Crítica de “Vengadores: Endgame” (Avengers: Endgame, Joe y Anthony Russo 2019)

 

 

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Título original: Avengers: Endgame / Año: 2019 / País: Estados Unidos / Duración: 181 minutos / Director: Joe Russo, Anthony Russo / Producción: Kevin Feige / Productora: Marvel Studios / Distribución: Walt Disney Studios Motion Pictures / Guion: Christopher Markus, Stephen McFeely / Música: Alan Silvestri / Fotografía: Trent Opaloch / Montaje: Jeffrey Ford, Matthew Schmidt / Reparto: Robert Downey Jr, Chris Evans, Mark Ruffalo, Chris Hemsworth, Scarlett Johansson, Jeremy Renner, Don Cheadle, Paul Rudd, Brie Larson, Tom Holland, Gwyneth Paltrow, Karen Gillan / Presupuesto: 350.000.000$


Después de los eventos devastadores de “Vengadores: Infinity War”, el universo está en ruinas debido a las acciones de Thanos, el Titán Loco. Con la ayuda de los aliados que quedaron, los Vengadores deben reunirse una vez más para deshacer sus acciones y restaurar el orden en el universo de una vez por todas, si importar cuáles son las consecuencias.


ATENCIÓN A USUARIOS:

Esta crítica contiene “spoilers”. Si no has visto la película, te recomiendo que no la leas hasta haberlo hecho. El texto escrito a continuación responde a una opinión personal del autor sin ánimo de sentar cátedra.


Ha pasado ya más de una década desde el estreno en cines de “Iron Man” (Íd, Jon Favreau , 2008), título fundacional del conocido como Universo Cinematográfico Marvel, y ya nos hemos acostumbrado, incorporado a nuestro quehacer cotidiano, a nuestras vidas, como si de miembros de nuestras familias se tratasen, a una serie de personajes que nos han hecho vibrar, que nos han emocionado y hecho disfrutar de sus aventuras e interacciones en un rico universo de ficción que ha trascendido al status de auténtico fenómeno de masas. Sin embargo, no siempre fue así. Aquellos que, desde nuestra tierna niñez, entre los que yo me incluyo, hemos seguido sus andanzas en ese medio erróneamente considerado antaño como “menor”, me refiero al de los cómics por supuesto, ni en nuestros sueños más húmedos podíamos imaginar el grado de aceptación por parte del público más generalista de todo aquello que era capaz de alejarnos de las típicas aficiones de cualquiera de nuestros compañeros de clase. Los súper héroes Marvel ya eran mainstream, alguno incluso un icono, en el propio mundillo editorial. El siguiente paso era serlo en el mundo, a secas. Es por ello que, desde lo más recóndito de mi corazoncito de fan, siendo avalado por la primera mítica escena post-créditos que caracterizó esta nueva andadura cinematográfica de La Casa de las Ideas (antes llegaron las ya casi -injustamente- olvidadas películas de Sam Raimi, Ang Lee o Bryan Singer entre otras que conformaron esa primera oleada de lo que muchos denominaron como moda por las pelis de súper héroes), no pude ocultar ni la emoción ni la expectación ante las informaciones acerca de un nuevo camino, lo que luego denominarían como “Fase uso”, que culminaría en la primera película de los Héroes más poderosos de la Tierra (con el permiso de la Liga de la Justicia de la Distinguida Competencia) como principales protagonistas. El mero hecho de tener reunidos en pantalla, en una misma película, a varios de los campeones a los que idolatraba desde que comenzó mi afición por los tebeos era poco menos que excitante. “Los Vengadores” (Avengers, Joss Whedon, 2012) supuso un espectáculo tan apabullante como satisfactorio (de hecho, sigue siendo una de mis películas favoritas), anulando cualquier sombra de escepticismo, aflorando sensaciones y sentimientos comparables a los vividos la primera vez que, siendo un niño, viera surcar los cielos a un majestuoso Christopher Reeve en “Superman” (Íd, Richard Donner), 1978), al escuchar el “Soy Batman” en boca de Michel Keaton en el primer “Batman” (Íd, 1989) de Tim Burton o el primer balanceo en telaraña de nuestro amigo y vecino trepamuros, entre los rascacielos de la ciudad de Nueva York, en “Spider-man” (Íd, Sam Raimi, 2002).

