La caza sigue en las viñetas. Predator en los cómics.

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A modo de mini prólogo: este artículo respondía a un encargo en el cual dicho texto supuestamente aparecería dentro de un capítulo dedicado a los cómics de Depredador en un más que atractivo libro colectivo sobre el Universo Predator, pero del que no tengo noticia alguna de su futura publicación. Más bien todo lo contrario. Como dediqué un esfuerzo del que no he recibido feedback alguno y, por supuesto, varias horas de mi tiempo, me he decidido a corregirlo, retocarlo y añadir algunos datos más para poder compartirlo con vosotros, lectores de este blog, esperando que sea de vuestro agrado.


El éxito de “Aliens, el Regreso” (Aliens, 1986) de James Cameron no sólo encumbró la carrera del director canadiense, sino que también expandió la mitología de una de las especies alienígenas más hostiles de la historia del cine -y por ende de la ciencia ficción moderna-. En aras de convertirse en franquicia, el mundo de las viñetas se vio visitado por tan mortíferas criaturas con plenas intenciones de quedarse definitivamente en el seno de nuestro imaginario colectivo. Y es que hubo un tiempo en el que las adaptaciones al cómic de largometrajes y sagas de éxito, sobre todo de los más importantes títulos de la ciencia ficción más popular y mainstream, eran totalmente habituales. Incluso hubo algunas de ellas que ofrecieron al público nuevas e inéditas aventuras de sus personajes favoritos de la gran pantalla. Claro ejemplo de ello fueron las primeras publicaciones de la saga de “La Guerra de las Galaxias” (Star Wars: Episode IV – A New Hope, 1977de George Lucas por parte de “Marvel Comics” (salvando de la bancarrota a tan popular editorial), los nuevos desencuentros entre humanos y simios en “El Planeta de los Simios” (Planet of the Apes, Franklin J. Schaffner, 1968) o las aventuras del USS Enterprise de “Star Trek” (Gene Roddenberry, 1966-1969) que editó la “Distinguida Competencia” durante las décadas de los 80 y 90. Así que nada extraño había en el hecho de trasladar las aventuras de nuestros xenomorfos favoritos al bidimensional medio del cómic. Salvo que, en esta ocasión, no fue una de las grandes editoriales norteamericanas – las sempiternas “Marvel Comics” o “DC Comics”- la que se hizo con los derechos de la licencia de “Aliens”, sino que una independiente, “Dark Horse Comics”, tomó la iniciativa en dicha empresa. Una decisión con la que se llamó la atención del “fandom” de forma muy significativa. Es así como, a modo de continuación del film de Cameron, el guionista Mark Verheiden y el ilustrador Mark A. Nelson, continuaron las (des)aventuras del malogrado Cabo Hicks y la -ya no tan- pequeña Newt en una serie, de pocas entregas, que retomaba la acción varios años después de su huida de Acheron. Comenzando su publicación a partir del año 1988, se consolidó como una de las colecciones de cómics que, como era de esperar, tuvo el favor de su público y, por consiguiente, continuidad en el medio. Además de prorrogar su existencia en el catálogo de la editorial del “Caballo Oscuro” (que no del Caballero), atendiendo siempre a sus buenos resultados.

Predator: The Original Comics Series--Concrete Jungle and Other

No es de extrañar que, debido a ello, la editorial fundada por Mike Richardson y Randy Stradley -una editorial con una férrea declaración de principios donde, entre otras cosas, la voluntad de diferenciarse de los estándares comerciales más convencionales siempre ha estado bajo su punto de mira- buscase otra licencia parecida con la que repetir un acierto similar al conseguido con las salvajes criaturas biomecánicas salidas de la mente de Dan O’Bannon y H.R. Giger. Hemos de situarnos también en una época donde, a diferencia de como ocurre en la actualidad, mientras el público solía estar hambriento de más historias -ya fuera en forma de secuelas, novelas o artículos con más información en cualquier publicación escrita acerca de sus licencias favoritas-, la cruda realidad hacía que la oferta por parte de sus responsables fuera prácticamente limitada o nula. Es difícil recordar la sequía de aquellos tiempos -tiempos en donde no teníamos ni internet ni redes sociales- en total confrontación a la actual saturación contemporánea. Así que poco o nada sorpresivo podemos considerar el éxito de dichas nuevas aventuras de los “Aliens” en el denominado arte secuencial. Sobre todo, cuando el aficionado común se había quedado con ganas de más “marcha” al presentarse en pantalla los títulos de crédito finales del filme del canadiense director de “Mentiras arriesgadas” (True Lies, James Cameron, 1994). Por eso es totalmente lógico el paso que dio “Dark Horse Comics” al hacerse con otra -la siguiente de una larga lista- licencia audiovisual que con buen sabor de boca había dejado a los amantes del cine de acción y la ciencia ficción: “Predator“.

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El film de John McTiernan, “Depredador” (Predator, John McTiernan, 1987) se convirtió en uno de los “Sleepers” de aquel año 1987 -muy prolífico en lo que a iconos del género fantástico se refiere si sumamos también el estreno de “Robocop” (Íd, Paul Verhoeven, 1987)- lanzando positivamente varias carreras de sus implicados a la vez. Fue una cinta que cambió sustancialmente la vida laboral de McTiernan, así como la del actor Arnold Schwarzenegger. Los desconocidos hasta el momento hermanos Thomas, guionistas de la cinta, también pudieron meter la “patita” en Hollywood. Por otro lado, el creador y supervisor de los efectos especiales de la película, Stan Winston, ya había cosechado cierto prestigio en el sector al ser la persona responsable -prácticamente podríamos denominarlo “padre”- de los diseños del endoesqueleto del ciborg T-800 del indispensable filme “The Terminator” (Íd, James Cameron, 1984) y, fundamentalmente, encargarse de que la famosa “Reina Alien” de la secuela de la cinta de Ridley Scott -“Alien, el Octavo Pasajero” (Alien, Ridley Scott, 1979)-  pareciera tan real que pudiera meternos el miedo en el cuerpo. Todo eso y mucho más entre una infinidad de proezas técnicas por parte de este Maestro de los efectos especiales de las que no vamos a extendernos ahora, aunque nos gustaría. Lo que sí es cierto es que su criatura, su “Depredador”, logró sorprender a propios y extraños convirtiéndolo en un icono más que sumar a su marcador -y menudo marcador el del Señor Winston-. Fueron tantos los aciertos en dicho filme que no sólo dignificó el género, sino que dejó al aficionado ansioso por verse de nuevo cara a cara con aquel peligroso y gigantesco ser del espacio exterior capaz de bajarle los humos al mismísimo Schwarzenegger. Una vez más el denominado Noveno Arte y la editorial “Dark Horse Comics” acogieron a todos aquellos “huérfanos” para ofrecerles una nueva mirada al Universo del “Predator”.

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Una de las primeras maniobras comerciales de la editorial fue la de publicar de forma serializada en la revista “Dark Horse Presents“, concretamente en sus números 34, 35 y 36, el primer encuentro entre ambas licencias suponiendo un éxito considerable. En 1989 aparecía en el mercado estadounidense -en nuestro país sería un poco más tarde ya que no desembarcaría hasta 1991- el número uno de la primera de las muchas miniseries publicadas de “Depredador” en solitario, titulada “Predator”, más tarde conocida como “Predator: Concrete Jungle”, con la que se daba el pistoletazo de salida a una longeva vida editorial caracterizada por estar compuesta de numerosas historias aperiódicas de corte auto conclusivo, ya sea en forma de “One-Shots”, historias de complemento en especiales colectivos -en la citada “Dark Horse presents” donde se daba a conocer, mediante pequeñas muestras, colecciones o personajes de la casa- o en las ya citadas miniseries -con extensiones comprendidas entre dos y cinco entregas cada una-. Tramas, en su gran mayoría, centradas en los muy variados encuentros entre los seres humanos y los Yautjas -nombre con el que se conoce a estos cazadores venidos de otro mundo- a lo largo de nuestra historia. Ficciones en las cuales suele primar el punto de vista del hombre al narrar como los depredadores, ya sea en solitario o en pequeños grupos o facciones, actúan como peligrosos y mortíferos antagonistas. Sus visitas a la Tierra, siempre envueltas en un misterio que casi siempre queda sin desvelar, acabarán causando estragos tanto en grandes ciudades, entornos selváticos o parajes desérticos. Siempre causando el terror entre sus presas humanas. A diferencia de sus “hermanos editoriales” procedentes de Acheron, suelen ser relatos ambientados en el presente o pasado -rara vez en el futuro- y donde la acción prácticamente se impone a la ciencia ficción.

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Tal y como en la cinta seminal de McTiernan, altas dosis de acción y violencia serán el “Leitmotiv” con el que los diferentes equipos creativos -que conforman la realidad “comiquera” de los Yautjas– han saciado durante su periplo editorial a los incondicionales fans de “Depredador”. Y eso es un aspecto curioso a resaltar, sobre todo en los primeros productos ofrecidos por “Dark Horse Comics”, si atendemos al coetáneo panorama del cómic comercial estadounidense -sobre todo protagonizado por los superhéroes- de aquellos tiempos. Bien es cierto que, a finales de los ochenta, la cara más oscura de los justicieros enmascarados y los meta-humanos en pijama había salido a la palestra -como consecuencia directa de obras magnas como el “Watchmen” de Alan Moore y Dave Gibbons o el del “Dark Knight Returns” de Frank Miller-, pero siempre en forma de mala imitación desde un punto de vista formal y gráfico y con un tipo de violencia lo suficientemente suavizada como para pasarla por el tubo del extinto “Comic Code” americano. Salvo excepciones muy contadas, la política de estas grandes “Majors” del cómic se tornaba en censura. Y el cómic en un producto que básicamente se consideraba destinado a un público infantil/juvenil. Algo de lo que parece que se libran las publicaciones de “Dark Horse Comics”. Lo explícito de la violencia en los cómics de “Depredador” -incluso en los “tebeos” de los “Aliens”-, su exceso e intensidad, llama la atención -para el beneplácito de un aficionado suponemos adulto- en un producto con claras pretensiones mainstream en medio de un mercado saturado por publicaciones protagonizadas por los personajes dotados con súper poderes para hacer el bien dibujados en sus portadas. No con ello quiero decir que los cómics de “Predator” -o por extensión, “Aliens”- llegaran para competir con “nuestro amistoso y vecino Spiderman” o “el último superviviente del Planeta Krypton”, ya que es evidente que participaban en ligas distintas. Pero tampoco se denota un interés por rivalizar con, en aquel momento en pañales, el cómic más comercial de carácter más adulto. Todo lo contrario, da la sensación de que se buscaba un nicho de mercado propio. El target de “Predator” se presupone que está compuesto evidentemente por individuos con la mayoría de edad cumplida o lo suficientemente mayores como para haber disfrutado viendo a Kevin Peter Hall aporreando al Mayor Dutch con ganas de disfrutar de un relato violento, con pleno protagonismo de la acción, en el que se expandiera la historia de los protagonistas de sus filmes favoritos. Lo que sí asemeja la producción “comiquera” de los Yautjas a la de los superhéroes para “niños” – a la vez que la aleja de las pretensiones de carácter más autoral de publicaciones adultas como el “Concrete” de Paul Chadwick que paralelamente publicaba “Dark Horse Comics”, el onírico “Sandman” de Neil Gaiman de “DC Comics” o la reivindicación paródica del “Marshal Law” de Pat Mills que publicaba en el sello “Epic” de “Marvel Comics”- es su objetivo de entretener sin complejo alguno. Algunas de las miniseries son de calidad notable -otras, muchas, no tanto-, pero nunca abandonan esa clara voluntad de hacer pasar un buen rato al incondicional fan de la figura del Yautja.

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Predator: Concrete Jungle” hace gala de todas las características antes comentadas y que acabarán convirtiéndose mayoritariamente en el canon consuetudinario a seguir por todos aquellos que vendrán después. Mark Verheiden, quien solo un año antes también tomaba las riendas del desembarco de los xenomorfos en las viñetas, es uno de esos escritores polifacéticos que también ha hecho sus pinitos en el cine y la televisión. Suya es la responsabilidad de los guiones de filmes como “La Máscara” (The Mask, Charles Russell, 1994) -adaptación a la gran pantalla de un personaje de cómic también publicado por “Dark Horse Comics“- o “Timecop” (Íd, Peter Hyams, 1994) -historia basada en la miniserie homónima publicada por la misma editorial-. Considerado como uno de los autores más prolíficos en el seno de la casa del “Caballo Oscuro”, resulta totalmente coherente su elección a la hora de romper el hielo escribiendo las nuevas historias de “Predator” en el cómic. Tarea que, por supuesto, repetirá y desarrollará en el futuro. El guionista tomará varias decisiones que, tiempo después y vistas con la perspectiva que sólo ofrece el tiempo, se tornarán importantes en la posterior producción de la franquicia. Tenemos que pensar que estos cómics se publicaron un año antes de la primera -e injustamente infravalorada- secuela del film de McTiernan y, así como ocurría con la primera miniserie de los “Aliens”, Verheiden opta por convertir su relato en una clara continuación de la película, pero trasladando la acción a otro escenario. Esta vez la frondosa selva centroamericana le pasará el testigo a una ciudad de Nueva York sofocada por una intensa ola de calor. Si las altas temperaturas no fueran suficiente, una misteriosa criatura campará a sus anchas por la “Jungla de Asfalto” asesinando brutalmente a bandas criminales rivales. En escena entrarán el Detective Schaefer -hermano, prácticamente gemelo, del Mayor Alan “Dutch” Schaefer interpretado por Arnold Schwarzenegger- acompañado por su compañero Rasche. Ambos acabarán envueltos en una trama que los enfrentará tanto a mafiosos como agencias gubernamentales y militares – se recupera también al personaje del General Phillips de “Depredador” (Predator, John McTiernan, 1987) dirigiendo aquí a un comando clandestino antiYautja– en un enfrentamiento a tres bandas al que habrá que añadir un conato de invasión por parte de los depredadores. Todo ello narrado gráficamente por un soberbio Chris Warner -otra de las figuras habituales de la casa y creador, entre otras cosas, de personajes para “Dark Horse Comics” como Ghost o Barb Wire– que no escamotea en su derroche de violencia explícita y la espectacularidad de sus dibujos como si de un veraniego “Blockbuster” se tratase.

