Howard, un nuevo héroe

‘Howard, un nuevo héroe”, una de mis películas favoritas de todos los tiempos. En La abadía de Berzano podéis leer unas líneas que le he dedicado a esta palmípeda criatura creada por Steve Gerber y llevada al cine gracias a George Lucas, dando como resultado una cinta de culto total. Espero que sea de vuestro agrado.

La abadía de Berzano

howard_un nuevo héroe-posterTítulo original:Howard the Duck

Año: 1986 (Estados Unidos)

Director: Willard Huyck

Productor: George Lucas

Guionistas: Willard Huyck y Gloria Katz basado en el personaje de Steve Gerber para Marvel Comics

Fotografía: Richard H. Kline

Música: John Barry, Thomas Dolby

Intérpretes: Lea Thompson (Beverly), Tim Robbins (Phil Blumburtt), Jeffrey Jones (Dr. Walter Jenning), Ed Gale (Howard), Chip Zien (voz de Howard), Richard Edson (Ritchie), Holly Robinson Peete (K.C.), Dominique Davalos (Cal), Liz Sagal (Ronette), Tim Rose (Howard), Mary Wells (Howard), Peter Baird (Howard), Steve Sleap (Howard), Lisa Sturz (Howard), Jordan Prentice (Howard), Virginia Capers (Cora Mae), Paul Guilfoyle (Welker)…

Sinopsis: Desde un lejano planeta de forma ovoide llega a la Tierra, teletransportado debido a un error de cálculo en un laboratorio espacial, un pato antropomórfico que dice llamarse Howard. Es acogido en casa de Beverly, una joven que es vocalista de un grupo de rock. Cuando el doctor Jenning intenta…

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Christopher Nolan (José Abad)

Christopher Nolan José Abad

Título: Christopher Nolan / Autor: José Abad / Diseño de portada: Aderal / Formato: Rústica / Páginas: 264 pags./ Editorial: Cátedra / Precio: 14,35€ / ISBN: 978-84-376-3772-3


Monografía dedicada a la obra de un cineasta que no deja a nadie indiferente: Christopher Nolan. Intenso repaso por toda su filmografía desde una mirada analítica donde el autor, José Abad, nos mostrará tanto su faceta de director como la de productor dividiendo su producción en cuatro bloques -o capítulos- temáticos con el objetivo, no sólo de desgranar todos y cada uno de sus trabajos cinematográficos, sino de encontrar puntos en común y características de un director que no ha cejado su empeño de crear un nuevo concepto de “Cine Espectáculo”.


Puede gustarnos más o menos, pero es innegable que la figura del realizador británico Christopher Nolan no está exenta de importancia en la historia del cine moderno -o, ya que el director de Memento (íd, Christopher Nolan, 2000) no ha cesado en su experimentación con lenguaje, contenidos y formas con objeto de dar con la definitiva fórmula del “Nuevo cine”, ¿debería decir “Posmoderno”? -. Es difícil de concebir -y no seré yo quien lo haga- que, tras su irrupción en el cine “Mainstream” -y con el conocimiento por parte de las masas que ello representa-, su trabajo no quede sepultado u olvidado, por méritos propios cabe añadir, con el paso del tiempo. Todo lo contrario. No sabría decir si la frase “Christopher Nolan ha dignificado el cine comercial” de José Abad, responsable de la monografía dedicada a su obra en la prestigiosa colección “Signo e Imagen/ Cineastas” que viene publicando la editorial Cátedra desde 1990, pueda resultar exagerada, pero sí es cierto que su cine no se ha conformado con el efectismo “Palomitero” al que muchas otras producciones -los llamados “Blockbusters” veraniegos- y colegas de profesión han sucumbido. El impacto de sus cintas en el cine comercial es prácticamente indiscutible. Nolan va más allá del vacuo espectáculo. Él quiere diferenciarse del resto. Su voluntad es de la dejar un cierto poso en el espectador y sus inquietudes quedan perfectamente reflejadas en sus películas. Considerado por unos como “Icono Hípster” desde el sentido más peyorativo de la palabra, es defendido a ultranza por otros que ensalzan precisamente dichas pretensiones intelectuales/artísticas del director. Sin ninguna duda puedo afirmar que José Abad se encuentra entre estos últimos ya que su estudio sobre el responsable de Interstellar (íd, Christopher Nolan, 2014) rezuma entusiasmo y admiración por los cuatro costados.

El granadino José Abad, licenciado en Filosofía y Letras y Doctor en Filología Italiana, además de su trabajo como docente en la Universidad de Granada, ha desatado su pasión por el cine y la literatura desempeñando una labor como escritor. El autor ha publicado varias novelas y libros de relatos – “Nunca apuestes con el diablo” (2000), “El abrazo de las sombras” (2002), “King Kong y yo” (2006) y “El acero y la seda” (2015)- además de varios ensayos, tanto referidos a las letras como al Séptimo Arte –“Las cenizas de Maquiavelo” (2008), “El vampiro en el espejo” (2013), “Mario Bava. El cine de las tinieblas” (2014) y “Drácula. La realidad y el deseo” (2017)-, a los que sumar el recientemente publicado por Cátedra versado en la filmografía de Nolan. Un libro que ha debido ser todo un placer publicar ya que él mismo soñaba con poder participar en dicha colección desde las propias palabras del autor: “Me gusta muchísimo leer y escribir sobre cine. La idea de este libro nace del deseo de participar en la colección ‘Signo e imagen’, de ‘Cátedra’, veterana dentro del ámbito español que está publicando monografías desde 1990, que ya cuenta con más de cien títulos, los cuales tengo casi todos. Mi sueño era verme en la colección” (1). Una aspiración tan fuerte que le llevó a proponerle a Jenaro Talens, responsable de esta longeva serie de monográficos de cineastas, su participación

