El Rey Araña (Joss Vann, Simone D’Armini)

El Rey Araña Joss Vann Simone D’Armini (1)

Titulo original: The Spider King / Guión: Joss Vann / Dibujo: Simone D’Armini / Portada: Simone D’Armini / Formato: Rústica / Páginas: 112 pags. / Editorial: Grafito Editorial / Precio: 16 € / ISBN: 978-84-947670-2-9


Año 956 D.C. Cuando el rey del clan Laxdalo del Norte fallece, su hijo y heredero, el joven Hrolf, se ve obligado a asumir el liderazgo de su clan en una cruenta guerra contra su tío Aarek El Lobo, aspirante y usurpador del Trono, por el control del territorio. Años más tarde, cuando Aarek está cercano a la victoria, su sangriento conflicto es interrumpido por una invasión alienígena.


Si por algo se caracteriza la editorial de cómics patria “Grafito Editorial” es por su clara apuesta por el arte secuencial de calidad, teniendo como leitmotiv su prioridad por la producción nacional -en su catálogo encontramos conocidos autores de la talla de Sergio Bleda o Nacho Fernández- Pero, en ocasiones no ha escatimado a la hora de traernos propuestas de empaque del panorama internacional. Ese es el caso de la obra a tratar hoy, “El Rey Araña”, un cómic tan curioso como atrayente que nos llega desde uno de los puntos más alejados de nuestro país del globo terráqueo, es decir, Australia. Escrito por el australiano Joss Vann y dibujado por el italiano Simone D’Armini, su cómic es el resultado de un exitoso “Crowdfunding” con el que los autores intentaban dar luz su proyecto lejos de los cauces editoriales habituales. Además, el trabajo de ambos autores viene precedido por ser el finalista y ganador del “Bronze Ledger” de 2017, el premio del certamen más importante y prestigioso que se otorga en el país que vio nacer a la banda de rock ACDC.

Lo que principalmente puede llamar nuestra atención una vez tenemos en nuestras manos este bonito tomo publicado por “Grafito” es -dejando a un lado su bonita portada/homenaje al importante ilustrador ruso Ivan Yákovlevich Bilibin- el curioso “Mashup” entre la épica vikinga y la “Scifi” de invasiones alienígenas más aterradora. “El Rey Araña” cuenta la historia de dos clanes del Norte en una lucha fratricida por el control del territorio. La muerte en combate del líder del clan Laxdalo, el Rey Hallvard, deja la responsabilidad de defender el Trono a su hijo Hrolf. Éste se verá obligado a continuar la lucha y a repeler los envites de su tío Aarek El Lobo, el usurpador y aspirante al poder. Cuando éste, en el fragor de la batalla, está cercano a la victoria -y la vida de su sobrino se encuentra prácticamente en sus manos en su cruento duelo final-, la contienda se ve interrumpida por una extraña lluvia de brillantes cuerpos celestes. Realmente, y para asombro de las gentes del año 956 D.C., de entre las nubes desciende la avanzadilla de una invasión alienígena. La raza invasora, los D’givani, se caracteriza por ser una suerte de forma de vida parasitaria que necesita de un huésped anfitrión. Su líder, Slarpax, acabará poseyendo el cuerpo de Aarek para poder desatar su sed de sangre y destrucción. A menos que alguien pueda oponerse a ello.

En el plano argumental, Joss Vann nos plantea una historia tan simple como intensa. Nada de lo que leamos es nuevo, pero la manera en la cual el autor es capaz de mover a sus personajes y desarrollar la trama, con ese giro extremo hacia el terror y la ciencia ficción incluido, es tan natural, tan orgánica, que hace que el relato posea un cierto aroma a “Pulp” totalmente desinhibido. Con dos leves pinceladas, el guionista hace capaz el buen desarrollo -y “Background”- de un conjunto de personajes que se caracterizan por sus estereotipados roles. En la rotundidad de su presentación, encontraremos al héroe a su pesar que confunde imprudencia con valentía, al viejo mentor sabio, a la princesa guerrera que se opone al papel que unilateralmente ha impuesto a la mujer o al malo-malísimo. Y es que el villano de la función es una de las bazas de la historia. Un ser perverso, sin contemplaciones ni piedad, cuyas ansias por destruirlo todo sólo pueden compararse a su carisma. Junto al resto de sujetos, protagonistas de un relato que avanza de forma directa -sin prisa, pero sin pausa-, ágil y sin estancarse en elementos superfluos ni puntos muertos. Una sencillez en la que se mezclan sin pudor alguno los géneros antes mencionados, todo ello salpicado de un cierto humor negro que no sólo hace que “El Rey Araña” sea entretenido sino también divertido.

El plano artístico puede llevar a engaño, ya que detrás de ese magnífico buen hacer del romano Simone D’Armini de aire tan -podemos decir- infantil encontramos imágenes de gran impacto visual debido a su contenido explícito y violento. Detrás de ese estilo cartoon y diseño algo feísta de personajes encontramos un dibujo altamente detallista -abigarrado y barroco en ocasiones- y un muy destacado uso de la narrativa visual que nada tiene que envidiar de los grandes del sector comiquero. Sus lápices pueden recordar a los de prestigiosos patrios como nuestros David Rubín o Max o, ya en plano más internacional, a los de Mike Mignola o Duncan Fegredo. A un servidor, las páginas en las que Slarpax abduce a Aarek El Lobo han recordado a ciertos pasajes-y esto es totalmente una apreciación personal- del trabajo de Richard Case para la  “La Patrulla Condenada” (Doom Patrol) de Grant Morrison -salvando las distancias, claro está-. Todo lo comentado, al unirlo a la impactante paleta de colores de Adrian Bloch, hace que parezca sumamente fácil esa creación de atmósferas tan logradas hacen de este cómic un producto sumamente especial muy cuidado y muy recomendable.

Por el contrario -y sin que sea algo negativo-, lo cierto es que -a pesar esa primera llamada de atención antes mencionada-, y si escarbamos un poco dentro de la ficción, el mezclar la tradición o la mitología nórdica con la ciencia ficción no es algo inédito. Y el cómic no es excepción. A la cabeza me vienen obras como la imprescindible “Thorgal” de Van Hamme y Rosinki -un cómic a caballo entre la fantasía heroica y la “Scifi” en el que se nos narran la vida y aventuras de Thorgal, un hombre de otro mundo que lucha por ser aceptado por aquellos que lo consideran un extranjero- o, dentro de la producción más “Mainstream” de la “Marvel Comics”, el trabajo de Stan Lee y Jack Kirby con “El Poderoso Thor” -mitología nórdica, “Ciencia Ficción” y “Superhéroes”-, “Dios del Trueno” de Asgard. Algo que hemos podido comprobar que incluso su versión cinematográfica ha adoptado en su última entrega “Thor: Ragnarok” (íd, Taika Waititi, 2017). Sin alejarnos del “Séptimo Arte”, similar propuesta podemos encontrarla en el olvidado, pero recomendable, Film “Outlander” (íd, Howard McCain, 2008) en el que se metían en la batidora películas como “Alien: El Octavo Pasajero” (Alien, Ridley Scott, 1979), “Depredador” (Predator, John McTiernan, 1987) o “Pathfinder, el guía del desfiladero” (Veiviseren, Nils Gaup, 1987) y se nos presentaban a dos seres venidos de otro mundo que convertían nuestro mundo, en la Noruega del año 709 D.C. y con sus atónitos vikingos convertidos en carne de cañón, en su particular campo de batalla. Una aventura de alto voltaje que pasó con más pena que gloria, pero cuyo visionado no puede ser más entretenido -a lo que añadir la presencia de los grandes John Hurt y Ron Perlman-.

En conclusión, “El Rey Araña” es una propuesta altamente recomendable para aquellos que tengan necesidad de leer algo sencillo, pero directo. Joss Vann y Simone D’Armini -sin olvidar la importancia del color de Adrian Bloch- nos ofrecen un producto muy entretenido, muy ágil y con un aspecto visual más que atractivo. Una lectura muy disfrutable la que nos trae “Grafito Editorial” en su afán por acercar al público -es decir, a nosotros- propuestas de calidad y alejadas de los estándares y tendencias más comerciales de nuestro mercado. Sin duda, un título a tener en cuenta. tener en cuenta.

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Esposas prohibidas de siervos sin rostro en la mansión secreta de la noche del aciago deseo (Neil Gaiman, Shane Oakley)

Esposas prohibidas de siervos sin rostro en la mansión secreta de la noche del aciago deseo Neil Gaiman Shane Oakley (1)

Titulo original: Neil Gaiman’s Forbidden Brides of the Faceless Slaves in the Secret House of the Night of Dread Desire / Guión: Neil Gaiman / Dibujo: Shane Oakley / Portada: Shane Oakley / Formato: Cartoné / Páginas: 56 Págs. / Editorial: Planeta Cómic / Precio: 15,95€ / ISBN: 978-84-9146-738-0


Es medianoche y en algún lugar un escritor toma su pluma con la intención de crear una terrorífica narración. Pronto se dará cuenta de que, instintiva e inconscientemente, no solo hará uso de todos los clichés de la tradición gótica, sino que sus escenas no estarán carentes de elementos cómicos que restarán verosimilitud a la narración. Si eso no fuera poco, las continuas interrupciones de un cuervo parlante, de elementos sobrenaturales escondidos tras cuadros que cuelgan de las paredes, o de su grotesco mayordomo acrecentarán su bloqueo de escritor.


La figura de Neil Gaiman no solo no es desconocida para el aficionado a las viñetas, sino que aquellos que le siguen la pista con fervor tienden al “Endiosamiento” de su trabajo. No es para menos, ya que la imaginación del guionista y escritor británico concivió uno de los mayores “Best Sellers” de todos los tiempos del mundo del cómic. Una obra que sucesivamente se reedita y maravilla a todo aquel que por vez primera se adentra en su fantástico mundo. Me refiero, por supuesto, a “Sandman” (The Sandman, Neil Gaiman, 1989-1995), buque insignia del sello “Vertigo” de Karen Berger en la “DC Comics” de las décadas de los ochenta y noventa. Las aventuras y desventuras de Morfeo dieron fama y popularidad (Y, suponemos, grandes réditos económicos) a Gaiman y, posteriormente, no solo siguió desarrollando su carrera en el “Noveno Arte”, sino que también probó fortuna, con óptimos resultados, como escritor, ya sea con novelas como su “New Gods” o “Coraline” -ambas adaptadas, una a la pequeña pantalla y la otra en una magnífica cinta realizada por el “Estudio Laika”- así como cuentos cortos. Precisamente, el cómic que trataremos hoy es la traslación al arte secuencial de uno de sus cuentos. Bajo el larguísimo título de “Esposas prohibidas de siervos sin rostro en la mansión secreta de la noche del aciago deseo”, la editorial estadounidense “Dark Horse” se ha encargado de publicar -tras el éxito de la previa “How to Talk to Girls at Parties”– esta adaptación al cómic del relato de Gaiman titulado “Forbidden Brides of the Faceless Slaves in the Nameless House of the Night of Dread Desire” -que se encuentra en su heterogénea recopilación “Fragile Things” (Traducida en nuestro país como “Objetos Frágiles”)- que, además, se hizo con el galardón al “Mejor relato corto” en los prestigiosos “Premios Locus” en 2005.

“Esposas prohibidas” (Reduciremos de ahora en adelante así el título) es una historia donde el británico nos demuestra que no solo es un gran escritor, sino también un ávido lector y conocedor de la tradición literaria, concretamente la gótica -entre otras-. Ésta misma es a la que el creador de Tim Hunter -protagonista de “Los Libros de Magia” (Books of Magic, Neil Gaiman, 1990)- intenta (Y logra) satirizar contándonos cómo un escritor poco avezado en la ficción, bajo la luz de las velas en una oscura y lóbrega noche, batalla contra su bloqueo a la hora de crear una obra de terror. Su natural tendencia a insertar ciertos elementos no faltos de “Comicidad” en su relato frustra sus ambiciones. Desafortunadamente, la presencia de cuervos parlantes, una espeluznante música de fondo, gritos en la noche o duelos a muerte -es decir, toda una plétora de convencionalismos del folletín gótico decimonónico- entorpecen la narración de la damisela en apuros que se supone protagonista de su novela. Amelia es una belleza de cabellos negros que corre como alma que lleva el Diablo a través de un bosque oscuro hacia un castillo gótico. En su huida, topará con fantasmas, secretos y antiguas maldiciones. Sin embargo, allí donde debería reinar la pesadumbre y la tristeza, tiene resultados tan patéticos como ridículos. Es por ello que esta historia dentro de otra historia nos mostrará cómo el autor -interpelado en varias ocasiones por su desagradable mayordomo, así como por un ave de carroña parlante- intentará hacer algo totalmente diferente: Escribir una historia de fantasía. Sin embargo, lo que se entiende por fantasía en este ficticio mundo gótico no es lo que nosotros, como lectores, entendemos como tal.