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Esta primera historia de “Predator” será de vital importancia en el devenir de los acontecimientos posteriores. Pese a que los “padres” de la criatura, los hermanos Jim y John Thomas, han manifestado en más de una ocasión, en declaraciones y diversas entrevistas, que siempre tuvieron en mente la “idea” de una secuela para “Depredador” (Predator, John McTiernan, 1987), lo cierto es que la buena acogida de estos cómics -más el éxito del primer cruce entre “Aliens” y “Depredadores”- fue fundamental a la hora de dar luz verde a una nueva entrega fílmica de nuestros cazadores favoritos. Y la cosa no queda solamente ahí, ya que hay muchas similitudes argumentales y situaciones comunes que ya se anticipan en esta primera miniserie de Mark Verheiden y que podremos ver en el posterior film dirigido por Stephen Hopkins. Entre ellos el enfoque urbano de la historia, trasladando la acción a otro tipo de “jungla” más amplia -pero también claustrofóbica- presa de una agobiante ola de calor, el uso exacerbado de la violencia, el protagonismo de un rudo policía capaz de hacer frente a las criaturas, las guerras de bandas criminales, la existencia de una agencia federal que ya tiene conocimiento de la existencia de los alienígenas o la aparición de más de uno de los depredadores. Gracias a todo el Universo Expandido de la mitología de los Yautjas – creado e ideado gracias a novelas, cómics y videojuegos- sabemos que son una especie cuya sociedad, con su propia estructura, tiene un particular sentido y código de honor y una preferencia por la caza de otros seres con objeto de coleccionar sus cráneos o espinas dorsales. En el momento que estamos tratando, 1989, sólo conocíamos a uno de ellos, el aparecido en el film de McTiernan, pero en el cómic ya se nos presentan variedad de ellos actuando en grupo, ataviados con una temprana y limitada diversidad de pertrechos o recogiendo a sus caídos en batalla para honrar sus restos. Ideas que, sin lugar a dudas, se tomaron prestadas a la hora de encauzar el filme protagonizado por Danny Glover. E ideas que se repetirán a lo largo de sucesivas y posteriores entregas en cómics donde podremos ser testigos de la evolución de sus diseños, de sus distintas razas, diferentes armaduras o la variedad de su armamento.

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Los tibios resultados de taquilla de “Depredador 2” (Predator 2, Stephen Hopkins, 1990) dieron al traste con las intenciones de sus responsables de continuar con la saga cinematográfica a corto plazo -algo que a un servidor le parece poco menos que incomprensible ya que la cinta se revela como un auténtico espectáculo visual lleno de acción que funciona a todos los niveles-. Lo contrario ocurrió con sus homólogos del mundo de los “tebeos”. Tanto “Concrete Jungle” como la primera miniserie que dio comienzo a otra de las líneas de producto de “Dark Horse Comics” que unía los destinos de sus recién adquiridas licencias audiovisuales, es decir, “Aliens vs Predator” (con Chris Warner de nuevo encargado de la parte artística), recibieron un gran recibimiento por parte de los fans más incondicionales de ambas franquicias. Contribuyendo ello a que, por un lado, nuestros “amigos” los Yautjas siguieran visitándonos periódicamente en solitario o en grupo -en forma de series limitadas o pequeñas historias publicadas aperiódicamente- y que, por el otro, compartieran universo de ficción con nuestros xenomorfos favoritos. Durante la década de los noventa, los depredadores se vieron las caras más de una vez con las feroces criaturas salidas de la imaginación de Dan O’Bannon, además de visitar otros “mundos de ficción” de editoriales rivales del panorama “comiquero” del otro lado del Atlántico. Entre ellas, podemos destacar su visita a la oscura Gotham City -donde uno de ellos puso entre las cuerdas al mismísimo Batman-, su encontronazo con el Juez Dredd de Mega City One o su duelo contra el famoso personaje salido de la pluma de Edgar Rice Burroughs, Tarzán, ente otros de lo más variopintos. Resulta curioso que nunca -ni ellos, ni los “Aliens”- lo hayan hecho con un personaje de “Marvel Comics”. Ni lo han hecho, ni se les espera.

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En lo referente a sus aventuras en solitario -o cuya “marca” sea “Predator” a secas- “Dark Horse Comics” publicó de manera continuada prácticamente hasta finales de los 90, momento en el cual sus responsables decidieron hacer un parón debido a las malas ventas tanto de ésta y como del resto de líneas relacionadas (“Aliens vs Predator” y “Aliens”). “Predator: Xenogenesis” -enmarcada en un evento denominado “Xenogenesis” que se interconectaba con otras sendas publicaciones de “Aliens” y “Aliens vs Predator” en un intento de salirse de la estética habitual y subirse al tren de los “crossovers” y del “boom” de la “Image Comics” anterior a la llegada de Eric Stephenson- fue la miniserie que supuso punto y aparte de diez años en la línea de cómics de “Depredador”. Mencionar que este largo “descanso” fue precedido por otro menor, de dos años de duración aproximadamente, tras la publicación en 1994 del especial “Predator: Invaders From the Fourth Dimension” -una curiosa historia que conjuga la acción típica del relato Yautja y la “Serie B”  de invasiones alienígenas de los años 50 contándonos la historia de un chaval que puede ver a un depredador cuando se pones unas gafas 3D de cartón y que, como es de prever, nadie le cree-.

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Por otro lado, cabe resaltar que en esta primera etapa comprendida entre 1989 y 1999, “Dark Horse Comics” sacó al mercado, ya fuera en formato de series de corta duración o historias de complemento en especiales colectivos, una treintena de arcos argumentales donde se hacía patente la existencia de un patrón a seguir por los diferentes equipos creativos. Un camino establecido y trazado, quizá limitado por la simpleza de su concepto original, que apenas se sale del guion marcado por las películas. Los cómics de “Depredador” tienen como común denominador ese encorsetado esquema del cazador que llega a nuestro mundo con el objetivo de hacerse con cuantas más presas mejor sin el mayor interés de mostrar indicios de originalidad de lo más allá relatado en los filmes. Las variaciones en los relatos suelen ser más bien sutiles y en su mayoría se limitan a variar la localización de la acción -aunque los entornos naturales suelen contar con la predilección de sus responsables-, el periodo histórico en el que se enmarca el relato o a mostrarnos diferentes tipos razas de Yautjas -ya sea cazando humanos en solitario o compitiendo entre ellos-. Bien es cierto que algunas de estas narraciones intentan expandir, continuar o explicar conceptos o situaciones expuestas en los largometrajes. Ese mismo es el caso de las ficciones creadas por Mark Verheiden, siendo uno de los más destacados, que escribió varias de ellas incluyendo su trilogía de historias protagonizadas por el Detective Shaefer –“Predator: Concrete Jungle”, “Predator: Cold War” y “Predator: Dark River”- en su búsqueda de respuestas sobre el destino y paradero de su hermano, Dutch, y que conectaba directamente con el primer “Depredador” (Predator, John McTiernan, 1987). Pequeñas historias como “Predator: 1718” -guionizada por Henry Gilroy e ilustrada por Igor Kordey que se publicó en 1996 en la primera entrega de la antología “A Decade of Dark Horse”- tomaba como excusa el arma del s. XVIII que Greyback , líder la partida de caza de Los Ángeles, entregaba, en señal de respeto por derrotar a uno de los suyos en una pelea justa, a Mike Hartigan en “Depredador 2” (Predator 2, Stephen Hopkins, 1990) para relatarnos cómo llegó a manos de los depredadores dicho trofeo. Otro de los aspectos recurrentes dentro de estas historias es la aparición tanto del ejército como de organismos gubernamentales que siguen desde tiempo atrás la pista de los Yautjas. Muchas veces con la intención de dar captura a uno de ellos. Si en el film de 1990 teníamos al operativo, bajo las siglas OWLT –“Other World Lifeforms Taskforce”- comandado por el agente especial Peter Keyes (interpretado por el carismático Gary Busey), en los cómics veremos agencias parecidas o grupos de trabajo derivadas directamente de ellas. El General Phillips de la primera entrega cinematográfica también será recuperado en algunas de estas historias como podemos ver en la “Trilogía de Shaefer” antes mencionada. A agentes de operaciones encubiertas los encontraremos en títulos como “Predator: Homeworld” o “Predator: Bad Blood”. Precisamente en esta última, y a modo de otra muestra de la palpable retroalimentación entre las viñetas y el celuloide, podremos ver a un representante de la raza de los “Mala Sangre” -aquellos Yautjas que violan el código de honor de su especie y son despreciados por los suyos- que también harán acto de presencia posteriormente en el film “Predators” (Íd, Nimród Antal, 2010).

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Los primeros cómics de “Depredador” -así como los de “Aliens” y “Aliens vs Predator”- demostraron ser un gran éxito en el mercado americano atrayendo a multitud de fans a su peculiar universo. Sin embargo, en Europa era algo más complicado -en aquellos finales de los ochenta y principios de los noventa- adquirir dicho material. Con mucha suerte podías hacerte con material de importación en establecimientos especializados -con el costoso dispendio económico que ello conlleva- si tu ciudad contaba con alguno. Es por ello que varios editores europeos buscaron el modo de cambiar esta situación asegurándose los derechos correspondientes para poder publicar dichas líneas de producción de “Dark Horse Comics” en sus respectivos países. Esto dio lugar a revistas antológicas como “Aliens” o “Total Carnage” -ésta dedicada a mostrar algunas de las historias más violentas del catálogo de “Dark Horse Comics”-en el Reino Unido, por ejemplo, donde se editaban, de forma serializada, las series limitadas más populares tanto de los xenomorfos como de los depredadores -así como su colección conjunta “Aliens vs Predator”-. En nuestro país ha sido “Norma Editorial” la encargada de traernos las aventuras de “Depredador” y traducirlas a la lengua de Cervantes. Sin embargo, tras un comienzo prometedor, la editorial catalana dejaría mucho del material inédito. En 1991 sacaba al mercado “Predator: Concrete Jungle” con el título de “Depredador: serie Nostromo” -título que también dio a la primera de las miniseries de “Aliens”- constando de las cuatro entregas USA en formato “grapa” dentro de su línea “Comic Books Norma” (línea donde también se publicó el material de “Aliens”, así como el de la franquicia “Terminator” o grandes clásicos del Noveno Arte como el “The Spirit” de Will Eisner, el Universo Expandido de “Star Wars” o  el “Black Kiss” de Howard Chaykyn) entre gran cantidad de títulos de gran empaque. Más tarde le siguieron, en el mismo formato y por orden de aparición, las series limitadas “Predator 2” -adaptación del filme homónimo-, “Predator: Big Game”, “Predator: Guerra Fría”, “Predator: Arenas Sangrientas” y “Predator: Race War”, para dejar, a partir de aquí, inéditas el resto de publicaciones hasta la miniserie “Xenogenesis” incluida -evento del cual sólo publicó la correspondiente a la serie de “Aliens vs Predator”- centrándose en las líneas -suponemos que más rentables- de “Aliens” y “Aliens vs Predator”, además de algún crossover como el de Tarzán o el de Magnus Robot Fighter. La última historia de “Depredador” publicada por Norma en esta primera etapa fue “El Oro del Demonio”. Un pequeño relato con mucho empaque de varias páginas incluido en el especial “Dark Horse Presenta” nº1 que recopilaba historietas de varios autores de la editorial del “Caballo Oscuro”. Escrito por Ron Marz e increíblemente dibujado por el italiano Claudio Castellini, la acción transcurre en tiempos de la II Guerra Mundial y que cuenta como un comandante nazi localiza el escondite que alberga el oro de los Incas sólo para descubrir al momento que el tesoro lo custodia un peligroso guardián del planeta Yautja Prime. Y ahí es donde se quedó la serie “Depredador” -siempre atendiendo a sus ficciones en solitario- en nuestro país en 1998. El aficionado español a las aventuras de los Yautjas que se sienta interesado por todo ese material inédito siempre podrá acudir al mercado de importación donde, entre varias reediciones, podrá encontrar cuatro tomos “Omnibus” publicados por “Dark Horse Comics” en los cuales se contiene la práctica totalidad de las historias de “Predator” de esta etapa. Muy recomendable recomendación, valga la redundancia.

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Durante los siguientes diez años de ausencia de la línea de cómics de los depredadores en solitario -en los cuales las únicas aventuras publicadas de los yautjas se centraban en sus cruces con personajes de otras editoriales- “Dark Horse Comics” tampoco produjo historias de los “Aliens”. Con motivo del vigésimo aniversario de “Predator: Cocrete Jungle” y con la última entrega estrenada en la gran pantalla en el punto de mira (“Predators” [Íd, Nimród Antal, 2010 ), “Dark Horse Comics” retomó la franquicia con una miniserie de cuatro números titulada “Predator” (Posteriormente “Predator: Prey to the Heavens”) y un especial en forma de precuela para el “Free comic-book day” con todo ya un veterano, y conocedor del “Universo de los Yautja”, John Arcudi al timón (sólo un mes antes publicaba también el primer número del relanzamiento de los “Aliens”, “Aliens: Más que humanos”). Arcudi había firmado mucho tiempo atrás una de las mejores historias en cómic de “Depredador”, “Predator: Big Game” -donde el Cabo Enoch Nakai, un joven nativo americano -al que también pudimos ver en “Predator: Blood on Two-Witch Mesa”- que ha  renunciado a todo – su estilo de vida tradicional, su familia y tal vez incluso sus principios- para llevar una carrera militar se enfrenta a los depredadores en, quizás, unas de las mejores series limitadas de la línea “Predator”. En esta nueva historia, el autor toma la decisión de volver a los orígenes, es decir, a un entorno real, a un conflicto bélico en un país subdesarrollado en un incierto tiempo presente o en un futuro no muy lejano. El mejor “Coto de caza” para que los “predators” puedan cazar a los mejores, más fuertes y violentos especímenes de nuestra especie. Un relato que se adelantará al film de Nímrod Antal al meter a un grupo de hombres peligrosos y bien armados entre medias de un conflicto de dos clanes distintos de depredadores. Con motivo del nuevo film, “Dark Horse Comics” sacó también una serie de cómics relacionados con el largometraje – “Predators: Welcome to the Jungle”, “Predators: a predatory life”, “Predators: Beating the Bullet” y “Predators: Preserve the Game”- ya fuera a modo de precuela o de adaptación del mismo.

