Oblivion Song nº 1 (Robert Kirkman, Lorenzo de Felici)

portada_oblivion-song-n-01_robert-kirkman.jpg

Titulo original: Oblivion Song / Guión: Robert Kirkman / Dibujo: Lorenzo De Felici / Portada: Lorenzo De Felici / Formato: Rústica / Páginas: 144 pags. / Editorial: Planeta Cómic / Precio: 15’95€ / ISBN: 978-84-9173-081-1


Una misteriosa brecha abrió un portal dimensional en la ciudad de Filadelfia. 300.000 de sus ciudadanos desaparecieron siendo sustituidos por feroces criaturas monstruosas que sembraron el caos y la muerte a su alrededor. 10 años después de tal fatídico acontecimiento, la sociedad americana trata de pasar página. Sin embargo, Nathan Cole no se ha rendido. Gracias a su tecnología es capaz de atravesar la brecha que lleva a Oblivion con el objetivo de encontrar supervivientes en tal peligroso e inhóspito paraje.


Robert Kirkman es, quizá, una de las figuras mejor establecidas dentro del panorama del cómic mainstream americano junto con colegas de profesión como Brian K. Vaughan, Jason Aaron o Rick Remender, por nombrar algunos nombres de sobrada calidad. Proveniente del mundillo indie, su buen hacer contribuyó en buena medida en su escalada por el sector editorial convirtiéndolo en uno de los más reconocidos guionistas del otro lado del Atlántico. Pese a que su faceta más emprendedora y empresarial (ya sea como responsable o como productor ejecutivo en las series de televisión que adaptan sus obras) impida que se prodigue demasiado, esporádicamente el autor es capaz de ofrecernos novedades “comiqueras” para nuestro deleite. Y es que el que fuera el creador de dos de las más mediáticas series en el seno de Image Comics, por supuesto me refiero a Invencible y Los Muertos Vivientes, ha estandarizado de tal manera su forma de hacer las cosas que, a priori, sabemos perfectamente a qué exponemos nuestras expectativas ante el anuncio de nuevos trabajos por su parte. Es por ello que su Oblivion Song no suponga una sorpresa para los lectores más avezados, pero sí una nueva visión vigorizante de Robert Kirkman de un relato de ciencia ficción con el que encandilarnos de nuevo.
Oblivion Song sitúa su acción diez años después de un trágico acontecimiento que trastocó a la sociedad de los Estados Unidos. La premisa es bastante simple, pero al tratarse del creador de The Outcast, sabemos que (sin prisa, pero sin pausa) irá adquiriendo multitud de capas que conformarán un relato más complejo. Una gran porción de la ciudad estadounidense de Filadelfia ha sido sellada tras la invasión de cientos de monstruos provenientes de otra dimensión. Sólo una década antes, 300.000 de sus ciudadanos desaparecieron de la faz de la Tierra en aquello que los supervivientes conocen como Oblivion (que se podría traducir a nuestra lengua como el Olvido), una dimensión paralela poblada por extrañas, salvajes y violentas criaturas. Un misterioso fenómeno abrió una brecha interdimensional por la cual la ciudad fue invadida por tales monstruos brutales sumergiendo a sus ciudadanos en un mundo de pesadilla.
A semejanza de su creación más exitosa, Los Muertos Vivientes, Kirkman comienza (o más bien desgrana su relato) mucho tiempo después del trágico evento al que se conoce como “La Transferencia”. Otro autor tal vez nos hubiera puesto en situación durante el atractivo escenario de la invasión monstruosa. Pero su creador tiene la clara intención de que la historia vaya por otros derroteros. De esta manera se nos presenta a su protagonista, Nathan Cole. Tras el abandono, por parte de la Administración de los USA, de las tareas de rescate, Cole dedica su vida a “visitar” diariamente Oblivion, gracias a su tecnología de fabricación propia capaz de traspasar las distintas realidades, con el objetivo de traer de nuevo a nuestra dimensión a todo aquel pobre desdichado que quedase atrapado allí. El hallazgo de dos nuevos supervivientes, un matrimonio que llevaba diez años subsistiendo en tan hostil paraje, proporcionará a Kirkman la forma de narrarnos, con pequeñas y sutiles pinceladas, los acontecimientos del trágico momento vivido por la humanidad como si de un fatídico 11S se tratase. Algo de lo que el resto ha decidido pasar página, pero que Cole ha convertido en su obsesión personal debido a que su hermano Ed acabó perdido en Oblivion. Su reticencia a abandonar su búsqueda, pese a no contar con el apoyo gubernamental, le granjeará como mayor enemigo al propio Ejército de los Estados Unidos que no verá con buenos ojos su clandestina actividad. Y es que la aparición, con cuenta gotas, de nuevos supervivientes podría abrir un delicado debate en el seno de la sociedad. ¿Quedarán más personas atrapadas en Oblivion? Si es así, ¿por qué el Gobierno ha decidido dejarlos atrás?
La brutal realidad alternativa proporciona a Kirkman parte del enfoque de su Oblivion Song convirtiéndolo en uno de los hilos conductores del drama y de la acción. Un mundo inhóspito donde el silencio destaca sobre todo lo demás. Un silencio que denota peligro sin parangón. Sin embargo, los lectores más curtidos ya sabemos a que atenernos ante un nuevo trabajo del creador de Invencible. Kirkman construye su relato con su habitual “savoir faire”, es decir, con el desarrollo de sus protagonistas a través de sus diálogos y acciones, una exquisita planificación de su relato y una serie de giros en su guion que irán acrecentando el misterio a medida que vayamos pasando páginas. Ingredientes que hacen del trabajo del guionista de Kentucky un producto totalmente adictivo (o con altas capacidades de enganchar al lector). Con sólo un puñado de personajes, el autor consigue que nos sumerjamos en la historia. Sus interrelaciones acabarán por transmitirnos sus emociones, inquietudes y secretos además de plantearnos dudas e incluso ciertas cuestiones morales acerca de su comportamiento e idiosincrasia. Definitivamente, Kirkman sabe cómo escribir a sus individuos y hacerlos totalmente creíbles y reales. Y es que el corazón del drama de esta nueva historia del responsable del sello Skybound proviene de la tensión existente entre Nathan Cole y Washington motivada por su discordancia. Mientras los gobernantes apuestan por dejar atrás el pasado, Nathan se niega a ver el fracaso de su sociedad tallado en la piedra del monumento conmemorativo de turno dejando en el aire posibles conexiones con las discusiones (reales esta vez) sobre el control de armas o implicación en foráneos conflictos armados de su país. Un debate que no se limita (o se reduce) a la simple confrontación entre lo correcto y lo incorrecto, sino que se plantea como dos enfoques basados en la naturaleza humana del individuo proporcionando una base comprensiva a los enfoques de ambos extremos.
El apartado gráfico corre a cargo del debutante (si no tenemos en cuenta portadas variadas, dos números de The Amazing Spiderman donde asistía a Stefano Caselli y otros trabajos menores para Image Comics) Lorenzo de Felici. El italiano otorga un extremado barroquismo al fantástico mundo de Oblivion donde destacan un increíble colorido (responsable de ello es gran medida la magnífica paleta de Annalisa Leoni) y un detallismo preciosista en la conformación de un mundo post-apocalíptico muy alejado de los habituales estándares donde la naturaleza ha transformado completamente la piedra y el acero de la anterior metrópoli. Un estilo que acerca el resultado final al grafismo del mejor cómic europeo. La narrativa del autor y su disposición y diseño de páginas así lo demuestran. Sin duda, todo un lujo para Kirkman contar con un talento semejante para plasmar sus ideas. Lo mismo podríamos decir de su capacidad de crear imposibles criaturas monstruosas, pese a que pequen de ser demasiado abigarradas y crear cierta confusión en el lector. Un bestiario tan digno como el que podamos encontrar en productor semejantes como el AIDP del Universo creado por Mike Mignola para sus historias de Hellboy.
Planeta Cómics, en un inédito ejercicio de sincronización editorial con el resto de mercado europeo y americano, nos ofrece un primer TPB de Oblivion Song en el cual se recopila el primer arco argumental de la serie compuesto por sus seis primeros números. Un tomo que nos sirve de presentación y que parece sentar las bases de una historia que, a priori, tiene papeletas de convertirse en otro éxito para Robert Kirkman. El guionista sabe escribir historias, sabe crear personajes y sabe cómo engancharnos con sus radicales giros argumentales y sus ficciones cocinadas a fuego lento. Oblivion Song, por supuesto, no es ajena a todo ello. No es que la nueva serie de Image sea algo nuevo u original. Todo lo contrario. Su premisa puede incluso recordarnos a historias como La Niebla de Stephen King o la serie de televisión Los 4400. Sin embargo, el buen hacer de Kirkman convierten su producto en algo altamente recomendable si somos fans de su trabajo. En caso afirmativo, sabemos a lo que nos atenemos. No sabemos que deparará el futuro a Nathan Cole, ni si sus aventuras acabarán trasladadas a la pequeña pantalla. Sin embargo, sí sabemos que estaremos ahí para comprobarlo.

 

Anuncios

Howard, un nuevo héroe

‘Howard, un nuevo héroe”, una de mis películas favoritas de todos los tiempos. En La abadía de Berzano podéis leer unas líneas que le he dedicado a esta palmípeda criatura creada por Steve Gerber y llevada al cine gracias a George Lucas, dando como resultado una cinta de culto total. Espero que sea de vuestro agrado.

La abadía de Berzano

howard_un nuevo héroe-posterTítulo original:Howard the Duck

Año: 1986 (Estados Unidos)

Director: Willard Huyck

Productor: George Lucas

Guionistas: Willard Huyck y Gloria Katz basado en el personaje de Steve Gerber para Marvel Comics

Fotografía: Richard H. Kline

Música: John Barry, Thomas Dolby

Intérpretes: Lea Thompson (Beverly), Tim Robbins (Phil Blumburtt), Jeffrey Jones (Dr. Walter Jenning), Ed Gale (Howard), Chip Zien (voz de Howard), Richard Edson (Ritchie), Holly Robinson Peete (K.C.), Dominique Davalos (Cal), Liz Sagal (Ronette), Tim Rose (Howard), Mary Wells (Howard), Peter Baird (Howard), Steve Sleap (Howard), Lisa Sturz (Howard), Jordan Prentice (Howard), Virginia Capers (Cora Mae), Paul Guilfoyle (Welker)…

Sinopsis: Desde un lejano planeta de forma ovoide llega a la Tierra, teletransportado debido a un error de cálculo en un laboratorio espacial, un pato antropomórfico que dice llamarse Howard. Es acogido en casa de Beverly, una joven que es vocalista de un grupo de rock. Cuando el doctor Jenning intenta…

Ver la entrada original 5.691 palabras más

Christopher Nolan (José Abad)

Christopher Nolan José Abad

Título: Christopher Nolan / Autor: José Abad / Diseño de portada: Aderal / Formato: Rústica / Páginas: 264 pags./ Editorial: Cátedra / Precio: 14,35€ / ISBN: 978-84-376-3772-3


Monografía dedicada a la obra de un cineasta que no deja a nadie indiferente: Christopher Nolan. Intenso repaso por toda su filmografía desde una mirada analítica donde el autor, José Abad, nos mostrará tanto su faceta de director como la de productor dividiendo su producción en cuatro bloques -o capítulos- temáticos con el objetivo, no sólo de desgranar todos y cada uno de sus trabajos cinematográficos, sino de encontrar puntos en común y características de un director que no ha cejado su empeño de crear un nuevo concepto de “Cine Espectáculo”.