Abad enfoca su trabajo sobre la filmografía de Nolan desde un punto de vista más analítico que biográfico o crítico coqueteando, además, con ciertos aspectos de la sociología en sus reflexiones. Aportando breves notas de la vida o del momento en el que se estrenó la cinta de turno, el autor deja de lado el apartado de “Curiosidades y Anécdotas”-que menos le interesa- con el objeto de diseccionar cada una de las cintas del director de Origen (Inception, Christopher Nolan, 2010) para poder extraer puntos en común entre ellas y las características propias del personal estilo del cineasta nacido en Westminster. No sólo eso, sino que también será capaz de demostrarnos la importancia e influencia de sus trabajos en el mercado cinematográfico coetáneo. De forma muy acertada, desde mi humilde opinión, estructura perfectamente el libro en cuatro capítulos bien diferenciados, y prácticamente independientes, con los que el lector tendrá oportunidad de llegar a las mismas conclusiones que el autor en lo referido a identificar patrones, idiosincrasias y/o semejanzas estilísticas en la filmografía reseñada y en la figura de Christopher Nolan, tanto en su faceta de director como productor, así como la de “Mecenas” para sus colaboradores más cercanos o como influencia para los noveles directores que se han empapado de su cine. Eso sí, Abad deja claro que una cosa es “Ser Christopher Nolan” y otra muy distinta es pretender serlo. Se puede imitar su estilo, pero los resultados dejarán en evidencia la copia. Una vez superado el prólogo, donde el autor centra su interés en mostrarnos la voluntad del cineasta por perdurar, por tomarle el pulso a la sociedad del momento o su interés por la identidad del individuo, Abad toma la determinación de diferenciar en bloques temáticos la obra de Nolan. El primero de ellos, que coincide con las primeras cintas del director con las que llamaría la atención de las denominadas “Majors” antes de su aterrizaje en el seno del cine comercial, nos adentra en sus comienzos y en el género con el que Nolan comenzó a foguearse en el negocio de las películas: el “Thriller”. Este primer capítulo titulado “Tres Tristres Thrillers” vendrá a desgranar su ópera prima, The Following (íd, Christopher Nolan, 1998) -una cinta de bajo presupuesto donde el autor ya comenzaba a mostrar sus señas de identidad-, así como los filmes Memento (íd, Christopher Nolan, 2000) e Insomnio (Insomnia, Christopher Nolan, 2002). Filmes donde Abad apuntará sus cualidades y puntos en común, es decir, la narración no lineal, la definición del “Anti-Héroe” “Nolaniano” -un tipo complejo de dudosa moralidad que forzará sus límites al verse influenciado por los actos de los que él denomina un “Agente del caos”-, la importancia de su subjetividad -sus recuerdos- y el sacrificio de alguien cercano -normalmente su compañera sentimental-. Además de ello, el escritor resaltará también la importancia del equipo. Y no sólo en la ficción. No solamente sus personajes se verán necesitados de estar bien acompañados, sino que Nolan dará cuenta rápidamente de la obligatoriedad de tener buenos profesionales a su lado, leales y capaces de satisfacer sus pulsiones e inquietudes cinematográficas -de entre las cuales destaca la importancia de Emma Thomas, su esposa-, para el buen desarrollo de su carrera. Así como de contar con un “Casting” lo suficientemente atrayente como para empujar al espectador a la sala de cine.

El buen sabor de boca y los buenos resultados en taquilla -recordemos que, al final, eso suele ser determinante- llevaron a que Nolan se enfrascase en narrar las vicisitudes de uno de los iconos “Pop” más relevantes y reconocibles de los tiempos modernos en los que vivimos: “Batman”. “La sombra del murciélago es alargada” es el título de este bloque donde, antes de todo, José Abad dedica un grueso de página a relatarnos -por encima y forma bastante amena- la historia del “Hombre Murciélago”, en contraposición con la de aquel a la en sus inicios debía imitar, es decir, a “Superman”. Los orígenes de los dos “Superhéroes” más icónicos del mundo del cómic -y del mundo en general- será tratada por el autor, así como sus diversas adaptaciones a los medios externos al de las viñetas, concretamente, el cinematográfico. Sin dejar de lado las obras en papel más destacadas y destacables del vigilante enmascarado de “Gotham City” que se han tornado capitales para la imagen pública e icónica del personaje. El autor nos ofrece un didáctico y entretenido repaso que, desde mi opinión, poco o nada tiene que ver con la figura del director a estudiar y que vienen a llenar páginas del libro. ¡Pero menudas páginas! Una información que, si además de “Fan” de Christopher Nolan, se es aficionado a ambos personajes de ficción, el lector disfrutará de su lectura.

Nolan desembarcó en el mundo de “Batman” con una básica premisa: “Hacer borrón y cuenta nueva”. Los tibios resultados de taquilla y la animadversión del público por el tono “Camp” de la última entrega firmada por Joel Schumacher (Batman & Robin [íd, 1997]) defenestraron -así tal cual como pasó con las aventuras en celuloide del “Hombre de Acero”- una franquicia millonaria. Aplicando su estilo y con el “Realismo” como bandera, Nolan dedicó casi una década -intercalando otros trabajos por medio- a firmar la, alabada por muchos, “Trilogía del Caballero Oscuro” compuesta por los filmes Batman Begins (íd, Christopher Nolan, 2005), El Caballero Oscuro (The Dark Knight, Christopher Nolan, 2008) y El Caballero Oscuro: La Leyenda Renace (The Dark Night Rises; Christopher Nolan, 2012). Una titánica tarea con la que Nolan dignificó al protector de la ciudad de Gotham con la que Abad establece paralelismos con la producción sinfónica de Wagner y el Übermensch –“Superhombre”- de Nietzsche y sus doctrinas nihilistas. Muy curiosas, añado.

Como bien apunta el autor del libro, a diferencia de colegas de profesión como Bryan Singer o Sam Raimi, a quienes lo suyo costó poder alejarse de la sombra de los “Superhéroes” que adaptaron a la pantalla, Nolan tuvo la brillante idea de alternar entre cada una de las entregas de su “Caballero Oscuro” otros trabajos con los que poder despejar su cabeza de tanto trajín “Superheroico”. “Jardines de senderos que se bifurcan” da título al capítulo donde José Abad analiza la incursión del cineasta en el género fantástico. Un aspecto que Abad también resalta dada la importancia del director por sumergir de realismo a una criatura proveniente del género como el “Hombre Murciélago”. Tres títulos – El truco final (The Prestige, Christopher Nolan, 2006), Origen (Inception, Christopher Nolan, 2010) e Interstellar (íd, Christopher Nolan, 2014)- en los cuales el director británico no cejaría en su intento de trasladar su forma de hacer las cosas, dignificar ese cine “Mainstream” antes mencionado y, por extensión, el género fantástico. Producciones que Abad considera como notables. Y en el mejor de los casos, como el de la odisea especial de Matthew McConaughey, sublime. Todo ello siempre con una especie de mensaje “Intelectual” o trasfondo “Filosófico” en aras de convertirse en un visionario cineasta en cuya obra primará ese realismo citado en un relato donde prima la explicación sobre la imagen. Todo ello sumado al uso de los mejores avances tecnológicos para la creación de impactantes estampas y el más fastuoso despliegue de medios con el que darles verosimilitud.

