Especial La Huella del Crimen – 2ª Temporada (Pedro Costa Muste, 1991)

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A modo de introducción: a principios de los noventa, Pedro Costa consigue volver a la parrilla televisiva de Televisión Española con una nueva tanda de telefilmes bajo el seno de su serie “La Huella del Crimen” cuya primera temporada dejó magníficas impresiones. De esta forma, y en su afán de recrear diversos episodios de la Crónica Negra de nuestro país, se lanza con una selección de seis nuevos casos/crímenes que conmocionaron a nuestra sociedad a lo largo de la historia, pero sin recurrir al sensacionalismo chabacano. De esta forma, Costa retoma el que es, sin duda alguna, su proyecto -su canto de cisne- para recuperar crímenes clásicos de nuestro país que debieron quedar en el tintero de la anterior temporada. La tónica será la misma, telefilmes de calidad media notable y un coherente y verosímil retrato social de nuestro país sin dejar de lado la crítica, ahora mucho más explícita, a las autoridades, tanto políticas como de seguridad del Estado, imperantes en las épocas tratadas. Si en el ochenta y cinco, los espectadores habituales no estaban acostumbrados a según qué imágenes o mensajes, el televidente de la década en la que surgieron las cadenas privadas ya tenía curtidos los estómagos y una nueva sensibilidad moral y social, más liberal -o liberada-, ya no llevaba manos a la cabeza -en apariencia- de ningún estrato de nuestra sociedad.

Una de las diferencias más notables, en cuanto a la selección de los casos, respecto a la tanda anterior es que en esta segunda temporada hay una sutil intención de hacer crítica social, una crítica incluso menos disimulada que antes, y mostrar la evidencia del abismo existente entre las diferentes clases sociales, entre pobres y ricos, en definitiva, entre el pueblo llano y los poderosos. Ello lo podemos ver, sin atisbo ninguno de esconder la intencionalidad, en “El Crimen de Don Benito”, donde los personajes influyentes tratan de tapar, no sólo las miserias de los autores, sino el crimen mismo. Objetivo frustrado gracias al tesón y la fuerza que otorga la unión de los individuos, en este caso los habitantes de la localidad extremeña hartos de los caprichos de los “señoritos” del lugar. Un tesón, el de fray Hermenegildo de Antequera, que no obtendrá resolución favorable en el episodio que abre la temporada, “El crimen de las estanqueras de Sevilla”, donde las altas esferas determinan que los condenados sean unos señores con nombres y apellidos, independientemente de que hayan sido o no los autores de los terribles asesinatos. En “El Crimen del Expreso de Andalucía” también podremos atisbar esa consideración de impunidad por parte de aquellos que pertenecían a las altas cunas de la sociedad española. Sin embargo, en el capítulo más ambicioso de la temporada, concretamente “El Caso de Carmen Broto”, dirigido por el propio Costa -y de suponer que no sólo dejó su esfuerzo sino también su pasión por el tema a tenor de los resultados vistos-, seremos testigos de los vicios y las malas artes de las altas esferas. Se ha mencionado antes que la sociedad española de los noventa era ligeramente distinta a la de los ochenta, en lo que a moralidad de rancia idiosincrasia se refiere, pero más de un sobresalto debió causar una escabrosa escena en la que un importante miembro del clero -presuntamente y fuera de cámara- se excita ante la visión de dos chicos -menores- ataviados de monaguillos se tocan y uno de ellos le practica una felación al otro. Sin duda, en la España de los ochenta una secuencia como tal, y en la Televisión pública, además, hubiera causado un revuelo que en la de los noventa, con las chicas “Chin Chin” de la privada Telecinco recién aterrizadas, debió pasar inadvertido.