Puede gustarnos más o menos, pero es innegable que la figura del realizador británico Christopher Nolan no está exenta de importancia en la historia del cine moderno -o, ya que el director de Memento (íd, Christopher Nolan, 2000) no ha cesado en su experimentación con lenguaje, contenidos y formas con objeto de dar con la definitiva fórmula del “Nuevo cine”, ¿debería decir “Posmoderno”? -. Es difícil de concebir -y no seré yo quien lo haga- que, tras su irrupción en el cine “Mainstream” -y con el conocimiento por parte de las masas que ello representa-, su trabajo no quede sepultado u olvidado, por méritos propios cabe añadir, con el paso del tiempo. Todo lo contrario. No sabría decir si la frase “Christopher Nolan ha dignificado el cine comercial” de José Abad, responsable de la monografía dedicada a su obra en la prestigiosa colección “Signo e Imagen/ Cineastas” que viene publicando la editorial Cátedra desde 1990, pueda resultar exagerada, pero sí es cierto que su cine no se ha conformado con el efectismo “Palomitero” al que muchas otras producciones -los llamados “Blockbusters” veraniegos- y colegas de profesión han sucumbido. El impacto de sus cintas en el cine comercial es prácticamente indiscutible. Nolan va más allá del vacuo espectáculo. Él quiere diferenciarse del resto. Su voluntad es de la dejar un cierto poso en el espectador y sus inquietudes quedan perfectamente reflejadas en sus películas. Considerado por unos como “Icono Hípster” desde el sentido más peyorativo de la palabra, es defendido a ultranza por otros que ensalzan precisamente dichas pretensiones intelectuales/artísticas del director. Sin ninguna duda puedo afirmar que José Abad se encuentra entre estos últimos ya que su estudio sobre el responsable de Interstellar (íd, Christopher Nolan, 2014) rezuma entusiasmo y admiración por los cuatro costados.

El granadino José Abad, licenciado en Filosofía y Letras y Doctor en Filología Italiana, además de su trabajo como docente en la Universidad de Granada, ha desatado su pasión por el cine y la literatura desempeñando una labor como escritor. El autor ha publicado varias novelas y libros de relatos – “Nunca apuestes con el diablo” (2000), “El abrazo de las sombras” (2002), “King Kong y yo” (2006) y “El acero y la seda” (2015)- además de varios ensayos, tanto referidos a las letras como al Séptimo Arte –“Las cenizas de Maquiavelo” (2008), “El vampiro en el espejo” (2013), “Mario Bava. El cine de las tinieblas” (2014) y “Drácula. La realidad y el deseo” (2017)-, a los que sumar el recientemente publicado por Cátedra versado en la filmografía de Nolan. Un libro que ha debido ser todo un placer publicar ya que él mismo soñaba con poder participar en dicha colección desde las propias palabras del autor: “Me gusta muchísimo leer y escribir sobre cine. La idea de este libro nace del deseo de participar en la colección ‘Signo e imagen’, de ‘Cátedra’, veterana dentro del ámbito español que está publicando monografías desde 1990, que ya cuenta con más de cien títulos, los cuales tengo casi todos. Mi sueño era verme en la colección” (1). Una aspiración tan fuerte que le llevó a proponerle a Jenaro Talens, responsable de esta longeva serie de monográficos de cineastas, su participación

Abad enfoca su trabajo sobre la filmografía de Nolan desde un punto de vista más analítico que biográfico o crítico coqueteando, además, con ciertos aspectos de la sociología en sus reflexiones. Aportando breves notas de la vida o del momento en el que se estrenó la cinta de turno, el autor deja de lado el apartado de “Curiosidades y Anécdotas”-que menos le interesa- con el objeto de diseccionar cada una de las cintas del director de Origen (Inception, Christopher Nolan, 2010) para poder extraer puntos en común entre ellas y las características propias del personal estilo del cineasta nacido en Westminster. No sólo eso, sino que también será capaz de demostrarnos la importancia e influencia de sus trabajos en el mercado cinematográfico coetáneo. De forma muy acertada, desde mi humilde opinión, estructura perfectamente el libro en cuatro capítulos bien diferenciados, y prácticamente independientes, con los que el lector tendrá oportunidad de llegar a las mismas conclusiones que el autor en lo referido a identificar patrones, idiosincrasias y/o semejanzas estilísticas en la filmografía reseñada y en la figura de Christopher Nolan, tanto en su faceta de director como productor, así como la de “Mecenas” para sus colaboradores más cercanos o como influencia para los noveles directores que se han empapado de su cine. Eso sí, Abad deja claro que una cosa es “Ser Christopher Nolan” y otra muy distinta es pretender serlo. Se puede imitar su estilo, pero los resultados dejarán en evidencia la copia. Una vez superado el prólogo, donde el autor centra su interés en mostrarnos la voluntad del cineasta por perdurar, por tomarle el pulso a la sociedad del momento o su interés por la identidad del individuo, Abad toma la determinación de diferenciar en bloques temáticos la obra de Nolan. El primero de ellos, que coincide con las primeras cintas del director con las que llamaría la atención de las denominadas “Majors” antes de su aterrizaje en el seno del cine comercial, nos adentra en sus comienzos y en el género con el que Nolan comenzó a foguearse en el negocio de las películas: el “Thriller”. Este primer capítulo titulado “Tres Tristres Thrillers” vendrá a desgranar su ópera prima, The Following (íd, Christopher Nolan, 1998) -una cinta de bajo presupuesto donde el autor ya comenzaba a mostrar sus señas de identidad-, así como los filmes Memento (íd, Christopher Nolan, 2000) e Insomnio (Insomnia, Christopher Nolan, 2002). Filmes donde Abad apuntará sus cualidades y puntos en común, es decir, la narración no lineal, la definición del “Anti-Héroe” “Nolaniano” -un tipo complejo de dudosa moralidad que forzará sus límites al verse influenciado por los actos de los que él denomina un “Agente del caos”-, la importancia de su subjetividad -sus recuerdos- y el sacrificio de alguien cercano -normalmente su compañera sentimental-. Además de ello, el escritor resaltará también la importancia del equipo. Y no sólo en la ficción. No solamente sus personajes se verán necesitados de estar bien acompañados, sino que Nolan dará cuenta rápidamente de la obligatoriedad de tener buenos profesionales a su lado, leales y capaces de satisfacer sus pulsiones e inquietudes cinematográficas -de entre las cuales destaca la importancia de Emma Thomas, su esposa-, para el buen desarrollo de su carrera. Así como de contar con un “Casting” lo suficientemente atrayente como para empujar al espectador a la sala de cine.

El buen sabor de boca y los buenos resultados en taquilla -recordemos que, al final, eso suele ser determinante- llevaron a que Nolan se enfrascase en narrar las vicisitudes de uno de los iconos “Pop” más relevantes y reconocibles de los tiempos modernos en los que vivimos: “Batman”. “La sombra del murciélago es alargada” es el título de este bloque donde, antes de todo, José Abad dedica un grueso de página a relatarnos -por encima y forma bastante amena- la historia del “Hombre Murciélago”, en contraposición con la de aquel a la en sus inicios debía imitar, es decir, a “Superman”. Los orígenes de los dos “Superhéroes” más icónicos del mundo del cómic -y del mundo en general- será tratada por el autor, así como sus diversas adaptaciones a los medios externos al de las viñetas, concretamente, el cinematográfico. Sin dejar de lado las obras en papel más destacadas y destacables del vigilante enmascarado de “Gotham City” que se han tornado capitales para la imagen pública e icónica del personaje. El autor nos ofrece un didáctico y entretenido repaso que, desde mi opinión, poco o nada tiene que ver con la figura del director a estudiar y que vienen a llenar páginas del libro. ¡Pero menudas páginas! Una información que, si además de “Fan” de Christopher Nolan, se es aficionado a ambos personajes de ficción, el lector disfrutará de su lectura.

Nolan desembarcó en el mundo de “Batman” con una básica premisa: “Hacer borrón y cuenta nueva”. Los tibios resultados de taquilla y la animadversión del público por el tono “Camp” de la última entrega firmada por Joel Schumacher (Batman & Robin [íd, 1997]) defenestraron -así tal cual como pasó con las aventuras en celuloide del “Hombre de Acero”- una franquicia millonaria. Aplicando su estilo y con el “Realismo” como bandera, Nolan dedicó casi una década -intercalando otros trabajos por medio- a firmar la, alabada por muchos, “Trilogía del Caballero Oscuro” compuesta por los filmes Batman Begins (íd, Christopher Nolan, 2005), El Caballero Oscuro (The Dark Knight, Christopher Nolan, 2008) y El Caballero Oscuro: La Leyenda Renace (The Dark Night Rises; Christopher Nolan, 2012). Una titánica tarea con la que Nolan dignificó al protector de la ciudad de Gotham con la que Abad establece paralelismos con la producción sinfónica de Wagner y el Übermensch –“Superhombre”- de Nietzsche y sus doctrinas nihilistas. Muy curiosas, añado.

Como bien apunta el autor del libro, a diferencia de colegas de profesión como Bryan Singer o Sam Raimi, a quienes lo suyo costó poder alejarse de la sombra de los “Superhéroes” que adaptaron a la pantalla, Nolan tuvo la brillante idea de alternar entre cada una de las entregas de su “Caballero Oscuro” otros trabajos con los que poder despejar su cabeza de tanto trajín “Superheroico”. “Jardines de senderos que se bifurcan” da título al capítulo donde José Abad analiza la incursión del cineasta en el género fantástico. Un aspecto que Abad también resalta dada la importancia del director por sumergir de realismo a una criatura proveniente del género como el “Hombre Murciélago”. Tres títulos – El truco final (The Prestige, Christopher Nolan, 2006), Origen (Inception, Christopher Nolan, 2010) e Interstellar (íd, Christopher Nolan, 2014)- en los cuales el director británico no cejaría en su intento de trasladar su forma de hacer las cosas, dignificar ese cine “Mainstream” antes mencionado y, por extensión, el género fantástico. Producciones que Abad considera como notables. Y en el mejor de los casos, como el de la odisea especial de Matthew McConaughey, sublime. Todo ello siempre con una especie de mensaje “Intelectual” o trasfondo “Filosófico” en aras de convertirse en un visionario cineasta en cuya obra primará ese realismo citado en un relato donde prima la explicación sobre la imagen. Todo ello sumado al uso de los mejores avances tecnológicos para la creación de impactantes estampas y el más fastuoso despliegue de medios con el que darles verosimilitud.

El camino se hace al andar” es el cuarto y último capítulo con el que José Abad cierra su estudio. En este bloque el autor se dedica a mostrarnos su faceta como productor además de las influencias del estilo de Nolan sobre el cine comercial moderno (O “Posmoderno”) y, como ya he comentado antes, demostrar que -a pesar de tener la receta bien elaborada- no todo el mundo es capaz de llegar a las cotas del director de El truco final (The Prestige, Christopher Nolan, 2006). Para ello menciona dos filmes, el primero de ellos el interesantísimo Looper (íd, Rian Johnson, 2012) donde Abad destaca la asimilación del aspecto más superficial del cine de Nolan por parte de su realizador, pero con resultados bastante más pobres. Algo parecido ocurriría con el segundo ejemplo mencionado -y con el que se comienza a analizar la faceta del Nolan productor-Transcendence (íd, Wally Pfister, 2014), la primera oportunidad detrás de las cámaras de su habitual director de fotografía, Wally Pfister, y apadrinada por él mismo. Caso distinto sería el del film El Hombre de Acero (The Man of Steel, Zack Snyder, 2013) donde Nolan dio respuesta a la necesidad de “Warner” por relanzar las aventuras de “Superman”. Aplicando las claves del éxito de su “Trilogía del Caballero Oscuro”, Nolan aportaría sus ideas al guion de la producción cediendo la tarea de dirección al controvertido y efectista Zack Snyder.

