El doctor Frankenstein (Frankenstein, James Whale, 1931)

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Titulo original: Frankenstein / Año: 1931 / País: Estados Unidos / Duración: 71 min / Director: James Whale / Guión: Garret Ford, Francis Edward Faragoh (libre adaptación de la novela de Mary Shelley y obra de teatro original de Peggy Webling) / Producción: Carl Laemmle Jr / Productora: Universal Pictures / Distribución: Universal Pictures /Fotografía: Arthur Edeson / Música: David Brockman / Diseño de Producción: Charles D. Hall / Montaje: Clarence Kolster / Reparto: Boris Karloff, Colin Clive, Mae Clarke, John Boles, Edward van Sloan, Dwight Frye / Presupuesto: 262.007$


El Doctor Henry Frankenstein vive apartado y repudiado por una sociedad científica que ve con malos ojos su voluntad de crear vida mediante el flujo de cargas eléctricas. Junto a su inseparable criado Fritz se dedicará a saquear tumbas con la intención de obtener cadáveres a los que revivir. Pero necesita un último órgano, un cerebro. La torpeza de su asistente hará que lleve a su amo el cerebro de un criminal que enturbiará el éxito del experimento.


El año 1816 fue conocido, en el ámbito de la historia meteorológica, como el “año sin verano”. Europa sufrió las consecuencias devastadoras de un peculiar cambio climático, así como el resto del hemisferio norte de nuestro planeta. ¿Las causas? Los entendidos en el tema achacan el problema a la erupción del volcán Tambora, situado en una pequeña isla de lo que ahora conocemos como Indonesia. Se dice que fue una de las explosiones más grandes jamás registradas (desde que se hace uso de este tipo de registros) y que causó alrededor de 60.000 víctimas además de liberar en la estratosfera una gran cantidad de polvo compuesto de cenizas, rocas pulverizadas y aerosoles de sulfato. A causa de la fuerza de los vientos, la ceniza producida por el humeante cráter se fue esparciendo debilitando así la potencia de los rayos solares.  A ello podemos añadir que en dicho año el Sol, la estrella que reina en nuestro Sistema Solar, registró también un ciclo de menor actividad, lo que los expertos denominan el “Mínimo de Dalton”. El resultado de tan extraña climatología fue una bajada radical de temperaturas, copiosas nevadas en el mes de junio, heladas en época estival, mucho frío, eternas lluvias y una población condenada a la oscuridad, a un año sin cosechas con legiones de hambrientos por las calles, oleadas migratorias, motines en centros urbanos y un auge del fervor religioso apocalíptico.

Seguro que os preguntaréis qué tiene que ver este aterrador panorama con el tema a tratar en este artículo. Básicamente que ese particular verano de 1816 tuvo lugar, en una mansión alquilada a orillas del lago Lemán (entre Francia y Suiza) por el famoso poeta inglés Lord Byron, una reunión de amigos. Entre los invitados a pasar las vacaciones estivales junto al famoso escritor estaban, entre otros, Percy Shelley, Mary Wollstonecraft (la futura señora Shelley) y, su médico personal, John Polidori. Debido a las inclemencias climatológicas antes mencionadas, sus planes lúdicos tuvieron que tomar un rumbo totalmente distinto. Y así fue como, tras leer historias de fantasmas junto al agradable fuego de una chimenea, Lord Byron retó a sus invitados a una peculiar competición literaria: todos debían crear una historia de terror. De esa noche surgieron dos textos, dos cuentos cortos, que acabarían siendo importantes para el género del horror. Ambos serían el germen de, por un lado, “El Vampiro” (novela publicada por Polidori en 1819) y, por el otro, el “Frankenstein o el moderno Prometeo” de Mary Shelley (publicada en enero de 1818 hace ya más de 200 años). Relato, éste último, considerado por muchos como la primera narración de ciencia ficción, además de ser una fantástica historia de terror gótico. Si el lector tiene curiosidad por una recreación de dicha velada podemos recomendar el visionado de “Gothic” (Íd, Ken Russell, 1986). En el film podemos se testigos de la noche que pasan junto a Byron (interpretado por Gabriel Byrne), Shelley (Julian Sands), Mary (Natasha Richardson) y el doctor Polidori (Timothy Spall) mostrándonos que no sólo cultivaban su vena literaria, sino también sus excesos.