Como viene siendo tónica habitual ya en la serie, tanto los equipos creativos y artísticos son de primer nivel. Para la ocasión se nota una mejoría en los dispendios económicos, fiel reflejo de ellos serían las mejoras en ambientaciones y diseño de producción. La dirección de los diferentes episodios recae en nombres de prestigio de nuestro cine como Imanol Uribe (Días Contados [Íd, Imanol Uribe, 1994]) encargado del mencionado “El Crimen del Expreso de Andalucía”, Antonio Drove (Tocata y fuga de Lolita [Íd, Antonio Drove, 1974]), Rafael Moleón (Baton Rouge [Íd, Rafael Moleón, 1988]), el propio Pedro Costa y Ricardo Franco (La Buena Estrella [Íd, Ricardo Franco, 1997]), quien vuelve a repetir en la serie con la dirección del magnífico “El Crimen de las Estanqueras de Sevilla” -un relato frío y estremecedor, que se sitúa entre los mejores trabajos del fallecido director, un relato frío y estremecedor, que se sitúa entre sus mejores trabajos, para culminar en la larga y minuciosa escena donde se da garrote a los tres presuntos culpables-. El plano interpretativo tampoco se queda lejos, sin en la primera temporada teníamos a caras conocidísimas del cine y del teatro nacional, aquí podremos ver a actores y actrices de la talla Antonio Dechent, Fernando Guillén Cuervo, Aitana Sánchez Gijón, Juanjo Puigcorbé, Emma Penella, Gabino Diego o Silvia Tortosa. Sin duda, un plantel de lujo para una serie que alcanza grandes cotas de calidad y donde, en la opinión de un servidor, la estrella de la misma es el último episodio, “El caso de Carmen Broto”. Tal vez el más valiente, al estar basado en una teoría de un caso real no resuelto de forma satisfactoria y con mucho misterio a su alrededor, que es además una denuncia a los abusos y las malas artes de aquellos que intentan, con todas las armas del dinero, las influencias y el poder mediante, imponer una moralidad que, en muchos casos, no predican. Un broche de oro como colofón de una ficción televisiva de gran empaque. La historia no acabaría aquí ya que más de quince años después, la serie se retomaría con una última tanda de telefilmes. Sin embargo, los tiempos cambian y las sociedades, en diferentes momentos de la historia, difieren unas de otras.

2.1. El Crimen de las estanqueras de Sevilla

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Título original: El Crimen de las estanqueras de Sevilla / Fecha de emisión: 13 de febrero de 1991 / Director: Ricardo Franco / Guión: Pedro Costa, Manolo Marinero / Reparto: Fernando Guillén Cuervo,  Antonio Dechent,  José Soriano,  Gabriel Latorre, Felipe Vélez,  Rafael Díaz,  Fernando Marín,  Ana Labordeta,  Paloma Cela, Balbino Lacosta

La segunda temporada de “La huella del Crimen” se abre con el episodio titulado “El Crimen de las estanqueras de Sevilla”. Éste fue uno de esos sucesos que conmocionaron a la capital hispalense a mediados del siglo pasado. Matilde y Encarnación eran dos hermanas nacidas en la pequeña población de Estepa y afincadas en la ciudad de Sevilla. Una de ellas despachaba en un estanco -de ahí viene el nombre del caso-. Una tranquila noche de julio de 1952, la muerte llamó a su puerta. Nada hacía sospechar a los vecinos el hecho de que el establecimiento mantuviera sus puertas cerradas durante días. Fue la ausencia de las hermanas en el entierro de un hermano recién fallecido la que despertó los recelos de sus gentes más próximas. Al no encontrarlas en casa y reinar el silencio en el local de venta de tabacos, sito en la calle Menéndez Pelayo, los propios vecinos forzaron la entrada encontrándose con el horror en su interior. Ambas mujeres, de una cincuentena de edad cada una, yacían en el suelo, ensangrentadas, víctimas de lo que aparentaba ser un brutal ensañamiento. Sus cuerpos habían sido apuñalados con violencia, trece una y hasta dieciséis la otra. Lo más extraño fue que, en las pesquisas por parte de las autoridades en la escena del crimen, se descubrió que el asesino (o asesinos) no había robado nada al comprobar que en la casa se encontraba la recaudación semanal del negocio. Sin saber muy bien hacia donde dirigir la investigación, los responsables de la misma centraron sus esfuerzos en los bajos fondos de la capital y en obtener información, la que fuera, de sus informantes y/o confidentes de los estratos más indecorosos de la ciudad. Fue de esta forma que se detuvo a tres hombres (Francisco Castro Bueno -alias el Tarta-, Juan Vázquez Pérez y Antonio Pérez Gómez) a los que alguien afirmó que cometieron el crimen juntos. A pesar de su negación de los hechos, la policía consideró más que probado que eran los culpables del doble asesinato. En 1954, fueron llevados ante un tribunal y, muy seguido de cerca por los medios de la época, fueron condenados a la pena capital. En 1956, sin haber prosperado las peticiones de revisión del caso e indulto -incluso se llegó a pedir este último directamente al Dictador Francisco Franco-, los tres hombres se les dio muerte en el cadalso por la técnica del garrote vil.

