Crítica de “Revenge” (Íd, Coralie Fargeat, 2017)

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Título original: Revenge / Año: 2017/ País: Francia / Duración: 108 minutos / Director: Coralie Fargeat / Producción: Marc-Etienne Schwartz, Marc Stanimirovic, Jean-Yves Robin / Productora: M.E.S. Productions, Monkey Pack Films, Logical Pictures, Charades / Distribución: Rezo Films / Guion: Coralie Fargeat  / Música: Robin Coudert / Fotografía: Robrecht Heyvaert / Montaje: Coralie Fargeat, Bruno Safar, Jérôme Eltabet / Reparto: Matilda Lutz, Kevin Janssens, Vincent Colombe, Guillaume Bouchède / Presupuesto: 2.900.000$


Tres hombres, casados y ricos, se reúnen anualmente para irse de caza a un recóndito paraje desértico. En esta ocasión, uno de ellos, Richard, irá acompañado de su amante, Jen, una atractiva joven por cual el resto de varones se sentirán atraídos. Aprovechando una ausencia de Richard, uno de sus compañeros viola a la chica. Preocupados por su bienestar y posición, intentan comprar el silencio de Jen. Pero esta se niega. Es entonces cuando Richard decide acabar con su vida. Dejada por muerta en el desierto, Jen sobrevivirá milagrosamente. Haciendo acopio de fuerzas y desmesurado valor, su derramamiento de sangre clamará venganza.


Es innegable afirmar que la venganza, entendida como acto para equilibrar la balanza tras un desatino, no está carente de cierto atractivo. La verdad es que ejercer “La Ley del Talión”, el archiconocidísimo “ojo por ojo, diente por diente”, puede poseer ciertas connotaciones negativas, por lo menos dentro de las convenciones sociales establecidas y jurídicamente hablando. De cara a la galería, en la intimidad de nuestros hogares seguro que la cosa cambia, no es una actitud socialmente popular que una víctima, presa de los excesos de una ira más que justificada (eso de poner la otra mejilla, reconozcámoslo, no es inherente a nuestra naturaleza), se tome la justicia por su mano rebajando y subyugando su condición humana al salvajismo con tal de compensar, de obtener una satisfacción directa del agravio. Como personas que sentimos, que sangramos cuando se nos pincha, debemos reconocer que, por mucha sociedad civilizada en la que vivamos y queramos sentirnos protegidos por los organismos que teóricamente velan por nuestro bienestar, la respuesta desproporcionada, directa y contundente hacia un acto dañino contra nuestra integridad suele ser, por norma general (dependiendo también de nuestra personalidad o carácter) una de las primeras cosas que nos pasa por la cabeza cuando sufrimos algún tipo de injusticia, ya sea social, laboral o física. Sin animo de filosofar mucho más sobre el tema, simplemente decir que la venganza como concepto, incluso cuando se confunde con la justicia, poética o no, no sólo nos atrae, sino que es uno de los principales motores argumentales de todos los tiempos dentro y fuera de la ficción. Dicha convicción de que la sangre derramada clama venganza es tan antigua como nuestra civilización y no es de extrañar que se haya infiltrado, como cualquier otra emoción humana, en la historia de la literatura, el teatro, el cine o los cómics. Ya fuera ejercida por el homérico Aquiles en “La Iliada”, servida fría con pericia por un hábil Edmond Dantés en la maravillosa “El Conde de Montecristo“, fruto de la locura como la del “shakesperiano” Hamlet, causante de la obsesión del famoso Capitán Ahab o principal cruzada de un excombatiente del Vietnam al que han arrebatado a su familia, las letras nos han dado grandes historias de venganzas. Pero también sería injusto decir que el Séptimo Arte no le ha ido a la zaga al respecto ya que muchos directores y guionistas de cine no han evitado sucumbir al uso de una de las más bajas pasiones humanas como principal resorte en sus relatos. Ya lo decía el Maestro Hitchcock: “La venganza es dulce y no engorda”.

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Películas de venganzas hay muchas, de muchos tipos y casi ningún género escapa. Comedias, dramas, thrillers, horror, … Sin embargo, hoy nos interesa destacar un subgénero muy concreto, irremediablemente cercano al “cine de explotación” y al “Grindhouse”, popularizado en una década, la de de los setenta, una época caracterizada principalmente por una crisis social, económica y el desencanto generalizado de la población americana que supuso un momento fértil para la ficción, el thriller o el terror en concreto, en el celuloide. Me refiero, por supuesto, a uno de los géneros que más brutalmente ha representado la violencia contra la mujer en la historia del cine como es el “Rape and Revenge” (violación y venganza en inglés). Un tipo de películas muy polémicas desde su nacimiento, pero, paradójicamente, de gran aceptación en sus respectivos nichos de público. Con títulos tan representativos en su haber como (la, pese a no serlo, prácticamente fundacional) “La última casa a la izquierda” (The Last House on the Left, Wes Craven, 1972) o “La violencia del sexo” (I Spit On Your Grave, Meir Zarchi, 1978), son filmes donde se muestra, de forma totalmente explícita, agresiones sexuales que acaban conformándose como evento dramático que desencadena un acto de venganza. Señalar que en su desarrollo suelen repetirse una serie de patrones que logran convertir dichas cintas en un género por sí mismo. Importante es, por una parte, que el instrumento de venganza sea la propia víctima (o en su defecto, a causa de incapacidad, imposibilidad o muerte de la misma, otro sujeto allegado puede ser el elemento ejecutor) y, por la otra, que el culpable, que el agresor (o agresores) pague de  la forma más dolorosa, desagradable y violenta posible. En definitiva, que el crimen no quede sin castigo alguno. Cabe destacar que en muchos de estos títulos, la víctima es la principal protagonista -soliendo ser una mujer fuerte y decidida, lejos de la típica damisela mancillada de antaño- y responsable directa de que no quede impune el agravio. De esta forma, se desmarca de otra tendencia que paralelamente tomaba también la venganza como principal resorte narrativo como es el “vigilantismo” o “el cine de vigilantes/justicieros urbanos” que se prodigase en los setenta con la seminal “El justiciero de la ciudad” (Death wish, Michael Winner, 1974), que tan popular hiciera al hierático Charles Bronson en la piel del inmisericorde Paul Kersey. De todos modos, ambas vertientes no sólo se pasearon por parcelas propias de la “exploitation”, sino que han logrado pervivir en el tiempo, gracias a su “fandom“, hasta llegar nuestros días con variedad de títulos en los que apenas se ocultan las reminiscencias a los clásicos de ambos subgéneros. De ahí, la existencia de sagas que se acabarán convirtiendo en clásicos modernos como la propia del personaje interpretado por Bronson o, más recientemente, la que dio comienzo con “Venganza” (Taken, Pierre Morel, 2008), protagonizada por un ya maduro Liam Neeson. Eso en lo que se refiere a los justicieros vengativos ya que en lo que concierne al “Rape and Revenge” tenemos los sendos remakes -y alguna secuela de remake– de los títulos mencionados como otras sugerentes cintas como la muy interesante -incorporando trazas sobrenaturales a la trama- “Savaged” (Íd, Michael S. Ojeda, 2013), la sofisticada “Elle” (Íd, 2016) de Paul Verhoeven -uno de los realizadores que mejor ha sabido plasmar la faceta más perversa del ser humano- o la psicotrópica variante que supone la increíble “Mandy” (Íd, Panos Cosmatos, 2018) entre muchísimas películas de diversa calidad e índole, pero donde predomina siempre esa voluntad de sentir vergüenza ajena hacia nuestra propia especie.

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La cinta que hoy nos ocupa, “Revenge” (Íd, 2017) de la debutante en la dirección Coralie Fargeat, no es una excepción. El título de la tarjeta de presentación en forma de largometraje de la directora gala no puede ser más evocador y prometer menos de lo que muestra. Revenge en inglés es venganza. Fargeat nos ofrece un “Rape and Revenge” de manual, con sus tres típicos actos bien diferenciados (es decir, la agresión, la posterior recuperación de la víctima y la venganza final), en el que podremos encontrar sutiles licencias debido a que poco se puede innovar en un subgénero tan encorsetado como el que estamos tratando. La cinta comienza con la llegada de una joven pareja a una lujosa residencia en un desértico paraje. Él, Richard (interpretado por un imponente e histriónico en ocasiones Kevin Janssens), un pijo adinerado, casado y con hijos (dos niñas, por lo que comenta en una conversación postcoital). Ella, Jen (¿posible homenaje a Jennifer Hills, personaje interpretado por Camille Keaton, de “La violencia del sexo” [I Spit On Your Grave, Meir Zarchi, 1978]?), su joven amante. Una joven llamativa, sexy y con gusto por despertar admiración en los demás (como demuestra al revelar que su sueño es ir a Los Ángeles, la ciudad donde todo es posible incluido que se fijen en ella) interpretada por la actriz italiana Matilda Lutz y uno de los principales aciertos de la cinta con una presencia en pantalla capaz de eclipsar al resto. Las cosas comienzan a torcerse en cuanto aparecen los dos amigos de Richard, mucho menos agraciados que él, con los que queda todos los años para ir de caza en tan recóndito lugar. Tras una noche de juega y borrachera, uno de ellos, en ausencia de Richard, al sentirse irremediablemente atraído por la chica, acaba violándola con el beneplácito de su compañero que sube el volumen de un televisor con tal de oír los gritos de la víctima. A su vuelta, Richard no sólo descubre lo sucedido, sino que intenta apaciguar a Jen con dinero con tal de comprar su silencio. Ante su negativa y temeroso ante la amenaza de perder su posición de privilegia, decide asesinarla con la complicidad de sus compañeros. Abandonada y dejada por muerta, Jen logra huir sólo para poder volver y clamar venganza ante sus agresores. Hasta aquí, la trama (que prácticamente cabe en un post-it) ni aporta nada nuevo ni se diferencia demasiado de cualquier referente de los cánones del subgénero. Sin embargo, sí que podemos apreciar, entre otras cosas, que, a diferencia de otros filmes, aquí no hay voluntad de recrearse en la agresión sexual, por ejemplo, la cual ocurre prácticamente fuera de plano, y sí hacerlo con todo un festival cromático de gore y violencia explícita con el ajuste de cuentas. No en vano, las tareas de dirección recaen en una representante del género femenino. Y tanto en ese tercer acto, como en el precedente, la cinta pasa página al tratamiento más serio de su primer tercio (la llegada, presentación y violación) para convertirse en un hiperbólico cartoon donde se pone a prueba la suspensión de la incredulidad del espectador a favor de un ejercicio de entretenimiento brutal, rodado con un firme pulso narrativo y una potencia visual que se acaba convirtiendo en un impresionante ejercicio de estilo. Consolidando a su responsable como uno de esos prometedores talentos a los que no hay que perder de vista en ningún momento.

