Especial La Huella del Crimen – 3ª Temporada (Pedro Costa Muste, 2009-2010)

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A modo de introducción: en el año 2008 Televisión Española anunciaba la recuperación de una de sus producciones más emblemáticas de su historia, con permiso de la ficción creada por Antonio Mercero “Verano Azul”, “La Huella del Crimen”. Una de las series para la pequeña pantalla que contaba en su haber unas magníficas primera y segunda temporadas. Para la ocasión, su creador, Pedro Costa volvía a la carga con su proyecto más personal, la misma intención de sacudir al espectador con la recreación de los crímenes que alguna vez conmocionaron a la sociedad española y, como marcaban los cánones, adaptados a los nuevos medios, espectadores y gustos de los mismos. Ese mismo año, Costa ya participó en la miniserie “El caso Wanninkhof” (Íd, Pedro Costa, Fernando Cámara, 2008), inspirada en el homónimo y popular caso policial, muy en consonancia con el espíritu de “La Huella del Crimen”. Compaginando sus labores como productor en otra serie para la casa, la televisión pública, dirigida por Álex de la Iglesia, “Plutón BRBNero” (Íd, Álex de la Iglesia, 2008), Costa se encargaría de las labores de dirección de las nuevas entregas, siempre asistido por un codirector -en este caso Fernando Cámara (Memorias del ángel caído [Íd, Fernando Cámara, David Alonso, 1997]) y Luis Oliveros, con quienes ya había colaborado antes en la citada serie basada en el crimen de Rocío Wanninkhof. De esta manera, se comunicó la recreación de tres crímenes famosos: el célebre crimen de los Marqueses de Urquijo, el secuestro y posterior asesinato de Anabel Segura, así como el caso de Joaquín Ferrándiz Ventura, quien mató a cinco mujeres a mediados de los 90. Todo ello en un momento en el que la cadena pública apostaba por la ficción basada en hechos reales inundando su “prime time” con “tv movies” sobre sucesos diversos como el secuestro de Ingrid Betancourt, la Operación Malaya, el caso Coslada o las vivencias del Rey en el Golpe de Estado del 23-F.

Lo primero que llama la atención de esta corta -y última singladura hasta el momento- de “La Huella del Crimen” es la “modernidad” de los crímenes. El más antiguo, el del misterioso asesinato de los marqueses de Urquijo, está ambientado en la década de los ochenta. Sin embargo, el resto son más recientes para el espectador. Es de suponer que, el previsible rechazo por parte de las audiencias a las ambientaciones de época pudiera ser la razón de tal decisión. Se sabe que los herederos de los Urquijo interpusieron sendas denuncias tras la emisión del episodio correspondiente -un episodio a modo de crónica, pero también con una clara intención de inclinar la balanza hacia una ficción más propia de un relato de Agatha Christie- que fueron afortunadamente para sus responsables desestimadas. Sin embargo, esta misma razón era la que echaba hacia atrás a Pedro Costa a la hora de intentar recrear crímenes modernos en las temporadas clásicas -resultantes de ello son los episodios “El caso del procurador enamorado” y “El Crimen de Perpignan”, dos libres adaptaciones de sus respectivos sucesos con un ojo vigilante de las posibles quejas por parte de familiares, allegados y responsables de los mismos-. En esta ocasión, lo que antaño fue un escollo, ahora no es impedimento y se intenta atraer a los nuevos televidentes, a los más jóvenes, a ser partícipes de esta nueva etapa televisiva con elementos que puedan identificar con facilidad.

