Crítica de “Revenge” (Íd, Coralie Fargeat, 2017)

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Título original: Revenge / Año: 2017/ País: Francia / Duración: 108 minutos / Director: Coralie Fargeat / Producción: Marc-Etienne Schwartz, Marc Stanimirovic, Jean-Yves Robin / Productora: M.E.S. Productions, Monkey Pack Films, Logical Pictures, Charades / Distribución: Rezo Films / Guion: Coralie Fargeat  / Música: Robin Coudert / Fotografía: Robrecht Heyvaert / Montaje: Coralie Fargeat, Bruno Safar, Jérôme Eltabet / Reparto: Matilda Lutz, Kevin Janssens, Vincent Colombe, Guillaume Bouchède / Presupuesto: 2.900.000$


Tres hombres, casados y ricos, se reúnen anualmente para irse de caza a un recóndito paraje desértico. En esta ocasión, uno de ellos, Richard, irá acompañado de su amante, Jen, una atractiva joven por cual el resto de varones se sentirán atraídos. Aprovechando una ausencia de Richard, uno de sus compañeros viola a la chica. Preocupados por su bienestar y posición, intentan comprar el silencio de Jen. Pero esta se niega. Es entonces cuando Richard decide acabar con su vida. Dejada por muerta en el desierto, Jen sobrevivirá milagrosamente. Haciendo acopio de fuerzas y desmesurado valor, su derramamiento de sangre clamará venganza.


Es innegable afirmar que la venganza, entendida como acto para equilibrar la balanza tras un desatino, no está carente de cierto atractivo. La verdad es que ejercer “La Ley del Talión”, el archiconocidísimo “ojo por ojo, diente por diente”, puede poseer ciertas connotaciones negativas, por lo menos dentro de las convenciones sociales establecidas y jurídicamente hablando. De cara a la galería, en la intimidad de nuestros hogares seguro que la cosa cambia, no es una actitud socialmente popular que una víctima, presa de los excesos de una ira más que justificada (eso de poner la otra mejilla, reconozcámoslo, no es inherente a nuestra naturaleza), se tome la justicia por su mano rebajando y subyugando su condición humana al salvajismo con tal de compensar, de obtener una satisfacción directa del agravio. Como personas que sentimos, que sangramos cuando se nos pincha, debemos reconocer que, por mucha sociedad civilizada en la que vivamos y queramos sentirnos protegidos por los organismos que teóricamente velan por nuestro bienestar, la respuesta desproporcionada, directa y contundente hacia un acto dañino contra nuestra integridad suele ser, por norma general (dependiendo también de nuestra personalidad o carácter) una de las primeras cosas que nos pasa por la cabeza cuando sufrimos algún tipo de injusticia, ya sea social, laboral o física. Sin animo de filosofar mucho más sobre el tema, simplemente decir que la venganza como concepto, incluso cuando se confunde con la justicia, poética o no, no sólo nos atrae, sino que es uno de los principales motores argumentales de todos los tiempos dentro y fuera de la ficción. Dicha convicción de que la sangre derramada clama venganza es tan antigua como nuestra civilización y no es de extrañar que se haya infiltrado, como cualquier otra emoción humana, en la historia de la literatura, el teatro, el cine o los cómics. Ya fuera ejercida por el homérico Aquiles en “La Iliada”, servida fría con pericia por un hábil Edmond Dantés en la maravillosa “El Conde de Montecristo“, fruto de la locura como la del “shakesperiano” Hamlet, causante de la obsesión del famoso Capitán Ahab o principal cruzada de un excombatiente del Vietnam al que han arrebatado a su familia, las letras nos han dado grandes historias de venganzas. Pero también sería injusto decir que el Séptimo Arte no le ha ido a la zaga al respecto ya que muchos directores y guionistas de cine no han evitado sucumbir al uso de una de las más bajas pasiones humanas como principal resorte en sus relatos. Ya lo decía el Maestro Hitchcock: “La venganza es dulce y no engorda”.

