La Monja (The Nun, Corin Hardy, 2018)

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Titulo original: The Nun / Año: 2018 / País: Estados Unidos / Duración: 96 min / Director: Corin Hardy / Guión: Gary Dauberman, James Wan / Producción: Peter Safran, James Wan / Productora: New Line Cinema / Distribución: Warner Bros / Fotografía: Maxime Alexandre / Música: Abel Korzeniowski / Diseño de Producción: Jennifer Spence / Montaje: Michel Aller, Ken Blackwell / Reparto: Taissa Farmiga, Demian Bichir, Jonas Bloquet, Bonnie Aarons, Charlotte Hope, Ingrid Bisu, Jack Falk, Lynnette Gaza, Sandra Teles, Ani Sava / Presupuesto: 22.000.000$


Una joven monja se suicida en un remoto convento perdido en los bosques de Rumania. La noticia llegará a oídos del Vaticano y La Santa Sede enviará a uno de sus sacerdotes más experimentados en el terreno de lo sobrenatural (o Milagros) a quien acompañará una joven novicia que todavía no ha tomado sus votos, la Hermana Irene, debido a que ésta posee ciertas habilidades especiales. Una vez llegados a la siniestra abadía, darán cuenta de que un ente maligno se ha adueñado del lugar y pretende sembrar el terror en la Tierra.


La presentación Valak, el peligroso demonio que adoptaba la forma de una siniestra monja en “Expediente Warren 2: El caso Enfield” (The Conjuring 2, James Wan, 2016), es uno de los mejores y más destacados aciertos del denominado “Warrenverso” del que el director, de origen malasio, James Wan es artífice. Sin duda alguna, esta maliciosa entidad diabólica, mancillando a su vez la imagen de una de las “esposas de Cristo”, se consolidó no sólo como un interesante villano, de brutal empaque, sino también como una poderosa figura capaz de atraer el interés de los espectadores que disfrutaron de una cinta que dignificaba al género. Éstos se cuentan por miles y contribuyen activamente a engordar las arcas de la Warner Bros con una más que copiosa recaudación en taquilla de todas y cada una de estas cintas de este ficcional mundo sobrenatural interconectado. Realmente (Valak) es un personaje muy potente y atractivo. Diría que incluso más que la muñeca Annabelle, la cual debutó en la entrega anterior (“Expediente Warren” [The Conjuring, James Wan, 2013]), gustando tanto al público que tiene en su haber dos filmes más en solitario -además de una tercera secuela proyectada para este 2019-, a modo de spin-offs, que, por su parte, ayudan a enriquecer este Universo compartido con los demonólogos Ed y Lorraine Warren creado por el director de “Insidious” (Íd, James Wan, 2013). Como es de esperar, el malvado Valak no iba a ser menos y, con el “hype” del aficionado por las nubes y las expectativas muy altas esperando su estreno en cines como agua de mayo, desembarcó en las carteleras su propia película, “La Monja” (The Nun, Corin Hardy, 2018).
Y es que, si algo ha generado el estreno del último de los productos relacionados con ese universo de ficción que lleva arrasando desde 2013, año del estreno de la primera entrega de las andanzas de los Warren, son expectativas -grandes expectativas- en el aficionado al cine de terror, tanto del espectador casual como, haciendo uso de la jerga de los videojuegos, de los más hardcores. Son tantas las simpatías hacia las labores de Wan y resto de sus colaboradores, sobre todo gracias al trabajo y resultados de los dos filmes de lo que podríamos denominar de la rama troncal de la saga -es decir, las dos cintas protagonizadas por Vera Farmiga y Patrick Wilson-, que convierten en éxito seguro cualquiera de sus estrenos. Eso al menos en taquilla (lo que se traduce en dinero), porque la crítica suele debatirse en una singular disparidad de opiniones inclinando la balanza hacia el lado negativo. Nada hay que objetar, en lo que a calidad se refiere, de las esenciales cintas del microcosmos sobrenatural creado por el director de “Saw” (Íd, James Wan, 2004), ambas dos con un respetuoso y disfrutable sabor clásico del cine de horror de la década de los setenta.