El camino se hace al andar” es el cuarto y último capítulo con el que José Abad cierra su estudio. En este bloque el autor se dedica a mostrarnos su faceta como productor además de las influencias del estilo de Nolan sobre el cine comercial moderno (O “Posmoderno”) y, como ya he comentado antes, demostrar que -a pesar de tener la receta bien elaborada- no todo el mundo es capaz de llegar a las cotas del director de El truco final (The Prestige, Christopher Nolan, 2006). Para ello menciona dos filmes, el primero de ellos el interesantísimo Looper (íd, Rian Johnson, 2012) donde Abad destaca la asimilación del aspecto más superficial del cine de Nolan por parte de su realizador, pero con resultados bastante más pobres. Algo parecido ocurriría con el segundo ejemplo mencionado -y con el que se comienza a analizar la faceta del Nolan productor-Transcendence (íd, Wally Pfister, 2014), la primera oportunidad detrás de las cámaras de su habitual director de fotografía, Wally Pfister, y apadrinada por él mismo. Caso distinto sería el del film El Hombre de Acero (The Man of Steel, Zack Snyder, 2013) donde Nolan dio respuesta a la necesidad de “Warner” por relanzar las aventuras de “Superman”. Aplicando las claves del éxito de su “Trilogía del Caballero Oscuro”, Nolan aportaría sus ideas al guion de la producción cediendo la tarea de dirección al controvertido y efectista Zack Snyder.

Las últimas páginas del libro, Abad las dedica al último film hasta la fecha realizado por el cineasta: Dunkerque (Dunkirk, Christopher Nolan, 2017). Cinta que supone un radical cambio de registro por parte de su responsable y su primera incursión dentro del cine bélico. Un espectáculo en forma de, en palabras del escritor, “Clímax de dos horas” donde se narran los trágicos sucesos ocurridos en esa pequeña ciudad portuaria del norte de Francia durante la “Segunda Guerra Mundial”. Si la no linealidad de la narración es característica primordial de su cine, aquí tampoco será excepción. La diferencia ya no será temporal, sino también espacial, donde “La película enrevesa tres historias que se desarrollan en tres espacios diferentes”. Un producto espectacular, de preciosa manufactura y copioso despliegue de medios que no dejó indiferente ni a admiradores ni a detractores. Abad hace un apunte también de, teniendo en cuenta el momento de su estreno, su condición de cine que habla del ayer para mostrar la realidad presente en referencia al Brexit, el acrónimo comúnmente utilizado para referirnos a la salida del “Reino Unido” de la “Unión Europea”.

En conclusión, el estudio de José Abad sobre la labor tras las cámaras de uno de los más influyentes cineastas de los últimos tiempos resulta ser una grata -y amena- lectura que hará las delicias de los más incondicionales seguidores de Christopher Nolan. Sin embargo, y como ya he comentado al inicio, se nota en demasía el entusiasmo y la admiración por el director que, desde la humilde opinión de quien es nadie, ensalza más si cabe las bondades de su trabajo, pero deja totalmente de lado los defectos de dicho realizador. Esos aspectos más cuestionados por sus detractores están ausentes. Está más que claro que Abad parte de un postulado más analítico que crítico, pero, sin ánimo de polemizar, la vehemencia por su parte hacia el trabajo de una persona a la que se nota que admira es desbordante. No con ello intento denunciar una falta o carencia de imparcialidad. Todo lo contrario. Es totalmente normal y comprensible esa ausencia de mirada crítica hacia lo negativo cuando nos encontramos ante algo -o alguien- que nos gusta mucho. Un libro que, si se es “Fan” de Nolan, si se aman sus películas y se le profesa admiración es perfecto ya que nada malo del cineasta encontrará en sus páginas. Una obra perfecta para los más acérrimos aficionados a la filmografía del cineasta británico. En caso contrario, no voy a recomendar que el “Detractor Nolaniano” se abstenga porque apuesto totalmente por las mentalidades abiertas en contra de la estrechez de miras, pero es más que probable que el disfrute sea distinto. A mí no me encontrarán en ese grupo.

Los Malditos (Jason Aaron, R.M.Guéra)

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Titulo original: The Goddamned / Guión: Jason Aaron / Dibujo: R. M. Guéra / Portada: R. M. Guéra. / Formato: Rústica / Páginas: 160 Págs. / Editorial: Planeta Cómic / Precio: 16,95 € / ISBN: 978-84-9146-784-7


1655 años después de la expulsión de los primeros hombres del paraíso, la humanidad está al borde de sufrir su primer Apocalipsis en forma de Diluvio Universal. El ser humano ha sucumbido a sus instintos más primarios y la tierra es un yermo baldío donde la crueldad y la depravación campa a sus anchas. En un mundo tan desprovisto de futuro, una figura solitaria y maldita, heredero de los primeros seres bendecidos por la mano de Dios, recorre sus parajes sin la mínima intención de que nadie se cruce en su camino. Y si alguien lo hace y es hostil a su persona, no será piedad lo que encuentre.


He de confesar que, pese a no profesar la fe, siempre me ha parecido muy interesante y edificante, la lectura del Antiguo Testamento. La considerada primera parte de la Biblia por el canon cristiano se compone de historias y relatos de tal intensidad capaces de hacer volar la imaginación de todo aquel que se preste. Desde la creación de todo y los albores de los tiempos, esta colección de pretéritos escritos nos relata, entre otras cosas, la osadía del hombre frente a la veneración de un Dios vengativo e inmisericorde al cual no le temblaba el pulso a la hora de imponer su palabra y su ley.

Pasajes como el de la construcción de la Torre de Babel, el largo vagar del éxodo judío, la devastadora y cruel destrucción de Sodoma o el destierro del Paraíso de la más personal obra de Dios -y por la cuenta que nos trae-, el hombre (una creación que incluso inspiraría una suerte de Guerra Civil entre sus huestes celestiales), poseen un atractivo nada fácil de esquivar para cualquier creador de ficciones que pueda sentir interés por ellos. De entre todas estas narraciones, siempre ha habido una que ha atraído a quien suscribe estas palabras -por un lado, al ya peinar ciertas canas y recibir una educación lejana a los laicos estándares actuales, la lectura de los Textos Sagrados formaba parte del día a día de mi centro escolar y, por el otro, con dicha historia solía ejemplificar Sor Clara, la vetusta monjita -con una mano muy larga y excesivamente veloz, me atrevo a añadir- que nos impartía la asignatura de religión, uno de los Pecados Capitales más extendidos en nuestra sociedad, es decir, La Envidia.

