El doctor Frankenstein (Frankenstein, James Whale, 1931)

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Titulo original: Frankenstein / Año: 1931 / País: Estados Unidos / Duración: 71 min / Director: James Whale / Guión: Garret Ford, Francis Edward Faragoh (libre adaptación de la novela de Mary Shelley y obra de teatro original de Peggy Webling) / Producción: Carl Laemmle Jr / Productora: Universal Pictures / Distribución: Universal Pictures /Fotografía: Arthur Edeson / Música: David Brockman / Diseño de Producción: Charles D. Hall / Montaje: Clarence Kolster / Reparto: Boris Karloff, Colin Clive, Mae Clarke, John Boles, Edward van Sloan, Dwight Frye / Presupuesto: 262.007$


El Doctor Henry Frankenstein vive apartado y repudiado por una sociedad científica que ve con malos ojos su voluntad de crear vida mediante el flujo de cargas eléctricas. Junto a su inseparable criado Fritz se dedicará a saquear tumbas con la intención de obtener cadáveres a los que revivir. Pero necesita un último órgano, un cerebro. La torpeza de su asistente hará que lleve a su amo el cerebro de un criminal que enturbiará el éxito del experimento.


El año 1816 fue conocido, en el ámbito de la historia meteorológica, como el “año sin verano”. Europa sufrió las consecuencias devastadoras de un peculiar cambio climático, así como el resto del hemisferio norte de nuestro planeta. ¿Las causas? Los entendidos en el tema achacan el problema a la erupción del volcán Tambora, situado en una pequeña isla de lo que ahora conocemos como Indonesia. Se dice que fue una de las explosiones más grandes jamás registradas (desde que se hace uso de este tipo de registros) y que causó alrededor de 60.000 víctimas además de liberar en la estratosfera una gran cantidad de polvo compuesto de cenizas, rocas pulverizadas y aerosoles de sulfato. A causa de la fuerza de los vientos, la ceniza producida por el humeante cráter se fue esparciendo debilitando así la potencia de los rayos solares.  A ello podemos añadir que en dicho año el Sol, la estrella que reina en nuestro Sistema Solar, registró también un ciclo de menor actividad, lo que los expertos denominan el “Mínimo de Dalton”. El resultado de tan extraña climatología fue una bajada radical de temperaturas, copiosas nevadas en el mes de junio, heladas en época estival, mucho frío, eternas lluvias y una población condenada a la oscuridad, a un año sin cosechas con legiones de hambrientos por las calles, oleadas migratorias, motines en centros urbanos y un auge del fervor religioso apocalíptico.

Seguro que os preguntaréis qué tiene que ver este aterrador panorama con el tema a tratar en este artículo. Básicamente que ese particular verano de 1816 tuvo lugar, en una mansión alquilada a orillas del lago Lemán (entre Francia y Suiza) por el famoso poeta inglés Lord Byron, una reunión de amigos. Entre los invitados a pasar las vacaciones estivales junto al famoso escritor estaban, entre otros, Percy Shelley, Mary Wollstonecraft (la futura señora Shelley) y, su médico personal, John Polidori. Debido a las inclemencias climatológicas antes mencionadas, sus planes lúdicos tuvieron que tomar un rumbo totalmente distinto. Y así fue como, tras leer historias de fantasmas junto al agradable fuego de una chimenea, Lord Byron retó a sus invitados a una peculiar competición literaria: todos debían crear una historia de terror. De esa noche surgieron dos textos, dos cuentos cortos, que acabarían siendo importantes para el género del horror. Ambos serían el germen de, por un lado, “El Vampiro” (novela publicada por Polidori en 1819) y, por el otro, el “Frankenstein o el moderno Prometeo” de Mary Shelley (publicada en enero de 1818 hace ya más de 200 años). Relato, éste último, considerado por muchos como la primera narración de ciencia ficción, además de ser una fantástica historia de terror gótico. Si el lector tiene curiosidad por una recreación de dicha velada podemos recomendar el visionado de “Gothic” (Íd, Ken Russell, 1986). En el film podemos se testigos de la noche que pasan junto a Byron (interpretado por Gabriel Byrne), Shelley (Julian Sands), Mary (Natasha Richardson) y el doctor Polidori (Timothy Spall) mostrándonos que no sólo cultivaban su vena literaria, sino también sus excesos.

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Ayudada después en las labores de editor por su esposo, poco sabría Mary Shelley del éxito que acabaría cosechando su monstruosa criatura. A partir de su novela, una novela que habla del bien y del mal, del desarraigo y de la responsabilidad hacia nuestros actos entre otras cosas, aparecieron diversas adaptaciones teatrales, dramáticas y cómicas, e incluso un cortometraje, “producido” por Thomas Edison en 1910, donde se relatarían las desventuras de su moderno Prometeo, el doctor Víctor Frankenstein, y su creación. Suele decirse que Shelley inspiró la creación de éste en la figura de Johann Conrad Dippel, teólogo y filósofo alemán (nacido en un castillo, en la cima de una montaña, llamado precisamente Frankenstein) que practicó la alquimia y experimentos de diversa índole con los que intentó demostrar, entre otras extravagancias, que era posible trasplantar el alma del ser humano de un cuerpo a otro. Sobra decir que este tipo de historias llegaron a oídos de Shelley y alimentaron su, desbordante de por sí, imaginación. A lo que habría que sumar su interés por la ciencia o su conocimiento de teorías como la del galvanismo de Luigi Galvani.

Prácticamente un siglo después y en un continente y país distinto, los Estados Unidos de América, dio comienzo un periodo histórico denominado como La Gran Depresión. No nos extenderemos en ello en demasía, pero baste mencionar que fue el principio de una crisis bursátil que acabó con la etapa de prosperidad americana tras la Primera Guerra Mundial y que acabaría tomando un alcance global considerable. A dicha situación no estuvo ajeno el negocio del cine y muchos estudios y productoras cinematográficas acabaron sucumbiendo. Las que a duras penas pudieron sobrevivir dedicaron sus esfuerzos a proporcionar lo que su público demandaba o necesitaba, es decir, el Séptimo Arte se convirtió en un pasatiempo para ahogar las penas de los desafortunados ciudadanos. ¿Y hay mejor forma de evadirse de la realidad que con una historia de miedo? En 1931 la Universal Pictures llevaba a las salas de cine uno de sus más sonoros éxitos de la época, la adaptación a la pantalla grande de uno de los monstruos más famosos de la literatura de terror gótico, “Drácula” (Íd, Tod Browning, 1931), encumbrando al actor Bela Lugosi como el icono que es actualmente y dando comienzo a toda una serie de filmes de horror considerados como parte del comienzo del género (un género que no se acuñó como tal hasta 1934).

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Tras el éxito de la cinta del director de “La parada de los monstruos” (Freaks, Tod Browning, 1932), una película que había generado unos 700.000$ en concepto de recaudación, los Estudios Universal quisieron repetir tal proeza y pusieron sus miras en otro popular monstruo clásico: el Monstruo de Frankenstein. Así como ocurrió con la cinta del vampiro transilvano, no se adaptó la novela sino una adaptación teatral, muy libre, de la obra de Shelley, concretamente “Frankenstein: An Adventure in The Macabre” (1927) de Peggy Webling, Con el apoyo del ejecutivo de la Universal, Richard Schayer, el proyecto recayó en Robert Florey, director de origen galo que participó activamente, aunque sin acreditar finalmente, en el guión del filme. Florey, al igual que multitud de realizadores europeos, emigró a Estados Unidos con la intención de hacer carrera y llegó a la Meca del cine influenciado por las producciones del expresionismo alemán. Influencias que intentó plasmar en la adaptación de Frankenstein con “El Golem” (Der Golem, wie er in die Welt kam, Paul Wegener, Carl Boese, 1920) y “El Gabinete del Doctor Caligari” (Das Cabinet des Dr. Caligari, Robert Wiene, 1920) como máximos exponentes.

El papel del monstruo se ofreció a quien destacó y fue la estrella de la adaptación del no-muerto creado por Bram Stoker, Bela Lugosi, aunque se conoce que éste prefería el rol del Doctor Frankenstein. El actor húngaro se sometió a una larga sesión de maquillaje por parte del famoso y consagrado maquillador de “monstruos” de la época Jack Pierce (quien también lo caracterizó para Drácula, aunque se dice que Lugosi acabó por deshacerse del maquillaje para aplicárselo él mismo a su gusto) para realizar una prueba de pantalla que Robert Florey filmó para mostrar al estudio. Dicho rollo de celuloide desapareció, pero no un póster promocional de la película donde el nombre del actor de la Europa del Este sí aparecía. Finalmente, y como todos sabemos, fue otro quien interpretó a la criatura. Las razones atienden al campo de la especulación. Si nos fijamos en la versión de Lugosi, éste dijo que no se mostró nunca interesado en un personaje que no tenía línea de diálogo alguna y que se limitaba a gruñir. Sin embargo, en una entrevista concedida a la primigenia revista Famous Monsters of Filmland, Jack Pierce confesó que el maquillaje del monstruo, sumado a la peluca que debía portar, le confería a Bela Lugosi un aspecto poco más que ridículo debido a las desmesuradas dimensiones de su cabeza. Descontentos con el resultado, ello llegó a las altas esferas de Universal provocando la salida del proyecto de Florey y Lugosi recayendo ambos en otra producción del estudio, “El doble asesinato en la calle Morgue” (Murders in the Rue Morgue, Robert Florey, 1932). Como curiosidad, podemos comentar que el mismo personaje que Lugosi rechazó en esos mismos momentos sí quiso interpretarlo una década después, ya cobijado bajo el éxito, en el film “Frankenstein y el Hombre Lobo” (Frankenstein Meets the Wolf Man, Roy William Neill ,1943), uno de los curiosos “mashups” a los que Universal Studios sometió al panteón de monstruos clásicos durante la década de los 40.

 

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La producción acabó recayendo entonces en el director inglés James Whale. Éste comenzó su carrera como director teatral en su Gran Bretaña natal.  El éxito de su obra “Journey’s end” lo llevó, en 1930, a realizar una gira en los EE.UU. y una vez allí fue convencido para trabajar en su versión cinematográfica. El éxito de ésta llegó a oídos de la Universal, quien le ofreció un contrato (recordemos que estamos en la época del Studio System y cada productora tenía a su plantilla -prácticamente- fija). Whale trabajó para este estudio en la primera mitad de los años 30 y supuso su etapa más prolífica, pero que quizá en acabó en encasillamiento ya que coincide en su incursión en el terror. Descartado Bela Lugosi, Whale quedó maravillado con el peculiar físico y la actuación de un curtido actor, Boris Karloff, en la película de Howard Hawks “El Código Penal” (The Criminal Code, Howard Hawks, 1931). Karloff llevaba más de diez años dedicado al mundo actoral con más o menos fortuna y al recibir la oferta no se lo pensó demasiado. Desde un primer momento se involucró al 100% en el proyecto construyendo a un personaje que prácticamente hizo suyo y que es como ha pasado a la posteridad convirtiéndolo en todo un icono de la cultura popular. Un monstruo pausado, pesado, lento, pero a la vez ingenuo y letal a partes iguales. El británico aguantó largas sesiones de maquillaje que llegaban a durar hasta 4 horas (más otras dos para devolverlo a la normalidad). Molestos prostéticos daban forma a su cabeza y a sus párpados característicos que le conferían una mirada casi sin vida. Se le obligó a portar una especie de corsé metálico, que sumado a la ropa acortada para dar sensación de enormidad y a unas enormes botas de obrero, provocaron al actor dolores de espalda que acabaron siendo crónicos. Sin embargo, y a diferencia de otros, el actor nunca renegó de su labor en el género estando siempre, si atendemos a declaraciones de su única hija Sara Karloff, muy orgulloso de la misma.

Centrándonos ya en la cinta, y como ya pasaba con el “Drácula” (Íd, 1931) de Tod Browning, las semejanzas con las obras literarias a las que teóricamente adaptan se reducen prácticamente al título de las piezas, personajes y poco más. Como ya se ha comentado antes, esto se debe a que ambas tenían como materia prima a sendas obras teatrales. La cinta de Whale difiere de la obra de Shelley. Si recuerdan el comienzo de ésta última, encontrábamos como narrador de la misma al Capitán Robert Walton que, en su afán por llegar antes que nadie al Polo Norte, encontraba en su camino a un moribundo Víctor Frankenstein. Yaciendo en un incómodo catre, éste acabaría relatándole su vida y obra además de confesarle su crimen, es decir, su soberbia a la hora de querer emular a Dios intentando crear vida, por una parte, y, por la otra, su irresponsabilidad a la hora de desentenderse de las consecuencias venideras. En la película encontramos varias licencias que acabarán siendo canónicas. Nada más comenzar el metraje descubrimos a un Doctor Frankenstein muy distinto al creado por Mary Shelley. Si en la novela se nos describía como un ser solitario, apasionado y obsesionado a partes iguales por la ciencia, en el film de Whale podemos observar de primera mano como responde a la generalizada idea del típico “Mad Doctor” que se instaurará en nuestra memoria colectiva. El film comienza con un funeral y tras un plano secuencia conoceremos la faceta de “ladrón de cadáveres” del buen doctor junto a su fiel asistente, el jorobado Fritz. Cabe señalar que el cambio más evidente es el del nombre de nuestro protagonista, aquí llamado Henry Frankenstein. Y es que se dice que la productora consideraba que el nombre de “Víctor” no acabaría calando en el público estadounidense.