No podemos decir lo mismo de las cintas protagonizadas por la poseída y macabra muñeca que dudo que cualquier niña quisiera tener en su alcoba. Una mejor que la otra, pero sin pasarse, las historias de Annabelle no pasan del aprobado (raspado) y dejan en evidencia que cuanto más lejos se sitúa Wan de la dirección del proyecto, menos confianza podemos tener en el resultado final de dichos subproductos (algo parecido ocurre con la saga “Insidious” [Íd, James Wan, 2013]). Es por ello que el estreno de “La Monja” (The Nun, Corin Hardy, 2018) generó también ciertas dudas al respecto en su momento. Incertidumbre que quizás se ha dejado de lado volcándose, el devoto del terror, a la esperanza. Todo ello en un año, el pasado 2018, donde el “fandom” más generalista -más mainstream, por así decir- quedó un tanto huérfano en lo que a “película de terror del año” se refiería, ya que las grandes aspirantes a dicho título generaron más controversia que otra cosa dividiendo encarnizadamente a los fans. División que ya fuera motivada -desde la humilde opinión de quien suscribe estas palabras- por una errónea campaña de marketing combinada por la incapacidad de comprensión de un concepto alejado de los estándares habituales -pienso en la, para mí, sorprendente “Hereditary” (Íd, Ari Aster, 2018)- o por la claudicación de la Major de turno a los cantos de sirena del PG13 y al mercado asiático con la consiguiente rebaja del contenido explícito de gore. Como ejemplo de ello, “Megalodón” (The Meg, Jon Turteltaub, 2018), uno de los fiascos de la pasada temporada estival. Es evidente que ante un panorama tan desolador -por lo que parece, para la gran mayoría-, sobre el estreno de la película en solitario del demonio Valak recaía una responsabilidad de la que responsables  de la misma ignoraban totalmente.

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El uso de la monja endemoniada, en pequeñas y aterrorizantes dosis, en la mencionada “Expediente Warren 2: El caso Enfield” (The Conjuring 2, James Wan, 2016) funcionaba a la perfección a todas luces. James Wan creaba, de esta manera, no sólo un nuevo monstruo icónico para el Séptimo Arte sino también una de esas imágenes difíciles de sacar de nuestras cabezas, si somos algo aprehensivos. Al alimón con el terror psicológico que impera en la cinta, las apariciones de Valak eran verdaderamente terroríficas. Sin embargo, ¿justifica ello que sea necesaria una película de la peligrosa entidad en solitario? Un servidor diría que no, pero ya sabemos que cuando algo funciona, gusta al personal y posee un gran potencial, Hollywood se ve “obligada” a explotarlo. El atractivo de la idea, un demonio de amenazante físico femenino vistiendo un hábito, es brutal y el cine de terror nos ha brindado notables ejemplos de “nunsploitation”, sobre todo en los setenta. Su mera sombra asusta, su mirada acongoja. Es demasiado bueno para dejarlo pasar, debieron pensar en Warner. Sin embargo, y a semejanza de los otros spin-offs, James Wan no se pondría detrás de las cámaras, sino que haría las labores de productor y coguionista junto a Gary Dauberman, quien parece haberse convertido en el encargado principal de dotar de un background a los principales antagonistas del Warrenverso de James Wan. Dasuberman ya fue también el responsable de los libretos de “Annabelle” (Íd, John R. Leonetti, 2014) y “Annabelle: Creation” (Íd, David F. Sandberg, 2017).