No nos encontramos con la mejor cara de Neil Gaiman. Aunque, por otro lado, todo lo que este hombre escribe -incluido lo irregular- se encuentra en un nivel muy superior a la media. La calidad de su trabajo es indiscutible. El padre literario de Morfeo, Muerte y el resto de su peculiar familia es capaz aquí de construir un relato muy entretenido repleto de todo tipo de referencias a la literatura gótica -e incluso a todos aquellos convencionalismos de los que hemos podido ser testigos en adaptaciones a la gran y pequeña pantalla-. Gaiman nos intenta adentrar en un mundo donde lo sobrenatural forma parte de la cotidianidad, a la vez que ésta -lo mundano- forma parte del misterio. Es en esta tesitura donde el ficcional escritor es incapaz de vencer su bloqueo de escritor que se ve perjudicado por las incesantes interrupciones de elementos que -en nuestro mundo, el real- se considerarían extraordinarias y que aquí son meras molestias para el protagonista. Y es que mientras él quiere escribir algo serio, un pedazo de vida, su tía encerrada en el ático aúlla como una loca, o en el retrato colgado de una pared son recitados ciertos encantamientos por parte de criaturas sobrenaturales. Distracciones que, todo aquel que se haya sentado frente a la “Famosa” hoja en blanco, habrá tenido que sortear -aunque, en mi caso por ejemplo, carecen de tanto glamour- con tal de poder concentrarse y ponerse en faena. Es más que probable, que esta forma de “Girar la tortilla” tan típica de Gaiman pueda provocar que el lector esboce una sonrisa. Sin dejar de mencionar que este contraste entre lo oscuro y el terror conjugado con diálogos ingeniosos y divertidos supone que la lectura del cómic sea entretenida. Como he mencionado con anterioridad, no es lo mejor que podemos leer del escritor inglés pero, sin duda, está muy por encima de la media.

Pero si hay algo que destacar de este “Esposas prohibidas” es su apartado gráfico. Encargado de ello es el dibujante Shane Oakley, autor con más de 20 años de trayectoria en el medio, pero que podríamos considerar como prácticamente desconocido. Revisando su trabajo, gracias a la red de redes, podemos destacar su participación en la miniserie “Albion”, publicada por “Wildstorm Studios” en 2006 bajo una idea de Alan Moore que tanto su hija, Leah Moore, como su marido, John Reppion, desarrollarían después. El arte de Oakley no solo es interesante y casa perfectamente con el mundo oscuro, gótico, que Neil Gaiman nos plantea, sino que es totalmente capaz de crear la atmósfera terrorífica a la que se presta el relato.

Detallista hasta el extremo, en sus viñetas podemos encontrar la totalidad de las descripciones que Gaiman ofrece con sus textos. Incluso se pueden ver detalles aparentemente insignificantes como, por ejemplo, la luz blanca del fuego reflejándose en la cara de la doncella. Su adaptación al blanco y negro -con su plasmación de una realidad envuelta en negras siluetas- proporcionan una intensa experiencia visual. El uso de ciertos toques de color en ciertos momentos de la narración, realza el interés en ellos. Asistido por el color de Nick Filardi, su muy sutil paleta de colores está intrínsecamente relacionada con las escenas más dramáticas de la ficción siendo poseedoras de gran impacto en la historia. Si tuviera que resumir, en una palabra, el trabajo de sus responsables, ésta sería sin ninguna duda excelente.

En definitiva, “Esposas prohibidas de siervos sin rostro en la mansión secreta de la noche del aciago deseo” -publicada en nuestro país por Planeta Cómic en un bonito tomo cartoné- es una de esas historias entretenidas resultantes de la faceta más traviesa de Neil Gaiman. Una broma ingeniosa, caprichosa e inteligente de uno de los escritores más interesantes que ha dado el cómic -y la ficción en general- que se encuentra magistralmente acompañada por el arte de un dibujante, Shane Oakley, al que no deberíamos perder la pista -incluso si se prodiga poco-. No puedo más que recomendar al lector que se haga con un ejemplar y lo juzgue él mismo. Tan solo la hermosura de su aspecto visual justifica el acercamiento a este cómic. Se lo aseguro.

Oblivion Song nº 1 (Robert Kirkman, Lorenzo de Felici)

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Titulo original: Oblivion Song / Guión: Robert Kirkman / Dibujo: Lorenzo De Felici / Portada: Lorenzo De Felici / Formato: Rústica / Páginas: 144 pags. / Editorial: Planeta Cómic / Precio: 15’95€ / ISBN: 978-84-9173-081-1


Una misteriosa brecha abrió un portal dimensional en la ciudad de Filadelfia. 300.000 de sus ciudadanos desaparecieron siendo sustituidos por feroces criaturas monstruosas que sembraron el caos y la muerte a su alrededor. 10 años después de tal fatídico acontecimiento, la sociedad americana trata de pasar página. Sin embargo, Nathan Cole no se ha rendido. Gracias a su tecnología es capaz de atravesar la brecha que lleva a Oblivion con el objetivo de encontrar supervivientes en tal peligroso e inhóspito paraje.


Robert Kirkman es, quizá, una de las figuras mejor establecidas dentro del panorama del cómic mainstream americano junto con colegas de profesión como Brian K. Vaughan, Jason Aaron o Rick Remender, por nombrar algunos nombres de sobrada calidad. Proveniente del mundillo indie, su buen hacer contribuyó en buena medida en su escalada por el sector editorial convirtiéndolo en uno de los más reconocidos guionistas del otro lado del Atlántico. Pese a que su faceta más emprendedora y empresarial (ya sea como responsable o como productor ejecutivo en las series de televisión que adaptan sus obras) impida que se prodigue demasiado, esporádicamente el autor es capaz de ofrecernos novedades “comiqueras” para nuestro deleite. Y es que el que fuera el creador de dos de las más mediáticas series en el seno de Image Comics, por supuesto me refiero a Invencible y Los Muertos Vivientes, ha estandarizado de tal manera su forma de hacer las cosas que, a priori, sabemos perfectamente a qué exponemos nuestras expectativas ante el anuncio de nuevos trabajos por su parte. Es por ello que su Oblivion Song no suponga una sorpresa para los lectores más avezados, pero sí una nueva visión vigorizante de Robert Kirkman de un relato de ciencia ficción con el que encandilarnos de nuevo.
Oblivion Song sitúa su acción diez años después de un trágico acontecimiento que trastocó a la sociedad de los Estados Unidos. La premisa es bastante simple, pero al tratarse del creador de The Outcast, sabemos que (sin prisa, pero sin pausa) irá adquiriendo multitud de capas que conformarán un relato más complejo. Una gran porción de la ciudad estadounidense de Filadelfia ha sido sellada tras la invasión de cientos de monstruos provenientes de otra dimensión. Sólo una década antes, 300.000 de sus ciudadanos desaparecieron de la faz de la Tierra en aquello que los supervivientes conocen como Oblivion (que se podría traducir a nuestra lengua como el Olvido), una dimensión paralela poblada por extrañas, salvajes y violentas criaturas. Un misterioso fenómeno abrió una brecha interdimensional por la cual la ciudad fue invadida por tales monstruos brutales sumergiendo a sus ciudadanos en un mundo de pesadilla.
A semejanza de su creación más exitosa, Los Muertos Vivientes, Kirkman comienza (o más bien desgrana su relato) mucho tiempo después del trágico evento al que se conoce como “La Transferencia”. Otro autor tal vez nos hubiera puesto en situación durante el atractivo escenario de la invasión monstruosa. Pero su creador tiene la clara intención de que la historia vaya por otros derroteros. De esta manera se nos presenta a su protagonista, Nathan Cole. Tras el abandono, por parte de la Administración de los USA, de las tareas de rescate, Cole dedica su vida a “visitar” diariamente Oblivion, gracias a su tecnología de fabricación propia capaz de traspasar las distintas realidades, con el objetivo de traer de nuevo a nuestra dimensión a todo aquel pobre desdichado que quedase atrapado allí. El hallazgo de dos nuevos supervivientes, un matrimonio que llevaba diez años subsistiendo en tan hostil paraje, proporcionará a Kirkman la forma de narrarnos, con pequeñas y sutiles pinceladas, los acontecimientos del trágico momento vivido por la humanidad como si de un fatídico 11S se tratase. Algo de lo que el resto ha decidido pasar página, pero que Cole ha convertido en su obsesión personal debido a que su hermano Ed acabó perdido en Oblivion. Su reticencia a abandonar su búsqueda, pese a no contar con el apoyo gubernamental, le granjeará como mayor enemigo al propio Ejército de los Estados Unidos que no verá con buenos ojos su clandestina actividad. Y es que la aparición, con cuenta gotas, de nuevos supervivientes podría abrir un delicado debate en el seno de la sociedad. ¿Quedarán más personas atrapadas en Oblivion? Si es así, ¿por qué el Gobierno ha decidido dejarlos atrás?
La brutal realidad alternativa proporciona a Kirkman parte del enfoque de su Oblivion Song convirtiéndolo en uno de los hilos conductores del drama y de la acción. Un mundo inhóspito donde el silencio destaca sobre todo lo demás. Un silencio que denota peligro sin parangón. Sin embargo, los lectores más curtidos ya sabemos a que atenernos ante un nuevo trabajo del creador de Invencible. Kirkman construye su relato con su habitual “savoir faire”, es decir, con el desarrollo de sus protagonistas a través de sus diálogos y acciones, una exquisita planificación de su relato y una serie de giros en su guion que irán acrecentando el misterio a medida que vayamos pasando páginas. Ingredientes que hacen del trabajo del guionista de Kentucky un producto totalmente adictivo (o con altas capacidades de enganchar al lector). Con sólo un puñado de personajes, el autor consigue que nos sumerjamos en la historia. Sus interrelaciones acabarán por transmitirnos sus emociones, inquietudes y secretos además de plantearnos dudas e incluso ciertas cuestiones morales acerca de su comportamiento e idiosincrasia. Definitivamente, Kirkman sabe cómo escribir a sus individuos y hacerlos totalmente creíbles y reales. Y es que el corazón del drama de esta nueva historia del responsable del sello Skybound proviene de la tensión existente entre Nathan Cole y Washington motivada por su discordancia. Mientras los gobernantes apuestan por dejar atrás el pasado, Nathan se niega a ver el fracaso de su sociedad tallado en la piedra del monumento conmemorativo de turno dejando en el aire posibles conexiones con las discusiones (reales esta vez) sobre el control de armas o implicación en foráneos conflictos armados de su país. Un debate que no se limita (o se reduce) a la simple confrontación entre lo correcto y lo incorrecto, sino que se plantea como dos enfoques basados en la naturaleza humana del individuo proporcionando una base comprensiva a los enfoques de ambos extremos.
El apartado gráfico corre a cargo del debutante (si no tenemos en cuenta portadas variadas, dos números de The Amazing Spiderman donde asistía a Stefano Caselli y otros trabajos menores para Image Comics) Lorenzo de Felici. El italiano otorga un extremado barroquismo al fantástico mundo de Oblivion donde destacan un increíble colorido (responsable de ello es gran medida la magnífica paleta de Annalisa Leoni) y un detallismo preciosista en la conformación de un mundo post-apocalíptico muy alejado de los habituales estándares donde la naturaleza ha transformado completamente la piedra y el acero de la anterior metrópoli. Un estilo que acerca el resultado final al grafismo del mejor cómic europeo. La narrativa del autor y su disposición y diseño de páginas así lo demuestran. Sin duda, todo un lujo para Kirkman contar con un talento semejante para plasmar sus ideas. Lo mismo podríamos decir de su capacidad de crear imposibles criaturas monstruosas, pese a que pequen de ser demasiado abigarradas y crear cierta confusión en el lector. Un bestiario tan digno como el que podamos encontrar en productor semejantes como el AIDP del Universo creado por Mike Mignola para sus historias de Hellboy.
Planeta Cómics, en un inédito ejercicio de sincronización editorial con el resto de mercado europeo y americano, nos ofrece un primer TPB de Oblivion Song en el cual se recopila el primer arco argumental de la serie compuesto por sus seis primeros números. Un tomo que nos sirve de presentación y que parece sentar las bases de una historia que, a priori, tiene papeletas de convertirse en otro éxito para Robert Kirkman. El guionista sabe escribir historias, sabe crear personajes y sabe cómo engancharnos con sus radicales giros argumentales y sus ficciones cocinadas a fuego lento. Oblivion Song, por supuesto, no es ajena a todo ello. No es que la nueva serie de Image sea algo nuevo u original. Todo lo contrario. Su premisa puede incluso recordarnos a historias como La Niebla de Stephen King o la serie de televisión Los 4400. Sin embargo, el buen hacer de Kirkman convierten su producto en algo altamente recomendable si somos fans de su trabajo. En caso afirmativo, sabemos a lo que nos atenemos. No sabemos que deparará el futuro a Nathan Cole, ni si sus aventuras acabarán trasladadas a la pequeña pantalla. Sin embargo, sí sabemos que estaremos ahí para comprobarlo.