Si el último capítulo de la temporada anterior de la serie lo despedía Ricardo Franco, responsable de filmes como Berlín Blues (Íd, Ricardo Franco, 1988) o La buena estrella (Íd, Ricardo Franco, 1997), el director madrileño repetía e inauguraba esta nueva tanda de “La Huella del Crimen” con “El Crimen de las estanqueras de Sevilla”. El tratamiento de este filme es muy diferente al del anterior “El caso del cadáver descuartizado”, en el cual veíamos un fatídico triángulo amoroso entre víctimas y asesino, aquí las víctimas apenas importan. Las vemos en forma de maltrechos bultos llenos de sangre en los primeros minutos del episodio, pero ya no más. Los responsables de la cinta que nos atañe se centran mayormente en dos cosas. La primera de ellas es la historia de la implicación forzada de tres inocentes en un crimen atroz. Señalar a los acusados como inocentes es un decir, ya que lo más correcto sería señalar a estos “delincuentes comunes reincidentes” como presuntos inocentes en un delito que no sólo ellos insistían en no haber cometido, sino que la opinión pública estaba de acuerdo con ellos. Ricardo Franco no escatima en mostrarnos las torturas y con que crudeza consiguen las autoridades locales extraerles una confesión -de la que se acabarían retractando- ya que no habías pruebas de peso para su incriminación y los tres tenían coartadas para el día en el que se cometieron los asesinatos. El segundo de los esfuerzos de los responsables de la película es el centrado en la figura de fray Hermenegildo de Antequera, interpretado aquí por el actor Fernando Guillén Cuervo, monje franciscano encargado de velarlos hasta el día de su ejecución y que, tras pasar muchas horas con ellos, no acaba de estar convencido de su culpabilidad. Será él quien tome la iniciativa de comenzar una campaña con el claro objetivo de conseguir su indulto (incluso entrevistándose en el Palacio del Pardo con Franco), pero con infructuoso resultado. Fray de Antequera no consiguió que los condenados, quienes mantuvieron su inocencia hasta el último segundo de sus vidas, eludiesen el cadalso. Este es un crimen con resolución oficial, pero que en lo mentideros de Sevilla se viene comentando desde entonces que aquellos desdichados no tenían culpa ninguna -así lo comenta el actor Antonio Dechent, quien da rostro a uno de ellos-. Ricardo Franco acaba el capítulo dando voz a ello con una singular elucubración. Y por otro parte, Pedro Costa -creador de la serie- tiene su particular teoría: la venganza. En sus palabras, ambas hermanas eran afines al régimen franquista y tras la Guerra Civil acusaron de rojos a muchos de sus vecinos. Tras el indulto del 45 por parte del dictador en el que, teóricamente, se liberaba a los condenados por delito de rebelión, es muy probable -según Costa- que una de aquellas víctimas del testimonio de las estanqueras quisiera cobrarse los años de encarcelamiento y penurias con sangre.

2.2. El Crimen de Perpignan

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Título original: El Crimen de Perpignan / Fecha de emisión: 20 de febrero de 1991 / Director: Rafael Moleón / Guión: Carlos Pérez Merinero, Pedro Costa / Reparto: Juanjo Puigcorbé, Aitana Sánchez Gijón, Laura Cepeda, Carmen Pradillo, Nacho Martínez, Miguel Nieto