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Evidentemente vivimos en unos tiempos en los que se ha creado la imperiosa necesidad de poner etiquetas a todo y muchos ya han tildado “Revenge” (Íd, 2017) como un claro representante fílmico del empoderamiento femenino en una cinta de “violación y venganza” en clave feminista. Un argumento con el que estoy, en mi humilde opinión, de acuerdo a medias. Porque bien es verdad que en el primer acto del largometraje se hace uso de un tono serio, verosímil, pero también que es diametralmente opuesto al enfoque de los dos actos siguientes. Esa primera parte es capaz de suscitar ideas en consonancia, de cuestionar si realmente las mujeres disfrutan de una misma libertad sexual -en lo que a convenciones sociales se refiere- que los hombres o el porqué de la existencia de prejuicios desde el lado masculino al respecto. ¿Es una buscona una chica que disfruta mostrando su sensualidad? Decididamente no. Pero esto es algo que sus acompañantes, auténticos brutos carentes de sensibilidad, son incapaces de apreciar. De hecho, el posterior intento de “compensación” o la justificación en boca de uno de ellos (“eres tan preciosa que cuesta resistirse a ti”) es una perfecta muestra de la degradación moral de unos tipos que se creen por encima de todo, de todos y de todas. En una sociedad como la nuestra donde impera una galopante ideología capitalista, estos “especímenes” creen que con su dinero pueden comprarlo todo, incluida la dignidad de una persona. Algo que no creo que se aleje demasiado de la realidad. O, al menos, no me cuesta nada creer que existan individuos de tan baja ralea. Sin embargo, todo este discurso se me acaba desmoronando tras la presunta muerte de la protagonista. Llegados a este punto, Jen pasa a transformarse de sexy Lolita a aguerrida y poderosa guerrera. No sé que efectos tiene el peyote (lamentablemente no lo he consumido), pero parece conferirle a la joven una fuerza, una determinación y una invulnerabilidad propia de un metahumano. Jen acaba convirtiéndose en una especie de Wonder Woman inmisericorde y expeditiva que, como he anotado, hace necesario poner en práctica ese suspenso de la incredulidad para seguir disfrutando del espectáculo. Y diría que es la mejor dirección que puede tomar el film para desmarcarse de toda la herencia precedente y no convertirse en “una más”. En mi opinión (humilde), no nos encontramos ante un “Rape and Revenge” en clave feminista (o no principalmente), sino ante un “Rape and Revenge” en clave de slapstick sanguinolento. Todo sale de madre. Sale de madre tanto que es imposible tomarse en serio a unos personajes que acaban convertidos en macabras caricaturas. Incluso cuando Fargeat pone en boca de un maltrecho villano una frase tan casposa, a modo de reproche, como “las mujeres siempre tenéis que plantar cara, joder“, con todo este tratamiento precedente comentado, me resulta difícil conectar de nuevo con el posible discurso en clave feminista del primer acto. Incluso la utilización de símbolos de forma casi naif como, por ejemplo, es el del águila marcado a fuego en el vientre de Jen ¿Ave Fénix renacida? ¿Majestuosa ave rapaz depredadora en busca de aquellos lobos que se acabarán convirtiendo en presa? Es prácticamente un cómic, un grotesco cartoon de acción real, donde todo acaba exagerándose exponencialmente. Las actitudes, la violencia, la sangre, las tripas, … Los personajes acaban hechos polvo, en la línea del hardboiled más ultraviolento, donde la sangre de los cuerpos de los protagonistas es capaz de cubrir literalmente una estancia completa. Me cuesta horrores tomarme la cinta en serio. Sin embargo, no me cuesta nada disfrutarla como un entretenimiento más cercano a la serie B, al cine de explotación más salvaje, gamberro y desvergonzado.

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En definitiva, “Revenge” (Íd, 2017) es un impresionante debut en la dirección de largometrajes de Coralie Fargeat totalmente merecedor de todos los premios que ha cosechado, entre ellos el Premio a la Mejor Dirección y el Premio Citizen Kane a la Mejor Dirección Novel del Festival de Sitges, así como el premio a la Mejor Dirección y a la Mejor Interpretación Femenina del Nocturna de Madrid. Un envoltorio impresionante -fotografía, montaje, dirección- para un ejercicio de entretenimiento con, no podemos negarlo, ciertas pretensiones reivindicativas en lo que al empoderamiento femenino se refiere, pero que, en la opinión de quien suscribe estas palabras, queda eclipsado por su tratamiento de cartoon ultraviolento, de slapstick teñido del rojo de la sangre y las vísceras. Una película de ritmo endiablado, sin concesiones, que hace gala tanto de un humor negro inteligente y sutil como de una exaltación de los excesos. De su escueto reparto, solvente y resolutivo, destaca sobre todo la actriz protagonista,  Matilda Lutz, tan capaz de provocar con su sensualidad como de dar la talla como letal “terminatrix“. Violencia a raudales, poses de videoclip. Todo amante del cine de serie B, del mainstream más palomitero, tiene aquí una verdadera joya del género. Y hecha en el Viejo Continente, que no se nos olvide. Resumiendo, un título a tener muy en cuenta y una directora prometedora a la que seguir sus pasos.

Un momento: el enfrentamiento final entre Jen y su asesino. Éste, desnudo y con las tripas asomando por un agujero en su abdomen. El juego del gato y el ratón con un exceso de hemoglobina en pantalla.

Lo mejor: entre sus muchas virtudes, destacan sobre todo la música de Robin Coudert, de clara inspiración “carpenteriana“, así como la increíble paleta cromática de la fotografía de Robrecht Heyvaert. Sencillamente increíble.

 

 

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Los Vengadores: Asalto a la Mansión (Roger Stern, John Buscema)

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Titulo original: Avengers 273-280 USAGuión: Roger Stern, Bob HarrasDibujo: John Buscema, Bob HallPortada: John Buscema, Joe JuskoFormato: Rústica / Páginas: 192 págs / Editorial: Panini Cómics / Precio: 19,95€ / ISBN: 978-84-90241-80-6


Liderando a los Señores del Mal, el pérfido Barón Zemo ultima su plan maestro: atacar la Mansión de los Poderosos Vengadores aprovechando las ausencias y debilidades de sus miembros más poderosos. Los Héroes más poderosos de la Tierra, por contra, se encuentran en uno de sus momentos de mayor debilidad debido a diferencias internas por el liderazgo del grupo.  Enfrentados entre ellos mismos no darán crédito ante la supremacía de un enemigo que acabará por diezmarlos. 


Los Vengadores, los Héroes más poderosos de nuestro planeta, están más de moda que nunca con todo el universo transmedia que “Disney/Marvel” han montado con su universo cinematográfico. Quién se lo iba a decir a todos aquellos aficionados que seguían con fruición las aventuras de sus héroes favoritos, pero desde las viñetas, su medio natural por antonomasia, allá por las lejanas décadas de los ochenta y noventas (donde un servidor de ubica). A menos de una semana del estreno de “Vengadores: Endgame” (Avengers: Endgame, Anthony Russo, Joe Russo, 2019), y con el equipo de superhéroes en su momento más mainstream de todos los tiempos, se hace interesante recordar algunos de los momentos cumbres de dicha formación superheroica en las tebeos. De entre todas las etapas del popular grupo de superhéroes, una de mis favoritas siempre ha sido aquella en la que Roger Stern fue el responsable de las aventuras y desventuras del equipo. Cabe señalar que la figura de Stern, toda una institución dentro de la industria, está ligada a varios de los mejores momentos de títulos de La Casa de las Ideas tales como Doctor Extraño, el asombroso Spiderman o los mismísimos Vengadores.  En realidad, esta es una época donde la calidad de las series Marvel alcanza un punto álgido. Stern supo plasmar a la perfección el espíritu de este variopinto grupo de héroes siendo totalmente respetuoso con su historia precedente. En su dilatada etapa al frente de la colección pudimos asistir al juicio de Hank Pym, conocimos al Consejo de Kangs, incorporó a las filas de tan poderosa formación a personajes tan dispares como Starfox (o Eros), el Doctor Druida o su propia encarnación de la Capitana Marvel [1], así como narró uno de los episodios más traumáticos en toda la historia de los Vengadores, es decir, el asalto a su mansión urdido por el Barón Zemo. Stern y el mítico John Buscema fueron los responsables de sorprendernos con dicho ataque a la residencia de los Vengadores por parte de los Señores del Mal. El arco argumental en el que los héroes más poderosos de la Tierra, contenido entre los números 273 al 280 de la serie original de “The Avengers” (USA), dejaron de ser invencibles y donde Stern mostró que hasta los grandes héroes tienen sus debilidades. Una de las aventuras más recordadas por el fandom más veterano.

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El poco original, pero bien ejecutado plan de Zemo, archienemigo declarado del Capitán América, brindará a los fans la oportunidad de ser testigos tanto de uno de sus momentos más infames como de uno de los relatos más emocionantes y dramáticos de nuestros héroes favoritos. La historia comienza cuando el malvado Barón y la cuarta encarnación de los Señores del Mal -compuesta por pesos pesados tales como la Brigada de Demolición, el Hombre Absorbente, Titania, Mister Hyde, Goliat, Tiburón Tigre, Apagón, Mimi Aulladora, Gárgola Gris, Torbellino, Chaqueta Amarilla, Arreglador y Piedra Lunar– aprovechan la ausencia del recientemente incorporado a las filas de los Vengadores Príncipe Namor, las juergas de Hércules o la vulnerabilidad de la nueva Capitana Marvel entre otras cosas para invadir la casa de los héroes más poderosos de la Tierra haciendo prisioneros a todos sus miembros. ¿A todos? Por supuesto que no. Gracias a la diosa fortuna, Janet Van Dyne, la Avispa, una mujer fuerte en plena consonancia con los tiempos que ahora vivimos (y, por ende, adelantándose a su época) escapará de las garras de tan viles supervillanos y organizará un equipo de rescate con algunos de los miembros de la reserva dando lugar a una de las más épicas batallas jamás libradas y con consecuencias nada positivas para ambos bandos. En esta historia de los Vengadores podremos ver escenas memorables. Sin duda alguna, una de ellas es la brutal paliza que recibe un ebrio Hércules a manos de la Brigada de Demolición, Mister Hyde y Tiburón Tigre. Castigo que deja al poderoso hijo de Zeus al borde de la muerte. Otra imagen para el recuerdo es la salvaje tortura sufrida por el indefenso Jarvis, fiel amigo y mayordomo (y que Brian Michael Bendis rescató para sus “Vengadores Desunidos” -aunque poniendo en boca del personaje palabras sin pies ni cabeza), por parte de Mister Hyde y que tanto el Capitán América y el Caballero Negro serán obligados a presenciar por voluntad de un sádico Heinrich Zemo que sabe que tan vil acto hará más mella en sus enemigos que cualquiera de sus golpes. Algo inusual, no sólo para la época sino para la gran parte de los productos de la editorial que vio nace a dichos personajes. Poco a poco Stern irá perfilando a los protagonistas dejando a la vista las debilidades que aprovecharán después sus enemigos. La trama nos dejará a unos Vengadores en su momento más bajo, vapuleados y humillados, pero con los recursos suficientes para salir victoriosos en la gesta y fortalecidos interiormente.

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En lo referente al apartado gráfico, sólo puedo decir que es soberbio. El arte del mítico, del inconmensurable, John Buscema, ayudado por Tom Palmer, nos deleita con ilustraciones donde su movimiento, su sencillez y su increíble estética harán las delicias de todo aquel amante del dibujo clásico y del Noveno Arte en general. Viñetas en las que se huye de las poses típicas y que encuentran la espectacularidad en ellas mismas. Clasicismo y buen oficio para una de las mejores historias de los Vengadores de todos los tiempos. Si no la habéis leído, Panini Cómics la publicó dentro de su línea Marvel Gold dedicada a los Héroes más poderosos de la Tierra. En su interior se contienen imágenes tan épicas como emotivas. En conclusión, no dejes escapar esta importante crónica de uno de los más importantes grupos superheroicos de todos los tiempos. Si te gustan los Vengadores, si te gustan los grandes relatos, te gustará este momento crucial en su dilatada trayectoria. Drama, acción y emoción a raudales con un equipo creativo de auténtico lujo. Y cuando hablamos de lujo, estamos hablando de que nunca más en toda su historia, los héroes más importantes de nuestro planeta han estado en mejores manos. La esencia en bruto de la magia de La Casa de las Ideas, uno de los mejores momentos de Marvel Comics, contenidos en un tomo de poco más de ciento noventa páginas. Un tebeo realmente imprescindible para todo aquel que se declare fan de los Vengadores. Esto es historia del cómic y lo demás son tonterías.

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Un momento:  El Capitán América se encuentra inmovilizado. Zemo, con una foto que el Capitán se hizo junto a Bucky antes de morir éste, la rompe en pedazos ante él. El Centinela de la Libertad aguanta el tipo. “Recordaré esto, Zemo”, espeta. Al final, tras la batalla y la consiguiente victoria, Steve Rogers encuentra los pedazos de la única foto de su madre que conservaba. Y allí, de rodillas en soledad, se quebranta. Una muestra de que los héroes, aun siendo de papel, son humanos.

[1] Siempre corrió el rumor de que Roger Stern abandonó la serie de los Vengadores por una disputa con Mark Gruenwald, editor de la colección, sobre el liderazgo de la Capitana Marvel en el grupo. Gruenwald tenía ideas diferentes a las de Stern acerca del destino del personaje. El prolífico editor y guionista quería que el Capitán América acabara liderando a los Vengadores, no sin antes dejar en evidencia como líder incapaz a Monica Rambeau. Lo cual acabaría en su destitución y relevo de Steve Rogers al mando de la formación. Stern fue despedido al oponerse a ello y sustituido por Ralph Macchio y Walter Simonson, más afines a la corriente de pensamiento de Gruenwald.