 

Los Malditos (Jason Aaron, R.M.Guéra)

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Titulo original: The Goddamned / Guión: Jason Aaron / Dibujo: R. M. Guéra / Portada: R. M. Guéra. / Formato: Rústica / Páginas: 160 Págs. / Editorial: Planeta Cómic / Precio: 16,95 € / ISBN: 978-84-9146-784-7


1655 años después de la expulsión de los primeros hombres del paraíso, la humanidad está al borde de sufrir su primer Apocalipsis en forma de Diluvio Universal. El ser humano ha sucumbido a sus instintos más primarios y la tierra es un yermo baldío donde la crueldad y la depravación campa a sus anchas. En un mundo tan desprovisto de futuro, una figura solitaria y maldita, heredero de los primeros seres bendecidos por la mano de Dios, recorre sus parajes sin la mínima intención de que nadie se cruce en su camino. Y si alguien lo hace y es hostil a su persona, no será piedad lo que encuentre.


He de confesar que, pese a no profesar la fe, siempre me ha parecido muy interesante y edificante, la lectura del Antiguo Testamento. La considerada primera parte de la Biblia por el canon cristiano se compone de historias y relatos de tal intensidad capaces de hacer volar la imaginación de todo aquel que se preste. Desde la creación de todo y los albores de los tiempos, esta colección de pretéritos escritos nos relata, entre otras cosas, la osadía del hombre frente a la veneración de un Dios vengativo e inmisericorde al cual no le temblaba el pulso a la hora de imponer su palabra y su ley.

Pasajes como el de la construcción de la Torre de Babel, el largo vagar del éxodo judío, la devastadora y cruel destrucción de Sodoma o el destierro del Paraíso de la más personal obra de Dios -y por la cuenta que nos trae-, el hombre (una creación que incluso inspiraría una suerte de Guerra Civil entre sus huestes celestiales), poseen un atractivo nada fácil de esquivar para cualquier creador de ficciones que pueda sentir interés por ellos. De entre todas estas narraciones, siempre ha habido una que ha atraído a quien suscribe estas palabras -por un lado, al ya peinar ciertas canas y recibir una educación lejana a los laicos estándares actuales, la lectura de los Textos Sagrados formaba parte del día a día de mi centro escolar y, por el otro, con dicha historia solía ejemplificar Sor Clara, la vetusta monjita -con una mano muy larga y excesivamente veloz, me atrevo a añadir- que nos impartía la asignatura de religión, uno de los Pecados Capitales más extendidos en nuestra sociedad, es decir, La Envidia.

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Dice el libro del Génesis que Caín fue el primogénito de Adán y Eva fuera del Paraíso -del que fueron desterrados tras la consabida historia de la manzana y la serpiente con la que la monjita de mi colegio trataba que nosotros, unos imberbes chavalines, tratáramos de sentirnos mal-. Contándolo -como se suele decir- “Deprisa y mal”, Caín tuvo un hermano, Abel, y un día el Dios del Antiguo Testamento les pidió una ofrenda. Abel, al ser pastor, ofreció en su altar “Las primeras y mejores crías de sus ovejas”. Caín, por su parte, el fruto de la cosecha de los campos que él mismo – ¿decía? – labraba. La preferencia por la ofrenda de Abel por parte de Dios provocó el origen del capital pecado mencionado, el primer asesinato de la historia del hombre y la cólera de nuestro Creador -según La Biblia- hacia Caín. Éste fue maldecido y se vio obligado a vagar por la Tierra. No sólo eso, sino que con la intención de que nada pudiera interponerse ante su castigo, se le colocó una marca que lo hacía inmortal y cuya maldición caería sobre todo aquel que intentara atentar contra su vida. No me dirán ustedes que esta fábula no es un caldo de cultivo ideal con el que crear un interesante relato del tipo Espada y Brujería como los escritos por el magnífico Robert. E. Howard, por ejemplo. Tenemos un Anti-Héroe maldito y todo un mundo inhóspito y salvaje que explorar lleno de primigenios seres humanos adictos a pecar y bestias salvajes campando a sus anchas. ¿No es genial? Y es que siempre imaginé a Caín como si de una especie de “Conan, el Bárbaro” se tratase. Tal y como el Cimmerio en sus aventuras, Caín vagabundearía por un mundo parecido al de la Era Hiboria y se enfrentaría a mil y un peligros con los que poner a prueba de su condición de maldito. La vertiente más Pulp de la Biblia y al alcance de cualquiera. Hay veces que maldigo no tener ni un ápice del talento que tiene el guionista nacido en Jasper (Alabama), Jason Aaron.

Y es que el creador de Scalped nos ofrece eso mismo en su último trabajo, The Goddamned (traducido aquí como Los Malditos), que Planeta Cómic comienzó a publicar en nuestro país con su primer Trade paperback que alberga los primeros cinco números de la serie. Aaron sitúa la acción 1655 años tras la expulsión del Edén de los primeros seres humanos ofreciéndonos la visión de un mundo que se ha convertido en un infierno total. Los seres humanos son un experimento fallido y han sucumbido a sus instintos más primarios. Como decía el creador de Conan, Robert E. Howard, la humanidad dejará de lado la artificial civilización para virar a su estado natural, la barbarie. Y es ahí donde Jason Aaron nos abre la puerta para que nos sumerjamos en un paisaje totalmente Post-Apocalíptico y relatarnos su peculiar historia de Caín en clave de Western Crepuscular. En los momentos inmediatamente previos a la inminente purga, por parte de Dios, en forma de Diluvio Universal, el primero de los hijos de Adán y Eva caminará por su desolada realidad sin intención alguna de interactuar con sus semejantes, aquellos cuyos instintos de supervivencia los ha convertido en depredadores frente a los más débiles. Presentándonoslo como un personaje de misterioso pasado, parco en palabras y frío carácter (como si del Hombre sin nombre de los Spaghetti-Westerns de Sergio Leone o del Max Rockatansky de la tetralogía Mad Max: El guerrero de la carretera de George Miller se tratase), Caín acabará interponiéndose en el camino del malo de la función interpretado por Noé. Y no nos encontramos ante esa imagen bucólica de un señor que se dedicaba a construir un gigantesco navío -su famoso Arca- con el que poder salvaguardar una pareja de animales de cada especie de la Tierra sino ante una figura mucho más siniestra, mucho más oscura, depravada y cruel. Si Caín es el Max Rockatansky antes mencionado, Noé es sin duda el icónico Humungus de la segunda entrega de la saga de George Miller (Mad Max 2: El Guerrero de la Carretera [Mad Max: the road warrior, George Miller, 1981]) por el carácter nómada de su violento y peligroso clan.

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Jason Aaron no escatima en violencia, en salvajismo, a la hora de retratarnos a una humanidad en sus horas más bajas y a un “Anti-héroe” de vuelta de todo al que un pequeño “Incidente” hará cambiar -pero siempre con cautela- su parecer respecto a sus prójimos. A semejanza de sus homónimos cinematográficos antes citados, a Caín le moverá en primera instancia su propio interés personal para luego prender la pequeña chispa de esperanza hacia sus congéneres. ¿Serán estos dignos y merecedores del beneficio de la duda? Sólo la lectura de “Los Malditos” podrá satisfacer la curiosidad del lector. Si la trama del cómic me ha resultado apasionante y de grata lectura, lo mismo puedo decir de su apartado gráfico. El ilustrador de origen serbio Rajko Milošević, conocido popularmente como R. M. Guéra, que ya colaboró con anterioridad con Jason Aaron en la mencionada Scalped -otro Western de tono Noir de recomendada lectura-, ofrece aquí un soberbio trabajo a la hora de presentarnos el Post-Apocalíptico paisaje salido de la mente del guionista de Alabama. Sin duda su estilo feísta casa perfectamente con el tipo de relato que ambos nos ofrecen, a lo que hay que añadir la increíble labor a la paleta de colores de Giulia Brusco que, con el uso de áridas tonalidades, hacen más creíbles -si caben- estériles e infecundas tierras por las que campan sus personajes.

Ambos artistas cumplen con total solvencia mostrarnos la cruda crueldad de un mundo sin piedad que su guionista ha creado para la ocasión plasmando a la perfección la violencia y con una narrativa visual totalmente cinematográfica que convierte a este Los Malditos en uno de esos cómics que hay que tener en las estanterías de toda comicteca que se precie. En conclusión, increíble arranque de esta serie. Si se necesitaban razones para rendir culto a Jason Aaron y R. M. Guéra, puedo darles una en forma de tomo en rústica que recopila los primeros números de la colección. Seguro que, tras su lectura, más de uno mirará La Biblia con otros ojos.

Los Malditos Jason Aaron R. M. Guéra

Juan Buscamares (Félix Vega)

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Titulo original: Juan Buscamares / Guión: Félix Vega / Dibujo: Félix Vega / Portada: Félix Vega / Formato: Cartoné / Páginas: 216 págs / Editorial: Planeta Cómic / Precio: 30€ / ISBN: 978-956-360-281-4


Juan recorre los largos e interminables desiertos en los que se ha convertido los océanos de antaño tras una apocalíptica hecatombe que ha reducido a la Humanidad a meros seres movidos por un instinto de supervivencia que ha sacado a flote la cara más primaria del ser humano. Un mundo lleno de podredumbre en el que la Ley del más fuerte campa a sus anchas. En su camino topará con Aleluyah, una atractiva mujer que ha sido utilizada como moneda de cambio sexual por parte de su familia para poder conseguir agua, el bien más preciado en el nuevo status quo de nuestro planeta. Será a partid de ese momento que Aleluyah abrirá los ojos a Juan ante un nueva espiritualidad que creerá que el es una especie de nuevo mesías, el Buscamares, aquel que encontrará de nuevos los mares.


La civilización, tal como la conocemos, ha llegado a su fin. Debido a una catástrofe, suponemos originada por el hombre, de graves connotaciones apocalípticas, el Mundo, nuestro planeta Tierra, se ha convertido en un inmenso y devastado yermo donde la falta de recursos ha sacado a la luz la cara más salvaje y repugnante de la civilización que poblaba en el pasado sus ciudades. Los mares se han convertido en inmensos desiertos donde los grandes y gloriosos buques que surcaban los océanos se amontonan junto a los restos de sus antaño moradores marinos. La búsqueda del bien más preciado, es decir, el agua, es la causa de que los instintos más primarios del Hombre agudicen su natural instinto de conservación. Como ya dijo Robert E. Howard -creador de Conan, el bárbaro-, “La barbarie es el estado natural de la humanidad”.