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Henry Frankenstein, interpretado magnifica e histriónicamente por el actor Colin Clive, se nos presentará dando vida al cliché de “doctor loco” asentando las bases de este tipo de personaje que acabará imitándose en posteriores films similares, ya sean adaptaciones del personaje creado por Shelley o productos de terror en los que aparezca algún investigador como, por ejemplo, la magnífica “Re-Animator” (Íd, Stuart Gordon, 1985). Incluso Walt Disney convirtió, tras el éxito de “El Doctor Frankenstein“,  al ratón Mickey en un científico de dudosa moralidad en el corto “The Mad Doctor” (Íd, David Hand, 1933). En el film de Whale encontramos ya varias de las constantes a repetir como la del laboratorio, en este caso situado en lo alto de un torreón. Si en la novela, Víctor omitía de forma deliberada, para que nadie pudiera seguir sus pasos, las técnicas con las que “dar vida” a los muertos, en la película de 1931 se detalla de manera casi minuciosa. En la obra original se nos ofrecen vagas descripciones siendo reacciones químicas de distintos elementos las que reanimarán al Monstruo. Ello dejará vía libre a la imaginación y en la película de Whale la criatura revivirá con un elemento que acabará dentro del canon: la electricidad. Conviene señalar la magnífica labor del técnico Kenneth Strickfaden, también conocido como “Mister Electric”, utilizando muchas de las invenciones de Nikola Tesla en la construcción del laboratorio del Doctor Frankenstein. Todas esas estrafalarias máquinas eléctricas con sus respectivos chisporroteos y arcos voltaicos representaban una concepción científica de vanguardia más interesadas en el aspecto teatral de estas vistosas concepciones. Un, en un principio, hobby en el que Strickfaden acabó especializándose y convirtiendo en oficio colaborando en más de cien películas y productos para la televisión entre las cuales encontramos las secuelas más inmediatas de esta seminal entrega del Monstruo de Frankenstein (“La Novia de Frankenstein” [Bride of Frankenstein, James Whale, 1935], “La Sombra de Frankenstein” [Son of Frankenstein, Rowland V. Lee, 1939]), así como el film “La máscara de Fu-Manchú” (The Mask of Fu Manchu, Charles Brabin, Charles Vidor, 1932) o la serie televisiva “The Munsters” entre otras. Como curiosidad, Strickfaden se encargó de hacer de doble de Karloff bajo las sábanas que cubrían a la criatura en la escena de la creación del monstruo debido al pánico que el actor británico sentía por tal uso de la electricidad. Tampoco podemos olvidar un excepcional diseño de producción claramente influenciado por el cine expresionista alemán con esos irregulares decorados que tratan de reflejarnos la perturbada psique de sus protagonistas principales.

Curioso es el caso del fiel asistente/criado del buen doctor, Fritz, interpretado magistralmente por el actor Dwight Frye. Frye ya intervino en “Drácula” (Íd, Tod Browning, 1931) realizando un espectacular trabajo con el personaje de Renfield. De hecho, fue un talentoso actor, pero también muy subestimado por sus coetáneos. Algo que provocó su caída en desgracia. Volviendo a Fritz, no deja de sorprender que, con el paso de los años, este peculiar jorobado, un tanto torpe y malicioso, haya llegado hasta la memoria colectiva de nuestros días con el nombre de Igor. Sobre todo, teniendo en cuenta que el personaje de Igor no aparecería hasta la secuela “La Sombra de Frankenstein” (Son of Frankenstein, Rowland V. Lee, 1939). Igor era un extraño ser deforme que en el pasado fue ajusticiado al ser descubierto saqueando tumbas y robando cadáveres (curiosamente interpretado por Bela Lugosi). Tal vez la decisión de Mel Brooks, casi cuatro décadas después, de tomar como principal referencia dicho film para su divertida “El jovencito Frankenstein” (Young Frankenstein, Mel Brooks, 1974) fuera la causante de tal fusión de personajes (bajo la humilde opinión de quien suscribe estas palabras).

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La película de Whale desmonta, por su parte, la naturaleza de la relación entre Monstruo y Creador de la novela original. Si Shelley nos relataba que la falta de responsabilidad de este último era la causa que desencadenaba la tragedia, en el film se nos trata de simplificar en términos biológicos. A falta del último órgano para poder llevar a cabo su experimento, es decir, un cerebro, la torpeza de Fritz le lleva a sustraer el de un criminal (curiosamente denominado “cerebro anormal” para subrayar más si cabe tal concepto). Esta “biología de la maldad”, quizá simple en demasía, se desmorona en parte con la actuación de Karloff cuando éste interpreta a un ser de ingenuidad infantil y carente (en apariencia) de una maldad innata. De hecho, es una violenta reacción natural al miedo (producido por el fuego de la antorcha con la que Fritz lo amenaza) la que lleva a su Hacedor a justificar dicha teoría afirmando que su creación, por la cual sintió orgullo en un principio, es incontrolable y debe ponerle fin.

Completan el reparto la actriz Mae Clark como Elizabeth Lavenza, la prometida de Henry e interés romántico Victor Moritz, el mejor amigo de este último e interpretado por John Boles, conformando un triángulo amoroso apenas desarrollado. Y, por último, y no menos importante, encontramos al actor que ya pudimos ver interpretando a Abraham van Helsing en “Drácula” (y será el futuro Dr. Muller en otro clásico de la casa: “La Momia” [The Mummy, Karl Freund, 1932]), Edward Van Sloan. Aquí Sloan es el Dr. Waldman, mentor y encargado de explicarnos el background del personaje de Henry Frankenstein. El actor también se encarga de protagonizar, a modo de prólogo, una advertencia para el público incauto acerca del tono de la película además de sus mensajes sobre la vida y la muerte, sobre la existencia, Dios y los enigmas del hombre.

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La cinta tuvo problemas con la censura de la época. Varias escenas fueron recortadas, modificadas o silenciadas por los “aficionados a la tijera” del momento. La magistral escena del Monstruo y la niña María es una de ellas. Una escena que rompe con la teoría del origen biológico de la maldad de la criatura ya que se nos muestra de primera mano su infantil ingenuidad y su sensibilidad hacia la belleza. Se nota el cuidado del director en no traspasar “líneas rojas” en la concepción de la misma cuando la muerte de la pequeña se deja a la imaginación del espectador. Desentonando, a su vez, con el posterior (y falso) plano secuencia del padre portando el recién descubierto cadáver de la pequeña a lo largo del pueblo hasta llegar a la residencia del Barón Frankenstein. Silenciada, por otra parte, fue la escena en la que Colin Clive tras gritar su famoso “It’s alive!”, refiriéndose a su recién revivido proyecto científico, se equipara con Dios. Algo que no debió sentar muy bien en tan puritana época. Sobre su pista de audio se superpuso otra con el estruendo de un trueno. No fue hasta muchas décadas después, y mediante modernas técnicas, que pudimos saber de su existencia. Tampoco el film pudo esquivar a añadidos en post-producción. Al mencionado con anterioridad prólogo de Edward Van Sloan, hay que añadir el “final feliz” que llegó a las pantallas. Originalmente el desenlace de la cinta tenía un cariz más pesimista al fallecer criatura y creador en la famosa e icónica escena del molino. Un molino que estaba concebido en origen como el recinto que cobijaba el laboratorio del doctor Frankenstein. El incendio provocado por la turba acabaría con la vida de ambos y cerraría abruptamente el episodio. Sin embargo, la productora decidió que el público estaba necesitado de un final más optimista e improvisó un cierre en el que ni siquiera el actor ni director participaron.

Es sin duda el Frankenstein de la Universal (y el de Boris Karloff) el que ha pasado al recuerdo colectivo del público en general, pese a estar basado en un magnífico material del que apenas toma el título y poco más. No sólo eso, sino que es poseedora de muchas escenas para la posteridad y su éxito proporcionó otras muchas adaptaciones de la criatura creada por el moderno Prometeo dignas de mención como su inmediata secuela o todo el ciclo que le dedicó Terence Fisher en el seno de la Hammer Films de la que un servidor es ferviente admirador. Pero eso es una historia para otro día.

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Crítica de “Vengadores: Endgame” (Avengers: Endgame, Joe y Anthony Russo 2019)

 

 

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Título original: Avengers: Endgame / Año: 2019 / País: Estados Unidos / Duración: 181 minutos / Director: Joe Russo, Anthony Russo / Producción: Kevin Feige / Productora: Marvel Studios / Distribución: Walt Disney Studios Motion Pictures / Guion: Christopher Markus, Stephen McFeely / Música: Alan Silvestri / Fotografía: Trent Opaloch / Montaje: Jeffrey Ford, Matthew Schmidt / Reparto: Robert Downey Jr, Chris Evans, Mark Ruffalo, Chris Hemsworth, Scarlett Johansson, Jeremy Renner, Don Cheadle, Paul Rudd, Brie Larson, Tom Holland, Gwyneth Paltrow, Karen Gillan / Presupuesto: 350.000.000$


Después de los eventos devastadores de “Vengadores: Infinity War”, el universo está en ruinas debido a las acciones de Thanos, el Titán Loco. Con la ayuda de los aliados que quedaron, los Vengadores deben reunirse una vez más para deshacer sus acciones y restaurar el orden en el universo de una vez por todas, si importar cuáles son las consecuencias.


ATENCIÓN A USUARIOS:

Esta crítica contiene “spoilers”. Si no has visto la película, te recomiendo que no la leas hasta haberlo hecho. El texto escrito a continuación responde a una opinión personal del autor sin ánimo de sentar cátedra.


Ha pasado ya más de una década desde el estreno en cines de “Iron Man” (Íd, Jon Favreau , 2008), título fundacional del conocido como Universo Cinematográfico Marvel, y ya nos hemos acostumbrado, incorporado a nuestro quehacer cotidiano, a nuestras vidas, como si de miembros de nuestras familias se tratasen, a una serie de personajes que nos han hecho vibrar, que nos han emocionado y hecho disfrutar de sus aventuras e interacciones en un rico universo de ficción que ha trascendido al status de auténtico fenómeno de masas. Sin embargo, no siempre fue así. Aquellos que, desde nuestra tierna niñez, entre los que yo me incluyo, hemos seguido sus andanzas en ese medio erróneamente considerado antaño como “menor”, me refiero al de los cómics por supuesto, ni en nuestros sueños más húmedos podíamos imaginar el grado de aceptación por parte del público más generalista de todo aquello que era capaz de alejarnos de las típicas aficiones de cualquiera de nuestros compañeros de clase. Los súper héroes Marvel ya eran mainstream, alguno incluso un icono, en el propio mundillo editorial. El siguiente paso era serlo en el mundo, a secas. Es por ello que, desde lo más recóndito de mi corazoncito de fan, siendo avalado por la primera mítica escena post-créditos que caracterizó esta nueva andadura cinematográfica de La Casa de las Ideas (antes llegaron las ya casi -injustamente- olvidadas películas de Sam Raimi, Ang Lee o Bryan Singer entre otras que conformaron esa primera oleada de lo que muchos denominaron como moda por las pelis de súper héroes), no pude ocultar ni la emoción ni la expectación ante las informaciones acerca de un nuevo camino, lo que luego denominarían como “Fase uso”, que culminaría en la primera película de los Héroes más poderosos de la Tierra (con el permiso de la Liga de la Justicia de la Distinguida Competencia) como principales protagonistas. El mero hecho de tener reunidos en pantalla, en una misma película, a varios de los campeones a los que idolatraba desde que comenzó mi afición por los tebeos era poco menos que excitante. “Los Vengadores” (Avengers, Joss Whedon, 2012) supuso un espectáculo tan apabullante como satisfactorio (de hecho, sigue siendo una de mis películas favoritas), anulando cualquier sombra de escepticismo, aflorando sensaciones y sentimientos comparables a los vividos la primera vez que, siendo un niño, viera surcar los cielos a un majestuoso Christopher Reeve en “Superman” (Íd, Richard Donner), 1978), al escuchar el “Soy Batman” en boca de Michel Keaton en el primer “Batman” (Íd, 1989) de Tim Burton o el primer balanceo en telaraña de nuestro amigo y vecino trepamuros, entre los rascacielos de la ciudad de Nueva York, en “Spider-man” (Íd, Sam Raimi, 2002).

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El éxito de esta orquestada incursión cinematográfica de los héroes creados por Stan Lee, Jack Kirby y compañía trajo consigo más títulos y más aventuras. Como ocurriera en las viñetas, hubo más momentos memorables, pero también otros olvidables. Desde ese primer proyecto de Marvel Studios, primero como filial de la editorial para después ser absorbida por ese gigante mass media creado por Walt Disney, se han producido más de una veintena de películas, entre dos y tres al año, entre las cuales ha habido lugar para productos fallidos, totalmente desechables, pero también otros que, con gran acierto, han sabido engrandecer más si cabe un universo de ficción que no ha parado de generar expectación e incorporar legiones de fans a sus filas desde entonces. Cintas como “Capitán América: Soldado de Invierno” (Captain America: The Winter Soldier, Joe Russo, Anthony Russo, 2014), “Guardianes de la Galaxia” (Guardians of the Galaxy, James Gunn, 2014), “Ant-Man” (Íd, Peyton Reed, 2015) o “Thor: Ragnarok” (Íd, Taika Waititi, 2017) son, a juicio de aquel que suscribe estas palabras, ejemplos de los mejores momentos de un estudio que tuvo ciertos visos de agotamiento, pero que supo confeccionar un esquema, una fórmula al gusto del gran público -e imitada incluso por sus competidores-, del que sus más acérrimos fans quisieron negar su estancamiento aunque sí es cierto, a mi parecer, que ha dado la sensación en muchas ocasiones de ver la misma película con diferentes títulos o personajes. Cuando no parecía que hubiera espacio para más sorpresas, apareció “Vengadores: Infinity War” (Avengers: Infinity War, Joe Russo, Anthony Russo, 2018) combinando acertadamente una dilatada maniobra comercial con una nueva visión del cine espectáculo como nunca antes habíamos presenciado. El principio del final había comenzado. La historia definitiva de los Vengadores, la conclusión de un ciclo, daba comienzo con el enfrentamiento directo entre los Héroes más poderosos de la Tierra y Thanos, uno de los villanos marvelitas más poderosos de todos los tiempos, en su pugna por encontrar y controlar las poderosas (además de peligrosas) Gemas del Infinito. La Guerra del Infinito cinematográfica devolvió la grandeza, si es que la hubiera perdido en algún momento, tanto al Universo Cinematográfico Marvel como a los Vengadores suponiendo la traslación a la gran pantalla de un gran evento comiquero. Los aficionados a los cómics estamos más que acostumbrados a estos ejercicios de mercadotecnia en los cuales todos (o casi todos) los personajes de una editorial aúnan sus fuerzas anualmente contra una hiperbólica amenaza. Desde los tiempos de las inolvidables “Secret Wars” de Jim Shooter hasta la primera Guerra Civil superheróica de Mark Millar o el “Imperio Secreto” de Nick Spencer estos grandes eventos suponen el equivalente a una gran superproducción en la que suele esconder (cada vez menos) la intención de que el lector se haga con cuantos más ejemplares de todos los títulos implicados. De esta forma, Infinity War se conformaba como el cruce entre todas las películas Marvel estrenadas hasta el momento. Un verdadero regalo para el fandom y un espectáculo con el que maravillarse, con el que sentir una fascinación semejante a la sentida con el primer filme de los Vengadores.