Crítica de “La noche de los Demonios” (Night of the Demons, Kevin. S. Tenney, 1988)

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Título original: Night of the Demons / Año: 1988 / País: Estados Unidos / Duración: 90 minutos / Director: Kevin S. Tenney / Producción: Joe Augustyn / Productora: Paragon Arts International / Distribución: Meridian Productions / Guion: Joe Augustyn  / Música: Dennis Michael Tenney / Fotografía: David Lewis / Montaje: Daniel Duncan / Reparto: Alvin Alexis,  Allison Barron,  Lance Fenton,  Billy Gallo,  Hal Havins,  Amelia Kinkade, Linnea Quigley,  Jill Terashita / Presupuesto: 1.200.000$


Es Halloween y Angela decide celebrar una fiesta clandestina en la abandonada mansión Hull, una antigua funeraria sobre la que, sin que ella ni sus amigos lo sepan, pesa una maldición. Ignorantes del mortal peligro, los jóvenes deciden divertirse a base de alcohol, música, bromas pesadas y sexo. Sin embargo, en su torpeza, acabarán despertando a un demonio que habita en el interior de la casa. Será de esta forma que comience su pesadilla.


Hay películas que perduran en el imaginario personal (o colectivo) no por su valor artístico ni su calidad cinematográfica sino por motivos intrínsecamente más prosaicos. Una portada llamativa, un personaje carismático, una escena impactante, una pegadiza banda sonora o simplemente habernos hecho pasar un buen rato pueden ser algunos de los variados motivos que nos pueden llevar a recordar, con más o menos cariño, ciertas cintas que poco probable es que lleguen a convertirse en clásicos o en representativas de un género en concreto. Aunque dudo que sea algo de lo que los fans veteranos tengamos exclusiva, todos aquellos que crecimos durante la “Edad de Oro de los Videoclubes”, esos templos del Séptimo Arte levantados para el gozo y deleite de voraces cinéfagos, nos sentiremos identificados con estas palabras. Probablemente muchos de nosotros tuvimos uno, dos, tres o más de diez títulos fetiche entre aquel maremágnum de fantásticas carátulas, una al lado de la otra formando un majestuoso mosaico, que nos maravillaban cada vez que acudíamos a dichos establecimientos. Seguramente tenga que sacudirme de encima algo de nostalgia (bendita y maldita por partes iguales) y que la cruda realidad es que un videoclub no era otra cosa que un negocio local, más parecido a una papelería o a un colmado, sin toda esa mitología que muchos aficionados le conferimos. Podríase decir que algo parecido ocurre con todos aquellos que tuvieron la fortuna de vivir de primera mano la gloriosa época de los “programas dobles” en los cines de sus barrios y que también los recuerdan con cierta carga épica. Sin embargo, que no nos dé miedo afirmar, con la embriaguez de la nostalgia a flor de piel, que eran auténticos santuarios que formaron el gusto y el criterio de muchos de nosotros.

Volviendo a lo que hoy nos atañe, cuando un servidor acudía al videoclub de su barrio no podía eludir la atracción de algunas de las cubiertas que poblaban las estanterías. Mientras que muchas de ellas eran totalmente fantásticas, otras, por el contrario, eran tramposamente engañosas. Algunas mostraban ilustraciones o imágenes que nada tenían que ver con su contenido. también las había que simplemente tenían un fascinante “nosequé”. Entre las muchas que atrajeron la atención de aquel jovenzuelo aficionado al terror, concretamente quien suscribe estas palabras (pero hace ya unos años), estaba la muy cutre portada de “La noche de los demonios” (Night of the Demons, Kevin S. Tenney, 1988) en la que aparecía, en primer término, el plano del deformado rostro de un demonio femenino -con una especie de tiara/corona- junto a la lapidaria frase “Estás invitado a una fiesta en el infierno”. Más tarde supe que dicha efigie, la de la actriz Amelia Kinkade, acabaría convirtiéndose en icono representativo de la saga. En cuanto al VHS, la cosa mejoraba considerablemente al darle la vuelta a la caja de la cinta para leer la sinopsis. Varias fotos la acompañaban y en ellas ya se nos prometían “gore” y escenas picantes -a juzgar por un explícito plano del trasero de la “Scream Queen” Linnea Quigley-. Si a ello añadimos que uno de los principales argumentos para “vendernos” la peli era la participación de Steve Johnson [1] en sus efectos especiales -algo que, sinceramente, en aquella época pre-internet nos la traía al pairo-, pocas razones más había para no acabar yendo al mostrador a alquilarla. He de confesar que pese a atraerme en multitud de ocasiones, tardé bastante en llevarme esta pequeña pieza de culto a casa. Siempre había otras opciones que postergaban el momento. Craso error.

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La de Kevin S. Tenney -quien debutara con la entrañable “Witchboard (Juego diabólico)” [Witchboard, 1986] o perpetrara posteriormente la inefable “La venganza de Pinocho” [Pinocchio’s revenge, 1996] o el producto “directo a vídeo” protagonizado por el desaparecido icono de los ochenta Corey Haim “Pánico en la central” [Demolition University, 1997] entre otros muchos otros poco destacables trabajos- es una de esas comedias de terror ochentero adolescente que tan del gusto fueron en su época funcionando relativamente bien entre los aficionados al género. El filme no presenta nada nuevo: un grupo de despreocupados jóvenes se enfrentan a un demoníaco peligro en un espacio cerrado, concretamente una funeraria abandonada junto a un cementerio. Irrespetuosamente desvergonzados con las fuerzas provenientes del más allá, despertarán accidentalmente a una entidad diabólica que acabará poseyéndolos. Todo ello acompañado de desnudos gratuitos, diálogos estúpidos, alcohol y escenas violentas aceptablemente resueltas. Podríamos señalar su principal referente en el clásico de Sam Raimi “Posesión Infernal” (The Evil Dead, 1981) ya que no son pocas las similitudes, salvando grandes distancias, entre ambos trabajos. Sin embargo, si en la película del director de “El ejército de las Tinieblas” (Army of Darkness, 1992) se hace del terror un verdadero espectáculo delirante, aquí todo se queda en la imitación de sus formas, pero con la nula comprensión de su fondo. Si aquella que convirtiera al personaje de Ash Williams en todo un icono del terror abogaba por ser un complejo y planificado ejercicio cinematográfico (pese a sus limitaciones, tanto técnicas como presupuestarias), la película de Tenney se limita a ser una versión de saldo de la misma.  A semejanza de la de Raimi, no se esconde una confesa condición de película “Serie B“, de auténtico subproducto, en el que parecen combinarse la cinta protagonizada por Bruce Campbell con cualquiera de las entregas de la saga “Porky’s” (Íd, Bob Clark, 1981) y, a juzgar por el diseño de los maquillajes, con la mirada puesta también en el cine de explotación italiano puesto que se nota una cierto parecido con los poseídos de la también cinta de culto “Demons” (Demoni, Lamberto Bava, 1985). En definitiva, un exploit de otros productos que funcionaron bien en su momento.

La genial animación para los créditos iniciales, con un característicamente ochentero tema electrónico de fondo, nos introducirá en la historia. Es la víspera a la noche de Halloween en una pequeña localidad de extrarradio norteamericana. Como muchos jóvenes en dichas fechas, Judy (Cathy Podewell) y sus amigos se disponen a celebrar una fiesta. Sin embargo, en último momento deciden ir a la que organiza Angela, la chica rarita de la clase, en una antigua funeraria abandonada. El emplazamiento ideal para desatar sus hormonas adolescentes y correrse una juerga durante la noche de brujas. En realidad, este grupo variopinto de teenagers no sólo es el típico de este tipo de productos, sino que son auténticos clichés estereotipados. Como suele ser habitual en estas paupérrimas producciones, tendremos a un grupo de desconocidos actores que harán las veces de todos los tópicos del género que nos podamos imaginar. Encontraremos a la joven virginal -“final girl” a la postre-, al novio gañán, al rebelde con destellos de héroe, al bruto desagradable o a la “ligera de cascos”. Una pandilla de inadaptados a lo Judd Nelson y Molly Ringwald de “El Club de los Cinco” (The Breakfast Club, John Hughes, 1985), pero en versión “carne de cañón” para el deleite del espectador con sus muertes. Aunque para llegar a ese momento, habrá que visionar más de la mitad del metraje ya que los dos primeros actos del filme se destinan a la presentación de los protagonistas, la fiesta y la aparición de la invocada entidad demoníaca tardando bastante en arrancar ese esperado clímax violento. El acto final se compondrá de muertes, alguna de ellas con acierto, y una sucesión de persecuciones tan repetitivas como escandalosas -ayudando a ello los propios chillidos de los protagonistas y el machacón sintetizador del “score”–  con espacio para algún momento digno de mención como la escena en la que la protagonista improvisa un lanzallamas con una tubería de gas y un mechero. Por lo demás, nos encontraremos ante una sucesión de “set pieces” -comunes en el cine “slasher“- en la que el destino de los distintos personajes acabará siendo funesto. Siempre sazonado con un negro sentido del humor y desnudos. La presencia de la mítica Linnea Quigley, quien ya nos encandilara con su sensual striptease en la genial “El regreso de los muertos vivientes” (Return of the living dead, Dan O’Bannon, 1985), es plena garantía de ello. La famosa “Scream Queen” protagoniza no sólo momentos de destape sino algunas escenas y diálogos que han quedado en la memoria de los fans. Su presentación en el drugstore, con un look muy a lo Cindy Lauper, encandilando con sus posaderas a unos dependientes de aspecto nerd mientras su compañera se avitualla sin pasar por caja, su frase “Vaya, tendré que chuparos la polla algún día” [2] tras preguntarles si tienen huevos de chocolate en la tienda o la mítica escena en la que un pintalabios atraviesa uno de sus pezones -muy lograda, por cierto- son algunas de las perlas que esta musa del terror nos ofrece.

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Entre los pocos aciertos de casting, tenemos a la actriz Amelia Kinkade (sobrina de la popular Rue McClanahan, famosa por interpretar a Blanche Devereaux en la exitosa serie “Las chicas de oro” [The Golden Girls, 1985-1992]) interpretando a Angela, la chica rara de la clase que es, a su vez, la anfitriona de la fiesta en la encantada mansión Hull. Éste sería el personaje con el que se recordará su breve paso por el cine -en la actualidad escribe libros dedicados a su faceta como psíquica de animales-, ya que Kinkade acabaría convirtiéndose en el icono de una saga que alcanzaría la friolera de tres entregas (con ellas misma caracterizada de gótico demonio en sus portadas) y un remake en 2009 [3]. La joven ya era bailarina profesional por aquel entonces [4] y creó ella misma la coreografía del diabólico baile de su mejor escena en el filme. Sin duda, su versión poseída es la más carismática de todo el elenco. Y ello no podría haberse materializado de no haber contado con un gran profesional del campo de los efectos especiales. La participación de Steve Johnson se nota y mucho. Tejano de nacimiento, Johnson ha participado en multitud de películas de terror consideradas de culto y tiene el honor de haber diseñado y esculpido a Slimer, el viscoso y mocoso espectro más querido de “Cazafantasmas” (Ghostbusters, Ivan Reitman, 1984) conocido por aquel entonces como “Onion head“. El trabajo de maquillaje de “La noche de los Demonios” es sencillamente espectacular, así como muchos de sus efectos prácticos. Algunas de sus explicitas y violentas escenas están muy bien resueltas en lo que a lo visual se refiere otorgándoles un conseguido realismo. Lo que no deja de sorprender en una producción “low cost” como supuso ser esta. Con lo cual, y para ir concluyendo, podemos afirmar que nos encontramos ante una de esas películas malas, realizadas a rebufo del éxito de los clásicos del género, pero que, inexplicablemente, tiene un “nosequé” que la hace tan entrañable como disfrutable. Cierto es que tarda en arrancar, que su argumento es meramente una excusa y que la mayor parte de sus intérpretes realizan un trabajo nefasto. Eso sin contar la cantidad de diálogos absurdos, aunque hilarantes, que tendremos que sufrir. Pero a su favor destacaremos los citados efectos especiales supervisados por Johnson, su desenfadado gamberrismo sin complejos, el uso de una banda sonora a base de sintetizadores y algún que otro tema de grupos metal rock de la época creando momentos muy conseguidos y la presencia de nuestra admirada Linnea Quigley y sus gratuitas exposiciones de carne. Sí, es verdad que la película es un pestiño, pero es un pestiño entretenido, ideal para hacerse un pase doble “Grindhouse” complementándola con alguna de sus secuelas o con su principal referente, “Posesión infernal“. Una pequeña joya que, con sus muchas carencias y pocas virtudes, logró hacerse un hueco en los corazoncitos de los muchos aficionados al terror que la descubrieron en la estantería de su videoclub. Por cierto, con sus resultados triplicó su presupuesto.