Pero, por otro lado, los tiempos cambian, los espectadores también y las formas de hacer y ver tele son totalmente distintas a las del pasado. La calidad de esta tercera etapa de la serie, una calidad que fue bandera, se resiente completamente con las nuevas maneras y la televisión de los “dos miles”. El concepto de “tv movie” entendido como producto de consumo rápido, con el que entretener en franjas horarias nocturnas compitiendo con las otras cadenas privadas, con sus pausas y ritmos para poder integrar la publicidad y con la participación de algún actor de renombre -aquí veremos a Juanjo Puigcorbé, Vicky Peña, Carlos Hipólito o Enrique Villén-, pero tirando en demasía de la cantera, se hace demasiado evidente en los tres telefilmes. Dirección plana, sin florituras, presumiblemente rápida, guiones poco trabajados o inexistentes, situaciones inverosímiles y malas actuaciones forman parte del resultado de la tercera temporada de “la Huella del Crimen”. Es una pena que una serie con tal magnífico legado despida así su singladura por la pequeña pantalla. Aquellos tiempos en los que una serie humilde, de presupuestos escuetos, pero con equipos artísticos de verdadero lujo y resultados de notable empaque, se vea reducida a un subproducto muy lejos de aquel cuidado con mimo que supusieron las tandas clásicas. Un amargo final para una de las ataño mejores producciones de la ficción española y, es de suponer, una triste despedida para su creador, que, pese a que los índices de audiencia no fueron del todo negativos -rondado entre los trece y dieciocho por cientos de share- no tuvieron el mismo calado en una sociedad saturada por la copiosa oferta en la parrilla televisiva -y todavía no habían llegado las plataformas digitales-. Su fallecimiento, tras una larga enfermedad a los 74 años, el pasado 2016 dejó huérfana “La Huella del Crimen”. Pero siempre nos quedarán grabados en la retina sus mejores episodios. Lamentablemente, ninguno de ellos forma parte de esta última recopilación.

3.1. El Crimen de los marqueses de Urquijo

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Título original: El Crimen de los marqueses de Urquijo / Fecha de emisión: 23 de septiembre de 2009 / Director: Pedro Costa, Fernando Cámara / Guión: Pedro Costa, Fernando Cámara, Antonio Ojeda / Reparto: Félix Gómez, Juanjo Puigcorbé, Ricard Borras, Pilar Abella, César Lucendo, Julio Arrojo.

Con “El Crimen de los marqueses de Urquijo” comienza, algo más de tres lustros tras la anterior entrega, una nueva singladura de la serie, creada por Pedro Costa, “La Huella del Crimen”. Esta nueva etapa comienza con la recreación de un celebérrimo caso de asesinato del cual, más de tres décadas después, su autoría continúa siendo un misterio. Nada más comenzar la década de los ochenta, un homicidio de crueldad incuestionable conmocionó a la sociedad española de la época: la muerte de dos aristócratas millonarios disparados mientras dormían en su casa. La madrugada del 1 de agosto de 1980 aparecían asesinados, en su residencia en el madrileño -y lujoso- barrio de Somosaguas, Manuel de la Sierra y María Lourdes Urquijo y Morenés, marqueses de Urquijo, presuntamente ejecutados por sendos disparos a bocajarro. Descartado el suicidio, en primera instancia, los responsables de la investigación comienzan a elucubrar teorías donde el asesinato, ya fuera por venganza o por encargo, se consolida como la principal razón del crimen. La investigación comienza, no sin, por petición de la familia y representantes de la misma, máxima discreción debido a la exclusiva vida social de los marqueses y reputada red de contactos. El hecho de que el asaltante -o los asaltantes, puesto que la policía siempre sospechó que varios fueron los autores- solamente rompiera el cristal de una de las puertas de la planta baja era indicativo de que conocía perfectamente la vivienda y, lo más probable, perteneciera al círculo de la familia. Es así como, de entre los varios sospechosos que barajan los investigadores, las principales sospechas recaen en la persona de Rafael Escobedo, marido de Miriam de la Sierra, la hija mayor de los marqueses. Una investigación llena de contradicciones, sin sentidos, teorías conspiranoicas y muchos cabos sueltos acabó con la auto inculpación por parte del yerno de los marqueses de su asesinato alegando éste que habían arruinado su matrimonio con su primogénita. Considerado probado que había acabado con la vida de sus suegros, fue condenado a 53 años de cárcel. Años después, y con más incertidumbres que certezas, apareció muerto en su celda del penal del Dueso, en Santoña (Cantabria) supuestamente suicidado y llevándose a la tumba cualquier resolución de la verdad del caso.