En su prólogo, la quinta cinta enmarcada en el Universo de los Warren, nos lleva al pasado, a mediados del siglo XX, a un convento en la Europa del Este, perdido en la mitad de ninguna parte, donde dos monjas aterradas se enfrentan a un malvado poder desconocido -pero que nosotros ya intuimos que es-. La más joven de ellas, presa del terror, acabará suicidándose. Sin lugar a dudas, el peor pecado que un ser humano pueda cometer a ojos de Dios y su Iglesia. Un lugareño descubrirá el cadáver de la joven hermana y las noticias llegarán a oídos del Vaticano. Las altas esferas de La Santa Sede decidirán enviar a investigar el lugar a uno de sus expertos, el Padre Burke -interpretado por el mexicano Demián Bichir y que con su calado sombrero recuerda enormemente al padre Merryn, interpretado por el gran Max von Sydow, de “El Exorcista” (The Exorcist, William Friedkin, 1973)-. A este “cazador de milagros” -exótica denominación para no llamarlo exorcista- asignarán como acompañante a una joven novicia que aún no ha tomado sus votos, la hermana Irene -a la que pone rostro la actriz Taissa Farmiga-, debido a ciertas habilidades especiales que ella posee. De esta forma, ambos se desplazarán a Rumanía, cuna del vampiro más famoso de todos los tiempos -el Conde Drácula- para investigar los terribles acontecimientos ocurridos en la siniestra abadía. Una abadía situada en lo alto de un monte como si del castillo del aristócrata transilvano antes mencionado se tratara. El hecho de que los aldeanos de una pequeña aldea adyacente sufran las desdichas y maldades de la entidad que mora tras los muros del convento, acerca aún más la idea anotada. Evidentemente, la gótica estampa de la abadía/convento, donde Valak se encuentra encerrado, es uno de los puntos más fuertes de la película de Corin Hardy. Un lugar que puede evocarnos también, si tenemos en cuenta que nuestros protagonistas estarán conformados por un dúo de “maestro” y “pupilo” (o más bien “pupila”) con un misterio entre manos por resolver en un lugar sacro, a la magnífica “El nombre de la Rosa” (Der Name der Rose, Jean-Jacques Annaud, 1986). Salvando, eso sí, unas distancias kilométricas con la cinta protagonizada por Sean Connery y Christian Slater.

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Y a partir de ahí, podríamos decir que las bondades de la cinta de Hardy se precipitan hacia su final. Con solamente la espectacular ambientación gótica -que puede retrotraernos a los mejores tiempos de la Hammer Films con la construcción religiosa, su tenebroso cementerio y la niebla que los envuelve- y el carisma y atractivo de la entidad antagonista no se puede levantar una película, se necesita de una buena historia que la sustente. Y ahí es donde “La Monja” (The Nun, Corin Hardy, 2018) verdaderamente flaquea ya que nos encontramos ante una trama con una premisa muy básica y una narración un tanto inconexa que da como resultado un cúmulo de pequeñas “set pieces” de terror que funcionan bien de forma autónoma -son prácticamente mini subtramas con su principio, nudo y desenlace-, pero que ofrecen un irregular conjunto, sin pies ni cabeza, en su resultado final. Algunas de ellas son lo suficientemente notables como para destacarlas del resto. El episodio del enterramiento en vida del padre Burke es una, a mi parecer, de las que mejor gestionan la tensión y pueden mantener en vilo al espectador. Una escena que puede recordarnos a un momento similar en la sugerente “Miedo en la ciudad de los Muertos Vivientes” (Paura nella città dei morti viventi, Lucio Fulci, 1980) donde asistimos también a un similar y cardíaco desenterramiento -con utensilio de jardinería atravesando el ataúd y quedando a dos dedos de la cara de la aterrada víctima-. De la misma película del maestro del terror italiano podríamos incluso encontrar otra referencia en el ahorcamiento de la joven monja que arranca la película. Sin embargo, el único “pegamento” con el que unir estas distintas piezas de esta especie de “monstruo de Frankenstein” argumental es el reiterativo y repetitivo uso de los sustos y sobresaltos. Y es que el “Jump Scare” se consolida como el recurso estrella de la película, del que se abusa hasta el hartazgo. El realizador británico parece no sentir vergüenza ninguna a la hora de regurgitar una y otra vez la única herramienta con la que convierte su obra en una sucesión de sustos baratos que acaban por aburrir al respetable público sentado en su butaca. Muchas de estas escenas de baratillo se reducen a un esquema simple en el que la cámara se aleja de un punto para que, cuando vuelva al mismo, veamos la sombra de la Sor endemoniada justo detrás del personaje protagonista. Parece que sólo a base de sobresaltar a quien está al otro lado de la pantalla pueda ser la única forma viable de aplacar un tedio de tendencia ascendente. Y es que el magnífico terror psicológico presente en las dos entregas de las andanzas del matrimonio Warren, se ha sustituido aquí por un terror totalmente físico que, en algunos momentos alcanza cotas de ridículo absoluto.