Predator: The Original Comics Series--Concrete Jungle and Other

No sería disparatado pensar que el relativo “fracaso” del filme producido por Robert Rodríguez fuera el causante de que los cómics de “Depredador” sufrieran un nuevo parón hasta que “Dark Horse Comics” decidiera volver a sacarlos del armario. Esta vez a modo de grandes eventos con el resto de líneas -las ya conocidas “Aliens” y “Aliens vs Predator”, a la que sumar la recién incorporada “Prometheus”. Esta vez los responsables de la editorial del “Caballo Oscuro” parecen decididos a ampliar la mitología de sus franquicias enfrentándolas a todas entre sí con la intención de relanzarlas para que puedan brillar como antaño. Los eventos “Fire and Stone” y “Life and Death” nada tienen que envidiar a los mejores momentos de su vida editorial contando con equipos creativos de auténtico lujo con autores de la talla de Joshua Williamson, Paul Tobin, Dan Abnett, Juan Ferreyra o Ariel Olivetti. En lo referente a las miniseries de “Depredador” de ambas mega-narraciones, sus responsables optan por un tono de western crepuscular intergaláctico que lo aleja del encorsetado esquema ya mencionado del “cazador que llega del espacio para hacerse con cuantos más trofeos mejor”. Otra vuelta de tuerca a dicho concepto lo podemos ver en las últimas entregas del Universo Yautja que suponen la vuelta a la franquicia de uno de sus impulsores creativos. Chris Warner, quien dibujó varias de las miniseries originales – concretamente la “Concrete Jungle”, el primer “Aliens vs Predator” e infinidad de portadas e ilustraciones de nuestros predadores estelares favoritos- vuelve, esta vez como guionista, en las miniseries “Predator: Hunters” y “Predator: Hunters II”, Ahora los depredadores dejarán de ser los cazadores para convertirse en presas de una agencia secreta gubernamental que les sigue la pista. Además, Warner apuesta por mirar al pasado y recuperar a algunos de los personajes presentados durante la década de los noventa -protagonistas en, al menos dos de ellas, quizás de las publicaciones más sangrientas, violentas y explícitas de toda la bibliografía Yautja en solitario- como el mencionado Cabo Enoch Nakai (“Predator: Big Game” y “Predator: Blood on Two-Witch Mesa”), Mandy Graves (única superviviente del equipo de operaciones encubiertas que rastreó y luchó contra el “Mala Sangre” en “Predator: Bad Blood” y Jaya Soames (la bisnieta del Capitán Edward Soames que apareció en “Predador: Némesis” – una curiosa historia en tiempos de Jack el Destripador en la Inglaterra victoriana). La nota curiosa en ambas series limitadas la ponen las portadas. Muy distintas a las habituales de la línea, encontramos distintas variantes de los depredadores y en la que en alguna de ellas podemos incluso ver miembros femeninos de la especie Yautja.

Sin duda alguna, podemos considerar esta segunda etapa en las publicaciones de “Depredador” como la más interesante al intentar salirse del guion establecido y que, lenta y repetitivamente, agotó la fórmula causando que muchos lectores se cansaran de las aventuras de los Yautjas en solitario. No sabría decir si el nuevo film de Shane Black (“The Predator” [Íd, Shane Black, 2018]) ha suscitado el suficiente interés en el “fandom” como para relanzar la saga cinematográfica y, por extensión, prorrogar la aparición de más cómics de “Depredador” en el mercado ya que ha generado opiniones muy confrontadas entre los aficionados. Afortunadamente para el público español, podemos encontrar publicado y traducido gran parte de este último tramo de la vida editorial de “Predator”. “Aleta Ediciones” se hizo momentáneamente con los derechos de la franquicia y cualquier fan puede encontrar su “Depredador: Ruega a los Cielos” con relativa facilidad. Al mismo tiempo que la pequeña editorial lanzaba dicha miniserie, editó también “Aliens: Más que humanos”, que venía a sacar del ostracismo editorial a los xenoformos de Acheron. En cuanto a los eventos “Fire and Stone” y “Life and Death”, “Norma Editorial” recuperó todas las licencias para su catálogo y -a fecha de hoy- se encuentra inmersa en su publicación dejando sin publicar, de momento, las series “Predator: Hunters” y “Predator: Hunters II”. Los cómics relacionados con el film de Nímrod Antal podemos añadirlos también al grueso de publicaciones que todavía permanecen inéditas en nuestro país.

Depredador publicado en España

Como se ha anotado, la vida editorial de los “Predators” ha sido dilatada desde principios de los noventa. Aunque en nuestro país se ha quedado inédito mucho de ese material, “Norma Editorial“, principalmente, y, en menor medida, “Aleta Ediciones” han sido editoriales encargadas de publicar en castellano las cacerías de los “Depredadores” en solitario en el mundo de las viñetas (es decir, todo ello dejando de lado todos los cruces con los “Aliens” y populares personajes de otras editoriales). A continuación enumeraremos aquellas historias y miniseries que sí se editaron en España. Mucho de este material está descatalogado y requiere de un cierto trabajo de “arqueología” poder encontrarlo y adquirirlo ya que desconocemos si será reeditado en un futuro.

Predator: Serie Nostromo. Publicada en 1991 por “Norma Editorial” contiene los cuatro números en formato grapa de la miniserie Predator (más tarde conocida como Predator: Concrete Jungle) publicada en 1989 por “Dark Horse Comics“. Guión de Mark Verheiden y dibujos de Chris Warner.

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Predator 2. Adaptación al cómic del film homónimo de Stephen Hopkins publicada en 1991 por “Norma Editorial” contiene los dos números en formato grapa de la miniserie de “Dark Horse Comics“. Guión de Franz Henkel, dibujos de Dan Barry y tintas de Randy Emberlin.

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Predator: Big Game. Publicada entre 1992 y 1993 por “Norma Editorial” contiene los cuatro números en formato grapa de la miniserie Predator: Big Game publicada en 1991 por “Dark Horse Comics“. Fue también recopilada en el año 2000 por la editorial patria en un tomo en rústica de la serie “Comic Books USA“, concretamente en su tercera entrega. Guión de John Arcudi y dibujos de Evan Dorkin.

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Predator: Arenas Sangrientas. Publicada en 1993 por “Norma Editorial” contiene los dos números en formato grapa de la miniserie Predator: The Bloody Sands of Time publicada en 1992 por “Dark Horse Comics“. Guión de Dan Barry y dibujos de Chris Warner y Dan Barry.

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Predator: Guerra Fría. Publicada entre 1993 y 1994 por “Norma Editorial” contiene los cuatro números de la miniserie Predator: Cold War publicada en 1991 por “Dark Horse Comics“. Guión de Mark Verheiden y dibujos de Chris Warner.

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Predator: Race War. Publicada en 1995 por “Norma Editorial” contiene los cinco números en formato grapa de la miniserie Predator: Race War publicada en 1993 por “Dark Horse Comics“. Guión de Andrew Vachss y Randy Stradley y dibujos de Jordan Raskin y Lauchland Pelle.

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Predator: El Oro del Demonio. Historia corta publicada en el magazine americano “Dark Horse Presents“, publicación en la que se recopilaban historias de varias de las series y personajes de la editorial americana. En el año 2000, “Norma Editorial” publicó un especial el que se contenía este pequeño relato, Predator: Demon’s Gold, aparecido originalmente en el número 137 de “Dark Horse Presents” de 1998, con guión de Ron Marz y dibujos de Claudio Castellini.

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Depredador: Ruega a los cielos. Después de un impás de diez años, en 2009 “Dark Horse Comics” retomó la franquicia con una miniserie de cuatro números titulada “Predator”, posteriormente “Predator: Prey to the Heavens”, más un especial en forma de precuela para el “Free comic-book day” con todo un veterano, y conocedor del Universo Yautja, comoJohn Arcudi a los guiones. De la parte gráfica se encargó Javier Saltares. “Aleta Ediciones” fue la editorial encargada de publicarlo en 2014. La miniserie fue recopilada en un tomo cartoné.

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Depredador: Fuego y Piedra. El evento “Fuego y Piedra” supuso un gran crossover editorial en el que se cruzaban los destinos de xenomorfos, Yautjas y humanos en una suerte de secuela no oficial de la película “Prometheus” (Íd, Ridley Scott, 2012) que se publicó en el transcurso de 2014 en cuatro miniseries (una de “Aliens“, una de “AvP“, una de la recién inaugurada línea “Prometheus” y, por supuesto, otra de “Predator“) que relataban una misma historia, pero desde cuatro puntos de vista distinto. “Predator: Fire and Stone” supuso la última de ellas y cuenta con los guiones de Joshua Williamson y el arte de Christopher Sebela. En nuestro país, todas las miniseries (más especial en forma de epílogo) han sido publicadas por “Norma Editorial” durante el año 2017 en cuatro tomos cartoné.

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Depredador: Vida y Muerte. “Life and Death” es la continuación directa de “Fire and Stone” compartiendo la misma estructura editorial que su predecesora, es decir, cuatro miniseries de las cuatro líneas de “Dark Horse Comics” que comparten ese mimo universo de ficción: “Aliens“, “AvP“, “Prometheus” y “Predator“. El evento se publicó en el trasncurso de 2016 y fue escrito íntegramente por el guionista Dan Abnett. El arte correspondiente a la miniserie “Predator: Life and Death” corrió a cargo del dibujante Brian Albert Thies. “Norma Editorial” repitió formato, cuatro tomos cartoné, para recopilar el evento publicándolos con cadencia mensual durante 2018.

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Especial Balas Perdidas 1: La inocencia del nihilismo (David Lapham)[1]

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Titulo original: Stray Bullets vol. 1: Innocence of Nihilism / Guión: David Lapham / Dibujo: David Lapham / Portada: David Lapham / Formato: Rústica / Páginas: 268 págs / Editorial: Ediciones La Cúpula / Precio: 19,90€ / ISBN: 978-84-17442-05-7


“Balas Perdidas” es una serie coral conformada por varios relatos de aparente corte auto-conclusivo en el que seremos testigos de las trágicas historias de sus personajes. Joey tiene un peculiar trabajo, hace desaparecer los cadáveres de los tipos que estorban a Harry, su jefe. El cadáver de una prostituta de la que se tiene que deshacer traerá consigo fatales consecuencias. Por otra parte, la pequeña Virginia Applejack será testigo de un brutal capítulo que cambia su vida: un asesinato cometido por Spanish Scott, sicario de Harry, a plena luz del día. Una experiencia que no le traerá nada bueno. No muy lejos de allí, el futuro del prometedor Orson -primero de la clase y a punto de entrar en la Universidad- dará un giro radical cuando el entorno mafioso local entre en su vida. Más de mil años de distancia, la peligrosa ladrona de bancos Amy Racecar comienza su peculiar cruzada contra el mundo después de que Dios le niegue la entrada al Paraíso a su creación más preciada, el hombre.


A modo de introducción: “Balas perdidas” de David Lapham es un cómic maravilloso que me atrevo a recomendar -práctica poco habitual en mi persona ya que mis gustos no tienen que ser como los de los demás y siempre es un ejercicio de riesgo el hacer recomendaciones- a todo aquel amante del género negro como al que disfrute con el secuencial noveno arte. A mi parecer es una genialidad y la mejor obra de su autor hasta la fecha. Aquí comienza un especial dedicado a las aventuras de Amy Racecar, Virginia Applejack y compañía que abarcará cinco artículos que reseñarán cada uno de los cinco tomos que recopilan la serie original “Stray Bullets“.


A mediados de la década de los noventa -en pleno boom del interés que generó “Pulp Fiction” (Íd, 1994) de Quentin Tarantino por el género negro -por las historias de perdedores en tono noir y el gusto por convertir a los habituales protagonistas del hampa y diversos criminales en personajes costumbristas tan víctimas de la cotidianidad y de la cultura pop como cualquier “hijo de vecino”- aterrizaba en nuestro medio favorito, el de las viñetas por supuesto, una de las publicaciones independientes más interesantes del momento -por no decir de los últimos tiempos-. Una colección de cómics que lanzaría la carrera de su autor, David Lapham, a una más que notable popularidad y prestigio.  “Balas perdidas” es el proyecto más personal hasta la fecha del guionista y dibujante estadounidense, nacido en Nueva Jersey. La serie debutó en su propia editorial, bautizada como El Capitán, co-fundada con su esposa allá por el año 1995. Tras unos comienzos, más bien tibios, en una recién “salida del hornoValiant Editorial, donde trabajó en los primigenios títulos de Shadowman o Hardbinger -ahora de rabiosa actualidad tras la renovación de dicha editorial-, Lapham se decidió por la vía de la auto-edición para desarrollarnos esta historia negra, en muchos sentidos, que conjuga perfectamente el drama, la acción y todos los convencionalismos del noir norteamericano. Una obra totalmente deudora de los clásicos del género, sin dejar de lado las más que evidentes referencias del cine de “gánsteres desocupados y expertos en cultura pop” del “enfant terrible” en boga de aquel momento -Quentin Tarantino- o la afamada “Sin City” del -todavía en aquellos tiempos- grande y prestigioso Frank Miller.