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El primer round contra Thanos dejaba un cierto sabor agridulce. El titán loco acababa saliéndose con la suya diezmando al Universo entero con un simple chasquido de sus dedos. Nuestros héroes se esforzaron al máximo, lo dieron todo. Pero aun así no fue suficiente. El villano ganaba, al más puro estilo “El Imperio Contraataca” (Star Wars: Episode V – The Empire Strikes back, Irvin Kershner, 1980), mas lejos de ser el final, los espectadores ya sabíamos de antemano que habría momento y lugar para el resarcimiento. ¿Cuándo? ¿Dónde? Pues este mismo fin de semana con el estreno de “Vengadores: Endgame” (Avengers: Endgame, Joe Russo, Anthony Russo, 2019). La cinta que supone el final de la historia de las Gemas del Infinito es una de las que más “hype” (con permiso de la última temporada de la televisiva “Juego de Tronos” [Game of Thrones, 2011-2019] y el Episodio IX de “Star Wars” [Star Wars: Episode IX – The Rise of Skywalker, J. J. Abrams, 2019]) ha suscitado entre el “fandom” en un año, 2019, plagado de importantes citas para los amantes del fantástico. Una producción donde ha predominado el secretismo y donde los hermanos Russo ponen el broche de oro a todas las tramas que comenzaron (gracias al margen de maniobra que permite la perspectiva del tiempo) allá por 2008 con la primera ventura del “Hombre de hierro”. Tras los trágicos acontecimientos relatados en la entrega anterior, nuestros héroes están desolados, abatidos, y, presas de la ira, los Vengadores logran acabar con el responsable de sus penurias -haciendo honor a su nombre, pero no a su herencia ni a su esencia- en el amargo prólogo que sus responsables nos ofrecen. Cinco años pasan y el mundo entero intenta pasar página. Paradójicamente, Tony Stark sí que ha logrado rehacer su vida en contraposición a la Viuda Negra o al Capitán América que no sólo se ven incapaces, sino que, en su tozudez (algo que ya pudimos constatar en la precedente “Capitán América: Civil War” [Captain America: Civil War, Joe Russo, Anthony Russo, 2016]), se agarran a un clavo ardiendo representado esta vez por aquello que ya nos adelantaban escena post-créditos de otros filmes y los mismos avances de la película, es decir, el mundo cuántico y los viajes temporales. Rogers y Romanov no cejarán en su empeño de vencer a Thanos como a ellos les hubiera gustado y, de paso, traer de vuelta a los caídos. De esta forma, irán reclutando a sus viejos compañeros que, a su modo, intentan (sobre)vivir la nueva realidad que les ha tocado vivir. Clint Burton se ha convertido en un sanguinario justiciero dejando de lado su identidad como Ojo de Halcón para convertirse en el Ronin de la etapa de Brian Michael Bendis en la serie de cómics de “Los Nuevos Vengadores”, Bruce Banner ha alcanzado el equilibrio con su faceta como Hulk encarnando al Profesor que presentara el guionista Peter David en los noventa, Thor vive recluido en un pequeño pueblo costero en Noruega al que ha bautizado como “Nuevo Asgard” en el que, presa de los estragos de la autocompasión y el alcohol, sufre un deterioro tanto físico como mental (además de haber ganado unos cuantos kilos de más) y, como ya he comentado, Tony Stark se ha convertido en un responsable padre de familia -junto a Pepper Potts – que intenta dejar atrás la culpa producida por su pasado como Iron Man.

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Personalmente, mi principal problema tanto con ese interesante distópico mundo resultante del chasquido de dedos de Thanos del primer acto, como toda la trama de viajes en el tiempo del segundo, como con la épica batalla final del tercero o el larguísimo (y lacrimógeno epílogo), es el mismo que he tenido con prácticamente todas las películas del Universo Cinematográfico Marvel, es decir, la idea de que todo, absolutamente todo, gira en torno a la figura de Tony Stark. Sabemos que es el personaje fundacional de este universo de ficción y que el actor que lo interpreta es el que mayor caché posee, pero comienza (o comenzaba) a ser algo cansino. Porque da igual que la idea del viaje temporal provenga de Scott Lang -atrapado durante todo este tiempo en el reino cuántico y liberado del mismo de la forma más ridícula-, es Stark el que lo acaba resolviendo. También es Stark quien acapara la responsabilidad del mismo e incluso es Iron Man quien acaba definitivamente con Thanos con negativos resultados para su integridad. Da la sensación de que “Endgame” no es la coletilla más adecuada. Más adecuado sería “The end of Tony Stark”, ya que definitivamente (aunque no hay nada definitivo, salvo la muerte -la real, no la ficticia) se despide de todos nosotros. El personaje de Robert Downey Jr acapara, como es costumbre, cuota de pantalla e importancia dentro de la trama. A la zaga le sigue Chris Evans, pero no cabe la menor duda que Stark es uno de los principales ejes de esta entrega -incluso acaba haciendo las paces, a su manera tragicómica, con su padre, Howard Stark, otro de los temas recurrentes de estas tres fases del UCM-. Tony Stark es definitivamente el alma de los Vengadores y se hace complicado saber si las películas que nos depara el futuro funcionarán sin él. En los cómics, Stark ha desaparecido del mapa en multitud de ocasiones permaneciendo Iron Man. Pero también es cierto que siempre ha acabado volviendo ya que nada es permanente en el Universo Marvel de papel. ¿Ocurrirá lo mismo en su homólogo de acción real? Sólo el tiempo lo dirá, aunque claro está que el personaje de las viñetas sólo se presta a ser escrito y dibujado sin cobrar un millonario salario. Algo parecido ocurre con el Capitán América o mejor dicho con aquel que le ha dado cara hasta el momento. Steve Rogers protagoniza muchos de los mejores momentos de la cinta como ese “Hail Hydra” que pronuncia en un ascensor, su pelea con su “yo” del pasado, su condición a ser digno portador de Mjolnir (referencia directa a “Imperio Secreto”, uno de los mejores eventos comiqueros Marvel) o el glorioso “Avengers assemble” que, personalmente, llevo años esperando escuchar en cualquiera de las aventuras cinematográficas de los Vengadores. Steve Rogers cede el testigo, así como ocurría en la etapa de Rick Remender en los cómics, siendo Sam Wilson quien tome el legado del Centinela de la Libertad. En el mundo de las viñetas, Rogers salió de escena muchas veces volviendo otras tantas. ¿Ocurrirá aquí lo mismo? Con quien tengo más dudas es con Chris Hemsworth, ya que Thor acaba tomando un camino muy diferente al de sus compañeros junto a Los Guardianes de la Galaxia. El caso es que para que los Vengadores funcionen, tiene que haber siempre uno de sus miembros fundadores. O al menos en los tebeos ha sido así. Démosle tiempo al tiempo.

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Retomando el tema de los viajes en el tiempo. En toda la historia del grupo, los Vengadores han viajado en el tiempo e incluso se han enfrentado a villanos que hacían del viaje espacio temporal su particular leitmotiv, como por ejemplo lo es el mítico Kang. Sin embargo, desde un principio, aquí se trata desde un punto de vista que no sólo roza lo ridículo, sino que trasciende la guasa. Si como espectadores puede que nos cueste tomárnoslo en serio, más difícil, más cuesta arriba se nos hace cuando los propios personajes se lo toman a broma. En un primer momento las referencias a películas de “viajes en el tiempo” son constantes siendo “Regreso al Futuro” (Back to the Future, Robert Zemeckis, 1985) la principal de las mismas. Es más, el regreso de nuestros héroes a momentos trascendentales de su historia con las gemas acaba tornándose en una suerte de versión vengadora de la inmediata secuela de las aventuras de Marty McFly con chascarrillos y exceso de bromas mediante. Ver a Tilda Swinton explicando al Profesor Hulk como una sola de las gemas puede ser la causante de la creación de dimensiones alternativas remite perfectamente a cuando el Doctor Emmett Brown explica a Michael J. Fox, en su destartalado laboratorio, como el viejo Biff Tannen creó una tangente en la línea temporal provocando una realidad paralela al 1985 que conocían. Eso nos lleva al exceso de humor en algunas de las partes de la película que desentona con el épico enfoque de su entrega anterior -que también hacía uso del humor para aliviar tensiones- y con el tono sobrio que los Russo han hecho gala en sus películas anteriores centradas en el Capitán América. Para el gusto de un servidor, hay demasiadas bromas y muy reiterativas todas. Desde las que hacen referencia a películas de viajes en el tiempo, la cara de bobo de Paul Rudd, su furgoneta máquina del tiempo, las repetitivas alusiones a Rocket como roedor que se alimenta de basura, la barriga de Thor o el nuevo status de Bruce Banner. Todo ello hace que el ambiente sea demasiado distendido en directa confrontación con el tono más heroico del final. Ya sé que este es uno de los elementos más intrínsecos del estilo de las nuevas películas Marvel (al menos desde la primera entrega de las aventuras de Starlord y el resto de Guardianes de la Galaxia), pero me quedo con la sensación de que se abusa del mismo al tiempo que ese segundo acto de viajes temporales se alarga demasiado regocijándose en el fan service, siempre buscando -y consiguiéndolo- la sonrisa cómplice de espectador. Dentro de este acto tenemos también otra despedida, la de la Viuda Negra. Sin embargo, pese a que el guion lo exige, me resulta tan gratuita como poco emotiva.

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Como diría el mencionado Doctor Brown, jugar con el tiempo puede acarrear graves consecuencias y aquí no hay excepción al respecto. La reaparición de Thanos no estaba en los planes de los Héroes más poderosos de la Tierra, sin embargo, les dará la oportunidad de poder combatir de nuevo con él e intentar vencerlo como sólo los héroes pueden hacerlo. La batalla final contra el titán loco es verdaderamente grandiosa y ella aparecen, como si del sueño del más ferviente aficionado se tratase, todos y cada uno de los súper héroes con los que hemos disfrutado estos más de diez años. En definitiva, a imagen y semejanza de lo que suele ocurrir en los grandes eventos comiqueros, aquí tenemos una épica lucha entre héroes y villanos donde se dan las estampas más icónicas que “Endgame” nos pueda dar. Es prácticamente imposible que el respetable público, sentado en sus respectivas butacas del cine, no se emocione, no se exalte, no vibre ante un espectáculo de proporciones cósmicas como éste en el que se hace gala de un impresionante despliegue técnico como pocas veces hayamos podido presenciar. En definitiva, no es más que un ejercicio de mercadotecnia con el claro objetivo de ensalzar al Olimpo del imaginario colectivo un producto tan mainstream como es “Vengadores: Endgame” (Avengers: Endgame, Joe Russo, Anthony Russo, 2019). Cierto es que hay otras cintas con tramas más elaboradas y personajes mejor construidos, pero aquí poco importa eso ya que todo está supeditado al mero hecho de ofrecer espectáculo. Esto es la traca final y no hay nada que importe más. Todas las capas y aristas que conformaban el personaje de Thanos aquí desaparecen. El villano acaba siendo una especie de coco, de malo de opereta cruel y plano. El resto tampoco mejora lo presente. Lo importante son los reencuentros y las hostias, las poses cool y las explosiones. El momento girl power metido con calzador en mitad del fragor de la batalla me hace pensar en cómo nos engañaron con el personaje de Carol Danvers, totalmente desaprovechado. Nos hicieron creer que era la última esperanza de nuestro mundo y casi que la relegan a mera taxista espacial que logra rescatar a Tony Stark para que toda la película gire en torno a su persona. Una lástima. Pero no todo es negativo, ese tramo final es capaz de emocionar, de hacernos saltar alguna lágrima y de que se nos pongan los pelos de punta al escuchar ese “Vengadores Reuníos”.