Las últimas páginas del libro, Abad las dedica al último film hasta la fecha realizado por el cineasta: Dunkerque (Dunkirk, Christopher Nolan, 2017). Cinta que supone un radical cambio de registro por parte de su responsable y su primera incursión dentro del cine bélico. Un espectáculo en forma de, en palabras del escritor, “Clímax de dos horas” donde se narran los trágicos sucesos ocurridos en esa pequeña ciudad portuaria del norte de Francia durante la “Segunda Guerra Mundial”. Si la no linealidad de la narración es característica primordial de su cine, aquí tampoco será excepción. La diferencia ya no será temporal, sino también espacial, donde “La película enrevesa tres historias que se desarrollan en tres espacios diferentes”. Un producto espectacular, de preciosa manufactura y copioso despliegue de medios que no dejó indiferente ni a admiradores ni a detractores. Abad hace un apunte también de, teniendo en cuenta el momento de su estreno, su condición de cine que habla del ayer para mostrar la realidad presente en referencia al Brexit, el acrónimo comúnmente utilizado para referirnos a la salida del “Reino Unido” de la “Unión Europea”.

En conclusión, el estudio de José Abad sobre la labor tras las cámaras de uno de los más influyentes cineastas de los últimos tiempos resulta ser una grata -y amena- lectura que hará las delicias de los más incondicionales seguidores de Christopher Nolan. Sin embargo, y como ya he comentado al inicio, se nota en demasía el entusiasmo y la admiración por el director que, desde la humilde opinión de quien es nadie, ensalza más si cabe las bondades de su trabajo, pero deja totalmente de lado los defectos de dicho realizador. Esos aspectos más cuestionados por sus detractores están ausentes. Está más que claro que Abad parte de un postulado más analítico que crítico, pero, sin ánimo de polemizar, la vehemencia por su parte hacia el trabajo de una persona a la que se nota que admira es desbordante. No con ello intento denunciar una falta o carencia de imparcialidad. Todo lo contrario. Es totalmente normal y comprensible esa ausencia de mirada crítica hacia lo negativo cuando nos encontramos ante algo -o alguien- que nos gusta mucho. Un libro que, si se es “Fan” de Nolan, si se aman sus películas y se le profesa admiración es perfecto ya que nada malo del cineasta encontrará en sus páginas. Una obra perfecta para los más acérrimos aficionados a la filmografía del cineasta británico. En caso contrario, no voy a recomendar que el “Detractor Nolaniano” se abstenga porque apuesto totalmente por las mentalidades abiertas en contra de la estrechez de miras, pero es más que probable que el disfrute sea distinto. A mí no me encontrarán en ese grupo.

Los Malditos (Jason Aaron, R.M.Guéra)

Goddamned-cover-11-e1445272966589

Titulo original: The Goddamned / Guión: Jason Aaron / Dibujo: R. M. Guéra / Portada: R. M. Guéra. / Formato: Rústica / Páginas: 160 Págs. / Editorial: Planeta Cómic / Precio: 16,95 € / ISBN: 978-84-9146-784-7


1655 años después de la expulsión de los primeros hombres del paraíso, la humanidad está al borde de sufrir su primer Apocalipsis en forma de Diluvio Universal. El ser humano ha sucumbido a sus instintos más primarios y la tierra es un yermo baldío donde la crueldad y la depravación campa a sus anchas. En un mundo tan desprovisto de futuro, una figura solitaria y maldita, heredero de los primeros seres bendecidos por la mano de Dios, recorre sus parajes sin la mínima intención de que nadie se cruce en su camino. Y si alguien lo hace y es hostil a su persona, no será piedad lo que encuentre.


He de confesar que, pese a no profesar la fe, siempre me ha parecido muy interesante y edificante, la lectura del Antiguo Testamento. La considerada primera parte de la Biblia por el canon cristiano se compone de historias y relatos de tal intensidad capaces de hacer volar la imaginación de todo aquel que se preste. Desde la creación de todo y los albores de los tiempos, esta colección de pretéritos escritos nos relata, entre otras cosas, la osadía del hombre frente a la veneración de un Dios vengativo e inmisericorde al cual no le temblaba el pulso a la hora de imponer su palabra y su ley.

Pasajes como el de la construcción de la Torre de Babel, el largo vagar del éxodo judío, la devastadora y cruel destrucción de Sodoma o el destierro del Paraíso de la más personal obra de Dios -y por la cuenta que nos trae-, el hombre (una creación que incluso inspiraría una suerte de Guerra Civil entre sus huestes celestiales), poseen un atractivo nada fácil de esquivar para cualquier creador de ficciones que pueda sentir interés por ellos. De entre todas estas narraciones, siempre ha habido una que ha atraído a quien suscribe estas palabras -por un lado, al ya peinar ciertas canas y recibir una educación lejana a los laicos estándares actuales, la lectura de los Textos Sagrados formaba parte del día a día de mi centro escolar y, por el otro, con dicha historia solía ejemplificar Sor Clara, la vetusta monjita -con una mano muy larga y excesivamente veloz, me atrevo a añadir- que nos impartía la asignatura de religión, uno de los Pecados Capitales más extendidos en nuestra sociedad, es decir, La Envidia.

img_0300

Dice el libro del Génesis que Caín fue el primogénito de Adán y Eva fuera del Paraíso -del que fueron desterrados tras la consabida historia de la manzana y la serpiente con la que la monjita de mi colegio trataba que nosotros, unos imberbes chavalines, tratáramos de sentirnos mal-. Contándolo -como se suele decir- “Deprisa y mal”, Caín tuvo un hermano, Abel, y un día el Dios del Antiguo Testamento les pidió una ofrenda. Abel, al ser pastor, ofreció en su altar “Las primeras y mejores crías de sus ovejas”. Caín, por su parte, el fruto de la cosecha de los campos que él mismo – ¿decía? – labraba. La preferencia por la ofrenda de Abel por parte de Dios provocó el origen del capital pecado mencionado, el primer asesinato de la historia del hombre y la cólera de nuestro Creador -según La Biblia- hacia Caín. Éste fue maldecido y se vio obligado a vagar por la Tierra. No sólo eso, sino que con la intención de que nada pudiera interponerse ante su castigo, se le colocó una marca que lo hacía inmortal y cuya maldición caería sobre todo aquel que intentara atentar contra su vida. No me dirán ustedes que esta fábula no es un caldo de cultivo ideal con el que crear un interesante relato del tipo Espada y Brujería como los escritos por el magnífico Robert. E. Howard, por ejemplo. Tenemos un Anti-Héroe maldito y todo un mundo inhóspito y salvaje que explorar lleno de primigenios seres humanos adictos a pecar y bestias salvajes campando a sus anchas. ¿No es genial? Y es que siempre imaginé a Caín como si de una especie de “Conan, el Bárbaro” se tratase. Tal y como el Cimmerio en sus aventuras, Caín vagabundearía por un mundo parecido al de la Era Hiboria y se enfrentaría a mil y un peligros con los que poner a prueba de su condición de maldito. La vertiente más Pulp de la Biblia y al alcance de cualquiera. Hay veces que maldigo no tener ni un ápice del talento que tiene el guionista nacido en Jasper (Alabama), Jason Aaron.

Y es que el creador de Scalped nos ofrece eso mismo en su último trabajo, The Goddamned (traducido aquí como Los Malditos), que Planeta Cómic comienzó a publicar en nuestro país con su primer Trade paperback que alberga los primeros cinco números de la serie. Aaron sitúa la acción 1655 años tras la expulsión del Edén de los primeros seres humanos ofreciéndonos la visión de un mundo que se ha convertido en un infierno total. Los seres humanos son un experimento fallido y han sucumbido a sus instintos más primarios. Como decía el creador de Conan, Robert E. Howard, la humanidad dejará de lado la artificial civilización para virar a su estado natural, la barbarie. Y es ahí donde Jason Aaron nos abre la puerta para que nos sumerjamos en un paisaje totalmente Post-Apocalíptico y relatarnos su peculiar historia de Caín en clave de Western Crepuscular. En los momentos inmediatamente previos a la inminente purga, por parte de Dios, en forma de Diluvio Universal, el primero de los hijos de Adán y Eva caminará por su desolada realidad sin intención alguna de interactuar con sus semejantes, aquellos cuyos instintos de supervivencia los ha convertido en depredadores frente a los más débiles. Presentándonoslo como un personaje de misterioso pasado, parco en palabras y frío carácter (como si del Hombre sin nombre de los Spaghetti-Westerns de Sergio Leone o del Max Rockatansky de la tetralogía Mad Max: El guerrero de la carretera de George Miller se tratase), Caín acabará interponiéndose en el camino del malo de la función interpretado por Noé. Y no nos encontramos ante esa imagen bucólica de un señor que se dedicaba a construir un gigantesco navío -su famoso Arca- con el que poder salvaguardar una pareja de animales de cada especie de la Tierra sino ante una figura mucho más siniestra, mucho más oscura, depravada y cruel. Si Caín es el Max Rockatansky antes mencionado, Noé es sin duda el icónico Humungus de la segunda entrega de la saga de George Miller (Mad Max 2: El Guerrero de la Carretera [Mad Max: the road warrior, George Miller, 1981]) por el carácter nómada de su violento y peligroso clan.

The-Goddamned-Cain

Jason Aaron no escatima en violencia, en salvajismo, a la hora de retratarnos a una humanidad en sus horas más bajas y a un “Anti-héroe” de vuelta de todo al que un pequeño “Incidente” hará cambiar -pero siempre con cautela- su parecer respecto a sus prójimos. A semejanza de sus homónimos cinematográficos antes citados, a Caín le moverá en primera instancia su propio interés personal para luego prender la pequeña chispa de esperanza hacia sus congéneres. ¿Serán estos dignos y merecedores del beneficio de la duda? Sólo la lectura de “Los Malditos” podrá satisfacer la curiosidad del lector. Si la trama del cómic me ha resultado apasionante y de grata lectura, lo mismo puedo decir de su apartado gráfico. El ilustrador de origen serbio Rajko Milošević, conocido popularmente como R. M. Guéra, que ya colaboró con anterioridad con Jason Aaron en la mencionada Scalped -otro Western de tono Noir de recomendada lectura-, ofrece aquí un soberbio trabajo a la hora de presentarnos el Post-Apocalíptico paisaje salido de la mente del guionista de Alabama. Sin duda su estilo feísta casa perfectamente con el tipo de relato que ambos nos ofrecen, a lo que hay que añadir la increíble labor a la paleta de colores de Giulia Brusco que, con el uso de áridas tonalidades, hacen más creíbles -si caben- estériles e infecundas tierras por las que campan sus personajes.

Ambos artistas cumplen con total solvencia mostrarnos la cruda crueldad de un mundo sin piedad que su guionista ha creado para la ocasión plasmando a la perfección la violencia y con una narrativa visual totalmente cinematográfica que convierte a este Los Malditos en uno de esos cómics que hay que tener en las estanterías de toda comicteca que se precie. En conclusión, increíble arranque de esta serie. Si se necesitaban razones para rendir culto a Jason Aaron y R. M. Guéra, puedo darles una en forma de tomo en rústica que recopila los primeros números de la colección. Seguro que, tras su lectura, más de uno mirará La Biblia con otros ojos.