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De esta manera, y de forma totalmente serializada, Lapham sacó al mercado, en formato de comic-books, este “Balas Perdidas” con fecha de 1995. Acompañada de la curiosa foto, de cuando era un chaval, de su ficha policial en la contraportada. Publicación con la cual, pese a su irregular periodicidad, fue amasando diversos galardones -entre ellos el prestigioso Premio Eisner– y, por extensión, notoriedad en el mundillo y mercado estadounidense. Pronto el autor daría cuenta de lo fácil que era ganar un buen dinero trabajando para las dos Grandes del sector -es decir, Marvel Comics y DC Comics-, para las cuales realizó encargos centrados en los personajes de Daredevil y Batman, respectivamente. Encargos que, por un lado, no venían nada mal a la recién formada familia gracias a su paternidad, pero que, por el contrario, entorpecían o retrasaban el desarrollo del proyecto que le dio fama. De esta forma, y pese a sus reticencias y esfuerzos por no decaer, Lapham dejaba en stand by la serie con la friolera de cuarenta números publicados -más algunos especiales-. Tras diez años, dejaba aparcada “Balas perdidas” para desarrollar otros proyectos para Marvel, DC, Dark Horse o quien se le pusiera por delante de las cuales podemos destacar su buena labor para el sello Vertigo de DC Comics con su novela gráfica “Silverfish” o su serie regular -cancelada por malas ventas en su número 18- “Young Liars”, muy recomendable desde mi humilde opinión. Tras un tiempo alejado del personal universo creado en “Balas Perdidas”, Lapham comenzó a considerar la idea de retomar el proyecto -que inconcluso y con un cliffhanger importante de por medio había dejado- aprovechando la oportunidad que se le planteaba al poder integrar su pequeña editorial en la infraestructura de la “renacida” Image Comics, uno de los baluartes del cómic mainstream de los años 90 que había caído en desgracia, pero que en la era de los “dos miles” -y gracias a un cambio de rumbo y mentalidad por parte de su cúpula- se ha tornado en una de las más interesantes del mercado debido a sus propuestas de alta calidad y renombre de sus autores. En 2014 Image se hacía con los derechos de la obra de Lapham y, para alegría de todos, “Balas Perdidas” volvía para -esperemos- quedarse (la publicación de la nueva serie “Stray Bullets: Killers” da fe de ello) [2].

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Balas Perdidas” se compone de una sucesión de historias en apariencia auto conclusivas, pero que vistas en conjunto forman un todo. Es un relato de “gente normal” que se ve envuelta en los sucios negocios de desalmados hampones o a las que el lado más jodido de la vida, por motivos diversos, les ha hecho la zancadilla haciéndolas sufrir de forma totalmente injustificada. Este primer tomo, “La inocencia del nihilismo”, recoge los primeros siete números USA de la serie y está conformado por eso mismo, por pequeñas narraciones que parecen que no tienen demasiado entre sí, pero que de cara al futuro su importancia será capital. En este primer tramo de la serie se nos comenzarán a presentar a casi todos los personajes que constituyen la columna vertebral de ese “todo” antes mencionado. Destacar que el autor no opta por un desarrollo lineal de la trama, sino que cada capítulo salta en el tiempo -hacia delante o hacia atrás- para que nosotros, los lectores, una vez asimilado lo leído juntemos las piezas de este peculiar rompecabezas – ¿hemos mencionado antes a Tarantino? -. El primer corte nos presenta un relato que no encontraría mejor calificación que de tipo “tarantiniano”. Dos hombres transportan de noche en su coche una comprometida carga: el cadáver de una prostituta a la que el jefe mafioso local, el misterioso Harry, ha mandado ejecutar. El trabajo es sencillo, llevar el “muerto” a un lugar y deshacerse de ello “ipso facto”. Lamentablemente, uno de ellos no está muy bien de la “azotea”, el joven Joey, y, si a eso juntamos un enajenado “enamoramiento” con el cadáver tras ser uno de los participantes en la violación previa a la muerte de la mujer, la cosa se complica. Un capítulo que es una perfecta carta de presentación y que ya pone sobre la mesa cuáles serán las constantes del resto de la serie: el género negro, la construcción de personajes cimentada sobre sus acciones y diálogos, interacciones entre los distintos protagonistas, agilidad narrativa, un dibujo en blanco y negro -y con un genial dominio de la mancha en su entintado- perfectamente en consonancia con la oscura narración que Lapham nos presenta y un diseño de página de ocho viñetas de idéntico tamaño que le otorgan el aspecto cinematográfico deseado por el autor.

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Sin embargo, el joven Joey no será uno de los personajes capitales -aunque volveremos a verle en un futuro- en esta especie de macro relato de David Laphan sino que servirá para establecer el tono de una serie que se esforzará en mostrarnos la cara más amarga y mísera de la condición humana en clave de noir moderno. En su segundo capítulo el autor da un salto de 20 años en el pasado para situarnos en vísperas del verano de 1977, en escena ya aparece la pequeña Virginia Applejack que es, desde mi humilde punto de vista, no sólo una de las protagonistas de esta coral narración sino el personaje más importante y por el que pivotará el resto de la serie. Pero eso ya es adelantarnos a los acontecimientos. En su presentación, veremos como la vida de la pequeña Virginia -una niña un tanto diferente a las demás a la que en lugar de jugar con muñecas le encanta la recién estrenada, en dicha ficción, “La Guerra de las Galaxias” (Star Wars Episode IV – A new hope, George Lucas, 1977)- queda un tanto tocada al presenciar a la salida del cine -justamente tras ver por enésima vez la película seminal de la saga espacial de George Lucas- como uno de los matones del misterioso Harry, Spanish Scott, ejecuta a un pobre “moroso”. Señalar que, para fortalecer un poco más esa apuesta por “Pulp Fiction” (Íd, Quentin Tarantino, 1994) como influencia capital, si el enigmático Harry pudiera recordarnos al Marcellus Wallace del film del director de Knoxville, Spanish Scott es perfectamente un sosia de Vincent Vega. Un tipo letal con el cuchillo y con una referencia a la cultura popular -sobre todo a la saga de los Skywalker- en la punta de la lengua. El hecho de ser testigo de tan dramático suceso, llevará a enrarecer el afable carácter de la niña llegando a tener problemas con su familia -a los que sumar a una rancia relación con su madrastra- y en el colegio. A Lapham no le tiembla el pulso al mostrarnos sin pudor alguno como la chiquilla es víctima de “bullying” -esa práctica tan arraigada en los EEUU que hemos podido ver incluso en las comedias más ligeras- por parte de sus compañeros. Una situación que hará que la pequeña huya de su hogar y protagonice junto a un adulto, que la recoge cuando ésta hace auto-stop, uno de los episodios más angustiantes de los sietes que componen este libro. Y es que, durante sus páginas, el autor coquetea con algo tan desagradable como la pederastia. Virginia será una víctima. Pero como no tengo ánimo de spoilear su desenlace, por favor, leedla. Es una muestra de la mezquindad inherente en el ser humano. Otro trío de personajes que aparecerán, y que serán vitales para el futuro, será el conformado por Nina -la chica de Harry-, su amiga Beth y Orson -un pimpollo de futuro prometedor que se verá truncado al cruzar su camino con ellas-. Este peculiar grupo vivirá una “aventura” mafiosa al más puro estilo “Amor a quemarropa” (True Romance, Tony Scott, 1993) – ¿Tarantino? – al ser perseguidos por los secuaces de Harry -el mencionado Spanish Scott y el Monstruo- y verse obligados a huir de la ciudad. La génesis de lo que más adelante Lapham desarrollará, aquí se nos presenta. Y no menos importante será Amy Racecar, sin duda el personaje más “cool” de “Balas Perdidas”. No me extenderé demasiado ya que poco se nos contará de ella en este primer tomo, pero seremos testigos de cómo los actos de esta asesina y ladrona de bancos del año 3077 serán catastróficos para todos los habitantes del planeta Tierra. La clave onírica del relato podrá darnos más de una pista. Y hasta aquí puedo leer.

En definitiva, la recuperación de “Balas perdidas” por parte de La Cúpula es una extraordinaria noticia. Si tuviera que definir esta obra de David Lapham con una sola palabra, ésta sería “brillante” (y en mayúsculas). Una historia de género negro bien contada y bien dibujada donde el esfuerzo primordial se pone en la construcción de sus intérpretes. Lapham logra que riamos, que suframos y que queramos a sus personajes. Todo ello acompañado de una labor artística excepcional que hace de esta serie una de las más recomendables para todo amante del noir -o del cómic en general-. Toda una “master class” de cómo hacer “tebeos” de calidad saliéndose de los estándares del cómic mainstream más generalista. Estén atentos a los próximos disparos, porque nunca se sabe dónde puede acabar una bala perdida.

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[1] Este es otro artículo publicado en otra web que reciclo y recupero (en su versión previa a los teóricos retoques que se hicieron para su publicación allí) con objeto de reseñar los cinco tomos aparecidos de la serie hasta la fecha en un “Especial Balas Perdidas“.

[2] Cabe señalar que en nuestro país ha sido La Cúpula la encargada de publicarla. Sin embargo, también podemos decir que de una manera un tanto extraña. Primero, desde 1998, respetando el original formato en “grapa” -con cubiertas de cartón como sustancial diferencia- en su irregular línea “Fuera de serie Comix”, dejándola inconclusa a la altura del número 22 -así como con otras series del catálogo- para acabar recopilándola en cuatro tomos en rústica, allá por 2005, a semejanza que en Estados Unidos y que contendrían las primeras treinta entregas. El cuarto tomo supuso el último mientras se esperaba a que Lapham diera por concluido el último y más extenso arco argumental de la serie. Algo que no llegó hasta mucho después. El verano pasado, la editorial catalana anunciaba que retomaba la publicación con un quinto tomo y la reedición del material original ya publicado. Hasta la fecha ha reeditado los tres primeros tomos de la serie.

Silver Surfer, un personaje de culto

Sin duda, uno de los personajes cósmicos más atractivos del “Universo Marvel“, y del cómic en general, es Silver Surfer, más conocido por los aficionados en nuestro país como Estela Plateada. Creado por Jack Kirby (¿y Stan Lee?) hizo su debut en el número 48 USA de la colección “The Fantastic Four” en 1966. En origen, Estela Plateada era un joven astrónomo del pacífico y próspero planeta Zenn-La llamado Norrin Radd. Zenn-La era un mundo extremadamente avanzado, social y tecnológicamente, que había logrado crear una auténtica utopía carente de crimen, enfermedad, hambre y pobreza. La vida de Norrin dio un giro cuando el devorador de mundos conocido como Galactus amenazó con alimentarse de su mundo. Embarcado en una nave Norrin se enfrentó al temible consumidor de planetas llegando a un acuerdo con el siempre hambriento e hiperbólico ser cósmico. Sacrificándose y convirtiéndose en su heraldo, con objeto de encontrar otros planetas que sirvieran de sustento a su nuevo amo, la amenaza de ser consumida abandonaría Zenn-la. Galactus transformó a Norrin en una entidad cósmica de piel plateada siguiendo un patrón de la mente de nuestro protagonista, inspirado en una de sus fantasías adolescentes, adoptando el nombre de Silver Surfer (Estela Plateada) y abandonando su mundo natal en compañía de su amo, a quien sirvió durante siglos. Pasado un tiempo, Galactus decidió reprimir su conciencia y recuerdos como Norrin. De ese modo llegó a la Tierra propiciando una de las mejores sagas de la Primera Familia Marvel. Entre sus poderes y habilidades, Silver Surfer tiene acceso al denominado Poder Cósmico, que le permite manipular las energías que se encuentran en el universo. Esto permite aumentar su fuerza a niveles incalculables y lo convierte en un ser prácticamente indestructible. Puede navegar por el espacio y por las barreras dimensionales a velocidades inmensurables gracias a su tabla cósmica. También ha podido viajar en el tiempo. Su organismo casi perfecto no requiere de alimento, aire o reposo ya que depende solamente de su energía cósmica. Se conoce que cuando Galactus hace algo, lo hace bien y Silver Surfer es prueba de ello.

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Se cuenta que la creación del personaje parte de la propuesta por parte de Stan Lee a Jack Kirby de que los Cuatro Fantásticos se enfrentaran a Dios. Aquello fue el germen de lo que a posteriori se conocería como “La Trilogía de Galactus“, tres números en los cuales Kirby idearía/crearía a Galactus (el ser/Dios de inimaginable poder que recorría el universo devorando mundos para poder sobrevivir) y, con objeto de maximizar el dramatismo, a Silver Surfer como señal que precede a la inminente catástrofe. A pesar de que el surfista no aparecía en el plot inicial y que Stan no estuvo muy conforme con dicha idea, al público le encantó este ser de semblante melancólico provocando que repitiera protagonismo en sucesivas entregas de los Cuatro Fantásticos. En aquel entonces en “Marvel Comics” se utilizaba el famoso Marvel Method, un modelo de trabajo guionista-dibujante que fue empleado por Lee y Kirby (entre otros) ante la pasmosa cantidad de títulos que The Man escribía al mes. ¿Y en qué consistía? El popular editor daba una idea general al dibujante de lo que ocurrirá en la historia y, a partir de ahí, el dibujante tiene vía libre para narrar su historia, viñeta por viñeta. Se dice que Kirby se encerraba en su estudio y llegaba a dibujar centenares de páginas al mes sin contar los procesos de creación de personajes. Ello llevó a Stan Lee a otorgarse el mérito de (co)creador de la mayoría de las creaciones de Jack. Lo cual propició la marcha del dibujante a la rival “DC Comics” debido al estado de frustración provocado por el poco crédito recibido por su trabajo y que (“el bueno de”) Stan acaparaba debido a su personalidad más mediática. En el caso de Estela Plateada, se dice que Stan quedó tan fascinado con el personaje que, a pesar de la reticencias de Jack Kirby, decidió que quedaban muchas cosas que contar sobre el pasado y el presente de Norrid Radd. Por ello, en 1968, salió al mercado una serie protagonizada por el personaje con guiones del propio Lee. Para esta ocasión, el apartado gráfico se le vetó a Kirby y recayó en el (impresionante) dibujante John Buscema. Buscema realizó todos los números de la colección, excepto el último que pudo dibujar Kirby. No sería hasta finales de los años setenta que Stan y Jack se juntaran y crearan esa delicia que es “The Silver Surfer“, la primera novela gráfica del personaje.