Amén de la poca cohesión argumental, cabría señalar también su carencia de coherencia, no solamente con el Warrenverso -y eso que sólo se compone de cinco cintas y un cortometraje- sino con los acontecimientos que precipitadamente se nos relatan y en el más que deficiente uso de elipsis temporales. Este párrafo es un verdadero SPOILER que no consigo contener, pero si el matrimonio Warren acababa con la amenaza de Valak pronunciando su nombre en su presencia, aquí se tira de reliquia sagrada -encontrada al más puro estilo de los videojuegos- y de la sangre de Jesucristo que contiene. Haciendo eco de la superstición autóctona que lleva a los aldeanos a escupir para alejar el mal, la Hermana Irene hace lo mismo con dicho líquido vital sin que sepamos en ningún momento como ha llegado a su boca. Totalmente inexplicable y uno de los giros más tramposos de la cinta. Pero no será el único momento el que seremos testigos de estampas aburdas. Antes de enfrentarse al demonio, el personaje de Taissa Farmiga toma la decisión de tomar definitivamente sus votos, con tal de tener el poder de Cristo de su lado para combatir el mal. Una forma de convertirse en una suerte de “Guerrera de la Fe”, de “Súper Monja”, para poder plantarle cara, de tú a tú, al demonio que habita en el convento maldito. Una escena, por cierto, con la Hermana Irene boca abajo y brazos en cruz que sale de otra muy similar del film polaco “Madre Juana de los Ángeles” (Matka Joanna od Aniolów, Jerzy Kawalerowicz, 1961), donde un sacerdote católico se desplaza a una apartada localidad con el objetivo de exorcizar a las monjas del convento de dicha zona, supuestamente poseídas por distintos demonios. No será la única referencia a otras películas que encontraremos, ya que, si escarbamos un poco, “The Other Hell” (L’altro inferno, Bruno Mattei, 1981) también nos ofrece un relato en el que un convento, donde una de sus monjas ha muerto en extrañas circunstancias, recibirá la visita de un sacerdote que acabará rodeado de cadáveres y enfrentado a monjas sin rostro -como las que aparecen en la cinta de Corin Hardy- en un lugar maldito en el que se realizan ritos y posesiones infernales.
Si el argumento tiene todos los visos de parecernos genérico y ramplón, el desarrollo de los personajes principales no puede ser más convencional, convirtiéndolos en auténticos clichés andantes. Empezando por el Padre Burke, sacerdote/exorcista con un pasado de pretensiones enigmáticas que esconde varios cadáveres en su armario. Entre ellos, el de un joven que trágicamente falleció tras un durísimo y extenuante exorcismo. Acompañado el clérigo por la culpa, el demonio Valak -quien parece que toma la forma de aquello que nos angustia más profundamente- aprovechará la coyuntura para acosar al sacerdote con la apariencia del pobre infante. A la zaga de nuestro exorcista de “tres al cuarto”, el personaje de Farmiga tampoco se queda atrás. Encontramos en su personaje a una muchacha de buen corazón, de gran entereza y nobleza, pero que alberga también una pequeña chispa de rebelión. Valiente, decidida y solidaria, no encontrará flaqueza alguna -salvo de las sus propias, y muy sutiles, dudas respecto a la fe cristiana- a la hora de hacerse valer. Pero, si hay un personaje capaz de sacar al espectador de la película cada vez que pronuncia una palabra, ese es el interpretado por Jonas Bloquet a quien llaman Frenchie, versión original, o -muy desafortunadamente ridículo- Franchute en la versión doblada a la lengua de Cervantes. Franchute es ese alivio cómico que, inexplicablemente, se ha decidido incorporar a la trama. Contrasta tanto con el tono general de la película que, este zagal armado con una escopeta al más puro estilo Bruce Campbell en “El Ejército de las Tinieblas” (Army of Darkness, Sam Raimi, 1993), devalúa más si cabe el resultado final de la cinta. Sus intervenciones rozan un patetismo que aplaudiríamos en una Serie B sin pretensiones, pero un servidor se siente incapaz de hacerlo en un producto mainstream como este. Pero, lejos de dejarlo en sólo un elemento anecdótico que poco tiene que aportar, los responsables de “La Monja” (The Nun, Corin Hardy, 2018) deciden convertirlo -tras un final de lo más fullero- en el nexo de unión con el Warrenverso, cerrando así un círculo iniciado en “Annabelle: Creation” (Íd, David F. Sandberg, 2017) y que conectaría directamente con la primera entrega del matrimonio Warren. El apunte cinéfilo a destacar lo encontramos en la escena en la que, para protegerse del mal, arranca una enorme cruz de madera de una de las tumbas del cementerio adyacente a la abadía que está directamente extraída del film “Aquelarre” (The City of the Dead, John Llewellyn Moxey, 1960) protagonizado por el inconmensurable Christopher Lee.