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En definitiva, he de reconocer que “Vengadores: Infinity War” (Avengers: Infinity War, Joe Russo, Anthony Russo, 2018) me gustó mucho, demasiado, y que mis expectativas con “Endgame” eran estratosféricas. No la considero fallida, pero sí que creo que no hace honor a su entrega predecesora. Como he podido leer en críticas de otras páginas web, se hace una acertada analogía entre estas dos entregas de los Vengadores y los Episodios V y VI de “La Guerra de las Galaxias”. “Infinity War” sería la equivalente a “El Imperio Contraataca” y “Endgame” a “El Retorno del Jedi” (Star Wars: Episode VI – Return of the Jedi, Richard Marquand, 1983). Y no podría estar más de acuerdo, ya no sólo por las diferencias tanto argumentales como de enfoque de las mismas, sino porque estoy completamente seguro de que las nuevas generaciones, en realidad el auténtico “target” de este tipo de productos -ya sabemos de sobras que a los lectores de cómics veteranos ya nos tienen pillados- las recordarán con el mismo (o parecido) mimo y cariño con el que muchos de nosotros recordamos esas magníficas entregas de esa “Sagrada Trilogía” capaz de protagonizar debates entre el “fandom” y seguir maravillando con cada uno de sus revisionados. Las comparaciones son odiosas, pero en ese sentido he de manifestar que quedé gratamente más satisfecho con “Infinity War” y menos con “Endgame”. Sin ánimo de menospreciar sus bondades (que las tiene), pero me siento un tanto defraudado ante esa insistente búsqueda tanto de la risa como de la lágrima fácil, de sus incoherencias o agujeros en el guion (dejando totalmente de lado incongruencias de las paradojas temporales, pero tampoco las echaremos en cara porque a Bob Gale y a Robert Zemeckis les funcionaron), un metraje excesivamente extenso e innecesario o del desaprovechamiento de algunos personajes, incluyendo el paso atrás que supone hacer que el villano sea una especie de coco y nada más. Pero independientemente de todo ello, no podemos negar que la cinta tiene una capacidad evocadora sin igual que es capaz de, al acabar los títulos de crédito (que, por cierto, no hay ninguna escena después), dejarte con una triste sensación de abandono, pero también con la certeza de que el viaje ha merecido la pena y que intentaremos estar por aquí la próxima vez que los Vengadores planten cara al peligro. Sin embargo, nada será igual a partir de ahora. ¿O no?

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Crítica de “Revenge” (Íd, Coralie Fargeat, 2017)

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Título original: Revenge / Año: 2017/ País: Francia / Duración: 108 minutos / Director: Coralie Fargeat / Producción: Marc-Etienne Schwartz, Marc Stanimirovic, Jean-Yves Robin / Productora: M.E.S. Productions, Monkey Pack Films, Logical Pictures, Charades / Distribución: Rezo Films / Guion: Coralie Fargeat  / Música: Robin Coudert / Fotografía: Robrecht Heyvaert / Montaje: Coralie Fargeat, Bruno Safar, Jérôme Eltabet / Reparto: Matilda Lutz, Kevin Janssens, Vincent Colombe, Guillaume Bouchède / Presupuesto: 2.900.000$


Tres hombres, casados y ricos, se reúnen anualmente para irse de caza a un recóndito paraje desértico. En esta ocasión, uno de ellos, Richard, irá acompañado de su amante, Jen, una atractiva joven por cual el resto de varones se sentirán atraídos. Aprovechando una ausencia de Richard, uno de sus compañeros viola a la chica. Preocupados por su bienestar y posición, intentan comprar el silencio de Jen. Pero esta se niega. Es entonces cuando Richard decide acabar con su vida. Dejada por muerta en el desierto, Jen sobrevivirá milagrosamente. Haciendo acopio de fuerzas y desmesurado valor, su derramamiento de sangre clamará venganza.


Es innegable afirmar que la venganza, entendida como acto para equilibrar la balanza tras un desatino, no está carente de cierto atractivo. La verdad es que ejercer “La Ley del Talión”, el archiconocidísimo “ojo por ojo, diente por diente”, puede poseer ciertas connotaciones negativas, por lo menos dentro de las convenciones sociales establecidas y jurídicamente hablando. De cara a la galería, en la intimidad de nuestros hogares seguro que la cosa cambia, no es una actitud socialmente popular que una víctima, presa de los excesos de una ira más que justificada (eso de poner la otra mejilla, reconozcámoslo, no es inherente a nuestra naturaleza), se tome la justicia por su mano rebajando y subyugando su condición humana al salvajismo con tal de compensar, de obtener una satisfacción directa del agravio. Como personas que sentimos, que sangramos cuando se nos pincha, debemos reconocer que, por mucha sociedad civilizada en la que vivamos y queramos sentirnos protegidos por los organismos que teóricamente velan por nuestro bienestar, la respuesta desproporcionada, directa y contundente hacia un acto dañino contra nuestra integridad suele ser, por norma general (dependiendo también de nuestra personalidad o carácter) una de las primeras cosas que nos pasa por la cabeza cuando sufrimos algún tipo de injusticia, ya sea social, laboral o física. Sin animo de filosofar mucho más sobre el tema, simplemente decir que la venganza como concepto, incluso cuando se confunde con la justicia, poética o no, no sólo nos atrae, sino que es uno de los principales motores argumentales de todos los tiempos dentro y fuera de la ficción. Dicha convicción de que la sangre derramada clama venganza es tan antigua como nuestra civilización y no es de extrañar que se haya infiltrado, como cualquier otra emoción humana, en la historia de la literatura, el teatro, el cine o los cómics. Ya fuera ejercida por el homérico Aquiles en “La Iliada”, servida fría con pericia por un hábil Edmond Dantés en la maravillosa “El Conde de Montecristo“, fruto de la locura como la del “shakesperiano” Hamlet, causante de la obsesión del famoso Capitán Ahab o principal cruzada de un excombatiente del Vietnam al que han arrebatado a su familia, las letras nos han dado grandes historias de venganzas. Pero también sería injusto decir que el Séptimo Arte no le ha ido a la zaga al respecto ya que muchos directores y guionistas de cine no han evitado sucumbir al uso de una de las más bajas pasiones humanas como principal resorte en sus relatos. Ya lo decía el Maestro Hitchcock: “La venganza es dulce y no engorda”.

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Películas de venganzas hay muchas, de muchos tipos y casi ningún género escapa. Comedias, dramas, thrillers, horror, … Sin embargo, hoy nos interesa destacar un subgénero muy concreto, irremediablemente cercano al “cine de explotación” y al “Grindhouse”, popularizado en una década, la de de los setenta, una época caracterizada principalmente por una crisis social, económica y el desencanto generalizado de la población americana que supuso un momento fértil para la ficción, el thriller o el terror en concreto, en el celuloide. Me refiero, por supuesto, a uno de los géneros que más brutalmente ha representado la violencia contra la mujer en la historia del cine como es el “Rape and Revenge” (violación y venganza en inglés). Un tipo de películas muy polémicas desde su nacimiento, pero, paradójicamente, de gran aceptación en sus respectivos nichos de público. Con títulos tan representativos en su haber como (la, pese a no serlo, prácticamente fundacional) “La última casa a la izquierda” (The Last House on the Left, Wes Craven, 1972) o “La violencia del sexo” (I Spit On Your Grave, Meir Zarchi, 1978), son filmes donde se muestra, de forma totalmente explícita, agresiones sexuales que acaban conformándose como evento dramático que desencadena un acto de venganza. Señalar que en su desarrollo suelen repetirse una serie de patrones que logran convertir dichas cintas en un género por sí mismo. Importante es, por una parte, que el instrumento de venganza sea la propia víctima (o en su defecto, a causa de incapacidad, imposibilidad o muerte de la misma, otro sujeto allegado puede ser el elemento ejecutor) y, por la otra, que el culpable, que el agresor (o agresores) pague de  la forma más dolorosa, desagradable y violenta posible. En definitiva, que el crimen no quede sin castigo alguno. Cabe destacar que en muchos de estos títulos, la víctima es la principal protagonista -soliendo ser una mujer fuerte y decidida, lejos de la típica damisela mancillada de antaño- y responsable directa de que no quede impune el agravio. De esta forma, se desmarca de otra tendencia que paralelamente tomaba también la venganza como principal resorte narrativo como es el “vigilantismo” o “el cine de vigilantes/justicieros urbanos” que se prodigase en los setenta con la seminal “El justiciero de la ciudad” (Death wish, Michael Winner, 1974), que tan popular hiciera al hierático Charles Bronson en la piel del inmisericorde Paul Kersey. De todos modos, ambas vertientes no sólo se pasearon por parcelas propias de la “exploitation”, sino que han logrado pervivir en el tiempo, gracias a su “fandom“, hasta llegar nuestros días con variedad de títulos en los que apenas se ocultan las reminiscencias a los clásicos de ambos subgéneros. De ahí, la existencia de sagas que se acabarán convirtiendo en clásicos modernos como la propia del personaje interpretado por Bronson o, más recientemente, la que dio comienzo con “Venganza” (Taken, Pierre Morel, 2008), protagonizada por un ya maduro Liam Neeson. Eso en lo que se refiere a los justicieros vengativos ya que en lo que concierne al “Rape and Revenge” tenemos los sendos remakes -y alguna secuela de remake– de los títulos mencionados como otras sugerentes cintas como la muy interesante -incorporando trazas sobrenaturales a la trama- “Savaged” (Íd, Michael S. Ojeda, 2013), la sofisticada “Elle” (Íd, 2016) de Paul Verhoeven -uno de los realizadores que mejor ha sabido plasmar la faceta más perversa del ser humano- o la psicotrópica variante que supone la increíble “Mandy” (Íd, Panos Cosmatos, 2018) entre muchísimas películas de diversa calidad e índole, pero donde predomina siempre esa voluntad de sentir vergüenza ajena hacia nuestra propia especie.

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La cinta que hoy nos ocupa, “Revenge” (Íd, 2017) de la debutante en la dirección Coralie Fargeat, no es una excepción. El título de la tarjeta de presentación en forma de largometraje de la directora gala no puede ser más evocador y prometer menos de lo que muestra. Revenge en inglés es venganza. Fargeat nos ofrece un “Rape and Revenge” de manual, con sus tres típicos actos bien diferenciados (es decir, la agresión, la posterior recuperación de la víctima y la venganza final), en el que podremos encontrar sutiles licencias debido a que poco se puede innovar en un subgénero tan encorsetado como el que estamos tratando. La cinta comienza con la llegada de una joven pareja a una lujosa residencia en un desértico paraje. Él, Richard (interpretado por un imponente e histriónico en ocasiones Kevin Janssens), un pijo adinerado, casado y con hijos (dos niñas, por lo que comenta en una conversación postcoital). Ella, Jen (¿posible homenaje a Jennifer Hills, personaje interpretado por Camille Keaton, de “La violencia del sexo” [I Spit On Your Grave, Meir Zarchi, 1978]?), su joven amante. Una joven llamativa, sexy y con gusto por despertar admiración en los demás (como demuestra al revelar que su sueño es ir a Los Ángeles, la ciudad donde todo es posible incluido que se fijen en ella) interpretada por la actriz italiana Matilda Lutz y uno de los principales aciertos de la cinta con una presencia en pantalla capaz de eclipsar al resto. Las cosas comienzan a torcerse en cuanto aparecen los dos amigos de Richard, mucho menos agraciados que él, con los que queda todos los años para ir de caza en tan recóndito lugar. Tras una noche de juega y borrachera, uno de ellos, en ausencia de Richard, al sentirse irremediablemente atraído por la chica, acaba violándola con el beneplácito de su compañero que sube el volumen de un televisor con tal de oír los gritos de la víctima. A su vuelta, Richard no sólo descubre lo sucedido, sino que intenta apaciguar a Jen con dinero con tal de comprar su silencio. Ante su negativa y temeroso ante la amenaza de perder su posición de privilegia, decide asesinarla con la complicidad de sus compañeros. Abandonada y dejada por muerta, Jen logra huir sólo para poder volver y clamar venganza ante sus agresores. Hasta aquí, la trama (que prácticamente cabe en un post-it) ni aporta nada nuevo ni se diferencia demasiado de cualquier referente de los cánones del subgénero. Sin embargo, sí que podemos apreciar, entre otras cosas, que, a diferencia de otros filmes, aquí no hay voluntad de recrearse en la agresión sexual, por ejemplo, la cual ocurre prácticamente fuera de plano, y sí hacerlo con todo un festival cromático de gore y violencia explícita con el ajuste de cuentas. No en vano, las tareas de dirección recaen en una representante del género femenino. Y tanto en ese tercer acto, como en el precedente, la cinta pasa página al tratamiento más serio de su primer tercio (la llegada, presentación y violación) para convertirse en un hiperbólico cartoon donde se pone a prueba la suspensión de la incredulidad del espectador a favor de un ejercicio de entretenimiento brutal, rodado con un firme pulso narrativo y una potencia visual que se acaba convirtiendo en un impresionante ejercicio de estilo. Consolidando a su responsable como uno de esos prometedores talentos a los que no hay que perder de vista en ningún momento.

