaban los destinos de xenomorfosYautjas y humanos en una suerte de secuela no oficial de la película “Prometheus” (Íd, Ridley Scott, 2012) que publicó “Dark Horse Comics” en el transcurso de 2014 en cuatro sendas miniseries (una de “Aliens“, una de “AvP“, una de la recién inaugurada línea “Prometheus” y otra de “Predator“). Todos las tramas se integraban en una misma historia, pero desde cuatro puntos de vista distintos. En nuestro país, todas las miniseries (más especial en forma de epílogo) han sido publicadas por “Norma Editorial” durante el pasado año 2017 en cuatro tomos cartoné.

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Cien años después de los sucesos acaecidos en el inhóspito planeta LV-223 -y relatados en el film “Prometheus” (Íd, 2012) de Ridley Scott-, la tripulación de la Gerión viaja hasta allí con un nuevo equipo de científicos con el objeto de descubrir qué le ocurrió a Peter Weyland y el resto de la tripulación de la Prometheus. Ese oscuro misterio, además del destino de la misión original, será posiblemente su propia condena.


Hace ya más de cuarenta años, la ciencia ficción moderna sufrió un giro radical tras el éxito de una cinta por la que nadie en su momento, ni la propia productora ni gran parte de las personas que participaban en su producción, “dieran un duro” por ella. Me refiero, por supuesto, a “La Guerra de las Galaxias” (Star Wars: Episode IV – A New Hope, George Lucas, 1977). El hecho de que el filme de George Lucas se convirtiera en todo un fenómeno cinematográfico -y de masas-, cambiara a finales de los setenta -junto a otras películas como “Tiburón” (Jaws, Steven Spielberg, 1975)- la forma de hacer y de vender las películas -acuñando a estas producciones con el término “Blockbuster”- y pusiera de moda todo un género que se encontraba denostado por parte de crítica e industria como era el de la “ciencia ficción”, llevó a la “20th Century Fox” a intentar repetir una jugada que copiosos beneficios le había generado. En aquellos momentos, salvo los estudios más pequeños y dedicados a la “serie B” y a la “caspa”, no había proyectos que involucrasen ni naves espaciales ni fantasiosas tramas tecnológicas salvo un pequeño proyecto que, por casualidades de la vida, había caído en manos de la pequeña productora Brandywine, entre cuyos responsables se encontraba el director Walter Hill. Estamos hablando, claro está, de “Alien, el octavo pasajero” (Alien, Ridley Scott, 1979).

No nos vamos a extender demasiado en la historia de la producción de la cinta que, junto a la de George Lucas antes mencionada, cambió el concepto de la sci-fi cinematográfica posterior y dio vida a uno de los iconos más reconocibles del terror moderno: el xenomorfo. Criatura salida de la imaginación de un grande, Dan O’Bannon, que puso en el candelero al director de la cinta, Ridley Scott, y dio proyección internacional a su “padre artístico”, H. R. Giger. La crónica de “Alien, el octavo pasajero” y sus secuelas es emocionante, controvertida y accidentada, pero hoy no es el momento de profundizar en ello. Mencionar que el éxito de la primera entrega dirigida por Ridley Scott, no sólo le puso en el punto de mira de muchos de los estudios de Hollywood, sino que puso de manifiesto el tema de una posible secuela. Una segunda entrega que, con la perspectiva del tiempo mediante, sabemos que dirigiría James Cameron años más tarde. Una película que amplió la mitología de los xenomorfos y encumbró al canadiense al Olimpo de los grandes realizadores, no sólo del género sino también del Séptimo Arte en general. Sin embargo, años atrás el propio Ridley Scott ya manifestó su voluntad del volver al Universo de Alien y, más concretamente, centrándose en la enigmática figura que la tripulación de la U.S.C.S.S. Nostromo encontrara en la misteriosa nave con forma de herradura. La escena del “Space Jockey” fue una de las que más costó llevar adelante debido a sus costes de producción y a la, en apariencia, difícil comprensión de su vinculación en la trama posterior a bordo del carguero espacial de Weylan-Yutani (la letra “d” final de Weyland se añadiría posteriormente a partir de la cinta de James Cameron y, en lo que se refiere a la de Scott, en su “Director’s Cut” de 2003).

