Prometheus: Fuego y Piedra (Paul Tobin, Juan Ferreyra)

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Titulo original: Prometheus: fire and stone / Guión: Paul Tobin / Dibujo: Juan Ferreyra / Portada: David Palumbo / Formato: Cartoné / Páginas: 112 pags / Editorial: Norma Editorial / Precio: 16,00€ / ISBN: 978-84-679-2609-5


A modo de prólogo: El evento “Fuego y Piedra” supuso un gran crossover editorial en el que se cruzaban los destinos de xenomorfosYautjas y humanos en una suerte de secuela no oficial de la película “Prometheus” (Íd, Ridley Scott, 2012) que publicó “Dark Horse Comics” en el transcurso de 2014 en cuatro sendas miniseries (una de “Aliens“, una de “AvP“, una de la recién inaugurada línea “Prometheus” y otra de “Predator“). Todos las tramas se integraban en una misma historia, pero desde cuatro puntos de vista distintos. En nuestro país, todas las miniseries (más especial en forma de epílogo) han sido publicadas por “Norma Editorial” durante el pasado año 2017 en cuatro tomos cartoné.

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Cien años después de los sucesos acaecidos en el inhóspito planeta LV-223 -y relatados en el film “Prometheus” (Íd, 2012) de Ridley Scott-, la tripulación de la Gerión viaja hasta allí con un nuevo equipo de científicos con el objeto de descubrir qué le ocurrió a Peter Weyland y el resto de la tripulación de la Prometheus. Ese oscuro misterio, además del destino de la misión original, será posiblemente su propia condena.


Hace ya más de cuarenta años, la ciencia ficción moderna sufrió un giro radical tras el éxito de una cinta por la que nadie en su momento, ni la propia productora ni gran parte de las personas que participaban en su producción, “dieran un duro” por ella. Me refiero, por supuesto, a “La Guerra de las Galaxias” (Star Wars: Episode IV – A New Hope, George Lucas, 1977). El hecho de que el filme de George Lucas se convirtiera en todo un fenómeno cinematográfico -y de masas-, cambiara a finales de los setenta -junto a otras películas como “Tiburón” (Jaws, Steven Spielberg, 1975)- la forma de hacer y de vender las películas -acuñando a estas producciones con el término “Blockbuster”- y pusiera de moda todo un género que se encontraba denostado por parte de crítica e industria como era el de la “ciencia ficción”, llevó a la “20th Century Fox” a intentar repetir una jugada que copiosos beneficios le había generado. En aquellos momentos, salvo los estudios más pequeños y dedicados a la “serie B” y a la “caspa”, no había proyectos que involucrasen ni naves espaciales ni fantasiosas tramas tecnológicas salvo un pequeño proyecto que, por casualidades de la vida, había caído en manos de la pequeña productora Brandywine, entre cuyos responsables se encontraba el director Walter Hill. Estamos hablando, claro está, de “Alien, el octavo pasajero” (Alien, Ridley Scott, 1979).

No nos vamos a extender demasiado en la historia de la producción de la cinta que, junto a la de George Lucas antes mencionada, cambió el concepto de la sci-fi cinematográfica posterior y dio vida a uno de los iconos más reconocibles del terror moderno: el xenomorfo. Criatura salida de la imaginación de un grande, Dan O’Bannon, que puso en el candelero al director de la cinta, Ridley Scott, y dio proyección internacional a su “padre artístico”, H. R. Giger. La crónica de “Alien, el octavo pasajero” y sus secuelas es emocionante, controvertida y accidentada, pero hoy no es el momento de profundizar en ello. Mencionar que el éxito de la primera entrega dirigida por Ridley Scott, no sólo le puso en el punto de mira de muchos de los estudios de Hollywood, sino que puso de manifiesto el tema de una posible secuela. Una segunda entrega que, con la perspectiva del tiempo mediante, sabemos que dirigiría James Cameron años más tarde. Una película que amplió la mitología de los xenomorfos y encumbró al canadiense al Olimpo de los grandes realizadores, no sólo del género sino también del Séptimo Arte en general. Sin embargo, años atrás el propio Ridley Scott ya manifestó su voluntad del volver al Universo de Alien y, más concretamente, centrándose en la enigmática figura que la tripulación de la U.S.C.S.S. Nostromo encontrara en la misteriosa nave con forma de herradura. La escena del “Space Jockey” fue una de las que más costó llevar adelante debido a sus costes de producción y a la, en apariencia, difícil comprensión de su vinculación en la trama posterior a bordo del carguero espacial de Weylan-Yutani (la letra “d” final de Weyland se añadiría posteriormente a partir de la cinta de James Cameron y, en lo que se refiere a la de Scott, en su “Director’s Cut” de 2003).

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Sabemos que en ninguna de las posteriores secuelas de la “saga Alien” el enigmático “Space Jockey” volvería a formar parte del misterio a pesar de tener de nuevo la oportunidad de ver su nave en la versión extendida de “Aliens: El Regreso” (Aliens, James Cameron, 1986) o su cráneo colgado como trofeo en “Aliens Vs. Predator 2” (AVPR: Aliens vs Predator – Requiem, Colin y Greg Strause, 2007). Eso en lo que se refiere al encorsetado universo cinematográfico. Desde el año 1988, la editorial americana “Dark Horse Comics” comenzó a adaptar y expandir la franquicia al mundo de las viñetas con una primera miniserie titulada “Alien: Outbreak” (aquí llamada “Alien: serie Nostromo” publicada por “Norma Editorial“) que continuaba la historia tras los hechos narrados en el filme de James Cameron retomando al malogrado Cabo Hicks y a una adolescente Newt. Gracias a los cómics, el cosmos de los xenomorfos se amplió considerablemente constituyéndose a partir de una ingente cantidad de pequeñas series y especiales unitarios, con diferentes equipos creativos y prácticamente todas independientes entre sí, que venían a profundizar en todo aquello a lo que las películas no podían -o no interesaba- abarcar. Entre todo ello, el “Space Jockey” también pudo disfrutar de su propio desarrollo “comiquero”. En 1999, en la miniserie titulada “Aliens Apocalipsis”, el popular guionista -ganador del Premio Eisner- Mark Schultz -creador del fantástico cómic “Xenozoic Tales”- ahondaba, alejándose de los cánones cinematográficos, en la mitología del mundo Alien y, lo más importante, en la figura del famoso piloto de la nave con forma de herradura -también conocido después como “Ingeniero”- relatándonos un posible origen e importancia de su rol en toda la franquicia con la pretensión de convertirse en algo canónico (todo lo canónico que pueda ser algo que proviene de una línea de producto considerada menor). En 2008, algo más de diez años después de la última entrega de la saga -la menospreciada por muchos “Alien: resurrección” (Alien: resurrection, Jean-Pierre Jeunet, 1997)-, la “Fox” anunciaba la vuelta del director Ridley Scott a la saga que le dio fama. Concebido en primera instancia como un “reboot” para luego desmentirlo y revelar que sería una precuela de la seminal “Alien, el octavo pasajero“, Ridley Scott narraría en “Prometheus” (Íd, 2012) una historia donde la figura del “Space Jockey” cobraría gran relevancia en un afán por dotar de trasfondo filosófico y existencial a la cosmología de los xenomorfos más famosos del celuloide. La acción transcurriría 30 años antes que los sucesos acontecidos en la  U.S.C.S.S. Nostromo y nos pondría en la piel de la tripulación de la Prometheus, una expedición científica con el claro objetivo de descubrir el origen de la humanidad. Una cinta que dejó cierto sabor agridulce en el “fandom” con el que su director intentó resarcirse con su inmediata secuela “Alien: Covenant” (Íd, 2017). Pero eso ya forma parte de otra historia.

Volviendo al mundo de las viñetas, habiendo consolidado el “Universo Alien” dentro del panorama “comiquero”, no es de extrañar que “Dark Horse Comics” hiciera lo mismo con el de Prometheus. De esta forma, en 2014 y bajo el título “Fuego y Piedra”, la editorial del “Caballo Oscuro” publicó un “crossover” en el que cruzaba su recién adquirida franquicia con la de los “Aliens“. A todo ello, se sumaba a la ecuación otro de los personajes/licencia míticos que ya había compartido cabecera con los populares y hostiles xenomorfos, “Predator” -y, por extensión, también con la cabecera “Alien vs Predator”-. “Fuego y Piedra” juntaba las cuatro líneas en una misma historia contada desde cuatro puntos de vista estando conformada por cuatro miniseries más un especial a modo de epílogo. La primera de ellas, “Prometheus: Fuego y piedra” está escrita por el guionista Paul Tobin -a quien hemos podido leer en la adaptación al cómic del personaje salido de la pluma de Andrzej Sapkowski, Geralt de Rivia o The Witcher– y dibujada por el argentino Juan Ferreyra. El relato nos sitúa unos cien años después de los sucesos acaecidos en el -presumiblemente- estéril planeta LV-223 y relatados en la película de 2012. Lo que en apariencia es una misión científica, esconde oscuras motivaciones por parte de la capitana de la expedición, Angela Foster, cuyas intenciones son las de encontrar una de las sondas perdidas de Peter Weyland para descubrir qué sucedió con la tripulación de la Prometheus y qué cuales fueron los descubrimientos conseguidos sobre los orígenes de nuestra especie. Una vez en el planeta, Paul Tobin coloca sobre el tablero ingredientes y elementos típicos de los relatos del “Universo Alien“. Estos, además de la mencionada presencia de un capitán con sus propias motivaciones secretas, no son otros que la presencia de otro miembro con motivaciones poco populares, la existencia de un paraje inhóspito lleno de peligros y la presencia de una raza alienígena, los xenomorfos, dispuestos a acabar con las vidas de expedicionarios timoratos.