Los Malditos Jason Aaron R. M. Guéra

Juan Buscamares (Félix Vega)

Juan-buscamares-03

Titulo original: Juan Buscamares / Guión: Félix Vega / Dibujo: Félix Vega / Portada: Félix Vega / Formato: Cartoné / Páginas: 216 págs / Editorial: Planeta Cómic / Precio: 30€ / ISBN: 978-956-360-281-4


Juan recorre los largos e interminables desiertos en los que se ha convertido los océanos de antaño tras una apocalíptica hecatombe que ha reducido a la Humanidad a meros seres movidos por un instinto de supervivencia que ha sacado a flote la cara más primaria del ser humano. Un mundo lleno de podredumbre en el que la Ley del más fuerte campa a sus anchas. En su camino topará con Aleluyah, una atractiva mujer que ha sido utilizada como moneda de cambio sexual por parte de su familia para poder conseguir agua, el bien más preciado en el nuevo status quo de nuestro planeta. Será a partid de ese momento que Aleluyah abrirá los ojos a Juan ante un nueva espiritualidad que creerá que el es una especie de nuevo mesías, el Buscamares, aquel que encontrará de nuevos los mares.


La civilización, tal como la conocemos, ha llegado a su fin. Debido a una catástrofe, suponemos originada por el hombre, de graves connotaciones apocalípticas, el Mundo, nuestro planeta Tierra, se ha convertido en un inmenso y devastado yermo donde la falta de recursos ha sacado a la luz la cara más salvaje y repugnante de la civilización que poblaba en el pasado sus ciudades. Los mares se han convertido en inmensos desiertos donde los grandes y gloriosos buques que surcaban los océanos se amontonan junto a los restos de sus antaño moradores marinos. La búsqueda del bien más preciado, es decir, el agua, es la causa de que los instintos más primarios del Hombre agudicen su natural instinto de conservación. Como ya dijo Robert E. Howard -creador de Conan, el bárbaro-, “La barbarie es el estado natural de la humanidad”.

Juan, nuestro protagonista, recorre, sin rumbo fijo, los inmensos desiertos en busca del preciado líquido elemento. En su camino se encontrará con todo tipo de podredumbre humana a quien la necesidad ha llevado a la práctica de comportamientos realmente extremos. Los restos de la humanidad se reducen a pequeños grupúsculos de individuos que se debaten entre el militarismo sin contemplaciones ni piedad o el peligroso sectarismo que produce la religión. Una realidad que bien puede recordarnos, como principal referente, a la saga cinematográfica Mad Max. Sin embargo, a diferencia de la tetralogía ideada por el cineasta George Miller, aquí encontramos también un relato post-apocalíptico con tintes de ciencia ficción cargado de simbolismo religioso y referencias variadas al folclore del lugar de origen del autor, el chileno Félix Vega.

Juan-buscamares-04

Artista de larga trayectoria y proyección internacional, Félix Vega puede presumir de que el dibujo y la ilustración corren por sus venas. Hijo de la artista plástica Ana María Encina Lemarchand y el -también- historietista Oscar Vega (Oskar) -creador de Mampato, una de los cómics más populares de su país natal, Chile, y en el que se cuentan las aventuras de un niño que, tras ayudar a un alienígena a proteger su planeta natal, obtiene un cinturón espacio-temporal que le permite viajar por el tiempo y el espacio-, el joven Félix se inició en el mundo de las historietas a temprana edad con claras inquietudes referenciadas en el “Metal Hurlant” europeo y convirtiéndolas en influencias de cabecera de su trabajo. El paso de los años y la calidad de su obra, lo han convertido en un claro referente del noveno arte latino-americano. Ahora, la editorial Planeta Cómic recupera en un precioso tomo toda la saga de Juan Buscamares en una edición corregida a la que se han añadido páginas y extras. Publicada entre los años 1996 y 2003, la totalidad de la historia se compone de cuatro álbumes cuyos títulos -El agua, El aire, La tierra, El fuego- evocan al nombre de los elementos de la naturaleza.

Detrás, o delante, de cada héroe se hace casi indispensable que haya una (gran) mujer. En el caso de Juan Buscamares, la importante fémina será el personaje representado por Aleluyah. Ella es una atractiva mujer -siempre vestida de blanco para destacar su mensaje simbólico de presencia angelical para nuestro protagonista- que huye de su pasado. Una mujer dura, de encallecido carácter, cuya familia ha obrado cual proxeneta al prostituirla a cambio de agua. Dulce, sexy, pero también letal cual femme fatale. Aleluya supondrá la principal fuente de problemas para Juan, así como su tabla de salvación. Allanando el camino hacia el conocimiento por parte de Juan, a quien acaba considerándose como una especia de Mesías, de una nueva espiritualidad representada por un pequeño grupo de mutantes, la escala más baja en el nuevo estatus social, que cruzará su camino con ambos dos. En definitiva, Aleluya es también el componente erótico del relato. Su diseño, su forma de dibujarla, evidencia la influencia de Milo Manara en el trazo de Félix Vega. No en vano, Vega es una gran dibujante de mujeres e incluso sustituyó a Horacio Altuna -cuando no daba abasto- en la edición española de Playboy (un puesto para el que fue sugerido por otro grande, George Bess).

Juan-buscamares-02

No será sólo Milo Manara el único autor que podamos ver reflejado en la historia de Juan Buscamares. Otra influencia a destacar -y que viene como anillo al dedo a un relato de ciencia ficción tan imaginativo como loco/lisérgico ante el que nos encontramos- es la de Moebius. Y es que muchas de las viñetas de esta historia destilan el alma del genio francés fundador -entre otras muchas cosas- de Les Humanoïdes Associés, cuna del arte secuencial más experimental y la ciencia ficción más pasada de vueltas y más influyente del siglo pasado.

Juan, en su herrumbroso vehículo, vagabundea por un interminable desierto. Así es como se nos presenta ofreciéndonos una primera alusión al aviador protagonista de El Principito de Antoine de Saint-Exupéry. Personaje que aparece en repetidas ocasiones cuando nuestro protagonista sufre sus alucinaciones proféticas. Y si de profetas hablamos, la clara alusión al Bautismo de Cristo por parte de un personaje parecido al Juan Bautista remarca el simbolismo religioso del relato. Y es que a Juan (Buscamares) se le anuncia como aquel Elegido que traerá de vuelta los océanos. Todo ello sin dejar de lado el folclore del país del que procede el autor, Chile, con la inclusión de elementos de la tradición inca, entre ellos los Capac Cochas, unos niños que eran enterrados en las cimas de las montañas como ofrenda a los dioses al tiempo que se les consideraba “viajeros espacio/temporales”. Algo, esto último, que servidor emparentaría también con la obra del guionista/chamán -creador de El Incal, una obra clave del cómic- Alejandro Jodorowsky, curiosamente paisano de Félix Vega.

Juan-buscamares-05

Nos encontramos ante una obra en la cual podemos observar la evolución del artista. Es totalmente evidente el aspecto de obra primeriza que ofrece en sus primeros momentos y, a medida que avanza la historia, el estilo de su autor transmuta.  A medida que avanzan los álbumes -aquí los distintos capítulos- podemos apreciar, no sólo un cambio en el estilo del dibujo sino también en su paleta de colores. Comenzamos de una composición de página llena de viñetas al principio a una muy diferente en el último segmento. Incluso se hace patente como se va virando hacia la economía de palabras con la clara intención de que sea el dibujo el que marque el camino de la narración.

Como conclusión, Juan Buscamares tiene lo mejor de la sci-fi más experimental, más simbólica e incluso más lisérgica del estilo de los autores que publicasen en Metal Hurlant. Una historia curiosa a la par que apasionante, llena de detalles, símbolos y misterios además del atractivo que ofrecen este tipo de distopías post-apocalípticas. Sus personajes, bien construidos, nos ofrecen un viaje por a peor cara del Ser Humano, a la vez que tememos por su propio bienestar. Outsiders dentro de un caótico nuevo orden social donde prima la Ley del Más Fuerte. Todo ello aderezado con un impresionante arte en constante evolución en el que, el artista, refleja toda su “cómic-filia” y los artistas de los que ha bebido. Sin duda, la última recopilación de esta obra publicada por Planeta Cómic, un cómic que llevaba más de una década sin volver a editarse en nuestro país, es una gran oportunidad para descubrir y maravillarse con el increíble Universo de Juan Buscamares.

Juan-buscamares-01

Critters: A New Binge

2019 ha supuesto el año del regreso de los Critters! Si la semana pasada os contaba qué tal está “Critters attack!”, hoy hago lo propio con la serie “Critters: a new Bunge” firmada por Jordan Rubín, director de la cinta de los castores zombis “Zombeavers”. Podéis leerlo en La Abadía de Berzano, el blog de los cinéfagos más desprejuiciados!

La abadía de Berzano

critters-new-binge-poster

Título original:Critters: A New Binge

Año: 2019 (Estados Unidos)

Director: Jordan Rubin

Productores: Peter Girardi, Jordan Rubin

Guionistas: Jordan Rubin, Jon Kaplan, Al Kaplan basándose en los personajes de Dominic Muir

Fotografía: Adam Sliwinski

Música: Jon Kaplan, Al Kaplan

Intérpretes: Kirsten Robek (Veronica), Stephi Chin-Salvo (Dana), Jocelyn Panton (Ellen Henderson), Christian Sloan (Holt), Joey Morgan (Christopher), Bzhaun Rhoden (Charlie), Alison Wandzura (Sheriff Miller)…

Sinopsis: Perseguidos por cazarrecompensas intergalácticos, los Critters regresan a la Tierra en una misión secreta. En el pasado dejaron a uno de sus miembros en nuestro planeta y ahora están convencidos que, tras recuperarlo, podrán dominar la galaxia. Mientras tanto, en la pequeña localidad californiana de Burbank, Chrisopher y Charlie, dos adolescentes inadaptados socialmente, se verán sin comerlo ni beberlo en medio del fuego cruzado entre los Krites y los mercenarios espaciales.

Critters a New-5

La década de los ochenta supuso no sólo una revolución en el seno del…

Ver la entrada original 3.109 palabras más

Mi vecino Totoro (Tonari no Totoro, Hayao Miyazaki, 1988)

Mi vecino Totoro Hayao Miyazaki 1988 (11)

Titulo original: Tonari no Totoro / Año: 1988 / País: Japón / Duración: 86 min / Director: Hayao Miyazaki / Guion: Hayao Miyazaki / Producción: Isao Takahata, Toshio Suzuki, Toru Hara / Fotografía: Hisao Shirai / Música: Joe Hisaishi / Diseño de Producción: Kazuo Oga / Montaje: Takeshi Seyama / Reparto: Noriko Hidaka (Satsuki), Chika Sakamoto (Mei), Shigesato Itoi (Tatuo Kusakabe), Sumi Shimamoto (Yasuko Kusakabe), Tanie Kitabayashi (Nanna), Hitoshi Takagi (Totoro), Toshiyuki Amagasa (Kanta)


Satsuki y Mei son dos hermanas que se mudan al campo con su padre, un profesor universitario. La razón por la cual abandonan la ciudad para vivir en un entorno rural es para poder tener la posibilidad de estar más cerca de su madre, hospitalizada en un centro de salud próximo aquejada por una enfermedad. Pese a que Satsuki se encuentra cerca de la pubertad, no reprime su personalidad inquieta y creativa junto a Mei, de cuatro años de edad. Un día, ya instaladas en su nuevo hogar, Mei se encontrará con un “Espíritu del Bosque” al que llamará “Totoro”. Éste acabará mostrando a ambas hermanas lo mágica que puede llegar a ser la naturaleza.


