Mi vecino Totoro (Tonari no Totoro, Hayao Miyazaki, 1988)

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Titulo original: Tonari no Totoro / Año: 1988 / País: Japón / Duración: 86 min / Director: Hayao Miyazaki / Guion: Hayao Miyazaki / Producción: Isao Takahata, Toshio Suzuki, Toru Hara / Fotografía: Hisao Shirai / Música: Joe Hisaishi / Diseño de Producción: Kazuo Oga / Montaje: Takeshi Seyama / Reparto: Noriko Hidaka (Satsuki), Chika Sakamoto (Mei), Shigesato Itoi (Tatuo Kusakabe), Sumi Shimamoto (Yasuko Kusakabe), Tanie Kitabayashi (Nanna), Hitoshi Takagi (Totoro), Toshiyuki Amagasa (Kanta)


Satsuki y Mei son dos hermanas que se mudan al campo con su padre, un profesor universitario. La razón por la cual abandonan la ciudad para vivir en un entorno rural es para poder tener la posibilidad de estar más cerca de su madre, hospitalizada en un centro de salud próximo aquejada por una enfermedad. Pese a que Satsuki se encuentra cerca de la pubertad, no reprime su personalidad inquieta y creativa junto a Mei, de cuatro años de edad. Un día, ya instaladas en su nuevo hogar, Mei se encontrará con un “Espíritu del Bosque” al que llamará “Totoro”. Éste acabará mostrando a ambas hermanas lo mágica que puede llegar a ser la naturaleza.


Aunque pueda parecernos asombroso cuanto menos a día de hoy, hace algo más (e incluso menos) de treinta años el conocimiento general -no digamos siquiera el acceso- de la producción en el campo de la animación procedente de tierras niponas era francamente escaso tanto por parte de neófitos como de aficionados. Solamente se reducía a limitados productos, a ciertas series (peyorativamente consideradas por las “Élites culturales” de la crítica especializada como) de “Dibujos animados para niños” entre las cuales, dejando a un lado al robot propulsado por “Energía Fotónica” más famoso de allende el “Monte Fuji” -censurado incluso en su momento por aquellos que velaban por nuestra salud mental-, las sempiternas “Heidi” (Arupusu no shôjo Haiji, Isao Takahata, 1974), “Marco” (Haha wo tazunete sanzenri, Isao Takahata, 1976) o la lacrimógena “Candy Candy” (Kyandi Kyandi, Hiroshi Shidara, 1976-1979) se consolidaban como las más populares en el seno del público más generalista.

Un tipo de producto, en su mayoría, simpático, blanco y para toda la familia que era la punta de lanza de toda una industria para nosotros desconocida. Mucho antes de que llegasen a nuestro país (y conocimiento) películas ahora consideradas clásicos del “Anime” como “Akira” (íd, Katsuhiro Otomo, 1988) o la cinta que hoy nos ocupa, “Mi vecino Totoro” -ambas de finales de la década de los ochenta aunque no llegarían hasta mucho más tarde a nuestro país-, la mayoría de los niños de los ochenta (como un servidor) vivimos muchas de las historias de esos robots contra monstruos mecánicos, de viajes desde los Apeninos a los Andes o las penurias de una niña huérfana y su abuelito -prácticamente casi todas gestadas en la década anterior- de forma fragmentada gracias a esas míticas cintas de “VHS” que contenían una dupla de episodios y que se podían alquilar en los videoclubes -aquellos templos y lugar de reunión de futuros cinéfagos-, siempre faltando alguna de las entregas que permitiera poder visionar de forma completa la serie en cuestión. Por otro lado, si no conseguíamos ver los episodios restantes nos daba igual. Esos huecos narrativos resultantes se llenaban o bien por obra y gracia de una nutrida imaginación o bien gracias al compañero de clase de turno que frecuentaba otro videoclub donde sí disponían de las cintas correspondientes.