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Esta historia podría funcionar perfectamente a modo de secuela del filme homónimo de Ridley Scott. Nos encontramos ante el esquema argumental básico de este microcosmos ficcionario con ciertos momentos buenos, llenos de terror y acción, pero, por el contrario, problemas que pueden causar confusión en el lector. Uno de ellos es que el elenco de personajes es enorme. Así que no hay mucho tiempo para que todos tengan una buena cuota de desarrollo antes de que todo se vaya al traste y la gente empiece a morir. En las primeras páginas se nos muestra a uno de ellos, Clara Atkinson, realizando una especie de documental de la expedición a modo de presentación de algunos de los miembros de la expedición. Sin embargo, a medida que vamos pasando las páginas del cómic, el protagonismo de Clara se diluye en un relato con intenciones de ser coral, pero que acaba convirtiéndose en un “survival horror” con algunos momentos interesantes como la subtrama del miembro científico de la tripulación y sus escarceos con el peligroso “limo negro”, las consecuencias de dicha sustancia sobre el organismo de uno de los  tripulantes “sintéticos” de la nave -cuya importancia se preveé importante para otras miniseries de la saga- o una enigmática jungla en un planeta en el que, sobre el papel era improbable la existencia de vida, repleta de mortales bestias híbridas. La inclusión de los aliens, escondidos en una abandonada nave proveniente de Hadley’s Hope es una de las notas curiosas del relato. ¿Acaso es una forma de cohesionarlo todo en una misma continuidad? El resto de miniseries posiblemente nos ofrezcan la respuesta.

Sin duda, el apartado gráfico es la gran baza de esta historia. Al argentino Juan Ferreyra lo hemos podido ver también al cargo del arte de cómics muy recomendables como “Colder”, “Kiss Me, Satan” o las más recientes etapas de los personajes de “DC Comics” Green Arrow o El Escuadrón Suicida. El arte de Ferreyra te entra por los ojos, su grafismo es espectacular y, él solo, se ha consolidado como uno de los mejores narradores de terror de los últimos tiempos. Creo que no cabe duda de mi gusto por su trabajo. Para la ocasión, el argentino ha sido el responsable de crear nuevos diseños de criaturas y su versión de los xenomorfos no puede ser más increíble. El hecho de que se encargue él personalmente de todo el aspecto visual -color incluido- hace que solamente eso sea uno de los principales motivos para acercarse a esta nueva entrega del “Universo Prometheus“. Sin duda, todo un deleite para la vista.

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Sin embargo, es más que probable que la lectura de “Prometheus: Fuego y Piedra” acabe sembrando más dudas que respuestas, así como ocurría con el film de Ridley Scott. Destacar que la presencia del “Ingeniero”, a priori, parece más anecdótica que otra cosa ya que su participación en la trama no presenta -por el momento- demasiado peso. Sensación que aumenta con el abrupto final de este primer capítulo del “crossover“. Es cierto que se lee en su suspiro, ofrece entretenimiento, terror y acción a raudales, pero el lector puede quedar con la impresión de, por un lado, ganas de más o, por el otro, total indiferencia ante un relato que se parece demasiado al filme homónimo del que repite gran parte de sus errores. Pero por lo menos esta vez aparecen aliens de verdad y no sucedáneos como sí ocurría en la película de 2012. Personalmente, mi voto es a favor y seguiremos adelante con esta historia.

 

 

Crítica de “La novia de Chucky” (Ronny Yu)

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Titulo original: Bride of Chucky / Año: 1998 / País: Estados Unidos, Canadá / Duración: 89 min / Director: Ronny Yu / Guión: Don Mancini / Producción: David Kirschner, Don Mancini / Productora: David Kirschner Productions / Distribución: Universal Pictures / Fotografía: Peter Pau / Música:Graeme Revell / Diseño de Producción: Alicia Keywan / Montaje: Randy Bricker (acreditado como Randolph K. Bricker), David Wu / Reparto: Jennifer Tilly, Brad Dourif, Katherine Heigl, Nick Stabile, Alexis Arquette, Gordon Michael Woolvett, John Ritter, James Gallanders, Janet Kidder, Vince Corazza, Lawrence Dane, Michael Louis Johnson / Presupuesto: 25.000.000$


Los restos de Chucky descansan en el interior de una bolsa de basura en un almacén para pruebas de la policía. Un corrupto agente logra adueñarse de ellos con la intención de vendérselos a Tiffany, una antigua amante de Charles Lee Ray que sigue todavía enamorada de él. Lamentablemente, el agente no sabe que la mujer es también una asesina y, para su desgracia, muy letal. Una vez con el cuerpo de Chucky en su poder, Tiffany logra revivirlo con objeto de que éste acabe cumpliendo una promesa que le hizo antes de morir: contraer matrimonio con ella. Sin embargo, el recién resucitado muñeco tiene otros planes para decepción, y posterior enfado, de su exnovia. Es entonces cuando ella decide mantenerlo encerrado. Pero nuestro malévolo protagonista logrará asesinar a la chica y transferir su alma al cuerpo de una muñeca. De esta forma, sus destinos estarán ligados y tendrán que colaborar mutuamente para poder hacerse con un amuleto con el que podrán poseer nuevos cuerpos humanos y dejar atrás sus anatomías de goma.


Yo volveré, yo siempre regreso” (Chucky)

La segunda mitad de los noventa trajeron aires de renovación en lo que al género de terror se refiere. Sobre todo, un soplo de aire fresco en el denominado subgénero Slasher que trajo consigo una nueva etapa de popularidad del mismo. Su encorsetado esquema desarrollado y repetido hasta la saciedad durante la década anterior (y que tantos buenos ratos y beneficios habían dado) ya no funcionaba. Muchos de sus iconos (aquellos Freddys, Jasons o Michael Myers de turno) habían sucumbido a la decadencia producida por un continuo desgaste y las ideas poco afortunadas de sus responsables. Incluso el pequeño (pero no menos peligroso) Chucky, protagonista de su propia saga que comenzó con la seminal “Muñeco Diabólico” (Child’s play, Tom Holland, 1988), había prácticamente fenecido por ese reiterativo camino de las secuelas sin fortuna después de una tercera entrega que (dejando de lado polémicas del “Social Media” de la época) dejaba mucho que desear. Los tiempos y los gustos del espectador/consumidor medio de productos de horror habían cambiado y lo que antes daba miedo en aquellos aciagos momentos resultaba poco menos que ridículo. Además, las nuevas generaciones llegaban con fuerza para imponer sus filias y criterios. Los augurios no eran demasiado positivos precisamente hasta que…
La llegada a las carteleras de “Scream. Vigila quien llama” (Id, Wes Craven, 1996) fue la primera colaboración entre el advenedizo Terry Williamson y aquel que ya ayudó al terror a regenerarse anteriormente hasta en dos ocasiones, Wes Craven. Recordemos que Craven demostró en los setenta con su film “La última casa a la izquierda” (The Last House on the Left, Wes Craven, 1972) que no había límites, ni decencia, a la hora de mostrar en pantalla un terror y un sadismo que no precisamente podríamos encontrar en el gótico castillo transilvano de turno sino en nuestro propio vecindario. El mismo realizador, en los ochenta, reformuló la figura del “Boogieman” con la magnífica “Pesadilla en Elm Street” (A nightmare on Elm Street, Wes Craven, 1984) dotándolo de un componente explícitamente sobrenatural que acabó incorporándose al canon (y del que, por qué no decirlo, el propio Chucky se aprovecharía años después). Ya en los noventa, con la primera de las entregas del popular asesino en serie Ghostface, Craven y Williamson instauraban una “Nueva Era” para el Slasher, es decir, reinventaban de nuevo sus reglas en un ejercicio auto paródico, meta referencial y más acorde con el gusto y paladar del nuevo público. De esta forma, llegaron a los cines (y videoclubes) toda una suerte de productos de terror adolescente protagonizados por caras conocidas de la pequeña pantalla que intentaban seguir la estela del nuevo éxito del director de “Las Colinas tienen ojos” (The Hills Have Eyes, Wes Craven, 1977).