Juan, nuestro protagonista, recorre, sin rumbo fijo, los inmensos desiertos en busca del preciado líquido elemento. En su camino se encontrará con todo tipo de podredumbre humana a quien la necesidad ha llevado a la práctica de comportamientos realmente extremos. Los restos de la humanidad se reducen a pequeños grupúsculos de individuos que se debaten entre el militarismo sin contemplaciones ni piedad o el peligroso sectarismo que produce la religión. Una realidad que bien puede recordarnos, como principal referente, a la saga cinematográfica Mad Max. Sin embargo, a diferencia de la tetralogía ideada por el cineasta George Miller, aquí encontramos también un relato post-apocalíptico con tintes de ciencia ficción cargado de simbolismo religioso y referencias variadas al folclore del lugar de origen del autor, el chileno Félix Vega.

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Artista de larga trayectoria y proyección internacional, Félix Vega puede presumir de que el dibujo y la ilustración corren por sus venas. Hijo de la artista plástica Ana María Encina Lemarchand y el -también- historietista Oscar Vega (Oskar) -creador de Mampato, una de los cómics más populares de su país natal, Chile, y en el que se cuentan las aventuras de un niño que, tras ayudar a un alienígena a proteger su planeta natal, obtiene un cinturón espacio-temporal que le permite viajar por el tiempo y el espacio-, el joven Félix se inició en el mundo de las historietas a temprana edad con claras inquietudes referenciadas en el “Metal Hurlant” europeo y convirtiéndolas en influencias de cabecera de su trabajo. El paso de los años y la calidad de su obra, lo han convertido en un claro referente del noveno arte latino-americano. Ahora, la editorial Planeta Cómic recupera en un precioso tomo toda la saga de Juan Buscamares en una edición corregida a la que se han añadido páginas y extras. Publicada entre los años 1996 y 2003, la totalidad de la historia se compone de cuatro álbumes cuyos títulos -El agua, El aire, La tierra, El fuego- evocan al nombre de los elementos de la naturaleza.

Detrás, o delante, de cada héroe se hace casi indispensable que haya una (gran) mujer. En el caso de Juan Buscamares, la importante fémina será el personaje representado por Aleluyah. Ella es una atractiva mujer -siempre vestida de blanco para destacar su mensaje simbólico de presencia angelical para nuestro protagonista- que huye de su pasado. Una mujer dura, de encallecido carácter, cuya familia ha obrado cual proxeneta al prostituirla a cambio de agua. Dulce, sexy, pero también letal cual femme fatale. Aleluya supondrá la principal fuente de problemas para Juan, así como su tabla de salvación. Allanando el camino hacia el conocimiento por parte de Juan, a quien acaba considerándose como una especia de Mesías, de una nueva espiritualidad representada por un pequeño grupo de mutantes, la escala más baja en el nuevo estatus social, que cruzará su camino con ambos dos. En definitiva, Aleluya es también el componente erótico del relato. Su diseño, su forma de dibujarla, evidencia la influencia de Milo Manara en el trazo de Félix Vega. No en vano, Vega es una gran dibujante de mujeres e incluso sustituyó a Horacio Altuna -cuando no daba abasto- en la edición española de Playboy (un puesto para el que fue sugerido por otro grande, George Bess).

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No será sólo Milo Manara el único autor que podamos ver reflejado en la historia de Juan Buscamares. Otra influencia a destacar -y que viene como anillo al dedo a un relato de ciencia ficción tan imaginativo como loco/lisérgico ante el que nos encontramos- es la de Moebius. Y es que muchas de las viñetas de esta historia destilan el alma del genio francés fundador -entre otras muchas cosas- de Les Humanoïdes Associés, cuna del arte secuencial más experimental y la ciencia ficción más pasada de vueltas y más influyente del siglo pasado.

Juan, en su herrumbroso vehículo, vagabundea por un interminable desierto. Así es como se nos presenta ofreciéndonos una primera alusión al aviador protagonista de El Principito de Antoine de Saint-Exupéry. Personaje que aparece en repetidas ocasiones cuando nuestro protagonista sufre sus alucinaciones proféticas. Y si de profetas hablamos, la clara alusión al Bautismo de Cristo por parte de un personaje parecido al Juan Bautista remarca el simbolismo religioso del relato. Y es que a Juan (Buscamares) se le anuncia como aquel Elegido que traerá de vuelta los océanos. Todo ello sin dejar de lado el folclore del país del que procede el autor, Chile, con la inclusión de elementos de la tradición inca, entre ellos los Capac Cochas, unos niños que eran enterrados en las cimas de las montañas como ofrenda a los dioses al tiempo que se les consideraba “viajeros espacio/temporales”. Algo, esto último, que servidor emparentaría también con la obra del guionista/chamán -creador de El Incal, una obra clave del cómic- Alejandro Jodorowsky, curiosamente paisano de Félix Vega.

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Nos encontramos ante una obra en la cual podemos observar la evolución del artista. Es totalmente evidente el aspecto de obra primeriza que ofrece en sus primeros momentos y, a medida que avanza la historia, el estilo de su autor transmuta.  A medida que avanzan los álbumes -aquí los distintos capítulos- podemos apreciar, no sólo un cambio en el estilo del dibujo sino también en su paleta de colores. Comenzamos de una composición de página llena de viñetas al principio a una muy diferente en el último segmento. Incluso se hace patente como se va virando hacia la economía de palabras con la clara intención de que sea el dibujo el que marque el camino de la narración.

Como conclusión, Juan Buscamares tiene lo mejor de la sci-fi más experimental, más simbólica e incluso más lisérgica del estilo de los autores que publicasen en Metal Hurlant. Una historia curiosa a la par que apasionante, llena de detalles, símbolos y misterios además del atractivo que ofrecen este tipo de distopías post-apocalípticas. Sus personajes, bien construidos, nos ofrecen un viaje por a peor cara del Ser Humano, a la vez que tememos por su propio bienestar. Outsiders dentro de un caótico nuevo orden social donde prima la Ley del Más Fuerte. Todo ello aderezado con un impresionante arte en constante evolución en el que, el artista, refleja toda su “cómic-filia” y los artistas de los que ha bebido. Sin duda, la última recopilación de esta obra publicada por Planeta Cómic, un cómic que llevaba más de una década sin volver a editarse en nuestro país, es una gran oportunidad para descubrir y maravillarse con el increíble Universo de Juan Buscamares.

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El Hombre Menguante (Ted Adams, Mark Torres)

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Titulo original: The shrinking man / Guión: Ted Adams / Dibujo: Mark Torres / Portada: Mark Torres / Formato: Cartoné / Páginas: 112 pags / Editorial: Planeta Cómic / Precio: 14,95€ / ISBN: 978-84-914-6064-0


Durante una travesía en barco, Scott Carey es cubierto completamente por una misteriosa niebla de origen radioactivo. Días más tarde, Scott descubrirá, para su propio horror, que su cuerpo está menguando a una velocidad de tres milímetros y medio diarios. La ciencia se verá incapaz de darle solución a su problema y la vida cotidiana de Scott se convertirá en un horror al ser, sus semejantes, incapaces de comprender su sufrimiento.


La importancia de la obra y la figura del escritor norteamericano Richard Matheson es innegable. Seguramente el grueso del “Gran Público” desconoce cómo sus relatos, novelas o guiones tanto para ficciones televisivas como para largometrajes han influido en figuras tan famosas -y ahora consideradas como “Grandes” en sus disciplinas- como Steven Spielberg, Stephen King o George A. Romero entre otros muchos. Recordemos que el fundador de la “Amblin Entertainment” sorprendió a propios y extraños con la adaptación de uno de sus relatos. Me refiero, por supuesto, al “El Diablo sobre ruedas” (Duel, Steven Spielberg, 1971), una “T.V. Movie” con la que el director de “Tiburón” (Jaws, Steven Spielberg, 1975) cosechó muy buenos resultados -llegando incluso a poder estrenarla en salas de cine-, añadiendo a su estilo varias de las características propias del trabajo de Matheson, es decir, la aparición del héroe a su pesar o la irrupción de un elemento totalmente extraordinario en la cotidianidad. Algo que también asimiló perfectamente el “Maestro del Terror” Stephen King. Y no puedo dejar de mencionar, para no extenderme demasiado, que la cinta seminal con la que se popularizó el (sub)género “Zombie” -que todavía a día de hora sigue dando sus coletazos-, “La Noche de los Muertos Vivientes” (Night of the Living Dead, George A. Romero, 1968), está abiertamente -sus responsables nunca lo negaron- influenciada por una de sus novelas más populares, es decir, “Soy Leyenda” (The last man on earth, 1954) y por el Film “Soy Leyenda” (The last man on earth, Sidney Salkow, 1964).

Pero sin duda, existe un punto de inflexión muy importante en la carrera de Richard Matheson. Originario de Allendale, Nueva Jersey, Matheson se crió en Brooklyn donde desde pequeño profesó su afición por la literatura y el oficio de escritor, labor que pudo desempeñar publicando pequeños cuentos en un periódico local. Años más tarde, y afincado en el “Estado de California”, compaginó la creación de ficciones literarias -que comenzaron a editarse en la revista “The Magazine of Fantasy and Science Fiction” desde 1950 con la publicación de su primer relato “Nacido de hombre y mujer”- con su trabajo en la planta de Douglas Aircraft -una de las más populares constructoras de aviones y misiles, así como contratista de defensa, estadounidenses de la época- en Santa Mónica. Pese a que comenzó a convertirse en un autor con un cierto renombre en el sector, la magnífica recepción y buenas críticas cosechadas por su novela “Soy Leyenda” (The last man on earth, 1954) no daban el rédito económico esperado por el autor -que ya contaba con una amplia familia, con los deberes que atender que ello conlleva-. Fue precisamente esto lo que le llevó a tomar una importante determinación: Darle una última oportunidad a su faceta de escritor. Dejó la “Costa Oeste” para mudarse a una casa en Long Island en cuyo sótano se encerró a escribir. Dice la leyenda que en esas peculiares condiciones de trabajo encontró la aspiración para la novela que, no sólo le haría famoso, sino que le abriría las puertas de Hollywood: “El Increíble Hombre Menguante” (The Incredible Shrinking Man, 1956).

El resto forma parte de la historia: La novela fue un éxito, llamó la atención de los “Estudios Universal” y Matheson les vendió los derechos de la misma, incluso pudo adaptar su guion él mismo. Un año después de la publicación del libro, llegaba a las salas de cine su versión cinematográfica: “El Increíble Hombre Menguante” (The Incredible Shrinking ManJack Arnold, 1957). Las buenas cifras generadas por la película propiciaron que el autor pudiera dedicarse a escribir para cine y televisión. Uno de los programas catódicos donde Matheson se hizo famoso fue el creado por Rod Serling, “The Twilight Zone”, donde escribió capítulos memorables. Pero eso es salirnos del tema que hoy hemos de tratar aquí. “IDW Publishing” publicó, en “Estados Unidos”, una miniserie de cuatro números en la que el guionista Ted Adams – además presidente de la editorial- y el dibujante Mark Torres adaptan la famosa novela de Matheson. En nuestro país, “Planeta Cómic” es la encargada de ofrecernos esta historia en un bonito tomo recopilatorio en cuyo interior, además de la citada miniserie, encontraremos varios textos de los responsables y un magnífico prólogo escrito por Peter Straub a modo de “Extras”.

El Hombre Menguante” cuenta la historia deScott Carey, un tipo común que un día, tras ser completamente cubierto por una niebla radioactiva durante una travesía en barco, descubre que su cuerpo va en progresivo decrecimiento. Cabe señalar que, como en todo relato de los años 50 que se precie, el miedo a la radioactividad está muy presente. El terror psicológico que la “Guerra Fría” impuso ha sido el detonante creativo de muchos artistas y el origen de iconos y grandes obras del siglo XX -a esta historia me remito o a la creación de la mayor parte del panteón “Superheroico” de la editorial “Marvel Comics”, por ejemplo-. Tras no encontrar cura ni remedio, los médicos que le hacen pruebas se ven incapaces ante tal suceso, Scott sufrirá las consecuencias de su estado. Poco a poco verá como la sociedad, incluyendo incluso a su familia, lo irá expulsando debido a que la humanidad rechaza, repudia, todo aquello que no comprende o la asusta. A Scott no le quedará más remedio que aceptar su nueva situación, tras pasar por todo un infierno físico y mental. La soledad del ser humano y la alienación son temas recurrentes en la obra de Matheson -no pocas son las similitudes entre esta novela y su “Soy Leyenda” (The last man on earth, 1954) al respecto-.