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Evidentemente vivimos en unos tiempos en los que se ha creado la imperiosa necesidad de poner etiquetas a todo y muchos ya han tildado “Revenge” (Íd, 2017) como un claro representante fílmico del empoderamiento femenino en una cinta de “violación y venganza” en clave feminista. Un argumento con el que estoy, en mi humilde opinión, de acuerdo a medias. Porque bien es verdad que en el primer acto del largometraje se hace uso de un tono serio, verosímil, pero también que es diametralmente opuesto al enfoque de los dos actos siguientes. Esa primera parte es capaz de suscitar ideas en consonancia, de cuestionar si realmente las mujeres disfrutan de una misma libertad sexual -en lo que a convenciones sociales se refiere- que los hombres o el porqué de la existencia de prejuicios desde el lado masculino al respecto. ¿Es una buscona una chica que disfruta mostrando su sensualidad? Decididamente no. Pero esto es algo que sus acompañantes, auténticos brutos carentes de sensibilidad, son incapaces de apreciar. De hecho, el posterior intento de “compensación” o la justificación en boca de uno de ellos (“eres tan preciosa que cuesta resistirse a ti”) es una perfecta muestra de la degradación moral de unos tipos que se creen por encima de todo, de todos y de todas. En una sociedad como la nuestra donde impera una galopante ideología capitalista, estos “especímenes” creen que con su dinero pueden comprarlo todo, incluida la dignidad de una persona. Algo que no creo que se aleje demasiado de la realidad. O, al menos, no me cuesta nada creer que existan individuos de tan baja ralea. Sin embargo, todo este discurso se me acaba desmoronando tras la presunta muerte de la protagonista. Llegados a este punto, Jen pasa a transformarse de sexy Lolita a aguerrida y poderosa guerrera. No sé que efectos tiene el peyote (lamentablemente no lo he consumido), pero parece conferirle a la joven una fuerza, una determinación y una invulnerabilidad propia de un metahumano. Jen acaba convirtiéndose en una especie de Wonder Woman inmisericorde y expeditiva que, como he anotado, hace necesario poner en práctica ese suspenso de la incredulidad para seguir disfrutando del espectáculo. Y diría que es la mejor dirección que puede tomar el film para desmarcarse de toda la herencia precedente y no convertirse en “una más”. En mi opinión (humilde), no nos encontramos ante un “Rape and Revenge” en clave feminista (o no principalmente), sino ante un “Rape and Revenge” en clave de slapstick sanguinolento. Todo sale de madre. Sale de madre tanto que es imposible tomarse en serio a unos personajes que acaban convertidos en macabras caricaturas. Incluso cuando Fargeat pone en boca de un maltrecho villano una frase tan casposa, a modo de reproche, como “las mujeres siempre tenéis que plantar cara, joder“, con todo este tratamiento precedente comentado, me resulta difícil conectar de nuevo con el posible discurso en clave feminista del primer acto. Incluso la utilización de símbolos de forma casi naif como, por ejemplo, es el del águila marcado a fuego en el vientre de Jen ¿Ave Fénix renacida? ¿Majestuosa ave rapaz depredadora en busca de aquellos lobos que se acabarán convirtiendo en presa? Es prácticamente un cómic, un grotesco cartoon de acción real, donde todo acaba exagerándose exponencialmente. Las actitudes, la violencia, la sangre, las tripas, … Los personajes acaban hechos polvo, en la línea del hardboiled más ultraviolento, donde la sangre de los cuerpos de los protagonistas es capaz de cubrir literalmente una estancia completa. Me cuesta horrores tomarme la cinta en serio. Sin embargo, no me cuesta nada disfrutarla como un entretenimiento más cercano a la serie B, al cine de explotación más salvaje, gamberro y desvergonzado.

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En definitiva, “Revenge” (Íd, 2017) es un impresionante debut en la dirección de largometrajes de Coralie Fargeat totalmente merecedor de todos los premios que ha cosechado, entre ellos el Premio a la Mejor Dirección y el Premio Citizen Kane a la Mejor Dirección Novel del Festival de Sitges, así como el premio a la Mejor Dirección y a la Mejor Interpretación Femenina del Nocturna de Madrid. Un envoltorio impresionante -fotografía, montaje, dirección- para un ejercicio de entretenimiento con, no podemos negarlo, ciertas pretensiones reivindicativas en lo que al empoderamiento femenino se refiere, pero que, en la opinión de quien suscribe estas palabras, queda eclipsado por su tratamiento de cartoon ultraviolento, de slapstick teñido del rojo de la sangre y las vísceras. Una película de ritmo endiablado, sin concesiones, que hace gala tanto de un humor negro inteligente y sutil como de una exaltación de los excesos. De su escueto reparto, solvente y resolutivo, destaca sobre todo la actriz protagonista,  Matilda Lutz, tan capaz de provocar con su sensualidad como de dar la talla como letal “terminatrix“. Violencia a raudales, poses de videoclip. Todo amante del cine de serie B, del mainstream más palomitero, tiene aquí una verdadera joya del género. Y hecha en el Viejo Continente, que no se nos olvide. Resumiendo, un título a tener muy en cuenta y una directora prometedora a la que seguir sus pasos.

Un momento: el enfrentamiento final entre Jen y su asesino. Éste, desnudo y con las tripas asomando por un agujero en su abdomen. El juego del gato y el ratón con un exceso de hemoglobina en pantalla.

Lo mejor: entre sus muchas virtudes, destacan sobre todo la música de Robin Coudert, de clara inspiración “carpenteriana“, así como la increíble paleta cromática de la fotografía de Robrecht Heyvaert. Sencillamente increíble.

 

 

Los Vengadores: Asalto a la Mansión (Roger Stern, John Buscema)

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Titulo original: Avengers 273-280 USAGuión: Roger Stern, Bob HarrasDibujo: John Buscema, Bob HallPortada: John Buscema, Joe JuskoFormato: Rústica / Páginas: 192 págs / Editorial: Panini Cómics / Precio: 19,95€ / ISBN: 978-84-90241-80-6


Liderando a los Señores del Mal, el pérfido Barón Zemo ultima su plan maestro: atacar la Mansión de los Poderosos Vengadores aprovechando las ausencias y debilidades de sus miembros más poderosos. Los Héroes más poderosos de la Tierra, por contra, se encuentran en uno de sus momentos de mayor debilidad debido a diferencias internas por el liderazgo del grupo.  Enfrentados entre ellos mismos no darán crédito ante la supremacía de un enemigo que acabará por diezmarlos. 


Los Vengadores, los Héroes más poderosos de nuestro planeta, están más de moda que nunca con todo el universo transmedia que “Disney/Marvel” han montado con su universo cinematográfico. Quién se lo iba a decir a todos aquellos aficionados que seguían con fruición las aventuras de sus héroes favoritos, pero desde las viñetas, su medio natural por antonomasia, allá por las lejanas décadas de los ochenta y noventas (donde un servidor de ubica). A menos de una semana del estreno de “Vengadores: Endgame” (Avengers: Endgame, Anthony Russo, Joe Russo, 2019), y con el equipo de superhéroes en su momento más mainstream de todos los tiempos, se hace interesante recordar algunos de los momentos cumbres de dicha formación superheroica en las tebeos. De entre todas las etapas del popular grupo de superhéroes, una de mis favoritas siempre ha sido aquella en la que Roger Stern fue el responsable de las aventuras y desventuras del equipo. Cabe señalar que la figura de Stern, toda una institución dentro de la industria, está ligada a varios de los mejores momentos de títulos de La Casa de las Ideas tales como Doctor Extraño, el asombroso Spiderman o los mismísimos Vengadores.  En realidad, esta es una época donde la calidad de las series Marvel alcanza un punto álgido. Stern supo plasmar a la perfección el espíritu de este variopinto grupo de héroes siendo totalmente respetuoso con su historia precedente. En su dilatada etapa al frente de la colección pudimos asistir al juicio de Hank Pym, conocimos al Consejo de Kangs, incorporó a las filas de tan poderosa formación a personajes tan dispares como Starfox (o Eros), el Doctor Druida o su propia encarnación de la Capitana Marvel [1], así como narró uno de los episodios más traumáticos en toda la historia de los Vengadores, es decir, el asalto a su mansión urdido por el Barón Zemo. Stern y el mítico John Buscema fueron los responsables de sorprendernos con dicho ataque a la residencia de los Vengadores por parte de los Señores del Mal. El arco argumental en el que los héroes más poderosos de la Tierra, contenido entre los números 273 al 280 de la serie original de “The Avengers” (USA), dejaron de ser invencibles y donde Stern mostró que hasta los grandes héroes tienen sus debilidades. Una de las aventuras más recordadas por el fandom más veterano.

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El poco original, pero bien ejecutado plan de Zemo, archienemigo declarado del Capitán América, brindará a los fans la oportunidad de ser testigos tanto de uno de sus momentos más infames como de uno de los relatos más emocionantes y dramáticos de nuestros héroes favoritos. La historia comienza cuando el malvado Barón y la cuarta encarnación de los Señores del Mal -compuesta por pesos pesados tales como la Brigada de Demolición, el Hombre Absorbente, Titania, Mister Hyde, Goliat, Tiburón Tigre, Apagón, Mimi Aulladora, Gárgola Gris, Torbellino, Chaqueta Amarilla, Arreglador y Piedra Lunar– aprovechan la ausencia del recientemente incorporado a las filas de los Vengadores Príncipe Namor, las juergas de Hércules o la vulnerabilidad de la nueva Capitana Marvel entre otras cosas para invadir la casa de los héroes más poderosos de la Tierra haciendo prisioneros a todos sus miembros. ¿A todos? Por supuesto que no. Gracias a la diosa fortuna, Janet Van Dyne, la Avispa, una mujer fuerte en plena consonancia con los tiempos que ahora vivimos (y, por ende, adelantándose a su época) escapará de las garras de tan viles supervillanos y organizará un equipo de rescate con algunos de los miembros de la reserva dando lugar a una de las más épicas batallas jamás libradas y con consecuencias nada positivas para ambos bandos. En esta historia de los Vengadores podremos ver escenas memorables. Sin duda alguna, una de ellas es la brutal paliza que recibe un ebrio Hércules a manos de la Brigada de Demolición, Mister Hyde y Tiburón Tigre. Castigo que deja al poderoso hijo de Zeus al borde de la muerte. Otra imagen para el recuerdo es la salvaje tortura sufrida por el indefenso Jarvis, fiel amigo y mayordomo (y que Brian Michael Bendis rescató para sus “Vengadores Desunidos” -aunque poniendo en boca del personaje palabras sin pies ni cabeza), por parte de Mister Hyde y que tanto el Capitán América y el Caballero Negro serán obligados a presenciar por voluntad de un sádico Heinrich Zemo que sabe que tan vil acto hará más mella en sus enemigos que cualquiera de sus golpes. Algo inusual, no sólo para la época sino para la gran parte de los productos de la editorial que vio nace a dichos personajes. Poco a poco Stern irá perfilando a los protagonistas dejando a la vista las debilidades que aprovecharán después sus enemigos. La trama nos dejará a unos Vengadores en su momento más bajo, vapuleados y humillados, pero con los recursos suficientes para salir victoriosos en la gesta y fortalecidos interiormente.

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En lo referente al apartado gráfico, sólo puedo decir que es soberbio. El arte del mítico, del inconmensurable, John Buscema, ayudado por Tom Palmer, nos deleita con ilustraciones donde su movimiento, su sencillez y su increíble estética harán las delicias de todo aquel amante del dibujo clásico y del Noveno Arte en general. Viñetas en las que se huye de las poses típicas y que encuentran la espectacularidad en ellas mismas. Clasicismo y buen oficio para una de las mejores historias de los Vengadores de todos los tiempos. Si no la habéis leído, Panini Cómics la publicó dentro de su línea Marvel Gold dedicada a los Héroes más poderosos de la Tierra. En su interior se contienen imágenes tan épicas como emotivas. En conclusión, no dejes escapar esta importante crónica de uno de los más importantes grupos superheroicos de todos los tiempos. Si te gustan los Vengadores, si te gustan los grandes relatos, te gustará este momento crucial en su dilatada trayectoria. Drama, acción y emoción a raudales con un equipo creativo de auténtico lujo. Y cuando hablamos de lujo, estamos hablando de que nunca más en toda su historia, los héroes más importantes de nuestro planeta han estado en mejores manos. La esencia en bruto de la magia de La Casa de las Ideas, uno de los mejores momentos de Marvel Comics, contenidos en un tomo de poco más de ciento noventa páginas. Un tebeo realmente imprescindible para todo aquel que se declare fan de los Vengadores. Esto es historia del cómic y lo demás son tonterías.

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Un momento:  El Capitán América se encuentra inmovilizado. Zemo, con una foto que el Capitán se hizo junto a Bucky antes de morir éste, la rompe en pedazos ante él. El Centinela de la Libertad aguanta el tipo. “Recordaré esto, Zemo”, espeta. Al final, tras la batalla y la consiguiente victoria, Steve Rogers encuentra los pedazos de la única foto de su madre que conservaba. Y allí, de rodillas en soledad, se quebranta. Una muestra de que los héroes, aun siendo de papel, son humanos.

[1] Siempre corrió el rumor de que Roger Stern abandonó la serie de los Vengadores por una disputa con Mark Gruenwald, editor de la colección, sobre el liderazgo de la Capitana Marvel en el grupo. Gruenwald tenía ideas diferentes a las de Stern acerca del destino del personaje. El prolífico editor y guionista quería que el Capitán América acabara liderando a los Vengadores, no sin antes dejar en evidencia como líder incapaz a Monica Rambeau. Lo cual acabaría en su destitución y relevo de Steve Rogers al mando de la formación. Stern fue despedido al oponerse a ello y sustituido por Ralph Macchio y Walter Simonson, más afines a la corriente de pensamiento de Gruenwald.

Especial Balas Perdidas 1: La inocencia del nihilismo (David Lapham)[1]

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Titulo original: Stray Bullets vol. 1: Innocence of Nihilism / Guión: David Lapham / Dibujo: David Lapham / Portada: David Lapham / Formato: Rústica / Páginas: 268 págs / Editorial: Ediciones La Cúpula / Precio: 19,90€ / ISBN: 978-84-17442-05-7


“Balas Perdidas” es una serie coral conformada por varios relatos de aparente corte auto-conclusivo en el que seremos testigos de las trágicas historias de sus personajes. Joey tiene un peculiar trabajo, hace desaparecer los cadáveres de los tipos que estorban a Harry, su jefe. El cadáver de una prostituta de la que se tiene que deshacer traerá consigo fatales consecuencias. Por otra parte, la pequeña Virginia Applejack será testigo de un brutal capítulo que cambia su vida: un asesinato cometido por Spanish Scott, sicario de Harry, a plena luz del día. Una experiencia que no le traerá nada bueno. No muy lejos de allí, el futuro del prometedor Orson -primero de la clase y a punto de entrar en la Universidad- dará un giro radical cuando el entorno mafioso local entre en su vida. Más de mil años de distancia, la peligrosa ladrona de bancos Amy Racecar comienza su peculiar cruzada contra el mundo después de que Dios le niegue la entrada al Paraíso a su creación más preciada, el hombre.