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Ayudada después en las labores de editor por su esposo, poco sabría Mary Shelley del éxito que acabaría cosechando su monstruosa criatura. A partir de su novela, una novela que habla del bien y del mal, del desarraigo y de la responsabilidad hacia nuestros actos entre otras cosas, aparecieron diversas adaptaciones teatrales, dramáticas y cómicas, e incluso un cortometraje, “producido” por Thomas Edison en 1910, donde se relatarían las desventuras de su moderno Prometeo, el doctor Víctor Frankenstein, y su creación. Suele decirse que Shelley inspiró la creación de éste en la figura de Johann Conrad Dippel, teólogo y filósofo alemán (nacido en un castillo, en la cima de una montaña, llamado precisamente Frankenstein) que practicó la alquimia y experimentos de diversa índole con los que intentó demostrar, entre otras extravagancias, que era posible trasplantar el alma del ser humano de un cuerpo a otro. Sobra decir que este tipo de historias llegaron a oídos de Shelley y alimentaron su, desbordante de por sí, imaginación. A lo que habría que sumar su interés por la ciencia o su conocimiento de teorías como la del galvanismo de Luigi Galvani.

Prácticamente un siglo después y en un continente y país distinto, los Estados Unidos de América, dio comienzo un periodo histórico denominado como La Gran Depresión. No nos extenderemos en ello en demasía, pero baste mencionar que fue el principio de una crisis bursátil que acabó con la etapa de prosperidad americana tras la Primera Guerra Mundial y que acabaría tomando un alcance global considerable. A dicha situación no estuvo ajeno el negocio del cine y muchos estudios y productoras cinematográficas acabaron sucumbiendo. Las que a duras penas pudieron sobrevivir dedicaron sus esfuerzos a proporcionar lo que su público demandaba o necesitaba, es decir, el Séptimo Arte se convirtió en un pasatiempo para ahogar las penas de los desafortunados ciudadanos. ¿Y hay mejor forma de evadirse de la realidad que con una historia de miedo? En 1931 la Universal Pictures llevaba a las salas de cine uno de sus más sonoros éxitos de la época, la adaptación a la pantalla grande de uno de los monstruos más famosos de la literatura de terror gótico, “Drácula” (Íd, Tod Browning, 1931), encumbrando al actor Bela Lugosi como el icono que es actualmente y dando comienzo a toda una serie de filmes de horror considerados como parte del comienzo del género (un género que no se acuñó como tal hasta 1934).

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Tras el éxito de la cinta del director de “La parada de los monstruos” (Freaks, Tod Browning, 1932), una película que había generado unos 700.000$ en concepto de recaudación, los Estudios Universal quisieron repetir tal proeza y pusieron sus miras en otro popular monstruo clásico: el Monstruo de Frankenstein. Así como ocurrió con la cinta del vampiro transilvano, no se adaptó la novela sino una adaptación teatral, muy libre, de la obra de Shelley, concretamente “Frankenstein: An Adventure in The Macabre” (1927) de Peggy Webling, Con el apoyo del ejecutivo de la Universal, Richard Schayer, el proyecto recayó en Robert Florey, director de origen galo que participó activamente, aunque sin acreditar finalmente, en el guión del filme. Florey, al igual que multitud de realizadores europeos, emigró a Estados Unidos con la intención de hacer carrera y llegó a la Meca del cine influenciado por las producciones del expresionismo alemán. Influencias que intentó plasmar en la adaptación de Frankenstein con “El Golem” (Der Golem, wie er in die Welt kam, Paul Wegener, Carl Boese, 1920) y “El Gabinete del Doctor Caligari” (Das Cabinet des Dr. Caligari, Robert Wiene, 1920) como máximos exponentes.