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Llama la atención, en primera instancia, la voluntad de ser fiel al original por parte de Ted Adams. Así como en la novela, Adams toma la determinación de optar por el desarrollo no lineal con el que Richard Matheson decidió contar las aventuras de este hombre menguante -a diferencia del “Film” de Jack Arnold que sí optaba por una estructura más convencional de contar/mostrar la trama-. Adams se sirve, de cara a que el lector no se pierda entre tanto salto temporal, del tamaño de Scott para situarnos en el curso de la historia. Y así como el propio creador, los responsables del cómic nos adentran en este universo poco a poco. Recorremos el camino vivido por el protagonista como testigos de excepción y, a medida que pasamos páginas, vivimos con él la angustia y el horror sufridas por Scott Carey. Y no me refiero a las más explícitas y de corte aventurero como el increíble enfrentamiento con la gigantesca araña -una forma magnífica de abrir el relato-, sino también a la desazón y frustración del protagonista a la hora de enfrentarse a su realidad cotidiana mientras su cuerpo se comporta de forma extraña. Independientemente de que sus semejantes le señalen por la calle o adolescentes que rían de él, sino que es el deterioro de su relación con su familia la que causa el mayor de los horrores en su psique. El hecho de no poder ejercer como figura paterna respecto a su hija o el no poder satisfacer sexualmente a su esposa -un tema que, por obvias razones de censura de la época, en el “Film” de Arnold sólo se sugería- son las principales afecciones, al margen de las físicas, que Carey sufre. Eso sin contar con el desolador retrato que compone de la condición humana, se pueden presenciar abusos por parte de infantes, pedofilia y la sexualidad en su vertiente más oscura.

En paralelo al desarrollo del proceso de empequeñecimiento del protagonista, el relato convierte un escenario cotidiano en el más sorprendente y desolador paisaje donde la aventura de corte “Pulp” y folletinesca inunda nuestros sentidos. Una vez que Scott se ve reducido a una altura de escasos milímetros, el sótano de su casa -antes su hogar- se torna extremadamente hostil haciendo vital su lucha por la supervivencia. A la hambruna y al frío, añadiremos a amenaza de elementos que, en nuestra condición de gigantes respecto al tamaño de Carey, no percibimos como tales. El enfrentamiento con la araña antes citado, con el que se abre la trama, se extiende y conforma un elemento de tensión durante la misma. Algo parecido ocurre con el pasaje con el gato o cuando su hija, sin malicia alguna, lo agarra como si de un juguete se tratase. Sólo será con la aceptación de su nuevo estatus que Scott salga victorioso. Pero para llegar hasta ese punto, habrá de vivir un infierno de frustración, soledad, aislamiento e incapacidad de comunicarse con sus semejantes. Un viaje que le transformará profundamente, no sólo en el plano físico sino también en el psicológico.

En el apartado gráfico nos encontramos con el dibujo del filipino Mark Torres -asistido al color por Tomi Varga-. Los lápices de Torres son los suficientemente resultones para que el cómic nos llame la atención desde un primer momento. Tal vez el diseño de sus figuras humanas sea un tanto feísta, pero sin duda casa bien con el relato a contar. Todo lo contrario ocurre con los pasajes en los que Scott se enfrenta a la monstruosa araña. Ahí el dibujante sabe plasmar de forma acertada el terror y repulsa que pueda causarnos el animal. Narrativamente el artista se defiende positiva y considerablemente, resultando ésta muy fluida. Por otra parte, el diseño y estructura de muchas de sus páginas es altamente original y vistoso. A todo el apartado artístico podemos añadir unas portadas de corte minimalista -al estilo de las de “Los Proyectos Manhattan” deJonathan Hickman y Nick Pitarra- de gran empaque.

En conclusión, una lectura más que recomendada tanto para los aficionados al rico universo literario de Richard Matheson como para los desconocedores de su obra. Sin duda, para estos últimos, una grata forma de adentrarse y conocer el trabajo -aunque sea adaptado por terceros- de uno de los grandes escritores del siglo XX. Si hubiera que sumar algo al saldo negativo de este producto, yo diría que lo único malo que tiene la adaptación de Adams y Torres de “El Hombre Menguante” es que se lee en un suspiro. Cuatro “Grapas” se hacen demasiado cortas para un relato de este calibre. Incluso podría rematarlo mencionando los textos explicativos del propio Adams -e incluidos en el tomo- que se hacen necesario para colmar las ganas de más que deja la lectura de este tomo. Un tomo que, al igual que la novela -que sus responsables ya he comentado se han esforzado en seguir fielmente-, tras su lectura deja ese poso en nuestras cabezas. Esas inquietudes, esos pensamientos, que se han plantado durante el transcurso del viaje y que, una vez finalizado, crecen en nuestras cabezas para que podamos desarrollarlas. Sin lugar a dudas, un relato que no te dejará indiferente.

El Hombre Menguante Ted Adams Mark Torres

We Stand on Guard (Brian K. Vaughan, Steve Skroce)

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Titulo original: We Stand on Guard / Guión: Brian K. Vaughan / Dibujo: Steve Skroce / Portada: Steve Skroce / Formato: Cartoné / Páginas: 200 pags / Editorial: Planeta Cómic / Precio: 17’95€ / ISBN: 978-84-16767-48-9


En un futuro no muy lejano, los Estados Unidos de América han invadido a su país vecino, Canadá, con la intención de hacerse con el control de sus recursos acuíferos debido al estado de sequía en el que se encuentra su país. En los territorios más al norte de Canadá un pequeño grupo de insurgentes pondrá las cosas difíciles al ejército americano enzarzándose en una batalla que tal vez no acabe con la ocupación, pero sí prenda la chispa necesaria para ganar la guerra.


Tras firmar varias obras, algunas de ellas nominadas y ganadoras de Premios Harvey y Eisner, tan conocidas y recomendables como “Y, el Último Hombre” para el sello Vertigo de DC Comics, “ExMachina” para Wildstorm o “Runaways” para Marvel Comics, el guionista nacido en la ciudad de Cleveland Brian K. Vaughan dejó en stand by su labor en el mundo de las viñetas para dedicarse en cuerpo y alma al medio televisivo formando parte del equipo de guionistas de la mítica “Lost” o siendo el ShowRunner de la serie de la CBS “Under the Dome” basada en el relato del “Maestro del Terror” Stephen King y bajo las órdenes del mismísimo Steven Spielberg.
Pese a que su trabajo para la pantalla pequeña no le dejaba tiempo físico para adquirir compromisos en el medio que le dio fama, sí que coqueteó con la autoedición digital con cómics como “The Private Eye” y “Frontier” junto con el dibujante español Marcos Martín. Todo ello justo antes de anunciar su vuelta al mundo del cómic desembarcando a lo grande con varios trabajos en Image Comics, baluarte del actual cómic independiente mainstream de calidad y donde los autores gozan de los derechos de sus obras. Será en la editorial dirigida por Eric Stephenson donde Vaughan de rienda suelta a su imaginación y a series que, según él mismo, llevaba desde su infancia imaginando y deseando ver materializadas. Entre ellas encontramos su épica epopeya espacial “Saga”, su obra más importante y personal del momento inspirada en su paternidad, y su “Paper Girls”, una fantasía con tintes ochenteros, viajes en el tiempo y mucho misterio. Junto a ellas la historia hoy a tratar: “We Stand on Guard”.
We Stand On Guard” es una miniserie de seis números que en nuestro país ha publicado la editorial Planeta Cómic, primero en formato popular, es decir, “grapa” y algo después recopilada en “cartoné”. Su trama nos lleva a un futuro distópico no muy lejano en el que los Estados Unidos de América deciden atacar y conquistar a su país vecino, Canadá. Tras un ataque sin previo aviso a la Casa Blanca por parte de la nación de la bandera de “la hoja de arce”, el ejército americano toma represalias rápidamente bombardeando sin piedad las principales ciudades canadienses, entre ellas Ottawa. Ahí mismo es donde Vaughan comienza su violento y explícito relato en el que dos niños, Amber y su hermano Tom, quedan huérfanos tras la muerte de sus padres a causa de las explosiones. Doce años después, Amber, cruza su camino con un pequeño grupo de insurgentes autodenominado “Pack 24” (como los de latas de cerveza), un mote que hace referencia a su estatus de civiles “metidos en el negocio de la guerra” y no soldados. Y es aquí donde encontramos dos de las características típicas de las historias de Brian K. Vaughan. Por un lado, tenemos el hecho de que nos plantee una historia sencilla, casi irreal (y desde el punto de vista de quien la lea, puede que incluso boba), que el guionista desarrolla con total naturalidad. Por el otro, sus protagonistas responden al mismo perfil, es decir, al de gente normal y corriente que se tropieza con una situación extraordinaria a la que tendrán que enfrentarse, muy a su pesar. Lo extraordinario irrumpe en lo cotidiano y ordinario. Es algo que han sufrido las protagonistas de “Paper girls” (unas chicas de suburbios que se ven en medio de lo que parece una invasión extra-terrestre), el alcalde Mitchel Hundred en “Exmachina” (un ingeniero que adquiere la capacidad de comunicarse con las máquinas tras la explosión de un extraño artefacto) o Yorick Brown, el último superviviente de una plaga que acaba con todo varón sobre la faz de la Tierra en “Y, el último hombre”. Una constante en la obra del guionista de Cleveland que aquí, en “We Stand on Guard”, será representada por un grupo de civiles, entre los cuales podemos encontrar a una ingeniera o a un cómico de color, que será la última línea de defensa de los territorios más al Norte de Canadá.

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El planteamiento bélico del relato, junto al grupo de guerrilla “amateur” que nos presenta Vaughan en “We Stand on Guard”, puede recordar al lector al film de principios de los ochenta “Amanecer Rojo” (Red Dawn, John Millius, 1984) donde los EEUU eran invadidos por un bloque soviético formado por Cuba y la URSS. La trama nos contaba como un pequeño grupo de adolescentes (con caras conocidas de la época como las de Patrick Swayze, Charlie Sheen, Lea Thompson, C. Thomas Howell y Jennifer Grey), se ven forzados a convertirse en la resistencia, aprendiendo prácticas de guerrilla atendiendo al nombre de los Wolverines. Una película que, por cierto, tuvo su remake en 2012 protagonizado por el “Hijo de Odín” Chris Hemsworth y cambiando la nacionalidad de los invasores de soviéticos a norcoreanos.
Como es habitual en el autor, encontramos aquí también cierto poso de crítica, en este caso a la política exterior de los USA. Aquí el país de las barras y las estrellas es descrito como el “malo” de la historia. Tras convertir su territorio en un árido yermo, los recursos acuíferos de la nación vecina serán codiciados y motivo de la invasión. Si cambiamos el “agua” por “petróleo” tenemos una más que creíble alegoría de la Guerra de Irak. Incluso la representante americana recuerda a la asesora de Seguridad Nacional y Secretaria de Estado de la “Administración Bush” Condoleezza Rice. Una mujer que hace uso de los más sofisticados métodos de tortura que protegen la integridad física del recluso, pero no la mental.
Aunque es cierto que Vaughan juega también con la ambigüedad y la “conspiranoia” intentando despistar al lector con teorías e hipótesis que apuntan a la posible autoría del conflicto por parte de Canadá o a un atentado perpetrado por los propios Estados Unidos con la clara intención de que éstos pudieran tener la excusa para responder violentamente y ocupar el país vecino. Ambigüedad que también encontramos en el tratamiento del “Pack 24”: ¿Defensores de la Libertad? ¿Terroristas? En cualquiera de los casos, gente capaz de traspasar dilemas morales como el hecho de ejecutar a un indefenso prisionero de guerra obviando las convenciones internacionales para ese tipo de situaciones. Aunque en realidad, el pequeño grupo es más un grupo de supervivientes que de soldados, a pesar de que intenten actuar como tales.