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Debido a que en occidente siempre nos hemos decantado y hemos mirado hacia la producción norteamericana, hemos sido víctimas voluntarias de la dictadura de la famosa “Casa del Ratón Mickey”, de sus historietas de princesas encorsetadas en rancios clichés y animales antropomórficos cantando diegéticas canciones, nuestro desconocimiento hacia muchos de los grandes nombres de la animación japonesa ha sido total durante muchos, muchos años. El desembarco del “Anime” y del “Manga” en España a principios de los noventa propició, poco a poco, que se fuera subsanando dicha carencia. Pero, pese a que hoy día contamos una gran presencia nipona en el mercado del entretenimiento -ya sea audiovisual o en papel-, deberíamos dar cuenta de la falta de estudios y/o monografías de muchas de las figuras clave de su arte secuencial o animado. Nada más lejos, a un servidor le encantaría que alguien se dignara a editar, para poder leer, cualquier ensayo que tuviera a Osamu Tezuka como protagonista, por ejemplo. Incluso de Katsuhiro Otomo, creador de la mencionada con anterioridad “Akira” (íd, Katsuhiro Otomo, 1988), Masamune Shirow, Masakazu Katsura o Isao Takahata por mencionar algunos nombres. Sin embargo, de entre lo poco que se puede encontrar actualmente al respecto, la figura de Hayao Miyazaki es toda una excepción. Los lectores de este tipo de textos más ensayísticos tenemos a nuestra disposición varios estudios hacia su vida y hacia su obra. Reputado maestro de la animación, comenzó de forma humilde en el negocio y logró, por méritos propios, labrar su propia leyenda. El hecho de que la “Academia de Cine Norteamericana” le otorgara un más que merecido reconocimiento con su estatuilla dorada, su “Oscar”, a la magnífica “El viaje de Chihiro” (Sen to Chihiro no kamikakushi, Hayao Miyazaki, 2001) -un premio que Miyazaki, por cierto, renunció a ir a recoger por motivos ideológicos ya que desaprobaba la intervención militar en Irak por parte de los “Estados Unidos”- ha propiciado, por un lado, el ensalzamiento de su figura, así como el acercamiento de su obra, en occidente y, por otro, un efecto más que positivo hacia la concepción violenta socialmente aceptada del “Anime” en el seno de nuestra consciencia colectiva. Una mala imagen en gran medida propiciada por la ingente cantidad de títulos, “Cyberpunk” en su mayoría, que inundaron el mercado doméstico de nuestro país en el que el sexo y la violencia exacerbada eran el principal reclamo. Si en los ochenta la producción nipona se consideraba que solo se componía de “Dibujos animados para niños”, en los noventa los dibujos japoneses eran considerados por los “Mass media” nacionales como productos nocivos para los chavales por su alto contenido explícito. Así somos en nuestro país.

Volviendo al tema que nos atañe, “Mi vecino Totoro” quizá no sea su mejor obra, aunque sí que se la suele considerar como emblemática (De hecho, el logo de su famoso “Estudio Ghibli” está formado por la efigie del simpático “Rey del Bosque” que da nombre a la cinta). Segundo título oficial del popular estudio de Miyazaki, hoy convertido en un emporio que nada tiene que envidiar a su homólogo occidental más parecido (Es decir, “Disney”), no comenzó su andadura comercial siendo un éxito de taquilla, sino todo lo contrario. Tras sorprender a propios y extraños con una preciosista animación antes vista, atenta al detalle, con el filme “Nausicaä del Valle del Viento” (Kaze no Tani no Naushika, Hayao Miyazaki, 1984), una cinta estrenada un año antes de la fundación oficial de “Ghibli” (y que sin ella hubiera sido difícil la materialización del mismo), el estudio obtuvo unos más que poco destacables resultados con “Laputa: El castillo en el cielo” (Hepburn: Tenkū no Shiro Rapyuta, Hayao Miyazaki, 1986), película plenamente fundacional que más de una duda suscitó a los inversores de turno. De hecho, un detalle que revela dicha desconfianza ante esta nueva empresa que quería ser un soplo de aire fresco en el seno de la industria de la animación nipona (De hecho, “Ghibli” es el nombre libio del viento del sudeste del Mediterráneo más comúnmente conocido como “Siroco”) que para el siguiente estreno cinematográfico, es decir, para el estreno de la película de “Totoro”, ésta se estrenaría junto a otro de los considerados clásicos del estudio, la cinta dirigida por el compañero de fatigas de Miyazaki desde los tiempos en los que se conocieron en la famosa “Toei Animation”, su amigo Isao Takahata. La cinta de Takahata, titulada “La Tumba de las Luciérnagas” (Hotaru no haka, Isao Takahata, 1988) es, así como lo es “Mi vecino Totoro”, un opuesto retrato de la infancia. La otra cara de la misma moneda. Un auténtico drama con dos víctimas de la guerra, unos niños cuyos padres resultan muertos tras un bombardeo durante la “Segunda Guerra Mundial”.

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Por su parte, la cinta de Miyazaki se concibe como un relato prácticamente atemporal en el que dos niñas, dos hermanas, se ven obligadas a mudarse a un entorno rural junto a su padre, un profesor de antropología, donde conocerán a Totoro, el “Espíritu del bosque”. La razón de su éxodo al campo viene dada por uno de esos aspectos autobiográficos del autor. La madre de Miyazaki sufría de tuberculosis espinal, como la madre de las protagonistas de este relato, y también su familia se vio forzada a cambiar el paisaje urbanita por el natural. Satsuki y Mei (Nombres que remiten al mes de mayo puesto que son dos formas diferentes de denominarlo en japonés) viven el drama de la ausencia de su progenitora. La cinta contiene una de esas constantes en el cine de Miyazaki que es el desarrollo de la relación del ser humano con su entorno. Más concretamente, su relación con la naturaleza, así como la importancia de la familia. Pese a que la historia es eminentemente infantil y desde el punto de vista de las niñas (Los personajes adultos es cierto que aparecen, pero no tienen apenas voz, son meramente accesorios), las figuras paternas actúan de forma catalizadora a la hora de estimular la imaginación de las pequeñas.

