Especial Balas Perdidas 1: La inocencia del nihilismo (David Lapham)[1]

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Titulo original: Stray Bullets vol. 1: Innocence of Nihilism / Guión: David Lapham / Dibujo: David Lapham / Portada: David Lapham / Formato: Rústica / Páginas: 268 págs / Editorial: Ediciones La Cúpula / Precio: 19,90€ / ISBN: 978-84-17442-05-7


“Balas Perdidas” es una serie coral conformada por varios relatos de aparente corte auto-conclusivo en el que seremos testigos de las trágicas historias de sus personajes. Joey tiene un peculiar trabajo, hace desaparecer los cadáveres de los tipos que estorban a Harry, su jefe. El cadáver de una prostituta de la que se tiene que deshacer traerá consigo fatales consecuencias. Por otra parte, la pequeña Virginia Applejack será testigo de un brutal capítulo que cambia su vida: un asesinato cometido por Spanish Scott, sicario de Harry, a plena luz del día. Una experiencia que no le traerá nada bueno. No muy lejos de allí, el futuro del prometedor Orson -primero de la clase y a punto de entrar en la Universidad- dará un giro radical cuando el entorno mafioso local entre en su vida. Más de mil años de distancia, la peligrosa ladrona de bancos Amy Racecar comienza su peculiar cruzada contra el mundo después de que Dios le niegue la entrada al Paraíso a su creación más preciada, el hombre.


A modo de introducción: “Balas perdidas” de David Lapham es un cómic maravilloso que me atrevo a recomendar -práctica poco habitual en mi persona ya que mis gustos no tienen que ser como los de los demás y siempre es un ejercicio de riesgo el hacer recomendaciones- a todo aquel amante del género negro como al que disfrute con el secuencial noveno arte. A mi parecer es una genialidad y la mejor obra de su autor hasta la fecha. Aquí comienza un especial dedicado a las aventuras de Amy Racecar, Virginia Applejack y compañía que abarcará cinco artículos que reseñarán cada uno de los cinco tomos que recopilan la serie original “Stray Bullets“.


A mediados de la década de los noventa -en pleno boom del interés que generó “Pulp Fiction” (Íd, 1994) de Quentin Tarantino por el género negro -por las historias de perdedores en tono noir y el gusto por convertir a los habituales protagonistas del hampa y diversos criminales en personajes costumbristas tan víctimas de la cotidianidad y de la cultura pop como cualquier “hijo de vecino”- aterrizaba en nuestro medio favorito, el de las viñetas por supuesto, una de las publicaciones independientes más interesantes del momento -por no decir de los últimos tiempos-. Una colección de cómics que lanzaría la carrera de su autor, David Lapham, a una más que notable popularidad y prestigio.  “Balas perdidas” es el proyecto más personal hasta la fecha del guionista y dibujante estadounidense, nacido en Nueva Jersey. La serie debutó en su propia editorial, bautizada como El Capitán, co-fundada con su esposa allá por el año 1995. Tras unos comienzos, más bien tibios, en una recién “salida del hornoValiant Editorial, donde trabajó en los primigenios títulos de Shadowman o Hardbinger -ahora de rabiosa actualidad tras la renovación de dicha editorial-, Lapham se decidió por la vía de la auto-edición para desarrollarnos esta historia negra, en muchos sentidos, que conjuga perfectamente el drama, la acción y todos los convencionalismos del noir norteamericano. Una obra totalmente deudora de los clásicos del género, sin dejar de lado las más que evidentes referencias del cine de “gánsteres desocupados y expertos en cultura pop” del “enfant terrible” en boga de aquel momento -Quentin Tarantino- o la afamada “Sin City” del -todavía en aquellos tiempos- grande y prestigioso Frank Miller.