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Mientras que los estudios, las grandes “Majors” y los pequeños dedicados a la Serie B más desvergonzada, inundaban las salas de cine de nuevos aspirantes a ser el “Hombre del Saco” que, cuchillo o arma blanca en mano, despachaban sin remordimiento a nuevas generaciones de adolescentes anormales, Don Mancini (creador del “Estrangulador de LakeShore”, más conocido como Charles Lee Ray o Chucky) debió ver el momento de aprovechar la coyuntura y despertar del letargo a su popular criatura venida a menos tras una corta vida cinematográfica. En 1988 “Muñeco Diabólico” (Child’s Play, Tom Holland, 1988) vino a ser uno de los últimos aciertos del Slasher sobrenatural de la época presentando una nueva versión del “Boogieman” con una apariencia más amable, pero no por ello menos letal y terrorífica. Tras dos secuelas un tanto olvidables, el simpático juguete que albergaba el alma de un despiadado asesino parecía tener muchas papeletas para acabar en el olvido. Sin embargo, diez años después del estreno de la cinta seminal, su creador dejaba atrás el pasado y hacía, lo que coloquialmente se suele decir, “borrón y cuenta nueva”. Con “La Novia de Chucky” (Bride of Chucky, Ronny Yu, 1998) se intenta romper con todo lo anterior para mirar hacia el futuro. No hablamos de un “Reboot” propiamente dicho, sino más bien de un nuevo capítulo en la vida de nuestro poseído “Good Guy” favorito. El hecho de que la franquicia deje de titularse “Child’s Play” para adoptar la coletilla “of Chucky” ya es por sí mismo toda una declaración de intenciones.
La cuarta entrega de las aventuras de Chucky viene cargada de no pocas novedades. La acción comienza en un almacén de pruebas de la policía. Un agente, con nocturnidad y alevosía, se adentra en la estancia con objeto de sustraer (lo sabremos de primera mano pocos minutos después) los restos del monigote asesino más colorido de todos los tiempos. El hecho de que podamos ver, olvidados en un armario, objetos tan icónicos como la máscara de hockey de Jason Voorhees, así como también la de Michael Myers, el guante de cuchillas de Freddy Krueger o la motosierra del inefable CaraCuero de “La Matanza de Texas” (Texas Chainsaw Massacre, Tobe Hooper, 1974) es la primera evidencia del nuevo aspecto meta referencial que la franquicia del muñeco diabólico adoptará a partir de ahora. No será el único guiño a otros personajes icónicos que aparecerá en pantalla puesto que tendremos, entre otros, a una víctima que acabará con una cabeza llena de clavos al más puro estilo Pinhead de “Hellraiser: Los que traen al Infierno” (Hellraiser, Clive Barker, 1987) -con chascarrillo incluido para que lo pille incluso el espectador más despistado-, el parto de una criatura que recuerda al bebé deforme con severos instintos asesinos de la cinta del recientemente fallecido Larry Cohen “Estoy vivo” (It’s Alive, 1974) o el más que evidente intento de paralelismo con “La Novia de Frankenstein” (The Bride of Frankenstein, James Whale, 1935) al mostrar escenas de la Obra Maestra de James Whale en un televisor. Si el monstruo del “Moderno Prometeo” puede (o pretende) tener una novia, ¿por qué no Chucky? Algo así debió pasar por la cabeza de Don Mancini.

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Y así llegamos a otro de los elementos novedosos, como su propio título indica, de la cinta: la “Partenaire” de nuestro psicópata encerrado en un cuerpo de juguete, Tiffany, a quien pone rostro (y cuerpo) la actriz californiana Jennifer Tilly. Tilly fue una cara asidua en la ficción televisiva americana apareciendo esporádicamente en series clásicas de la pequeña pantalla como “Canción triste de Hill Street” (Hill Street Blues, 1981-1987), “Cheers” (Íd, 1982-1993) o “Luz de luna” (Moonlighting, 1985-1989), así como también en papeles secundarios en películas como “El hotel de los fantasmas” (High Spirits, Neil Jordan, 1988), “Loca Academia de conductores” (Moving Violations, Neal Israel, 1985) o “Los Fabulosos Baker Boys” (The Fabulous Baker Boys, Steve Kloves, 1989) así como su protagónico en la interesante “Lazos ardientes” (Bound, Lana Wachowski, Lilly Wachowski, 1996) de los antaño hermanos (ahora hermanas) Wachowski entre otros muchos trabajos de su dilatada carrera. En “La Novia de Chucky” (Bride of Chucky, Ronny Yu, 1998) la actriz nominada al Óscar por su interpretación en “Balas sobre Broadway” (Bullets Over Broadway, Woody Allen, 1994) se revelará como la antigua amante de Charles Lee Ray que, enamorada todavía del “Estrangulador de LakeShore”, conseguirá resucitar los restos de Chucky que el furtivo agente de la Ley antes mencionado le proporcionará. Tilly logrará que Charles vuelva al mundo de los vivos gracias a un libro de vudú para tontos (tal cual) y en la reconstrucción de su cuerpo, a ritmo del “Living Dead Girl” de Rob Zombie, dará a Chucky un nuevo aspecto. Una cabeza llena de horrendas y profundas cicatrices que acabarán convirtiéndose en el look más aceptado y recordado por el gran público (vida nueva, apariencia nueva). Así como su antigua pareja, comprobaremos de primera mano que la chica también sabe usar un cuchillo puesto que ese joven y corrupto policía acabará degollado por ella. Sin embargo, bajo su fachada “Vamp” y su instinto de depredadora sexual homicida se esconde un corazón romántico. Su motivación principal a la hora de querer devolver la vida a aquel que fuera su novio no es otra cosa que contraer las nupcias que presuntamente este le prometió antes de morir. Las burlas por parte de Chucky, una vez resucitado, al escuchar los planes de boda de Tiffany provocan un vuelco en la relación de ambos transformándola de esperanzada novia a despechada captora. Si no puede conseguir el amor del malvado muñeco, por lo menos lo humillará hasta el fin de sus días encerrándolo en un parque para bebés. Sin embargo, infravalorar la astucia de su expareja le saldrá caro. Chucky logrará escapar, asesinar a su captora y transferir su alma a otro cuerpo de juguete, el de una muñeca que ella le trajo con intención de mofarse de él. De esta forma, nuestro “psicokiller” de goma -no sabemos si involuntariamente o no- se creará para sí mismo a su propia “alma gemela”. Una muñeca viviente a la que los responsables de la cinta pondrán rápidamente en su boca la réplica oportuna a toda palabra y acto cometido por el pequeño pelele maldito. Y es de esta forma, que se crea una extraña pareja al más puro estilo de matrimonios mal avenidos en la ficción tipo “Los Roper” (George and Mildred, 1976-1979) o los Bundy de “Matrimonio con hijos” (Married… With Children, 1987-1997) donde las disputas conyugales y la voluntad de ridiculizar al contrario, cueste lo que cueste, estarán a la orden del día.

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El continuo de disputas y puyas entre ambos muñecos dará lugar a situaciones de verdadero humor negro que se convierten en la auténtica tónica de la cinta. Este nuevo capítulo en la vida de Chucky deja atrás el terror para adentrarse en la comedia más macabra e irreverente. Por cada acto de maldad del muñeco, su compañera de plástico tendrá un jocoso comentario con el que adornarlo. De esta manera, lo que aparentemente comienza de la manera más ortodoxa, es decir, lo que pensamos, como espectadores, que acabaría convirtiéndose en un Slasher más dentro de la franquicia acaba en una divertida “Road Movie” (lo cual no acaba resultando mala idea ya que al moverse y visitar otros escenarios dará pie a la consecución de nuevas víctimas) donde, además de romperse todas las reglas vigentes hasta el momento en el “Universo Child’s Play“, lo único que interesarán serán las peripecias de los dos muñecos en un viaje hacia un lugar que casi diría que tampoco importa demasiado. La cinta está a disposición de las continuas disputas entre Chucky y Tiffany, sus interacciones e incluso sus diálogos rápidos y mordaces en los que no faltarán alusiones auto paródicas a la saga (como aquella en la que ella le pregunta a él que si tiene pegado a la mano un cuchillo de grandes dimensiones o la respuesta de Chucky a sus respectivos estados muñequiles comentando que se necesitarían tres o cuatro secuelas para poder explicarlo).
El reparto humano (excepto la primera intervención de Jennifer Tilly, expresamente concebida para su lucimiento físico y contoneos de cadera) sencillamente no importa. Hay una subtrama, al más puro estilo “Romeo y Julieta”, donde una pareja de adolescentes se ve forzada a marchar de su pequeña ciudad porque el tío de la chica (interpretado por una cara familiar de la comedia televisiva como es el desaparecido John Ritter) no aprueba su relación. Ello no es más que la excusa ideal para que nuestros muñecos asesinos puedan ir a la tumba de Charles Lee Ray y conseguir el amuleto Damballa que podrá transferir sus almas a un cuerpo humano. Un momento, ¿amuleto? ¿Damballa? ¿Qué ha sido eso de que sólo se podía poseer el cuerpo del primer incauto al que se le había revelado la condición de monigote poseído? Pues parece otra regla canónica hasta el momento que se tira por el retrete. Lo bueno de esta decisión es que dejaremos de ver como Chucky acosa al Andy Barclay de turno o sucedáneo infantil y se le abre todo un mundo de posibilidades y cuerpos que poseer que, como he comentado antes, da igual. Lo realmente importante de la cinta no es la consecución de ese objetivo en forma de cuerpo humano, ni siquiera el de la pareja protagonista que importa más bien poco. Lo que interesa es la relación entre los muñecos. Sus disputas entre ellos, sus situaciones cómicas, sus asesinatos e incluso sus disfrutes y placeres. Referente a esto último, ello dará pie a una de los momentos más bizarros de la cinta que no será otro que la escena de sexo entre Tiffany y Chucky. Si la estampa, la sombra de ambos monigotes copulando, es el más claro ejemplo de lo grueso a lo que puede llegar el humor del filme, su chascarrillo complementario al preguntarle ella si tiene un preservativo no puede ser más descacharrante. “¡Espera, espera! ¿Tienes alguna goma?”. A lo que Chucky responde: “¿Qué si tengo alguna goma? ¡Tiff, mírame, soy todo de goma!”.