Con “El Crimen de Perpignan” los responsables de “La Huella del Crimen” nos ofrecen su propia interpretación, así como afirman en la entrevista contenida en la edición doméstica del filme, de un asesinato frustrado. Siendo este capítulo, además, el más atípico porque no hay un crimen real, pero sí la minuciosa planificación del mismo. Algo que lo asemejaría al anterior “El caso del procurador enamorado” de la primera tanda de episodios. En 1971 Juan López López (en el episodio interpretado por el actor catalán Juanjo Puigcorbé bajo el ficticio nombre de Juan Muñoz Muñoz con tal de prevenir posibles acciones por parte de los allegados del implicado real), un compatriota español que emigró al país vecino de Francia buscando prosperidad y nuevos horizontes para él y su familia, llevaba algunos años afincado en Perpignan y en poco tiempo había alcanzado su meta soñada: acceder a un importante cargo de responsabilidad en una popular fábrica de muñecas. Sin embargo, tras la aparente faceta de honradez e intachable padre de familia, Muñoz era un depredador sexual que aprovechaba su posición jerárquica como jefe del departamento de recursos humanos de la compañía para acosar y encamarse con cuantas muchachas, que le gustasen claro está, quisiera. En el film llegan incluso a darle un cierto carácter fetichista al personaje en cuanto a que se dedica a fotografiar, desnudas y portando una muñeca, a sus “conquistas”. Muñoz no sólo era un “tremebundo” personaje en su ámbito laboral, sino que además, lejos de ser un buen marido, sometía a su pobre esposa a vejaciones y palizas con tal de que ésta accediera a sus peculiares demandas. Convirtiendo con ello su relación marital en un auténtico infierno que ninguno de los dos es capaz de abandonar -uno por motivos egoístas (que su mujer no se quede con aquello por lo que ha luchado duramente) y la otra por el amor hacia sus hijos- en una época donde el “divorcio” comenzaba a asomar tímidamente en el seno de una sociedad cada vez más abierta y moderna.

La irrupción en su vida de una joven, Josette Aguilar (en la ficción llamada Yvette Romero, por las mismas razones que con el personaje de López, e interpretada por una atractivísima Aitana Sánchez Gijón), despierta sus más bajas pasiones. Locamente enamorado -o mejor dicho obsesionado- de la chica, aprovecha su cargo para, en primera instancia, llevarla a la cama y, acto seguido, convertirla en cómplice del futurible asesinato de su esposa, causante principal de su malestar. Por supuesto, la amante se resistió a seguir sus planes. Sin embargo, poco a poco, y aleccionándola psicológicamente, por un lado, aprovechándose del enamoramiento y deseo carnal de la joven y, por el otro, mediante un proceso de inmersión total en el género policiaco -libros y películas sobre crímenes en el que incluso podemos ver en pantalla como toman como ejemplo a seguir el film El beso de la muerte (Kiss of Death, Henry Hathaway,1947)-. De esta manera, ambos amantes, confeccionan un apasionante y metódico trabajo de investigación con objeto de encontrar una forma de matar que deje la menor cantidad de pistas a los ojos de los investigadores. Además, la carencia de sospechas ha de asegurarles poder cobrar el seguro de vida de la esposa que López contrató tiempo atrás. Una vez decidido que el método para el asesinato será la asfixia por ser la más eficaz, rápida e indolora para la víctima, ambos llevan a cabo su plan. López simulará un repentino viaje por trabajo a Barcelona e Yvette se encargará de matar a sangre fría a su mujer. Llegado el momento, lo planificado acaba por torcerse y la joven acabará en disposición de las autoridades francesas. López, al llegar a su domicilio al día siguiente fingiendo no saber nada, será también arrestado. Ambos serían enjuiciados y condenados a prisión. Ella por cinco años, él por diez. Cabe señalar que López a los pocos años se escapó de la cárcel siendo después trasladado, por deseo de la justicia gala, al penal de Segovia. Allí finalmente murió en uno de los enfrentamientos policiales más famosos de los últimos tiempos conocido como “La fuga de Segovia”.

Este episodio fue pensado en un principio para ser dirigido por Bigas Luna ya que la temática, el tono y la atmósfera eran ideales para el estilo del director catalán. Sin embargo, no pudo ser por imposibilidades del responsable de Jamón, jamón (Íd, Bigas Luna, 1992). Así que se encargó al novel Rafael Moleón, quien hubiera ganado fama con el film Baton Rouge (Íd, Rafael Moleón, 1988), la dirección del mismo. Moleón comenta que, antes de ponerse en marcha, se documentó lo mínimo con tal de ofrecer su propia versión y añadir libremente sus propias licencias con todo el respeto que le fuera posible hacia los protagonistas reales de su historia. El realizador se esfuerza en mostrar a un Puigcorbé libre de toda penitencia y a una Aitana Sánchez Gijón más como víctima de los pérfidos juegos mentales de su amante que como criminal. Sin duda, es un relato sin un crimen espectacular, pero rico en matices, sobre todo en la creación de una tóxica relación entre dos personas que confunde amor con lujuria siendo unos de los capítulos donde hay más muestras de sexo explícito y perversiones de diversa índole. Un claro ejemplo de hasta donde pueden llegar los instintos más primarios del ser humano.