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La vida editorial del personaje ha sido dilatada y en ella encontramos horas más bajas que altas. Sin embargo, hay ciertos trabajos que sobresalen sobre el resto como las citadas primera serie regular y primera novela gráfica, además de una curiosa colaboración entre Stan Lee y uno de los grandes de la “bande dessinée“: el inigualable Jean Giraud Moebius. Este experimento se llevó a cabo en 1988 y llevó el título de Parábola. En ella encontramos a un espectacular Moebius ilustrando, con su peculiar estilo que le sienta como un guante al surfista plateado, un guión más que correcto de The Man. A pesar de ser un personaje solitario, Estela Plateada formó parte de el más famoso no-equipo de súper-héroes conocido como Los Defensores. En dicho título compartía espacio con otros anti-héroes del “Universo Marvel” como Namor, el Dr. Extraño o el Increíble Hulk. Un grupo de lo más bizarro en el cual ninguno de sus integrantes deseaba formar parte del equipo y cuya mejor etapa es aquella que firmara Steve Gerber (imprescindible, añadiría). En nuestro país podemos encontrar con suma facilidad muchas de las historias aquí citadas. Por ejemplo, “La trilogía de Galactus” (números 48 al 50 USA de The Fantastic Four) la podemos encontrar en Los 4 Fantásticos: La edad Dorada publicado por “Panini Cómics“. Un precioso tomo omnigold con material de indiscutible calidad. La primera serie regular está recopilada también por “Panini Cómics” en el imprescindible tomo omnigold de Estela Plateada de Stan Lee y John Buscema. La primera novela gráfica de Silver Surfer la publicó el antaño sello “Cómics Fórum” de “Planeta Cómic” en mayo de 1998. “Parábola” de Stan Lee y Moebius ha sido recientemente publicada por “Panini Cómics” en su línea Marvel Graphic Novels. Y no podemos dejar de recomendar la impresionante etapa de nuestro plateado surfista cósmico realizada por Dan Slott y el matrimonio Allred. Totalmente deliciosa.

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Ya como curiosidad, en 1987, unos de los grandes y mejores guitarristas de “nuestro Planeta Tierra“, el virtuoso Joe Satriani, incorporó a la portada de su segundo disco titulado “Surfing with the Alien” la ilustración de la génesis de Estela (aparecida en la historia del Silver Surfer vol. 2 nº 1 USA de Stan Lee y John Byrne que, a su vez, estaba basada en el guión de una hipotética película del personaje). Éste es un álbum que, además de conceder a Satriani una (más que merecida) reputación de diestro de la guitarra, al escucharlo te sientes como si fueras en la tabla de surf cósmica de Estela. Os animo a que escuchéis este gran disco acompañando la lectura de cualquiera de las grandes historias que “Marvel Comics” nos ha brindado del surfista plateado. Y esperemos también que con la reciente adquisición de “Fox” por parte de “Disney” se haga alguna adaptación a la gran pantalla digna de un personaje de culto como este. Pero eso ya es otra historia.

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“Diablo House” (Ted Adams, Santipérez)

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Titulo original: Diablo House / Guión: Ted Adams / Dibujo: Santipérez / Portada: Santipérez / Formato: Cartoné Páginas: 128 pags. / Editorial: Norma Editorial / Precio: 18€. / ISBN: 978-84-679-3420-5


¿Dinero? ¿Fama? ¿Sexo? ¿Poder? Todos tus deseos, tus más oscuros anhelos, pueden hacerse realidad, pero también hay un precio que pagar. Acompañemos a Riley, nuestro surfero anfitrión, por Diablo House, una casa hecha a imagen y semejanza de la Casa Batlló de Gaudí donde moran las almas de aquellos que fueron lo suficientemente atrevidos (o desdichados) como para intentar conseguir cumplir sus sueños a costa de todo y de todos.


En la californiana ciudad de San Diego, a orillas del Pacífico, más concretamente en su privilegiada comunidad de La Jolla, rodeada de la belleza de sus amplias playas de arena blanca y disfrutando de unas envidiables condiciones climatológicas, se yergue una siniestra construcción, de clara influencia modernista, llamada Diablo House. En alguna de sus habitaciones podrás hacer tus sueños realidad. Sin embargo, nadie da nada a cambio de nada y un alto precio tendrás que pagar por ellos. Nadie dijo que tomar un atajo no tuviera consecuencias. Dinero, poder, fama, … Todo lo que quieras, simplemente haciendo uso de tu alma como moneda de cambio. Como si de una versión moderna de “Fausto” se tratara, Ted Adams y Santipérez, responsables máximos de esta miniserie de cómics, nos ofrecen una mirada al lado más desagradable, más oscuro, de la condición humana utilizando convenciones del género de terror que nos resultarán familiares, pero sin que las sintamos como anticuadas. Un canto de amor a un género tomando prestada la tradición de publicaciones míticas como “Tales from the Crypt” de la archifamosa “EC Comics”, los magazines de terror de la “Warren Publishing” con la revista “Creepy” como principal referencia o las antologías de terror publicadas por “DC Comics” como “House of Mistery” o “House of Secrets”. Auténticos clásicos del horror en los que grandes artistas del medio aportaron su granito de arena con impresionantes muestras de su talento. “Diablo House”, publicada en una miniserie de cuatro “comic books” por IDW en 2017, se suma y nos ofrece un sentido homenaje a una forma de entender el cómic y, más concretamente, un género que a muchos de nosotros nos apasiona.

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A semejanza de los títulos mencionados, en “Diablo House” tendremos también a un anfitrión, a un maestro de ceremonias, que nos introducirá en cada uno de los cuatro relatos diferentes de los que se compone la obra. Para la ocasión, en lugar de un cadáver en pleno proceso de descomposición o una decrépita bruja, encontraremos a un californiano surfista de pelo largo y torso desnudo llamado Riley que hará las veces de narrador siempre haciendo ironía de lo macabro, sin necesidad de ocultar su desparpajo, así como su negro sentido del humor, y mostrándonos, al término de su relato, las graves consecuencias a las que se exponen los protagonistas por tomar el camino fácil, por conseguir aquello que ansiamos gracias a la sobrenatural ayuda de la siniestra casa. Una casa que combina elementos esotéricos de diversas culturas con el modernismo de la impresionante Casa Batlló de Antoni Gaudí, así como de La Sagrada Familia. No en vano, aquí se nota la influencia de Santipérez, artista patrio que ilustra con maestría dichos relatos y que ya ha manifestado en ocasiones su gusto tanto por el famoso arquitecto como por artistas modernistas como Ramón Casas o Santiago Rusiñol. De esta forma, Riley nos ilustrará, por un lado, con la historia de la casa y de cómo su jefe ha tomado elementos de la arquitectura de Gaudí y, por otro, realizará un tour en el que nos irá relatando los destinos y miserias de aquellos que han sido lo suficientemente atrevidos como para hacer un pacto maldito. Tendremos al típico individuo consumido por la codicia que ansía escalar socialmente, a un tímido nerd al que le pierde la lujuria, a un mago fracasado y a un piloto de carreras siempre a la sombra de su mejor amiga que perseguirán sus más oscuros deseos a costa de todo lo demás, incluidas las vidas de sus seres queridos.

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A Ted Adams, CEO de la editorial IDW y guionista de “Diablo House”, ya pudimos leerle en la magistral adaptación al cómic de la novela de Richard Matheson, “El hombre menguante” [1], que “Planeta Cómic” publicó en nuestro país. Adams, en el epílogo contenido en la edición que “Norma Cómics” nos ofrece ahora, se confiesa fan de los cómics clásicos de terror, concretamente de la revista “Creepy” de la “Warren” y de la “House of Mistery” de “DC Comics”, pero sobre todo del arte contenido en estas publicaciones. Impresionado desde siempre por ilustradores de la talla de Mike Kaluta y, sobre todo, Bernie Wrightson, no esconde que su intención era recuperar el espíritu de esos cómics y que ha hecho de “Diablo House” el vehículo idóneo para poder llevarlo a cabo. Paralelamente, los hados del destino le confirieron la oportunidad de conocer a Santipérez, de poder encandilarse con su talentoso trabajo, y el resto es historia. Pérez es una figura poco prolífica dentro del panorama “comiquero”. Comenzó en la década de los noventa publicando historias para la extinta versión española de “Creepy” publicada por la añorada “Toutain Editorial” pasando casi dos décadas sin publicar nada profesionalmente hasta que la nacional revista “Cthulthu” (editada por “Diábolo Ediciones”) lo recuperó para goce y deleite de todos los aficionados [2]. El estilo de Santipérez no sólo recuerda poderosamente al de Bernie Wrightson, sino que podemos apreciar otras influencias de artistas de gran calibre como Richard Corben, Mark Schultz o Frank Frazetta. Y no sólo eso, sino que podemos percibir una sensibilidad narrativa fuertemente arraigada en los clásicos del terror de las décadas de los sesenta y setenta. Su arte tiene poder, tiene brío, haciendo gala de un detallismo extremo que permite al lector ensimismarse con cada pequeño detalle. Sus viñetas, sus composiciones de página, nos atrapan denotando un dominio de la narrativa secuencial -prueba de ello la vibrante carrera automovilística de la última historia-. Todo ello, combinado con los colores de Jay Fotos, nos hace partícipes de una excepcional e impresionante experiencia. En definitiva, el dibujante patrio es la verdadera estrella de la función. Prueba de ello son los numerosos extras que contiene la edición de “Norma Editorial” en forma de bocetos, dibujos preparatorios y páginas a lápiz. Una auténtica delicia. No podemos decir lo mismo del trabajo de Adams que, sin ser decepcionante, se queda un tanto a medio gas. Las historias cuentan con premisas interesantes y sorprendentes desenlaces con moralina final al más puro estilo de “La Dimensión Desconocida” (The Twilight Zone, Rod Serling, 1959-1964), pero en los que quizás no se profundiza demasiado en los personajes, sus motivaciones o el drama de los mismos. Afortunadamente, la parte artística permite que las ilustraciones transmitan plenamente el carácter ciertamente onírico y de pesadilla de las narraciones contenidas en “Diablo House”.

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En definitiva, “Diablo House” es una opción ideal para todo aquel aficionado al terror. Una antología del horror, de la peor condición de nuestra especie, siguiendo la añorada estela de publicaciones tan míticas como “Tales from the Crypt” o “Creepy” y que muchos de nosotros echamos verdaderamente en falta. Las historias contenidas son lo suficientemente interesantes como para mantener nuestra atención, pero si verdaderamente hay un aspecto que destaca sobre todo lo demás es el arte del Santipérez, un verdadero virtuoso que no sólo nos presenta un trabajo realizado a base exquisitas ilustraciones, sino que demuestra un total control de la narración retrotrayéndonos a un tipo de cómic de los que hace tiempo no se hacen. Un auténtico genio al que no hay que perder de vista. En el epílogo, Ted Adams se da por satisfecho y no da muestra alguna de que haya continuidad. Espero que cambie su parecer y podamos visitar de nuevo Diablo House.

Te gustará si: Si disfrutaste con la revista “Creepy”, si te enrolla el terror, si flipas con los cómics tipo “Tales from the Crypt”, si te molan dibujantes como Bernie Wrightson o Richard Corben,… En definitiva, si te gusta el buen cómic de genero de horror esta es una opción ideal. Difícil que defraude.

 

[1] Cuya crítica podéis leer aquí.

[2] Todas las historias que el dibujante realizó para la revista “Cthulthu” están recopiladas en un tomo, “Various Horror Visions. Historias de terror cotidiano“, publicado por “Diábolo Ediciones“.

Creepshow (Stephen King, Bernie Wrightson)

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Titulo original: Creepshow / Guión: Stephen King / Dibujo: Bernie Wrightson / Portada: Jack Kamen / Formato: Cartoné Páginas: 88 pags. / Editorial: Planeta Cómic / Precio: 20€. / ISBN: 978-84-9173-727-8


Sed bienvenidos al primer número de Creepshow, la adaptación al cómic de la famosa película de George A. Romero y Stephen King. Cinco espeluznantes historias con muertos que se levantan de sus tumbas, misteriosos meteoritos provenientes del espacio exterior, monstruos antropófagos, fantasmas vengativos e invasiones mortales de cucarachas. Así que abrochaos vuestros cinturones y acompañad al amigo Creepy, vuestro macabro guía, en este viaje de podredumbre y terror.


Es indudable la importancia del tristemente desaparecido George A. Romero en lo que al género de terror y fantástico se refiere. El neoyorquino -de ascendencia española [1]- siempre será recordado por ser, junto a su -por aquel entonces- compañero de fatigas John Russo, el “Padre” del “zombie moderno”, del muerto viviente antropófago que originó uno de los fenómenos más impactantes de la cultura “pop” moderna. Sin embargo, pese a que fraguó toda una saga [2] consagrada a estos lentos y hambrientos caminantes ávidos de la carne fresca de los vivos -sentando las reglas para todo el maremágnum de producciones y explotaciones posteriores-, Romero tiene en su haber cinematográfico otras tantas películas que quizás no alcanzaron las cotas de popularidad de “La noche de los muertos vivientes” (Night of the living dead, 1968) o “Zombi” (Dawn of the dead, 1978), pero que son totalmente reivindicables (o al menos eso piensa aquel que suscribe estas palabras). Entre sus otros trabajos nos encontramos con aquella cinta que lo asoció con uno de los indiscutibles, uno de los grandes “Maestros del Terror” de todos los tiempos, es decir, con el superlativo Stephen King. Su amistad con el de Maine venía ya de lejos puesto que ambos se admiraban mutuamente y no dejaban pasar oportunidad alguna para elogiar sus respectivas creaciones en público. Es por ello que, tras un primer intento frustrado de Romero para dirigir la miniserie televisiva “El misterio de Salem’s Lot” (Salem’s Lot, Tobe Hooper, 1979) y la posterior imposibilidad de llevar a cabo la faraónica adaptación de la novela “Apocalipsis” [3], ambos pudieron, con la inestimable ayuda del productor Richard P. Rubinstein, levantar un proyecto conjunto titulado “Creepshow” (Íd, George Romero, 1982) con el que quisieron rendir un sentido homenaje a aquellas publicaciones de terror de la mítica editorial americana “EC Comics” de las que ambos eran fans incondicionales.