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Pero, por otra parte, no todo será romper con el pasado. Algunas cosas se mantienen. La voz de Chucky (en versión original) seguirá siendo la del actor Brad Dourif (que, por otro lado, nunca ha dejado tal labor). Incluso la animación de los muñecos es clásica. Salvo alguna animación por ordenador bastante evidente (los cristales que caen sobre una desgraciada pareja de ladrones -ella interpretada por Janet Kidder, sobrina de la también recientemente fallecida Margot Kidder- mientras retozan sobre una cama de agua en una suite de hotel), el resto es totalmente tradicional y muy bien ejecutado. Señalar que incluso en esas escenas en las que los monigotes son “gente pequeña” caracterizada como el muñeco sigue siendo el especialista Ed Gale el que se pone en la piel de Chucky. Gale ya fue “Muñeco Diabólico” en las anteriores entregas e incluso en 1986 fue el Pato Howard en “Howard, un nuevo héroe” (Howard, the Duck, Willard Huyck, 1986). Y hablando de reparto, pese a que como ya he comentado apenas importan y su finalidad dista mucho de ser algo más que carne de cañón para los verdaderos protagonistas, además del mencionado John Ritter (verdaderamente popular por su intervención en la serie “Apartamento para tres” [Three’s company, 1977-1984] o “Hooperman” [Íd, 1987-1989]), tenemos también a una joven Katherine Heigl (famosa por su papel en “Anatomía de Grey” [Grey’s Anatomy, 2005-2018] y comedias románticas posteriores como “Lío embarazoso” [Knocked Up, Judd Apatow, 2007] o “La Cruda realidad” [The Ugly Truth, Robert Luketic, 2009] entre otras innombrables producciones) y a un andrógino Alexis Arquette anticipando su posterior transexualidad con un look que lo asemeja a una versión gótico industrial de Mario Vaquerizo. Como curiosidad, su personaje se llama Damien Baylock. Una clara referencia cinéfila que hace alusión a “La Profecía” (The Omen, Richard Donner, 1976) ya que Damien era el nombre del niño/hijo del demonio y Baylock era el apellido de la niñera satánica.
En definitiva, “La Novia de Chucky” (Bride of Chucky, Ronny Yu, 1998) es la película que rompe el molde y muestra al mundo el gran carisma de su protagonista, por supuesto, Chucky. Dirigida por el posterior responsable de otra de esas cintas que, pese a ser lo que es, maravilla a legiones de fans del Slasher (servidor incluido) como es “Freddy contra Jason” (Freddy vs Jason, Ronny Yu, 2003), el hongkonés Ronny Yu (aunque en recientes declaraciones de sus productores, se afirma que Yu abandonó el proyecto y el montaje final es responsabilidad de Mancini), la cuarta entrega del muñeco diabólico más querido por el “Fandom” abandona el citado género Slasher para convertirse en una comedia negra totalmente desternillante. La saga se reinventa y el viraje hacia el humor le sienta como anillo al dedo. Auto parodia, chistes zafios, “slapstick” con tintes gore, relevo de odiosos infantes por adolescentes memos y un dúo protagonista de goma con un carisma y una química inigualable. En opinión de un servidor, pese a que la primera “Muñeco Diabólico” (Child’s Play, Tom Holland, 1988) tiene su “nosequé” especial, esta cuarta entrega es la mejor y la más disfrutable de toda la saga. Si muchos de nosotros consideramos que “La Novia de Frankenstein” (The Bride of Frankenstein, James Whale, 1935) es superior a “El Doctor Frankenstein” (Frankenstein, James Whale, 1931), este podría ser el mayor paralelismo entre la cinta de Whale con protagonismo de Elsa Lanchester y el filme que hoy tratamos: una secuela que mejora considerablemente el original. Una gamberrada desorbitadamente irreverente que logró duplicar su presupuesto de veinticinco millones de dólares en taquilla e insufló nueva vida a Charles Lee Ray… Y, ejem, a su familia.

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Un momento: la muerte de uno de sus protagonistas, accidentalmente atropellado de forma brutal por un autocar a toda velocidad no sólo es impactante, sino que inaugurará una nueva forma de morir dentro del terror adolescente de la época que veremos en posteriores filmes como “Destino Final” (Final Destination, James Wong, 2000). Aunque podemos encontrar precedentes de muertes similares, aunque de forma menos explícita y espectacular, en cintas como “Ghosthouse” (La Casa 3, 1988) falsa secuela italiana de “Posesión Infernal” (Evil Dead, Sam Raimi, 1981) dirigida con mucho oficio por Umberto Lenzi bajo su habitual seudónimo de Humphrey Humbert.

Una curiosidad: uno de los pósteres promocionales de la película rindió su pequeño homenaje a “Scream 2” (Íd, Wes Craven, 1997) en el que aparece la mitad del rostro ensombrecido de los dos muñecos protagonistas sobre un fondo negro a imagen y semejanza del de la cinta de Craven.

 

La caza sigue en las viñetas. Predator en los cómics.

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A modo de mini prólogo: este artículo respondía a un encargo en el cual dicho texto supuestamente aparecería dentro de un capítulo dedicado a los cómics de Depredador en un más que atractivo libro colectivo sobre el Universo Predator, pero del que no tengo noticia alguna de su futura publicación. Más bien todo lo contrario. Como dediqué un esfuerzo del que no he recibido feedback alguno y, por supuesto, varias horas de mi tiempo, me he decidido a corregirlo, retocarlo y añadir algunos datos más para poder compartirlo con vosotros, lectores de este blog, esperando que sea de vuestro agrado.


El éxito de “Aliens, el Regreso” (Aliens, 1986) de James Cameron no sólo encumbró la carrera del director canadiense, sino que también expandió la mitología de una de las especies alienígenas más hostiles de la historia del cine -y por ende de la ciencia ficción moderna-. En aras de convertirse en franquicia, el mundo de las viñetas se vio visitado por tan mortíferas criaturas con plenas intenciones de quedarse definitivamente en el seno de nuestro imaginario colectivo. Y es que hubo un tiempo en el que las adaptaciones al cómic de largometrajes y sagas de éxito, sobre todo de los más importantes títulos de la ciencia ficción más popular y mainstream, eran totalmente habituales. Incluso hubo algunas de ellas que ofrecieron al público nuevas e inéditas aventuras de sus personajes favoritos de la gran pantalla. Claro ejemplo de ello fueron las primeras publicaciones de la saga de “La Guerra de las Galaxias” (Star Wars: Episode IV – A New Hope, 1977de George Lucas por parte de “Marvel Comics” (salvando de la bancarrota a tan popular editorial), los nuevos desencuentros entre humanos y simios en “El Planeta de los Simios” (Planet of the Apes, Franklin J. Schaffner, 1968) o las aventuras del USS Enterprise de “Star Trek” (Gene Roddenberry, 1966-1969) que editó la “Distinguida Competencia” durante las décadas de los 80 y 90. Así que nada extraño había en el hecho de trasladar las aventuras de nuestros xenomorfos favoritos al bidimensional medio del cómic. Salvo que, en esta ocasión, no fue una de las grandes editoriales norteamericanas – las sempiternas “Marvel Comics” o “DC Comics”- la que se hizo con los derechos de la licencia de “Aliens”, sino que una independiente, “Dark Horse Comics”, tomó la iniciativa en dicha empresa. Una decisión con la que se llamó la atención del “fandom” de forma muy significativa. Es así como, a modo de continuación del film de Cameron, el guionista Mark Verheiden y el ilustrador Mark A. Nelson, continuaron las (des)aventuras del malogrado Cabo Hicks y la -ya no tan- pequeña Newt en una serie, de pocas entregas, que retomaba la acción varios años después de su huida de Acheron. Comenzando su publicación a partir del año 1988, se consolidó como una de las colecciones de cómics que, como era de esperar, tuvo el favor de su público y, por consiguiente, continuidad en el medio. Además de prorrogar su existencia en el catálogo de la editorial del “Caballo Oscuro” (que no del Caballero), atendiendo siempre a sus buenos resultados.