Un momento: el sensual y erótico baile de Angela (Amelia kinkaid) al son del tema “Stigmata Martyr” de la banda Bauhaus es totalmente hipnótico.

Una curiosidad: el creador de los efectos especiales, Steve Johnson, y la actriz Linnea Quigley comenzaron una relación amorosa, que fructificaría en un corto matrimonio, tras la realización de esta película. Ambos pasaron largas horas juntos para la confección de los moldes de los pechos de la actriz que se utilizaron en la famosa escena del pintalabios. El director de la cinta, Kevin Tenney, cree que fue así como se enamoraron y así lo manifestó en unas declaraciones que podéis leer aquí.

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[1] Steve Johnson es un gran profesional de los Efectos Especiales y cuenta con una dilatadísima carrera. En su currículum tiene el honor de haber participado en filmes como “Videodrome” (Íd, David Cronenberg, 1983), “Noche de miedo” (Fright night, Tom Holland, 1985), “Cazafantasmas” (Ghostbusters, Ivan Reitman, 1984), “Pesadilla en Elm Street 4” (A Nightmare on Elm Street 4: The Dream Master, Renny Harlin, 1988), “La Guerra de los Mundos” (War of the Worlds, Steven Spielberg, 2005) o “Spider-Man 2” (Íd, Sam Raimi, 2004) entre otros muchísimos títulos.

[2] Traducción bastante libre, muy libre, de “Do you guys have sour balls?” y “Too bad, I’ll bet you don’t get many blowjobs”. Nada que ver con lo que dice el personaje con el doblaje a nuestra lengua.

[3] Remake dirigido por Adam Gierasch en 2009 y en el que la actriz Shannon Elizabeth, popular por su participación en la saga “American Pie” (Íd, Paul Weitz, Chris Weitz, 1999), interpreta el papel de Angela. Curiosamente la única actriz del cast del 88 que aparece haciendo un cameo no es Amelia Kinkaid, sino Linnea Quigley.

[4] Amelia Kinkaid participó también en filmes musicales como el protagonizado por Lorenzo Lamas “Body Rock” (Íd, Marcelo Epstein, 1984) y “Breakdance 2: Electric Boogaloo” (Breakin‘ 2Electric Boogaloo, Sam Firstenberg, 1984), secuela de la cinta que puso brevemente de moda películas del estilo de baile breakdance.

Crítica de “Critters” (Íd, Stephen Herek, 1986) [1]

 

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Título original: Critters / Año: 1986 / País: Estados Unidos / Duración: 82 minutos / Director: Stephen Herek / Producción: Barry Opper, Robert Shaye, Sara Risser, Rupert Harvey / Productora: New Line Cinema / Distribución: New Line Cinema / Guion: Stephen Herek, Don Opper, Dominic Muir  / Música: David Newman / Fotografía: Tim Suhrstedt / Montaje: Larry Bock / Diseño de producción: Gregg Fonseca / Reparto: Scott Grimes, Dee Wallace, M. Emmet Walsh, Billy Green Bush, Nadine Van Der Velde, Terrence Mann, Don Keith Opper, Billy Zane / Presupuesto: 2.000.000$


Los Critters, mortíferas criaturas con afilados dientes, conocidos por su mortal apetito, se han fugado de una prisión de alta seguridad de una galaxia cercana. Dos cazadores de recompensas han sido contratados para capturarlos mientras que los Critters han llegado a la Tierra, concretamente a una pequeña localidad rural de Kansas donde vive la familia Brown.


En 1984, Steven Spielberg presentaba al mundo una de esas producciones míticas de su “Amblin Entertainment” que tanto le gustaba auspiciar: “Gremlins” (Íd) de Joe Dante. Una suerte de cuento macabro de Navidad y a la vez homenaje al cine de serie B de antaño y a las historias de invasiones alienígenas de la sci-fi más añeja. Siempre bajo el filtro de ese “entertaintment” que le hace característico y con la intención y el tono adecuado para que el público de masas llenara las salas de cine. Convertida la cinta del director de “Piraña” (Pirahna, 1978) y “Aullidos” (The Howling, 1981) en fenómeno social, poco a poco, aparecerían otros productos siguiendo su estela y que convertirían en protagonistas a otros “bichos” de procedencias dispares. Dejando, sobre todo, de lado la referencialidad cinéfila, las alusiones “caprianas” y el puro objetivo mainstream de esos diablillos que asolaron la pequeña localidad de “Kingston Falls” (también conocida como “Hill Valley” en otro universo “ambliriano“) estos “primos lejanos” intentaron, como mínimo, arañar las migajas de su éxito y ganar unos dólares independientemente de la calidad del producto. Primero aparecieron los “Ghoulies” (Íd, Luca Bercovici, 1985) y dos años después, en 1986, llegaban a la gran pantalla unas voraces y carnívoras criaturas procedentes, esta vez sí, del espacio exterior con el film “Critters” (Íd, Stephen Herek, 1986).

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Dirigida por el debutante Stephen Herek, director también de la curiosa, recomendable y divertida “Las alucinantes aventuras de Bill y Ted” (Bill & Ted’s Excellent Adventure, 1989), “Critters” (Íd, 1986) comienza con la fuga de estas peligrosas bestiecillas de un asteroide prisión de máxima seguridad en el que se encuentran presos para acabar aterrizando en nuestro planeta, más concretamente en una pequeña localidad rural de Estados Unidos. Estos pequeños monstruitos de dientes afilados, amplia sonrisa diabólica, voraz apetito y con una fisonomía que los emparentaría con los puercoespines acabarán asediando la típica granja de la América profunda donde vive la familia Brown. Sorprendidos y aterrorizados, desconocerán que tras la pista de sus mortales acosadores hay dos cazarrecompensas intergalácticos. Sus responsables siempre afirmaron, juraron y perjuraron que su proyecto, que sus Critters, comenzaron a gestarse antes que la historia de los Mogwais y que pospusieron su desarrollo tras el estreno de “Gremlins” (Íd). Un guion escrito a tres manos por el propio Stephen Hereck, Domonic Muir y Don Opper que, según ellos mismos, tuvieron que modificar para que no se les acusase de plagio. Siempre podríamos concederles el beneficio de la duda (¿lo hacemos?). Sin embargo, existe una historia, un mito, que da pie a una hipótesis (de la persona que suscribe estas palabras, eso sí) que justifica la existencia no sólo de esta película sino incluso de la original de la “Amblin“. Cuenta la leyenda que a principios de los 80 el anteriormente citado Steven Spielberg tenía varios proyectos simultáneos y de entre todos ellos se encontraba la dirección (o producción dependiendo del momento en el que se encontrase) de un film de serie B cuyo origen está en la presión que ejercía la “Columbia” para que hiciera la secuela de otro de sus grandes éxitos: “Encuentros en la Tercera Fase” (Close Encounters of the Third Kind, Steven Spielberg, 1977). Para ello, Spielberg encargó un guion a John Sayles, ahora reputado cineasta independiente que por aquel entonces se había granjeado cierto éxito tras la escritura de los libretos de otros filmes de bajo presupuesto como “Piraña” (Pirahna, Joe Dante, 1978) y “La Bestia bajo el asfalto” (Alligator, Lewis Teague, 1980). Aquello que escribió para el Rey Midas de Hollywood llevaba el título de “Night Skies” y, basándose en presuntos hechos reales y tomando “Perros de Paja” (Straw Dogs, Sam Peckinpah, 1971) como referencia, narraba la historia de cómo unas criaturas llegadas del espacio exterior asolaban una granja del medio oeste americano acosando a la familia que la habitaba. Este clan, desestructurado como fuera habitual en el cine “spielberiano”, sería rescatado por otra raza de alienígenas que llegaría a nuestro mundo. De ser cierto, sería evidente que ese guion nunca rodado de “Night Skies” [2] debió pasar por muchas otras manos, que sí debió interesar a otros individuos y que pudo ser la base y referencia para los filmes que estamos aquí mencionando entre ellos la trágica noche que los Brown conocieron a los crites, que es así como se denomina a dicha raza.

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Esta familia Brown reúne todos los arquetipos de este tipo de unidades familiares del medio oeste de los Estados Unidos y de este tipo productos, ya sean cinematográficos o televisivos. Como cabeza de familia tenemos a Jay Brown, interpretado por el veterano Billy Green Bush. Hombre de campo, rudo, trabajador y, como no podría ser en otro lugar del mundo, aficionado a los bolos. De mentalidad conservadora, es presumible su afiliación republicana. No duda en empuñar su escopeta, incluso herido, para defender a los suyos. Interpretando a su fiel y afable esposa, Helen Brown, tenemos a toda una musa del cine fantástico: Dee Wallace-Stone. Sobran las presentaciones para esta gran actriz, pero por si alguien no logra ponerle cara podemos decir que protagonizó una de las, para un servidor, mejores películas de licántropos titulada “Aullidos” (The Howling, Joe Dante, 1981), sufrió los ataques de ese San Bernardo psicótico llamado “Cujo” (Íd, Lewis Teague, 1983) y sin duda pasará a la posteridad por interpretar a la madre de Michael, Gertie y Elliot en “E.T. el Extraterrestre” (E.T.: The Extra-Terrestrial, Steven Spielberg, 1982). La señora Brown es la típica ama de casa, encantadora con sus vecinos, fiel a las decisiones de su cónyuge y mediadora entre las discrepancias generacionales de éste con su joven descendencia sin dejar de olvidad su lado histérico y gritón cuando el peligro hace acto de presencia. El bien avenido matrimonio Brown acoge en su seno a sus dos hijos. Por una parte, está April, la hija adolescente, que para perfeccionar el cliché estará en pleno despertar sexual y se nos presenta como un pelín fresca y “demasiado moderna para la gente de este pueblo”. Interpretada por una joven Nadine Van Der Velde podemos añadir que “Critters” (Íd) no sería la única cinta de bichos que protagonizaría ya que sólo un año después aparecería en la producción de Roger Corman “Munchies” (Íd, Tina Hirsch, 1987).  Como curiosidad, la directora de “Munchies” (Íd), Tina Hirsch, fue la montadora de “Gremlins” (Íd). Y rizando el rizo de las curiosidades, el novio de April y víctima del voraz apetito de los Critters está interpretado por un joven Billy Zane. El joven Brad Brown es el benjamín de la casa. Es el típico “chaval raro” de la clase, un pre-púber de espíritu aventurero, valiente, obstinado y aficionado, entre otras cosas, a la pirotecnia. Su cara es la del televisivo Scott Grimes. A Grimes lo podemos ver ahora en la reciente “The Orville” (Íd, 2017-2019) de Seth McFarlane, pero en los 80 venía a ser un émulo de Michael J. Fox interpretando diversos papeles de “hijo gracioso” en sit-coms como “Together We Stand” (Íd, Sherwood Schwartz, Michael Jacobs, 1986-1987), donde compartía cast con Dee Wallace e incluso con Jonathan Ke Quan (el Data de “Los Goonies” [The Goonies, Richard Donner, 1985]).

