“La zíngara y los Monstruos” (House of Frankenstein, Erle C. Kenton, 1944)

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Titulo original: House of Frankenstein / Año: 1944 / País: Estados Unidos / Duración: 74 min / Director: Erle C. Kenton / Guión: Edward T. Lowe Jr (idea de Curt Siodmak) / Producción: Paul Malvern / Productora: Universal Pictures / Distribución: Universal Pictures / Fotografía: George Robinson / Música: Hans J. Salter, Paul Dessau (no acreditado) / Diseño de Producción: John B. Goodman, Martin Obzina / Montaje: Philip Cahn / Reparto: Boris Karloff, Lon Chaney Jr. J. Carrol Naish, John Carradine, Anne Gwynne, Peter Coe, Lionel Atwill, George Zucco, Elena Verdugo, Sig Ruman, Glenn Strange / Presupuesto: 354.000$


El Dr. Gustav Niemann ha estado encarcelado durante 15 años por realizar extraños experimentos con cadáveres intentando seguir los pasos de aquel a quien idolatra, el Dr. Henry Frankenstein. Junto con su compañero de celda, el jorobado Daniel, Niemann sueña con el día en que pueda escapar y encontrar el diario del Dr. Frankenstein a fin de poder finalizar con éxito sus experimentos. Cuando una oportuna tormenta destruye los muros de la prisión que los retiene, el Dr. Niemann y Daniel escapan. En su camino se cruzan con un espectáculo ambulante que exhibe al supuesto esqueleto del Conde Drácula. Después de matar al dueño, el Dr. Niemann comienza su venganza contra aquellos que lo encarcelaron, lo cual lo lleva a usar a Drácula, al Monstruo de Frankenstein y al Hombre Lobo para llevar a cabo sus planes.


A mediados de la década de los cuarenta, aquellos monstruos clásicos, convertidos en (lucrativos) iconos populares solamente una década antes gracias al cine, acabarían protagonizando una serie de cintas que sumirían al género de terror gótico precedente en las pantanosas y cenagosas aguas de la serie b. La Universal Pictures decidió sacar todo el rédito posible de sus propiedades intelectuales más terroríficas exprimiendo al máximo el éxito cosechado durante los años 30. De esta manera, y sin intención ni miramiento alguno en lo que respecta a la continuidad fílmica de los personajes o a la calidad de las historias, decidió cruzar los caminos de dos de sus más emblemáticas criaturas en el film seminal (en lo que a crossovers de licencias se refiere) “Frankenstein y el Hombre Lobo” (Frankenstein Meets the Wolf Man, Roy William Neill, 1943). Sin duda, una maniobra sin precedentes que seguramente llamaría la atención, la curiosidad y el morbo de los aficionados al género del horror. Cierto es que enfrentar a nuestros personajes favoritos, ya sea entre ellos o contra una amenaza común, posee un poderoso atractivo. El cual es muy difícil de esquivar o que nos mantengamos al margen con indiferencia. Prácticamente es el sueño de todo niño (grande o pequeño) que se precie.

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Ese experimento que supuso el encuentro entre dos de las más famosas criaturas del horror clásico, el Monstruo de Frankenstein por un lado y el licántropo interpretado por Lon Chaney Jr por el otro, obtuvo unos resultados lo suficientemente positivos como para que la Universal Pictures (un estudio que cimentó gran parte de su éxito en las historias de estas monstruosidades legendarias) decidiera darle una vuelta de tuerca más a la fórmula. En esta ocasión serían hasta cinco los monstruos que podría encontrar el espectador en la siguiente entrega de horror de la compañía (aunque convendría aclarar que dos de ellos no formaban parte del panteón fantástico que protagonizaba las pesadillas de los espectadores). De esta forma, la apertura de las puertas de la “Casa de Frankenstein” (que sería la traducción literal del título de la cinta, House of Frankenstein, y que en nuestro país se tradujo curiosa y libremente como “La zíngara y los Monstruos” [House of Frankenstein, Erle C. Kenton, 1944], aunque en posteriores ediciones en DVD se ha traducido como “La Mansión de Frankenstein”) vendría a explotar la trama básica conocida hasta el momento, estandarizada ya en las anteriores entregas de Frankenstein, en la que se involucra a un individuo de escasa o nula talla moral que trata de reanimar o utilizar a la criatura para sus propios (y oscuros) fines. Con el añadido extra de presentar en pantalla a más personajes terroríficos con los que llenar minutos y avivar el temor y la imaginación del patio de butacas.