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Películas de venganzas hay muchas, de muchos tipos y casi ningún género escapa. Comedias, dramas, thrillers, horror, … Sin embargo, hoy nos interesa destacar un subgénero muy concreto, irremediablemente cercano al “cine de explotación” y al “Grindhouse”, popularizado en una década, la de de los setenta, una época caracterizada principalmente por una crisis social, económica y el desencanto generalizado de la población americana que supuso un momento fértil para la ficción, el thriller o el terror en concreto, en el celuloide. Me refiero, por supuesto, a uno de los géneros que más brutalmente ha representado la violencia contra la mujer en la historia del cine como es el “Rape and Revenge” (violación y venganza en inglés). Un tipo de películas muy polémicas desde su nacimiento, pero, paradójicamente, de gran aceptación en sus respectivos nichos de público. Con títulos tan representativos en su haber como (la, pese a no serlo, prácticamente fundacional) “La última casa a la izquierda” (The Last House on the Left, Wes Craven, 1972) o “La violencia del sexo” (I Spit On Your Grave, Meir Zarchi, 1978), son filmes donde se muestra, de forma totalmente explícita, agresiones sexuales que acaban conformándose como evento dramático que desencadena un acto de venganza. Señalar que en su desarrollo suelen repetirse una serie de patrones que logran convertir dichas cintas en un género por sí mismo. Importante es, por una parte, que el instrumento de venganza sea la propia víctima (o en su defecto, a causa de incapacidad, imposibilidad o muerte de la misma, otro sujeto allegado puede ser el elemento ejecutor) y, por la otra, que el culpable, que el agresor (o agresores) pague de  la forma más dolorosa, desagradable y violenta posible. En definitiva, que el crimen no quede sin castigo alguno. Cabe destacar que en muchos de estos títulos, la víctima es la principal protagonista -soliendo ser una mujer fuerte y decidida, lejos de la típica damisela mancillada de antaño- y responsable directa de que no quede impune el agravio. De esta forma, se desmarca de otra tendencia que paralelamente tomaba también la venganza como principal resorte narrativo como es el “vigilantismo” o “el cine de vigilantes/justicieros urbanos” que se prodigase en los setenta con la seminal “El justiciero de la ciudad” (Death wish, Michael Winner, 1974), que tan popular hiciera al hierático Charles Bronson en la piel del inmisericorde Paul Kersey. De todos modos, ambas vertientes no sólo se pasearon por parcelas propias de la “exploitation”, sino que han logrado pervivir en el tiempo, gracias a su “fandom“, hasta llegar nuestros días con variedad de títulos en los que apenas se ocultan las reminiscencias a los clásicos de ambos subgéneros. De ahí, la existencia de sagas que se acabarán convirtiendo en clásicos modernos como la propia del personaje interpretado por Bronson o, más recientemente, la que dio comienzo con “Venganza” (Taken, Pierre Morel, 2008), protagonizada por un ya maduro Liam Neeson. Eso en lo que se refiere a los justicieros vengativos ya que en lo que concierne al “Rape and Revenge” tenemos los sendos remakes -y alguna secuela de remake– de los títulos mencionados como otras sugerentes cintas como la muy interesante -incorporando trazas sobrenaturales a la trama- “Savaged” (Íd, Michael S. Ojeda, 2013), la sofisticada “Elle” (Íd, 2016) de Paul Verhoeven -uno de los realizadores que mejor ha sabido plasmar la faceta más perversa del ser humano- o la psicotrópica variante que supone la increíble “Mandy” (Íd, Panos Cosmatos, 2018) entre muchísimas películas de diversa calidad e índole, pero donde predomina siempre esa voluntad de sentir vergüenza ajena hacia nuestra propia especie.