Predator: The Original Comics Series--Concrete Jungle and Other

No es de extrañar que, debido a ello, la editorial fundada por Mike Richardson y Randy Stradley -una editorial con una férrea declaración de principios donde, entre otras cosas, la voluntad de diferenciarse de los estándares comerciales más convencionales siempre ha estado bajo su punto de mira- buscase otra licencia parecida con la que repetir un acierto similar al conseguido con las salvajes criaturas biomecánicas salidas de la mente de Dan O’Bannon y H.R. Giger. Hemos de situarnos también en una época donde, a diferencia de como ocurre en la actualidad, mientras el público solía estar hambriento de más historias -ya fuera en forma de secuelas, novelas o artículos con más información en cualquier publicación escrita acerca de sus licencias favoritas-, la cruda realidad hacía que la oferta por parte de sus responsables fuera prácticamente limitada o nula. Es difícil recordar la sequía de aquellos tiempos -tiempos en donde no teníamos ni internet ni redes sociales- en total confrontación a la actual saturación contemporánea. Así que poco o nada sorpresivo podemos considerar el éxito de dichas nuevas aventuras de los “Aliens” en el denominado arte secuencial. Sobre todo, cuando el aficionado común se había quedado con ganas de más “marcha” al presentarse en pantalla los títulos de crédito finales del filme del canadiense director de “Mentiras arriesgadas” (True Lies, James Cameron, 1994). Por eso es totalmente lógico el paso que dio “Dark Horse Comics” al hacerse con otra -la siguiente de una larga lista- licencia audiovisual que con buen sabor de boca había dejado a los amantes del cine de acción y la ciencia ficción: “Predator“.

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El film de John McTiernan, “Depredador” (Predator, John McTiernan, 1987) se convirtió en uno de los “Sleepers” de aquel año 1987 -muy prolífico en lo que a iconos del género fantástico se refiere si sumamos también el estreno de “Robocop” (Íd, Paul Verhoeven, 1987)- lanzando positivamente varias carreras de sus implicados a la vez. Fue una cinta que cambió sustancialmente la vida laboral de McTiernan, así como la del actor Arnold Schwarzenegger. Los desconocidos hasta el momento hermanos Thomas, guionistas de la cinta, también pudieron meter la “patita” en Hollywood. Por otro lado, el creador y supervisor de los efectos especiales de la película, Stan Winston, ya había cosechado cierto prestigio en el sector al ser la persona responsable -prácticamente podríamos denominarlo “padre”- de los diseños del endoesqueleto del ciborg T-800 del indispensable filme “The Terminator” (Íd, James Cameron, 1984) y, fundamentalmente, encargarse de que la famosa “Reina Alien” de la secuela de la cinta de Ridley Scott -“Alien, el Octavo Pasajero” (Alien, Ridley Scott, 1979)-  pareciera tan real que pudiera meternos el miedo en el cuerpo. Todo eso y mucho más entre una infinidad de proezas técnicas por parte de este Maestro de los efectos especiales de las que no vamos a extendernos ahora, aunque nos gustaría. Lo que sí es cierto es que su criatura, su “Depredador”, logró sorprender a propios y extraños convirtiéndolo en un icono más que sumar a su marcador -y menudo marcador el del Señor Winston-. Fueron tantos los aciertos en dicho filme que no sólo dignificó el género, sino que dejó al aficionado ansioso por verse de nuevo cara a cara con aquel peligroso y gigantesco ser del espacio exterior capaz de bajarle los humos al mismísimo Schwarzenegger. Una vez más el denominado Noveno Arte y la editorial “Dark Horse Comics” acogieron a todos aquellos “huérfanos” para ofrecerles una nueva mirada al Universo del “Predator”.

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Una de las primeras maniobras comerciales de la editorial fue la de publicar de forma serializada en la revista “Dark Horse Presents“, concretamente en sus números 34, 35 y 36, el primer encuentro entre ambas licencias suponiendo un éxito considerable. En 1989 aparecía en el mercado estadounidense -en nuestro país sería un poco más tarde ya que no desembarcaría hasta 1991- el número uno de la primera de las muchas miniseries publicadas de “Depredador” en solitario, titulada “Predator”, más tarde conocida como “Predator: Concrete Jungle”, con la que se daba el pistoletazo de salida a una longeva vida editorial caracterizada por estar compuesta de numerosas historias aperiódicas de corte auto conclusivo, ya sea en forma de “One-Shots”, historias de complemento en especiales colectivos -en la citada “Dark Horse presents” donde se daba a conocer, mediante pequeñas muestras, colecciones o personajes de la casa- o en las ya citadas miniseries -con extensiones comprendidas entre dos y cinco entregas cada una-. Tramas, en su gran mayoría, centradas en los muy variados encuentros entre los seres humanos y los Yautjas -nombre con el que se conoce a estos cazadores venidos de otro mundo- a lo largo de nuestra historia. Ficciones en las cuales suele primar el punto de vista del hombre al narrar como los depredadores, ya sea en solitario o en pequeños grupos o facciones, actúan como peligrosos y mortíferos antagonistas. Sus visitas a la Tierra, siempre envueltas en un misterio que casi siempre queda sin desvelar, acabarán causando estragos tanto en grandes ciudades, entornos selváticos o parajes desérticos. Siempre causando el terror entre sus presas humanas. A diferencia de sus “hermanos editoriales” procedentes de Acheron, suelen ser relatos ambientados en el presente o pasado -rara vez en el futuro- y donde la acción prácticamente se impone a la ciencia ficción.

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Tal y como en la cinta seminal de McTiernan, altas dosis de acción y violencia serán el “Leitmotiv” con el que los diferentes equipos creativos -que conforman la realidad “comiquera” de los Yautjas– han saciado durante su periplo editorial a los incondicionales fans de “Depredador”. Y eso es un aspecto curioso a resaltar, sobre todo en los primeros productos ofrecidos por “Dark Horse Comics”, si atendemos al coetáneo panorama del cómic comercial estadounidense -sobre todo protagonizado por los superhéroes- de aquellos tiempos. Bien es cierto que, a finales de los ochenta, la cara más oscura de los justicieros enmascarados y los meta-humanos en pijama había salido a la palestra -como consecuencia directa de obras magnas como el “Watchmen” de Alan Moore y Dave Gibbons o el del “Dark Knight Returns” de Frank Miller-, pero siempre en forma de mala imitación desde un punto de vista formal y gráfico y con un tipo de violencia lo suficientemente suavizada como para pasarla por el tubo del extinto “Comic Code” americano. Salvo excepciones muy contadas, la política de estas grandes “Majors” del cómic se tornaba en censura. Y el cómic en un producto que básicamente se consideraba destinado a un público infantil/juvenil. Algo de lo que parece que se libran las publicaciones de “Dark Horse Comics”. Lo explícito de la violencia en los cómics de “Depredador” -incluso en los “tebeos” de los “Aliens”-, su exceso e intensidad, llama la atención -para el beneplácito de un aficionado suponemos adulto- en un producto con claras pretensiones mainstream en medio de un mercado saturado por publicaciones protagonizadas por los personajes dotados con súper poderes para hacer el bien dibujados en sus portadas. No con ello quiero decir que los cómics de “Predator” -o por extensión, “Aliens”- llegaran para competir con “nuestro amistoso y vecino Spiderman” o “el último superviviente del Planeta Krypton”, ya que es evidente que participaban en ligas distintas. Pero tampoco se denota un interés por rivalizar con, en aquel momento en pañales, el cómic más comercial de carácter más adulto. Todo lo contrario, da la sensación de que se buscaba un nicho de mercado propio. El target de “Predator” se presupone que está compuesto evidentemente por individuos con la mayoría de edad cumplida o lo suficientemente mayores como para haber disfrutado viendo a Kevin Peter Hall aporreando al Mayor Dutch con ganas de disfrutar de un relato violento, con pleno protagonismo de la acción, en el que se expandiera la historia de los protagonistas de sus filmes favoritos. Lo que sí asemeja la producción “comiquera” de los Yautjas a la de los superhéroes para “niños” – a la vez que la aleja de las pretensiones de carácter más autoral de publicaciones adultas como el “Concrete” de Paul Chadwick que paralelamente publicaba “Dark Horse Comics”, el onírico “Sandman” de Neil Gaiman de “DC Comics” o la reivindicación paródica del “Marshal Law” de Pat Mills que publicaba en el sello “Epic” de “Marvel Comics”- es su objetivo de entretener sin complejo alguno. Algunas de las miniseries son de calidad notable -otras, muchas, no tanto-, pero nunca abandonan esa clara voluntad de hacer pasar un buen rato al incondicional fan de la figura del Yautja.