El papel del monstruo se ofreció a quien destacó y fue la estrella de la adaptación del no-muerto creado por Bram Stoker, Bela Lugosi, aunque se conoce que éste prefería el rol del Doctor Frankenstein. El actor húngaro se sometió a una larga sesión de maquillaje por parte del famoso y consagrado maquillador de “monstruos” de la época Jack Pierce (quien también lo caracterizó para Drácula, aunque se dice que Lugosi acabó por deshacerse del maquillaje para aplicárselo él mismo a su gusto) para realizar una prueba de pantalla que Robert Florey filmó para mostrar al estudio. Dicho rollo de celuloide desapareció, pero no un póster promocional de la película donde el nombre del actor de la Europa del Este sí aparecía. Finalmente, y como todos sabemos, fue otro quien interpretó a la criatura. Las razones atienden al campo de la especulación. Si nos fijamos en la versión de Lugosi, éste dijo que no se mostró nunca interesado en un personaje que no tenía línea de diálogo alguna y que se limitaba a gruñir. Sin embargo, en una entrevista concedida a la primigenia revista Famous Monsters of Filmland, Jack Pierce confesó que el maquillaje del monstruo, sumado a la peluca que debía portar, le confería a Bela Lugosi un aspecto poco más que ridículo debido a las desmesuradas dimensiones de su cabeza. Descontentos con el resultado, ello llegó a las altas esferas de Universal provocando la salida del proyecto de Florey y Lugosi recayendo ambos en otra producción del estudio, “El doble asesinato en la calle Morgue” (Murders in the Rue Morgue, Robert Florey, 1932). Como curiosidad, podemos comentar que el mismo personaje que Lugosi rechazó en esos mismos momentos sí quiso interpretarlo una década después, ya cobijado bajo el éxito, en el film “Frankenstein y el Hombre Lobo” (Frankenstein Meets the Wolf Man, Roy William Neill ,1943), uno de los curiosos “mashups” a los que Universal Studios sometió al panteón de monstruos clásicos durante la década de los 40.

 

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La producción acabó recayendo entonces en el director inglés James Whale. Éste comenzó su carrera como director teatral en su Gran Bretaña natal.  El éxito de su obra “Journey’s end” lo llevó, en 1930, a realizar una gira en los EE.UU. y una vez allí fue convencido para trabajar en su versión cinematográfica. El éxito de ésta llegó a oídos de la Universal, quien le ofreció un contrato (recordemos que estamos en la época del Studio System y cada productora tenía a su plantilla -prácticamente- fija). Whale trabajó para este estudio en la primera mitad de los años 30 y supuso su etapa más prolífica, pero que quizá en acabó en encasillamiento ya que coincide en su incursión en el terror. Descartado Bela Lugosi, Whale quedó maravillado con el peculiar físico y la actuación de un curtido actor, Boris Karloff, en la película de Howard Hawks “El Código Penal” (The Criminal Code, Howard Hawks, 1931). Karloff llevaba más de diez años dedicado al mundo actoral con más o menos fortuna y al recibir la oferta no se lo pensó demasiado. Desde un primer momento se involucró al 100% en el proyecto construyendo a un personaje que prácticamente hizo suyo y que es como ha pasado a la posteridad convirtiéndolo en todo un icono de la cultura popular. Un monstruo pausado, pesado, lento, pero a la vez ingenuo y letal a partes iguales. El británico aguantó largas sesiones de maquillaje que llegaban a durar hasta 4 horas (más otras dos para devolverlo a la normalidad). Molestos prostéticos daban forma a su cabeza y a sus párpados característicos que le conferían una mirada casi sin vida. Se le obligó a portar una especie de corsé metálico, que sumado a la ropa acortada para dar sensación de enormidad y a unas enormes botas de obrero, provocaron al actor dolores de espalda que acabaron siendo crónicos. Sin embargo, y a diferencia de otros, el actor nunca renegó de su labor en el género estando siempre, si atendemos a declaraciones de su única hija Sara Karloff, muy orgulloso de la misma.

Centrándonos ya en la cinta, y como ya pasaba con el “Drácula” (Íd, 1931) de Tod Browning, las semejanzas con las obras literarias a las que teóricamente adaptan se reducen prácticamente al título de las piezas, personajes y poco más. Como ya se ha comentado antes, esto se debe a que ambas tenían como materia prima a sendas obras teatrales. La cinta de Whale difiere de la obra de Shelley. Si recuerdan el comienzo de ésta última, encontrábamos como narrador de la misma al Capitán Robert Walton que, en su afán por llegar antes que nadie al Polo Norte, encontraba en su camino a un moribundo Víctor Frankenstein. Yaciendo en un incómodo catre, éste acabaría relatándole su vida y obra además de confesarle su crimen, es decir, su soberbia a la hora de querer emular a Dios intentando crear vida, por una parte, y, por la otra, su irresponsabilidad a la hora de desentenderse de las consecuencias venideras. En la película encontramos varias licencias que acabarán siendo canónicas. Nada más comenzar el metraje descubrimos a un Doctor Frankenstein muy distinto al creado por Mary Shelley. Si en la novela se nos describía como un ser solitario, apasionado y obsesionado a partes iguales por la ciencia, en el film de Whale podemos observar de primera mano como responde a la generalizada idea del típico “Mad Doctor” que se instaurará en nuestra memoria colectiva. El film comienza con un funeral y tras un plano secuencia conoceremos la faceta de “ladrón de cadáveres” del buen doctor junto a su fiel asistente, el jorobado Fritz. Cabe señalar que el cambio más evidente es el del nombre de nuestro protagonista, aquí llamado Henry Frankenstein. Y es que se dice que la productora consideraba que el nombre de “Víctor” no acabaría calando en el público estadounidense.