En definitiva, una cinta totalmente olvidable. Deficientemente estructurada y narrada, llena de lugares comunes y clichés, con unos actores notables haciendo un buen trabajo -pero que no luce- y con el recurso del “jump scare” por bandera. Solamente su diseño de producción, su gótica ambientación combinada con una tenebrosa banda sonora y su puesta en escena salvan los muebles. Aunque deberíamos dar un tirón de oreja a su director de fotografía, Maxime Alexandre. La película es oscura, pero no por su argumento, sino porque no se ve apenas nada. Sus responsables han tomado a uno de los personajes más atractivos del Universo ficticio de James Wan y lo han transformado en un mero monstruo más, dejando de lado todo el potencial que el malévolo Valak posee. No sólo eso, sino que su conexión con el Warrenverso es tan inocua como ridícula. Su aparición en la segunda cinta troncal daba a entender una estrecha relación entre los demonólogos y Valak que aquí se destruye por completo. De hecho, incluso que la protagonista del film, Taissa Farmiga, sea la hermana menor de la que interpreta a Lorraine Warren, Vera Farmiga, reforzaba, no sólo esa idea, sino que ambas estuvieran también emparentadas en la ficción de alguna manera. Las motivaciones de Valak son inexistentes o, mejor dicho, interesantes más allá de “hacer el Mal”. No sólo eso, sino que las justificaciones de su vuelta también son patéticas al darnos a entender lo difícil que fue traerlo a nuestra dimensión para que luego un simple bombardeo durante la Guerra lo trajese de nuevo. Lo cierto es que es de risa. Quizá, los aspectos más interesantes de la cinta de Hardy son los que no se encuentran en el filme. Aparte de las referencias a otros filmes que he comentado, jugar a buscar otras es también muy interesante porque durante el desarrollo del metraje veremos muchos pasajes que nos recuerden a otras producciones (dejo al lector que se entretenga con dicho pasatiempo). Y, por otro lado, pese a que parece una estrategia de marketing pura y dura, el director de “The Hallow” (Íd, Corin Hardy, 2015) asegura que el set de rodaje fue visitado por presencias fantasmagóricas reales. Según él, los fantasmas de antiguos soldados del ejército rumano que murieron en el lugar de las localizaciones reales en Rumania. Es por ello que, antes de comenzar a rodar, un cura bendijo tanto el lugar como a los actores y equipo de producción con objeto de estar protegidos de cualquier amenaza de ultratumba. No es la primera vez que oímos una historia así, pero casi da más miedo -y sin necesidad de sustos y sobresaltos- que la mayor parte del metraje de “La Monja” (The Nun, Corin Hardy, 2018). Por lo demás, una cinta que se queda un tanto en agua de borrajas como otros productos aparecidos, de características similares, el pasado 2018 como, por ejemplo, la muy mediocre “Winchester: La casa que construyeron los espíritus“(Winchester, Michael Spierig, Peter Spierig, 2018). Cierto es que la cinta rezuma la cinefilia de su director y atmósferas al más puro estilo de las creadas por el gran maestro Lucio Fulci, pero se queda en un producto repetitivo e incluso aburrido por momentos.

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