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Sabemos que en ninguna de las posteriores secuelas de la “saga Alien” el enigmático “Space Jockey” volvería a formar parte del misterio a pesar de tener de nuevo la oportunidad de ver su nave en la versión extendida de “Aliens: El Regreso” (Aliens, James Cameron, 1986) o su cráneo colgado como trofeo en “Aliens Vs. Predator 2” (AVPR: Aliens vs Predator – Requiem, Colin y Greg Strause, 2007). Eso en lo que se refiere al encorsetado universo cinematográfico. Desde el año 1988, la editorial americana “Dark Horse Comics” comenzó a adaptar y expandir la franquicia al mundo de las viñetas con una primera miniserie titulada “Alien: Outbreak” (aquí llamada “Alien: serie Nostromo” publicada por “Norma Editorial“) que continuaba la historia tras los hechos narrados en el filme de James Cameron retomando al malogrado Cabo Hicks y a una adolescente Newt. Gracias a los cómics, el cosmos de los xenomorfos se amplió considerablemente constituyéndose a partir de una ingente cantidad de pequeñas series y especiales unitarios, con diferentes equipos creativos y prácticamente todas independientes entre sí, que venían a profundizar en todo aquello a lo que las películas no podían -o no interesaba- abarcar. Entre todo ello, el “Space Jockey” también pudo disfrutar de su propio desarrollo “comiquero”. En 1999, en la miniserie titulada “Aliens Apocalipsis”, el popular guionista -ganador del Premio Eisner- Mark Schultz -creador del fantástico cómic “Xenozoic Tales”- ahondaba, alejándose de los cánones cinematográficos, en la mitología del mundo Alien y, lo más importante, en la figura del famoso piloto de la nave con forma de herradura -también conocido después como “Ingeniero”- relatándonos un posible origen e importancia de su rol en toda la franquicia con la pretensión de convertirse en algo canónico (todo lo canónico que pueda ser algo que proviene de una línea de producto considerada menor). En 2008, algo más de diez años después de la última entrega de la saga -la menospreciada por muchos “Alien: resurrección” (Alien: resurrection, Jean-Pierre Jeunet, 1997)-, la “Fox” anunciaba la vuelta del director Ridley Scott a la saga que le dio fama. Concebido en primera instancia como un “reboot” para luego desmentirlo y revelar que sería una precuela de la seminal “Alien, el octavo pasajero“, Ridley Scott narraría en “Prometheus” (Íd, 2012) una historia donde la figura del “Space Jockey” cobraría gran relevancia en un afán por dotar de trasfondo filosófico y existencial a la cosmología de los xenomorfos más famosos del celuloide. La acción transcurriría 30 años antes que los sucesos acontecidos en la  U.S.C.S.S. Nostromo y nos pondría en la piel de la tripulación de la Prometheus, una expedición científica con el claro objetivo de descubrir el origen de la humanidad. Una cinta que dejó cierto sabor agridulce en el “fandom” con el que su director intentó resarcirse con su inmediata secuela “Alien: Covenant” (Íd, 2017). Pero eso ya forma parte de otra historia.