A modo de introducción: “Balas perdidas” de David Lapham es un cómic maravilloso que me atrevo a recomendar -práctica poco habitual en mi persona ya que mis gustos no tienen que ser como los de los demás y siempre es un ejercicio de riesgo el hacer recomendaciones- a todo aquel amante del género negro como al que disfrute con el secuencial noveno arte. A mi parecer es una genialidad y la mejor obra de su autor hasta la fecha. Aquí comienza un especial dedicado a las aventuras de Amy Racecar, Virginia Applejack y compañía que abarcará cinco artículos que reseñarán cada uno de los cinco tomos que recopilan la serie original “Stray Bullets“.


A mediados de la década de los noventa -en pleno boom del interés que generó “Pulp Fiction” (Íd, 1994) de Quentin Tarantino por el género negro -por las historias de perdedores en tono noir y el gusto por convertir a los habituales protagonistas del hampa y diversos criminales en personajes costumbristas tan víctimas de la cotidianidad y de la cultura pop como cualquier “hijo de vecino”- aterrizaba en nuestro medio favorito, el de las viñetas por supuesto, una de las publicaciones independientes más interesantes del momento -por no decir de los últimos tiempos-. Una colección de cómics que lanzaría la carrera de su autor, David Lapham, a una más que notable popularidad y prestigio.  “Balas perdidas” es el proyecto más personal hasta la fecha del guionista y dibujante estadounidense, nacido en Nueva Jersey. La serie debutó en su propia editorial, bautizada como El Capitán, co-fundada con su esposa allá por el año 1995. Tras unos comienzos, más bien tibios, en una recién “salida del hornoValiant Editorial, donde trabajó en los primigenios títulos de Shadowman o Hardbinger -ahora de rabiosa actualidad tras la renovación de dicha editorial-, Lapham se decidió por la vía de la auto-edición para desarrollarnos esta historia negra, en muchos sentidos, que conjuga perfectamente el drama, la acción y todos los convencionalismos del noir norteamericano. Una obra totalmente deudora de los clásicos del género, sin dejar de lado las más que evidentes referencias del cine de “gánsteres desocupados y expertos en cultura pop” del “enfant terrible” en boga de aquel momento -Quentin Tarantino- o la afamada “Sin City” del -todavía en aquellos tiempos- grande y prestigioso Frank Miller.

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De esta manera, y de forma totalmente serializada, Lapham sacó al mercado, en formato de comic-books, este “Balas Perdidas” con fecha de 1995. Acompañada de la curiosa foto, de cuando era un chaval, de su ficha policial en la contraportada. Publicación con la cual, pese a su irregular periodicidad, fue amasando diversos galardones -entre ellos el prestigioso Premio Eisner– y, por extensión, notoriedad en el mundillo y mercado estadounidense. Pronto el autor daría cuenta de lo fácil que era ganar un buen dinero trabajando para las dos Grandes del sector -es decir, Marvel Comics y DC Comics-, para las cuales realizó encargos centrados en los personajes de Daredevil y Batman, respectivamente. Encargos que, por un lado, no venían nada mal a la recién formada familia gracias a su paternidad, pero que, por el contrario, entorpecían o retrasaban el desarrollo del proyecto que le dio fama. De esta forma, y pese a sus reticencias y esfuerzos por no decaer, Lapham dejaba en stand by la serie con la friolera de cuarenta números publicados -más algunos especiales-. Tras diez años, dejaba aparcada “Balas perdidas” para desarrollar otros proyectos para Marvel, DC, Dark Horse o quien se le pusiera por delante de las cuales podemos destacar su buena labor para el sello Vertigo de DC Comics con su novela gráfica “Silverfish” o su serie regular -cancelada por malas ventas en su número 18- “Young Liars”, muy recomendable desde mi humilde opinión. Tras un tiempo alejado del personal universo creado en “Balas Perdidas”, Lapham comenzó a considerar la idea de retomar el proyecto -que inconcluso y con un cliffhanger importante de por medio había dejado- aprovechando la oportunidad que se le planteaba al poder integrar su pequeña editorial en la infraestructura de la “renacida” Image Comics, uno de los baluartes del cómic mainstream de los años 90 que había caído en desgracia, pero que en la era de los “dos miles” -y gracias a un cambio de rumbo y mentalidad por parte de su cúpula- se ha tornado en una de las más interesantes del mercado debido a sus propuestas de alta calidad y renombre de sus autores. En 2014 Image se hacía con los derechos de la obra de Lapham y, para alegría de todos, “Balas Perdidas” volvía para -esperemos- quedarse (la publicación de la nueva serie “Stray Bullets: Killers” da fe de ello) [2].

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Balas Perdidas” se compone de una sucesión de historias en apariencia auto conclusivas, pero que vistas en conjunto forman un todo. Es un relato de “gente normal” que se ve envuelta en los sucios negocios de desalmados hampones o a las que el lado más jodido de la vida, por motivos diversos, les ha hecho la zancadilla haciéndolas sufrir de forma totalmente injustificada. Este primer tomo, “La inocencia del nihilismo”, recoge los primeros siete números USA de la serie y está conformado por eso mismo, por pequeñas narraciones que parecen que no tienen demasiado entre sí, pero que de cara al futuro su importancia será capital. En este primer tramo de la serie se nos comenzarán a presentar a casi todos los personajes que constituyen la columna vertebral de ese “todo” antes mencionado. Destacar que el autor no opta por un desarrollo lineal de la trama, sino que cada capítulo salta en el tiempo -hacia delante o hacia atrás- para que nosotros, los lectores, una vez asimilado lo leído juntemos las piezas de este peculiar rompecabezas – ¿hemos mencionado antes a Tarantino? -. El primer corte nos presenta un relato que no encontraría mejor calificación que de tipo “tarantiniano”. Dos hombres transportan de noche en su coche una comprometida carga: el cadáver de una prostituta a la que el jefe mafioso local, el misterioso Harry, ha mandado ejecutar. El trabajo es sencillo, llevar el “muerto” a un lugar y deshacerse de ello “ipso facto”. Lamentablemente, uno de ellos no está muy bien de la “azotea”, el joven Joey, y, si a eso juntamos un enajenado “enamoramiento” con el cadáver tras ser uno de los participantes en la violación previa a la muerte de la mujer, la cosa se complica. Un capítulo que es una perfecta carta de presentación y que ya pone sobre la mesa cuáles serán las constantes del resto de la serie: el género negro, la construcción de personajes cimentada sobre sus acciones y diálogos, interacciones entre los distintos protagonistas, agilidad narrativa, un dibujo en blanco y negro -y con un genial dominio de la mancha en su entintado- perfectamente en consonancia con la oscura narración que Lapham nos presenta y un diseño de página de ocho viñetas de idéntico tamaño que le otorgan el aspecto cinematográfico deseado por el autor.

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Sin embargo, el joven Joey no será uno de los personajes capitales -aunque volveremos a verle en un futuro- en esta especie de macro relato de David Laphan sino que servirá para establecer el tono de una serie que se esforzará en mostrarnos la cara más amarga y mísera de la condición humana en clave de noir moderno. En su segundo capítulo el autor da un salto de 20 años en el pasado para situarnos en vísperas del verano de 1977, en escena ya aparece la pequeña Virginia Applejack que es, desde mi humilde punto de vista, no sólo una de las protagonistas de esta coral narración sino el personaje más importante y por el que pivotará el resto de la serie. Pero eso ya es adelantarnos a los acontecimientos. En su presentación, veremos como la vida de la pequeña Virginia -una niña un tanto diferente a las demás a la que en lugar de jugar con muñecas le encanta la recién estrenada, en dicha ficción, “La Guerra de las Galaxias” (Star Wars Episode IV – A new hope, George Lucas, 1977)- queda un tanto tocada al presenciar a la salida del cine -justamente tras ver por enésima vez la película seminal de la saga espacial de George Lucas- como uno de los matones del misterioso Harry, Spanish Scott, ejecuta a un pobre “moroso”. Señalar que, para fortalecer un poco más esa apuesta por “Pulp Fiction” (Íd, Quentin Tarantino, 1994) como influencia capital, si el enigmático Harry pudiera recordarnos al Marcellus Wallace del film del director de Knoxville, Spanish Scott es perfectamente un sosia de Vincent Vega. Un tipo letal con el cuchillo y con una referencia a la cultura popular -sobre todo a la saga de los Skywalker- en la punta de la lengua. El hecho de ser testigo de tan dramático suceso, llevará a enrarecer el afable carácter de la niña llegando a tener problemas con su familia -a los que sumar a una rancia relación con su madrastra- y en el colegio. A Lapham no le tiembla el pulso al mostrarnos sin pudor alguno como la chiquilla es víctima de “bullying” -esa práctica tan arraigada en los EEUU que hemos podido ver incluso en las comedias más ligeras- por parte de sus compañeros. Una situación que hará que la pequeña huya de su hogar y protagonice junto a un adulto, que la recoge cuando ésta hace auto-stop, uno de los episodios más angustiantes de los sietes que componen este libro. Y es que, durante sus páginas, el autor coquetea con algo tan desagradable como la pederastia. Virginia será una víctima. Pero como no tengo ánimo de spoilear su desenlace, por favor, leedla. Es una muestra de la mezquindad inherente en el ser humano. Otro trío de personajes que aparecerán, y que serán vitales para el futuro, será el conformado por Nina -la chica de Harry-, su amiga Beth y Orson -un pimpollo de futuro prometedor que se verá truncado al cruzar su camino con ellas-. Este peculiar grupo vivirá una “aventura” mafiosa al más puro estilo “Amor a quemarropa” (True Romance, Tony Scott, 1993) – ¿Tarantino? – al ser perseguidos por los secuaces de Harry -el mencionado Spanish Scott y el Monstruo- y verse obligados a huir de la ciudad. La génesis de lo que más adelante Lapham desarrollará, aquí se nos presenta. Y no menos importante será Amy Racecar, sin duda el personaje más “cool” de “Balas Perdidas”. No me extenderé demasiado ya que poco se nos contará de ella en este primer tomo, pero seremos testigos de cómo los actos de esta asesina y ladrona de bancos del año 3077 serán catastróficos para todos los habitantes del planeta Tierra. La clave onírica del relato podrá darnos más de una pista. Y hasta aquí puedo leer.

En definitiva, la recuperación de “Balas perdidas” por parte de La Cúpula es una extraordinaria noticia. Si tuviera que definir esta obra de David Lapham con una sola palabra, ésta sería “brillante” (y en mayúsculas). Una historia de género negro bien contada y bien dibujada donde el esfuerzo primordial se pone en la construcción de sus intérpretes. Lapham logra que riamos, que suframos y que queramos a sus personajes. Todo ello acompañado de una labor artística excepcional que hace de esta serie una de las más recomendables para todo amante del noir -o del cómic en general-. Toda una “master class” de cómo hacer “tebeos” de calidad saliéndose de los estándares del cómic mainstream más generalista. Estén atentos a los próximos disparos, porque nunca se sabe dónde puede acabar una bala perdida.

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[1] Este es otro artículo publicado en otra web que reciclo y recupero (en su versión previa a los teóricos retoques que se hicieron para su publicación allí) con objeto de reseñar los cinco tomos aparecidos de la serie hasta la fecha en un “Especial Balas Perdidas“.

[2] Cabe señalar que en nuestro país ha sido La Cúpula la encargada de publicarla. Sin embargo, también podemos decir que de una manera un tanto extraña. Primero, desde 1998, respetando el original formato en “grapa” -con cubiertas de cartón como sustancial diferencia- en su irregular línea “Fuera de serie Comix”, dejándola inconclusa a la altura del número 22 -así como con otras series del catálogo- para acabar recopilándola en cuatro tomos en rústica, allá por 2005, a semejanza que en Estados Unidos y que contendrían las primeras treinta entregas. El cuarto tomo supuso el último mientras se esperaba a que Lapham diera por concluido el último y más extenso arco argumental de la serie. Algo que no llegó hasta mucho después. El verano pasado, la editorial catalana anunciaba que retomaba la publicación con un quinto tomo y la reedición del material original ya publicado. Hasta la fecha ha reeditado los tres primeros tomos de la serie.

Silver Surfer, un personaje de culto

Sin duda, uno de los personajes cósmicos más atractivos del “Universo Marvel“, y del cómic en general, es Silver Surfer, más conocido por los aficionados en nuestro país como Estela Plateada. Creado por Jack Kirby (¿y Stan Lee?) hizo su debut en el número 48 USA de la colección “The Fantastic Four” en 1966. En origen, Estela Plateada era un joven astrónomo del pacífico y próspero planeta Zenn-La llamado Norrin Radd. Zenn-La era un mundo extremadamente avanzado, social y tecnológicamente, que había logrado crear una auténtica utopía carente de crimen, enfermedad, hambre y pobreza. La vida de Norrin dio un giro cuando el devorador de mundos conocido como Galactus amenazó con alimentarse de su mundo. Embarcado en una nave Norrin se enfrentó al temible consumidor de planetas llegando a un acuerdo con el siempre hambriento e hiperbólico ser cósmico. Sacrificándose y convirtiéndose en su heraldo, con objeto de encontrar otros planetas que sirvieran de sustento a su nuevo amo, la amenaza de ser consumida abandonaría Zenn-la. Galactus transformó a Norrin en una entidad cósmica de piel plateada siguiendo un patrón de la mente de nuestro protagonista, inspirado en una de sus fantasías adolescentes, adoptando el nombre de Silver Surfer (Estela Plateada) y abandonando su mundo natal en compañía de su amo, a quien sirvió durante siglos. Pasado un tiempo, Galactus decidió reprimir su conciencia y recuerdos como Norrin. De ese modo llegó a la Tierra propiciando una de las mejores sagas de la Primera Familia Marvel. Entre sus poderes y habilidades, Silver Surfer tiene acceso al denominado Poder Cósmico, que le permite manipular las energías que se encuentran en el universo. Esto permite aumentar su fuerza a niveles incalculables y lo convierte en un ser prácticamente indestructible. Puede navegar por el espacio y por las barreras dimensionales a velocidades inmensurables gracias a su tabla cósmica. También ha podido viajar en el tiempo. Su organismo casi perfecto no requiere de alimento, aire o reposo ya que depende solamente de su energía cósmica. Se conoce que cuando Galactus hace algo, lo hace bien y Silver Surfer es prueba de ello.