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Sin embargo, a pesar de que el tráiler de la cinta presentaba con cierta picardía un enfrentamiento sin parangón entre los “primeros espadas” del horror de la época (refiriéndome siempre al horror en la ficción, ya que en la vida real la cruenta II Guerra Mundial tenía a otros monstruos de verdad que daban mucho más miedo), pronto daríamos cuenta, durante el visionado de la misma, que el resultado final no era exactamente el que se vendía al incauto público. Matizando un poco, los únicos monstruos “franquicia” de la casa eran únicamente Drácula, el Hombre Lobo y Frankenstein (y tampoco cruzaban exactamente sus caminos). Los dos restantes se materializaron en dos de los personajes recurrentes, estereotipados y tipificados, en las anteriores entregas, es decir, el asiduo científico loco y su sempiterno ayudante jorobado. Aunque se dice que los primeros borradores del guion incluían a más monstruos como la Momia, el Hombre Invisible o la, algo menos popular, “mujer simio”, Paula Dupree. Por cierto, un libreto firmado por Edward T. Lowe Jr, quién escribió la adaptación de “El jorobado de Notre Dame” de 1923 (The Hunchback of Notre Dame, Wallace Worsley, 1923), basado en la historia creada por un reputado guionista dentro del género como Curt Siodmak, firmante de los guiones de “El Hombre lobo” (The Wolfman, George Waggner, 1941) o “Yo anduve con un zombie” (I walked with a zombie, Jacques Tourneur, 1943) entre otros.

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El principal reclamo de la producción es sin duda el nombre de Boris Karloff. En 1944 era ya lo suficientemente popular como para preceder como cabeza de cartel al resto de sus compañeros del elenco e incluso al mismísimo título de la película. Cinco años después de su última aportación a la saga del “collage de cadáveres viviente” (revivido gracias a la electricidad) en el filme “La sombra de Frankenstein” (Son of Frankenstein, Rowland V. Lee, 1939), la Universal consigue que Karloff vuelva triunfante a una nueva entrega de la serie que le dio fama. Sin embargo, esta vez no se calzaría los grandes zapatos de la criatura del Moderno Prometeo (ni sufriría las largas y tediosas sesiones de maquillaje), sino que interpretaría al “Mad Doctor” de la función, al Dr. Niemann. Éste, un auténtico devoto del trabajo del fallecido Henry Frankenstein, que, tras huir de prisión junto a su fiel ayudante jorobado Daniel, jura venganza contra aquellos que posibilitaron su encarcelamiento impidiendo seguir los pasos de su ídolo científico. Un rol en el que se nota que Karloff se siente muy a gusto y que representa con un muy destacado “buen hacer”. Para ello intentará contar con los servicios de los monstruos mencionados favoreciendo la resurrección del Conde Drácula en primeras instancias para después intentar manipular al hombre lobo y a la monstruosa criatura compuesta de retales de cadáveres. La encarnación de esta última correría a cargo de Glenn Strange, que debutaría como el monstruo y repetiría en las posteriores “La mansión de Drácula” (House of Dracula, Erle C. Kenton, 1945) y “Abbott y Costello contra los fantasmas” (Abbott and Costello Meet Frankenstein, Charles Barton, 1948). Strange provenía del cine de serie b y se había curtido como actor y especialista de acción, sin demasiada fortuna, durante más de 15 años. Con su actuación consolidó la imagen popular torpe e inarticulada del monstruo. Se dice que Karloff, quien ya tenía una sobrada experiencia, ayudó a Strange en la preparación del personaje.