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Dice el libro del Génesis que Caín fue el primogénito de Adán y Eva fuera del Paraíso -del que fueron desterrados tras la consabida historia de la manzana y la serpiente con la que la monjita de mi colegio trataba que nosotros, unos imberbes chavalines, tratáramos de sentirnos mal-. Contándolo -como se suele decir- “Deprisa y mal”, Caín tuvo un hermano, Abel, y un día el Dios del Antiguo Testamento les pidió una ofrenda. Abel, al ser pastor, ofreció en su altar “Las primeras y mejores crías de sus ovejas”. Caín, por su parte, el fruto de la cosecha de los campos que él mismo – ¿decía? – labraba. La preferencia por la ofrenda de Abel por parte de Dios provocó el origen del capital pecado mencionado, el primer asesinato de la historia del hombre y la cólera de nuestro Creador -según La Biblia- hacia Caín. Éste fue maldecido y se vio obligado a vagar por la Tierra. No sólo eso, sino que con la intención de que nada pudiera interponerse ante su castigo, se le colocó una marca que lo hacía inmortal y cuya maldición caería sobre todo aquel que intentara atentar contra su vida. No me dirán ustedes que esta fábula no es un caldo de cultivo ideal con el que crear un interesante relato del tipo Espada y Brujería como los escritos por el magnífico Robert. E. Howard, por ejemplo. Tenemos un Anti-Héroe maldito y todo un mundo inhóspito y salvaje que explorar lleno de primigenios seres humanos adictos a pecar y bestias salvajes campando a sus anchas. ¿No es genial? Y es que siempre imaginé a Caín como si de una especie de “Conan, el Bárbaro” se tratase. Tal y como el Cimmerio en sus aventuras, Caín vagabundearía por un mundo parecido al de la Era Hiboria y se enfrentaría a mil y un peligros con los que poner a prueba de su condición de maldito. La vertiente más Pulp de la Biblia y al alcance de cualquiera. Hay veces que maldigo no tener ni un ápice del talento que tiene el guionista nacido en Jasper (Alabama), Jason Aaron.

Y es que el creador de Scalped nos ofrece eso mismo en su último trabajo, The Goddamned (traducido aquí como Los Malditos), que Planeta Cómic comienzó a publicar en nuestro país con su primer Trade paperback que alberga los primeros cinco números de la serie. Aaron sitúa la acción 1655 años tras la expulsión del Edén de los primeros seres humanos ofreciéndonos la visión de un mundo que se ha convertido en un infierno total. Los seres humanos son un experimento fallido y han sucumbido a sus instintos más primarios. Como decía el creador de Conan, Robert E. Howard, la humanidad dejará de lado la artificial civilización para virar a su estado natural, la barbarie. Y es ahí donde Jason Aaron nos abre la puerta para que nos sumerjamos en un paisaje totalmente Post-Apocalíptico y relatarnos su peculiar historia de Caín en clave de Western Crepuscular. En los momentos inmediatamente previos a la inminente purga, por parte de Dios, en forma de Diluvio Universal, el primero de los hijos de Adán y Eva caminará por su desolada realidad sin intención alguna de interactuar con sus semejantes, aquellos cuyos instintos de supervivencia los ha convertido en depredadores frente a los más débiles. Presentándonoslo como un personaje de misterioso pasado, parco en palabras y frío carácter (como si del Hombre sin nombre de los Spaghetti-Westerns de Sergio Leone o del Max Rockatansky de la tetralogía Mad Max: El guerrero de la carretera de George Miller se tratase), Caín acabará interponiéndose en el camino del malo de la función interpretado por Noé. Y no nos encontramos ante esa imagen bucólica de un señor que se dedicaba a construir un gigantesco navío -su famoso Arca- con el que poder salvaguardar una pareja de animales de cada especie de la Tierra sino ante una figura mucho más siniestra, mucho más oscura, depravada y cruel. Si Caín es el Max Rockatansky antes mencionado, Noé es sin duda el icónico Humungus de la segunda entrega de la saga de George Miller (Mad Max 2: El Guerrero de la Carretera [Mad Max: the road warrior, George Miller, 1981]) por el carácter nómada de su violento y peligroso clan.

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Jason Aaron no escatima en violencia, en salvajismo, a la hora de retratarnos a una humanidad en sus horas más bajas y a un “Anti-héroe” de vuelta de todo al que un pequeño “Incidente” hará cambiar -pero siempre con cautela- su parecer respecto a sus prójimos. A semejanza de sus homónimos cinematográficos antes citados, a Caín le moverá en primera instancia su propio interés personal para luego prender la pequeña chispa de esperanza hacia sus congéneres. ¿Serán estos dignos y merecedores del beneficio de la duda? Sólo la lectura de “Los Malditos” podrá satisfacer la curiosidad del lector. Si la trama del cómic me ha resultado apasionante y de grata lectura, lo mismo puedo decir de su apartado gráfico. El ilustrador de origen serbio Rajko Milošević, conocido popularmente como R. M. Guéra, que ya colaboró con anterioridad con Jason Aaron en la mencionada Scalped -otro Western de tono Noir de recomendada lectura-, ofrece aquí un soberbio trabajo a la hora de presentarnos el Post-Apocalíptico paisaje salido de la mente del guionista de Alabama. Sin duda su estilo feísta casa perfectamente con el tipo de relato que ambos nos ofrecen, a lo que hay que añadir la increíble labor a la paleta de colores de Giulia Brusco que, con el uso de áridas tonalidades, hacen más creíbles -si caben- estériles e infecundas tierras por las que campan sus personajes.

Ambos artistas cumplen con total solvencia mostrarnos la cruda crueldad de un mundo sin piedad que su guionista ha creado para la ocasión plasmando a la perfección la violencia y con una narrativa visual totalmente cinematográfica que convierte a este Los Malditos en uno de esos cómics que hay que tener en las estanterías de toda comicteca que se precie. En conclusión, increíble arranque de esta serie. Si se necesitaban razones para rendir culto a Jason Aaron y R. M. Guéra, puedo darles una en forma de tomo en rústica que recopila los primeros números de la colección. Seguro que, tras su lectura, más de uno mirará La Biblia con otros ojos.