2.3. El Crimen del expreso de Andalucía

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Título original: El Crimen del expreso de Andalucía / Fecha de emisión: 27 de febrero de 1991 / Director: Imanol Uribe / Guión: Ricardo Franco, Luis Ariño / Reparto: José Manuel Cervino, Mario Pardo, Tito Valverde, Enrique San Francisco, Francisco Casares, Kiti Manver

El Crimen del expreso de Andalucía” deja bien claras varias cosas. Entre ellas la importancia de no frecuentar ciertas compañías -más si cabe en el caso de pertenecer a las más dudosas raleas- o que incluso la mejor de las ideas, el plan con visos de ser perfecto, puede torcerse en cualquier momento y derivar en la más chapucera -y carnicera- de las conclusiones. En este nuevo capítulo de “La Huella del Crimen” se nos relata, a modo de perfecta crónica, la gestación y planificación de un robo, su cruento proceder y su funesta conclusión -sobre todo para los implicados en el delito-. Este es uno de esos sucesos archiconocidos que causaron sensación en la época, allá por el año 1924 bajo la recién instaurada Dictadura de Primo de Rivera, en el seno de una sociedad poco acostumbrada a este tipo de macabros y escabrosos acontecimientos. Es tan popular que ya se llevó al cine (El Expreso de Andalucía, Francisco Rovira Beleta, 1956) e incluso el Museo de Cera de Madrid contenga más de una veintena de figuras que, a modo de diorama a escala real, conmemoren el hecho. El 12 de abril del mencionado año, el Expreso de Andalucía llegaba a la estación de Córdoba con los dos empleados del coche-correo, aquel destinado a la correspondencia más privilegiada, muertos. La Guardia Civil encontró en su interior los cadáveres de Ángel Ors, de 30 años, y Santos Lozano, de 45, brutalmente asesinados. El aparente motivo de las muertes fue el robo de valores, dinero en efectivo y alhajas que se transportaban en su interior. La sociedad española del momento no ocultó una indignación tan grande que no sólo clamaba por el castigo ejemplar sobre los autores del doble homicidio, sino que llegó a causar una pequeña crisis política que obligó a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado a no escamotear en esfuerzos en su misión de resolver el crimen.

Las sorprendentes declaraciones de un taxista que afirmaba haber llevado a los responsables en su taxi tras haber dado el golpe y el posterior suicidio de uno de ellos, llevó a la policía a dar con el resto de la banda y poder reconstruir los hechos. De esta manera, pudo saberse que fue José Sánchez Navarrete (interpretado por el televisivo Tito Valverde), oficial de Correos al que su padre Guardia Civil había “enchufado” para conseguir el puesto, quien planeó el robo junto con Honorio Sánchez Molina (el veterano José Manuel Cervino), un croupier en horas bajas. A su vez propusieron participar al amante de Navarrete, José Donay (dándole voz y rostro un más que convincente Enrique San Francisco, habitual del cine quinqui de los ochenta), alias “El Pildorita”. Las dudas de estos tres advenedizos al crimen llevaron a que tomaran la decisión de incluir a otros dos tipos de dudosa moral y baja estofa, Francisco de Dios Piqueras y Antonio Teruel López, dos tahúres de poca conveniencia. La noche de autos, en la Estación de Aranjuez, estos últimos y Navarrete accedían al vagón de correos del Expreso por una de sus ventanillas -se barajaba la hipótesis, y así lo muestra el filme- de la complicidad de uno de los funcionarios con Navarrete. El filme también elucubra con la planificación del atraco, ya que nunca se esclareció si el robo iba a ser o no con violencia. Para la elaboración del capítulo, los responsables toman la decisión de apoyar la teoría de que los asaltantes tenían la intención de adormecer a las víctimas con algún tipo de narcótico que, finalmente, no dio el resultado esperado. De ahí, a que se decidiera llevar a cabo del golpe de forma violenta, improvisada y chapucera.