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Hablar de la “EC Comics” es hablar de uno de los periodos más prolíficos y fructíferos de la historia del Noveno Arte. Un momento en el que el cómic alcanzó sus mayores cotas de popularidad consolidándose como una rentable industria. Entre la ingente cantidad de publicaciones de los súper héroes de “La Edad de Oro” y las aventuras de los más famosos personajes creados por la factoría de Walt Disney, la antaño editorial “Educational Comics” [4] pasaría a convertirse en la popular “Entertaining Comics” por obra y gracia del hijo de su fallecido fundador, William Gaines -junto a su inseparable y altamente productivo guionista/dibujante Al Feldstein-, ofreciendo a la chiquillería de la época toda una serie de sugerentes colecciones de cómics con temas tan recurrentes como el género policíaco, la ciencia ficción y, sobre todo, el terror con uno de sus títulos, “Tales from the Crypt”, como buque insignia de la compañía. Las publicaciones dedicadas al horror serían las mejor recibidas por los lectores y junto a la mencionada “Tales from the Crypt” aparecerían las no menos destacables “The Vault of Horror” y “The Haunt of Fear”. Cortadas por el mismo patrón, en todas ellas un repulsivo personaje [5] haría las veces de anfitrión -rompiendo siempre la cuarta pared entre el lector y él mismo- presentando con sorna los distintos relatos contenidos en su interior. Cada número recopilaba un indeterminado número de historias cortas, de entre seis y ocho páginas, autoconclusivas todas ellas manteniendo un similar esquema donde sus protagonistas, despreciables representantes del peor lado de la naturaleza humana, serán víctimas, siempre de la forma más macabra y truculenta posible, de una especie de justicia poética tras haber perpetrado algún crimen o fechoría. La gran aceptación de estos cómics, por parte de un público adolescente o preadolescente, fue una de las causas por las que un oportunista diese la voz de alarma en el seno de una sociedad americana donde la delincuencia juvenil era un grave problema. Para el doctor en psiquiatría Frederic Wertham, la responsabilidad de dicho auge de la criminalidad residía en los cómics [6]. La publicación de su libro “La seducción de los inocentes” propició la creación de un organismo regulador, el infame “Comics Code”, con el que se avisaba a los respectivos padres y tutores que el material contenido en las distintas publicaciones era “apto” para los estándares morales de la época (en otras palabras, llegó la censura al mundo de las viñetas). Esta especie de “Caza de Brujas” instigada por Wertham acabó, prácticamente de un plumazo, con casi todas las referencias de “EC Comics” cuyas ventas cayeron en picado. Los responsables de la editorial no tuvieron más remedio que refugiarse en otro título de la casa, la revista de humor satírico “MAD”, pero eso es otra historia. Sería injusto decir que sólo sufrieron Gaines, Feldstein y compañía, ya que toda la industria se vio afectada por los desvaríos de un psiquiatra venido a más que afirmaba que los cómics estaban repletos de alusiones sexuales, que se escondían desnudos femeninos en sus viñetas o que los famosos Batman y Robin eran homosexuales. Como en los tiempos del Tercer Reich, Wertham alentaba a destruir cuantos más ejemplares se pudiera organizando incluso quemas de tebeos. Totalmente demencial, ¿no? Pero, en la historia de la humanidad, siempre se ha tendido a buscar una razón, una cabeza de turco, para responsabilizarla de todos los males. En esta época (como ha pasado posteriormente también con la televisión, los videojuegos, los juegos de rol o el anime) le tocó al cómic pagar los platos rotos.

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Afortunadamente, el legado del Guardián de la Cripta y su repugnante familia de ghouls ha pervivido desde entonces, ya sea en la mente de muchos creadores que crecieron y formaron su criterio con dichos cómics, con proyectos cinematográficos -o series de televisión- como el de George A. Romero y Stephen King o en publicaciones posteriores que tomaron definitivamente el relevo haciendo suyo el espíritu de la “EC“, eludiendo por completo la censura del “Comics Code” con el formato magazine en blanco y negro. Estoy hablando de las revistas de terror que “Warren Publishing” comenzó a editar en la década de los sesenta con la seminal “Creepy” como cabecera y a la que seguirían las posteriores “Eerie” y “Vampirella“. Revistas que, en el momento de gestación de “Creepshow” (Íd, George A. Romero, 1982) -aunque no por mucho tiempo- seguían en los kioskos y en las cuales, además de grandes autores como Richard Corben, Neal Adams o Frank Frazetta, también encontramos al encargado de la adaptación al cómic del filme de Romero, el también recientemente fallecido Bernie Wrightson. Así como en la película homónima, en su traslación a las viñetas tendremos cinco historias, cinco pequeños episodios totalmente independientes, con el horror como hilo conductor. Presentados todos ellos por el terrorífico Creepy, un ser a imagen y semejanza de los GhouLunatics de la editorial de William Gaines. A diferencia del filme, aquí no tendremos la historia del niño (un jovencito Joe Hill, hijo de King) que es castigado por su padre (el genial Tom Atkins) por leer tebeos de terror. Intercaladas dentro de este mini-relato estarían los cuentos macabros que componen el film. En lugar de adaptar historias provenientes de “Tales from the Crypt“, King decidió adaptar dos de sus relatos cortos (“The Crate” y “Weeds” -titulada posteriormente como “The Lonesome Death of Jordy Verrill“-) y escribir el resto (con lo que se estrenaría tanto como guionista de cine como también actor, ya que protagonizaría uno de los segmentos). Junto al King actor, encontraremos también a conocidas caras como las de Ed Harris, Ted Danson, Adrienne Barbeau o Leslie Nielse.. “Creepshow” (Íd, 1982) obtuvo un éxito lo suficientemente satisfactorio para sus responsables que generó dos secuelas más y la creación de la serie “Tales from the Darkside”, producida por Romero y donde pudo colaborar, además de con el autor de “Carrie”, con escritores como Clive Barker o Robert Bloch.

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Como he comentado, el filme tuvo una adaptación al cómic (como no podría ser de otra forma en una película que rinde tributo a los tebeos de terror más famosos y homenajeados de todos los tiempos) que contó con el arte del impresionante Bernie Wrightson. Hablar de Wrightson es hablar de uno de los grandes del medio. Colaborador habitual en las revistas de cómics de la “Warren” o en “Heavy Metal“, es uno de los dibujantes por antonomasia del cómic de horror estadounidense con increíbles adaptaciones e ilustraciones del “Frankenstein” de Mary Shelley o relatos de H. P Lovecraft o Edgard Allan Poe. Creó junto a Len Wein a uno de los iconos del terror del Noveno Arte, “The Swamp Thing” (o “La Cosa del Pantano“), para “DC Comics” así como dibujó una de las historias más crudas de Batman, “The Cult” además de trabajar también para “Marvel Comics“, con la publicación de novelas gráficas de Spiderman o Punisher. Sin duda, uno de los mejores artistas que nos ha brindado el medio. En el cómic que nos corresponde, ofrece como de costumbre su buen hacer pese a no haber podido disponer de mucho tiempo para realizar el encargo debido a que la publicación debía coincidir con la fecha del estreno de la película. En su interior, a diferencia del filme de Romero -donde el director de “El día de los muertos” (Day of the Dead“, 1985) hace uso de un lenguaje y de un tono de cómic para hacer más evidente su aproximación a las publicaciones que intenta homenajear-, Wrightson hace uso de un estilo más formal, más acorde a su peculiar estilo en lo que se refiere a narrativa y diseño de las páginas (con sus habituales composiciones de viñetas verticales alargadas y el uso de splash-pages para resaltar momentos álgidos del relato), sobrio y, en ocasiones, tenebroso. Sorprende que los personajes, que sus rostros, no se parezcan a los de los actores que los interpretaron, así como que, como curiosidad a resaltar, el orden de las historias no se corresponda con el de la película. Personalmente, hubiera preferido que el cómic fuera en blanco y negro ya que Wrightson demostró sobradamente su valía y dominio del entintado -a la mencionada adaptación de “Frankenstein” me remito-. “Planeta Cómic” nos brinda la oportunidad de reencontrarnos con esta pequeña joya con su reciente publicación aprovechando la reciente reedición del año pasado por parte de la americana editorial “Gallery 13“. Un auténtico clásico que llevaba mucho tiempo descatalogado en nuestro país [7]. Así que no hay excusa ninguna para no hacerse con esta joya del cómic.

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[1] Su abuelo paterno nació en el municipio gallego de Mourela de Enmedio en la ría de Ferrol. Emigró a Cuba, pero siempre regresaba a España cuando su mujer estaba embarazada porque quería que sus hijos nacieran en su país. Es por ello que, aunque fuera circunstancialmente, también el padre de George A. Romero, Jorge Marino Romero, nació en nuestro país.

[2] “La noche de los muertos vivientes” (Night of the living dead, 1968), “Zombi” (Dawn of the dead, 1978), “El día de los muertos” (Day of the dead, 1985), “La tierra de los muertos vivientes” (Land of the dead, 2005), “El diario de los muertos” (Diary of the dead, 2007) y “La resistencia de los muertos” (Survival of the dead, 2009).

[3] Finalmente “Apocalipsis” (The Stand, Mick Garris, 1994) se estrenó en formato miniserie para televisión y fue dirigida por Mick Garris.

[4] Fundada por Max Gaines, “Educational Comics” publicaba historietas pedagógicas y moralistas basadas en la Biblia o protagonizadas por los animales parlantes.

[5] A los tres narradores se les conocía como los GhouLunatics. Al Guardián de la Cripta le siguen el Guardián de la Cámara y la Vieja Bruja.

[6] Coetáneamente el senador McCarthy, ya había confeccionado su famosa lista negra de Hollywood y dirigido la famosa “caza de brujas“.

[7] La extinta “Toutain Editorial” publicó “Creepshow” en formato rústica en 1983.

Maldita casa encantada (Artur Laperla)

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Titulo original: Maldita casa encantada / Guión: Artur Laperla / Dibujo: Artur Laperla / Portada: Artur Laperla / Formato: Rústica Páginas: 152 pags. / Editorial: Sapristi / Precio: 17,90€. / ISBN: 978-84-94785-28-3


Angélica acaba de mudarse al barrio. dando un paseo con su perro llamado Peluche acaba plantándose delante de la tétrica Mansión Bogardus de la cual se dice que está encantada. En un descuido, Peluche se escabulle y acaba en su interior. La joven Angélica tendrá que internarse en la casa para poder encontrarlo y nosotros, con nuestras decisiones, tendremos que ayudarla a que su misión acabe llegue a buen puerto.


Pondría la mano en el fuego al asegurar que cualquier jovenzuelo de pro de hoy día no tendría ni pajolera idea de lo que era un “libro-juego” hasta el momento en el que visionara el episodio/largometraje (si lo hizo) de la serie Black Mirror “Bandersnatch” (Black Mirror: Bandersnatch, David Slade, 2018). Para aquellos lectores que ya peinamos algunas (o muchas) canas, esos “libro-juegos”, con ese precioso slogan de “Elige tu propia aventura”, son parte intrínseca de nuestras infancias. Como muchos sabemos, esos libros nos implicaban en la trama, nos hacían parte fundamental de ella invitándonos a interaccionar, y no se leían de principio a fin, sino que nosotros, como auténticos protagonistas, elegíamos (o más bien decidíamos) nuestro destino o el de los personajes a nuestro cargo. Ello daba la oportunidad de leer y releer hasta la saciedad este tipo de libros con tal de saciar nuestra curiosidad y comprobar de primera mano todos los posibles desenlaces. Posiblemente muchos aficionados al “Rol” comenzasen por aquí. Su dinámica era muy sencilla: uno comenzaba a leer hasta que, en una página, se nos permitía tomar una decisión sencilla (sin tiradas de dados ni nada por el estilo, pese a que posteriormente habría algunos de ellos que dejaban paso al azar con su uso), y avanzar a la página indicada dependiendo de nuestra decisión. Normalmente eran tramas muy lineales. Un divertimento tan interactivo como pudieran permitirlo las letras y lo suficientemente entretenido para asegurar horas y días de diversión. Un ejercicio lúdico previo a las videoconsolas, un precedente a los videojuegos, con lo que los niños de los ochenta (el target de los mencionados productos, todo sea dicho) se las apañaban para pasar el rato.

Particularmente recuerdo haber tenido muchos de ellos. Los había muy variopintos, como los de la colección “La máquina del tiempo” (donde te convertías en un viajero espacio-temporal y recorrías momentos importantes de la historia), los libros de la franquicia Indiana Jones (en los que asumías el papel de su side-kick al más puro estilo Tapón, el niño oriental que encarnó Jonathan Ke Quan en “Indiana Jones y el Templo Maldito” [Indiana Jones and the Temple of Doom, Steven Spielberg, 1984]) o los que el sello “Forum” de Planeta DeAgostini (encargado de la publicación de los superhéroes de Marvel Comics) publicó con las aventuras interactivas de los personajes más icónicos de la Casa de las Ideas. Sin embargo, mis favoritos siempre fueron aquellos que rezaban “Aventura sin fin” en su portada y estaban enmarcadas dentro de la serie del famoso juego de “Rol” creado por Gary Gygax y Dave Arneson “Dungeons & Dragons”. Inmerso en un mundo de espada y brujería, entre sus páginas tenías la posibilidad de enfrentarte a sanguinarios vampiros, feroces licántropos o temibles dragones. Muchas veces, si tus decisiones no eran afortunadas, acababas muriendo de las formas más variopintas. Y siempre había diferentes finales, con lo cual era evidente que acababas repitiendo la experiencia para intentar descubrirlos todos. Como he anotado, un juego con muchas posibilidades y tiempo de juego no ilimitado, pero casi.