Este capítulo, dirigido al alimón por el propio Pedro Costa junto a Fernando Cámara (responsable de la también televisiva miniserie El caso Wanninkhof [íd, Pedro Costa, Fernando Cámara, 2008] o la interesantísima Memorias del Ángel Caído [íd, Fernando Cámara, David Alonso]) marca un punto de inflexión en cuanto a la calidad de una serie, hasta el momento notable de media, ofreciendo un producto de marcado tono televisivo -e incluso pseudodocumental-, de más larga duración (el resto de episodios rondaba los 60 minutos, aquí nos plantamos en casi los 90), que, por un lado, bien es cierto que recupera la esencia y el espíritu de “La Huella del Crimen” -si nos atenemos a la materia prima de la misma, es decir, a que se basa en casos reales de la Crónica negra de nuestro país-, pero que, por el otro, su insulso y aburrido desarrollo deja mucho que desear. Estamos en otros tiempos y la televisión es diferente. “El Crimen de los marqueses de Urquijo” responde perfectamente a las maneras de hacer televisión de los tiempos actuales, es decir, producciones pensadas para incorporar sus pausas publicitarias y tener entretenidos a los espectadores en un horario, que no necesariamente debería ser, “Prime Time”. Entre el reparto de esta primera (de tres) “tv movie” encontramos al veterano Juanjo Puigcorbé (al quien ha pudimos ver en uno de los mejores films de la anterior temporada, “El Crimen de Perpignan”), interpretando al Inspector Velasco, encargado del caso y reticente a creer que el acusado, un Rafael Escobedo interpretado por el televisivo Félix Gómez, actuara solo y fuera capaz de cometer motu proprio tan horrendos y execrables actos. Actuaciones, las suyas, destacables, pero no notables dentro de un elenco de actores incapaces de, no sólo empaticemos con ellos, sino que podamos tener interés alguno por el interesante relato que se nos plantea. De hecho, como ya se ha comentado, Rafael Espósito fue el único condenado -auto inculpado- por los crímenes pese a que su esclarecimiento no llegó a buen puerto. El filme nada más lejos de construir un relato de misterio, opta por dar cara, nombres y apellidos a los -teóricamente- verdaderos culpables retratando a Escobedo como a víctima y daño colateral de una supuesta confabulación hacia la figura de los marqueses. Destacable la participación de la periodista Rosa María Mateo haciendo las veces del popular “Loco de la colina” para unos o “Perro verde” para otros, Jesús Quintero, a quien el reo había concedido una entrevista que se emitió en Televisión Española el 13 de julio de 1988, dos semanas antes de su muerte.

3.2. El secuestro de Anabel

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Título original: El secuestro de Anabel / Fecha de emisión: 1 de marzo de 2010 / Director: Pedro Costa, Luis Oliveros / Guión: Pedro Costa, Antonio Ojeda / Reparto: Enrique Villén, Luisa Martín, Juan Antonio Quintana, Fermí Reixach, Roberto Quintana, Toni Misó.

El secuestro de Anabel”, título de la segunda “tv movie” de la última etapa de “La Huella del Crimen” centra su atención en un tema inédito hasta el momento en el seno de esta ficción televisiva. Si la serie se había dedicado a la recreación de esperpénticos crímenes donde predominaba la muerte, generalmente violenta, de ciertos individuos, el presente capítulo será un relato donde el espectador podrá ser testigo de otra forma de delito también angustiante, sobre todo para la víctima, como es un secuestro. Casos de raptos con posteriores peticiones de rescate ha habido muchos en nuestro país. En la década de los 90, el de José Antonio Ortega Lara -funcionario de prisiones secuestrado en el garaje de su casa en Burgos cuando volvía de su trabajo por la banda terrorista ETA o el famoso secuestro de Maria Àngels Feliu -más conocido como el “de la farmacéutica de Olot”- cometido, entre otros, por el jefe de Policía de su localidad fueron de lo más mediáticos debido a lo extenso de su cautiverio. A dar voz a este tipo de desapariciones, con objeto de ayudar a familiares y allegados de aquellos desaparecidos a encontrar a sus seres queridos, apareció en la programación de la Primera Cadena de Televisión Española el programa, conducido por el popular periodista Paco Lobatón, ¿Quién sabe dónde? Un espacio que permaneció en antena desde el año 1992 hasta 1998 y que gozó de prestigio y el apoyo de millones de espectadores. De esta forma, muchos españoles pudieron dar cuenta del secuestro de Anabel Segura, una joven de 22 años, que fue raptada mientras hacia footing en las inmediaciones de su residencia en la lujosa urbanización madrileña de La Moraleja.