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Predator: Concrete Jungle” hace gala de todas las características antes comentadas y que acabarán convirtiéndose mayoritariamente en el canon consuetudinario a seguir por todos aquellos que vendrán después. Mark Verheiden, quien solo un año antes también tomaba las riendas del desembarco de los xenomorfos en las viñetas, es uno de esos escritores polifacéticos que también ha hecho sus pinitos en el cine y la televisión. Suya es la responsabilidad de los guiones de filmes como “La Máscara” (The Mask, Charles Russell, 1994) -adaptación a la gran pantalla de un personaje de cómic también publicado por “Dark Horse Comics“- o “Timecop” (Íd, Peter Hyams, 1994) -historia basada en la miniserie homónima publicada por la misma editorial-. Considerado como uno de los autores más prolíficos en el seno de la casa del “Caballo Oscuro”, resulta totalmente coherente su elección a la hora de romper el hielo escribiendo las nuevas historias de “Predator” en el cómic. Tarea que, por supuesto, repetirá y desarrollará en el futuro. El guionista tomará varias decisiones que, tiempo después y vistas con la perspectiva que sólo ofrece el tiempo, se tornarán importantes en la posterior producción de la franquicia. Tenemos que pensar que estos cómics se publicaron un año antes de la primera -e injustamente infravalorada- secuela del film de McTiernan y, así como ocurría con la primera miniserie de los “Aliens”, Verheiden opta por convertir su relato en una clara continuación de la película, pero trasladando la acción a otro escenario. Esta vez la frondosa selva centroamericana le pasará el testigo a una ciudad de Nueva York sofocada por una intensa ola de calor. Si las altas temperaturas no fueran suficiente, una misteriosa criatura campará a sus anchas por la “Jungla de Asfalto” asesinando brutalmente a bandas criminales rivales. En escena entrarán el Detective Schaefer -hermano, prácticamente gemelo, del Mayor Alan “Dutch” Schaefer interpretado por Arnold Schwarzenegger- acompañado por su compañero Rasche. Ambos acabarán envueltos en una trama que los enfrentará tanto a mafiosos como agencias gubernamentales y militares – se recupera también al personaje del General Phillips de “Depredador” (Predator, John McTiernan, 1987) dirigiendo aquí a un comando clandestino antiYautja– en un enfrentamiento a tres bandas al que habrá que añadir un conato de invasión por parte de los depredadores. Todo ello narrado gráficamente por un soberbio Chris Warner -otra de las figuras habituales de la casa y creador, entre otras cosas, de personajes para “Dark Horse Comics” como Ghost o Barb Wire– que no escamotea en su derroche de violencia explícita y la espectacularidad de sus dibujos como si de un veraniego “Blockbuster” se tratase.

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Esta primera historia de “Predator” será de vital importancia en el devenir de los acontecimientos posteriores. Pese a que los “padres” de la criatura, los hermanos Jim y John Thomas, han manifestado en más de una ocasión, en declaraciones y diversas entrevistas, que siempre tuvieron en mente la “idea” de una secuela para “Depredador” (Predator, John McTiernan, 1987), lo cierto es que la buena acogida de estos cómics -más el éxito del primer cruce entre “Aliens” y “Depredadores”- fue fundamental a la hora de dar luz verde a una nueva entrega fílmica de nuestros cazadores favoritos. Y la cosa no queda solamente ahí, ya que hay muchas similitudes argumentales y situaciones comunes que ya se anticipan en esta primera miniserie de Mark Verheiden y que podremos ver en el posterior film dirigido por Stephen Hopkins. Entre ellos el enfoque urbano de la historia, trasladando la acción a otro tipo de “jungla” más amplia -pero también claustrofóbica- presa de una agobiante ola de calor, el uso exacerbado de la violencia, el protagonismo de un rudo policía capaz de hacer frente a las criaturas, las guerras de bandas criminales, la existencia de una agencia federal que ya tiene conocimiento de la existencia de los alienígenas o la aparición de más de uno de los depredadores. Gracias a todo el Universo Expandido de la mitología de los Yautjas – creado e ideado gracias a novelas, cómics y videojuegos- sabemos que son una especie cuya sociedad, con su propia estructura, tiene un particular sentido y código de honor y una preferencia por la caza de otros seres con objeto de coleccionar sus cráneos o espinas dorsales. En el momento que estamos tratando, 1989, sólo conocíamos a uno de ellos, el aparecido en el film de McTiernan, pero en el cómic ya se nos presentan variedad de ellos actuando en grupo, ataviados con una temprana y limitada diversidad de pertrechos o recogiendo a sus caídos en batalla para honrar sus restos. Ideas que, sin lugar a dudas, se tomaron prestadas a la hora de encauzar el filme protagonizado por Danny Glover. E ideas que se repetirán a lo largo de sucesivas y posteriores entregas en cómics donde podremos ser testigos de la evolución de sus diseños, de sus distintas razas, diferentes armaduras o la variedad de su armamento.

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Los tibios resultados de taquilla de “Depredador 2” (Predator 2, Stephen Hopkins, 1990) dieron al traste con las intenciones de sus responsables de continuar con la saga cinematográfica a corto plazo -algo que a un servidor le parece poco menos que incomprensible ya que la cinta se revela como un auténtico espectáculo visual lleno de acción que funciona a todos los niveles-. Lo contrario ocurrió con sus homólogos del mundo de los “tebeos”. Tanto “Concrete Jungle” como la primera miniserie que dio comienzo a otra de las líneas de producto de “Dark Horse Comics” que unía los destinos de sus recién adquiridas licencias audiovisuales, es decir, “Aliens vs Predator” (con Chris Warner de nuevo encargado de la parte artística), recibieron un gran recibimiento por parte de los fans más incondicionales de ambas franquicias. Contribuyendo ello a que, por un lado, nuestros “amigos” los Yautjas siguieran visitándonos periódicamente en solitario o en grupo -en forma de series limitadas o pequeñas historias publicadas aperiódicamente- y que, por el otro, compartieran universo de ficción con nuestros xenomorfos favoritos. Durante la década de los noventa, los depredadores se vieron las caras más de una vez con las feroces criaturas salidas de la imaginación de Dan O’Bannon, además de visitar otros “mundos de ficción” de editoriales rivales del panorama “comiquero” del otro lado del Atlántico. Entre ellas, podemos destacar su visita a la oscura Gotham City -donde uno de ellos puso entre las cuerdas al mismísimo Batman-, su encontronazo con el Juez Dredd de Mega City One o su duelo contra el famoso personaje salido de la pluma de Edgar Rice Burroughs, Tarzán, ente otros de lo más variopintos. Resulta curioso que nunca -ni ellos, ni los “Aliens”- lo hayan hecho con un personaje de “Marvel Comics”. Ni lo han hecho, ni se les espera.

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En lo referente a sus aventuras en solitario -o cuya “marca” sea “Predator” a secas- “Dark Horse Comics” publicó de manera continuada prácticamente hasta finales de los 90, momento en el cual sus responsables decidieron hacer un parón debido a las malas ventas tanto de ésta y como del resto de líneas relacionadas (“Aliens vs Predator” y “Aliens”). “Predator: Xenogenesis” -enmarcada en un evento denominado “Xenogenesis” que se interconectaba con otras sendas publicaciones de “Aliens” y “Aliens vs Predator” en un intento de salirse de la estética habitual y subirse al tren de los “crossovers” y del “boom” de la “Image Comics” anterior a la llegada de Eric Stephenson- fue la miniserie que supuso punto y aparte de diez años en la línea de cómics de “Depredador”. Mencionar que este largo “descanso” fue precedido por otro menor, de dos años de duración aproximadamente, tras la publicación en 1994 del especial “Predator: Invaders From the Fourth Dimension” -una curiosa historia que conjuga la acción típica del relato Yautja y la “Serie B”  de invasiones alienígenas de los años 50 contándonos la historia de un chaval que puede ver a un depredador cuando se pones unas gafas 3D de cartón y que, como es de prever, nadie le cree-.