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Junto a Brad encontramos a su fiel amigo Charlie interpretado por Don Opper que, a la postre, participa en el guion de la película y es el hermano de Barry Opper, productor de las cuatro cintas que generaron los Krites. El amigable Charlie trabaja para los Browm, no tiene a priori muchas luces y es el borrachín del pueblo. Además, es el único que ha visto llegar la nave de los Critters. Como viene siendo habitual, y para redondear la previsibilidad de su personaje, no le creen cuando acude a la autoridad local, es decir, un sheriff interpretado por M. Emmett Walsh, otra cara conocidísima del género (participando en títulos tan dispares como “Huida del Planeta de los Simios” [Escape from the Planet of the Apes, Don Taylor, 1971], “Blade Runner” [Íd, Ridley Scott, 1982] o “Arizona Baby” [Raising Arizona, Ethan Jesse Coen, Joel David Coen, 1987] entre otros muchos filmes de su dilatada carrera). Y para acabar con las presentaciones, cabe mencionar a los no menos importantes caza recompensas del espacio, los Caza-Critters. Dos tipos aguerridos, armados hasta los dientes con el armamento más sofisticado, mortífero y devastador de la galaxia que responden al nombre de Ug y Lee (apelativos que si los juntamos acaban formando fonéticamente la palabra “Ugly“, feo en inglés). A ambos les caracteriza la ausencia de rostro ya que su cabeza es como la de una especie de bombilla fluorescente, pero tienen la capacidad de adquirir las facciones que ellos necesiten o consideren de su agrado. Es así como Lee adquirirá la faz del popular y ficticio rockero Johnny Steel interpretado por el actor Terrence Mann, al que ese mismo año pudimos ver en otro clásico de vídeo club titulado “Los Guerreros del Sol” (Solarbabies, Alan Johnson, 1986). Steele interpreta la pegadiza canción “Power of the night“, compuesta a propósito de la película y con un sonido ochentero a más no poder. Como el resto del soundtrack, cabría añadir.

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Con todos los participantes sobre el tablero de juego, “Critters” (Íd) es una gamberrada disfrazada de horror movie, pero que se queda en esa tierra de nadie entre el terror light y la comedia familiar como ya hiciera “Gremlins” (Íd) en su momento, aunque arriesgando un poco más ya que tampoco había mucho que perder. Pese a que en el imaginario colectivo la recordamos como más sangrienta, el uso de la mercromina barata y algún prop con ínfulas gore desmitifican esa idea. El body count de la cinta se reduce a dos humanos, una vaca y muchas, muchas gallinas. Sus responsables juegan con sus criaturas, los hacen participar en chistes o bromas con poca gracia y nos presentan guiños o burlas que no aportan nada a la trama, pero que tampoco la entorpecen. Me refiero a cosas como que el gato de la familia se llame Chewie, que un Critter se coma un peluche de E.T. o que Brad tenga un póster de “Forbidden World” (Íd, Allan Holzman, 1982) en su cuarto. Pequeños detalles que harían que más de un aficionado al género esbozase una sonrisa. Si a los grandes les funciona… El diseño de los Krites, de la mano de los hermanos Chiodo (responsables de “Los payasos asesinos del espacio exterior” [Killer Klowns from Outer Space, Stephen Chiodo, 1988]), es magnífico. Muy atractivo y deja volar la imaginación. Sin duda, no es poseedor del carisma de los monstruitos creados por Chris Walas para “Gremlins“,(Íd) pero le van a la zaga.

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Es evidente que nos encontramos ante un claro ejemplo de cine de explotación más que de un ejercicio cinematográfico de calidad. La cinta peca de la dirección de un debutante, de un abuso continuado de la elipsis y de personajes tan tópicos que no podemos identificarnos con ninguno. La presencia de las criaturas, los verdaderos protagonistas, es muy reducida. Algo que podemos achacar a los poco más de dos millones de dólares con los que contaba la producción. Al igual que con el film de Joe Dante, aquí se toma el terror, la ciencia ficción y la serie B con plena intencionalidad de ofrecer un divertimento y, de paso, hacer un buen dinero ya fuera en la gran pantalla o en el cada vez más importante, popular y rentable formato doméstico. No sorprendería a nadie si digo que este título fue todo un clásico de las estanterías de los videoclubes. Y es que esa carátula ilustrada por Soyka con ese simpático y a la vez amenazador Critter nos atrajo a más de uno. Esta apuesta por el “cine de monstruitos” de la “New Line Cinema” de Robert Shaye dio sus frutos. Frente a la mencionada inversión de dos millones, generó en salas de cine americanas una recaudación de algo más de 12 millones de dólares sin contar los alquileres en videoclubes. Un éxito que conviritó a los hambrientos Krites en los mejores “primos lejanos” de los Gremlins generando tres entregas más -una reciente serie de televisión y un proyecto de nueva película del canal “SyFy“- de las cuales sólo podría (un servidor) recomendar el visionado de su secuela más inmediata dirigida por el Master of Horror Mick Garris [3].

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Un momento: el cazarrecompensas Lee escogiendo un aspecto terrestre hasta que se topa con el el videoclip de “Power of the night“, ochenterismo en estado puro.

Una curiosidad: Existen dos finales alternativos, el más conocido es el que termina con los huevos escondidos en el granero. Pero hay otro menos abierto y más comercial en el que se eliminaba esa escena y terminaba con la reconstrucción de la casa.

 

[1] Con este artículo debuté en el blog Colección Ultramundo. Debido a que en esta página se acabarán reseñando todas las entregas de los Critters, me he tomado la libertad de reciclar el escrito original (previo a la teórica corrección del aparecido en dicha web), añadiendo algunas líneas más.

[2] “Night Skies” fue el germen de “E.T. el Extraterrestre” (E.T.: The Extra-Terrestrial, Steven Spielberg, 1982). En la película, basada en supuestos hechos reales, una banda de extraterrestres hostiles -todos con nombres y apariencias características- asediaría a una familia en su granja. El menos peligroso de los aliens entablaría una relación de amistad con el miembro más joven, autista-  del rural clan. El diseño de las criaturas correría a cargo del grandísimo Rick Baker. Sin embargo, en el rodaje de “En busca del Arca Perdida” (Indiana Jones: Raiders of the Lost Ark, Steven Spielberg, 1981), Spielberg enseñaría el guion a Melissa Mathison, pareja en aquel entonces de Harrison Ford, quedando ella prendada de la historia del extraterrestre y el niño. De esta forma, Mathison escribió un tratamiento sobre ello que encandiló al Rey Midas de Hollywood y el resto ya es historia del cine.

[3] Podéis encontrar aquí su respectivo artículo.

Crítica de “Critters 2” (Critters 2: the main course, Mick Garris, 1988)

 

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Título original: Critters 2: the main course / Año: 1988 / País: Estados Unidos / Duración: 93 minutos /Director: Mick Garris / Producción: Barry Opper, Robert Shaye, Daryl Kass / Productora: New Line Cinema / Distribución: New Line Cinema / Guion: Mick Garris, David Twohy  / Música: Nicholas Pike / Fotografía: Russell Carpenter / Montaje: Charles Bornstein / Diseño de producción: Philip Dean Foreman / Reparto: Terrence Mann,  Don Keith Opper,  Cynthia Garris,  Scott Grimes,  Al Stevenson, Tom Hodges,  Douglas Rowe,  Liane Alexandra Curtis,  Lindsay Parker,  Herta Ware, Sam Anderson,  Lin Shaye,  Barry Corbin,  Eddie Deezen,  Frank Birney / Presupuesto: 4.500.000$


Ya hace dos años desde la fatídica noche en la granja de los Brown. El pueblo de Grover’s Bend parece querer ignorar dicho suceso, el aparente asedio a sus vecinos por parte de una mortífera especie alienígena, y seguir con la rutina. Brad, el hijo pequeño de los Brown, vuelve a la pequeña localidad para pasar las vacaciones de Pascua con su abuela. Sin embargo, las criaturas que en el pasado atormentaron a su familia han vuelto y tienen más hambre que nunca.


Irremediablemente, para hablar de los Critters, esos alienígenas carnívoros que atemorizaron a una familia en un entorno rural del medio oeste de los Estados Unidos a mediados de la década de los ochenta, hay que mencionar a sus primos lejanos, más pudientes y solventes, que también hicieron de las suyas dos años antes en una pequeña localidad americana llamada Kingston Falls en festivas fechas navideñas, aparecidos en el film “Gremlins” (Íd, 1984) dirigido por Joe Dante. La primera colaboración entre el director de la divertida “Piraña” (Pirahna, 1978) y la aterradora “Aullidos” (The Howling, 1981) [1] y el “Rey Midas de Hollywood”, Steven Spielberg, tuvo tanto éxito que no sólo ha acabado en el imaginario colectivo, sino que se convirtió en la cuarta película más taquillera de aquel año 1984, con sus cerca de ciento cincuenta millones de recaudación. Además, fue imitada y explotada posteriormente por una serie de filmes de calidad más o menos discutible que, intentando seguir su estela de éxito económico, hicieron su particular agosto en las estanterías de los videoclubes de la época. Esta suerte de sub-género de “monstruitos hostiles“, conjugando siempre el homenaje de aquellas invasiones extraterrestres de la serie B de los cincuenta, un humor negro caminando por el filo de la navaja, la violencia explícita y el gore justos para disfrutar de una calificación por edades para mayores de 13 años, lo inauguraron los “Ghoulies” (Íd, Luca Bercovici,1985) de la “Empire Pictures” de Charles Band. A estas criaturas (cutres, pero con encanto) del averno, cuyo protagonismo era meramente testimonial en el desarrollo de su metraje, le siguieron los protagonistas de este artículo. Pero la cosa no quedó ahí, ya que más tarde aparecieron más versiones de saldo de las malvados alter-ego de los Mogwais puesto que, bajo la producción del mítico Roger Corman, conoceríamos a los “Munchies” (Íd, Tina Hirsh, 1987) y a los aún más patéticos bichos de la involuntaria comedia titulada “Hobgoblins” (Íd, Rick Sloane, 1988). Sin embargo, cabe destacar que solamente los Ghoulies y los Critters gozaron de las mieles del (relativo) éxito, la popularidad y el cariño de los aficionados además de unos resultados económicos lo suficientemente interesantes para sus respectivos responsables [2]. Ello dio pie a que incluso se adelantaran a los Gremlins de Joe Dante en aquello que la cinta de la “Amblin Entertainment”  no lograba llevar a buen puerto desde su estreno, es decir, la producción de una secuela [3].

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Así que, con unos resultados económicos francamente de notable alto o sobresaliente, no es de extrañar que tanto el polémico Charles Band quisiera exprimir al máximo el rédito conseguido con sus Ghoulies, como que el no menos controvertido fundador de la “New Line Cinema”, el productor Robert Shaye, diera luz verde a un nuevo proyecto de Critters intentando repetir una fórmula de éxito a imagen y semejanza de la saga de terror que comenzara con la seminal “Pesadilla en Elm Street” (A nightmare on Elm Street, Wes Craven, 1984) con la que, entrega a entrega, fuera enriqueciendo su modesta factoría de películas que tantos buenos ratos ha ofrecido a todo aficionado al género fantástico [4]. Solamente dos años después del estreno de la primera película [5], los krites volvían a la carga, no sólo más hambrientos que nunca, sino con más medios a su alcance. Tampoco es que contaran con un presupuesto de súper producción de Hollywood, pero los antaño exiguos dos millones de dólares de la primera entrega aumentaron hasta poco más del doble en el presupuesto destinado al nuevo filme. Ello daba la oportunidad a los míticos hermanos Chiodo (Stephen, Charles y Edward), padres conceptuales y artísticos de estas carismáticas criaturas devoradoras de carne (así como de los payasos asesinos del espacio exterior más famosos del cine de bajo presupuesto [6]), a poder construir más “puppets” y a perfeccionar sus “animatronics” con objeto de dar aquello que la gradería demandaba, es decir, a mostrar el máximo de Critters posible en pantalla y que quedaran lo suficientemente verosímiles (recordemos que la movilidad es estos bichejos en la cinta del ochenta y seis era prácticamente estática dando la sensación de ser simples marionetas de mano) y atractivos en pantalla. De hecho, a un servidor le parecen tan adorables que se llevaría uno a casa (reconociendo que en mi despacho tengo algunas réplicas y props de los mismos). Por otro lado, la historia demandaba un asedio a mayor escala que el precedente a la granja de los Brown. En esta ocasión, sería el pequeño pueblo de Grover’s Bend el que sería sitiado por dichas criaturas. Para ello, se construyó, desde cero, un set de rodaje, al más puro estilo de los decorados de un poblado del oeste (con su establecimiento de ultramarinos, su hamburguesería local, su escuela o su típica iglesia), reproduciendo a escala real esta ficticia localidad rural cercana a Kansas. Eso en lo que se refiere al diseño de producción. Para las labores de dirección, se contaría con los servicios de un director novel que provenía del mundo de la televisión y que venía de trabajar a las órdenes del mismísimo Steven Spielberg para su popular y mítica serie “Cuentos Asombrosos” (Amazing Stories, Steven Spielberg, Joshua Brand, John Falsey, 1985-1987), el californiano Mick Garris. Con lo que, si se buscaba el toque “Amblin“, ahí lo tenían. Destacar también que Garris, famoso también por sus posteriores adaptaciones de novelas de Stephen King (aquí mismo uno de sus personajes menciona a ese inolvidable San Bernardo llamado Cujo) o por la gran proeza de juntar a los “Grandes Maestros” del género en su serie “Masters of Horror“, se encargó también del guion de esta nueva entrega de Critters y que lo escribió al alimón con otro debutante, David Twohy. Futuro guionista de “Waterworld” (Íd, Kevin Reynolds, 1995), cinta de culto para muchos de nosotros, y principal responsable de la saga del popular Richard B. Riddick, que protagonizara el no menos famosos Vin Diesel, escribiendo y dirigiendo sus tres entregas (“Pitch Black” [Íd, 2000], “Las Crónicas de Riddick” [The Chronicles of Riddick, 2004] y “Riddick” [Íd, 2013]).