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We Stand on Guard” es una historia cerrada y relatada a un ritmo de infarto. La extensión de la misma no propicia el desarrollo de todos los personajes y quizá su pesimista final (aunque con un breve destello para la esperanza) pueda parecernos un tanto “atropellado”. El tono de Vaughan es de violenta crudeza y tiene algunos momentos y diálogos que puedan recordarnos a otros autores como Garth Ennis. Es muy chocante, en lo que a los personajes se refiere, la rápida “evolución” de algunos, como Amber, una chica que se nos presenta como tímida y asustadiza y que de repente se convierte en una intrépida líder experta en el uso de las armas. El hecho de que McFadden, la jefa del “Pack 24”, se desmorone tras la visión de un holograma de su fallecido padre tras sufrir torturas capaces de hacerla perder la cordura tampoco queda del todo creíble. En realidad, son pequeños “borrones” en una entretenida historia que, a ojos del que suscribe estas palabras, puede que necesitara de más páginas.
El apartado gráfico es sencillamente sensacional. El arte corre a cargo del dibujante Steve Skroce, quien, así como Vaughan, se distanció del medio del cómic para cobijarse bajo las órdenes de las Wachowski para elaborar storyboards y diseños para su “Matrix” (Íd, Lilly Wachowski, Lana Wachowski, 1999) y posteriores trabajos. Fue en 2015 cuando Skroce y Vaughan se conocieron en un pase de “El Destino de Júpiter” (Jupiter Ascending, Lilly Wachowski, Lana Wachowski, 2015) y se propusieron el trabajar juntos en su “vuelta al mundo de las viñetas”. Skroce hace gala aquí de un estilo visual que nada recuerda a sus tiempos en Marvel Comics dibujando colecciones como Amazing Spiderman o Lobezno. Realista e increíblemente detallista, más emparentado al tipo de ilustraciones de su colega Geoff Darrow con la creación de impresionantes fantasías mecánicas y armamentos tecnológicos imposibles además de hacer uso de una narrativa visual muy fluida. Si a ello le sumamos el color aplicado de forma excepcional por Matt Hollingsworth, tenemos un aspecto visual que es prácticamente el fuerte de este “We Stand on Guard”.
En conclusión, nos encontramos ante un cómic que va de más a menos, pero sin dejar de ser una buena historia. Quizá no sea el mejor trabajo de Brian K. Vaughan aunque no por ello dejamos de recomendar su lectura. Una historia que parte de una premisa sencilla que destila crudeza por los cuatro costados. Todo ello acompañado de un arte de increíble factura. Esta recopilación en “cartoné” por parte de Planeta Cómic es la oportunidad ideal para hacerse con ella.

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Depredador: Fuego y Piedra (Joshua Williamson, Christopher Mooneyham)

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Titulo original: Predator: Fire and Stone / Prometheus Omega / Guión: Joshua Williamson / Dibujo: Christopher Mooneyham / Portada: Lucas Graciano / Formato: Cartoné / Páginas: 152 pags / Editorial: Norma Editorial / Precio: 19,00€ / ISBN: 978-84-679-2795-5


A modo de prólogo: El evento “Fuego y Piedra” supuso un gran crossover editorial en el que se cruzaban los destinos de xenomorfosYautjas y humanos en una suerte de secuela no oficial de la película “Prometheus” (Íd, Ridley Scott, 2012) que publicó “Dark Horse Comics” en el transcurso de 2014 en cuatro sendas miniseries (una de “Aliens“, una de “AvP“, una de la recién inaugurada línea “Prometheus” y otra de “Predator“). Todos las tramas se integraban en una misma historia, pero desde cuatro puntos de vista distintos. En nuestro país, todas las miniseries (más especial en forma de epílogo) han sido publicadas por “Norma Editorial” durante el pasado año 2017 en cuatro tomos cartoné.

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Galgo Helder ha logrado de nuevo huir de la muerte. Durante la lucha en la “Gerion” del sintético Elden contra “aliens”, “depredadores” y su propio creador, Francis, tras inocularse el mortífero “Black Goo” en su organismo y convertirse en una bestia mutada, el primer oficial de seguridad de la nave huye en la nave de patrulla “Perses” junto a dos de sus compañeros y un polizón. Éste pronto se revela como uno de los “yautjas” de la partida de caza que asaltó la “Gerion”. Galgo no lo sabe, pero acabará volviendo a “LV-223” -donde dejó abandonados a su suerte a sus compañeros de tripulación- y uniendo sus fuerzas con el “predator” en su misión de acabar con el “Ingeniero” que campa a sus anchas por el satélite.


El final de la tercera de las miniseries del evento “Fuego y Piedra” -publicado por “Dark Horse Comics” en EEUU (y por “Norma Editorial” en nuestro país) con objeto de interconectar en un mismo Universo de ficción a “aliens”, “depredadores” y los “Ingenieros” de “Prometheus” (Íd, Ridley Scott, 2012)- nos dejaba con un solitario “Elden”, ser sintético víctima de los avatares genéticos producidos al inocularle una pequeña cantidad del misterioso (peligroso y letal) “Limo negro” en su organismo. Libre de una vez por todas tras el brutal enfrentamiento con “xenomorfos”, “yautjas” mutados y su propio creador convertido en una monstruosa aberración evolutiva en el anterior capítulo de la saga. “Alien vs. Depredador: Fuego y Piedra” supone un relato en el que somos testigos de una orgía de violencia al más puro estilo de una “Monster movie” repleta de acción, gore y desmembramientos varios. En el desarrollo de su trama pudimos ver tanto como la “Gerion” como su escasa y maltrecha tripulación se veían en medio de un choque de titanes. El responsable de que la pesadilla se instaurase en la astronave no era otro que uno de los miembros de su tripulación, el primer oficial encargado de su seguridad Galgo Helder. Éste, por un lado, se había hecho con un devastador fusil perteneciente a los “Engineers” -con objeto de poder contentar a la compañía “Weyland-Yutani” al volver a la Tierra, en compensación por “perder” las naves de su propiedad lo guardaba como “oro en paño”- y, por el otro, había huido de “LV-223” en una pequeña patrullera sin saber que tanto “Elden” como un pequeño grupo de letales “xenomorfos” le acompañaban. Además de atraer a una partida de caza de “depredadores” que se encontraba en un sistema solar de las proximidades. Una situación de “fuego cruzado” de la que nada hay que envidiar. Durante el fragor de la cruenta batalla de monstruos a bordo de la “Gerion”, Galgo lograba escapar de nuevo de la muerte. A bordo de la “Perses”, el oficial de seguridad cree sentirse a salvo. Sin embargo, pronto descubrirá que tiene un polizón en la nave. Uno de los “predators” se ha colado y nuestro protagonista decidirá intentar darle caza.
Pasando las páginas de “Depredador: Fuego y Piedra” uno no para de encontrar lugares comunes y situaciones que hemos podido ver antes, ya sea en otros cómics o en las películas pertenecientes a estos grandes iconos de la cultura pop. Dentro del “Universo Predator” siempre hay incrédulos humanos que creen poder dejar de ser las potenciales presas para convertirse en cazadores, en esta miniserie habrá un momento que no será excepción. El intento de acorralar al peligroso “yautja” en el interior de la “Perses” es, no sólo el punto de arranque de la historia, sino uno de los tantos momentos a destacar de la historia. El reducido grupo de “soldados” comandado por Galgo intentará rastrear al “depredador” haciendo uso de armas no demasiado letales (una especie de lanzas eléctricas) intentando rastrear sus movimientos con una especie de aparato que capta su señal que puede recordarnos al que utilizaban los marines en el film “Aliens, el regreso” (Aliens, James Cameron, 1986) en una búsqueda del alienígena que, a un servidor, recuerda al mismo tipo de situación visto en “Alien, el octavo pasajero” (Alien, Ridley Scott, 1979). Incluso el hecho de querer expulsarlo al espacio abriendo la exclusa de emergencia puede retrotraernos a las mencionadas dos primeras entregas cinematográficas del “xenomorfo”. Pero no será esa la única estampa que pueda recordarnos a momentos del celuloide. Una impresionante explosión en mitad de la vegetación podrá grabarse en nuestras mentes como la similar que pudimos ver en el desenlace del primer film de “Depredador” (Predator, John McTiernan, 1987).

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El hecho de que Galgo acabe de nuevo en “LV-223” arrastro por “Ahab”, nombre con el que se bautiza al “predator” protagonista, acaba convirtiendo este “Depredador: Fuego y Piedra” en una especie de “Buddy Movie”. Dos personajes antagónicos que se ven forzados a trabajar juntos. Condenados a entenderse si quieren salir airosos de un entuerto de proporciones bíblicas: la amenaza del “Engineer” que campa a sus anchas por el satélite. No sé si será por la (relativa) importancia que tiene la figura de Shane Black dentro de la mitología fílmica de los “yautjas”, pero el primer ejemplo de este tipo de “cine de colegas” que viene a mi cabeza es la seminal “Arma Letal” (Lethal Weapon, Richard Donner, 1987). Cinta cuyo guion es de Black y máximo exponente de este (sub)género que tuvo sus días de gloria a finales de la década de los ochenta y primera mitad de los noventa que se convirtió en el mantra a seguir y principal seña de identidad del estilo del director de la reciente “The Predator” (Íd, Shane Black, 2018). Ambos individuos, forzados a intentar destruir al “Ingeniero”, no pueden ser más diferentes. La definición del término héroe no va con Galgo Helder. Él es un tipo sin escrúpulos que sólo mira por su bienestar. Sólo hay alguien importante para él: él mismo. Sus responsables afirman que basaron su personalidad en el personaje interpretado por Eli Wallach en “El Bueno, el Feo y el Malo” (Il buono, il brutto, il cattivo, Sergio Leone, 1966), “Tuco”. Al igual que el “Feo” de la cinta de Leone, Galgo es un tipo que tras su carácter bufonesco esconde un lado violento y peligroso. Capaz de abandonar a su suerte a los suyos, en el mejor de los casos -en esta historia llega a sacrificar las vidas de dos de ellos-, este hombre tiene demasiado desarrollado su instinto de supervivencia. Por otro lado, el “predator” llamado “Ahab” responde a esa idea del cazador obcecado mostrando su obsesión más allá de la razón. En determinados momentos podremos ser testigos de ciertos “flashbacks” que intentarán justificar la férrea voluntad del “yautja” por hacerse con esa “presa digna” personificada en la figura del “Ingeniero”. “Ahab” no sólo forzará a su compañero humano a acompañarle en su persecución del poderoso ser mencionado, sino que acabará siendo su “compañero” e, incluso, su “protector”.
Los responsables de este capítulo del “crossover”, Joshua Williamson al guion y Christopher Mooneyham al dibujo, imprimen un ritmo frenético a la historia. No dejan de pasar cosas, para total goce del lector. Nuestros protagonistas no paran quietos en ningún momento y la acción -la física, la de golpes y disparos- es predominante en el transcurso de la trama. A diferencia de las anteriores miniseries, ésta se presenta como mucho más ágil y con menor número de personajes, lo cual ayuda aún más si cabe a empatizar con estos dos “colegas a la fuerza”. Sin duda, es mi favorita de todo el evento “Fuego y Piedra”. Y el apartado artístico va a la zaga. Mooneyham se decanta por un dibujo sucio -mucho más enfatizado por su propio entintado en la primera mitad, ya que de las tintas del resto se ocupa John Lucas- y un estilo muy clásico, tanto en sus figuras como en su disposición y diseño de páginas, con el que responde perfectamente a los primeros productos “comiqueros” de “Predator” de principios de los noventa. Me refiero a las primeras historias que “Dark Horse Comics” publicó en cuanto se hizo con los derechos del personaje como “Concrete Jungle” o “Big Game” dibujadas por Chris Warner o Evan Dorkin respectivamente. Sencillamente, no sólo es un cómic de la línea “Predator” sino que parece un cómic de “Predator”. Cosa que se agradece. Si el contenido del interior deslumbra y entretiene a partes iguales, el apartado de las portadas originales no se queda atrás. Tres de ellas corren a cargo del artista Lucas Graciano y la restante la realiza E. M. Gist. Están al mismo nivel que todas las portadas de todas las miniseries del evento. Simplemente espectaculares.