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Henry Frankenstein, interpretado magnifica e histriónicamente por el actor Colin Clive, se nos presentará dando vida al cliché de “doctor loco” asentando las bases de este tipo de personaje que acabará imitándose en posteriores films similares, ya sean adaptaciones del personaje creado por Shelley o productos de terror en los que aparezca algún investigador como, por ejemplo, la magnífica “Re-Animator” (Íd, Stuart Gordon, 1985). Incluso Walt Disney convirtió, tras el éxito de “El Doctor Frankenstein“,  al ratón Mickey en un científico de dudosa moralidad en el corto “The Mad Doctor” (Íd, David Hand, 1933). En el film de Whale encontramos ya varias de las constantes a repetir como la del laboratorio, en este caso situado en lo alto de un torreón. Si en la novela, Víctor omitía de forma deliberada, para que nadie pudiera seguir sus pasos, las técnicas con las que “dar vida” a los muertos, en la película de 1931 se detalla de manera casi minuciosa. En la obra original se nos ofrecen vagas descripciones siendo reacciones químicas de distintos elementos las que reanimarán al Monstruo. Ello dejará vía libre a la imaginación y en la película de Whale la criatura revivirá con un elemento que acabará dentro del canon: la electricidad. Conviene señalar la magnífica labor del técnico Kenneth Strickfaden, también conocido como “Mister Electric”, utilizando muchas de las invenciones de Nikola Tesla en la construcción del laboratorio del Doctor Frankenstein. Todas esas estrafalarias máquinas eléctricas con sus respectivos chisporroteos y arcos voltaicos representaban una concepción científica de vanguardia más interesadas en el aspecto teatral de estas vistosas concepciones. Un, en un principio, hobby en el que Strickfaden acabó especializándose y convirtiendo en oficio colaborando en más de cien películas y productos para la televisión entre las cuales encontramos las secuelas más inmediatas de esta seminal entrega del Monstruo de Frankenstein (“La Novia de Frankenstein” [Bride of Frankenstein, James Whale, 1935], “La Sombra de Frankenstein” [Son of Frankenstein, Rowland V. Lee, 1939]), así como el film “La máscara de Fu-Manchú” (The Mask of Fu Manchu, Charles Brabin, Charles Vidor, 1932) o la serie televisiva “The Munsters” entre otras. Como curiosidad, Strickfaden se encargó de hacer de doble de Karloff bajo las sábanas que cubrían a la criatura en la escena de la creación del monstruo debido al pánico que el actor británico sentía por tal uso de la electricidad. Tampoco podemos olvidar un excepcional diseño de producción claramente influenciado por el cine expresionista alemán con esos irregulares decorados que tratan de reflejarnos la perturbada psique de sus protagonistas principales.

Curioso es el caso del fiel asistente/criado del buen doctor, Fritz, interpretado magistralmente por el actor Dwight Frye. Frye ya intervino en “Drácula” (Íd, Tod Browning, 1931) realizando un espectacular trabajo con el personaje de Renfield. De hecho, fue un talentoso actor, pero también muy subestimado por sus coetáneos. Algo que provocó su caída en desgracia. Volviendo a Fritz, no deja de sorprender que, con el paso de los años, este peculiar jorobado, un tanto torpe y malicioso, haya llegado hasta la memoria colectiva de nuestros días con el nombre de Igor. Sobre todo, teniendo en cuenta que el personaje de Igor no aparecería hasta la secuela “La Sombra de Frankenstein” (Son of Frankenstein, Rowland V. Lee, 1939). Igor era un extraño ser deforme que en el pasado fue ajusticiado al ser descubierto saqueando tumbas y robando cadáveres (curiosamente interpretado por Bela Lugosi). Tal vez la decisión de Mel Brooks, casi cuatro décadas después, de tomar como principal referencia dicho film para su divertida “El jovencito Frankenstein” (Young Frankenstein, Mel Brooks, 1974) fuera la causante de tal fusión de personajes (bajo la humilde opinión de quien suscribe estas palabras).