Cabe destacar que en la escritura del guion encontramos a un ya habitual de la serie, a Ricardo Franco. Para la dirección de este episodio, “El Crimen del expreso de Andalucía”, se escogió al realizador Imanol Uribe, director de prolífica carrera cinematográfica que ha tocado, como se suele decir, casi todos los “palos”, pero con una notable predilección por el género negro. Sus historias de crímenes suelen estar siempre impregnadas de ciertas connotaciones políticas. Claro ejemplo de ello su cinta, premiada con el Goya a la Mejor Película, Días Contados (Íd, Imanol Uribe, 1994), mezcla en clave noir de thriller y drama con un miembro de la, ya disuelta, banda terrorista ETA como protagonista. Para esta ocasión, Uribe nos convierte en testigos de la desdichada vida de José Sánchez Navarrete, descrito como un “señorito” vago, holgazán y consentido por su permisiva madre -con total desaprobación de su madre, militar de influencia- y de como éste, poco a poco, va propiciando que se vayan uniendo los distintos participantes para llevar a cabo lo que el considera una brillante idea. El episodio, a modo de crónica, tiene estructura clásica de principio, nudo y desenlace (fatal desenlace para nuestros protagonistas) tan magníficamente narrado y con los personajes tan bien desarrollados con dos pinceladas que se consolida como uno de los mejores de esta segunda temporada de “La Huella del Crimen”.

2.4. El Crimen de Don Benito

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Título original: El Crimen de Don Benito / Fecha de emisión: 6 de marzo de 1991 / Director: Antonio Drove / Guión: Luis Ariño, Álvaro del Amo / Reparto: Fernando Delgado, Emma Penella, Gabino Diego, Germán Cobos, Manuel De Blas, Walter Vidarte

El episodio “El Crimen de Don Benito” es otro ejemplo del enfrentamiento entre los estratos sociales más extremos, entre ricos y pobres, que es una de esas constantes que hemos podido comprobar, ya sea de forma implícita o explícita, en varios de los capítulos de la serie creada por Pedro Costa. Los sucesos narrados en este film dirigido por Antonio Drove no sólo conmocionaron a la sociedad de su época, sino que tuvo una carga social tan potente que las Autoridades se vieron forzadas a contentar al Pueblo, pese a las injerencias y presiones por parte de personas influyentes, ejerciendo verdadera Justicia. Fue la primera vez que un crimen tuvo una repercusión social inmensa ya que el pueblo, harto de asistir a las fechorías de los caciques o de sufrirlas, decide unir su voz para que el crimen sea juzgado y castigado fuera el que fuera el precio a pagar. De hecho, es un crimen muy popular, pero que no se recuerda ni por sus autores, ni por sus víctimas, sino por el nombre de la pequeña localidad extremeña de Don Benito. Que es donde se cometieron los salvajes asesinatos de dos mujeres por parte de un cacique local, es una tierra donde el caciquismo estaba sobradamente arraigado y sufrido por sus gentes.

El 18 de junio de 1902, en la mencionada población de Don Benito, aparecían brutalmente asesinas dos mujeres, madre e hija, de nombre Catalina Barragán e Inés María Calderón. Ésta última se dice que estaba pretendida por el “señorito” del pueblo, un tal Carlos García de Paredes, poseedor de todos los malos vicios que un ser humano pueda poseer. No sólo era el cacique del pueblo sino también sobrino de aquel al que apodaban como “El Sultán”, Donoso Cortés, jefe de la confederación de caciques de Extremadura con poder suficiente como para poner y destituir ministros a voluntad. García Paredes fue el primer sospechoso debido a que era vox populi que desde hacía mucho tiempo acosaba sin tregua a la pobre muchacha. Quien, a cambio y para enfado del mismo, sólo lo repudiaba. También era conocido por su mala vida. Holgazán, soberbio y fanfarrón se pasaba los días enteros jugando a las cartas y bebiendo hasta caer redondo -la presentación del personaje hace especial hincapié en ello tras mostrarnos los temblores de su cuerpo producidos por la abstinencia nada más levantarse de la cama-. Tampoco disimulaba ni su mal carácter ni su agresividad, amenazando con su cuchillo a todo aquel que le contrariase. Un individuo del que sus vecinos estaban hartos, pero que su condición privilegiada lo mantenía impune de sus actos.