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De esta manera, y de forma totalmente serializada, Lapham sacó al mercado, en formato de comic-books, este “Balas Perdidas” con fecha de 1995. Acompañada de la curiosa foto, de cuando era un chaval, de su ficha policial en la contraportada. Publicación con la cual, pese a su irregular periodicidad, fue amasando diversos galardones -entre ellos el prestigioso Premio Eisner– y, por extensión, notoriedad en el mundillo y mercado estadounidense. Pronto el autor daría cuenta de lo fácil que era ganar un buen dinero trabajando para las dos Grandes del sector -es decir, Marvel Comics y DC Comics-, para las cuales realizó encargos centrados en los personajes de Daredevil y Batman, respectivamente. Encargos que, por un lado, no venían nada mal a la recién formada familia gracias a su paternidad, pero que, por el contrario, entorpecían o retrasaban el desarrollo del proyecto que le dio fama. De esta forma, y pese a sus reticencias y esfuerzos por no decaer, Lapham dejaba en stand by la serie con la friolera de cuarenta números publicados -más algunos especiales-. Tras diez años, dejaba aparcada “Balas perdidas” para desarrollar otros proyectos para Marvel, DC, Dark Horse o quien se le pusiera por delante de las cuales podemos destacar su buena labor para el sello Vertigo de DC Comics con su novela gráfica “Silverfish” o su serie regular -cancelada por malas ventas en su número 18- “Young Liars”, muy recomendable desde mi humilde opinión. Tras un tiempo alejado del personal universo creado en “Balas Perdidas”, Lapham comenzó a considerar la idea de retomar el proyecto -que inconcluso y con un cliffhanger importante de por medio había dejado- aprovechando la oportunidad que se le planteaba al poder integrar su pequeña editorial en la infraestructura de la “renacida” Image Comics, uno de los baluartes del cómic mainstream de los años 90 que había caído en desgracia, pero que en la era de los “dos miles” -y gracias a un cambio de rumbo y mentalidad por parte de su cúpula- se ha tornado en una de las más interesantes del mercado debido a sus propuestas de alta calidad y renombre de sus autores. En 2014 Image se hacía con los derechos de la obra de Lapham y, para alegría de todos, “Balas Perdidas” volvía para -esperemos- quedarse (la publicación de la nueva serie “Stray Bullets: Killers” da fe de ello) [2].

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Balas Perdidas” se compone de una sucesión de historias en apariencia auto conclusivas, pero que vistas en conjunto forman un todo. Es un relato de “gente normal” que se ve envuelta en los sucios negocios de desalmados hampones o a las que el lado más jodido de la vida, por motivos diversos, les ha hecho la zancadilla haciéndolas sufrir de forma totalmente injustificada. Este primer tomo, “La inocencia del nihilismo”, recoge los primeros siete números USA de la serie y está conformado por eso mismo, por pequeñas narraciones que parecen que no tienen demasiado entre sí, pero que de cara al futuro su importancia será capital. En este primer tramo de la serie se nos comenzarán a presentar a casi todos los personajes que constituyen la columna vertebral de ese “todo” antes mencionado. Destacar que el autor no opta por un desarrollo lineal de la trama, sino que cada capítulo salta en el tiempo -hacia delante o hacia atrás- para que nosotros, los lectores, una vez asimilado lo leído juntemos las piezas de este peculiar rompecabezas – ¿hemos mencionado antes a Tarantino? -. El primer corte nos presenta un relato que no encontraría mejor calificación que de tipo “tarantiniano”. Dos hombres transportan de noche en su coche una comprometida carga: el cadáver de una prostituta a la que el jefe mafioso local, el misterioso Harry, ha mandado ejecutar. El trabajo es sencillo, llevar el “muerto” a un lugar y deshacerse de ello “ipso facto”. Lamentablemente, uno de ellos no está muy bien de la “azotea”, el joven Joey, y, si a eso juntamos un enajenado “enamoramiento” con el cadáver tras ser uno de los participantes en la violación previa a la muerte de la mujer, la cosa se complica. Un capítulo que es una perfecta carta de presentación y que ya pone sobre la mesa cuáles serán las constantes del resto de la serie: el género negro, la construcción de personajes cimentada sobre sus acciones y diálogos, interacciones entre los distintos protagonistas, agilidad narrativa, un dibujo en blanco y negro -y con un genial dominio de la mancha en su entintado- perfectamente en consonancia con la oscura narración que Lapham nos presenta y un diseño de página de ocho viñetas de idéntico tamaño que le otorgan el aspecto cinematográfico deseado por el autor.