Ambas hermanas, sobre todo la más pequeña, Mei, superan la carencia maternal con su desbordante imaginación. La cual lleva a esta última a ver su nueva realidad como algo mágico. El descubrimiento de un nuevo mundo asombroso. El hecho de que lo descubra a través de un túnel no es más que una analogía, un homenaje, al personaje más famoso del escritor Lewis Carroll, autor de “Alicia en el País de las Maravillas”. Todo ello mediante un desarrollo narrativo al que el espectador occidental no está acostumbrado. Aquí no hay un inicio, nudo y desenlace. Es más bien un relato emotivo muy apegado a la realidad. Con voluntad de verosimilitud hacia el mundo real. Aquí no se busca la acción por la acción. No hay canciones diegéticas como en los productos “Disney” de la época. El entretenimiento viene dado por la identificación del espectador hacia sus protagonistas. Puesto que el fuerte de la historia, lo que en realidad Miyazaki domina, es la construcción de personajes y la idiosincrasia personal, la personalidad de cada una de las pequeñas no dista demasiado de la de aquellos que se encuentran al otro lado de la pantalla. Es probable que durante el visionado de la película uno pueda pensar que no ocurre nada. Pero es que esa es la intención de sus responsables.

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La cinta no está exenta de secuencias y estampas míticas como el primer encuentro con Totoro en su madriguera, la escena de la parada de bus con el paraguas (Imagen que ha pasado a la posteridad y que se suele utilizar como cartel promocional del filme así como cubierta de sus ediciones domésticas) o la llegada del popular “Gatobús” (Cuyo diseño podría ser una reminiscencia más al “Gato de Cheshire” de “Alicia en el País de las Maravillas”), único de los personajes fantásticos de cierta inspiración en el folclore local (En Japón existe la creencia de que los gatos adquieren poderes mágicos cuando alcanzan una edad avanzada). El resto, los “Duendes del Polvo” o el propio Totoro, son fruto de la imaginación de Miyazaki. Realmente, el nombre de “Totoro” viene de la mala pronunciación de la palabra “Tororu” (“Duende” en japonés) por parte de la niña de cuatro años. Algo que se pierde en el doblaje. Todo ello, por supuesto, con una animación detallada al extremo donde destacan sobre todo los parajes naturales. El diseño de los personajes, los sobrenaturales por encima de todo, es de gran empaque visual. No es de extrañar que, tras unos más que modestos resultados por parte de esta cinta (Y su compañera dirigida por Takahata), el “Estudio Ghibli” cimentase su imperio gracias al “Merchandising” años más tarde. La venta masiva de peluches fue la que posibilitó que posteriormente pudiéramos disfrutar de grandes producciones como la mencionada “El viaje de Chihiro” (Sen to Chihiro no kamikakushi, Hayao Miyazaki, 2001) o “La Princesa Mononoke” (Mononoke Hime, Hayao Miyazaki, 1997), obras muchísimo más interesantes y adultas en la humilde opinión de quien suscribe estas palabras y más alejadas del público infantil. De hecho, es curioso que se etiquete la obra de Miyazaki como “Cine infantil” cuando el grueso de su producción no lo es.

En definitiva, la irrupción de este título tan emblemático en nuestras carteleras es una ocasión ideal para revisitarlo en pantalla grande o descubrírselo a nuestros pequeños. Una forma diferente de concebir el cine infantil con un relato en el que se pretende retratar la infancia desde el plano de la imaginación. La imaginación como ente en sí mismo, como fuerza generadora de ilusión. Una película para niños protagonizada por niños y una idealización del campo, de la naturaleza, que invita a que conectemos con ella. La conexión con la naturaleza nos hará libres. Todo ello contado con inocencia y haciendo uso de un tono cándido aderezado de un sentido del humor de lo más blanco. Soberbia construcción de personajes y maestría a la hora de que sintamos la magia en un relato de lo más costumbrista. Sin duda, destacando además una animación sumamente cuidada y detallista de gran calidad (Algo que acabará siendo marca de la casa), un cuento moderno ambientado en un Japón idealizado, sin vestigio alguno de la “Segunda Guerra Mundial”, con la reivindicación de lo rural como “Leitmotiv” principal. Si en su día pudo maravillar, treinta años después sigue haciéndolo sin perder un ápice de fuelle.

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