El asesinato de la pobre Inés María Calderón, al que habían asestado con ensañamiento un total de treinta y siete puñaladas, fue la gota que colmó el vaso y la paciencia de las gentes de Don Benito. No sólo eso, ya que, si se demostraba que la culpabilidad de García de Paredes y, su compañero de correrías, Ramón Martín de Castejón, su más que probable ejecución con el garrote vil sería un importante golpe al medieval sistema del caciquismo. Es por ello que el Crimen de Don Benito tuvo ciertas connotaciones políticas por parte de grupos afines al anarquismo que vieron en ello oportunidad para derrocar a dicha forma de gobierno arcaica y abusiva. Sin duda, las grandes influencias con las que contaba García de Paredes para no acabar en el cadalso intentaron presionar a las Autoridades locales. Sin embargo, los ánimos del pueblo llano eran un polvorín a punto de estallar. Ante la amenaza de alzamiento popular, los acusados fueron condenados a la pena capital. Esta se quiso llevar a cabo de la mayor de las intimidades y a puerta cerrada. Pero tal fue la insistencia de los vecinos, que los cadáveres de los criminales tuvieron que ser expuestos para que pudieran comprobar que la muerte de ambos era real. Se dice incluso que muchos pincharon y acuchillaron a los difuntos para poder acabar convencidos de que ni un hálito de vida quedaba en sus cuerpos. A diferencia de las pobres víctimas, Inés María y su madre, García de Paredes murió en el acto. Sin embargo, su compinche, que padecía de bozio, tuvo un final mucho más doloroso en el que, intercalados entre los diversos intentos por acabar la faena por parte del verdugo, profirió quejas y maldiciones por tal tortura.

En la confección de este capítulo, se cuenta con los servicios del director Antonio Drove, responsable de filmes como La caza de Brujas (Íd, Antonio Drove, 1967), Tocata y fuga de Lolita (Íd, Antonio Drove, 1974) -quizá su film más popular- o Mi mujer es muy decente, dentro de lo que cabe (Íd, Antonio Drove, 1975), así como otros trabajos documentales para Televisión Española y la dirección de series entre las cuales se encuentra la famosa Curro Jiménez. Drove opta por dar un total tratamiento de crónica a su film de “La Huella del Crimen”, en un relato muy coral con caras conocidas del mundillo televisivo y cinematográfico patrio como la de un jovencísimo Gabino Diego, la popular Emma Penella, Manuel de Blas o una desconocida Neus Asensi. Como él mismo dice en los extras de la edición doméstica, un trabajo fruto de la investigación, con tal de conseguir la verosimilitud a la que aspiraba, y tomándose pequeñas licencias allá donde viera oportuno, como la construcción del personaje del juez de instrucción. Sin duda, un episodio de pulcritud fotográfica y magnífica ambientación que, en palabras de su máximo responsable, llegó a batir récord de audiencia en la noche de su emisión. Cabe señalar que no es la primera vez que el suceso se adaptó al cine ya que existe una película, Jarrapellejos (Íd, Antonio Giménez-Rico, 1988), protagonizada por Antonio Ferrandis -sempiterno Chanquete-, basada en la novela homónima de Felipe Trigo, que se inspiró en este crimen.

2.5. El Caso de Carmen Broto

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Título original: El caso de Carmen Broto / Fecha de emisión: 13 de marzo de 1991 / Director: Pedro Costa / Guión: Pedro Costa, Antonio Rabinad / Reparto: Silvia Tortosa,  Ángel de Andrés López,  Sergi Mateu,  Vicente Cuesta,  José Yepes, Marta Fernández Muro,  Tina Sáinz,  Conrado Tortosa ‘Pipper’,  Luis Maluenda

Con “El caso de Carmen Broto” se rompe una de las reglas -no escritas, dicho sea- que caracterizaron la serie de telefilmes “La Huella del Crimen”. Hasta el momento, todos los capítulos dedicaban sus esfuerzos a ofrecer, de forma más o menos fidedigna, aquellos casos que, por las razones que fueran, habían causado conmoción en la sociedad española a lo largo de la historia de nuestro país. Bien es cierto que los responsables de los distintos capítulos, a fin de adaptar un hecho real -caracterizado por el tedio en la mayor parte de las ocasiones- a la ficción tomándose las licencias necesarias y oportunas para conseguir, no sólo la atención del espectador, sino un relato bien armado e interesante. En algunas ocasiones, las licencias son livianas, pero en otras -vienen a mi cabeza “El caso del procurador enamorado” o “El Crimen de Perpignan”- se variaron nombres y situaciones con tal de no ofender a implicados en tales sucesos. En el caso que ahora no concierne, el asesinato de Carmen Broto, el propio Pedro Costa, encargado de la dirección del film, nos informa de su interés por dicho asunto, así como de la irresolución del caso. Siendo éste un suceso que no quedó esclarecido en su momento y, dado ello, él ha querido plasmar en pantalla una hipótesis totalmente contraria a la versión oficial por parte de los cuerpos de seguridad del Estado.