No es de extrañar que en los actuales tiempos en los que tenemos a nuestro alcance una gran cantidad de productos de diversa índole que apelan a la nostalgia (nostalgia, divino negocio), la editorial patria “Roca Editorial”, bajo su colección “Sapristi”, acabe de publicar un cómic con ese marcado espíritu ochentero de los libros de “Elige tu propia aventura”, pero adaptado al más atractivo (al menos para un servidor) mundo de las viñetas [1]. Su responsable, Artur Laperla, es uno de los autores nacionales a los que hace tiempo que le sigo la pista. Sus trabajos previos siempre han sido de mi agrado desde aquella, lejana ya, época en la “Línea Laberinto” de Planeta DeAgostini (en la cual se apostaba por nuevos valores del panorama comiquero del momento) con cómics como “Oropel” y “Cool Tokio”, junto a su inseparable colaborador Marcos Prior, que firmaba bajo el pseudónimo de Konsinski, dentro del colectivo autoral autodenominado como “Producciones Peligrosas”. Juntos, Prior y Laperla, firmaron varias historietas para la editorial “La Cúpula” como, los también muy recomendados, “Rosario y los inagotables” o “Raymond Camille”, tebeos poco convencionales, muy originales, garantes de un surrealismo inusual y con una forma de narrar tan original como personal. Ya en solitario, Artur Laperla publicó, no hace demasiado, con “Bang Ediciones”, un cómic de corte erótico divertidísimo titulado “Melvin. Super Sexy Roller” y recientemente el título que hoy nos toca: “Maldita casa encantada”.

El autor catalán nos ofrece aquí una aventura en la cual nosotros tendremos en nuestras manos el destino de Angélica, la joven protagonista del relato, que, con la intención de rescatar a su pequeño perro llamado Peluche, se internará en una tétrica mansión embrujada. No faltarán todos los tópicos del género que ya habremos visto en muchos títulos míticos del género de terror. Su relato se desarrollará en una trama simple y lineal que podrá desembocar en trece finales diferentes, dándonos pie a una adictiva rejugabilidad, En nuestras manos estará el descubrirlos todos. Angélica se tropezará con la típica pandilla de adolescentes de extrarradio, con zombies antropófagos, vampiros en un desván, sectas diabólicas, posesiones infernales o demonios primigenios lovecranianos. Atención también a ese chorrazo de sangre que puede recordar a uno de los grandes títulos de terror moderno, que también combinaba a la perfección el humor negro más cafre, dirigido por Sam Raimi y protagonizado por el grandísimo Bruce Campbell. Y es que los referentes son totalmente reconocibles. Y todo ello con el característico estilo de dibujo de su autor, muy vistoso y particular, resultado un tebeo muy simpático y entretenido. Pese al aparentemente aspecto infantil del cómic, no nos dejemos engañar por ello. “Maldita casa encantada” es un tebeo para adultos. Así que mantenedlo lejos del alcance de los más pequeños puesto que tras esa falsa apariencia naif, culpa de ello lo tiene en gran medida el simpático estilo de su autor, encontraremos auténtico terror siempre salpicado con pequeños toques de humor negro. Como es costumbre en su trabajo, Laperla demuestra un acertado uso del color y de la narrativa, que gran narrador me parece este hombre, en un cómic ligero, fácil de leer y con el entretenimiento como bandera. Si no lo tenéis, yo de vosotros le daría una oportunidad.  Por cierto, en su prólogo, su autor promete más entregas, concretamente dos más, que conformarán lo que denomina como La Trilogía Maldita y en la que se volverá a los mismos personajes presentados aquí en nuevos escenarios típicos del género. Ganas tengo de verlo, la verdad.

[1] El autor recupera el título “The Haunted House” escrito por R. A. Montgomery y publicado en nuestro país en 1984 por la editorial Timun Mas en su colección “Elige tu propia aventura“.

Alien. La historia ilustrada (Archie Goodwin, Walter Simonson)

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Titulo original: Alien / Guión: Archie Goodwin / Dibujo: Walter Simonson / Portada: Walter Simonson / Formato: Cartoné / Páginas: 66 pags. / Editorial: Diábolo Ediciones / Precio: 15,95€. / ISBN: 978-84-15153-69-6


De regreso a la Tierra, la nave comercial Nostromo interrumpe su viaje: el ordenador central, MADRE, detecta una misteriosa transmisión de una forma de vida desconocida procedente de un planeta cercano. Interpretada como un SOS, la tripulación se ve obligada a investigar su origen. Sin embargo, un incidente con una forma alienígena provocará el apresurado regreso de la expedición de rescate trayendo consigo a un mortífero ser que convertirá su viaje de vuelta en una pesadilla.


Sin duda alguna, “Alien, el Octavo Pasajero” (Alien, Ridley Scott, 1979) es uno de los indiscutibles clásicos del terror y de la ciencia ficción. Una genial reinterpretación de un cuento clásico de horror con un telón sci-fi de lo más evocador. La génesis del proyecto es (casi) por todos sabida: a principios de la década de los setenta, en la facultad de cine de la USC, la “University of Southern California”, unos jovenzuelos llamados Dan O’Bannon y John Carpenter se conocerían y comenzarían su colaboración en un cortometraje (al que luego convertirían en largo para poder estrenarlo en salas de cine) llamado “Dark Star” (Íd, John Carpenter, 1974). Los tibios resultados de la cinta (un simpático ejercicio de ciencia ficción de bajo presupuesto) más las discrepancias con quien años más tarde se convirtiera en uno de los realizadores de cine de “Serie B” más importante de todos los tiempos, llevó a que Dan O’Bannon intentara llevar a cabo en solitario esa historia como a él le hubiera gustado. Tras su periplo por Europa, donde fue reclutado como supervisor de efectos especiales por Alejandro Jodorowsky para su lisérgica y fallida adaptación del “Dune” de Frank Herbert, nuestro protagonista volvió a California totalmente arruinado y profundamente deprimido. Un amigo, Ronald Shushett, acabó por acogerle en su casa ofreciéndole un techo y un sofá en el que poder dormir. Shussett, guionista y productor de humilde categoría, tenía un sueño: acababa de adquirir los derechos del relato de Philip K. Dick “We Can Remember It for You Wholesale” (lo que luego conoceríamos como “Total Recall” o “Desafío Total”) para poder adaptarlo a una película. Era de esperar que tal empresa necesitara de un considerable dispendio económico con el que en aquel momento no contaba. Es por ello que hizo un trato con O’Bannon, primero intentarían llevar a cabo su proyecto (titulado en primera instancia como “Memory”, luego “Star Beast” y finalmente “Alien”), harían un buen dinero y lo invertirían en el proyecto de “Desafío Total” (sabemos, por la perspectiva que nos ofrece el tiempo, que esto ocurriría mucho tiempo después). El resto es historia del cine: O’Bannon y Shussett renunciarían a una oferta del mítico Roger Corman para aceptar la de la productora de Walter Hill, David Giler y Gordon Carroll (la Brandywine Productions), el guion se reescribió en varias ocasiones (siempre dejando la escena que impactó a los productores, es decir, aquella en la que el alienígena revienta el pecho de un pobre desgraciado para emerger de su interior), hubo grandes peleas y discrepancias por la autoría del mismo, se relegó a su creador (frustrando sus intenciones de dirigir el film) a un mero puesto de asesor, se elegiría a un por aquel entonces desconocido Ridley Scott como director de la cinta, O’Bannon consiguió traerse consigo a gran parte de la “troupe” que participó en el proyecto de “Dune” (entre ellos a un controvertido H. R. Giger, el definitivamente creador del aspecto del alien) o que la Fox, capitaneada por Alan Ladd Jr, finalmente dio luz verde al proyecto con intención de repetir el éxito de una cinta de ciencia ficción pulp que cambió la industria cinematográfica, es decir, “La Guerra de las Galaxias” (Star Wars, George Lucas, 1977).

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La película cuenta la historia de la tripulación de la nave Nostromo, un carguero espacial que se encuentra en pleno viaje de regreso a la Tierra. El viaje se verá interrumpido cuando se topan con una aterradora y peligrosa especie extraterrestre tras acudir en respuesta a una, en apariencia, llamada de socorro realizada desde un planeta desconocido. Uno tras otro, los tripulantes irán siendo víctimas de la terrible máquina de matar que han subido a bordo. “Alien, el Octavo Pasajero” recibió una gran acogida por la crítica y un gran éxito de taquilla, recibiendo un premio Óscar a los Mejores Efectos Especiales como recompensa. Su éxito no sólo encumbró a su director, Ridley Scott, sino que acabaría convirtiéndose en una popular saga cinematográfica (sobre todo tras el paso del genial James Cameron en su secuela, “Aliens, el Regreso” [Aliens, James Cameron, 1986]) Todo ello generó una franquicia de novelas, cómics, videojuegos y juguetes. Uno de esos productos es el cómic que nos ocupa, es decir, la adaptación al cómic de la película a cargo de dos pesos pesados del medio: Archie Goodwin y Walter Simonson. Goodwin es probablemente el mejor editor de cómics de la era moderna y uno de los grandes guionistas de cómics que la historia ha dado. Fue editor “Marvel Comics” en los setenta (salvándola de la ruina gracias a su adaptación de Star Wars) y artífice de los cómics de la Warren (Creepy, Eerie) entre otras muchas cosas que darían para mucho escribir y maravillarse. Walter Simonson tampoco necesita presentación. Gran guionista y dibujante de cómics reconocido principalmente por su trabajo en la serie Mighty Thor. Dibujante de trazo vigoroso y original, su estilo es diferente e inconfundible. Y, además, es un narrador colosal. Sus trabajos más reconocidos se sitúan en la Marvel de los 80 en series tales como, la ya mencionada, Mighty Thor, Los Cuatro Fantásticos o Factor X.

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El estreno de “Prometheus” (Íd, Ridley Scott, 2012) fue el detonante de una magnífica reedición de lujo total, de un mayor tamaño, tapa dura, papel excelente y con las páginas recoloreadas para la ocasión mejorando considerablemente la anterior edición, con más de 30 años de antigüedad. En nuestro país, fue Diábolo Ediciones la responsable de maravillarnos con esta joya. Para tal empresa, el texto del cómic está extraído directamente del doblaje castellano de la película, del que se rescataron diálogos completos de sus personajes. En lo que se refiere a su contenido, nos encontramos ante una adaptación muy fiel al original (salvo pequeños, pequeñísimos, detalles insignificantes), dibujada y narrada de forma magistral, espectacular, y que hará las delicias del aficionado. “Impactante” es la primera palabra que me viene a la cabeza para poder describirlo. El nivel de detalle es impresionante, así como la recreación de la atmósfera que ya nos ofreciera Ridley Scott en la gran pantalla. En definitiva, “Alien. La historia ilustrada” es una compra obligada para todos aquellos fans de los xenomorfos más famosos del Séptimo Arte, así como de aquellos que disfrutan del buen cómic en general y del arte de Walter Simonson en particular. Esta cuidada edición de Diábolo Ediciones es de una calidad extrema como pocas que podamos haber visto en nuestro panorama editorial. Recomendado queda.

Billy Bat vol. 1 (Naoki Usasawa)

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Titulo original: Birii Batto vol 1/ Guión: Naoki Urasawa, Takashi Nagasaki / Dibujo: Naoki Urasawa / Portada: Naoki Urasawa / Formato: Rústica / Páginas: 200 pags. / Editorial: Planeta Cómic / Precio: 1,95€. / ISBN: 978-84-16767-63-2


Kevin Yamagata es un dibujante de cómics de nacionalidad japonesa que trabaja en los Estados Unidos dibujando las aventuras de Billy Bat, un antropomórfico murciélago detective de gran popularidad, para la editorial Marble Comics en los años 40. Un día, un policía que estuvo destinado en Japón cuando formó parte del ejército, le comenta que su personaje se parece mucho, quizá demasiado, al protagonista de un manga que vio en el país nipón durante su estancia. Angustiado por haber podido plagiarlo, disfrutando del éxito en los EEUU, Kevin decide volver a su país natal para encontrar al autor del Billy Bat japonés y pedirle permiso para publicar su propia versión.


Mi primer contacto con Naoki Urasawa fue con el manga Monster, uno de los trabajos con el que su autor se convirtió en uno de los creadores de referencia con su publicación a principios de los dos mil. Monster es una historia ambientada en la década de los ochenta donde un neurocirujano, el doctor Kenzo Tenma, se ve envuelto en la investigación de un misterio que, poco a poco, se irá abigarrando a medida que se sucedan las más de 4.000 páginas que lo componen. Una obra, no sólo recomendable, sino que presentará muchos de los elementos que caracterizan el trabajo de este “mangaka” y que, por ello, es considerado por muchos aficionados como uno de los más interesantes creadores -si no un genio- dentro del panorama nipón “comiquero”. Y es que Urasawa no sólo es un maestro del misterio. Su habilidad a la hora de hilvanar una ingente sucesión de tramas trufadas de saltos en el tiempo y flashbacks, su perfecta construcción de personajes -personajes por lo que podemos llegar a sufrir por todas las vicisitudes que el autor pone en sus caminos-, sus magníficas ambientaciones en sus historias o su dominio de la narración gráfica y expresiones faciales convierten al autor nacido en Fuchu, Tokyo, en todo un maestro del thriller moderno. Si hubiera que ponerle un “pero”, éste sería su gusto por extenderse y crear series de una más que considerable “larga duración”.

Junto al guionista Takashi Nagasaki -quien ya colaborara con él en los, también muy recomendables, Pluto y Master Keaton-, Urasawa comenzó a serializar el cómic a tratar hoy, Billy Bat, en la revista Morning dedicada al Seinen de la editorial Kodansha a partir de octubre de 2008. En nuestro país, así como con otras obras del autor, la encargada de ofrecernos su trabajo traducido a nuestra lengua ha recaído en Planeta Cómic. En esta ocasión, Urasawa y Nagasaki nos ofrecen un relato de metaficción en el que, entre otras cosas, nos mostrarán algunos de los entresijos de la creación comiquera. Kevin Yamagata es un dibujante de cómics de nacionalidad japonesa que trabaja en los Estados Unidos dibujando las aventuras de Billy Bat, un antropomórfico murciélago detective de gran popularidad, para la editorial Marble Comics en los años 40. Tras aceptar un caso en el que tiene que investigar la infidelidad de la esposa de un viejo adinerado, el asesinato de éste lo meterá de lleno en el embrollo de una conspiración. En plena Edad de Oro de los Cómics, compitiendo directamente con los grandes del medio -se menciona que a la altura de la serie de Wonder Woman-, la publicación de Kevin disfruta de un gran éxito. Sin embargo, y por casualidad, el joven ilustrador será informado de que en Japón existe un personaje muy parecido. Angustiado por la vergüenza de haber plagiado, aunque involuntariamente, la idea de otro, Kevin decide volver a su país de origen con la intención de encontrarse con el autor con tal de pedirle permiso para dibujar su propia versión de Billy Bat. Él piensa que es probable que ya conociera ese cómic durante su infancia y que, al crearlo mucho tiempo después en otro lugar distinto, se viera influenciado por el mismo. Pero este no será el principal problema para Kevin, ya que una vez en Japón se verá inmiscuido en un turbio asunto mucho más grande de lo jamás hubiera imaginado que guardará semejanzas con las aventuras de su personaje de ficción.