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Retomando el afán del estudio por recuperar a los nombres que dieran gloria a sus monstruos, cabría señalar que la Universal estuvo también interesada en contar de nuevo con aquel que diera vida al vampiro transilvano en 1931 en el “Drácula” de Tod Browning (Dracula, Tod Browning, 1931), Bela Lugosi. Sin embargo, el actor de origen austrohúngaro, pese a estar interesado, tuvo ciertos problemas de agenda que imposibilitaron su participación en la producción. Una producción que era básicamente la continuación del choque de titanes entre el Hombre lobo y el Monstruo de Frankenstein que, curiosamente, a este último interpretara él mismo un año atrás en “Frankenstein y el Hombre Lobo” (Frankenstein Meets the Wolf Man, Roy William Neill, 1943). Y digo curiosamente porque fue un papel que rechazó cuando se le ofreció en el momento de realizar el primer filme de James Whale por considerarlo (según Lugosi) indigno de sus dotes interpretativas. Pero que posteriormente, y con los humos algo más a ras de suelo debido a los avatares y golpes que da la vida, no tuvo remilgos para aceptar encarnarlo. Vistos los resultados, y siempre bajo la opinión de aquel que suscribe estas palabras, demos gracias al “Hacedor” por darnos el placer de disfrutar de la encarnación de Boris Karloff de la criatura salida de la imaginativa mente de Mary Shelley. Para esta ocasión, la Universal contó con el actor John Carradine (padre los posteriormente famosos Keith, David y Robert Carradine) para meterse en la piel del vampiro más popular de todos los tiempos creado por Bram Stoker. Destacar que su actuación es fundamentalmente elegante. Carradine deja de lado el oscurantismo de Lugosi sustituyéndolo con cierto porte aristocrático. Sin embargo, tanto su mostacho (que ya portara su antecesor Lon Chaney Jr en “El Hijo de Drácula” [Son of Dracula, Robert Siodmak, 1943]) como su predilección de cubrir su testa con un sombrero de copa, puede que, a ojos del actual espectador y quizá con la imagen de Lugosi o el posterior Christopher Lee en mente como los más icónicos intérpretes, pueda parecer poco más que ridícula y alejada de los estándares visuales del “no-muerto” de los Cárpatos.

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Lon Chaney Jr sufriría de nuevo la “Maldición de la Bestia” en la piel del joven Larry Talbot, el alter ego diurno del licántropo de la obra. El primer filme del Hombre Lobo no había tenido continuación alguna en filmes individuales y había encontrado en esta suerte de “mash ups” de la Universal la oportunidad de seguir desarrollando su trágica historia. Lo cierto es que Chaney acapara el centro dramático de la película ya que Talbot anhela ser liberado de la maldición que lo hace desgraciado y el actor es capaz de transmitir el necesario patetismo a la altura de las circunstancias. Representa a la perfección ese aura de trágica desgracia que caracteriza a su personaje. Sin embargo, otro actor de la función rivaliza en patetismo con Chaney. J. Carrol Naish interpreta a Daniel, el ayudante jorobado del Dr. Niemann. Éste se nos presenta en un primer momento como a aquel que se ensucia las manos por el buen doctor. Representa la Fuerza Bruta de la cual carece el científico y que, a base de artimañas, se hace con sus servicios a cambio de cumplir en un futuro su promesa de darle a Daniel lo que más desea: un nuevo cuerpo con el que no asustar/asquear a sus semejantes. La imposibilidad de encontrar el amor junto a la gitana Ilonka (interpretada por Elena Verdugo y, de suponer, aquella que justifica la curiosa traducción del título en nuestro país) lo convierte en un ser triste a la par que patético, pero también peligroso. A diferencia del resto de actores que con anterioridad habían desempeñado este rol de ayudante de forma exagerada, pérfida y maléfica, Naish logra hacer su papel con clase y sutileza ganándose merecidamente su parcela de protagonismo en el film. Sin duda, y antes de que se le “cruce los cables”, el espectador pueda incluso sentir pena por él.