Aunque pueda parecernos asombroso cuanto menos a día de hoy, hace algo más (e incluso menos) de treinta años el conocimiento general -no digamos siquiera el acceso- de la producción en el campo de la animación procedente de tierras niponas era francamente escaso tanto por parte de neófitos como de aficionados. Solamente se reducía a limitados productos, a ciertas series (peyorativamente consideradas por las “Élites culturales” de la crítica especializada como) de “Dibujos animados para niños” entre las cuales, dejando a un lado al robot propulsado por “Energía Fotónica” más famoso de allende el “Monte Fuji” -censurado incluso en su momento por aquellos que velaban por nuestra salud mental-, las sempiternas “Heidi” (Arupusu no shôjo Haiji, Isao Takahata, 1974), “Marco” (Haha wo tazunete sanzenri, Isao Takahata, 1976) o la lacrimógena “Candy Candy” (Kyandi Kyandi, Hiroshi Shidara, 1976-1979) se consolidaban como las más populares en el seno del público más generalista.

Un tipo de producto, en su mayoría, simpático, blanco y para toda la familia que era la punta de lanza de toda una industria para nosotros desconocida. Mucho antes de que llegasen a nuestro país (y conocimiento) películas ahora consideradas clásicos del “Anime” como “Akira” (íd, Katsuhiro Otomo, 1988) o la cinta que hoy nos ocupa, “Mi vecino Totoro” -ambas de finales de la década de los ochenta aunque no llegarían hasta mucho más tarde a nuestro país-, la mayoría de los niños de los ochenta (como un servidor) vivimos muchas de las historias de esos robots contra monstruos mecánicos, de viajes desde los Apeninos a los Andes o las penurias de una niña huérfana y su abuelito -prácticamente casi todas gestadas en la década anterior- de forma fragmentada gracias a esas míticas cintas de “VHS” que contenían una dupla de episodios y que se podían alquilar en los videoclubes -aquellos templos y lugar de reunión de futuros cinéfagos-, siempre faltando alguna de las entregas que permitiera poder visionar de forma completa la serie en cuestión. Por otro lado, si no conseguíamos ver los episodios restantes nos daba igual. Esos huecos narrativos resultantes se llenaban o bien por obra y gracia de una nutrida imaginación o bien gracias al compañero de clase de turno que frecuentaba otro videoclub donde sí disponían de las cintas correspondientes.

Mi vecino Totoro Hayao Miyazaki 1988 (2)

Debido a que en occidente siempre nos hemos decantado y hemos mirado hacia la producción norteamericana, hemos sido víctimas voluntarias de la dictadura de la famosa “Casa del Ratón Mickey”, de sus historietas de princesas encorsetadas en rancios clichés y animales antropomórficos cantando diegéticas canciones, nuestro desconocimiento hacia muchos de los grandes nombres de la animación japonesa ha sido total durante muchos, muchos años. El desembarco del “Anime” y del “Manga” en España a principios de los noventa propició, poco a poco, que se fuera subsanando dicha carencia. Pero, pese a que hoy día contamos una gran presencia nipona en el mercado del entretenimiento -ya sea audiovisual o en papel-, deberíamos dar cuenta de la falta de estudios y/o monografías de muchas de las figuras clave de su arte secuencial o animado. Nada más lejos, a un servidor le encantaría que alguien se dignara a editar, para poder leer, cualquier ensayo que tuviera a Osamu Tezuka como protagonista, por ejemplo. Incluso de Katsuhiro Otomo, creador de la mencionada con anterioridad “Akira” (íd, Katsuhiro Otomo, 1988), Masamune Shirow, Masakazu Katsura o Isao Takahata por mencionar algunos nombres. Sin embargo, de entre lo poco que se puede encontrar actualmente al respecto, la figura de Hayao Miyazaki es toda una excepción. Los lectores de este tipo de textos más ensayísticos tenemos a nuestra disposición varios estudios hacia su vida y hacia su obra. Reputado maestro de la animación, comenzó de forma humilde en el negocio y logró, por méritos propios, labrar su propia leyenda. El hecho de que la “Academia de Cine Norteamericana” le otorgara un más que merecido reconocimiento con su estatuilla dorada, su “Oscar”, a la magnífica “El viaje de Chihiro” (Sen to Chihiro no kamikakushi, Hayao Miyazaki, 2001) -un premio que Miyazaki, por cierto, renunció a ir a recoger por motivos ideológicos ya que desaprobaba la intervención militar en Irak por parte de los “Estados Unidos”- ha propiciado, por un lado, el ensalzamiento de su figura, así como el acercamiento de su obra, en occidente y, por otro, un efecto más que positivo hacia la concepción violenta socialmente aceptada del “Anime” en el seno de nuestra consciencia colectiva. Una mala imagen en gran medida propiciada por la ingente cantidad de títulos, “Cyberpunk” en su mayoría, que inundaron el mercado doméstico de nuestro país en el que el sexo y la violencia exacerbada eran el principal reclamo. Si en los ochenta la producción nipona se consideraba que solo se componía de “Dibujos animados para niños”, en los noventa los dibujos japoneses eran considerados por los “Mass media” nacionales como productos nocivos para los chavales por su alto contenido explícito. Así somos en nuestro país.

Volviendo al tema que nos atañe, “Mi vecino Totoro” quizá no sea su mejor obra, aunque sí que se la suele considerar como emblemática (De hecho, el logo de su famoso “Estudio Ghibli” está formado por la efigie del simpático “Rey del Bosque” que da nombre a la cinta). Segundo título oficial del popular estudio de Miyazaki, hoy convertido en un emporio que nada tiene que envidiar a su homólogo occidental más parecido (Es decir, “Disney”), no comenzó su andadura comercial siendo un éxito de taquilla, sino todo lo contrario. Tras sorprender a propios y extraños con una preciosista animación antes vista, atenta al detalle, con el filme “Nausicaä del Valle del Viento” (Kaze no Tani no Naushika, Hayao Miyazaki, 1984), una cinta estrenada un año antes de la fundación oficial de “Ghibli” (y que sin ella hubiera sido difícil la materialización del mismo), el estudio obtuvo unos más que poco destacables resultados con “Laputa: El castillo en el cielo” (Hepburn: Tenkū no Shiro Rapyuta, Hayao Miyazaki, 1986), película plenamente fundacional que más de una duda suscitó a los inversores de turno. De hecho, un detalle que revela dicha desconfianza ante esta nueva empresa que quería ser un soplo de aire fresco en el seno de la industria de la animación nipona (De hecho, “Ghibli” es el nombre libio del viento del sudeste del Mediterráneo más comúnmente conocido como “Siroco”) que para el siguiente estreno cinematográfico, es decir, para el estreno de la película de “Totoro”, ésta se estrenaría junto a otro de los considerados clásicos del estudio, la cinta dirigida por el compañero de fatigas de Miyazaki desde los tiempos en los que se conocieron en la famosa “Toei Animation”, su amigo Isao Takahata. La cinta de Takahata, titulada “La Tumba de las Luciérnagas” (Hotaru no haka, Isao Takahata, 1988) es, así como lo es “Mi vecino Totoro”, un opuesto retrato de la infancia. La otra cara de la misma moneda. Un auténtico drama con dos víctimas de la guerra, unos niños cuyos padres resultan muertos tras un bombardeo durante la “Segunda Guerra Mundial”.

Mi vecino Totoro Hayao Miyazaki 1988 (10)

Por su parte, la cinta de Miyazaki se concibe como un relato prácticamente atemporal en el que dos niñas, dos hermanas, se ven obligadas a mudarse a un entorno rural junto a su padre, un profesor de antropología, donde conocerán a Totoro, el “Espíritu del bosque”. La razón de su éxodo al campo viene dada por uno de esos aspectos autobiográficos del autor. La madre de Miyazaki sufría de tuberculosis espinal, como la madre de las protagonistas de este relato, y también su familia se vio forzada a cambiar el paisaje urbanita por el natural. Satsuki y Mei (Nombres que remiten al mes de mayo puesto que son dos formas diferentes de denominarlo en japonés) viven el drama de la ausencia de su progenitora. La cinta contiene una de esas constantes en el cine de Miyazaki que es el desarrollo de la relación del ser humano con su entorno. Más concretamente, su relación con la naturaleza, así como la importancia de la familia. Pese a que la historia es eminentemente infantil y desde el punto de vista de las niñas (Los personajes adultos es cierto que aparecen, pero no tienen apenas voz, son meramente accesorios), las figuras paternas actúan de forma catalizadora a la hora de estimular la imaginación de las pequeñas.

Ambas hermanas, sobre todo la más pequeña, Mei, superan la carencia maternal con su desbordante imaginación. La cual lleva a esta última a ver su nueva realidad como algo mágico. El descubrimiento de un nuevo mundo asombroso. El hecho de que lo descubra a través de un túnel no es más que una analogía, un homenaje, al personaje más famoso del escritor Lewis Carroll, autor de “Alicia en el País de las Maravillas”. Todo ello mediante un desarrollo narrativo al que el espectador occidental no está acostumbrado. Aquí no hay un inicio, nudo y desenlace. Es más bien un relato emotivo muy apegado a la realidad. Con voluntad de verosimilitud hacia el mundo real. Aquí no se busca la acción por la acción. No hay canciones diegéticas como en los productos “Disney” de la época. El entretenimiento viene dado por la identificación del espectador hacia sus protagonistas. Puesto que el fuerte de la historia, lo que en realidad Miyazaki domina, es la construcción de personajes y la idiosincrasia personal, la personalidad de cada una de las pequeñas no dista demasiado de la de aquellos que se encuentran al otro lado de la pantalla. Es probable que durante el visionado de la película uno pueda pensar que no ocurre nada. Pero es que esa es la intención de sus responsables.

Mi vecino Totoro Hayao Miyazaki 1988 (7)

La cinta no está exenta de secuencias y estampas míticas como el primer encuentro con Totoro en su madriguera, la escena de la parada de bus con el paraguas (Imagen que ha pasado a la posteridad y que se suele utilizar como cartel promocional del filme así como cubierta de sus ediciones domésticas) o la llegada del popular “Gatobús” (Cuyo diseño podría ser una reminiscencia más al “Gato de Cheshire” de “Alicia en el País de las Maravillas”), único de los personajes fantásticos de cierta inspiración en el folclore local (En Japón existe la creencia de que los gatos adquieren poderes mágicos cuando alcanzan una edad avanzada). El resto, los “Duendes del Polvo” o el propio Totoro, son fruto de la imaginación de Miyazaki. Realmente, el nombre de “Totoro” viene de la mala pronunciación de la palabra “Tororu” (“Duende” en japonés) por parte de la niña de cuatro años. Algo que se pierde en el doblaje. Todo ello, por supuesto, con una animación detallada al extremo donde destacan sobre todo los parajes naturales. El diseño de los personajes, los sobrenaturales por encima de todo, es de gran empaque visual. No es de extrañar que, tras unos más que modestos resultados por parte de esta cinta (Y su compañera dirigida por Takahata), el “Estudio Ghibli” cimentase su imperio gracias al “Merchandising” años más tarde. La venta masiva de peluches fue la que posibilitó que posteriormente pudiéramos disfrutar de grandes producciones como la mencionada “El viaje de Chihiro” (Sen to Chihiro no kamikakushi, Hayao Miyazaki, 2001) o “La Princesa Mononoke” (Mononoke Hime, Hayao Miyazaki, 1997), obras muchísimo más interesantes y adultas en la humilde opinión de quien suscribe estas palabras y más alejadas del público infantil. De hecho, es curioso que se etiquete la obra de Miyazaki como “Cine infantil” cuando el grueso de su producción no lo es.