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Con esta premisa podremos adivinar en primera instancia que uno de los puntos fuertes de Billy Bat, además de la acostumbrada y típica trama de misterio que su responsable irá intrincando con objeto de engancharnos sin ningún tipo de miramiento si no somos neófitos ante su trabajo, será su ambientación. Si con Monster el autor nos ubicaba en la Alemania de la década de los ochenta o con Pluto en una versión futurista del país germano, al transcurrir su Billy Bat en los años 40, Urasawa será capaz de retratarnos, con el detallismo -vital atención a los fondos y paisajes- al que nos tiene acostumbrados, la ciudad de Nueva York de esa época o la atmósfera de posguerra, tras la Segunda Guerra Mundial, en el País del Sol Naciente bajo la ocupación estadounidense tras los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki y su posterior rendición. Si el lector se enfrenta por vez primera a una de las creaciones de Urasawa y es consumidor habitual del manga más estándar, tal vez sufra un inicial rechazo ante su dibujo, tal vez un tanto diferente si lo comparamos con otras series que podamos encontrar en el mercado. Su estilo se aleja del que, de buenas a primeras, podamos identificar como representativo. Su confección de figuras e incluso su narrativa visual es muy distinta a la que podamos ver en otros “bestsellers” venidos de Japón. Pero sin duda alguna, el dibujo es uno de los grandes atractivos de la obra -o al menos, un servidor lo considera así-.

Si el lector es fan del trabajo de Urasawa, en este primer tomo de la serie Billy Bat notaremos algo inédito hasta el momento ya que la historia, como se ha comentado con anterioridad, se desarrolla a caballo entre los Estados Unidos y el Japón de mediados del siglo pasado. Ello permite al autor poder jugar con elementos de la cultura pop como el nombre de esa editorial que se asemeja (al menos fonéticamente) a la Marvel Comics, la Mujer Maravilla de la Distinguida Competencia, la cita directa de una de las obras (“La nueva isla del tesoro”) su idolatrado Ozamu Tezuka (mostrando incluso a un personaje muy parecido físicamente) o la recreación de la situación de su país. El hecho de contar una historia con un dibujante de cómics como protagonista, propiciará que Urasawa nos ofrezca “historietas” dentro de la historieta ofreciéndonos un completo ejercicio de metaficción, como antes he señalado, que parece -por el momento- convertirse en la columna vertebral de la historia. Y, por otro lado, y ya no nos parecerá tan raro si hemos leído más del creador de 20th Century Boys, en este tomo que abre la serie ya comenzaremos a vislumbrar lo que podemos considerar como “marca de la casa”, es decir, una trama que se irá volviendo más compleja y que no carecerá de sus tan característicos giros de guión.

En conclusión, y habiendo leído solamente el primer tomo de esta serie (ya finalizada y que consta de veinte entregas), Billy Bat es el ejemplo más claro de la aplicación, reiteración e intensidad de todos sus recursos. Vemos como aquí Naoki Urasawa tiene y hace uso de todos los ingredientes ya utilizados en obras anteriores en la construcción de un relato de misterio que promete tener en vilo al lector hasta la finalización del mismo. Los detractores del genial -para un servidor- “mangaka” suelen acusarlo de intrincar y alargar demasiado sus series con interminables giros en sus argumentos para acabar desembocando en un desangelado final. Ahora mismo, y con diecinueve tomos a falta de leer su conclusión, las expectativas están altas. Billy Bat promete y no sólo eso, sino que también engancha. ¿Acaso puede sorprendernos que lo haga?

Hit-Girl en Colombia (Mark Millar, Ricardo López Ortiz)

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Titulo original: Hit-Girl #1-4 USA/ Guión: Mark Millar / Dibujo: Ricardo López Ortiz / Portada: Amy Reeder / Formato: Cartoné / Páginas: 140 pags. / Editorial: Panini Cómics / Precio: 15€. / ISBN: 978-84-9167-842-7


Hace tiempo que Dave Lizewski colgó el traje de Kick-Ass y que Hit-Girl tomara bajo su tutela a un joven aspirante a seguir con el legado. Sin embargo, una discusión con su aprendiz a superhéroe lleva a la joven Mindy a la determinación de seguir en solitario sus andanzas como justiciera. La petición de auxilio en una carta de una madre que perdió a su hijo a manos de los cárteles de la droga, llevará a Hit-Girl a la colombiana localidad de Palmira con objeto de impartir su particular justicia y venganza. 


Parece mentira lo rápido que pasa el tiempo. Miro la fecha de publicación del primer número de la miniserie “Kick-Ass” para Icon, el sello adulto de Marvel Comics, y resulta que hace ya algo más de diez años que el popular Mark Millar junto al no menos famoso John Romita Jr crearan el divertido universo del joven Dave Lizewski y todo su plantel de secundarios. Siendo ya todo un referente en ese tipo de historias de superhéroes de corte realista, en “Kick-Ass” Mark Millar dio rienda suelta a su vertiente más canalla en una suerte de “deconstrucción” del género superheroico donde profundizaba en una particular visión del “Viaje del héroe”. Todo ello aderezado con violencia explícita, palabras mal sonantes y situaciones políticamente incorrectísimas. La historia nos contaba como un pobre “Geek” adolescente -con todo lo que ello conlleva-, un auténtico paria social, decidía convertirse en alguien parecido a aquello que idolatraba, es decir, quería convertirse en un superhéroe. Tan descabellada idea no sólo lo llevó a confeccionarse su propio uniforme de la manera más banal, sino a ofrecer sus servicios a la comunidad realizando tanto tareas sencillas como enfrentándose a pandilleros, rateros y gánsteres de toda ralea. En su peculiar periplo, una de esas historias de origen de manual, no sólo creaba tendencia en la ciudad de Nueva York al inspirar a otros como él, sino que cruzaría su camino con dos figuras importantísimas para la trama: el vigilante Big Daddy y su sidekick Hit-Girl. Ambos, padre e hija, eran una versión ultraviolenta “made in Mark Millar” de los famosos Batman y Robin. A partir de su primer encuentro, esta fábula comienza a tornarse más oscura debido a que tanto Big Daddy como Hit-Girl no se anda con tonterías a la hora de combatir el crimen. Armados hasta los dientes, todas sus intervenciones acababan en una brutal carnicería. Como con ocurre con el compinche del Caballero Oscuro, Hit-Girl es prácticamente una niña. Pero para nada es una niñita indefensa. Entrenada por su progenitor, es tan letal como deslenguada. Un personaje que rebosaba carisma por los cuatro costados y que se hizo, por méritos propios, con el cariño de los lectores. En definitiva, el cómic caló hondo en el “Fandom” llegando a tener varias secuelas más en las viñetas y dos filmes (“Kick-Ass: Listo para machacar” [Kick-Ass, Matthew Vaughn, 2010] y “Kick-Ass 2: Con un par” [Kick-Ass 2, Jeff Wadlow, 2013]) que adaptaban, de forma bastante libre (1), las dos primeras miniseries del personaje. Si en los cómics el personaje de Hit-Girl se ganó nuestros corazones, su versión fílmica interpretada por una estupendísima Chloë Grace Moretz acabó por rematar la faena.

La popularidad de la joven Mindy, el alter ego de Hit-Girl, llevaría a sus creadores a publicar una serie con su nombre en la cabecera. Un relato que conectaba las dos primeras aventuras de Dave Lizewski que funcionaba como una suerte de precuela tanto para la versión “comiquera” como fílmica de la segunda parte de Kick-Ass. Estamos hablando de hace algo más de un lustro. Sin embargo, para alegría de muchos, acaba de desembarcar en nuestras librerías especializadas en cómics un nuevo título con nuestra pequeña psicópata enmascarada como protagonista con el sugerente título de “Hit-Girl en Colombia”. Un bonito tomo publicado por Panini Cómics y que recopila en su interior los primeros cuatro números de su nueva andadura editorial. Su título es un perfecto presagio de lo que podemos encontrar en su interior, ¿no? Sin ojearlo siquiera, podemos imaginar que estará plagado de escenas de acción ultraviolentas de nuestra Mindy enfrentada a cárteles colombianos de la droga salteadas con una buena guarnición de palabrotas con la que ampliar nuestro vocabulario. Y en realidad, por ahí mismo van los tiros (nunca mejor dicho) porque el cómic es un auténtico festival de sangre, violencia y miembros cercenados. Publicadas sus aventuras ahora por Image Comics, Mark Millar volvió a los personajes de Kick-Ass y Hit-Girl el pasado 2018 tras cinco años alejado de ellos. Mientras que, por un lado, el escocés comenzaba una nueva andadura para un nuevo Kick-Ass, con el personaje de Mindy se ocupaba de los primeros cuatro números de su nueva colección. Una serie que iría alternando equipos creativos y que llevaría las andanzas de la joven psicópata a lo largo y ancho del mundo. Al final de “Kick-Ass 3”, Dave Lizewski colgaba el traje de neopreno con el que combatía a los malhechores y la joven Mindy tomaba bajo su tutela a Paul McQue, un chaval que podía recordarnos al Dave de los inicios y más que probable candidato a seguir su legado. Y así es como prácticamente comienza esta nueva historia. Sin embargo, las discrepancias entre alumno y mentora acabarán con una Hit-Girl decidida a seguir su carrera en solitario y a extender internacionalmente su cruzada. Será de esta forma que, tras recibir una petición por parte de una madre que perdió a su hijo tras un fortuito y desafortunado encuentro con unos sicarios de un cartel, Mindy viaja a la colombiana localidad de Palmira con objeto de impartir justicia (o más bien venganza).

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Una vez establecida en tierras colombianas, Mindy decidirá aprovecharse del sicario Fabio Mendoza, más conocido como “Mano”, para llevar a cabo un enrevesado plan que la llevará a enfrentarse con todos los cárteles de la droga desatando, a su vez, toda una ola de violencia tan desenfrenada y sangrienta como divertida. Porque si algo diferencia esta nueva etapa de Hit-Girl de su miniserie del 2012 es el humor negro. Tenemos aquí al Mark Millar que seguramente más se echaba de menos en este tipo de (sub)productos donde su habitual Leitmotiv del espectáculo por el espectáculo, de su apuesta por la hipérbole visual, del entretenimiento palomitero y de esa ácida actitud de “cómo me mola molar” con el que ha sabido ganarse a sus legiones de fans. Tal vez el arco argumental podría haberse contado en menos entregas, pero el marketing manda y siempre hay que pensar en las recopilaciones en TPB. El arte esta vez no corre a cargo de John Romita Jr, sino del dibujante de origen portorriqueño Ricardo López Ortiz (al que hemos podido ver en la serie Zero de Alex Kot para el sello Vertigo de DC Comics o dibujando algunos números en series para Marvel Comics como Arma X o El Increíble Hulk). En esta ocasión se deja de lado el tono más oscuro de antaño y se apuesta por un look más parecido al de un videojuego con onomatopeyas haciendo las veces de divertidos efectos de sonido de 8 bits. Parece que estemos viendo un anime de Hit-Girl que hace que toda la violencia y el gore de la historia podamos tomarlo en un sentido más cómico, más como una comedia negra (al más puro estilo del enfrentamiento entre Beatrix Kiddo y los 88 Maníacos en “Kill Bill: Volumen 1” [Kill Bill: Volume 1, Quentin Tarantino, 2003]) que no se toma en serio a sí misma en ningún momento. El dibujo de López Ortiz tiene además un estilo salvajemente cinético con mucha fuerza y dinamismo. Personalmente me recuerda al estilo de Florent Maudoux y toda la troupe del colectivo “Doggy Bags” (publicada en nuestro país por la editorial Dib-buks y que recomiendo encarecidamente a todo aquel amante del terror y de las historias Pulp) y realmente le queda como anillo al dedo a un personaje como Hit-Girl.

Millar combina acción a raudales y humor negro en una historia que no trata de otra cosa que de entretener a la gradería sin dejar de lado los, un tanto desvirtuados, valores del personaje. Pese a que Mindy está ciertamente trastornada y es una psicópata en potencia, el heroísmo es una de sus metas. Seguramente ella no es consciente de que realmente está mal de la cabeza, de que es básicamente una niña en puertas de la pubertad que se dedica a matar y a mutilar a criminales y que eso, en el mundo real, no está bien. Ha sido entrenada para ello. Esa es su realidad y punto. Si a ello le añadimos el hecho de que no tiene problemas de solvencia económica para combatir el mal a escala mundial, tenemos la excusa ideal para una serie que la lleve a distintos lugares donde impartir justicia. En definitiva, un arranque prometedor para un ejercicio de evasión. A modo de Blockbuster, tenemos una historia entretenida ideal para aquellos amantes del Millar más salvaje y para los aficionados a este tipo de cómics de acción, de violencia explícita y palabras malsonantes. Debemos suponer que Panini Comics dará continuidad a las andanzas de nuestra joven justiciera y que podremos ver en un futuro los arcos argumentales con nombres tan sugerentes como Jeff Lemire, Rafael Albuquerque o Kevin Smith. Agárrense porque la vuelta al mundo de Hit-Girl no ha hecho más que comenzar.

 

(1) Tanto el guion de la primera película como el de la primera miniserie en cómic se desarrollaron el paralelo en primeras instancias y es por ello que ambos tratamientos son prácticamente iguales tanto en la pantalla como en las viñetas.  Sin embargo, al final ambas versiones tomarán caminos dispares en su desenlace.