Un brutal asesinato conmocionó a los vecinos de la Ciudad Condal en el invierno de 1949. Carmen Broto, una joven de origen oscense, llegó a Barcelona para servir en las casas de las clases medias de la sociedad catalana como muchas otras muchachas de su edad en una España que había dejado atrás las penurias y el hambre de la posguerra, pero que albergaba todavía mucha pobreza. Pronto se dio cuenta Carmen que trabajando de sirvienta no colmaría sus ambiciones. Tenía 30 años y poseía un físico capaz de enajenar a cualquier hijo de vecino. Aprendió enseguida que con muy poco, ella sola podía causar estragos entre los hombres de buena cuna de la alta sociedad catalana. De esta forma, la moza comenzó a frecuentar fiestas de alto copete, siempre agarrada del brazo de algún caballero adinerado que pudiera cubrirla de atenciones y, sobre todo, regalos. Así fue como Broto comenzó a labrarse su propia reputación y, aprovechándose de aquellos ricos y poderosos con los que alternaba, confeccionarse una red de contactos entre al alta -y, en petit comité, pérfida- burguesía catalana con tal de mantener un status y nivel de vida que jamás hubiera podido alcanzar trabajando como “chacha”. Sin duda, una mujer hecha a sí misma que supo estar en el lugar y en el momento adecuado, además de satisfacer los deseos más oscuros de sus “nuevas amistades”. En el episodio, Costa no se corta un ápice a la hora de mostrar estos “apetitos” por parte de clases y estamentos -entre ellos la Iglesia que, de cara a galería, se erigían como estandartes de la integridad moral.

En la vida de Carmen apareció un joven de similar espíritu al suyo. Jesús Navarro era un muchacho de unos 25 años cuya mayor ambición rivalizaba con la de Carmen. Hijo de un conocido cerrajero, sus ansias por hacerse un hueco en los ambientes de alto copete catalanes lo llevaron a intimar con nuestra protagonista. Ella acabó perdidamente enamorada de él. Él sólo quería que le diera posición y proporcionara su fortuna. La historia oficial cuenta que Jesús conoció a otra joven de la burguesía catalana más acorde con sus planes de ascensión y enriquecimiento, con lo que Carmen le estorbaba. Su padre fue el que le planteó la idea de matarla. De paso, aprovecharían para entrar en su casa y robarle el dinero y las joyas de las que ella hacía ostentación. De esta forma, la noche del 11 de enero de 1949, Jesús Navarro y Jaime Viñas, compañero habitual de correrías y fechorías, irían a buscar a Broto en un Ford de color negro con el plan de salir los tres de fiesta, tal y como lo habían hecho cientos de veces antes. Dentro del coche y una vez fuera de la ciudad, Jaime sacó un mazo y lanzó un golpe contra la cabeza de la mujer. No murió en el acto e intentó, infructuosamente, escapar. Sin embargo, la vida escapó de su cuerpo brutalmente asesinado. La versión de Pedro Costa difiere en lo referente a las motivaciones que llevaron al asesinato de Carmen Broto. Él mantiene una hipótesis de dictamina que la mujer llegó a hacerse tan poderosa en el seno de la alta sociedad catalana que llegó a molestar o a contrariar a miembros peligrosos de la misma. Los mismos que acabarían despojándola de todo privilegio provocando que, en un arrebato de furia, Broto intentará desenmascararlos de cara, no sólo a las autoridades, sino también a la ciudadanía de la época. Los misteriosos suicidios de dos de los autores del crimen, Jaime Viñas y Jesús Navarro padre, darían cierto sentido a tales elucubraciones. Algo que también reforzaría el silencio del amante de Carmen, Jesús Navarro, cuanto los cuerpos de seguridad del Estado le dieron arresto, así como en su posterior juicio y condena a prisión. Con dirección del propio Pedro Costa y protagonizado por una atractiva Silvia Tortosa, “El caso de Carmen Broto” es la guinda del pastel de esta segunda temporada de “La huella del Crimen”. Es, sino el mejor, uno de los más destacados capítulos de la serie. Costa nos muestra sin ningún tipo de rubor a una sociedad de buena cuna que, como todo ser humano, esconde una cara más oscura. Un retrato de los vicios y las perversiones de los ricos y poderosos -incluyendo al clero- de la Barcelona de mediados de siglo.

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Un comentario en “Especial La Huella del Crimen – 2ª Temporada (Pedro Costa Muste, 1991)

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