Volviendo al mundo de las viñetas, habiendo consolidado el “Universo Alien” dentro del panorama “comiquero”, no es de extrañar que “Dark Horse Comics” hiciera lo mismo con el de Prometheus. De esta forma, en 2014 y bajo el título “Fuego y Piedra”, la editorial del “Caballo Oscuro” publicó un “crossover” en el que cruzaba su recién adquirida franquicia con la de los “Aliens“. A todo ello, se sumaba a la ecuación otro de los personajes/licencia míticos que ya había compartido cabecera con los populares y hostiles xenomorfos, “Predator” -y, por extensión, también con la cabecera “Alien vs Predator”-. “Fuego y Piedra” juntaba las cuatro líneas en una misma historia contada desde cuatro puntos de vista estando conformada por cuatro miniseries más un especial a modo de epílogo. La primera de ellas, “Prometheus: Fuego y piedra” está escrita por el guionista Paul Tobin -a quien hemos podido leer en la adaptación al cómic del personaje salido de la pluma de Andrzej Sapkowski, Geralt de Rivia o The Witcher– y dibujada por el argentino Juan Ferreyra. El relato nos sitúa unos cien años después de los sucesos acaecidos en el -presumiblemente- estéril planeta LV-223 y relatados en la película de 2012. Lo que en apariencia es una misión científica, esconde oscuras motivaciones por parte de la capitana de la expedición, Angela Foster, cuyas intenciones son las de encontrar una de las sondas perdidas de Peter Weyland para descubrir qué sucedió con la tripulación de la Prometheus y qué cuales fueron los descubrimientos conseguidos sobre los orígenes de nuestra especie. Una vez en el planeta, Paul Tobin coloca sobre el tablero ingredientes y elementos típicos de los relatos del “Universo Alien“. Estos, además de la mencionada presencia de un capitán con sus propias motivaciones secretas, no son otros que la presencia de otro miembro con motivaciones poco populares, la existencia de un paraje inhóspito lleno de peligros y la presencia de una raza alienígena, los xenomorfos, dispuestos a acabar con las vidas de expedicionarios timoratos.

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Esta historia podría funcionar perfectamente a modo de secuela del filme homónimo de Ridley Scott. Nos encontramos ante el esquema argumental básico de este microcosmos ficcionario con ciertos momentos buenos, llenos de terror y acción, pero, por el contrario, problemas que pueden causar confusión en el lector. Uno de ellos es que el elenco de personajes es enorme. Así que no hay mucho tiempo para que todos tengan una buena cuota de desarrollo antes de que todo se vaya al traste y la gente empiece a morir. En las primeras páginas se nos muestra a uno de ellos, Clara Atkinson, realizando una especie de documental de la expedición a modo de presentación de algunos de los miembros de la expedición. Sin embargo, a medida que vamos pasando las páginas del cómic, el protagonismo de Clara se diluye en un relato con intenciones de ser coral, pero que acaba convirtiéndose en un “survival horror” con algunos momentos interesantes como la subtrama del miembro científico de la tripulación y sus escarceos con el peligroso “limo negro”, las consecuencias de dicha sustancia sobre el organismo de uno de los  tripulantes “sintéticos” de la nave -cuya importancia se preveé importante para otras miniseries de la saga- o una enigmática jungla en un planeta en el que, sobre el papel era improbable la existencia de vida, repleta de mortales bestias híbridas. La inclusión de los aliens, escondidos en una abandonada nave proveniente de Hadley’s Hope es una de las notas curiosas del relato. ¿Acaso es una forma de cohesionarlo todo en una misma continuidad? El resto de miniseries posiblemente nos ofrezcan la respuesta.

Sin duda, el apartado gráfico es la gran baza de esta historia. Al argentino Juan Ferreyra lo hemos podido ver también al cargo del arte de cómics muy recomendables como “Colder”, “Kiss Me, Satan” o las más recientes etapas de los personajes de “DC Comics” Green Arrow o El Escuadrón Suicida. El arte de Ferreyra te entra por los ojos, su grafismo es espectacular y, él solo, se ha consolidado como uno de los mejores narradores de terror de los últimos tiempos. Creo que no cabe duda de mi gusto por su trabajo. Para la ocasión, el argentino ha sido el responsable de crear nuevos diseños de criaturas y su versión de los xenomorfos no puede ser más increíble. El hecho de que se encargue él personalmente de todo el aspecto visual -color incluido- hace que solamente eso sea uno de los principales motivos para acercarse a esta nueva entrega del “Universo Prometheus“. Sin duda, todo un deleite para la vista.