La muchacha fue raptada por dos individuos el 12 de abril de 1993 y encontrada muerta, en octubre de 1995, en una fábrica abandonada de Numancia de la Sagra (Toledo). Los dos autores del crimen -Emilio Muñoz Guadix, transportista de 38 años, y Cándido Ortiz Añón, alias “Candi”, fontanero de 35 años y con dos antecedentes por atraco con intimidación- capturaron a cara descubierta a la estudiante. Parece ser que todo comenzó con una conversación en la barra de un bar. Ambos, un repartidor en paro y el otro fontanero, arrastraban serios problemas económicos. De esta forma, Emilio -de personalidad dominante e intimidatoria- le propondría a su “compinche” un rudimentario plan: irían en su furgoneta a La Moraleja, cogerían a la primera chica que vieran por la calle, exigirían a su familia el pago de un rescate y, tras recoger el dinero, la soltarían. Fácil y sin riesgos. Sin embargo, ese mismo día decidirían dar muerte a la chica debido a la falta de infraestructura para retener a la misma y al miedo a que, después de darle libertad, pudiera reconocerlos. Aún así, mantuvieron contacto con la familia y pidieron dinero por su liberación. Contactaron con los padres en varias ocasiones, hasta 15, y demandaron una gran cantidad en efectivo, ciento cincuenta de las antiguas pesetas, cuyo intercambio se vio frustrado cuando estos dos maleantes dieron cuenta de que los cuerpos de seguridad del Estado y la Guardia Civil los esperaban para apresarlos. Una tercera detenida, Felisa García Campuzano, esposa de Emilio, encubrió el delito. Pese a lo espeluznante del mismo, los tres detenidos mantuvieron tras el secuestro una vida normal, parapetados en sus trabajos y familias. La última de las comunicaciones de los secuestradores, grabada con la voz de Felisa, aceleró las detenciones y fatídica resolución gracias al especial dedicado al caso de Anabel en el mencionado programa de televisión ¿Quién sabe dónde?

Para la elaboración de este episodio, Pedro Costa contó con la colaboración de Luis Oliveros en las tareas de dirección, quien ya fuera su ayudante en la miniserie El Caso Wanninkhof  (Íd, Pedro Costa, Fernando Cámara, 2008) y posterior director de los filmes El ángel de Budapest (Íd, Luis Oliveros, 2011) y El jugador de ajedrez (Íd, Luis Oliveros, 2017). En el desarrollo del mismo, además de mostrarnos el entorno de la chica y de los captores, así como sus motivaciones, los responsables del film encaminan sus esfuerzos en dar cierta carga dramática, no a la familia de la víctima, sino a los allegados de uno de los autores, concretamente Emilio Muñoz, interpretado aquí por el televisivo Enrique Villén, dejando de lado su registro cómico por el otro, normalmente habitual, de este actor de peculiar físico, es decir, el de hombre de mediana edad, baja titulación académica y muy malas pulgas. Sin duda, lo mejor de este episodio. En el papel de su mujer, Felisa, encontramos a otra cara conocida de la pequeña pantalla, la actriz Luisa martín -la sempiterna Juani de Médico de Familia– convertida aquí en más víctima que la propia secuestrada y dando ese toque lacrimógeno perseguido por este tipo de producciones para la caja tonta. Esta es una pobre recreación de este injusto crimen (¿acaso no lo son todos?) y su calidad, más que deplorable, lo convierte en el peor de los episodios de “La Huella del Crimen”, no sólo de esta temporada sino del resto de la serie.

3.3. El asesino dentro del círculo

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Título original: El asesino dentro del círculo / Fecha de emisión: 8 de marzo de 2010 / Director: Pedro Costa, Fernando Cámara / Guión: Alberto Macías / Reparto: Roger Coma, Carlos Hipólito, Vicky Peña, Joaquín Climent, Fernando Huesca, César Sánchez.

El título del último capítulo de “La Huella del Crimen” llama mucho la atención. Hasta la fecha, todos los episodios tenían por nombre, siempre precedido por “el crimen de” o “el caso de”, a la víctima o al lugar donde se habían cometido los crímenes que se intentaban recrear. Sin embargo, “El asesino dentro del círculo” rompe con esa regla consuetudinaria y, a priori, no nos ofrece pista alguna de aquello que vamos a poder presenciar al otro lado de la pantalla. Para esta ocasión, el creador de la serie, Pedro Costa, codirigía junto al cineasta Fernando Cámara -quien repetía dichas labores tras rodar “El Crimen de los marqueses de Urquijo”- uno de los episodios de la crónica negra de nuestro país más reciente. El protagonista de este telefilm nada tiene que envidiar a los psicópatas que el Séptimo Arte nos ha dado a conocer. Con la salvedad, de que éste fue real. En los noventa, las autoridades de la Comunidad Valenciana se encontraron con una de las peores pesadillas con las que un investigador podría topar, es decir, un asesino en serie. Joaquín -Ximo- Ferrándiz era un joven Castellón al que sus vecinos describían como un muchacho bien parecido, muy amable y educado. Comercial en una agencia de seguros, nada hacía sospechar que tras su fachada de buen chico se escondía un frío y despiadado asesino, calculador hasta la médula, que sembró de cadáveres caminos abandonados y cunetas. Sus amigos coincidían al señalar que era muy observador. Esa facultad era la que utilizaba las mujeres a las que solía vigilar en sus salidas nocturnas por bares y discotecas. Estudiaba de esta manera sus puntos débiles y su entorno, para así poder aproximarse a ellas.