Los Malditos Jason Aaron R. M. Guéra

Juan Buscamares (Félix Vega)

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Titulo original: Juan Buscamares / Guión: Félix Vega / Dibujo: Félix Vega / Portada: Félix Vega / Formato: Cartoné / Páginas: 216 págs / Editorial: Planeta Cómic / Precio: 30€ / ISBN: 978-956-360-281-4


Juan recorre los largos e interminables desiertos en los que se ha convertido los océanos de antaño tras una apocalíptica hecatombe que ha reducido a la Humanidad a meros seres movidos por un instinto de supervivencia que ha sacado a flote la cara más primaria del ser humano. Un mundo lleno de podredumbre en el que la Ley del más fuerte campa a sus anchas. En su camino topará con Aleluyah, una atractiva mujer que ha sido utilizada como moneda de cambio sexual por parte de su familia para poder conseguir agua, el bien más preciado en el nuevo status quo de nuestro planeta. Será a partid de ese momento que Aleluyah abrirá los ojos a Juan ante un nueva espiritualidad que creerá que el es una especie de nuevo mesías, el Buscamares, aquel que encontrará de nuevos los mares.


La civilización, tal como la conocemos, ha llegado a su fin. Debido a una catástrofe, suponemos originada por el hombre, de graves connotaciones apocalípticas, el Mundo, nuestro planeta Tierra, se ha convertido en un inmenso y devastado yermo donde la falta de recursos ha sacado a la luz la cara más salvaje y repugnante de la civilización que poblaba en el pasado sus ciudades. Los mares se han convertido en inmensos desiertos donde los grandes y gloriosos buques que surcaban los océanos se amontonan junto a los restos de sus antaño moradores marinos. La búsqueda del bien más preciado, es decir, el agua, es la causa de que los instintos más primarios del Hombre agudicen su natural instinto de conservación. Como ya dijo Robert E. Howard -creador de Conan, el bárbaro-, “La barbarie es el estado natural de la humanidad”.

Juan, nuestro protagonista, recorre, sin rumbo fijo, los inmensos desiertos en busca del preciado líquido elemento. En su camino se encontrará con todo tipo de podredumbre humana a quien la necesidad ha llevado a la práctica de comportamientos realmente extremos. Los restos de la humanidad se reducen a pequeños grupúsculos de individuos que se debaten entre el militarismo sin contemplaciones ni piedad o el peligroso sectarismo que produce la religión. Una realidad que bien puede recordarnos, como principal referente, a la saga cinematográfica Mad Max. Sin embargo, a diferencia de la tetralogía ideada por el cineasta George Miller, aquí encontramos también un relato post-apocalíptico con tintes de ciencia ficción cargado de simbolismo religioso y referencias variadas al folclore del lugar de origen del autor, el chileno Félix Vega.

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Artista de larga trayectoria y proyección internacional, Félix Vega puede presumir de que el dibujo y la ilustración corren por sus venas. Hijo de la artista plástica Ana María Encina Lemarchand y el -también- historietista Oscar Vega (Oskar) -creador de Mampato, una de los cómics más populares de su país natal, Chile, y en el que se cuentan las aventuras de un niño que, tras ayudar a un alienígena a proteger su planeta natal, obtiene un cinturón espacio-temporal que le permite viajar por el tiempo y el espacio-, el joven Félix se inició en el mundo de las historietas a temprana edad con claras inquietudes referenciadas en el “Metal Hurlant” europeo y convirtiéndolas en influencias de cabecera de su trabajo. El paso de los años y la calidad de su obra, lo han convertido en un claro referente del noveno arte latino-americano. Ahora, la editorial Planeta Cómic recupera en un precioso tomo toda la saga de Juan Buscamares en una edición corregida a la que se han añadido páginas y extras. Publicada entre los años 1996 y 2003, la totalidad de la historia se compone de cuatro álbumes cuyos títulos -El agua, El aire, La tierra, El fuego- evocan al nombre de los elementos de la naturaleza.

Detrás, o delante, de cada héroe se hace casi indispensable que haya una (gran) mujer. En el caso de Juan Buscamares, la importante fémina será el personaje representado por Aleluyah. Ella es una atractiva mujer -siempre vestida de blanco para destacar su mensaje simbólico de presencia angelical para nuestro protagonista- que huye de su pasado. Una mujer dura, de encallecido carácter, cuya familia ha obrado cual proxeneta al prostituirla a cambio de agua. Dulce, sexy, pero también letal cual femme fatale. Aleluya supondrá la principal fuente de problemas para Juan, así como su tabla de salvación. Allanando el camino hacia el conocimiento por parte de Juan, a quien acaba considerándose como una especia de Mesías, de una nueva espiritualidad representada por un pequeño grupo de mutantes, la escala más baja en el nuevo estatus social, que cruzará su camino con ambos dos. En definitiva, Aleluya es también el componente erótico del relato. Su diseño, su forma de dibujarla, evidencia la influencia de Milo Manara en el trazo de Félix Vega. No en vano, Vega es una gran dibujante de mujeres e incluso sustituyó a Horacio Altuna -cuando no daba abasto- en la edición española de Playboy (un puesto para el que fue sugerido por otro grande, George Bess).

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No será sólo Milo Manara el único autor que podamos ver reflejado en la historia de Juan Buscamares. Otra influencia a destacar -y que viene como anillo al dedo a un relato de ciencia ficción tan imaginativo como loco/lisérgico ante el que nos encontramos- es la de Moebius. Y es que muchas de las viñetas de esta historia destilan el alma del genio francés fundador -entre otras muchas cosas- de Les Humanoïdes Associés, cuna del arte secuencial más experimental y la ciencia ficción más pasada de vueltas y más influyente del siglo pasado.

Juan, en su herrumbroso vehículo, vagabundea por un interminable desierto. Así es como se nos presenta ofreciéndonos una primera alusión al aviador protagonista de El Principito de Antoine de Saint-Exupéry. Personaje que aparece en repetidas ocasiones cuando nuestro protagonista sufre sus alucinaciones proféticas. Y si de profetas hablamos, la clara alusión al Bautismo de Cristo por parte de un personaje parecido al Juan Bautista remarca el simbolismo religioso del relato. Y es que a Juan (Buscamares) se le anuncia como aquel Elegido que traerá de vuelta los océanos. Todo ello sin dejar de lado el folclore del país del que procede el autor, Chile, con la inclusión de elementos de la tradición inca, entre ellos los Capac Cochas, unos niños que eran enterrados en las cimas de las montañas como ofrenda a los dioses al tiempo que se les consideraba “viajeros espacio/temporales”. Algo, esto último, que servidor emparentaría también con la obra del guionista/chamán -creador de El Incal, una obra clave del cómic- Alejandro Jodorowsky, curiosamente paisano de Félix Vega.