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Sin embargo, el joven Joey no será uno de los personajes capitales -aunque volveremos a verle en un futuro- en esta especie de macro relato de David Laphan sino que servirá para establecer el tono de una serie que se esforzará en mostrarnos la cara más amarga y mísera de la condición humana en clave de noir moderno. En su segundo capítulo el autor da un salto de 20 años en el pasado para situarnos en vísperas del verano de 1977, en escena ya aparece la pequeña Virginia Applejack que es, desde mi humilde punto de vista, no sólo una de las protagonistas de esta coral narración sino el personaje más importante y por el que pivotará el resto de la serie. Pero eso ya es adelantarnos a los acontecimientos. En su presentación, veremos como la vida de la pequeña Virginia -una niña un tanto diferente a las demás a la que en lugar de jugar con muñecas le encanta la recién estrenada, en dicha ficción, “La Guerra de las Galaxias” (Star Wars Episode IV – A new hope, George Lucas, 1977)- queda un tanto tocada al presenciar a la salida del cine -justamente tras ver por enésima vez la película seminal de la saga espacial de George Lucas- como uno de los matones del misterioso Harry, Spanish Scott, ejecuta a un pobre “moroso”. Señalar que, para fortalecer un poco más esa apuesta por “Pulp Fiction” (Íd, Quentin Tarantino, 1994) como influencia capital, si el enigmático Harry pudiera recordarnos al Marcellus Wallace del film del director de Knoxville, Spanish Scott es perfectamente un sosia de Vincent Vega. Un tipo letal con el cuchillo y con una referencia a la cultura popular -sobre todo a la saga de los Skywalker- en la punta de la lengua. El hecho de ser testigo de tan dramático suceso, llevará a enrarecer el afable carácter de la niña llegando a tener problemas con su familia -a los que sumar a una rancia relación con su madrastra- y en el colegio. A Lapham no le tiembla el pulso al mostrarnos sin pudor alguno como la chiquilla es víctima de “bullying” -esa práctica tan arraigada en los EEUU que hemos podido ver incluso en las comedias más ligeras- por parte de sus compañeros. Una situación que hará que la pequeña huya de su hogar y protagonice junto a un adulto, que la recoge cuando ésta hace auto-stop, uno de los episodios más angustiantes de los sietes que componen este libro. Y es que, durante sus páginas, el autor coquetea con algo tan desagradable como la pederastia. Virginia será una víctima. Pero como no tengo ánimo de spoilear su desenlace, por favor, leedla. Es una muestra de la mezquindad inherente en el ser humano. Otro trío de personajes que aparecerán, y que serán vitales para el futuro, será el conformado por Nina -la chica de Harry-, su amiga Beth y Orson -un pimpollo de futuro prometedor que se verá truncado al cruzar su camino con ellas-. Este peculiar grupo vivirá una “aventura” mafiosa al más puro estilo “Amor a quemarropa” (True Romance, Tony Scott, 1993) – ¿Tarantino? – al ser perseguidos por los secuaces de Harry -el mencionado Spanish Scott y el Monstruo- y verse obligados a huir de la ciudad. La génesis de lo que más adelante Lapham desarrollará, aquí se nos presenta. Y no menos importante será Amy Racecar, sin duda el personaje más “cool” de “Balas Perdidas”. No me extenderé demasiado ya que poco se nos contará de ella en este primer tomo, pero seremos testigos de cómo los actos de esta asesina y ladrona de bancos del año 3077 serán catastróficos para todos los habitantes del planeta Tierra. La clave onírica del relato podrá darnos más de una pista. Y hasta aquí puedo leer.

En definitiva, la recuperación de “Balas perdidas” por parte de La Cúpula es una extraordinaria noticia. Si tuviera que definir esta obra de David Lapham con una sola palabra, ésta sería “brillante” (y en mayúsculas). Una historia de género negro bien contada y bien dibujada donde el esfuerzo primordial se pone en la construcción de sus intérpretes. Lapham logra que riamos, que suframos y que queramos a sus personajes. Todo ello acompañado de una labor artística excepcional que hace de esta serie una de las más recomendables para todo amante del noir -o del cómic en general-. Toda una “master class” de cómo hacer “tebeos” de calidad saliéndose de los estándares del cómic mainstream más generalista. Estén atentos a los próximos disparos, porque nunca se sabe dónde puede acabar una bala perdida.

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[1] Este es otro artículo publicado en otra web que reciclo y recupero (en su versión previa a los teóricos retoques que se hicieron para su publicación allí) con objeto de reseñar los cinco tomos aparecidos de la serie hasta la fecha en un “Especial Balas Perdidas“.

[2] Cabe señalar que en nuestro país ha sido La Cúpula la encargada de publicarla. Sin embargo, también podemos decir que de una manera un tanto extraña. Primero, desde 1998, respetando el original formato en “grapa” -con cubiertas de cartón como sustancial diferencia- en su irregular línea “Fuera de serie Comix”, dejándola inconclusa a la altura del número 22 -así como con otras series del catálogo- para acabar recopilándola en cuatro tomos en rústica, allá por 2005, a semejanza que en Estados Unidos y que contendrían las primeras treinta entregas. El cuarto tomo supuso el último mientras se esperaba a que Lapham diera por concluido el último y más extenso arco argumental de la serie. Algo que no llegó hasta mucho después. El verano pasado, la editorial catalana anunciaba que retomaba la publicación con un quinto tomo y la reedición del material original ya publicado. Hasta la fecha ha reeditado los tres primeros tomos de la serie.

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