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El tomo publicado por “Norma Editorial” se remata con la inclusión del especial “Prometheus Omega”. Historia realizada por una de las guionistas más interesantes del actual panorama de las viñetas, tanto con sus trabajos más mainstream como con los más “indies”, Kelly Sue DeConnick. Sin embargo, aquí la creadora de “Pretty Deadly” o “Bitch Planet”, acompañada por el impresionante arte hiper realista de Agustín Alessio, pone punto y final al evento con un mini relato un tanto decepcionante. En principio este cómic debería cerrar “Fuego y Piedra”, pero casi deja más preguntas que respuestas -además de a los protagonistas supervivientes totalmente desamparados en “LV-223”-. No es que haya necesidad de un “Happy end”, pero tampoco de un “Fake end” -¿es esto en realidad un final?-. Al acabar de leer las escasas 40 páginas que lo componen, da la sensación de que no hay final y que recuperar al personaje de “Elden” de nuevo se convierte en un ejercicio de futilidad. ¿Qué necesidad tiene el sintético de volver al satélite donde comenzó su “pesadilla” cuando se le abría un abanico con muchísimas más posibilidades? Sinceramente, es más que probable que un servidor no haya entendido las intenciones de la guionista. Este “Prometehus Omega” supone un continuará que podremos leer en el evento “Vida y Muerte” en el que se repite el mismo esquema con las cuatro series y que “Norma Editorial” también ha publicado en nuestro país. En lo referente a “Fuego y Piedra“, señalar que es un “crossover” que, con ciertas diferencias de calidad entre sus diversas series, supone una lectura más que recomendable y una vuelta a la grandeza de los cómics de “aliens” y “predators”, a los que “Prometheus” parece que acompañará a partir de ahora.

 

Alien vs Depredador: Fuego y Piedra (Christopher Sebela, Ariel Olivetti)

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Titulo original: Alien vs Predator: Fire and Stone / Guión: Christopher Sebela / Dibujo: Ariel Olivetti / Portada: E. M. Gist / Formato: Cartoné / Páginas: 104 pags / Editorial: Norma Editorial /Precio: 16,00€ / ISBN: 978-84-679-2763-4


A modo de prólogo: El evento “Fuego y Piedra” supuso un gran crossover editorial en el que se cruzaban los destinos de xenomorfosYautjas y humanos en una suerte de secuela no oficial de la película “Prometheus” (Íd, Ridley Scott, 2012) que publicó “Dark Horse Comics” en el transcurso de 2014 en cuatro sendas miniseries (una de “Aliens“, una de “AvP“, una de la recién inaugurada línea “Prometheus” y otra de “Predator“). Todos las tramas se integraban en una misma historia, pero desde cuatro puntos de vista distintos. En nuestro país, todas las miniseries (más especial en forma de epílogo) han sido publicadas por “Norma Editorial” durante el pasado año 2017 en cuatro tomos cartoné.

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Galgo Helder, primer oficial de seguridad de la astronave “Gerion”, ha abandonado a su suerte a sus compañeros en la luna “LV-223”, la cual se encuentra a merced de una letal especie alienígena “xenomorfa”. Huyendo en la nave de patrulla “Perses”, pone rumbo hacia la “Gerion” sin saber que a bordo han logrado subir el sintético Elden, el cual ha sido contaminado por un misterioso líquido negro encontrado en el satélite, al cual acompañan varios especímenes de los “aliens”, los seres han acabad con la vida muchos de sus amigos. Paralelamente, un grupo de peligrosos “Yautjas” pone rumbo hacia su posición con objeto de hacerse con un trofeo digno de sus habilidades de caza.


La tercera miniserie del evento “Fuego y Piedra” retoma la acción de la miniserie “Prometheus: Fuego y Piedra” incorporando además a los populares “Yautjas” salidos del seminal film de John McTiernan, “Depredador” (Predator, John McTiernan, 1987) en un intento de enriquecer y cohesionar este gran universo de ficción compartido. “AvP” no es sólo la unión de las dos franquicias “Comiqueras”, “Alien” y “Depredador”, que “Dark Horse Comics” lleva ya la friolera de más de veinticinco años publicando, sino que es la viva imagen del sueño de cualquier aficionado a las historias de estos hostiles alienígenas. Cruzar las aventuras y desventuras de estas dos especies venidas del espacio exterior es uno de los mejores aciertos de la editorial del “Caballo Oscuro” (punto y aparte merecería comentar la calidad de los productos ya que difieren mucho entre ellos). Este “invento” -ni original, ni moderno, pero sí efectivo- comenzó en el mundo de las viñetas, pero pronto traspasó otros medios como los videojuegos o el cine (con resultados más que diversos). En la colección que hoy tratamos aquí, la enmarcada en “Fuego y Piedra”, sus responsables van un paso más allá en una historia que a priori podría parecer otra vuelta de tuerca más al sempiterno enfrentamiento entre “Predators” y “xenomorfos”. En este cómic, escrito por Christopher Sebela y dibujado por Ariel Olivetti, otro participante se incorporará al juego. Podríamos simplificar diciendo que nos encontraríamos ante un “Alien versus Predator versus Engineers”. Sin embargo, el “Ingeniero” que encontramos en sus páginas no es como el visto en el film “Prometheus” (Íd, Ridley Scott, 2012) o en la primera miniserie del crossover ya que es una especie de híbrido. Tal vez tendríamos que concretar y afirmar que sería un enfrentamiento a tres bandas entre “Aliens”, “Depredarores” y las consecuencias de la experimentación con el “Limo negro”, ese misterioso líquido oscuro que tantos estragos genéticos provoca.

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Durante el transcurso del segmento dedicado a “Prometheus” pudimos ser testigos de excepción de hechos que, dentro del desarrollo de la trama principal, parecían acababan como cabos sueltos de la misma. En los que respecta al primero de ellos, la historia guionizada por Paul Tobin relataba como uno de los tripulantes de la “Gerión”, el astro-biólogo Francis Lane, traicionaba la confianza de Elden, el miembro sintético de la nave. Aquejado de una mortal enfermedad, el científico, en una desesperada búsqueda de una cura, inyectaba el misterioso “Limo negro” que encontraba en la luna “LV-223”. Como consecuencia de ello, Elden comenzó a mutar es una especie de ser muy parecido a los seres denominados “Ingenieros” y, curiosamente, lograba mantener una especie de vínculo con los “xenomorfos” que también se encontraban en el satélite. El segundo de los acontecimientos que dejaba en “ascuas” al lector era el hecho de que Galgo, el jefe de seguridad del grupo, abandonaba a su suerte al resto de sus compañeros en el mismo momento que se hacía con los mandos de la “Perses”, una pequeña nave de patrulla con la que lograban escapar y ponerse rumbo a la “Gerion” donde poder estar a salvo. Lo que Galgo no sabía es que Elden había logrado entrar en la astronave acompañado de varios “Aliens” con objeto de enfrentarse cara a cara con Francis, quien se encontraba preso en el interior de la misma. Todo ello, que daría para poder contar una historia, acaba intrincándose más cuando una partida de caza de “Yautjas”, la cual se encuentra inmersa en uno de sus ancestrales rituales en un sistema solar vecino, decide interceptar la astronave en un, suponemos, intento de dar con un rival (o una presa) digno de sus talentos.
Mientras uno va pasando las páginas de este “AvP: Fuego y Piedra”, es difícil no encontrar ciertos paralelismos entre la historia de Elden, el ser sintético que no para de mutar -o evolucionar- debido a que el interior de su organismo lo recorre el peligroso “Limo negro” mencionado, y el protagonista de la considerada como primera novela de la ciencia ficción. Me refiero al famoso monstruo creado por el Doctor Frankenstein en la novela “Frankenstein o el moderno Prometeo” de la escritora Mary Shelley. Al igual que la espantosa criatura construida a partir de retales humanos procedentes de cuerpos sin vida, Elden busca a su creador, Francis. Así como en la novela, el responsable del actual estado del “sintético” rehúye de su creación auto eximiéndose de la responsabilidad de sus actos. Elden no cejará en su persecución y búsqueda de respuestas. Sin embargo, los caminos del “Limo negro” son inescrutables. El androide no sólo será “víctima” de las alteraciones provocadas por la oscuro y letal elemento, sino que lo convertirá en una especie de “bomba biológica” capaz de “contaminar” a todo aquel que, por diversas circunstancias, vea expuesto su organismo a tal material genético. Como decía el Mayor Dutch, “si sangra, se le puede matar”. Un servidor añadiría que “si sangra, se le puede contagiar”. Con un simple mordisco por parte de Elden, cualquiera de los implicados en la historia es capaz de convertirse en un ser que podría haber salido del universo “Cronenberiano” de la “Nueva Carne”. Ello derivará a que la trama vire a unos niveles de “Bizarrismo” exacerbado -algo que el dibujo de Ariel Olivetti refuerza perfectamente- convirtiendo esta miniserie en un choque de monstruos al más puro estilo de las historias de uno de los personajes emblema de la línea “Vertigo” de “DC Comics”, “La Cosa del Pantano” (o “The Swamp Thing”).

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Más que un choque entre los “Predators” y los “Aliens” nos encontramos ante la persecución -y correspondiente huida- por parte de dos de los personajes principales de la primera miniserie dedicada a “Prometheus”. Esa subtrama que protagonizaban ambos sigue en esta parte del crossover. Nuestros letales alienígenas predilectos se encuentran en medio para asegurar las altas dosis de acción que todo aficionado que se precie demandará en un producto de tales características. Los responsables de la historia se encargan de siembren la muerte y el caos allá por donde pasen. Pero puede que precisamente sea ese el punto más negativo del relato. Daría igual que se prescindiera tanto de “Yautjas” como de “xenomorfos” ya que apenas aportan nada importante al conjunto de la historia. Es cierto que dan pie a la creación de situaciones llenas de acción física y choque de titanes, pero sería lo mismo si los monstruos fueran otros. No con ello quiero decir que sobren, pero sí que no son estrictamente imprescindibles. De hecho, hay momentos que tal número de participantes en la trama puede dar pie a confusiones, pese a que su responsable intenta por todos los medios acotar perfectamente la acción a cada uno de los personajes que participan de la historia. Por otro lado, se dejará abierta una subtrama que conectará con el siguiente capítulo, el dedicado a “depredador” en solitario.
El guion de Sebela no deja de ser entretenido, trepidante y repleto de acción. Es incluso menos ambicioso que el de Paul Tobin en “Prometheus: Fuego y Piedra” al no querer abarcar gran cantidad de personajes -poniendo, literalmente, “a dormir” a algunos de ellos ya que poco podrían aportar a la trama salvo su condición de “carne de cañón”-, pero tanto la inclusión de los “Yautjas” y los “xenomorfos” -es de suponer que contractualmente ya que el título de la obra lleva sus nombres en la portada- sí crea situaciones de relativa confusión. El apartado artístico por parte del argentino Ariel Olivetti es de gran empaque y espectacular. Sin embargo, todo lo que tiene de atractivo, lo tiene de estático. Olivetti es un gran ilustrador y su calidad salta a la vista, pero sus dotes para la narrativa visual son otro cantar. Un cómic en el que la acción está tan presente y muchas páginas nos muestran a dos o más personajes monstruosos intercambiando golpes no puede pecar en ese apartado. No es algo que sea continuo, ya que encontramos algunos momentos más acertados que otros, pero los más negativos enturbian un poco el resultado final. Un resultado más que notable, pero que se rayaría la excelencia si su arte secuencial fuera más fluido. En las cubiertas no repite el espectacular David Palumbo -del cual encontrábamos su arte en las portadas de las miniseries dedicadas a “Prometheus” y “Aliens”-, encargándose de ellas el artista E. M. Gist realizando un trabajo poco menos que magnífico. En general, las portadas de todas las series del crossover de “Dark Horse Comics” son soberbias.

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En definitiva, un entretenido tercer capítulo de este nuevo intento de devolver la grandeza al Universo compartido por “Aliens” y “Depredadores”, al cual se suma también la mitología de “Prometheus”, por parte de la editorial del “Caballo Oscuro”. Un equipo creativo de lujo que nos ofrece un relato con plenas reminiscencias al “Frankenstein” de Mary Shelley -al menos, en mi opinión- en el que los dos protagonistas del mismo, un monstruo y su creador, se ven envueltos por la violencia de las hostiles criaturas que tantos buenos ratos nos han hecho pasar. Sin duda, uno de las mejores miniseries del evento “Fuego y Piedra”.