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Se cuenta que la creación del personaje parte de la propuesta por parte de Stan Lee a Jack Kirby de que los Cuatro Fantásticos se enfrentaran a Dios. Aquello fue el germen de lo que a posteriori se conocería como “La Trilogía de Galactus“, tres números en los cuales Kirby idearía/crearía a Galactus (el ser/Dios de inimaginable poder que recorría el universo devorando mundos para poder sobrevivir) y, con objeto de maximizar el dramatismo, a Silver Surfer como señal que precede a la inminente catástrofe. A pesar de que el surfista no aparecía en el plot inicial y que Stan no estuvo muy conforme con dicha idea, al público le encantó este ser de semblante melancólico provocando que repitiera protagonismo en sucesivas entregas de los Cuatro Fantásticos. En aquel entonces en “Marvel Comics” se utilizaba el famoso Marvel Method, un modelo de trabajo guionista-dibujante que fue empleado por Lee y Kirby (entre otros) ante la pasmosa cantidad de títulos que The Man escribía al mes. ¿Y en qué consistía? El popular editor daba una idea general al dibujante de lo que ocurrirá en la historia y, a partir de ahí, el dibujante tiene vía libre para narrar su historia, viñeta por viñeta. Se dice que Kirby se encerraba en su estudio y llegaba a dibujar centenares de páginas al mes sin contar los procesos de creación de personajes. Ello llevó a Stan Lee a otorgarse el mérito de (co)creador de la mayoría de las creaciones de Jack. Lo cual propició la marcha del dibujante a la rival “DC Comics” debido al estado de frustración provocado por el poco crédito recibido por su trabajo y que (“el bueno de”) Stan acaparaba debido a su personalidad más mediática. En el caso de Estela Plateada, se dice que Stan quedó tan fascinado con el personaje que, a pesar de la reticencias de Jack Kirby, decidió que quedaban muchas cosas que contar sobre el pasado y el presente de Norrid Radd. Por ello, en 1968, salió al mercado una serie protagonizada por el personaje con guiones del propio Lee. Para esta ocasión, el apartado gráfico se le vetó a Kirby y recayó en el (impresionante) dibujante John Buscema. Buscema realizó todos los números de la colección, excepto el último que pudo dibujar Kirby. No sería hasta finales de los años setenta que Stan y Jack se juntaran y crearan esa delicia que es “The Silver Surfer“, la primera novela gráfica del personaje.

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La vida editorial del personaje ha sido dilatada y en ella encontramos horas más bajas que altas. Sin embargo, hay ciertos trabajos que sobresalen sobre el resto como las citadas primera serie regular y primera novela gráfica, además de una curiosa colaboración entre Stan Lee y uno de los grandes de la “bande dessinée“: el inigualable Jean Giraud Moebius. Este experimento se llevó a cabo en 1988 y llevó el título de Parábola. En ella encontramos a un espectacular Moebius ilustrando, con su peculiar estilo que le sienta como un guante al surfista plateado, un guión más que correcto de The Man. A pesar de ser un personaje solitario, Estela Plateada formó parte de el más famoso no-equipo de súper-héroes conocido como Los Defensores. En dicho título compartía espacio con otros anti-héroes del “Universo Marvel” como Namor, el Dr. Extraño o el Increíble Hulk. Un grupo de lo más bizarro en el cual ninguno de sus integrantes deseaba formar parte del equipo y cuya mejor etapa es aquella que firmara Steve Gerber (imprescindible, añadiría). En nuestro país podemos encontrar con suma facilidad muchas de las historias aquí citadas. Por ejemplo, “La trilogía de Galactus” (números 48 al 50 USA de The Fantastic Four) la podemos encontrar en Los 4 Fantásticos: La edad Dorada publicado por “Panini Cómics“. Un precioso tomo omnigold con material de indiscutible calidad. La primera serie regular está recopilada también por “Panini Cómics” en el imprescindible tomo omnigold de Estela Plateada de Stan Lee y John Buscema. La primera novela gráfica de Silver Surfer la publicó el antaño sello “Cómics Fórum” de “Planeta Cómic” en mayo de 1998. “Parábola” de Stan Lee y Moebius ha sido recientemente publicada por “Panini Cómics” en su línea Marvel Graphic Novels. Y no podemos dejar de recomendar la impresionante etapa de nuestro plateado surfista cósmico realizada por Dan Slott y el matrimonio Allred. Totalmente deliciosa.

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Ya como curiosidad, en 1987, unos de los grandes y mejores guitarristas de “nuestro Planeta Tierra“, el virtuoso Joe Satriani, incorporó a la portada de su segundo disco titulado “Surfing with the Alien” la ilustración de la génesis de Estela (aparecida en la historia del Silver Surfer vol. 2 nº 1 USA de Stan Lee y John Byrne que, a su vez, estaba basada en el guión de una hipotética película del personaje). Éste es un álbum que, además de conceder a Satriani una (más que merecida) reputación de diestro de la guitarra, al escucharlo te sientes como si fueras en la tabla de surf cósmica de Estela. Os animo a que escuchéis este gran disco acompañando la lectura de cualquiera de las grandes historias que “Marvel Comics” nos ha brindado del surfista plateado. Y esperemos también que con la reciente adquisición de “Fox” por parte de “Disney” se haga alguna adaptación a la gran pantalla digna de un personaje de culto como este. Pero eso ya es otra historia.

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“Diablo House” (Ted Adams, Santipérez)

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Titulo original: Diablo House / Guión: Ted Adams / Dibujo: Santipérez / Portada: Santipérez / Formato: Cartoné Páginas: 128 pags. / Editorial: Norma Editorial / Precio: 18€. / ISBN: 978-84-679-3420-5


¿Dinero? ¿Fama? ¿Sexo? ¿Poder? Todos tus deseos, tus más oscuros anhelos, pueden hacerse realidad, pero también hay un precio que pagar. Acompañemos a Riley, nuestro surfero anfitrión, por Diablo House, una casa hecha a imagen y semejanza de la Casa Batlló de Gaudí donde moran las almas de aquellos que fueron lo suficientemente atrevidos (o desdichados) como para intentar conseguir cumplir sus sueños a costa de todo y de todos.


En la californiana ciudad de San Diego, a orillas del Pacífico, más concretamente en su privilegiada comunidad de La Jolla, rodeada de la belleza de sus amplias playas de arena blanca y disfrutando de unas envidiables condiciones climatológicas, se yergue una siniestra construcción, de clara influencia modernista, llamada Diablo House. En alguna de sus habitaciones podrás hacer tus sueños realidad. Sin embargo, nadie da nada a cambio de nada y un alto precio tendrás que pagar por ellos. Nadie dijo que tomar un atajo no tuviera consecuencias. Dinero, poder, fama, … Todo lo que quieras, simplemente haciendo uso de tu alma como moneda de cambio. Como si de una versión moderna de “Fausto” se tratara, Ted Adams y Santipérez, responsables máximos de esta miniserie de cómics, nos ofrecen una mirada al lado más desagradable, más oscuro, de la condición humana utilizando convenciones del género de terror que nos resultarán familiares, pero sin que las sintamos como anticuadas. Un canto de amor a un género tomando prestada la tradición de publicaciones míticas como “Tales from the Crypt” de la archifamosa “EC Comics”, los magazines de terror de la “Warren Publishing” con la revista “Creepy” como principal referencia o las antologías de terror publicadas por “DC Comics” como “House of Mistery” o “House of Secrets”. Auténticos clásicos del horror en los que grandes artistas del medio aportaron su granito de arena con impresionantes muestras de su talento. “Diablo House”, publicada en una miniserie de cuatro “comic books” por IDW en 2017, se suma y nos ofrece un sentido homenaje a una forma de entender el cómic y, más concretamente, un género que a muchos de nosotros nos apasiona.

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A semejanza de los títulos mencionados, en “Diablo House” tendremos también a un anfitrión, a un maestro de ceremonias, que nos introducirá en cada uno de los cuatro relatos diferentes de los que se compone la obra. Para la ocasión, en lugar de un cadáver en pleno proceso de descomposición o una decrépita bruja, encontraremos a un californiano surfista de pelo largo y torso desnudo llamado Riley que hará las veces de narrador siempre haciendo ironía de lo macabro, sin necesidad de ocultar su desparpajo, así como su negro sentido del humor, y mostrándonos, al término de su relato, las graves consecuencias a las que se exponen los protagonistas por tomar el camino fácil, por conseguir aquello que ansiamos gracias a la sobrenatural ayuda de la siniestra casa. Una casa que combina elementos esotéricos de diversas culturas con el modernismo de la impresionante Casa Batlló de Antoni Gaudí, así como de La Sagrada Familia. No en vano, aquí se nota la influencia de Santipérez, artista patrio que ilustra con maestría dichos relatos y que ya ha manifestado en ocasiones su gusto tanto por el famoso arquitecto como por artistas modernistas como Ramón Casas o Santiago Rusiñol. De esta forma, Riley nos ilustrará, por un lado, con la historia de la casa y de cómo su jefe ha tomado elementos de la arquitectura de Gaudí y, por otro, realizará un tour en el que nos irá relatando los destinos y miserias de aquellos que han sido lo suficientemente atrevidos como para hacer un pacto maldito. Tendremos al típico individuo consumido por la codicia que ansía escalar socialmente, a un tímido nerd al que le pierde la lujuria, a un mago fracasado y a un piloto de carreras siempre a la sombra de su mejor amiga que perseguirán sus más oscuros deseos a costa de todo lo demás, incluidas las vidas de sus seres queridos.

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A Ted Adams, CEO de la editorial IDW y guionista de “Diablo House”, ya pudimos leerle en la magistral adaptación al cómic de la novela de Richard Matheson, “El hombre menguante” [1], que “Planeta Cómic” publicó en nuestro país. Adams, en el epílogo contenido en la edición que “Norma Cómics” nos ofrece ahora, se confiesa fan de los cómics clásicos de terror, concretamente de la revista “Creepy” de la “Warren” y de la “House of Mistery” de “DC Comics”, pero sobre todo del arte contenido en estas publicaciones. Impresionado desde siempre por ilustradores de la talla de Mike Kaluta y, sobre todo, Bernie Wrightson, no esconde que su intención era recuperar el espíritu de esos cómics y que ha hecho de “Diablo House” el vehículo idóneo para poder llevarlo a cabo. Paralelamente, los hados del destino le confirieron la oportunidad de conocer a Santipérez, de poder encandilarse con su talentoso trabajo, y el resto es historia. Pérez es una figura poco prolífica dentro del panorama “comiquero”. Comenzó en la década de los noventa publicando historias para la extinta versión española de “Creepy” publicada por la añorada “Toutain Editorial” pasando casi dos décadas sin publicar nada profesionalmente hasta que la nacional revista “Cthulthu” (editada por “Diábolo Ediciones”) lo recuperó para goce y deleite de todos los aficionados [2]. El estilo de Santipérez no sólo recuerda poderosamente al de Bernie Wrightson, sino que podemos apreciar otras influencias de artistas de gran calibre como Richard Corben, Mark Schultz o Frank Frazetta. Y no sólo eso, sino que podemos percibir una sensibilidad narrativa fuertemente arraigada en los clásicos del terror de las décadas de los sesenta y setenta. Su arte tiene poder, tiene brío, haciendo gala de un detallismo extremo que permite al lector ensimismarse con cada pequeño detalle. Sus viñetas, sus composiciones de página, nos atrapan denotando un dominio de la narrativa secuencial -prueba de ello la vibrante carrera automovilística de la última historia-. Todo ello, combinado con los colores de Jay Fotos, nos hace partícipes de una excepcional e impresionante experiencia. En definitiva, el dibujante patrio es la verdadera estrella de la función. Prueba de ello son los numerosos extras que contiene la edición de “Norma Editorial” en forma de bocetos, dibujos preparatorios y páginas a lápiz. Una auténtica delicia. No podemos decir lo mismo del trabajo de Adams que, sin ser decepcionante, se queda un tanto a medio gas. Las historias cuentan con premisas interesantes y sorprendentes desenlaces con moralina final al más puro estilo de “La Dimensión Desconocida” (The Twilight Zone, Rod Serling, 1959-1964), pero en los que quizás no se profundiza demasiado en los personajes, sus motivaciones o el drama de los mismos. Afortunadamente, la parte artística permite que las ilustraciones transmitan plenamente el carácter ciertamente onírico y de pesadilla de las narraciones contenidas en “Diablo House”.

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En definitiva, “Diablo House” es una opción ideal para todo aquel aficionado al terror. Una antología del horror, de la peor condición de nuestra especie, siguiendo la añorada estela de publicaciones tan míticas como “Tales from the Crypt” o “Creepy” y que muchos de nosotros echamos verdaderamente en falta. Las historias contenidas son lo suficientemente interesantes como para mantener nuestra atención, pero si verdaderamente hay un aspecto que destaca sobre todo lo demás es el arte del Santipérez, un verdadero virtuoso que no sólo nos presenta un trabajo realizado a base exquisitas ilustraciones, sino que demuestra un total control de la narración retrotrayéndonos a un tipo de cómic de los que hace tiempo no se hacen. Un auténtico genio al que no hay que perder de vista. En el epílogo, Ted Adams se da por satisfecho y no da muestra alguna de que haya continuidad. Espero que cambie su parecer y podamos visitar de nuevo Diablo House.

Te gustará si: Si disfrutaste con la revista “Creepy”, si te enrolla el terror, si flipas con los cómics tipo “Tales from the Crypt”, si te molan dibujantes como Bernie Wrightson o Richard Corben,… En definitiva, si te gusta el buen cómic de genero de horror esta es una opción ideal. Difícil que defraude.