En definitiva, la irrupción de este título tan emblemático en nuestras carteleras es una ocasión ideal para revisitarlo en pantalla grande o descubrírselo a nuestros pequeños. Una forma diferente de concebir el cine infantil con un relato en el que se pretende retratar la infancia desde el plano de la imaginación. La imaginación como ente en sí mismo, como fuerza generadora de ilusión. Una película para niños protagonizada por niños y una idealización del campo, de la naturaleza, que invita a que conectemos con ella. La conexión con la naturaleza nos hará libres. Todo ello contado con inocencia y haciendo uso de un tono cándido aderezado de un sentido del humor de lo más blanco. Soberbia construcción de personajes y maestría a la hora de que sintamos la magia en un relato de lo más costumbrista. Sin duda, destacando además una animación sumamente cuidada y detallista de gran calidad (Algo que acabará siendo marca de la casa), un cuento moderno ambientado en un Japón idealizado, sin vestigio alguno de la “Segunda Guerra Mundial”, con la reivindicación de lo rural como “Leitmotiv” principal. Si en su día pudo maravillar, treinta años después sigue haciéndolo sin perder un ápice de fuelle.

Mi vecino Totoro Hayao Miyazaki 1988 (3)

¡Critters al ataque!

La reseña de “Critters Attack!”, la reciente película de los Krites bajo el amparo del canal SyFy, supone mi debut en el blog para cinéfagos La Abadía de Berzano. Espero que sea de vuestro agrado.

La abadía de Berzano

Critters al ataque-cartel

Título original:Critters Attack!

Año: 2019 (Estados Unidos)

Director: Bobby Miller

Productores: Peter Girardi, Bobby Miller

Guionista: Scott Lobdell basado en los personajes de Dominic Muir

Fotografía: Hein de Vos

Música: Russ Howard III

Intérpretes: Tashiana Washington (Drea), Dee Wallace (Tía Dee), Jack Fulton (Jake), Jaeden Noel (Phillip), Ava Preston (Trissy), Vash Singh (Kevin Loong), Leon Clingman (Ranger Bob), Ho Chow (Chef Loong)…

Sinopsis: Drea vive junto a su hermano Phillip en una pequeña localidad del medio oeste americano. Tras ser rechazada por segunda vez en la Universidad en la que desea cursar sus estudios, acepta a regañadientes un trabajo como canguro de los hijos de la profesora de la facultad que se encarga de las admisiones. Con objeto de entretener a los chavales, decide llevarlos de excursión sin saber que sus caminos se cruzarán con una hostil especie extraterrestre devoradora de carne humana, los Critters.


Es muy probable que…

Ver la entrada original 4.100 palabras más

El Hombre Menguante (Ted Adams, Mark Torres)

El Hombre Menguante Ted Adams Mark Torres (1)

Titulo original: The shrinking man / Guión: Ted Adams / Dibujo: Mark Torres / Portada: Mark Torres / Formato: Cartoné / Páginas: 112 pags / Editorial: Planeta Cómic / Precio: 14,95€ / ISBN: 978-84-914-6064-0


Durante una travesía en barco, Scott Carey es cubierto completamente por una misteriosa niebla de origen radioactivo. Días más tarde, Scott descubrirá, para su propio horror, que su cuerpo está menguando a una velocidad de tres milímetros y medio diarios. La ciencia se verá incapaz de darle solución a su problema y la vida cotidiana de Scott se convertirá en un horror al ser, sus semejantes, incapaces de comprender su sufrimiento.


La importancia de la obra y la figura del escritor norteamericano Richard Matheson es innegable. Seguramente el grueso del “Gran Público” desconoce cómo sus relatos, novelas o guiones tanto para ficciones televisivas como para largometrajes han influido en figuras tan famosas -y ahora consideradas como “Grandes” en sus disciplinas- como Steven Spielberg, Stephen King o George A. Romero entre otros muchos. Recordemos que el fundador de la “Amblin Entertainment” sorprendió a propios y extraños con la adaptación de uno de sus relatos. Me refiero, por supuesto, al “El Diablo sobre ruedas” (Duel, Steven Spielberg, 1971), una “T.V. Movie” con la que el director de “Tiburón” (Jaws, Steven Spielberg, 1975) cosechó muy buenos resultados -llegando incluso a poder estrenarla en salas de cine-, añadiendo a su estilo varias de las características propias del trabajo de Matheson, es decir, la aparición del héroe a su pesar o la irrupción de un elemento totalmente extraordinario en la cotidianidad. Algo que también asimiló perfectamente el “Maestro del Terror” Stephen King. Y no puedo dejar de mencionar, para no extenderme demasiado, que la cinta seminal con la que se popularizó el (sub)género “Zombie” -que todavía a día de hora sigue dando sus coletazos-, “La Noche de los Muertos Vivientes” (Night of the Living Dead, George A. Romero, 1968), está abiertamente -sus responsables nunca lo negaron- influenciada por una de sus novelas más populares, es decir, “Soy Leyenda” (The last man on earth, 1954) y por el Film “Soy Leyenda” (The last man on earth, Sidney Salkow, 1964).

Pero sin duda, existe un punto de inflexión muy importante en la carrera de Richard Matheson. Originario de Allendale, Nueva Jersey, Matheson se crió en Brooklyn donde desde pequeño profesó su afición por la literatura y el oficio de escritor, labor que pudo desempeñar publicando pequeños cuentos en un periódico local. Años más tarde, y afincado en el “Estado de California”, compaginó la creación de ficciones literarias -que comenzaron a editarse en la revista “The Magazine of Fantasy and Science Fiction” desde 1950 con la publicación de su primer relato “Nacido de hombre y mujer”- con su trabajo en la planta de Douglas Aircraft -una de las más populares constructoras de aviones y misiles, así como contratista de defensa, estadounidenses de la época- en Santa Mónica. Pese a que comenzó a convertirse en un autor con un cierto renombre en el sector, la magnífica recepción y buenas críticas cosechadas por su novela “Soy Leyenda” (The last man on earth, 1954) no daban el rédito económico esperado por el autor -que ya contaba con una amplia familia, con los deberes que atender que ello conlleva-. Fue precisamente esto lo que le llevó a tomar una importante determinación: Darle una última oportunidad a su faceta de escritor. Dejó la “Costa Oeste” para mudarse a una casa en Long Island en cuyo sótano se encerró a escribir. Dice la leyenda que en esas peculiares condiciones de trabajo encontró la aspiración para la novela que, no sólo le haría famoso, sino que le abriría las puertas de Hollywood: “El Increíble Hombre Menguante” (The Incredible Shrinking Man, 1956).

El resto forma parte de la historia: La novela fue un éxito, llamó la atención de los “Estudios Universal” y Matheson les vendió los derechos de la misma, incluso pudo adaptar su guion él mismo. Un año después de la publicación del libro, llegaba a las salas de cine su versión cinematográfica: “El Increíble Hombre Menguante” (The Incredible Shrinking ManJack Arnold, 1957). Las buenas cifras generadas por la película propiciaron que el autor pudiera dedicarse a escribir para cine y televisión. Uno de los programas catódicos donde Matheson se hizo famoso fue el creado por Rod Serling, “The Twilight Zone”, donde escribió capítulos memorables. Pero eso es salirnos del tema que hoy hemos de tratar aquí. “IDW Publishing” publicó, en “Estados Unidos”, una miniserie de cuatro números en la que el guionista Ted Adams – además presidente de la editorial- y el dibujante Mark Torres adaptan la famosa novela de Matheson. En nuestro país, “Planeta Cómic” es la encargada de ofrecernos esta historia en un bonito tomo recopilatorio en cuyo interior, además de la citada miniserie, encontraremos varios textos de los responsables y un magnífico prólogo escrito por Peter Straub a modo de “Extras”.

El Hombre Menguante” cuenta la historia deScott Carey, un tipo común que un día, tras ser completamente cubierto por una niebla radioactiva durante una travesía en barco, descubre que su cuerpo va en progresivo decrecimiento. Cabe señalar que, como en todo relato de los años 50 que se precie, el miedo a la radioactividad está muy presente. El terror psicológico que la “Guerra Fría” impuso ha sido el detonante creativo de muchos artistas y el origen de iconos y grandes obras del siglo XX -a esta historia me remito o a la creación de la mayor parte del panteón “Superheroico” de la editorial “Marvel Comics”, por ejemplo-. Tras no encontrar cura ni remedio, los médicos que le hacen pruebas se ven incapaces ante tal suceso, Scott sufrirá las consecuencias de su estado. Poco a poco verá como la sociedad, incluyendo incluso a su familia, lo irá expulsando debido a que la humanidad rechaza, repudia, todo aquello que no comprende o la asusta. A Scott no le quedará más remedio que aceptar su nueva situación, tras pasar por todo un infierno físico y mental. La soledad del ser humano y la alienación son temas recurrentes en la obra de Matheson -no pocas son las similitudes entre esta novela y su “Soy Leyenda” (The last man on earth, 1954) al respecto-.

El Hombre Menguante Ted Adams Mark Torres (2).jpg

Llama la atención, en primera instancia, la voluntad de ser fiel al original por parte de Ted Adams. Así como en la novela, Adams toma la determinación de optar por el desarrollo no lineal con el que Richard Matheson decidió contar las aventuras de este hombre menguante -a diferencia del “Film” de Jack Arnold que sí optaba por una estructura más convencional de contar/mostrar la trama-. Adams se sirve, de cara a que el lector no se pierda entre tanto salto temporal, del tamaño de Scott para situarnos en el curso de la historia. Y así como el propio creador, los responsables del cómic nos adentran en este universo poco a poco. Recorremos el camino vivido por el protagonista como testigos de excepción y, a medida que pasamos páginas, vivimos con él la angustia y el horror sufridas por Scott Carey. Y no me refiero a las más explícitas y de corte aventurero como el increíble enfrentamiento con la gigantesca araña -una forma magnífica de abrir el relato-, sino también a la desazón y frustración del protagonista a la hora de enfrentarse a su realidad cotidiana mientras su cuerpo se comporta de forma extraña. Independientemente de que sus semejantes le señalen por la calle o adolescentes que rían de él, sino que es el deterioro de su relación con su familia la que causa el mayor de los horrores en su psique. El hecho de no poder ejercer como figura paterna respecto a su hija o el no poder satisfacer sexualmente a su esposa -un tema que, por obvias razones de censura de la época, en el “Film” de Arnold sólo se sugería- son las principales afecciones, al margen de las físicas, que Carey sufre. Eso sin contar con el desolador retrato que compone de la condición humana, se pueden presenciar abusos por parte de infantes, pedofilia y la sexualidad en su vertiente más oscura.

En paralelo al desarrollo del proceso de empequeñecimiento del protagonista, el relato convierte un escenario cotidiano en el más sorprendente y desolador paisaje donde la aventura de corte “Pulp” y folletinesca inunda nuestros sentidos. Una vez que Scott se ve reducido a una altura de escasos milímetros, el sótano de su casa -antes su hogar- se torna extremadamente hostil haciendo vital su lucha por la supervivencia. A la hambruna y al frío, añadiremos a amenaza de elementos que, en nuestra condición de gigantes respecto al tamaño de Carey, no percibimos como tales. El enfrentamiento con la araña antes citado, con el que se abre la trama, se extiende y conforma un elemento de tensión durante la misma. Algo parecido ocurre con el pasaje con el gato o cuando su hija, sin malicia alguna, lo agarra como si de un juguete se tratase. Sólo será con la aceptación de su nuevo estatus que Scott salga victorioso. Pero para llegar hasta ese punto, habrá de vivir un infierno de frustración, soledad, aislamiento e incapacidad de comunicarse con sus semejantes. Un viaje que le transformará profundamente, no sólo en el plano físico sino también en el psicológico.