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En esta ocasión, la acción transcurrirá dos años después de la trágica y fatídica noche en la granja de los Brown. Ahora abandonada, nadie parece haberse percatado de la existencia de varias docenas de huevos de Critters (en realidad, eran chirimoyas decoradas) en su destartalado granero. Nadie, salvo Wesley, el típico outsider paleto y macarra de extrarradio, que decide ofrecérselos al dueño de una cutre tienda de antigüedades y objetos usados a cambio de unas latas de cerveza y unas revistas Playboy. A su vez, a este tipo huraño y sin escrúpulos no se le ocurre otra cosa que vendérselos a la parroquia local como “Huevos de Pascua“, ya que se encuentra próxima la festividad. Y ya para rizar el rizo, la encantadora ancianita que adquiere esos embriones de Krites no es otra que la dulce (y vegetariana) abuelita del joven Brad Brown, el menor de los hijos de la familia que sufriera el ataque de los Critters, que regresa a Grover’s Bend para pasar las vacaciones en el pueblo. Menuda casualidad, ¿no? A su vez, los cazarrecompensas espaciales Ug y Lee, acompañados por el antaño único amigo de Brad, Charlie, son avisados de que se dejaron el trabajo a medias la última vez que visitaron la Tierra y de que allí todavía hay constancia presencia Critter. De no exterminarlos, se quedarían sin sus preciados (como diría Ian Holme en “Alien, el octavo pasajero” [Alien, Ridley Scott, 1979]) emolumentos. Sentadas ya las bases del juego, Garris y compañía nos ofrecerán casi hora y media de aquello que funcionó en la primera película, pero que también -por cuestiones económicas- se quedó corto, es decir, más bichos, más cuota de pantalla para ellos, más bromas pesadas, algo más (pero poco) de gore, más acción y más tetas (concretamente aquellas, con una grapa como chascarrillo, de la fallecida ex-conejita Playboy, Roxanne Kernohan) convirtiendo “Critters 2” (Critters 2: the main course, Mick Garris, 1988) en una comedia de horror adolescente tan del gusto de la época. Da incluso la sensación de que aquí se intenta seguir más el tono y la senda de “Gremlins” (Íd, Joe Dante, 1984) que en la cinta precedente.  Allí solamente encontrábamos una escena donde estos malvados bichos se desmadraban haciendo unas cuantas travesuras en el cuarto del joven Brad (con el famoso momento de un Krite despedazando un peluche de E.T.), mientras que aquí hay variedad de secuencias en las que los peligrosos monstruitos atentan contra la propiedad privada, muerden ruedas de coche para hincharse como un globo, se electrocutan o siembran el pánico en un burger (una idea, por cierto, que para la cinta de Joe Dante se acabó descartando [7]). Todo ello para deleite y disfrute de la chavalada y para que los hermanos Chiodo pudieran dar rienda suelta a su creatividad, cuyo momento álgido es aquel en el que hace aparición una gigantesca y mortífera bola compuesta por decenas y decenas de Critters sembrando el pánico en las (cuatro) calles de Grover’s Bend.

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En lo referente al reparto, como podrá imaginar el lector tras nombrar a sus respectivos personajes, repiten algunos de los actores de la primera parte como el intérprete del verdadero protagonista de la historia, Scott Grimes, volviendo a poner cara a Brad Brown. El chaval ha dejado su pasado pirotécnico para convertirse en un adolescente modernete (su piercing en la oreja le daba ese toque de distinción en una época en la que no estábamos acostumbrados a tales accesorios) combinando blazer con vaqueros. Grimes, al que siempre he considerado una especie de copia de segunda de Michael J. Fox, fue también una cara televisiva infantil prodigándose en alguna sit-com y, el hecho de que en el doblaje en castellano de la película le ponga voz Jordin Pons (habitual voz del prota de “Regreso al Futuro” [Back to the Future, Robert Zemeckis, 1985]) refuerza incluso mucho más mi personal impresión. Amigo de Seth McFarlane, aparece junto a él en esa serie del creador de “Padre de Familia” (Family Guy, 2000-2017) que toma el testigo y recoge el espíritu de la franquicia Star Trek -más si cabe que su última encarnación, “Star Trek: Discovery” (Íd, Bryan Fuller, Alex Kurtzman, 2017-2019)- titulada “The Orville” (Íd, 2017-2019). Junto al rostro de Grimes, podremos volver a ver los de Terrence Mann (volviendo al rol de Lee, el cazarrecompensas espacial que tomó prestado el aspecto del ficticio cantante de rock Johnny Steele) y Don Opper, hermano del productor de la cinta Barry Opper, en el papel de Charlie, el antiguo borracho del pueblo reconvertido ahora en “Caza-Critters“, pero con las mismas dudas y problemas de autoconfianza de antaño. Ambos actores tienen el honor de aparecer en las cuatro entregas de las que se compone esta saga. Del resto del elenco podemos destacar también la presencia del televisivo Sam Anderson, de la hermana del productor Robert Shaye, Lynn Shaye, que participa de nuevo en la serie, o a la esposa de Mick Garris, Cynthia, acreditada como Zanti, el alcaide del asteroide prisión del que escaparon los Krites en “Critters” (Íd, Stephen Herek, 1986). Mención especial a la participación del cómico Eddie Deezen, famoso por sus papeles de nerd (siempre dio el físico, la verdad sea dicha) en comedias de los setenta y los ochenta apareciendo el títulos tan del conocimiento del gran público como “Grease” (Íd, Randal Kleiser, 1978) y su secuela, “1941” (Íd, Steven Spielberg, 1979), “Juegos de Guerra” (WarGames, John Badham, 1983) o el clásico de culto “El rayo destructor del planeta desconocido” (Laserblast, Michael Rae, 1978). En cuanto a los bichos, así como en su primera entrega, el actor Corey Burton, volvió a poner sus peculiares voces.

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En definitiva, la segunda entrega de la saga Critters es una auténtica gamberrada que ofrece al espectador más de lo que pudo experimentar en la cinta precedente. Como he anotado antes, hay más de todo. Y todo ello encaminado al “entretenimiento por el entretenimiento”. No nos equivoquemos, no es un film que podamos ensalzar por sus valores cinematográficos, pero sí que es un trabajo rodado a pulso y con un ritmo tan trepidante que la película se nos pasará en un suspiro. Es tremendamente entretenida y divertida, pese a perder (quizás a favor de poder ser exhibida a un público adolescente) el elemento de terror de su predecesora. Aunque, tampoco vamos a engañarnos, la primera película de los Krites tampoco era un título de terror propiamente dicho. Aquí parece que sus responsables se lo han pasado en grande confeccionando su relato. Garris y Twohy juegan con todo tipo de géneros y referentes en el que hay cabida para aquellas invasiones alienígenas combinadas con el cine de catástrofes de la sci-fi, la hiperviolencia y la superioridad armamentística (¿a nadie más le parecen fálicas las armas de los cazarrecompensas?) al más puro estilo “Aliens, el Regreso” (Aliens, James Cameron, 1986), al western o a los musicales de corte country con el incesante tema  -interpretado por la esposa de Garris- “Hungry Heifer“, repetitivo y pegadizo jingle de la cadena de hamburgueserías del mismo nombre (que desconozco si tiene algo que ver con la cadena de burgers Hungry Heifer a la cual era aficionado Norm, uno de los personajes más populares de la serie “Cheers” [Íd, 1982-1993]). Por otro lado, también se ironiza -de forma muy light para no herir demasiado sensibilidades- con temas como la identidad sexual (la indecisión de Ug respecto a ello) o el veganismo (la abuela de Brad es activista y odia a los carnívoros). Incluso hay tiempo para hacer auto-bombo y el personaje emblema de la compañía, Freddy Krueger, hace una breve aparición. “Critters 2” (Critters 2: the main course, Mick Garris, 1988) supone un magnífico debut para su director y la cota más alta de una saga que, con las dos entregas posteriores, decayó en demasía condenándose ella misma a un largo ostracismo del que muchos fans, incluido aquel que suscribe estas palabras, esperamos que salga. Por lo pronto, ya hemos podido ver el primer avance de la nueva serie, “Critters: A New Binge“, de inminente estreno y el canal “SyFy” hace tiempo que confirmó proyecto para una nueva película. Ganas tremendas de ver ambos proyectos tengo. En cuanto a la cinta que nos ocupa, junto con la anterior, forman un sensacional díptico con el que montarse una doble sesión “Grindhouse” para una tarde de sábado. Ojalá así lo viera alguno de los cines de mi ciudad porque yo pagaría por ello.

Un momento: La muerte del sheriff disfrazado Conejo de Pascua. Una forma genial de combinar horror y humor destruyendo un elemento totalmente infantil. Si los Gremlins se ensañaron con Papá Noel, los Critters no iban a ser menos y tienen también su propio icono popular que mancillar.

Un deseo: nuevas entregas donde los Krites sigan siendo marionetas y “animatronics

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[1] Pese a que no es tan espectacular como la transformación en tiempo real que Rick Baker confeccionó para “Un hombre lobo americano en Londres” (An American Werewolf in London, John Landis, 1981), la que Rob Bottin realizó para “Aullidos” (The Howling, Joe Dante, 1981) sigue siendo, a día de hoy, una de las cotas más altas al respecto.

[2] La primera entrega de los Critters consiguió convertir sus dos millones de dólares de presupuesto en 13 millones. Los Ghoulies de Charles Band fueron incluso más lejos, su escaso millón acabó cosechando unos beneficios de 35 millones de dólares.

[3] Tras el éxito de “Gremlins” (Íd, Joe Dante, 1984), la “Warner Bros” demandaba una inmediata secuela. Sin embargo, Dante no aceptó alegando que el rodaje del film lo dejó exhausto. La major buscó en vano otros directores y entre las ideas para la segunda película se tanteó la posibilidad de llevar a los Gremlins a Las Vegas o incluso al espacio.

[4] La saga “Pesadilla en Elm Street” confirió grandes alegrías y éxitos a la “New Line Cinema” y gracias a Freddy Krueger otros proyectos como la Trilogía de “El Señor de los Anillos” de Peter Jackson pudieron llevarse a cabo.

[5] Estreno en USA: 29/04/1988.  Estreno en España: 17/03/1989.

[6] “Payasos asesinos” o “Los payasos asesinos del espacio exterior” (Killer Klowns from Outer Space, Stephen Chiodo, 1988).

[7] Chris Columbus, guionista de “Gremlins” (Íd, Joe Dante, 1984), aseguró que sus primeras versiones del guion eran más oscuras y terroríficas que lo que finalmente pudimos ver en el cine. Las reescrituras del libreto eliminaron escenas en las que los traviesos bichejos mataban al perro de la familia Peltzer, decapitaban a la madre o sembraban el caos en un McDonalds.