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La película de Whale desmonta, por su parte, la naturaleza de la relación entre Monstruo y Creador de la novela original. Si Shelley nos relataba que la falta de responsabilidad de este último era la causa que desencadenaba la tragedia, en el film se nos trata de simplificar en términos biológicos. A falta del último órgano para poder llevar a cabo su experimento, es decir, un cerebro, la torpeza de Fritz le lleva a sustraer el de un criminal (curiosamente denominado “cerebro anormal” para subrayar más si cabe tal concepto). Esta “biología de la maldad”, quizá simple en demasía, se desmorona en parte con la actuación de Karloff cuando éste interpreta a un ser de ingenuidad infantil y carente (en apariencia) de una maldad innata. De hecho, es una violenta reacción natural al miedo (producido por el fuego de la antorcha con la que Fritz lo amenaza) la que lleva a su Hacedor a justificar dicha teoría afirmando que su creación, por la cual sintió orgullo en un principio, es incontrolable y debe ponerle fin.

Completan el reparto la actriz Mae Clark como Elizabeth Lavenza, la prometida de Henry e interés romántico Victor Moritz, el mejor amigo de este último e interpretado por John Boles, conformando un triángulo amoroso apenas desarrollado. Y, por último, y no menos importante, encontramos al actor que ya pudimos ver interpretando a Abraham van Helsing en “Drácula” (y será el futuro Dr. Muller en otro clásico de la casa: “La Momia” [The Mummy, Karl Freund, 1932]), Edward Van Sloan. Aquí Sloan es el Dr. Waldman, mentor y encargado de explicarnos el background del personaje de Henry Frankenstein. El actor también se encarga de protagonizar, a modo de prólogo, una advertencia para el público incauto acerca del tono de la película además de sus mensajes sobre la vida y la muerte, sobre la existencia, Dios y los enigmas del hombre.

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La cinta tuvo problemas con la censura de la época. Varias escenas fueron recortadas, modificadas o silenciadas por los “aficionados a la tijera” del momento. La magistral escena del Monstruo y la niña María es una de ellas. Una escena que rompe con la teoría del origen biológico de la maldad de la criatura ya que se nos muestra de primera mano su infantil ingenuidad y su sensibilidad hacia la belleza. Se nota el cuidado del director en no traspasar “líneas rojas” en la concepción de la misma cuando la muerte de la pequeña se deja a la imaginación del espectador. Desentonando, a su vez, con el posterior (y falso) plano secuencia del padre portando el recién descubierto cadáver de la pequeña a lo largo del pueblo hasta llegar a la residencia del Barón Frankenstein. Silenciada, por otra parte, fue la escena en la que Colin Clive tras gritar su famoso “It’s alive!”, refiriéndose a su recién revivido proyecto científico, se equipara con Dios. Algo que no debió sentar muy bien en tan puritana época. Sobre su pista de audio se superpuso otra con el estruendo de un trueno. No fue hasta muchas décadas después, y mediante modernas técnicas, que pudimos saber de su existencia. Tampoco el film pudo esquivar a añadidos en post-producción. Al mencionado con anterioridad prólogo de Edward Van Sloan, hay que añadir el “final feliz” que llegó a las pantallas. Originalmente el desenlace de la cinta tenía un cariz más pesimista al fallecer criatura y creador en la famosa e icónica escena del molino. Un molino que estaba concebido en origen como el recinto que cobijaba el laboratorio del doctor Frankenstein. El incendio provocado por la turba acabaría con la vida de ambos y cerraría abruptamente el episodio. Sin embargo, la productora decidió que el público estaba necesitado de un final más optimista e improvisó un cierre en el que ni siquiera el actor ni director participaron.

Es sin duda el Frankenstein de la Universal (y el de Boris Karloff) el que ha pasado al recuerdo colectivo del público en general, pese a estar basado en un magnífico material del que apenas toma el título y poco más. No sólo eso, sino que es poseedora de muchas escenas para la posteridad y su éxito proporcionó otras muchas adaptaciones de la criatura creada por el moderno Prometeo dignas de mención como su inmediata secuela o todo el ciclo que le dedicó Terence Fisher en el seno de la Hammer Films de la que un servidor es ferviente admirador. Pero eso es una historia para otro día.

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