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Sin embargo, es más que probable que la lectura de “Prometheus: Fuego y Piedra” acabe sembrando más dudas que respuestas, así como ocurría con el film de Ridley Scott. Destacar que la presencia del “Ingeniero”, a priori, parece más anecdótica que otra cosa ya que su participación en la trama no presenta -por el momento- demasiado peso. Sensación que aumenta con el abrupto final de este primer capítulo del “crossover“. Es cierto que se lee en su suspiro, ofrece entretenimiento, terror y acción a raudales, pero el lector puede quedar con la impresión de, por un lado, ganas de más o, por el otro, total indiferencia ante un relato que se parece demasiado al filme homónimo del que repite gran parte de sus errores. Pero por lo menos esta vez aparecen aliens de verdad y no sucedáneos como sí ocurría en la película de 2012. Personalmente, mi voto es a favor y seguiremos adelante con esta historia.

 

 

Alien. La historia ilustrada (Archie Goodwin, Walter Simonson)

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Titulo original: Alien / Guión: Archie Goodwin / Dibujo: Walter Simonson / Portada: Walter Simonson / Formato: Cartoné / Páginas: 66 pags. / Editorial: Diábolo Ediciones / Precio: 15,95€. / ISBN: 978-84-15153-69-6


De regreso a la Tierra, la nave comercial Nostromo interrumpe su viaje: el ordenador central, MADRE, detecta una misteriosa transmisión de una forma de vida desconocida procedente de un planeta cercano. Interpretada como un SOS, la tripulación se ve obligada a investigar su origen. Sin embargo, un incidente con una forma alienígena provocará el apresurado regreso de la expedición de rescate trayendo consigo a un mortífero ser que convertirá su viaje de vuelta en una pesadilla.


Sin duda alguna, “Alien, el Octavo Pasajero” (Alien, Ridley Scott, 1979) es uno de los indiscutibles clásicos del terror y de la ciencia ficción. Una genial reinterpretación de un cuento clásico de horror con un telón sci-fi de lo más evocador. La génesis del proyecto es (casi) por todos sabida: a principios de la década de los setenta, en la facultad de cine de la USC, la “University of Southern California”, unos jovenzuelos llamados Dan O’Bannon y John Carpenter se conocerían y comenzarían su colaboración en un cortometraje (al que luego convertirían en largo para poder estrenarlo en salas de cine) llamado “Dark Star” (Íd, John Carpenter, 1974). Los tibios resultados de la cinta (un simpático ejercicio de ciencia ficción de bajo presupuesto) más las discrepancias con quien años más tarde se convirtiera en uno de los realizadores de cine de “Serie B” más importante de todos los tiempos, llevó a que Dan O’Bannon intentara llevar a cabo en solitario esa historia como a él le hubiera gustado. Tras su periplo por Europa, donde fue reclutado como supervisor de efectos especiales por Alejandro Jodorowsky para su lisérgica y fallida adaptación del “Dune” de Frank Herbert, nuestro protagonista volvió a California totalmente arruinado y profundamente deprimido. Un amigo, Ronald Shushett, acabó por acogerle en su casa ofreciéndole un techo y un sofá en el que poder dormir. Shussett, guionista y productor de humilde categoría, tenía un sueño: acababa de adquirir los derechos del relato de Philip K. Dick “We Can Remember It for You Wholesale” (lo que luego conoceríamos como “Total Recall” o “Desafío Total”) para poder adaptarlo a una película. Era de esperar que tal empresa necesitara de un considerable dispendio económico con el que en aquel momento no contaba. Es por ello que hizo un trato con O’Bannon, primero intentarían llevar a cabo su proyecto (titulado en primera instancia como “Memory”, luego “Star Beast” y finalmente “Alien”), harían un buen dinero y lo invertirían en el proyecto de “Desafío Total” (sabemos, por la perspectiva que nos ofrece el tiempo, que esto ocurriría mucho tiempo después). El resto es historia del cine: O’Bannon y Shussett renunciarían a una oferta del mítico Roger Corman para aceptar la de la productora de Walter Hill, David Giler y Gordon Carroll (la Brandywine Productions), el guion se reescribió en varias ocasiones (siempre dejando la escena que impactó a los productores, es decir, aquella en la que el alienígena revienta el pecho de un pobre desgraciado para emerger de su interior), hubo grandes peleas y discrepancias por la autoría del mismo, se relegó a su creador (frustrando sus intenciones de dirigir el film) a un mero puesto de asesor, se elegiría a un por aquel entonces desconocido Ridley Scott como director de la cinta, O’Bannon consiguió traerse consigo a gran parte de la “troupe” que participó en el proyecto de “Dune” (entre ellos a un controvertido H. R. Giger, el definitivamente creador del aspecto del alien) o que la Fox, capitaneada por Alan Ladd Jr, finalmente dio luz verde al proyecto con intención de repetir el éxito de una cinta de ciencia ficción pulp que cambió la industria cinematográfica, es decir, “La Guerra de las Galaxias” (Star Wars, George Lucas, 1977).