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La cinta que hoy nos ocupa, “Revenge” (Íd, 2017) de la debutante en la dirección Coralie Fargeat, no es una excepción. El título de la tarjeta de presentación en forma de largometraje de la directora gala no puede ser más evocador y prometer menos de lo que muestra. Revenge en inglés es venganza. Fargeat nos ofrece un “Rape and Revenge” de manual, con sus tres típicos actos bien diferenciados (es decir, la agresión, la posterior recuperación de la víctima y la venganza final), en el que podremos encontrar sutiles licencias debido a que poco se puede innovar en un subgénero tan encorsetado como el que estamos tratando. La cinta comienza con la llegada de una joven pareja a una lujosa residencia en un desértico paraje. Él, Richard (interpretado por un imponente e histriónico en ocasiones Kevin Janssens), un pijo adinerado, casado y con hijos (dos niñas, por lo que comenta en una conversación postcoital). Ella, Jen (¿posible homenaje a Jennifer Hills, personaje interpretado por Camille Keaton, de “La violencia del sexo” [I Spit On Your Grave, Meir Zarchi, 1978]?), su joven amante. Una joven llamativa, sexy y con gusto por despertar admiración en los demás (como demuestra al revelar que su sueño es ir a Los Ángeles, la ciudad donde todo es posible incluido que se fijen en ella) interpretada por la actriz italiana Matilda Lutz y uno de los principales aciertos de la cinta con una presencia en pantalla capaz de eclipsar al resto. Las cosas comienzan a torcerse en cuanto aparecen los dos amigos de Richard, mucho menos agraciados que él, con los que queda todos los años para ir de caza en tan recóndito lugar. Tras una noche de juega y borrachera, uno de ellos, en ausencia de Richard, al sentirse irremediablemente atraído por la chica, acaba violándola con el beneplácito de su compañero que sube el volumen de un televisor con tal de oír los gritos de la víctima. A su vuelta, Richard no sólo descubre lo sucedido, sino que intenta apaciguar a Jen con dinero con tal de comprar su silencio. Ante su negativa y temeroso ante la amenaza de perder su posición de privilegia, decide asesinarla con la complicidad de sus compañeros. Abandonada y dejada por muerta, Jen logra huir sólo para poder volver y clamar venganza ante sus agresores. Hasta aquí, la trama (que prácticamente cabe en un post-it) ni aporta nada nuevo ni se diferencia demasiado de cualquier referente de los cánones del subgénero. Sin embargo, sí que podemos apreciar, entre otras cosas, que, a diferencia de otros filmes, aquí no hay voluntad de recrearse en la agresión sexual, por ejemplo, la cual ocurre prácticamente fuera de plano, y sí hacerlo con todo un festival cromático de gore y violencia explícita con el ajuste de cuentas. No en vano, las tareas de dirección recaen en una representante del género femenino. Y tanto en ese tercer acto, como en el precedente, la cinta pasa página al tratamiento más serio de su primer tercio (la llegada, presentación y violación) para convertirse en un hiperbólico cartoon donde se pone a prueba la suspensión de la incredulidad del espectador a favor de un ejercicio de entretenimiento brutal, rodado con un firme pulso narrativo y una potencia visual que se acaba convirtiendo en un impresionante ejercicio de estilo. Consolidando a su responsable como uno de esos prometedores talentos a los que no hay que perder de vista en ningún momento.