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El éxito de esta orquestada incursión cinematográfica de los héroes creados por Stan Lee, Jack Kirby y compañía trajo consigo más títulos y más aventuras. Como ocurriera en las viñetas, hubo más momentos memorables, pero también otros olvidables. Desde ese primer proyecto de Marvel Studios, primero como filial de la editorial para después ser absorbida por ese gigante mass media creado por Walt Disney, se han producido más de una veintena de películas, entre dos y tres al año, entre las cuales ha habido lugar para productos fallidos, totalmente desechables, pero también otros que, con gran acierto, han sabido engrandecer más si cabe un universo de ficción que no ha parado de generar expectación e incorporar legiones de fans a sus filas desde entonces. Cintas como “Capitán América: Soldado de Invierno” (Captain America: The Winter Soldier, Joe Russo, Anthony Russo, 2014), “Guardianes de la Galaxia” (Guardians of the Galaxy, James Gunn, 2014), “Ant-Man” (Íd, Peyton Reed, 2015) o “Thor: Ragnarok” (Íd, Taika Waititi, 2017) son, a juicio de aquel que suscribe estas palabras, ejemplos de los mejores momentos de un estudio que tuvo ciertos visos de agotamiento, pero que supo confeccionar un esquema, una fórmula al gusto del gran público -e imitada incluso por sus competidores-, del que sus más acérrimos fans quisieron negar su estancamiento aunque sí es cierto, a mi parecer, que ha dado la sensación en muchas ocasiones de ver la misma película con diferentes títulos o personajes. Cuando no parecía que hubiera espacio para más sorpresas, apareció “Vengadores: Infinity War” (Avengers: Infinity War, Joe Russo, Anthony Russo, 2018) combinando acertadamente una dilatada maniobra comercial con una nueva visión del cine espectáculo como nunca antes habíamos presenciado. El principio del final había comenzado. La historia definitiva de los Vengadores, la conclusión de un ciclo, daba comienzo con el enfrentamiento directo entre los Héroes más poderosos de la Tierra y Thanos, uno de los villanos marvelitas más poderosos de todos los tiempos, en su pugna por encontrar y controlar las poderosas (además de peligrosas) Gemas del Infinito. La Guerra del Infinito cinematográfica devolvió la grandeza, si es que la hubiera perdido en algún momento, tanto al Universo Cinematográfico Marvel como a los Vengadores suponiendo la traslación a la gran pantalla de un gran evento comiquero. Los aficionados a los cómics estamos más que acostumbrados a estos ejercicios de mercadotecnia en los cuales todos (o casi todos) los personajes de una editorial aúnan sus fuerzas anualmente contra una hiperbólica amenaza. Desde los tiempos de las inolvidables “Secret Wars” de Jim Shooter hasta la primera Guerra Civil superheróica de Mark Millar o el “Imperio Secreto” de Nick Spencer estos grandes eventos suponen el equivalente a una gran superproducción en la que suele esconder (cada vez menos) la intención de que el lector se haga con cuantos más ejemplares de todos los títulos implicados. De esta forma, Infinity War se conformaba como el cruce entre todas las películas Marvel estrenadas hasta el momento. Un verdadero regalo para el fandom y un espectáculo con el que maravillarse, con el que sentir una fascinación semejante a la sentida con el primer filme de los Vengadores.