En el apartado gráfico nos encontramos con el dibujo del filipino Mark Torres -asistido al color por Tomi Varga-. Los lápices de Torres son los suficientemente resultones para que el cómic nos llame la atención desde un primer momento. Tal vez el diseño de sus figuras humanas sea un tanto feísta, pero sin duda casa bien con el relato a contar. Todo lo contrario ocurre con los pasajes en los que Scott se enfrenta a la monstruosa araña. Ahí el dibujante sabe plasmar de forma acertada el terror y repulsa que pueda causarnos el animal. Narrativamente el artista se defiende positiva y considerablemente, resultando ésta muy fluida. Por otra parte, el diseño y estructura de muchas de sus páginas es altamente original y vistoso. A todo el apartado artístico podemos añadir unas portadas de corte minimalista -al estilo de las de “Los Proyectos Manhattan” deJonathan Hickman y Nick Pitarra- de gran empaque.

En conclusión, una lectura más que recomendada tanto para los aficionados al rico universo literario de Richard Matheson como para los desconocedores de su obra. Sin duda, para estos últimos, una grata forma de adentrarse y conocer el trabajo -aunque sea adaptado por terceros- de uno de los grandes escritores del siglo XX. Si hubiera que sumar algo al saldo negativo de este producto, yo diría que lo único malo que tiene la adaptación de Adams y Torres de “El Hombre Menguante” es que se lee en un suspiro. Cuatro “Grapas” se hacen demasiado cortas para un relato de este calibre. Incluso podría rematarlo mencionando los textos explicativos del propio Adams -e incluidos en el tomo- que se hacen necesario para colmar las ganas de más que deja la lectura de este tomo. Un tomo que, al igual que la novela -que sus responsables ya he comentado se han esforzado en seguir fielmente-, tras su lectura deja ese poso en nuestras cabezas. Esas inquietudes, esos pensamientos, que se han plantado durante el transcurso del viaje y que, una vez finalizado, crecen en nuestras cabezas para que podamos desarrollarlas. Sin lugar a dudas, un relato que no te dejará indiferente.

El Hombre Menguante Ted Adams Mark Torres

Especial La Huella del Crimen – 3ª Temporada (Pedro Costa Muste, 2009-2010)

huella

A modo de introducción: en el año 2008 Televisión Española anunciaba la recuperación de una de sus producciones más emblemáticas de su historia, con permiso de la ficción creada por Antonio Mercero “Verano Azul”, “La Huella del Crimen”. Una de las series para la pequeña pantalla que contaba en su haber unas magníficas primera y segunda temporadas. Para la ocasión, su creador, Pedro Costa volvía a la carga con su proyecto más personal, la misma intención de sacudir al espectador con la recreación de los crímenes que alguna vez conmocionaron a la sociedad española y, como marcaban los cánones, adaptados a los nuevos medios, espectadores y gustos de los mismos. Ese mismo año, Costa ya participó en la miniserie “El caso Wanninkhof” (Íd, Pedro Costa, Fernando Cámara, 2008), inspirada en el homónimo y popular caso policial, muy en consonancia con el espíritu de “La Huella del Crimen”. Compaginando sus labores como productor en otra serie para la casa, la televisión pública, dirigida por Álex de la Iglesia, “Plutón BRBNero” (Íd, Álex de la Iglesia, 2008), Costa se encargaría de las labores de dirección de las nuevas entregas, siempre asistido por un codirector -en este caso Fernando Cámara (Memorias del ángel caído [Íd, Fernando Cámara, David Alonso, 1997]) y Luis Oliveros, con quienes ya había colaborado antes en la citada serie basada en el crimen de Rocío Wanninkhof. De esta manera, se comunicó la recreación de tres crímenes famosos: el célebre crimen de los Marqueses de Urquijo, el secuestro y posterior asesinato de Anabel Segura, así como el caso de Joaquín Ferrándiz Ventura, quien mató a cinco mujeres a mediados de los 90. Todo ello en un momento en el que la cadena pública apostaba por la ficción basada en hechos reales inundando su “prime time” con “tv movies” sobre sucesos diversos como el secuestro de Ingrid Betancourt, la Operación Malaya, el caso Coslada o las vivencias del Rey en el Golpe de Estado del 23-F.

Lo primero que llama la atención de esta corta -y última singladura hasta el momento- de “La Huella del Crimen” es la “modernidad” de los crímenes. El más antiguo, el del misterioso asesinato de los marqueses de Urquijo, está ambientado en la década de los ochenta. Sin embargo, el resto son más recientes para el espectador. Es de suponer que, el previsible rechazo por parte de las audiencias a las ambientaciones de época pudiera ser la razón de tal decisión. Se sabe que los herederos de los Urquijo interpusieron sendas denuncias tras la emisión del episodio correspondiente -un episodio a modo de crónica, pero también con una clara intención de inclinar la balanza hacia una ficción más propia de un relato de Agatha Christie- que fueron afortunadamente para sus responsables desestimadas. Sin embargo, esta misma razón era la que echaba hacia atrás a Pedro Costa a la hora de intentar recrear crímenes modernos en las temporadas clásicas -resultantes de ello son los episodios “El caso del procurador enamorado” y “El Crimen de Perpignan”, dos libres adaptaciones de sus respectivos sucesos con un ojo vigilante de las posibles quejas por parte de familiares, allegados y responsables de los mismos-. En esta ocasión, lo que antaño fue un escollo, ahora no es impedimento y se intenta atraer a los nuevos televidentes, a los más jóvenes, a ser partícipes de esta nueva etapa televisiva con elementos que puedan identificar con facilidad.

Pero, por otro lado, los tiempos cambian, los espectadores también y las formas de hacer y ver tele son totalmente distintas a las del pasado. La calidad de esta tercera etapa de la serie, una calidad que fue bandera, se resiente completamente con las nuevas maneras y la televisión de los “dos miles”. El concepto de “tv movie” entendido como producto de consumo rápido, con el que entretener en franjas horarias nocturnas compitiendo con las otras cadenas privadas, con sus pausas y ritmos para poder integrar la publicidad y con la participación de algún actor de renombre -aquí veremos a Juanjo Puigcorbé, Vicky Peña, Carlos Hipólito o Enrique Villén-, pero tirando en demasía de la cantera, se hace demasiado evidente en los tres telefilmes. Dirección plana, sin florituras, presumiblemente rápida, guiones poco trabajados o inexistentes, situaciones inverosímiles y malas actuaciones forman parte del resultado de la tercera temporada de “la Huella del Crimen”. Es una pena que una serie con tal magnífico legado despida así su singladura por la pequeña pantalla. Aquellos tiempos en los que una serie humilde, de presupuestos escuetos, pero con equipos artísticos de verdadero lujo y resultados de notable empaque, se vea reducida a un subproducto muy lejos de aquel cuidado con mimo que supusieron las tandas clásicas. Un amargo final para una de las ataño mejores producciones de la ficción española y, es de suponer, una triste despedida para su creador, que, pese a que los índices de audiencia no fueron del todo negativos -rondado entre los trece y dieciocho por cientos de share- no tuvieron el mismo calado en una sociedad saturada por la copiosa oferta en la parrilla televisiva -y todavía no habían llegado las plataformas digitales-. Su fallecimiento, tras una larga enfermedad a los 74 años, el pasado 2016 dejó huérfana “La Huella del Crimen”. Pero siempre nos quedarán grabados en la retina sus mejores episodios. Lamentablemente, ninguno de ellos forma parte de esta última recopilación.

3.1. El Crimen de los marqueses de Urquijo

3.1 (0)

Título original: El Crimen de los marqueses de Urquijo / Fecha de emisión: 23 de septiembre de 2009 / Director: Pedro Costa, Fernando Cámara / Guión: Pedro Costa, Fernando Cámara, Antonio Ojeda / Reparto: Félix Gómez, Juanjo Puigcorbé, Ricard Borras, Pilar Abella, César Lucendo, Julio Arrojo.

Con “El Crimen de los marqueses de Urquijo” comienza, algo más de tres lustros tras la anterior entrega, una nueva singladura de la serie, creada por Pedro Costa, “La Huella del Crimen”. Esta nueva etapa comienza con la recreación de un celebérrimo caso de asesinato del cual, más de tres décadas después, su autoría continúa siendo un misterio. Nada más comenzar la década de los ochenta, un homicidio de crueldad incuestionable conmocionó a la sociedad española de la época: la muerte de dos aristócratas millonarios disparados mientras dormían en su casa. La madrugada del 1 de agosto de 1980 aparecían asesinados, en su residencia en el madrileño -y lujoso- barrio de Somosaguas, Manuel de la Sierra y María Lourdes Urquijo y Morenés, marqueses de Urquijo, presuntamente ejecutados por sendos disparos a bocajarro. Descartado el suicidio, en primera instancia, los responsables de la investigación comienzan a elucubrar teorías donde el asesinato, ya fuera por venganza o por encargo, se consolida como la principal razón del crimen. La investigación comienza, no sin, por petición de la familia y representantes de la misma, máxima discreción debido a la exclusiva vida social de los marqueses y reputada red de contactos. El hecho de que el asaltante -o los asaltantes, puesto que la policía siempre sospechó que varios fueron los autores- solamente rompiera el cristal de una de las puertas de la planta baja era indicativo de que conocía perfectamente la vivienda y, lo más probable, perteneciera al círculo de la familia. Es así como, de entre los varios sospechosos que barajan los investigadores, las principales sospechas recaen en la persona de Rafael Escobedo, marido de Miriam de la Sierra, la hija mayor de los marqueses. Una investigación llena de contradicciones, sin sentidos, teorías conspiranoicas y muchos cabos sueltos acabó con la auto inculpación por parte del yerno de los marqueses de su asesinato alegando éste que habían arruinado su matrimonio con su primogénita. Considerado probado que había acabado con la vida de sus suegros, fue condenado a 53 años de cárcel. Años después, y con más incertidumbres que certezas, apareció muerto en su celda del penal del Dueso, en Santoña (Cantabria) supuestamente suicidado y llevándose a la tumba cualquier resolución de la verdad del caso.

Este capítulo, dirigido al alimón por el propio Pedro Costa junto a Fernando Cámara (responsable de la también televisiva miniserie El caso Wanninkhof [íd, Pedro Costa, Fernando Cámara, 2008] o la interesantísima Memorias del Ángel Caído [íd, Fernando Cámara, David Alonso]) marca un punto de inflexión en cuanto a la calidad de una serie, hasta el momento notable de media, ofreciendo un producto de marcado tono televisivo -e incluso pseudodocumental-, de más larga duración (el resto de episodios rondaba los 60 minutos, aquí nos plantamos en casi los 90), que, por un lado, bien es cierto que recupera la esencia y el espíritu de “La Huella del Crimen” -si nos atenemos a la materia prima de la misma, es decir, a que se basa en casos reales de la Crónica negra de nuestro país-, pero que, por el otro, su insulso y aburrido desarrollo deja mucho que desear. Estamos en otros tiempos y la televisión es diferente. “El Crimen de los marqueses de Urquijo” responde perfectamente a las maneras de hacer televisión de los tiempos actuales, es decir, producciones pensadas para incorporar sus pausas publicitarias y tener entretenidos a los espectadores en un horario, que no necesariamente debería ser, “Prime Time”. Entre el reparto de esta primera (de tres) “tv movie” encontramos al veterano Juanjo Puigcorbé (al quien ha pudimos ver en uno de los mejores films de la anterior temporada, “El Crimen de Perpignan”), interpretando al Inspector Velasco, encargado del caso y reticente a creer que el acusado, un Rafael Escobedo interpretado por el televisivo Félix Gómez, actuara solo y fuera capaz de cometer motu proprio tan horrendos y execrables actos. Actuaciones, las suyas, destacables, pero no notables dentro de un elenco de actores incapaces de, no sólo empaticemos con ellos, sino que podamos tener interés alguno por el interesante relato que se nos plantea. De hecho, como ya se ha comentado, Rafael Espósito fue el único condenado -auto inculpado- por los crímenes pese a que su esclarecimiento no llegó a buen puerto. El filme nada más lejos de construir un relato de misterio, opta por dar cara, nombres y apellidos a los -teóricamente- verdaderos culpables retratando a Escobedo como a víctima y daño colateral de una supuesta confabulación hacia la figura de los marqueses. Destacable la participación de la periodista Rosa María Mateo haciendo las veces del popular “Loco de la colina” para unos o “Perro verde” para otros, Jesús Quintero, a quien el reo había concedido una entrevista que se emitió en Televisión Española el 13 de julio de 1988, dos semanas antes de su muerte.