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Evidentemente vivimos en unos tiempos en los que se ha creado la imperiosa necesidad de poner etiquetas a todo y muchos ya han tildado “Revenge” (Íd, 2017) como un claro representante fílmico del empoderamiento femenino en una cinta de “violación y venganza” en clave feminista. Un argumento con el que estoy, en mi humilde opinión, de acuerdo a medias. Porque bien es verdad que en el primer acto del largometraje se hace uso de un tono serio, verosímil, pero también que es diametralmente opuesto al enfoque de los dos actos siguientes. Esa primera parte es capaz de suscitar ideas en consonancia, de cuestionar si realmente las mujeres disfrutan de una misma libertad sexual -en lo que a convenciones sociales se refiere- que los hombres o el porqué de la existencia de prejuicios desde el lado masculino al respecto. ¿Es una buscona una chica que disfruta mostrando su sensualidad? Decididamente no. Pero esto es algo que sus acompañantes, auténticos brutos carentes de sensibilidad, son incapaces de apreciar. De hecho, el posterior intento de “compensación” o la justificación en boca de uno de ellos (“eres tan preciosa que cuesta resistirse a ti”) es una perfecta muestra de la degradación moral de unos tipos que se creen por encima de todo, de todos y de todas. En una sociedad como la nuestra donde impera una galopante ideología capitalista, estos “especímenes” creen que con su dinero pueden comprarlo todo, incluida la dignidad de una persona. Algo que no creo que se aleje demasiado de la realidad. O, al menos, no me cuesta nada creer que existan individuos de tan baja ralea. Sin embargo, todo este discurso se me acaba desmoronando tras la presunta muerte de la protagonista. Llegados a este punto, Jen pasa a transformarse de sexy Lolita a aguerrida y poderosa guerrera. No sé que efectos tiene el peyote (lamentablemente no lo he consumido), pero parece conferirle a la joven una fuerza, una determinación y una invulnerabilidad propia de un metahumano. Jen acaba convirtiéndose en una especie de Wonder Woman inmisericorde y expeditiva que, como he anotado, hace necesario poner en práctica ese suspenso de la incredulidad para seguir disfrutando del espectáculo. Y diría que es la mejor dirección que puede tomar el film para desmarcarse de toda la herencia precedente y no convertirse en “una más”. En mi opinión (humilde), no nos encontramos ante un “Rape and Revenge” en clave feminista (o no principalmente), sino ante un “Rape and Revenge” en clave de slapstick sanguinolento. Todo sale de madre. Sale de madre tanto que es imposible tomarse en serio a unos personajes que acaban convertidos en macabras caricaturas. Incluso cuando Fargeat pone en boca de un maltrecho villano una frase tan casposa, a modo de reproche, como “las mujeres siempre tenéis que plantar cara, joder“, con todo este tratamiento precedente comentado, me resulta difícil conectar de nuevo con el posible discurso en clave feminista del primer acto. Incluso la utilización de símbolos de forma casi naif como, por ejemplo, es el del águila marcado a fuego en el vientre de Jen ¿Ave Fénix renacida? ¿Majestuosa ave rapaz depredadora en busca de aquellos lobos que se acabarán convirtiendo en presa? Es prácticamente un cómic, un grotesco cartoon de acción real, donde todo acaba exagerándose exponencialmente. Las actitudes, la violencia, la sangre, las tripas, … Los personajes acaban hechos polvo, en la línea del hardboiled más ultraviolento, donde la sangre de los cuerpos de los protagonistas es capaz de cubrir literalmente una estancia completa. Me cuesta horrores tomarme la cinta en serio. Sin embargo, no me cuesta nada disfrutarla como un entretenimiento más cercano a la serie B, al cine de explotación más salvaje, gamberro y desvergonzado.

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En definitiva, “Revenge” (Íd, 2017) es un impresionante debut en la dirección de largometrajes de Coralie Fargeat totalmente merecedor de todos los premios que ha cosechado, entre ellos el Premio a la Mejor Dirección y el Premio Citizen Kane a la Mejor Dirección Novel del Festival de Sitges, así como el premio a la Mejor Dirección y a la Mejor Interpretación Femenina del Nocturna de Madrid. Un envoltorio impresionante -fotografía, montaje, dirección- para un ejercicio de entretenimiento con, no podemos negarlo, ciertas pretensiones reivindicativas en lo que al empoderamiento femenino se refiere, pero que, en la opinión de quien suscribe estas palabras, queda eclipsado por su tratamiento de cartoon ultraviolento, de slapstick teñido del rojo de la sangre y las vísceras. Una película de ritmo endiablado, sin concesiones, que hace gala tanto de un humor negro inteligente y sutil como de una exaltación de los excesos. De su escueto reparto, solvente y resolutivo, destaca sobre todo la actriz protagonista,  Matilda Lutz, tan capaz de provocar con su sensualidad como de dar la talla como letal “terminatrix“. Violencia a raudales, poses de videoclip. Todo amante del cine de serie B, del mainstream más palomitero, tiene aquí una verdadera joya del género. Y hecha en el Viejo Continente, que no se nos olvide. Resumiendo, un título a tener muy en cuenta y una directora prometedora a la que seguir sus pasos.

Un momento: el enfrentamiento final entre Jen y su asesino. Éste, desnudo y con las tripas asomando por un agujero en su abdomen. El juego del gato y el ratón con un exceso de hemoglobina en pantalla.

Lo mejor: entre sus muchas virtudes, destacan sobre todo la música de Robin Coudert, de clara inspiración “carpenteriana“, así como la increíble paleta cromática de la fotografía de Robrecht Heyvaert. Sencillamente increíble.

 

 

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