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El primer round contra Thanos dejaba un cierto sabor agridulce. El titán loco acababa saliéndose con la suya diezmando al Universo entero con un simple chasquido de sus dedos. Nuestros héroes se esforzaron al máximo, lo dieron todo. Pero aun así no fue suficiente. El villano ganaba, al más puro estilo “El Imperio Contraataca” (Star Wars: Episode V – The Empire Strikes back, Irvin Kershner, 1980), mas lejos de ser el final, los espectadores ya sabíamos de antemano que habría momento y lugar para el resarcimiento. ¿Cuándo? ¿Dónde? Pues este mismo fin de semana con el estreno de “Vengadores: Endgame” (Avengers: Endgame, Joe Russo, Anthony Russo, 2019). La cinta que supone el final de la historia de las Gemas del Infinito es una de las que más “hype” (con permiso de la última temporada de la televisiva “Juego de Tronos” [Game of Thrones, 2011-2019] y el Episodio IX de “Star Wars” [Star Wars: Episode IX – The Rise of Skywalker, J. J. Abrams, 2019]) ha suscitado entre el “fandom” en un año, 2019, plagado de importantes citas para los amantes del fantástico. Una producción donde ha predominado el secretismo y donde los hermanos Russo ponen el broche de oro a todas las tramas que comenzaron (gracias al margen de maniobra que permite la perspectiva del tiempo) allá por 2008 con la primera ventura del “Hombre de hierro”. Tras los trágicos acontecimientos relatados en la entrega anterior, nuestros héroes están desolados, abatidos, y, presas de la ira, los Vengadores logran acabar con el responsable de sus penurias -haciendo honor a su nombre, pero no a su herencia ni a su esencia- en el amargo prólogo que sus responsables nos ofrecen. Cinco años pasan y el mundo entero intenta pasar página. Paradójicamente, Tony Stark sí que ha logrado rehacer su vida en contraposición a la Viuda Negra o al Capitán América que no sólo se ven incapaces, sino que, en su tozudez (algo que ya pudimos constatar en la precedente “Capitán América: Civil War” [Captain America: Civil War, Joe Russo, Anthony Russo, 2016]), se agarran a un clavo ardiendo representado esta vez por aquello que ya nos adelantaban escena post-créditos de otros filmes y los mismos avances de la película, es decir, el mundo cuántico y los viajes temporales. Rogers y Romanov no cejarán en su empeño de vencer a Thanos como a ellos les hubiera gustado y, de paso, traer de vuelta a los caídos. De esta forma, irán reclutando a sus viejos compañeros que, a su modo, intentan (sobre)vivir la nueva realidad que les ha tocado vivir. Clint Burton se ha convertido en un sanguinario justiciero dejando de lado su identidad como Ojo de Halcón para convertirse en el Ronin de la etapa de Brian Michael Bendis en la serie de cómics de “Los Nuevos Vengadores”, Bruce Banner ha alcanzado el equilibrio con su faceta como Hulk encarnando al Profesor que presentara el guionista Peter David en los noventa, Thor vive recluido en un pequeño pueblo costero en Noruega al que ha bautizado como “Nuevo Asgard” en el que, presa de los estragos de la autocompasión y el alcohol, sufre un deterioro tanto físico como mental (además de haber ganado unos cuantos kilos de más) y, como ya he comentado, Tony Stark se ha convertido en un responsable padre de familia -junto a Pepper Potts – que intenta dejar atrás la culpa producida por su pasado como Iron Man.

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Personalmente, mi principal problema tanto con ese interesante distópico mundo resultante del chasquido de dedos de Thanos del primer acto, como toda la trama de viajes en el tiempo del segundo, como con la épica batalla final del tercero o el larguísimo (y lacrimógeno epílogo), es el mismo que he tenido con prácticamente todas las películas del Universo Cinematográfico Marvel, es decir, la idea de que todo, absolutamente todo, gira en torno a la figura de Tony Stark. Sabemos que es el personaje fundacional de este universo de ficción y que el actor que lo interpreta es el que mayor caché posee, pero comienza (o comenzaba) a ser algo cansino. Porque da igual que la idea del viaje temporal provenga de Scott Lang -atrapado durante todo este tiempo en el reino cuántico y liberado del mismo de la forma más ridícula-, es Stark el que lo acaba resolviendo. También es Stark quien acapara la responsabilidad del mismo e incluso es Iron Man quien acaba definitivamente con Thanos con negativos resultados para su integridad. Da la sensación de que “Endgame” no es la coletilla más adecuada. Más adecuado sería “The end of Tony Stark”, ya que definitivamente (aunque no hay nada definitivo, salvo la muerte -la real, no la ficticia) se despide de todos nosotros. El personaje de Robert Downey Jr acapara, como es costumbre, cuota de pantalla e importancia dentro de la trama. A la zaga le sigue Chris Evans, pero no cabe la menor duda que Stark es uno de los principales ejes de esta entrega -incluso acaba haciendo las paces, a su manera tragicómica, con su padre, Howard Stark, otro de los temas recurrentes de estas tres fases del UCM-. Tony Stark es definitivamente el alma de los Vengadores y se hace complicado saber si las películas que nos depara el futuro funcionarán sin él. En los cómics, Stark ha desaparecido del mapa en multitud de ocasiones permaneciendo Iron Man. Pero también es cierto que siempre ha acabado volviendo ya que nada es permanente en el Universo Marvel de papel. ¿Ocurrirá lo mismo en su homólogo de acción real? Sólo el tiempo lo dirá, aunque claro está que el personaje de las viñetas sólo se presta a ser escrito y dibujado sin cobrar un millonario salario. Algo parecido ocurre con el Capitán América o mejor dicho con aquel que le ha dado cara hasta el momento. Steve Rogers protagoniza muchos de los mejores momentos de la cinta como ese “Hail Hydra” que pronuncia en un ascensor, su pelea con su “yo” del pasado, su condición a ser digno portador de Mjolnir (referencia directa a “Imperio Secreto”, uno de los mejores eventos comiqueros Marvel) o el glorioso “Avengers assemble” que, personalmente, llevo años esperando escuchar en cualquiera de las aventuras cinematográficas de los Vengadores. Steve Rogers cede el testigo, así como ocurría en la etapa de Rick Remender en los cómics, siendo Sam Wilson quien tome el legado del Centinela de la Libertad. En el mundo de las viñetas, Rogers salió de escena muchas veces volviendo otras tantas. ¿Ocurrirá aquí lo mismo? Con quien tengo más dudas es con Chris Hemsworth, ya que Thor acaba tomando un camino muy diferente al de sus compañeros junto a Los Guardianes de la Galaxia. El caso es que para que los Vengadores funcionen, tiene que haber siempre uno de sus miembros fundadores. O al menos en los tebeos ha sido así. Démosle tiempo al tiempo.