Crítica de “Nosotros” (Us, Jordan Peele, 2019)

Us Movie 2019


Título original: Us / Año: 2019 / País: Estados Unidos / Duración: 116 minutos /Director: Jordan Peele / Producción: Jason Blum, Ian Cooper, Sean McKittrick, Jordan Peele / Productora: Blumhouse Productions, Monkeypaw Productions, QC Entertainment / Distribución: Universal Studios / Guion: Jordan Peele / Música: Michael Abels / Fotografía: Mike Gioulakis / Montaje: Nicholas Monsour / Diseño de producción: Ruth De Jong / Reparto: Lupita Nyong’o, Winston Duke, Elisabeth Moss, Tim Heidecker, Shahadi Wright Joseph, Evan Alex, Cali Sheldon, Noelle Sheldon, Alan Frazier / Presupuesto: 20.000.000$


Como cada año en época estival, la familia Wilson se instala en su residencia de veraneo en la soleada localidad californiana de Santa Cruz. Tras una tensa jornada en la playa junto a unos amigos, la familia descubre esa misma noche la silueta de cuatro figuras cogidas de la mano y en pie frente a la entrada de su casa. Para su sorpresa, descubrirán que sus visitantes no sólo tienen hostiles intenciones, sino que son una versión malvada de ellos mismos. 


ATENCIÓN A USUARIOS:

Esta crítica contiene “spoilers”. Si no has visto la película, te recomiendo que no la leas hasta haberlo hecho. El texto escrito a continuación responde a una opinión personal del autor sin ánimo de sentar cátedra.


“Existe una quinta dimensión más allá de las conocidas por el hombre. Una dimensión tan vasta como el espacio y tan eterna como el infinito. Es la zona intermedia entre la luz y la penumbra. Se encuentra entre el abismo de los temores del hombre y la cima de su conocimiento. Se trata de la dimensión de la imaginación. Un espacio que llamamos ‘La dimensión desconocida’” (Rod Serling)

Creada por el genial e inimitable Rod Serling, “The Twilight Zone” (traducida en nuestro país como “La Dimensión desconocida”) es uno de los principales referentes del género fantástico por antonomasia por el cual pasaron grandes de las letras como Richard Matheson o Charles Beaumont y directores de la talla de Richard Donner, Don Siegel o Christian Nyby entre muchísimos más profesionales. Su influencia es tan importante que muchos de los grandes realizadores del género han manifestado en multitud de ocasiones su gratitud a la misma (el grandísimo y mismísimo Steven Spielberg incluido) y que todavía se deja notar hoy día en muchísimos productos de corte fantástico y en el bagaje de sus creadores. Es por ello que me es fácil imaginar a un joven Jordan Peele pegado a la catódica pantalla de su televisor maravillado por la criatura televisiva de Serling. Quien dice Jordan Peele podría decir que a cualquier hijo de vecino debido a que la calidad de la serie es francamente indiscutible vista a día de hoy (cincuenta años después de su estreno). Sin embargo, la razón por la que nombro a Peele viene dada por su implicación en la producción ejecutiva del nuevo revival de la serie (donde hará también las veces de anfitrión narrador) de inminente aparición en la plataforma streamingCBS All Access” (1) y porque el antaño cómico y ganador de un Oscar de la Academia al “Mejor guion original” por “Déjame salir” (Get Out, 2017) ha creado su particular “micro universo” de clara inspiración en dicha serie con la película mencionada y con su último trabajo, “Nosotros” (Us, 2019). Convirtiéndose por ello en uno de los referentes del terror/thriller fantástico/psicológico a tener en cuenta del panorama cinematográfico actual. Muchas voces ya lo han clamado como el “Nuevo Kubrick” o el “Nuevo Hitchcock”. Etiquetas que sean tal vez exageradas o prematuras, pero que podrían llegar a confirmarse en cuanto que el joven realizador afroamericano, con solamente dos filmes en su haber, nos ofrezca más historias y mantenga el listón, en lo que a calidad se refiere, probado hasta el momento.

Proveniente del mundo de la comedia (junto a Keegan-Michael Key en el canal Comedy Central), Peele sorprendió a propios y a extraños con su “Ópera Prima”. Una historia que bien podría haber sido un capítulo de la mencionada serie de Rod Serling. Asociado para la ocasión con el popular productor Jason Blum, “Déjame salir” (Get Out, 2017) nos ponía en la piel de un joven afroamericano que acudía a conocer a sus suegros -blancos y de clase acomodada- durante un fin de semana. Lo que en apariencia parecía lo que muchos de nosotros hemos tenido que “padecer” alguna vez, es decir, conocer a los progenitores de nuestra pareja, aquí acababa inmerso en un total ambiente de pesadilla donde unos “Mad Doctors” realizaban una suerte trasplantes de conciencia, mediante una operación cerebral, a todo aquel o aquella que pudiera permitirse comprar un cuerpo joven y lozano como el del joven protagonista. Un giro en su argumento totalmente inesperado en una cinta que apuntaba más a la comedia con toques de terror o de thriller psicológico en un relato con cierto poso de crítica social y racial. Una cinta que partía de una premisa del tipo de “Adivina quién viene a cenar esta noche” (Guess Who’s Coming to Dinner, Stanley Kramer, 1967) y que acababa asimilando la subyacente “conspiranoia” de la ciencia ficción de los cincuenta, con una cinta tan importante para el género como “La invasión de los ladrones de cuerpos” (Invasion of the Body Snatchers, Don Siegel, 1956) -o de la novela de Robert Heinlein, Amos de títeres– en el punto de mira, por ejemplo. Todo ello con una espectacular puesta en escena, tomando elementos de aquí y de allí de otros importantes referentes tales como “El Resplandor” (The Shinning, Stanley Kubrick, 1980) o recursos técnicos como “widescreen” y el barrido lateral ya utilizados por John Carpenter en “La noche de Halloween” (Halloween, 1978) para generar desasosiego y terror. Muchos vieron también una crítica a la sociedad americana del “Trumpismo” y del racismo vigente en el seno de la sociedad del país de las Barras y Estrellas, algo que tampoco nunca ha desmentido su responsable, mientras que el resto que también apreciamos dicho mensaje descubrimos uno de los mejores títulos de terror de dicha temporada (al menos en la humilde opinión de aquel que suscribe estas palabras). Aupado por la prensa especializada, Jordan Peele se convertía en una de esas figuras a las que no había que perder de vista y es principalmente por ello que su nuevo trabajo, “Nosotros” (Us, 2019) se esperaba con gran expectación por parte de crítica y público.

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Toc, toc… Hemos llegado para quedarnos!

Si juntamos, por un lado, la lista de películas que el director puso como deberes a sus actores (2) -entre las que encontramos títulos tan estimulantes como “Los Pájaros” (Alfred Hitchcock’s The Birds, Alfred Hitchcock, 1963), “El Resplandor” (The Shinning, Stanley Kubrick, 1980), “Morir todavía” (Dead again, Kenneth Branagh, 1991), “El Sexto Sentido” (The Sixth Sense, M. Night Shyamalan, 1999), “Funny Games” (Íd, Michael Haneke, 1997), “Dos hermanas” (Janghwa, Hongryeon. A Tale of Two Sisters, Kim Jee-woon, 2003), “Martyrs” (Íd, Pascal Laugier, 2008), “Déjame entrar” (Let the Right One In, Tomas Alfredson, 2008), “Babadook” (Íd, Jennifer Kent, 2014) e “It Follows” (Íd, David Robert Mitchell, 2014)- y, por el otro, su sugerente premisa -una familia de clase media afroamericana que es asediada una noche en su casa de veraneo por una versión malvada de ellos mismos- es fácil dejar volar nuestra imaginación y que nuestras expectativas como espectadores esperen, como mínimo, un ejercicio de tensión implacable donde el suspense y los giros en su guion sean capaces de tenernos pegados a la butaca de la sala comercial de turno en la cual visionemos la película. Ante tales referencias, uno puede esperar que el nuevo trabajo del director de “Déjame salir” (Get Out, 2017) sea una cinta capaz de crear una atmósfera terrorífica enrareciendo incluso el más cotidiano de los entornos. Ya en los sesenta el Maestro Hitchcock, con esa obra maestra del Séptimo arte titulada “Psicosis” (Psycho, 1960), fue capaz de abandonar el antaño imperante “goticismo” sobrenatural de aquellos castillos encantados habitados por fantasmas y vampiros del cine de terror de la época para mostrarnos que el horror podía encontrarse a pie de calle, allí donde menos lo podíamos esperar, es decir, en el interior de nuestros propios vecinos de modales afables. Cualquiera podía albergar el mal y en este caso concreto se manifestaba en la perturbada mente del jovencísimo Norman Bates. Jordan Peele va un paso más allá estableciendo la propia amenaza en nosotros mismos (incluso uno de los protagonistas llega a pronunciarlo) apelando a esa dualidad benigna/malvada inherente en todo ser humano. Un peligro del que no podremos escapar y a lo que bien alude el profetizador versículo “Jeremías 11:11” (3) que aparece en reiteradas ocasiones a lo largo del metraje. Aunque también es cierto que esta es una cinta cargada de simbolismos y ese “Us” del título (que nosotros al traducirlo al castellano perdemos) también puede interpretarse como acrónimo de “United States” a tenor de la respuesta de la líder de los asaltantes con un “We´re americans” cuando se le pregunta quiénes son (¿podría interpretarse como una denuncia a aquellos que votaron a Donald Trump sin manifestarlo abiertamente y que conviven con aquellos que no lo hicieron y sienten total repulsa por su presidente y por lo que representa?). De hecho, a sabiendas de que el director que nos ocupa no esconde sus intenciones de dejar cierto poso crítico en sus obras, su película posee distintas capas y/o lecturas en las que se intenta deliberadamente concienciarnos de la brecha social y de la lucha de clases mostrando sutilmente las diferencias entre aquellos que están arriba disfrutando de ciertos privilegios y los menos favorecidos que están abajo, como sombras, viviendo de los restos, de las migajas, de los anteriores.

La verdad es que el máximo responsable de la cinta no inventa nada nuevo y nos muestra su reinterpretación, a su peculiar manera, de elementos del terror de los setenta y los ochenta con una magnífica puesta en escena e intentando jugar todo el rato al despiste. Trampeando en todo momento para ello al más puro estilo del coetáneo M. Night Shyamalan. Cierto es que muchos de sus giros argumentales, incluido el final, se ven venir de lejos y se puede poner un “gran pero” a ese exceso de información al tratar de explicar al Gran público, de explicarnos con pelos y señales, como encajan todas las piezas de su intrincado rompecabezas. Sin embargo, gracias al ritmo de un montaje totalmente trepidante y en el cual se hila y se balancea perfectamente el horror y la comedia (para aliviar tensiones), Peele consigue mantenernos expectantes a la pantalla. Incluso el diegético uso de un soundtrack, elegido a conciencia, ayuda a que el envoltorio de su película sea un envoltorio cuidado con mucho cariño. El score de Michael Abels, sencillamente espectacular, con piezas totalmente inquietantes incluidas. Por supuesto no todo es bueno ni funciona al 100%, pero tiene mérito que no logre sacarnos de la trama ya que está tan bien hilado en una cinta que comienza como una “home invasión” de manual, que luego sigue por los derroteros de un “modo slasher” de violencia exacerbada sazonada con toques de humor negro y que para finalizar acaba decantándose por una historia de invasiones a mayor escala (al más puro estilo de “La invasión de los ultracuerpos” [The Body Snatchers, Philip Kaufman, 1978] o “The Crazies” [Íd, George A. Romero, 1973]) donde una raza de “dobles intraterrestres” tienen como meta acabar con sus contrapartes de la superficie -entendemos que americana- y revelarse al mundo cogidos de la mano formando una gran cadena de costa a costa de los Estados Unidos para acabar de una vez por todas con nuestro modo de vida que, contradictoriamente, ellos mismos ansían.