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La película cuenta la historia de la tripulación de la nave Nostromo, un carguero espacial que se encuentra en pleno viaje de regreso a la Tierra. El viaje se verá interrumpido cuando se topan con una aterradora y peligrosa especie extraterrestre tras acudir en respuesta a una, en apariencia, llamada de socorro realizada desde un planeta desconocido. Uno tras otro, los tripulantes irán siendo víctimas de la terrible máquina de matar que han subido a bordo. “Alien, el Octavo Pasajero” recibió una gran acogida por la crítica y un gran éxito de taquilla, recibiendo un premio Óscar a los Mejores Efectos Especiales como recompensa. Su éxito no sólo encumbró a su director, Ridley Scott, sino que acabaría convirtiéndose en una popular saga cinematográfica (sobre todo tras el paso del genial James Cameron en su secuela, “Aliens, el Regreso” [Aliens, James Cameron, 1986]) Todo ello generó una franquicia de novelas, cómics, videojuegos y juguetes. Uno de esos productos es el cómic que nos ocupa, es decir, la adaptación al cómic de la película a cargo de dos pesos pesados del medio: Archie Goodwin y Walter Simonson. Goodwin es probablemente el mejor editor de cómics de la era moderna y uno de los grandes guionistas de cómics que la historia ha dado. Fue editor “Marvel Comics” en los setenta (salvándola de la ruina gracias a su adaptación de Star Wars) y artífice de los cómics de la Warren (Creepy, Eerie) entre otras muchas cosas que darían para mucho escribir y maravillarse. Walter Simonson tampoco necesita presentación. Gran guionista y dibujante de cómics reconocido principalmente por su trabajo en la serie Mighty Thor. Dibujante de trazo vigoroso y original, su estilo es diferente e inconfundible. Y, además, es un narrador colosal. Sus trabajos más reconocidos se sitúan en la Marvel de los 80 en series tales como, la ya mencionada, Mighty Thor, Los Cuatro Fantásticos o Factor X.

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El estreno de “Prometheus” (Íd, Ridley Scott, 2012) fue el detonante de una magnífica reedición de lujo total, de un mayor tamaño, tapa dura, papel excelente y con las páginas recoloreadas para la ocasión mejorando considerablemente la anterior edición, con más de 30 años de antigüedad. En nuestro país, fue Diábolo Ediciones la responsable de maravillarnos con esta joya. Para tal empresa, el texto del cómic está extraído directamente del doblaje castellano de la película, del que se rescataron diálogos completos de sus personajes. En lo que se refiere a su contenido, nos encontramos ante una adaptación muy fiel al original (salvo pequeños, pequeñísimos, detalles insignificantes), dibujada y narrada de forma magistral, espectacular, y que hará las delicias del aficionado. “Impactante” es la primera palabra que me viene a la cabeza para poder describirlo. El nivel de detalle es impresionante, así como la recreación de la atmósfera que ya nos ofreciera Ridley Scott en la gran pantalla. En definitiva, “Alien. La historia ilustrada” es una compra obligada para todos aquellos fans de los xenomorfos más famosos del Séptimo Arte, así como de aquellos que disfrutan del buen cómic en general y del arte de Walter Simonson en particular. Esta cuidada edición de Diábolo Ediciones es de una calidad extrema como pocas que podamos haber visto en nuestro panorama editorial. Recomendado queda.