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Por otro lado, cabe resaltar que en esta primera etapa comprendida entre 1989 y 1999, “Dark Horse Comics” sacó al mercado, ya fuera en formato de series de corta duración o historias de complemento en especiales colectivos, una treintena de arcos argumentales donde se hacía patente la existencia de un patrón a seguir por los diferentes equipos creativos. Un camino establecido y trazado, quizá limitado por la simpleza de su concepto original, que apenas se sale del guion marcado por las películas. Los cómics de “Depredador” tienen como común denominador ese encorsetado esquema del cazador que llega a nuestro mundo con el objetivo de hacerse con cuantas más presas mejor sin el mayor interés de mostrar indicios de originalidad de lo más allá relatado en los filmes. Las variaciones en los relatos suelen ser más bien sutiles y en su mayoría se limitan a variar la localización de la acción -aunque los entornos naturales suelen contar con la predilección de sus responsables-, el periodo histórico en el que se enmarca el relato o a mostrarnos diferentes tipos razas de Yautjas -ya sea cazando humanos en solitario o compitiendo entre ellos-. Bien es cierto que algunas de estas narraciones intentan expandir, continuar o explicar conceptos o situaciones expuestas en los largometrajes. Ese mismo es el caso de las ficciones creadas por Mark Verheiden, siendo uno de los más destacados, que escribió varias de ellas incluyendo su trilogía de historias protagonizadas por el Detective Shaefer –“Predator: Concrete Jungle”, “Predator: Cold War” y “Predator: Dark River”- en su búsqueda de respuestas sobre el destino y paradero de su hermano, Dutch, y que conectaba directamente con el primer “Depredador” (Predator, John McTiernan, 1987). Pequeñas historias como “Predator: 1718” -guionizada por Henry Gilroy e ilustrada por Igor Kordey que se publicó en 1996 en la primera entrega de la antología “A Decade of Dark Horse”- tomaba como excusa el arma del s. XVIII que Greyback , líder la partida de caza de Los Ángeles, entregaba, en señal de respeto por derrotar a uno de los suyos en una pelea justa, a Mike Hartigan en “Depredador 2” (Predator 2, Stephen Hopkins, 1990) para relatarnos cómo llegó a manos de los depredadores dicho trofeo. Otro de los aspectos recurrentes dentro de estas historias es la aparición tanto del ejército como de organismos gubernamentales que siguen desde tiempo atrás la pista de los Yautjas. Muchas veces con la intención de dar captura a uno de ellos. Si en el film de 1990 teníamos al operativo, bajo las siglas OWLT –“Other World Lifeforms Taskforce”- comandado por el agente especial Peter Keyes (interpretado por el carismático Gary Busey), en los cómics veremos agencias parecidas o grupos de trabajo derivadas directamente de ellas. El General Phillips de la primera entrega cinematográfica también será recuperado en algunas de estas historias como podemos ver en la “Trilogía de Shaefer” antes mencionada. A agentes de operaciones encubiertas los encontraremos en títulos como “Predator: Homeworld” o “Predator: Bad Blood”. Precisamente en esta última, y a modo de otra muestra de la palpable retroalimentación entre las viñetas y el celuloide, podremos ver a un representante de la raza de los “Mala Sangre” -aquellos Yautjas que violan el código de honor de su especie y son despreciados por los suyos- que también harán acto de presencia posteriormente en el film “Predators” (Íd, Nimród Antal, 2010).

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Los primeros cómics de “Depredador” -así como los de “Aliens” y “Aliens vs Predator”- demostraron ser un gran éxito en el mercado americano atrayendo a multitud de fans a su peculiar universo. Sin embargo, en Europa era algo más complicado -en aquellos finales de los ochenta y principios de los noventa- adquirir dicho material. Con mucha suerte podías hacerte con material de importación en establecimientos especializados -con el costoso dispendio económico que ello conlleva- si tu ciudad contaba con alguno. Es por ello que varios editores europeos buscaron el modo de cambiar esta situación asegurándose los derechos correspondientes para poder publicar dichas líneas de producción de “Dark Horse Comics” en sus respectivos países. Esto dio lugar a revistas antológicas como “Aliens” o “Total Carnage” -ésta dedicada a mostrar algunas de las historias más violentas del catálogo de “Dark Horse Comics”-en el Reino Unido, por ejemplo, donde se editaban, de forma serializada, las series limitadas más populares tanto de los xenomorfos como de los depredadores -así como su colección conjunta “Aliens vs Predator”-. En nuestro país ha sido “Norma Editorial” la encargada de traernos las aventuras de “Depredador” y traducirlas a la lengua de Cervantes. Sin embargo, tras un comienzo prometedor, la editorial catalana dejaría mucho del material inédito. En 1991 sacaba al mercado “Predator: Concrete Jungle” con el título de “Depredador: serie Nostromo” -título que también dio a la primera de las miniseries de “Aliens”- constando de las cuatro entregas USA en formato “grapa” dentro de su línea “Comic Books Norma” (línea donde también se publicó el material de “Aliens”, así como el de la franquicia “Terminator” o grandes clásicos del Noveno Arte como el “The Spirit” de Will Eisner, el Universo Expandido de “Star Wars” o  el “Black Kiss” de Howard Chaykyn) entre gran cantidad de títulos de gran empaque. Más tarde le siguieron, en el mismo formato y por orden de aparición, las series limitadas “Predator 2” -adaptación del filme homónimo-, “Predator: Big Game”, “Predator: Guerra Fría”, “Predator: Arenas Sangrientas” y “Predator: Race War”, para dejar, a partir de aquí, inéditas el resto de publicaciones hasta la miniserie “Xenogenesis” incluida -evento del cual sólo publicó la correspondiente a la serie de “Aliens vs Predator”- centrándose en las líneas -suponemos que más rentables- de “Aliens” y “Aliens vs Predator”, además de algún crossover como el de Tarzán o el de Magnus Robot Fighter. La última historia de “Depredador” publicada por Norma en esta primera etapa fue “El Oro del Demonio”. Un pequeño relato con mucho empaque de varias páginas incluido en el especial “Dark Horse Presenta” nº1 que recopilaba historietas de varios autores de la editorial del “Caballo Oscuro”. Escrito por Ron Marz e increíblemente dibujado por el italiano Claudio Castellini, la acción transcurre en tiempos de la II Guerra Mundial y que cuenta como un comandante nazi localiza el escondite que alberga el oro de los Incas sólo para descubrir al momento que el tesoro lo custodia un peligroso guardián del planeta Yautja Prime. Y ahí es donde se quedó la serie “Depredador” -siempre atendiendo a sus ficciones en solitario- en nuestro país en 1998. El aficionado español a las aventuras de los Yautjas que se sienta interesado por todo ese material inédito siempre podrá acudir al mercado de importación donde, entre varias reediciones, podrá encontrar cuatro tomos “Omnibus” publicados por “Dark Horse Comics” en los cuales se contiene la práctica totalidad de las historias de “Predator” de esta etapa. Muy recomendable recomendación, valga la redundancia.

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Durante los siguientes diez años de ausencia de la línea de cómics de los depredadores en solitario -en los cuales las únicas aventuras publicadas de los yautjas se centraban en sus cruces con personajes de otras editoriales- “Dark Horse Comics” tampoco produjo historias de los “Aliens”. Con motivo del vigésimo aniversario de “Predator: Cocrete Jungle” y con la última entrega estrenada en la gran pantalla en el punto de mira (“Predators” [Íd, Nimród Antal, 2010 ), “Dark Horse Comics” retomó la franquicia con una miniserie de cuatro números titulada “Predator” (Posteriormente “Predator: Prey to the Heavens”) y un especial en forma de precuela para el “Free comic-book day” con todo ya un veterano, y conocedor del “Universo de los Yautja”, John Arcudi al timón (sólo un mes antes publicaba también el primer número del relanzamiento de los “Aliens”, “Aliens: Más que humanos”). Arcudi había firmado mucho tiempo atrás una de las mejores historias en cómic de “Depredador”, “Predator: Big Game” -donde el Cabo Enoch Nakai, un joven nativo americano -al que también pudimos ver en “Predator: Blood on Two-Witch Mesa”- que ha  renunciado a todo – su estilo de vida tradicional, su familia y tal vez incluso sus principios- para llevar una carrera militar se enfrenta a los depredadores en, quizás, unas de las mejores series limitadas de la línea “Predator”. En esta nueva historia, el autor toma la decisión de volver a los orígenes, es decir, a un entorno real, a un conflicto bélico en un país subdesarrollado en un incierto tiempo presente o en un futuro no muy lejano. El mejor “Coto de caza” para que los “predators” puedan cazar a los mejores, más fuertes y violentos especímenes de nuestra especie. Un relato que se adelantará al film de Nímrod Antal al meter a un grupo de hombres peligrosos y bien armados entre medias de un conflicto de dos clanes distintos de depredadores. Con motivo del nuevo film, “Dark Horse Comics” sacó también una serie de cómics relacionados con el largometraje – “Predators: Welcome to the Jungle”, “Predators: a predatory life”, “Predators: Beating the Bullet” y “Predators: Preserve the Game”- ya fuera a modo de precuela o de adaptación del mismo.