 

Aliens: Fuego y Piedra (Chris Roberson, Patric Reynolds)

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Titulo original: Aliens: Fire and Stone / Guión: Chris Roberson / Dibujo: Patric Reynolds / Portada: David Palumbo / Formato: Cartoné / Páginas: 112 pags. / Editorial: Norma Editorial / Precio: 16,00€ / ISBN: 978-84-679-2668-2


A modo de prólogo: El evento “Fuego y Piedra” supuso un gran crossover editorial en el que se cruzaban los destinos de xenomorfosYautjas y humanos en una suerte de secuela no oficial de la película “Prometheus” (Íd, Ridley Scott, 2012) que publicó “Dark Horse Comics” en el transcurso de 2014 en cuatro sendas miniseries (una de “Aliens“, una de “AvP“, una de la recién inaugurada línea “Prometheus” y otra de “Predator“). Todos las tramas se integraban en una misma historia, pero desde cuatro puntos de vista distintos. En nuestro país, todas las miniseries (más especial en forma de epílogo) han sido publicadas por “Norma Editorial” durante el pasado año 2017 en cuatro tomos cartoné.

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La pequeña colonia de “Hadley’s Hope”, asentada en la luna conocida como “LV-426” está acabada. Una hostil especie alienígena ha aparecido y ha acabado con la mayoría de su población. Un pequeño grupo de supervivientes logra huir en un pequeño vehículo a una de las lunas cercanas sólo para descubrir que no han viajado solos. Los letales aliens se ha colado en su bodega de carga dejándoles sin un momento para poder recobrarse. Sin embargo, no serán los “xenomorfos” los únicos peligros que encontrarán en el vecino satélite. El mismo en el que muchos años antes aterrizó la nave llamada “Prometheus”.


La primera vez que pudimos ver la colonia minera de “Hadley’s Hope” fue en la increíble secuela de “Alien, el Octavo Pasajero” (Alien, Ridley Scott, 1979), “Aliens, el regreso” (Aliens, 1986) de James Cameron. El asentamiento se estableció en una de las tres lunas que orbitaban el planeta “Calpamos” denominada “LV-426” o, también conocida como, “Acheron”. En el film del director de “The Terminator” (Íd, James Cameron, 1984) se nos contaba que allí se trasladó, bajo las órdenes y financiación de la Compañía “Weyland-Yutani”, un grupo de trabajadores de la empresa, junto a sus familias, con objeto de terraformar el satélite e investigar dicho confín de la galaxia. Curiosamente (o no), dicha luna fue también el lugar donde la nave comercial “Nostromo” se vio obligada a hacer una parada con la finalidad de responder a una posible llamada de socorro. Lo que la tripulación del carguero espacial no sabía es que allí encontrarían el detonante de la posterior pesadilla que sufrirían en sus propias carnes en forma de hostil alienígena y provocando que, nosotros como espectadores, pudiéramos disfrutar de una de las más míticas cintas de ciencia ficción y terror de todos los tiempos. La única superviviente de la “Nostromo”, Ripley, lograba escapar en una lanzadera de salvamento y encontrada posteriormente por un equipo de rescate mientras vagaba a la deriva por el espacio.
El resto forma parte de la historia de una de las sagas más populares de la “Sci-Fi” moderna. El salvamento de Ripley brindó la oportunidad a sus “jefes”, la pérfida “Compañía”, de conocer las coordenadas aproximadas de la ubicación de esa peculiar y misteriosa nave con forma de herradura que albergaba a una de las especies más peligrosas del Universo. Acto seguido harían que un grupo de trabajadores y científicos se encaminaran hacia allí con el pretexto de asentar una nueva colonia minera y, a su vez, poder hacerse con algún espécimen “xenomorfo” destinado a su línea de producto armamentístico. La incapacidad de comunicarse con “Hadley’s Hope” llevaría a que se formara una expedición de rudos marines, con Ripley como principal asesora, que llegarán a “Acheron” sólo para descubrir que el pequeño asentamiento compuesto por 158 colonos ha sido arrasado. El descubrimiento de los “aliens”, con la consiguiente infestación de la colonia, abrumó al equipo de rescate teóricamente formado por bravos soldados curtidos en mil batallas. Todos los habitantes de la pequeña “ciudad” estaban o bien muertos o habían sido utilizados como anfitriones para gestar más mortíferos extraterrestres. ¿Todos? No, todos no. Hasta el momento, gracias al film de Cameron, sabemos que una pequeña niña -llamada Newt- logró escabullirse y sobrevivir mientras que su familia y vecinos perecían a manos de los “xenomorfos”. Sin embargo, lo que no se nos contó es que un pequeño grupo de colonos logró huir in extremis de “LV-426” en un vehículo de extracción mineral capaz de poder llegar a una de los satélites cercanos. Exactamente en ese momento es en el cual comienza el relato de la miniserie de “Aliens”, perteneciente a la saga “Fuego y Piedra” publicada por “Dark Horse Comics” escrita por Chris Roberson y dibujada por Patric Reynolds.

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En “Aliens: Fuego y Piedra” seguiremos las andanzas de un pequeño grupo de habitantes de “Hadley’s Hope” que logran escapar de “Acheron” para acabar en la cercana luna denominada “LV-223” y, donde curiosamente también, se desarrollaron los acontecimientos narrados en el film “Prometheus” (Íd, Ridley Scott, 2012). De esta forma, sus responsables se encargan, por un lado, de que veamos lo que en el film de James Cameron sólo pudimos imaginar, es decir, el asedio por parte de los “xenomorfos” -al más puro estilo de un “Apocalipsis Zombie”- a la pequeña colonia minera, y, por el otro, conectar la segunda entrega cinematográfica de los “aliens” con el film de Ridley Scott de 2012. Esta sería la primera vez -puesto que la publicación de la miniserie es anterior al estreno de la película “Alien Covenant” (Íd, Ridley Scott, 2017)- que una historia de los “xenomorfos” (al menos, de las provenientes de su Universo Expandido al margen del cinematográfico) nacidos -al menos gráficamente- de la macabra mente de H.R.Giger abarca aspectos provenientes de la mitología de “Prometheus”, algo que acabaría extendiéndose a lo largo de todo este evento denominado “Fuego y Piedra”. Destacar que, a pesar de ser la segunda miniserie de este macro-crossover del universo expandido creado en el seno de “Dark Horse Comics” (el cual aglutina “Prometheus”, “Alien” y “Predator”), cronológicamente se sitúa antes de los acontecimientos narrados en “Prometheus: Fuego y Piedra” dando explicación al porqué la tripulación de la “Helios” se cruzará en sus páginas con nuestros “xenomorfos” favoritos.
Los supervivientes de “Hadley’s Hope” acabarán, como se suele decir, “saliendo de la sartén para acabar cayendo a las brasas”. Llegarán a “LV-223”, de la forma más precaria con un vehículo nada adecuado para dicho trayecto, solamente para descubrir de forma inmediata que, junto a ellos, en la bodega de carga, viajaba un pequeño, pero letal, grupo de “xenomorfos”. Sin momento para recobrar el aliento o atender a los heridos, se verán forzados a huir sin poder reparar detenidamente en su entorno. Puesto que lo que debería ser un paraje desolador, es sorprendentemente es un verdadero ecosistema con una atmósfera totalmente respirable. Este será uno de los motores de la acción de este relato ya que, a partir de aquí, la trama se dividirá -o desviará su atención- y seremos testigos, por una parte, de cómo los colonos intentan sobrevivir a cualquier precio -incluyendo bravatas y discusiones provocadas por la disparidad de opiniones al tener dos posturas enfrentadas, una más pro-activa que la otra- y, por la otra, de la investigación de las misterios que encierra el hostil entorno y el peligroso “Limo negro” por parte del personaje que aglutina más protagonismo que ninguno dentro del elenco coral, el ingeniero jefe Derrick Russell. Éste acabará descubriendo -y capturando- una de las sondas, presumiblemente lanzada por el geólogo Sean Fifield, de la antigua nave “Prometheus”. Sorprendido por encontrar equipo obsoleto de la compañía para la que trabajaba, nuestro ingeniero protagonista dedicará todo momento que le sea posible a intentar dar con las razones de la rápida terraformación de su salvaje entorno y a investigar las posibles consecuencias genéticas del contacto con ese misterioso líquido negro con el que no deja de tropezar.

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Básicamente, el guionista Chris Roberson -a quien hemos podido leer en trabajos puntuales para “DC Comics” y su sello “Vertigo” como “House of Mistery”, “Jack de Fábulas” o “iZombie”, también se ha encargado de alguna de las miniseries del “Universo Hellboy” para “Dark Horse Comics” entre otras obras- centra sus esfuerzos, una vez tenemos a todos los participantes de la historia huidos de la masacre de “Acheron”, en las pesquisas de Russell. Paralelamente, al resto de personajes, de entre los cuales destacan solamente dos a los que les otorga el lujo de darles líneas de diálogo -Genevieve Dione y Nolan Cale, una antigua maestra y uno de los perforadores de “LV-426”, respectivamente-, el autor los utiliza como auténtica carne de cañón durante los repetitivos envites de los “aliens”. Roberson coge a un pequeño grupo de personas (del cual desconocemos su número, pero que a veces aparentar ser más y otras menos) y los coloca en un paraje natural al más puro estilo de la serie “Perdidos” (Lost, 2004-2010) sólo para ir matándolos, en el mejor de los casos, o mostrarnos los efectos del “Limo negro” al entrar en contacto con ellos. De esta forma, nos ofrece la miniserie más cerrada de todas las que forman parte de “Fuego y Piedra”, ya que no es una historia determinante en el desarrollo global del evento.
La parte artística corre a cargo de Patric Reynolds, ilustrador y portadista cuyo arte secuencial hemos podido ver también en otros trabajos para “Dark Horse Comics” pertenecientes al universo creado por Mike Mignola para su “Hellboy” como la miniserie “Hellboy y la AIDP: 1954” o “Joe Golem. Detective de lo oculto”. El estilo de Reynolds está en plena sintonía con el tono de los cómics de la franquicia. Es oscuro, es sucio, es violento. Sin embargo, en la humilde opinión de quien suscribe estas palabras, peca tal vez de muy estático, carente de dinamismo. Muchas de sus viñetas parecen auténticos posados y la narrativa no es un punto a destacar. A simple vista es muy atractivo, pero a medida que uno va pasando páginas ve cómo se repiten formas, figuras y composiciones. No quiero decir que sea un aspecto totalmente negativo, pero el resultado está un pelín por debajo del resto de miniseries que componen el “crossover”. Por otro lado, y a semejanza del resto de títulos de “Fuego y Piedra”, las portadas, obra del ilustrador David Palumbo -incluidas también en el tomo-, son simplemente increíbles.
En definitiva, es el episodio que menos importancia tiene dentro de la trama general del evento, pero que no deja de ser un entretenimiento de lo más distendido. Aunque al acabar la historia, uno puede pensar que realmente no haya ocurrido gran cosa en relación con el conjunto global del evento. Sin embargo, la historia, en su afán de conectar los filmes “Aliens, el regreso” (Aliens, James Cameron, 1986) y “Prometheus” (Íd, Ridley Scott, 2012), es una buena oportunidad para visitar lugares comunes vistos en el seno del universo cinematográfico de “aliens” y poder ser testigos de primera mano de sucesos que, hasta el momento, sólo podíamos recrear a través de nuestra imaginación como el asedio a la pequeña colonia de “Hadley’s Hope”. Para los más completistas, señalar que dicho acontecimiento también se encuentra narrado en la novela “Alien: River of Pain”, escrita por Christopher Golden (autor también de la novelización de la última entrega dirigida por Shane Black de Depredador [The Predator, Shane Black, 2018]). Como extra y refuerzo de esa idea de conexión con el filme de Cameron encontramos una pequeña historia de ocho páginas con el Cabo Hicks como protagonista, también escrita por Chris Roberson y titulada “Aliens: informe de campo”, donde se recrea la huida de los marines tras el primer enfrentamiento con los “aliens” en “LV-426”. Tampoco aporta demasiado a la trama, pero sí a las intenciones de cohesión de dicho universo de ficción.

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