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Retomando el tema de los viajes en el tiempo. En toda la historia del grupo, los Vengadores han viajado en el tiempo e incluso se han enfrentado a villanos que hacían del viaje espacio temporal su particular leitmotiv, como por ejemplo lo es el mítico Kang. Sin embargo, desde un principio, aquí se trata desde un punto de vista que no sólo roza lo ridículo, sino que trasciende la guasa. Si como espectadores puede que nos cueste tomárnoslo en serio, más difícil, más cuesta arriba se nos hace cuando los propios personajes se lo toman a broma. En un primer momento las referencias a películas de “viajes en el tiempo” son constantes siendo “Regreso al Futuro” (Back to the Future, Robert Zemeckis, 1985) la principal de las mismas. Es más, el regreso de nuestros héroes a momentos trascendentales de su historia con las gemas acaba tornándose en una suerte de versión vengadora de la inmediata secuela de las aventuras de Marty McFly con chascarrillos y exceso de bromas mediante. Ver a Tilda Swinton explicando al Profesor Hulk como una sola de las gemas puede ser la causante de la creación de dimensiones alternativas remite perfectamente a cuando el Doctor Emmett Brown explica a Michael J. Fox, en su destartalado laboratorio, como el viejo Biff Tannen creó una tangente en la línea temporal provocando una realidad paralela al 1985 que conocían. Eso nos lleva al exceso de humor en algunas de las partes de la película que desentona con el épico enfoque de su entrega anterior -que también hacía uso del humor para aliviar tensiones- y con el tono sobrio que los Russo han hecho gala en sus películas anteriores centradas en el Capitán América. Para el gusto de un servidor, hay demasiadas bromas y muy reiterativas todas. Desde las que hacen referencia a películas de viajes en el tiempo, la cara de bobo de Paul Rudd, su furgoneta máquina del tiempo, las repetitivas alusiones a Rocket como roedor que se alimenta de basura, la barriga de Thor o el nuevo status de Bruce Banner. Todo ello hace que el ambiente sea demasiado distendido en directa confrontación con el tono más heroico del final. Ya sé que este es uno de los elementos más intrínsecos del estilo de las nuevas películas Marvel (al menos desde la primera entrega de las aventuras de Starlord y el resto de Guardianes de la Galaxia), pero me quedo con la sensación de que se abusa del mismo al tiempo que ese segundo acto de viajes temporales se alarga demasiado regocijándose en el fan service, siempre buscando -y consiguiéndolo- la sonrisa cómplice de espectador. Dentro de este acto tenemos también otra despedida, la de la Viuda Negra. Sin embargo, pese a que el guion lo exige, me resulta tan gratuita como poco emotiva.