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No sería disparatado pensar que el relativo “fracaso” del filme producido por Robert Rodríguez fuera el causante de que los cómics de “Depredador” sufrieran un nuevo parón hasta que “Dark Horse Comics” decidiera volver a sacarlos del armario. Esta vez a modo de grandes eventos con el resto de líneas -las ya conocidas “Aliens” y “Aliens vs Predator”, a la que sumar la recién incorporada “Prometheus”. Esta vez los responsables de la editorial del “Caballo Oscuro” parecen decididos a ampliar la mitología de sus franquicias enfrentándolas a todas entre sí con la intención de relanzarlas para que puedan brillar como antaño. Los eventos “Fire and Stone” y “Life and Death” nada tienen que envidiar a los mejores momentos de su vida editorial contando con equipos creativos de auténtico lujo con autores de la talla de Joshua Williamson, Paul Tobin, Dan Abnett, Juan Ferreyra o Ariel Olivetti. En lo referente a las miniseries de “Depredador” de ambas mega-narraciones, sus responsables optan por un tono de western crepuscular intergaláctico que lo aleja del encorsetado esquema ya mencionado del “cazador que llega del espacio para hacerse con cuantos más trofeos mejor”. Otra vuelta de tuerca a dicho concepto lo podemos ver en las últimas entregas del Universo Yautja que suponen la vuelta a la franquicia de uno de sus impulsores creativos. Chris Warner, quien dibujó varias de las miniseries originales – concretamente la “Concrete Jungle”, el primer “Aliens vs Predator” e infinidad de portadas e ilustraciones de nuestros predadores estelares favoritos- vuelve, esta vez como guionista, en las miniseries “Predator: Hunters” y “Predator: Hunters II”, Ahora los depredadores dejarán de ser los cazadores para convertirse en presas de una agencia secreta gubernamental que les sigue la pista. Además, Warner apuesta por mirar al pasado y recuperar a algunos de los personajes presentados durante la década de los noventa -protagonistas en, al menos dos de ellas, quizás de las publicaciones más sangrientas, violentas y explícitas de toda la bibliografía Yautja en solitario- como el mencionado Cabo Enoch Nakai (“Predator: Big Game” y “Predator: Blood on Two-Witch Mesa”), Mandy Graves (única superviviente del equipo de operaciones encubiertas que rastreó y luchó contra el “Mala Sangre” en “Predator: Bad Blood” y Jaya Soames (la bisnieta del Capitán Edward Soames que apareció en “Predador: Némesis” – una curiosa historia en tiempos de Jack el Destripador en la Inglaterra victoriana). La nota curiosa en ambas series limitadas la ponen las portadas. Muy distintas a las habituales de la línea, encontramos distintas variantes de los depredadores y en la que en alguna de ellas podemos incluso ver miembros femeninos de la especie Yautja.

Sin duda alguna, podemos considerar esta segunda etapa en las publicaciones de “Depredador” como la más interesante al intentar salirse del guion establecido y que, lenta y repetitivamente, agotó la fórmula causando que muchos lectores se cansaran de las aventuras de los Yautjas en solitario. No sabría decir si el nuevo film de Shane Black (“The Predator” [Íd, Shane Black, 2018]) ha suscitado el suficiente interés en el “fandom” como para relanzar la saga cinematográfica y, por extensión, prorrogar la aparición de más cómics de “Depredador” en el mercado ya que ha generado opiniones muy confrontadas entre los aficionados. Afortunadamente para el público español, podemos encontrar publicado y traducido gran parte de este último tramo de la vida editorial de “Predator”. “Aleta Ediciones” se hizo momentáneamente con los derechos de la franquicia y cualquier fan puede encontrar su “Depredador: Ruega a los Cielos” con relativa facilidad. Al mismo tiempo que la pequeña editorial lanzaba dicha miniserie, editó también “Aliens: Más que humanos”, que venía a sacar del ostracismo editorial a los xenoformos de Acheron. En cuanto a los eventos “Fire and Stone” y “Life and Death”, “Norma Editorial” recuperó todas las licencias para su catálogo y -a fecha de hoy- se encuentra inmersa en su publicación dejando sin publicar, de momento, las series “Predator: Hunters” y “Predator: Hunters II”. Los cómics relacionados con el film de Nímrod Antal podemos añadirlos también al grueso de publicaciones que todavía permanecen inéditas en nuestro país.

Depredador publicado en España

Como se ha anotado, la vida editorial de los “Predators” ha sido dilatada desde principios de los noventa. Aunque en nuestro país se ha quedado inédito mucho de ese material, “Norma Editorial“, principalmente, y, en menor medida, “Aleta Ediciones” han sido editoriales encargadas de publicar en castellano las cacerías de los “Depredadores” en solitario en el mundo de las viñetas (es decir, todo ello dejando de lado todos los cruces con los “Aliens” y populares personajes de otras editoriales). A continuación enumeraremos aquellas historias y miniseries que sí se editaron en España. Mucho de este material está descatalogado y requiere de un cierto trabajo de “arqueología” poder encontrarlo y adquirirlo ya que desconocemos si será reeditado en un futuro.

Predator: Serie Nostromo. Publicada en 1991 por “Norma Editorial” contiene los cuatro números en formato grapa de la miniserie Predator (más tarde conocida como Predator: Concrete Jungle) publicada en 1989 por “Dark Horse Comics“. Guión de Mark Verheiden y dibujos de Chris Warner.

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Predator 2. Adaptación al cómic del film homónimo de Stephen Hopkins publicada en 1991 por “Norma Editorial” contiene los dos números en formato grapa de la miniserie de “Dark Horse Comics“. Guión de Franz Henkel, dibujos de Dan Barry y tintas de Randy Emberlin.

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Predator: Big Game. Publicada entre 1992 y 1993 por “Norma Editorial” contiene los cuatro números en formato grapa de la miniserie Predator: Big Game publicada en 1991 por “Dark Horse Comics“. Fue también recopilada en el año 2000 por la editorial patria en un tomo en rústica de la serie “Comic Books USA“, concretamente en su tercera entrega. Guión de John Arcudi y dibujos de Evan Dorkin.

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Predator: Arenas Sangrientas. Publicada en 1993 por “Norma Editorial” contiene los dos números en formato grapa de la miniserie Predator: The Bloody Sands of Time publicada en 1992 por “Dark Horse Comics“. Guión de Dan Barry y dibujos de Chris Warner y Dan Barry.

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Predator: Guerra Fría. Publicada entre 1993 y 1994 por “Norma Editorial” contiene los cuatro números de la miniserie Predator: Cold War publicada en 1991 por “Dark Horse Comics“. Guión de Mark Verheiden y dibujos de Chris Warner.

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Predator: Race War. Publicada en 1995 por “Norma Editorial” contiene los cinco números en formato grapa de la miniserie Predator: Race War publicada en 1993 por “Dark Horse Comics“. Guión de Andrew Vachss y Randy Stradley y dibujos de Jordan Raskin y Lauchland Pelle.

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Predator: El Oro del Demonio. Historia corta publicada en el magazine americano “Dark Horse Presents“, publicación en la que se recopilaban historias de varias de las series y personajes de la editorial americana. En el año 2000, “Norma Editorial” publicó un especial el que se contenía este pequeño relato, Predator: Demon’s Gold, aparecido originalmente en el número 137 de “Dark Horse Presents” de 1998, con guión de Ron Marz y dibujos de Claudio Castellini.

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Depredador: Ruega a los cielos. Después de un impás de diez años, en 2009 “Dark Horse Comics” retomó la franquicia con una miniserie de cuatro números titulada “Predator”, posteriormente “Predator: Prey to the Heavens”, más un especial en forma de precuela para el “Free comic-book day” con todo un veterano, y conocedor del Universo Yautja, comoJohn Arcudi a los guiones. De la parte gráfica se encargó Javier Saltares. “Aleta Ediciones” fue la editorial encargada de publicarlo en 2014. La miniserie fue recopilada en un tomo cartoné.

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Depredador: Fuego y Piedra. El evento “Fuego y Piedra” supuso un gran crossover editorial en el que se cruzaban los destinos de xenomorfos, Yautjas y humanos en una suerte de secuela no oficial de la película “Prometheus” (Íd, Ridley Scott, 2012) que se publicó en el transcurso de 2014 en cuatro miniseries (una de “Aliens“, una de “AvP“, una de la recién inaugurada línea “Prometheus” y, por supuesto, otra de “Predator“) que relataban una misma historia, pero desde cuatro puntos de vista distinto. “Predator: Fire and Stone” supuso la última de ellas y cuenta con los guiones de Joshua Williamson y el arte de Christopher Sebela. En nuestro país, todas las miniseries (más especial en forma de epílogo) han sido publicadas por “Norma Editorial” durante el año 2017 en cuatro tomos cartoné.

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Depredador: Vida y Muerte. “Life and Death” es la continuación directa de “Fire and Stone” compartiendo la misma estructura editorial que su predecesora, es decir, cuatro miniseries de las cuatro líneas de “Dark Horse Comics” que comparten ese mimo universo de ficción: “Aliens“, “AvP“, “Prometheus” y “Predator“. El evento se publicó en el trasncurso de 2016 y fue escrito íntegramente por el guionista Dan Abnett. El arte correspondiente a la miniserie “Predator: Life and Death” corrió a cargo del dibujante Brian Albert Thies. “Norma Editorial” repitió formato, cuatro tomos cartoné, para recopilar el evento publicándolos con cadencia mensual durante 2018.

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