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Nos encontramos ante una obra en la cual podemos observar la evolución del artista. Es totalmente evidente el aspecto de obra primeriza que ofrece en sus primeros momentos y, a medida que avanza la historia, el estilo de su autor transmuta.  A medida que avanzan los álbumes -aquí los distintos capítulos- podemos apreciar, no sólo un cambio en el estilo del dibujo sino también en su paleta de colores. Comenzamos de una composición de página llena de viñetas al principio a una muy diferente en el último segmento. Incluso se hace patente como se va virando hacia la economía de palabras con la clara intención de que sea el dibujo el que marque el camino de la narración.

Como conclusión, Juan Buscamares tiene lo mejor de la sci-fi más experimental, más simbólica e incluso más lisérgica del estilo de los autores que publicasen en Metal Hurlant. Una historia curiosa a la par que apasionante, llena de detalles, símbolos y misterios además del atractivo que ofrecen este tipo de distopías post-apocalípticas. Sus personajes, bien construidos, nos ofrecen un viaje por a peor cara del Ser Humano, a la vez que tememos por su propio bienestar. Outsiders dentro de un caótico nuevo orden social donde prima la Ley del Más Fuerte. Todo ello aderezado con un impresionante arte en constante evolución en el que, el artista, refleja toda su “cómic-filia” y los artistas de los que ha bebido. Sin duda, la última recopilación de esta obra publicada por Planeta Cómic, un cómic que llevaba más de una década sin volver a editarse en nuestro país, es una gran oportunidad para descubrir y maravillarse con el increíble Universo de Juan Buscamares.

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Critters: A New Binge

2019 ha supuesto el año del regreso de los Critters! Si la semana pasada os contaba qué tal está “Critters attack!”, hoy hago lo propio con la serie “Critters: a new Bunge” firmada por Jordan Rubín, director de la cinta de los castores zombis “Zombeavers”. Podéis leerlo en La Abadía de Berzano, el blog de los cinéfagos más desprejuiciados!

La abadía de Berzano

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Título original:Critters: A New Binge

Año: 2019 (Estados Unidos)

Director: Jordan Rubin

Productores: Peter Girardi, Jordan Rubin

Guionistas: Jordan Rubin, Jon Kaplan, Al Kaplan basándose en los personajes de Dominic Muir

Fotografía: Adam Sliwinski

Música: Jon Kaplan, Al Kaplan

Intérpretes: Kirsten Robek (Veronica), Stephi Chin-Salvo (Dana), Jocelyn Panton (Ellen Henderson), Christian Sloan (Holt), Joey Morgan (Christopher), Bzhaun Rhoden (Charlie), Alison Wandzura (Sheriff Miller)…

Sinopsis: Perseguidos por cazarrecompensas intergalácticos, los Critters regresan a la Tierra en una misión secreta. En el pasado dejaron a uno de sus miembros en nuestro planeta y ahora están convencidos que, tras recuperarlo, podrán dominar la galaxia. Mientras tanto, en la pequeña localidad californiana de Burbank, Chrisopher y Charlie, dos adolescentes inadaptados socialmente, se verán sin comerlo ni beberlo en medio del fuego cruzado entre los Krites y los mercenarios espaciales.

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La década de los ochenta supuso no sólo una revolución en el seno del…

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Mi vecino Totoro (Tonari no Totoro, Hayao Miyazaki, 1988)

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Titulo original: Tonari no Totoro / Año: 1988 / País: Japón / Duración: 86 min / Director: Hayao Miyazaki / Guion: Hayao Miyazaki / Producción: Isao Takahata, Toshio Suzuki, Toru Hara / Fotografía: Hisao Shirai / Música: Joe Hisaishi / Diseño de Producción: Kazuo Oga / Montaje: Takeshi Seyama / Reparto: Noriko Hidaka (Satsuki), Chika Sakamoto (Mei), Shigesato Itoi (Tatuo Kusakabe), Sumi Shimamoto (Yasuko Kusakabe), Tanie Kitabayashi (Nanna), Hitoshi Takagi (Totoro), Toshiyuki Amagasa (Kanta)


Satsuki y Mei son dos hermanas que se mudan al campo con su padre, un profesor universitario. La razón por la cual abandonan la ciudad para vivir en un entorno rural es para poder tener la posibilidad de estar más cerca de su madre, hospitalizada en un centro de salud próximo aquejada por una enfermedad. Pese a que Satsuki se encuentra cerca de la pubertad, no reprime su personalidad inquieta y creativa junto a Mei, de cuatro años de edad. Un día, ya instaladas en su nuevo hogar, Mei se encontrará con un “Espíritu del Bosque” al que llamará “Totoro”. Éste acabará mostrando a ambas hermanas lo mágica que puede llegar a ser la naturaleza.


Aunque pueda parecernos asombroso cuanto menos a día de hoy, hace algo más (e incluso menos) de treinta años el conocimiento general -no digamos siquiera el acceso- de la producción en el campo de la animación procedente de tierras niponas era francamente escaso tanto por parte de neófitos como de aficionados. Solamente se reducía a limitados productos, a ciertas series (peyorativamente consideradas por las “Élites culturales” de la crítica especializada como) de “Dibujos animados para niños” entre las cuales, dejando a un lado al robot propulsado por “Energía Fotónica” más famoso de allende el “Monte Fuji” -censurado incluso en su momento por aquellos que velaban por nuestra salud mental-, las sempiternas “Heidi” (Arupusu no shôjo Haiji, Isao Takahata, 1974), “Marco” (Haha wo tazunete sanzenri, Isao Takahata, 1976) o la lacrimógena “Candy Candy” (Kyandi Kyandi, Hiroshi Shidara, 1976-1979) se consolidaban como las más populares en el seno del público más generalista.