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Como diría el mencionado Doctor Brown, jugar con el tiempo puede acarrear graves consecuencias y aquí no hay excepción al respecto. La reaparición de Thanos no estaba en los planes de los Héroes más poderosos de la Tierra, sin embargo, les dará la oportunidad de poder combatir de nuevo con él e intentar vencerlo como sólo los héroes pueden hacerlo. La batalla final contra el titán loco es verdaderamente grandiosa y ella aparecen, como si del sueño del más ferviente aficionado se tratase, todos y cada uno de los súper héroes con los que hemos disfrutado estos más de diez años. En definitiva, a imagen y semejanza de lo que suele ocurrir en los grandes eventos comiqueros, aquí tenemos una épica lucha entre héroes y villanos donde se dan las estampas más icónicas que “Endgame” nos pueda dar. Es prácticamente imposible que el respetable público, sentado en sus respectivas butacas del cine, no se emocione, no se exalte, no vibre ante un espectáculo de proporciones cósmicas como éste en el que se hace gala de un impresionante despliegue técnico como pocas veces hayamos podido presenciar. En definitiva, no es más que un ejercicio de mercadotecnia con el claro objetivo de ensalzar al Olimpo del imaginario colectivo un producto tan mainstream como es “Vengadores: Endgame” (Avengers: Endgame, Joe Russo, Anthony Russo, 2019). Cierto es que hay otras cintas con tramas más elaboradas y personajes mejor construidos, pero aquí poco importa eso ya que todo está supeditado al mero hecho de ofrecer espectáculo. Esto es la traca final y no hay nada que importe más. Todas las capas y aristas que conformaban el personaje de Thanos aquí desaparecen. El villano acaba siendo una especie de coco, de malo de opereta cruel y plano. El resto tampoco mejora lo presente. Lo importante son los reencuentros y las hostias, las poses cool y las explosiones. El momento girl power metido con calzador en mitad del fragor de la batalla me hace pensar en cómo nos engañaron con el personaje de Carol Danvers, totalmente desaprovechado. Nos hicieron creer que era la última esperanza de nuestro mundo y casi que la relegan a mera taxista espacial que logra rescatar a Tony Stark para que toda la película gire en torno a su persona. Una lástima. Pero no todo es negativo, ese tramo final es capaz de emocionar, de hacernos saltar alguna lágrima y de que se nos pongan los pelos de punta al escuchar ese “Vengadores Reuníos”.

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En definitiva, he de reconocer que “Vengadores: Infinity War” (Avengers: Infinity War, Joe Russo, Anthony Russo, 2018) me gustó mucho, demasiado, y que mis expectativas con “Endgame” eran estratosféricas. No la considero fallida, pero sí que creo que no hace honor a su entrega predecesora. Como he podido leer en críticas de otras páginas web, se hace una acertada analogía entre estas dos entregas de los Vengadores y los Episodios V y VI de “La Guerra de las Galaxias”. “Infinity War” sería la equivalente a “El Imperio Contraataca” y “Endgame” a “El Retorno del Jedi” (Star Wars: Episode VI – Return of the Jedi, Richard Marquand, 1983). Y no podría estar más de acuerdo, ya no sólo por las diferencias tanto argumentales como de enfoque de las mismas, sino porque estoy completamente seguro de que las nuevas generaciones, en realidad el auténtico “target” de este tipo de productos -ya sabemos de sobras que a los lectores de cómics veteranos ya nos tienen pillados- las recordarán con el mismo (o parecido) mimo y cariño con el que muchos de nosotros recordamos esas magníficas entregas de esa “Sagrada Trilogía” capaz de protagonizar debates entre el “fandom” y seguir maravillando con cada uno de sus revisionados. Las comparaciones son odiosas, pero en ese sentido he de manifestar que quedé gratamente más satisfecho con “Infinity War” y menos con “Endgame”. Sin ánimo de menospreciar sus bondades (que las tiene), pero me siento un tanto defraudado ante esa insistente búsqueda tanto de la risa como de la lágrima fácil, de sus incoherencias o agujeros en el guion (dejando totalmente de lado incongruencias de las paradojas temporales, pero tampoco las echaremos en cara porque a Bob Gale y a Robert Zemeckis les funcionaron), un metraje excesivamente extenso e innecesario o del desaprovechamiento de algunos personajes, incluyendo el paso atrás que supone hacer que el villano sea una especie de coco y nada más. Pero independientemente de todo ello, no podemos negar que la cinta tiene una capacidad evocadora sin igual que es capaz de, al acabar los títulos de crédito (que, por cierto, no hay ninguna escena después), dejarte con una triste sensación de abandono, pero también con la certeza de que el viaje ha merecido la pena y que intentaremos estar por aquí la próxima vez que los Vengadores planten cara al peligro. Sin embargo, nada será igual a partir de ahora. ¿O no?

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