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Abandonados a su suerte en unas vastas instalaciones subterráneas bajo un parque de atracciones (el mismo que, según propias palabras del director, aparecía en el clásico ochentero “Jóvenes Ocultos” [The Lost boys, Joel Schumacher, 1987]), estos doppelgängers (termino de origen alemán que se utilizar para definir el doble fantasmagórico o sosias malvado de una persona viva) parecen ser el resultado de un fallido experimento realizado quizás por el gobierno estadounidense, siempre en permanente conspiración. En un primer momento nos muestran multitud de conejos blancos en jaulas, preliminares sujetos de dicha experimentación con la clonación, para después mostrarnos a los autodenominados “Ligados”, esos dobles que sólo conocen la maldad inherente en ese ser humano del que ellos son sólo copias vacías, cascarones sin espíritu, y que podríamos ver como una perfecta alegoría de las diferencias entre las clases más ricas y poderosas (los de arriba) y aquellos mucho menos pudientes (los de abajo). Poco se sabe de las razones por las cuales sus responsables lo consideraron un fracaso y los condenaron a vivir como una sombra, como un espejismo de la realidad de la gente de arriba. Pero en un momento dado, la aparentemente doble malvada de Adelaide, la madre de nuestra familia protagonista, menciona la imposibilidad de replicar el alma. Lo cual me lleva a pensar, teniendo en cuenta las declaraciones de Peele al afirmar que sus dos filmes están conectados en su peculiar universo (dimensión desconocida) particular, que puede que estos clones fueran una fase temprana de la experimentación con el trasvase de conciencia que vimos en “Déjame salir” (Get Out, 2017) por parte de la familia Armitage.

Por otra parte, es de agradecer la intención del director afroamericano de crear un nuevo tipo de monstruo en un mundo, tanto el real como el de la ficción, en el que todos los monstruos parecen estar inventados. En una primera instancia podríamos decir que los monstruos son ellos, pero al final (tras la última -y, por qué no decirlo, previsible revelación) no nos queda más remedio que admitir que los monstruos, como reza el título del filme, somos nosotros. Peele quiere hacernos trampa al respecto y provocar que nuestras cabecitas reflexionen sobre ello cuando salgamos de la sala de cine. Ese magistral prólogo en el que se nos relata el primer encuentro de la joven Adelaide con su doble malvado que engañosamente nos intentan colar como una experiencia traumática para la niña, acaba desvelándose como la usurpación de la identidad de la niña por parte de su doppelgänger. Éste, envidioso de la amable existencia de los de arriba, logra mantener a raya su vil naturaleza encontrando el amor en la superficie, mientras que la auténtica Adelaide se ve forzada a coexistir en un mundo de pesadilla con una especie incapaz de apreciar la vida. Solamente cuando su contrapartida logra superar su condición de “ligado” -a través del arte, en este caso el ballet-, la joven cautiva en el mundo subterráneo logra alzar la voz y erigirse en líder de tan peculiar colectivo dando razón de ser al popular dicho que dice que “el tuerto es el rey en el país de los ciegos”. Para la elaboración de su plan toma aquello que conocía de su antiguo hogar y que formaba parte de su usurpada realidad, es decir, la campaña solidaria “Hands across America” -cuya intención era la de crear una macrocadena humana de gente dándose la mano para mostrar la unión de todo el país de costa a costa- que vio de pequeña en la televisión, las tijeras con las que recortó aquellos muñequitos de papel unidos por las extremidades y las peculiares vestimentas rojas y los guantes que…¿Podríamos decir, al ver que la niña era fan de Michael Jackson, intentaban emular a su ídolo que vestía de forma similar color en el videoclip del tema Thriller? En el momento de la confrontación final, además de las ansias de venganza de mueven a la Adelaide de abajo, ambas mujeres ansían lo mismo: la vida en la superficie. Aquella que convivió con los “ligados” desea fervientemente volver a la realidad de la que se le privó y aquella que usurpó su identidad no tiene intención de abandonarla ya que allí pudo disfrutar del libre albedrío y formar una familia. Sin embargo, ¿quién es el monstruo?  ¿Ellos? ¿Nosotros? Difícil respuesta, ¿no?

 

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Sin duda, esta dualidad entre las gentes de la superficie y los “ligados” no sería creíble de no ser por el gran trabajo de la mayor parte del reparto, encabezado por una soberbia Lupita Nyong’o que, como el resto de sus compañeros, ha de realizar la doble labor actoral de encarnar a sus antagonistas versiones.  La joven actriz, a la que pudimos ver en títulos como “Black Panther” (Íd, Ryan Coogler, 2018) y fuera oscarizada por su papel en “12 años de esclavitud” (12 Years a Slave, Steve McQueen, 2013), realiza una formidable labor poniendo piel a una protectora madre que lucha por la supervivencia de su familia, por un lado, a la vez que logra que las ansias de venganza de su otro papel consigan estremecernos. Merecedora sin duda alguna de cualquier distinción que premie/recompense su actuación y de todos los elogios puesto que ella sobresale de entre el resto de sus compañeros. Estos le van a la zaga realizando un trabajo igualmente notable tanto como familia Wilson “de la superficie” como su contrapartida subterránea. Wiston Duke, como Gabe Winston, es probable el más cargante de sus componentes ya que se le usa como alivio cómico en la mayor parte de sus intervenciones (incluso su pelea con su doble malvado sigue los tropos de la comedia). Bobalicón, simple y ansioso por mejorar su estatus social, Gabe se pondrá como meta el poder igualarse a su amigo/conocido/compañero de trabajo Josh Tyler (interpretado por el actor Tim Heidecker). Personaje que representa, junto a su familia (retratada con total patetismo), a la “white trash” americana más acomodada. Muchos han querido ver en la familia Tyler un componente de denuncia, pero, en mi humilde opinión, están tan llevados al extremo, tan satirizados, que se me hace difícil tomarlos en serio. Sin embargo, sus contrapartidas malvadas son totalmente escalofriantes. El asalto a su domicilio llegó a recordarme al cómic creado por el escritor irlandés Garth Ennis, para la Editorial Avatar, “Crossed” (una historia donde la humanidad cae a merced de una plaga que convierte a las gentes normales en sanguinarias y depravadas criaturas que dan rienda suelta sus más bajos instintos).

Pero, como he comentado antes, no todo es bueno en la nueva cinta de Jordan Peele. “Nosotros” (Us, 2019) ensalza a su responsable como un gran director y creador de suspense, pero, por otro lado, su faceta como narrador se ve entorpecida por esa insistencia -no sabría decir si voluntaria o no- de querer explicarlo todo para que nosotros como espectadores lo podamos entender. Particularmente, preferiría rellenar los huecos por mí mismo, pero es probable que al “gran público” no. De hecho, y aunque las comparaciones son odiosas, la crítica está dividida entre aquellos que ensalzan este trabajo y aquellos que señalar que no le ha quedado tan redondo como su predecesor. De todas formas, Peele es un gran técnico que cuida hasta el último detalle, pese a demostrar ciertas carencias en las escenas de acción, por ejemplo, donde no sobresale demasiado. Pero es capaz de disimularlo jugando con el fuera de plano o cortando abruptamente muchas de sus secuencias. Yo me posiciono entre aquellos que le consideran un prodigio del suspense y espero con ansia su remake de la popular serie de Rod Serling así como nuevos proyectos y trabajos cinematográficos. Demostrado queda su bagaje y no esconde sus referentes. El metraje está lleno de guiños y/u homenajes (una de mis escenas favoritas es la de la playa, sólo falta ahí del dolly zoom utilizado por Spielberg para hacer aún más evidente el homenaje a “Tiburón” [Jaws, 1975]) que harán las delicias del aficionado al género. Si este es el nivel, si este es el grado de satisfacción, larga vida a Jordan Peele.

Un momento: durante el asalto a la residencia de los Tyler, el chascarrillo con el tema “Fuck the police” de NWA es, a mi juicio, una gran ocurrencia. Sin duda levantó multitudinarias risas en la sala. Al ver la película en versión original, me asaltó la curiosidad. ¿Cómo resolverían el chiste en la versión doblada? Sin duda, un “Hodor” en toda regla.

Una pregunta: Cómo interpretáis la mirada cómplice de madre e hijo del final? Si te apetece compartir tu teoría, puede dejarla en los comentarios.

 

  1. Fecha de estreno anunciada para el 11 de abril de 2019.
  2. La actriz protagonista, Lupita Nyong’o, confirmó la nutrida (y recomendable) lista  a “Entertainment Weekley”. Más detalles aquí.
  3. “Por tanto, así dijo el SEÑOR: He aquí, yo traigo sobre ellos mal del cual no podrán salir; y clamarán a mí, y no los oiré”. (Jeremías 11:11)

Ayúdanos a proyectar “Donde viven los Monstruos”


“Donde viven los Monstruos” es el lugar donde también viven los sueños.

Queremos recuperar esta película tan bonita que Spike Jonz dirigió en 2009 en nuestro ciclo de Weird Sessions y para ello necesitamos de vuestra ayuda. Nos hemos aliado con CineCiutat y con Youfeelm para sacar adelante una campaña con la que poder hacer realidad la proyección del film. ¿Y qué tengo que hacer?, te preguntarás. Muy fácil, sólo tienes que ayudarnos a llegar al aforo mínimo exigido por la distribuidora para que se pueda confirmar el evento. En este caso, necesitamos 65 reservas para ello. Puedes reservar tu entrada en la web de Youfeelm, es decir, aquí.
No dejes escapar la oportunidad de disfrutar en la gran pantalla de esta magnífica pieza del séptimo arte.. ¡Así que hazte ya con tu entrada!


 

La invasión de los Ultra cuerpos (Invasion of the Body Snatchers, Philip Kaufman, 1978)


Muchos son los que se quedan con el film original de Don Siegel “La invasión de los ladrones de cuerpos” de 1956. Personalmente, siempre he preferido el respetuoso remake de Philip Kaufman “La invasión de los Ultra cuerpos”. Mi preferencia tendrá seguramente mucho que ver con la nostalgia y con lo marcado que me dejó esta película la primera vez que la ví a tierna edad (seguramente en un “sábado cine” de la televisión española de Pilar Miró). Kaufman no sólo es respetuoso con el material original sino que además logra que su versión tenga una entidad propia. La sensación de angustia, de desasosiego, de paranoia es total. Y su desenlace es mítico. Muchos de los directores de ahora, de la era de los remakes y los reboots, tendrían que aprender de esta peli. Para mí, sin duda, su película más redonda. Su reparto tampoco se queda atrás. En su metraje encontramos a actores de la talla de Leonard Nimoy, un jovenzuelo Jeff Goldblum, Veronica Cartwright (Lambert en Alien), Brooke Adams y a un Donald Sutherland inmenso. Sin duda todo un referente para el género y para el cine scifi y terror que llegó después.


 

Xanadu (íd, Robert Greenwald, 1980)


Por un lado teníamos a una futurible promesa en ciernes que venía de protagonizar “The Warriors” (Michael Beck), a Gene Kelly haciendo de señor mayor que pasaba por allí y una increíblemente atractiva Olivia Newton-John en el punto más álgido de su carrera gracias al éxito de “Grease”. No sólo eso, sino que la Electric Light Orquestra firmaba un soundtrack a rebosar de hits. Qué podía fallar? A priori nada, pensaron sus responsables. “Xanadu” es cursi, es hortera y tiene una estética que hará que le lloren los ojos a quien se atreva mirarla. Sin embargo, es un placer culpable. Es una jodida joya irrepetible. Una de esas pelis que sueles tener al fondo para que no se vean, pero que te encantan. Y lo sabes.


 

Donde viven los Monstruos (Where the wild things are, Spike Jonz, 2009)

 

“Where the wild things are” de Maurice Sendak es quizá uno de los más populares e importantes cuentos procedentes de los EEUU. En 2009 Spike Jonz lo adaptó a la pantalla grande en una de, para mí, sus películas más bonitas. Ese paso de la niñez a la adolescencia, tanto con su cara más amable como con su lado más oscuro, por el que hemos pasado todos (y más de uno sufrido una regresión) perfectamente mostrado en pantalla. Una fábula tan real como la vida misma. Tierna, emotiva, inteligente, sincera,… Definitivamente humana. Una puesta en escena espectacular con un diseño de las criaturas que pueblan el imaginario mundo del pequeño Max a cargo del Jim Henson’s Creature Shop magnífico. Su banda sonora a cargo de Karen O (la vocalista de Yeah Yeah Yeahs) está en consonancia con la calidad de la peli. Sin duda, una de las mejores películas de su año. Sin embargo, pese a las buenas críticas, no obtuvo respaldo en taquilla recaudando poco más de lo que costó. Algo incomprensible para mí, aunque hay que tener en cuenta factores varios como lo mal que se vendió al intentar colarla como un producto infantil (cuando está muy lejos de serlo) y que ese año fue el del esteno de la infantiloide Avatar. Otra de esas pelis injustamente denostadas por el público de masas que, quien sabe, tal vez podamos recuperar en nuestro ciclo de WeirdSessions.