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Al contrario de lo que nos prometían los avances, lo primero que pueda venirnos a la cabeza tras el visionado de “La zíngara y los Monstruos” (House of Frankenstein, Erle C. Kenton, 1944) es que los Monstruos Clásicos prometidos con anterioridad están presentes y sí es cierto que “están juntos, pero en absoluto revueltos”. El film de Erle C. Kenton (director del clásico “La Isla de las Almas Perdidas” [Island of Lost Souls, Erle C. Kenton, 1932] y de la anterior entrega en solitario del monstruo creado por el Moderno Prometeo “El Fantasma de Frankenstein” [The Ghost of Frankenstein, Erle C. Kenton, 1942], cuyos positivos resultados posibilitaron que la Universal le encargara el filme que nos ocupa) opta por un desarrollo episódico de la trama. Más que un enfrentamiento entre nuestros monstruos favoritos, la cinta es una suerte de “antología” de los mejores momentos y situaciones de los protagonistas de la trama en otros filmes como si de pequeños cortos o mediometrajes se tratara. Cabe señalar que la historia principal gira entorno a la figura de Niemann y su afán de venganza, siendo el resto de “jugadores” totalmente prescindibles (aparecen por su tirón comercial, podría añadir). A lo largo del metraje vemos cómo se van encajando (con calzador, añadiría) las diferentes subtramas que componen este “greatest hits” monstruoso. Señalar además que los monstruos no se cruzan entre ellos. Por un lado, la parte de historia con el Conde Drácula en la primera parte del film podría ser perfectamente una película en solitario del personaje propiamente dicha ya que tras su “muerte” no volveremos a toparnos con ninguno de los personajes que aparecen en ella. Una (sub)trama que no escatima en tópicos y clichés ya vistos con anterioridad en lo que respecta al “no-muerto”. Una vez superado el segmento de la primera criatura fantástica, el viaje de nuestro vengativo doctor le llevará a la pequeña población de Frankenstein, donde no será precisamente bienvenido por las autoridades locales y donde acabará encontrando los cuerpos, en animación suspendida debido a la congelación (todo ocurrido tras los acontecimientos del film anterior), del hombre lobo y de la monstruosa criatura de su mentor. Aquí es cuando la película se divide en dos subtramas en paralelo con el quizá único nexo personificado en la figura del Jorobado. Mientras que por un lado se fragua un desdichado triángulo amoroso entre la gitana Ilonka, el desgraciado Larry Talbot y el desafortunado Daniel, por el otro, Niemann dedica toda su atención en su afán por revivir al Monstruo de Frankenstein. Todo ello con la presencia de los clichés poco originales y antes mencionados que ya pudimos ver en otras entregas. No faltarán en escena fieles esposas seducidas por las vampíricas artes del Conde, el campamento gitano propio del Universo del licántropo, el conocimiento de la maldición por parte de los zíngaros, el laboratorio con mil y un artilugios y extravagantes máquinas eléctricas con sus característicos arcos voltaicos o la habitual agitada turba empuñando antorchas intentando dar caza a la criatura. Sin duda, todo un deleite para el aficionado, pero que no es exento de cierto sabor agridulce al no satisfacer aquello que parecía que nos prometían: el choque entre los monstruos.

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A pesar de ello, “La zíngara y los Monstruos” (House of Frankenstein, Erle C. Kenton, 1944) no es un producto para desmerecer ni mucho menos. Cierto que no es del todo original, su argumento (o el puzzle que conforman) es simple y lineal y que tampoco aparece la esperada lucha de titanes entre las criaturas monstruosas más populares del folklore y la cultura popular, pero posee un ritmo más que aceptable en su atropellada narración e imágenes de poderoso empaque como a la criatura portando a Karloff perseguido por una violenta turba o la muerte del Conde Drácula cuando el “Astro Rey” lo baña con sus rayos al amanecer. Pese a que el estudio había tomado la determinación de ganar el máximo invirtiendo el mínimo, los maquillajes para la ocasión estuvieron a cargo del grandísimo Jack Pierce (no acreditado) y los efectos prácticos, risibles a día de hoy, no están nada mal para la época. No con ello quiero decir que la película sea brillante, ni la más destacable de las producciones de la Universal Pictures ni mucho menos, pero sí es lo suficientemente entretenida y poseedora de notables actuaciones, así como atmósferas como para recomendar su visionado. Lástima que veamos poco a cada uno de los clásicos monstruos ya que su tiempo en escena está muy dosificado, pero por el contrario también resulta equilibrado. El veredicto del público sería positivo y el estudio decidiría volver a confiar en la fórmula con las posteriores, y antes mencionadas, “La mansión de Drácula” (House of Dracula, Erle C. Kenton, 1945) y “Abbott y Costello contra los fantasmas” (Abbott and Costello Meet Frankenstein, Charles Barton, 1948). Siendo esta última la que marcase un punto y aparte dentro del género, más próximo ya al territorio de la comedia, y el perfecto ejemplo de que los explotadísimos monstruos clásicos ya no asustaban a un mundo que había sufrido una cruenta guerra a escala mundial. No será hasta una década después que otra productora, la famosa Hammer Films, retorne la grandeza a estos grandes mitos con su revival por el fantástico, a todo color y haciendo gala de una violencia más explícita jamás vista con anterioridad. Pero, eso es otra historia…

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