3.2. El secuestro de Anabel

3.2 (1)

Título original: El secuestro de Anabel / Fecha de emisión: 1 de marzo de 2010 / Director: Pedro Costa, Luis Oliveros / Guión: Pedro Costa, Antonio Ojeda / Reparto: Enrique Villén, Luisa Martín, Juan Antonio Quintana, Fermí Reixach, Roberto Quintana, Toni Misó.

El secuestro de Anabel”, título de la segunda “tv movie” de la última etapa de “La Huella del Crimen” centra su atención en un tema inédito hasta el momento en el seno de esta ficción televisiva. Si la serie se había dedicado a la recreación de esperpénticos crímenes donde predominaba la muerte, generalmente violenta, de ciertos individuos, el presente capítulo será un relato donde el espectador podrá ser testigo de otra forma de delito también angustiante, sobre todo para la víctima, como es un secuestro. Casos de raptos con posteriores peticiones de rescate ha habido muchos en nuestro país. En la década de los 90, el de José Antonio Ortega Lara -funcionario de prisiones secuestrado en el garaje de su casa en Burgos cuando volvía de su trabajo por la banda terrorista ETA o el famoso secuestro de Maria Àngels Feliu -más conocido como el “de la farmacéutica de Olot”- cometido, entre otros, por el jefe de Policía de su localidad fueron de lo más mediáticos debido a lo extenso de su cautiverio. A dar voz a este tipo de desapariciones, con objeto de ayudar a familiares y allegados de aquellos desaparecidos a encontrar a sus seres queridos, apareció en la programación de la Primera Cadena de Televisión Española el programa, conducido por el popular periodista Paco Lobatón, ¿Quién sabe dónde? Un espacio que permaneció en antena desde el año 1992 hasta 1998 y que gozó de prestigio y el apoyo de millones de espectadores. De esta forma, muchos españoles pudieron dar cuenta del secuestro de Anabel Segura, una joven de 22 años, que fue raptada mientras hacia footing en las inmediaciones de su residencia en la lujosa urbanización madrileña de La Moraleja.

La muchacha fue raptada por dos individuos el 12 de abril de 1993 y encontrada muerta, en octubre de 1995, en una fábrica abandonada de Numancia de la Sagra (Toledo). Los dos autores del crimen -Emilio Muñoz Guadix, transportista de 38 años, y Cándido Ortiz Añón, alias “Candi”, fontanero de 35 años y con dos antecedentes por atraco con intimidación- capturaron a cara descubierta a la estudiante. Parece ser que todo comenzó con una conversación en la barra de un bar. Ambos, un repartidor en paro y el otro fontanero, arrastraban serios problemas económicos. De esta forma, Emilio -de personalidad dominante e intimidatoria- le propondría a su “compinche” un rudimentario plan: irían en su furgoneta a La Moraleja, cogerían a la primera chica que vieran por la calle, exigirían a su familia el pago de un rescate y, tras recoger el dinero, la soltarían. Fácil y sin riesgos. Sin embargo, ese mismo día decidirían dar muerte a la chica debido a la falta de infraestructura para retener a la misma y al miedo a que, después de darle libertad, pudiera reconocerlos. Aún así, mantuvieron contacto con la familia y pidieron dinero por su liberación. Contactaron con los padres en varias ocasiones, hasta 15, y demandaron una gran cantidad en efectivo, ciento cincuenta de las antiguas pesetas, cuyo intercambio se vio frustrado cuando estos dos maleantes dieron cuenta de que los cuerpos de seguridad del Estado y la Guardia Civil los esperaban para apresarlos. Una tercera detenida, Felisa García Campuzano, esposa de Emilio, encubrió el delito. Pese a lo espeluznante del mismo, los tres detenidos mantuvieron tras el secuestro una vida normal, parapetados en sus trabajos y familias. La última de las comunicaciones de los secuestradores, grabada con la voz de Felisa, aceleró las detenciones y fatídica resolución gracias al especial dedicado al caso de Anabel en el mencionado programa de televisión ¿Quién sabe dónde?

Para la elaboración de este episodio, Pedro Costa contó con la colaboración de Luis Oliveros en las tareas de dirección, quien ya fuera su ayudante en la miniserie El Caso Wanninkhof  (Íd, Pedro Costa, Fernando Cámara, 2008) y posterior director de los filmes El ángel de Budapest (Íd, Luis Oliveros, 2011) y El jugador de ajedrez (Íd, Luis Oliveros, 2017). En el desarrollo del mismo, además de mostrarnos el entorno de la chica y de los captores, así como sus motivaciones, los responsables del film encaminan sus esfuerzos en dar cierta carga dramática, no a la familia de la víctima, sino a los allegados de uno de los autores, concretamente Emilio Muñoz, interpretado aquí por el televisivo Enrique Villén, dejando de lado su registro cómico por el otro, normalmente habitual, de este actor de peculiar físico, es decir, el de hombre de mediana edad, baja titulación académica y muy malas pulgas. Sin duda, lo mejor de este episodio. En el papel de su mujer, Felisa, encontramos a otra cara conocida de la pequeña pantalla, la actriz Luisa martín -la sempiterna Juani de Médico de Familia– convertida aquí en más víctima que la propia secuestrada y dando ese toque lacrimógeno perseguido por este tipo de producciones para la caja tonta. Esta es una pobre recreación de este injusto crimen (¿acaso no lo son todos?) y su calidad, más que deplorable, lo convierte en el peor de los episodios de “La Huella del Crimen”, no sólo de esta temporada sino del resto de la serie.

3.3. El asesino dentro del círculo

3.3 (1)

Título original: El asesino dentro del círculo / Fecha de emisión: 8 de marzo de 2010 / Director: Pedro Costa, Fernando Cámara / Guión: Alberto Macías / Reparto: Roger Coma, Carlos Hipólito, Vicky Peña, Joaquín Climent, Fernando Huesca, César Sánchez.

El título del último capítulo de “La Huella del Crimen” llama mucho la atención. Hasta la fecha, todos los episodios tenían por nombre, siempre precedido por “el crimen de” o “el caso de”, a la víctima o al lugar donde se habían cometido los crímenes que se intentaban recrear. Sin embargo, “El asesino dentro del círculo” rompe con esa regla consuetudinaria y, a priori, no nos ofrece pista alguna de aquello que vamos a poder presenciar al otro lado de la pantalla. Para esta ocasión, el creador de la serie, Pedro Costa, codirigía junto al cineasta Fernando Cámara -quien repetía dichas labores tras rodar “El Crimen de los marqueses de Urquijo”- uno de los episodios de la crónica negra de nuestro país más reciente. El protagonista de este telefilm nada tiene que envidiar a los psicópatas que el Séptimo Arte nos ha dado a conocer. Con la salvedad, de que éste fue real. En los noventa, las autoridades de la Comunidad Valenciana se encontraron con una de las peores pesadillas con las que un investigador podría topar, es decir, un asesino en serie. Joaquín -Ximo- Ferrándiz era un joven Castellón al que sus vecinos describían como un muchacho bien parecido, muy amable y educado. Comercial en una agencia de seguros, nada hacía sospechar que tras su fachada de buen chico se escondía un frío y despiadado asesino, calculador hasta la médula, que sembró de cadáveres caminos abandonados y cunetas. Sus amigos coincidían al señalar que era muy observador. Esa facultad era la que utilizaba las mujeres a las que solía vigilar en sus salidas nocturnas por bares y discotecas. Estudiaba de esta manera sus puntos débiles y su entorno, para así poder aproximarse a ellas.

En 1989 sorprendió a propios y extraños cuando se le acusó y condenó a catorce años de prisión por la violación de una joven. Circulando con su coche derribó a la conductora de una motocicleta, una joven de dieciocho años, a la que, con la excusa de trasladarla a un hospital, la llevó en su a un paraje solitario donde la ató, golpeó y violó. La muchacha logró identificarle en una rueda de reconocimiento y Ferrándiz acabó entre rejas. Sin embargo, su buena conducta y actitud activa y participativa en el penal propició que obtuviese un gran número de reducciones en su condena llegando a ver la calle, en régimen de semilibertad vigilada, en el año 1995. A partir de ese momento, y con total apariencia de cara al exterior de intentar rehacer su vida, nuestro protagonista volverá a las andadas. Utilizando un modus operandi muy parecido en todos los casos, Ferrándiz logra hacerse con la confianza de chicas en situaciones de apuro -muchas veces provocadas por él mismo- para que suban a su coche ajenas de cualquier conocimiento sobre el mortal peligro que les acechaba. Aprendiendo de sus errores y sin ninguna intención de volver a la cárcel, el denominado “depredador de Castellón” toma la drástica determinación de no dejar testigos de sus macabros actos. Tres meses después de salir de prisión, Ximo invitó a subir a su coche a Sonia Rubio, una joven estudiante de filología inglesa que acababa de llegar de Inglaterra. Su cadáver fue encontrado con claros signos de estrangulamiento, maniatado de pies y manos, con sus propias bragas en la boca y cinta americana que habría ahogado aún más sus gritos. Un año después repetiría con otras cuatro mujeres, de edades comprendidas entre 20 y 25 años, todas muertas por asfixia con prendas de vestir propias, pudiendo así la policía establecer una asociación de todos los crímenes. La reincidencia del asesino fue su perdición y sería apresado por los cuerpos de seguridad del Estado en el verano de 1998. Un caso que llevó de cabeza a la UCO y en el que incluso se llegó a inculpar a un camionero, Claudio Alba, que no era ningún “angelito”, pero que nada tenía que ver con el caso.

Es una pena que para despedir una serie que había mostrado tanta calidad en sus etapas de 1985 y 1991 tengamos que hacerlo con un episodio como este. Pedro Costa y Fernando Cámara firman un trabajo en total consonancia con el resto de las “tv movies” de esta tercera temporada, “El asesino dentro del círculo” es otro claro ejemplo de dirección plana, malas actuaciones, guión pésimamente escrito y situaciones que, pese a estar basadas en hechos reales, son totalmente inverosímiles. Tras el visionado del episodio -suponemos que en su primera emisión en riguroso “prime time”-, el espectador, si no se ha dormido antes, puede ser capaz de pensar que cometer un asesinato -hasta en cinco ocasiones- y quedar impune es relativamente sencillo. Su protagonista, a quien da cara el actor catalán Roger Coma, se mueve a cara descubierta por locales de ocio nocturno atestados de personas y es capaz de llevarse a una joven sin que haya ningún testigo que luego pueda reconocerlo. Amén de señalar que ya no sólo su actuación es deficiente, sino que se hace excesivamente difícil poder tomarnos en serio -ni siquiera creernos- sus actos. Otras caras populares de nuestra escena interpretativa, Vicky Peña y Carlos Hipólito, se unen a este nefasto trabajo actoral. Tal vez lo más interesante del personaje de este último es que interpreta al famoso criminólogo Vicente Garrido. Destacar que incluso la duración del film es inferior a la del resto de esta nueva tanda. Los dos anteriores rondaban los 90 minutos. Éste se queda en aproximadamente una hora, quizá porque la labor de todos sus responsables no daba para más. Nuevos tiempos, formas de televisión diferentes y un legado lamentablemente echado a perder.

huella