En 1989 sorprendió a propios y extraños cuando se le acusó y condenó a catorce años de prisión por la violación de una joven. Circulando con su coche derribó a la conductora de una motocicleta, una joven de dieciocho años, a la que, con la excusa de trasladarla a un hospital, la llevó en su a un paraje solitario donde la ató, golpeó y violó. La muchacha logró identificarle en una rueda de reconocimiento y Ferrándiz acabó entre rejas. Sin embargo, su buena conducta y actitud activa y participativa en el penal propició que obtuviese un gran número de reducciones en su condena llegando a ver la calle, en régimen de semilibertad vigilada, en el año 1995. A partir de ese momento, y con total apariencia de cara al exterior de intentar rehacer su vida, nuestro protagonista volverá a las andadas. Utilizando un modus operandi muy parecido en todos los casos, Ferrándiz logra hacerse con la confianza de chicas en situaciones de apuro -muchas veces provocadas por él mismo- para que suban a su coche ajenas de cualquier conocimiento sobre el mortal peligro que les acechaba. Aprendiendo de sus errores y sin ninguna intención de volver a la cárcel, el denominado “depredador de Castellón” toma la drástica determinación de no dejar testigos de sus macabros actos. Tres meses después de salir de prisión, Ximo invitó a subir a su coche a Sonia Rubio, una joven estudiante de filología inglesa que acababa de llegar de Inglaterra. Su cadáver fue encontrado con claros signos de estrangulamiento, maniatado de pies y manos, con sus propias bragas en la boca y cinta americana que habría ahogado aún más sus gritos. Un año después repetiría con otras cuatro mujeres, de edades comprendidas entre 20 y 25 años, todas muertas por asfixia con prendas de vestir propias, pudiendo así la policía establecer una asociación de todos los crímenes. La reincidencia del asesino fue su perdición y sería apresado por los cuerpos de seguridad del Estado en el verano de 1998. Un caso que llevó de cabeza a la UCO y en el que incluso se llegó a inculpar a un camionero, Claudio Alba, que no era ningún “angelito”, pero que nada tenía que ver con el caso.

Es una pena que para despedir una serie que había mostrado tanta calidad en sus etapas de 1985 y 1991 tengamos que hacerlo con un episodio como este. Pedro Costa y Fernando Cámara firman un trabajo en total consonancia con el resto de las “tv movies” de esta tercera temporada, “El asesino dentro del círculo” es otro claro ejemplo de dirección plana, malas actuaciones, guión pésimamente escrito y situaciones que, pese a estar basadas en hechos reales, son totalmente inverosímiles. Tras el visionado del episodio -suponemos que en su primera emisión en riguroso “prime time”-, el espectador, si no se ha dormido antes, puede ser capaz de pensar que cometer un asesinato -hasta en cinco ocasiones- y quedar impune es relativamente sencillo. Su protagonista, a quien da cara el actor catalán Roger Coma, se mueve a cara descubierta por locales de ocio nocturno atestados de personas y es capaz de llevarse a una joven sin que haya ningún testigo que luego pueda reconocerlo. Amén de señalar que ya no sólo su actuación es deficiente, sino que se hace excesivamente difícil poder tomarnos en serio -ni siquiera creernos- sus actos. Otras caras populares de nuestra escena interpretativa, Vicky Peña y Carlos Hipólito, se unen a este nefasto trabajo actoral. Tal vez lo más interesante del personaje de este último es que interpreta al famoso criminólogo Vicente Garrido. Destacar que incluso la duración del film es inferior a la del resto de esta nueva tanda. Los dos anteriores rondaban los 90 minutos. Éste se queda en aproximadamente una hora, quizá porque la labor de todos sus responsables no daba para más. Nuevos tiempos, formas de televisión diferentes y un legado lamentablemente echado a perder.

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