Un tipo de producto, en su mayoría, simpático, blanco y para toda la familia que era la punta de lanza de toda una industria para nosotros desconocida. Mucho antes de que llegasen a nuestro país (y conocimiento) películas ahora consideradas clásicos del “Anime” como “Akira” (íd, Katsuhiro Otomo, 1988) o la cinta que hoy nos ocupa, “Mi vecino Totoro” -ambas de finales de la década de los ochenta aunque no llegarían hasta mucho más tarde a nuestro país-, la mayoría de los niños de los ochenta (como un servidor) vivimos muchas de las historias de esos robots contra monstruos mecánicos, de viajes desde los Apeninos a los Andes o las penurias de una niña huérfana y su abuelito -prácticamente casi todas gestadas en la década anterior- de forma fragmentada gracias a esas míticas cintas de “VHS” que contenían una dupla de episodios y que se podían alquilar en los videoclubes -aquellos templos y lugar de reunión de futuros cinéfagos-, siempre faltando alguna de las entregas que permitiera poder visionar de forma completa la serie en cuestión. Por otro lado, si no conseguíamos ver los episodios restantes nos daba igual. Esos huecos narrativos resultantes se llenaban o bien por obra y gracia de una nutrida imaginación o bien gracias al compañero de clase de turno que frecuentaba otro videoclub donde sí disponían de las cintas correspondientes.

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Debido a que en occidente siempre nos hemos decantado y hemos mirado hacia la producción norteamericana, hemos sido víctimas voluntarias de la dictadura de la famosa “Casa del Ratón Mickey”, de sus historietas de princesas encorsetadas en rancios clichés y animales antropomórficos cantando diegéticas canciones, nuestro desconocimiento hacia muchos de los grandes nombres de la animación japonesa ha sido total durante muchos, muchos años. El desembarco del “Anime” y del “Manga” en España a principios de los noventa propició, poco a poco, que se fuera subsanando dicha carencia. Pero, pese a que hoy día contamos una gran presencia nipona en el mercado del entretenimiento -ya sea audiovisual o en papel-, deberíamos dar cuenta de la falta de estudios y/o monografías de muchas de las figuras clave de su arte secuencial o animado. Nada más lejos, a un servidor le encantaría que alguien se dignara a editar, para poder leer, cualquier ensayo que tuviera a Osamu Tezuka como protagonista, por ejemplo. Incluso de Katsuhiro Otomo, creador de la mencionada con anterioridad “Akira” (íd, Katsuhiro Otomo, 1988), Masamune Shirow, Masakazu Katsura o Isao Takahata por mencionar algunos nombres. Sin embargo, de entre lo poco que se puede encontrar actualmente al respecto, la figura de Hayao Miyazaki es toda una excepción. Los lectores de este tipo de textos más ensayísticos tenemos a nuestra disposición varios estudios hacia su vida y hacia su obra. Reputado maestro de la animación, comenzó de forma humilde en el negocio y logró, por méritos propios, labrar su propia leyenda. El hecho de que la “Academia de Cine Norteamericana” le otorgara un más que merecido reconocimiento con su estatuilla dorada, su “Oscar”, a la magnífica “El viaje de Chihiro” (Sen to Chihiro no kamikakushi, Hayao Miyazaki, 2001) -un premio que Miyazaki, por cierto, renunció a ir a recoger por motivos ideológicos ya que desaprobaba la intervención militar en Irak por parte de los “Estados Unidos”- ha propiciado, por un lado, el ensalzamiento de su figura, así como el acercamiento de su obra, en occidente y, por otro, un efecto más que positivo hacia la concepción violenta socialmente aceptada del “Anime” en el seno de nuestra consciencia colectiva. Una mala imagen en gran medida propiciada por la ingente cantidad de títulos, “Cyberpunk” en su mayoría, que inundaron el mercado doméstico de nuestro país en el que el sexo y la violencia exacerbada eran el principal reclamo. Si en los ochenta la producción nipona se consideraba que solo se componía de “Dibujos animados para niños”, en los noventa los dibujos japoneses eran considerados por los “Mass media” nacionales como productos nocivos para los chavales por su alto contenido explícito. Así somos en nuestro país.

Volviendo al tema que nos atañe, “Mi vecino Totoro” quizá no sea su mejor obra, aunque sí que se la suele considerar como emblemática (De hecho, el logo de su famoso “Estudio Ghibli” está formado por la efigie del simpático “Rey del Bosque” que da nombre a la cinta). Segundo título oficial del popular estudio de Miyazaki, hoy convertido en un emporio que nada tiene que envidiar a su homólogo occidental más parecido (Es decir, “Disney”), no comenzó su andadura comercial siendo un éxito de taquilla, sino todo lo contrario. Tras sorprender a propios y extraños con una preciosista animación antes vista, atenta al detalle, con el filme “Nausicaä del Valle del Viento” (Kaze no Tani no Naushika, Hayao Miyazaki, 1984), una cinta estrenada un año antes de la fundación oficial de “Ghibli” (y que sin ella hubiera sido difícil la materialización del mismo), el estudio obtuvo unos más que poco destacables resultados con “Laputa: El castillo en el cielo” (Hepburn: Tenkū no Shiro Rapyuta, Hayao Miyazaki, 1986), película plenamente fundacional que más de una duda suscitó a los inversores de turno. De hecho, un detalle que revela dicha desconfianza ante esta nueva empresa que quería ser un soplo de aire fresco en el seno de la industria de la animación nipona (De hecho, “Ghibli” es el nombre libio del viento del sudeste del Mediterráneo más comúnmente conocido como “Siroco”) que para el siguiente estreno cinematográfico, es decir, para el estreno de la película de “Totoro”, ésta se estrenaría junto a otro de los considerados clásicos del estudio, la cinta dirigida por el compañero de fatigas de Miyazaki desde los tiempos en los que se conocieron en la famosa “Toei Animation”, su amigo Isao Takahata. La cinta de Takahata, titulada “La Tumba de las Luciérnagas” (Hotaru no haka, Isao Takahata, 1988) es, así como lo es “Mi vecino Totoro”, un opuesto retrato de la infancia. La otra cara de la misma moneda. Un auténtico drama con dos víctimas de la guerra, unos niños cuyos padres resultan muertos tras un bombardeo durante la “Segunda Guerra Mundial”.

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Por su parte, la cinta de Miyazaki se concibe como un relato prácticamente atemporal en el que dos niñas, dos hermanas, se ven obligadas a mudarse a un entorno rural junto a su padre, un profesor de antropología, donde conocerán a Totoro, el “Espíritu del bosque”. La razón de su éxodo al campo viene dada por uno de esos aspectos autobiográficos del autor. La madre de Miyazaki sufría de tuberculosis espinal, como la madre de las protagonistas de este relato, y también su familia se vio forzada a cambiar el paisaje urbanita por el natural. Satsuki y Mei (Nombres que remiten al mes de mayo puesto que son dos formas diferentes de denominarlo en japonés) viven el drama de la ausencia de su progenitora. La cinta contiene una de esas constantes en el cine de Miyazaki que es el desarrollo de la relación del ser humano con su entorno. Más concretamente, su relación con la naturaleza, así como la importancia de la familia. Pese a que la historia es eminentemente infantil y desde el punto de vista de las niñas (Los personajes adultos es cierto que aparecen, pero no tienen apenas voz, son meramente accesorios), las figuras paternas actúan de forma catalizadora a la hora de estimular la imaginación de las pequeñas.

Ambas hermanas, sobre todo la más pequeña, Mei, superan la carencia maternal con su desbordante imaginación. La cual lleva a esta última a ver su nueva realidad como algo mágico. El descubrimiento de un nuevo mundo asombroso. El hecho de que lo descubra a través de un túnel no es más que una analogía, un homenaje, al personaje más famoso del escritor Lewis Carroll, autor de “Alicia en el País de las Maravillas”. Todo ello mediante un desarrollo narrativo al que el espectador occidental no está acostumbrado. Aquí no hay un inicio, nudo y desenlace. Es más bien un relato emotivo muy apegado a la realidad. Con voluntad de verosimilitud hacia el mundo real. Aquí no se busca la acción por la acción. No hay canciones diegéticas como en los productos “Disney” de la época. El entretenimiento viene dado por la identificación del espectador hacia sus protagonistas. Puesto que el fuerte de la historia, lo que en realidad Miyazaki domina, es la construcción de personajes y la idiosincrasia personal, la personalidad de cada una de las pequeñas no dista demasiado de la de aquellos que se encuentran al otro lado de la pantalla. Es probable que durante el visionado de la película uno pueda pensar que no ocurre nada. Pero es que esa es la intención de sus responsables.

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La cinta no está exenta de secuencias y estampas míticas como el primer encuentro con Totoro en su madriguera, la escena de la parada de bus con el paraguas (Imagen que ha pasado a la posteridad y que se suele utilizar como cartel promocional del filme así como cubierta de sus ediciones domésticas) o la llegada del popular “Gatobús” (Cuyo diseño podría ser una reminiscencia más al “Gato de Cheshire” de “Alicia en el País de las Maravillas”), único de los personajes fantásticos de cierta inspiración en el folclore local (En Japón existe la creencia de que los gatos adquieren poderes mágicos cuando alcanzan una edad avanzada). El resto, los “Duendes del Polvo” o el propio Totoro, son fruto de la imaginación de Miyazaki. Realmente, el nombre de “Totoro” viene de la mala pronunciación de la palabra “Tororu” (“Duende” en japonés) por parte de la niña de cuatro años. Algo que se pierde en el doblaje. Todo ello, por supuesto, con una animación detallada al extremo donde destacan sobre todo los parajes naturales. El diseño de los personajes, los sobrenaturales por encima de todo, es de gran empaque visual. No es de extrañar que, tras unos más que modestos resultados por parte de esta cinta (Y su compañera dirigida por Takahata), el “Estudio Ghibli” cimentase su imperio gracias al “Merchandising” años más tarde. La venta masiva de peluches fue la que posibilitó que posteriormente pudiéramos disfrutar de grandes producciones como la mencionada “El viaje de Chihiro” (Sen to Chihiro no kamikakushi, Hayao Miyazaki, 2001) o “La Princesa Mononoke” (Mononoke Hime, Hayao Miyazaki, 1997), obras muchísimo más interesantes y adultas en la humilde opinión de quien suscribe estas palabras y más alejadas del público infantil. De hecho, es curioso que se etiquete la obra de Miyazaki como “Cine infantil” cuando el grueso de su producción no lo es.

En definitiva, la irrupción de este título tan emblemático en nuestras carteleras es una ocasión ideal para revisitarlo en pantalla grande o descubrírselo a nuestros pequeños. Una forma diferente de concebir el cine infantil con un relato en el que se pretende retratar la infancia desde el plano de la imaginación. La imaginación como ente en sí mismo, como fuerza generadora de ilusión. Una película para niños protagonizada por niños y una idealización del campo, de la naturaleza, que invita a que conectemos con ella. La conexión con la naturaleza nos hará libres. Todo ello contado con inocencia y haciendo uso de un tono cándido aderezado de un sentido del humor de lo más blanco. Soberbia construcción de personajes y maestría a la hora de que sintamos la magia en un relato de lo más costumbrista. Sin duda, destacando además una animación sumamente cuidada y detallista de gran calidad (Algo que acabará siendo marca de la casa), un cuento moderno ambientado en un Japón idealizado, sin vestigio alguno de la “Segunda Guerra Mundial”, con la reivindicación de lo rural como “Leitmotiv” principal. Si en su día pudo maravillar, treinta años después sigue haciéndolo sin perder un ápice de fuelle.

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¡Critters al ataque!

La reseña de “Critters Attack!”, la reciente película de los Krites bajo el amparo del canal SyFy, supone mi debut en el blog para cinéfagos La Abadía de Berzano. Espero que sea de vuestro agrado.

La abadía de Berzano

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Título original:Critters Attack!

Año: 2019 (Estados Unidos)

Director: Bobby Miller

Productores: Peter Girardi, Bobby Miller

Guionista: Scott Lobdell basado en los personajes de Dominic Muir

Fotografía: Hein de Vos

Música: Russ Howard III

Intérpretes: Tashiana Washington (Drea), Dee Wallace (Tía Dee), Jack Fulton (Jake), Jaeden Noel (Phillip), Ava Preston (Trissy), Vash Singh (Kevin Loong), Leon Clingman (Ranger Bob), Ho Chow (Chef Loong)…

Sinopsis: Drea vive junto a su hermano Phillip en una pequeña localidad del medio oeste americano. Tras ser rechazada por segunda vez en la Universidad en la que desea cursar sus estudios, acepta a regañadientes un trabajo como canguro de los hijos de la profesora de la facultad que se encarga de las admisiones. Con objeto de entretener a los chavales, decide llevarlos de excursión sin saber que sus caminos se cruzarán con una hostil especie extraterrestre devoradora de carne humana, los Critters.


Es muy probable que…

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