 

[1] Cuya crítica podéis leer aquí.

[2] Todas las historias que el dibujante realizó para la revista “Cthulthu” están recopiladas en un tomo, “Various Horror Visions. Historias de terror cotidiano“, publicado por “Diábolo Ediciones“.

Crítica de “La noche de los Demonios” (Night of the Demons, Kevin. S. Tenney, 1988)

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Título original: Night of the Demons / Año: 1988 / País: Estados Unidos / Duración: 90 minutos / Director: Kevin S. Tenney / Producción: Joe Augustyn / Productora: Paragon Arts International / Distribución: Meridian Productions / Guion: Joe Augustyn  / Música: Dennis Michael Tenney / Fotografía: David Lewis / Montaje: Daniel Duncan / Reparto: Alvin Alexis,  Allison Barron,  Lance Fenton,  Billy Gallo,  Hal Havins,  Amelia Kinkade, Linnea Quigley,  Jill Terashita / Presupuesto: 1.200.000$


Es Halloween y Angela decide celebrar una fiesta clandestina en la abandonada mansión Hull, una antigua funeraria sobre la que, sin que ella ni sus amigos lo sepan, pesa una maldición. Ignorantes del mortal peligro, los jóvenes deciden divertirse a base de alcohol, música, bromas pesadas y sexo. Sin embargo, en su torpeza, acabarán despertando a un demonio que habita en el interior de la casa. Será de esta forma que comience su pesadilla.


Hay películas que perduran en el imaginario personal (o colectivo) no por su valor artístico ni su calidad cinematográfica sino por motivos intrínsecamente más prosaicos. Una portada llamativa, un personaje carismático, una escena impactante, una pegadiza banda sonora o simplemente habernos hecho pasar un buen rato pueden ser algunos de los variados motivos que nos pueden llevar a recordar, con más o menos cariño, ciertas cintas que poco probable es que lleguen a convertirse en clásicos o en representativas de un género en concreto. Aunque dudo que sea algo de lo que los fans veteranos tengamos exclusiva, todos aquellos que crecimos durante la “Edad de Oro de los Videoclubes”, esos templos del Séptimo Arte levantados para el gozo y deleite de voraces cinéfagos, nos sentiremos identificados con estas palabras. Probablemente muchos de nosotros tuvimos uno, dos, tres o más de diez títulos fetiche entre aquel maremágnum de fantásticas carátulas, una al lado de la otra formando un majestuoso mosaico, que nos maravillaban cada vez que acudíamos a dichos establecimientos. Seguramente tenga que sacudirme de encima algo de nostalgia (bendita y maldita por partes iguales) y que la cruda realidad es que un videoclub no era otra cosa que un negocio local, más parecido a una papelería o a un colmado, sin toda esa mitología que muchos aficionados le conferimos. Podríase decir que algo parecido ocurre con todos aquellos que tuvieron la fortuna de vivir de primera mano la gloriosa época de los “programas dobles” en los cines de sus barrios y que también los recuerdan con cierta carga épica. Sin embargo, que no nos dé miedo afirmar, con la embriaguez de la nostalgia a flor de piel, que eran auténticos santuarios que formaron el gusto y el criterio de muchos de nosotros.

Volviendo a lo que hoy nos atañe, cuando un servidor acudía al videoclub de su barrio no podía eludir la atracción de algunas de las cubiertas que poblaban las estanterías. Mientras que muchas de ellas eran totalmente fantásticas, otras, por el contrario, eran tramposamente engañosas. Algunas mostraban ilustraciones o imágenes que nada tenían que ver con su contenido. también las había que simplemente tenían un fascinante “nosequé”. Entre las muchas que atrajeron la atención de aquel jovenzuelo aficionado al terror, concretamente quien suscribe estas palabras (pero hace ya unos años), estaba la muy cutre portada de “La noche de los demonios” (Night of the Demons, Kevin S. Tenney, 1988) en la que aparecía, en primer término, el plano del deformado rostro de un demonio femenino -con una especie de tiara/corona- junto a la lapidaria frase “Estás invitado a una fiesta en el infierno”. Más tarde supe que dicha efigie, la de la actriz Amelia Kinkade, acabaría convirtiéndose en icono representativo de la saga. En cuanto al VHS, la cosa mejoraba considerablemente al darle la vuelta a la caja de la cinta para leer la sinopsis. Varias fotos la acompañaban y en ellas ya se nos prometían “gore” y escenas picantes -a juzgar por un explícito plano del trasero de la “Scream Queen” Linnea Quigley-. Si a ello añadimos que uno de los principales argumentos para “vendernos” la peli era la participación de Steve Johnson [1] en sus efectos especiales -algo que, sinceramente, en aquella época pre-internet nos la traía al pairo-, pocas razones más había para no acabar yendo al mostrador a alquilarla. He de confesar que pese a atraerme en multitud de ocasiones, tardé bastante en llevarme esta pequeña pieza de culto a casa. Siempre había otras opciones que postergaban el momento. Craso error.

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La de Kevin S. Tenney -quien debutara con la entrañable “Witchboard (Juego diabólico)” [Witchboard, 1986] o perpetrara posteriormente la inefable “La venganza de Pinocho” [Pinocchio’s revenge, 1996] o el producto “directo a vídeo” protagonizado por el desaparecido icono de los ochenta Corey Haim “Pánico en la central” [Demolition University, 1997] entre otros muchos otros poco destacables trabajos- es una de esas comedias de terror ochentero adolescente que tan del gusto fueron en su época funcionando relativamente bien entre los aficionados al género. El filme no presenta nada nuevo: un grupo de despreocupados jóvenes se enfrentan a un demoníaco peligro en un espacio cerrado, concretamente una funeraria abandonada junto a un cementerio. Irrespetuosamente desvergonzados con las fuerzas provenientes del más allá, despertarán accidentalmente a una entidad diabólica que acabará poseyéndolos. Todo ello acompañado de desnudos gratuitos, diálogos estúpidos, alcohol y escenas violentas aceptablemente resueltas. Podríamos señalar su principal referente en el clásico de Sam Raimi “Posesión Infernal” (The Evil Dead, 1981) ya que no son pocas las similitudes, salvando grandes distancias, entre ambos trabajos. Sin embargo, si en la película del director de “El ejército de las Tinieblas” (Army of Darkness, 1992) se hace del terror un verdadero espectáculo delirante, aquí todo se queda en la imitación de sus formas, pero con la nula comprensión de su fondo. Si aquella que convirtiera al personaje de Ash Williams en todo un icono del terror abogaba por ser un complejo y planificado ejercicio cinematográfico (pese a sus limitaciones, tanto técnicas como presupuestarias), la película de Tenney se limita a ser una versión de saldo de la misma.  A semejanza de la de Raimi, no se esconde una confesa condición de película “Serie B“, de auténtico subproducto, en el que parecen combinarse la cinta protagonizada por Bruce Campbell con cualquiera de las entregas de la saga “Porky’s” (Íd, Bob Clark, 1981) y, a juzgar por el diseño de los maquillajes, con la mirada puesta también en el cine de explotación italiano puesto que se nota una cierto parecido con los poseídos de la también cinta de culto “Demons” (Demoni, Lamberto Bava, 1985). En definitiva, un exploit de otros productos que funcionaron bien en su momento.

La genial animación para los créditos iniciales, con un característicamente ochentero tema electrónico de fondo, nos introducirá en la historia. Es la víspera a la noche de Halloween en una pequeña localidad de extrarradio norteamericana. Como muchos jóvenes en dichas fechas, Judy (Cathy Podewell) y sus amigos se disponen a celebrar una fiesta. Sin embargo, en último momento deciden ir a la que organiza Angela, la chica rarita de la clase, en una antigua funeraria abandonada. El emplazamiento ideal para desatar sus hormonas adolescentes y correrse una juerga durante la noche de brujas. En realidad, este grupo variopinto de teenagers no sólo es el típico de este tipo de productos, sino que son auténticos clichés estereotipados. Como suele ser habitual en estas paupérrimas producciones, tendremos a un grupo de desconocidos actores que harán las veces de todos los tópicos del género que nos podamos imaginar. Encontraremos a la joven virginal -“final girl” a la postre-, al novio gañán, al rebelde con destellos de héroe, al bruto desagradable o a la “ligera de cascos”. Una pandilla de inadaptados a lo Judd Nelson y Molly Ringwald de “El Club de los Cinco” (The Breakfast Club, John Hughes, 1985), pero en versión “carne de cañón” para el deleite del espectador con sus muertes. Aunque para llegar a ese momento, habrá que visionar más de la mitad del metraje ya que los dos primeros actos del filme se destinan a la presentación de los protagonistas, la fiesta y la aparición de la invocada entidad demoníaca tardando bastante en arrancar ese esperado clímax violento. El acto final se compondrá de muertes, alguna de ellas con acierto, y una sucesión de persecuciones tan repetitivas como escandalosas -ayudando a ello los propios chillidos de los protagonistas y el machacón sintetizador del “score”–  con espacio para algún momento digno de mención como la escena en la que la protagonista improvisa un lanzallamas con una tubería de gas y un mechero. Por lo demás, nos encontraremos ante una sucesión de “set pieces” -comunes en el cine “slasher“- en la que el destino de los distintos personajes acabará siendo funesto. Siempre sazonado con un negro sentido del humor y desnudos. La presencia de la mítica Linnea Quigley, quien ya nos encandilara con su sensual striptease en la genial “El regreso de los muertos vivientes” (Return of the living dead, Dan O’Bannon, 1985), es plena garantía de ello. La famosa “Scream Queen” protagoniza no sólo momentos de destape sino algunas escenas y diálogos que han quedado en la memoria de los fans. Su presentación en el drugstore, con un look muy a lo Cindy Lauper, encandilando con sus posaderas a unos dependientes de aspecto nerd mientras su compañera se avitualla sin pasar por caja, su frase “Vaya, tendré que chuparos la polla algún día” [2] tras preguntarles si tienen huevos de chocolate en la tienda o la mítica escena en la que un pintalabios atraviesa uno de sus pezones -muy lograda, por cierto- son algunas de las perlas que esta musa del terror nos ofrece.

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Entre los pocos aciertos de casting, tenemos a la actriz Amelia Kinkade (sobrina de la popular Rue McClanahan, famosa por interpretar a Blanche Devereaux en la exitosa serie “Las chicas de oro” [The Golden Girls, 1985-1992]) interpretando a Angela, la chica rara de la clase que es, a su vez, la anfitriona de la fiesta en la encantada mansión Hull. Éste sería el personaje con el que se recordará su breve paso por el cine -en la actualidad escribe libros dedicados a su faceta como psíquica de animales-, ya que Kinkade acabaría convirtiéndose en el icono de una saga que alcanzaría la friolera de tres entregas (con ellas misma caracterizada de gótico demonio en sus portadas) y un remake en 2009 [3]. La joven ya era bailarina profesional por aquel entonces [4] y creó ella misma la coreografía del diabólico baile de su mejor escena en el filme. Sin duda, su versión poseída es la más carismática de todo el elenco. Y ello no podría haberse materializado de no haber contado con un gran profesional del campo de los efectos especiales. La participación de Steve Johnson se nota y mucho. Tejano de nacimiento, Johnson ha participado en multitud de películas de terror consideradas de culto y tiene el honor de haber diseñado y esculpido a Slimer, el viscoso y mocoso espectro más querido de “Cazafantasmas” (Ghostbusters, Ivan Reitman, 1984) conocido por aquel entonces como “Onion head“. El trabajo de maquillaje de “La noche de los Demonios” es sencillamente espectacular, así como muchos de sus efectos prácticos. Algunas de sus explicitas y violentas escenas están muy bien resueltas en lo que a lo visual se refiere otorgándoles un conseguido realismo. Lo que no deja de sorprender en una producción “low cost” como supuso ser esta. Con lo cual, y para ir concluyendo, podemos afirmar que nos encontramos ante una de esas películas malas, realizadas a rebufo del éxito de los clásicos del género, pero que, inexplicablemente, tiene un “nosequé” que la hace tan entrañable como disfrutable. Cierto es que tarda en arrancar, que su argumento es meramente una excusa y que la mayor parte de sus intérpretes realizan un trabajo nefasto. Eso sin contar la cantidad de diálogos absurdos, aunque hilarantes, que tendremos que sufrir. Pero a su favor destacaremos los citados efectos especiales supervisados por Johnson, su desenfadado gamberrismo sin complejos, el uso de una banda sonora a base de sintetizadores y algún que otro tema de grupos metal rock de la época creando momentos muy conseguidos y la presencia de nuestra admirada Linnea Quigley y sus gratuitas exposiciones de carne. Sí, es verdad que la película es un pestiño, pero es un pestiño entretenido, ideal para hacerse un pase doble “Grindhouse” complementándola con alguna de sus secuelas o con su principal referente, “Posesión infernal“. Una pequeña joya que, con sus muchas carencias y pocas virtudes, logró hacerse un hueco en los corazoncitos de los muchos aficionados al terror que la descubrieron en la estantería de su videoclub. Por cierto, con sus resultados triplicó su presupuesto.

Un momento: el sensual y erótico baile de Angela (Amelia kinkaid) al son del tema “Stigmata Martyr” de la banda Bauhaus es totalmente hipnótico.

Una curiosidad: el creador de los efectos especiales, Steve Johnson, y la actriz Linnea Quigley comenzaron una relación amorosa, que fructificaría en un corto matrimonio, tras la realización de esta película. Ambos pasaron largas horas juntos para la confección de los moldes de los pechos de la actriz que se utilizaron en la famosa escena del pintalabios. El director de la cinta, Kevin Tenney, cree que fue así como se enamoraron y así lo manifestó en unas declaraciones que podéis leer aquí.

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[1] Steve Johnson es un gran profesional de los Efectos Especiales y cuenta con una dilatadísima carrera. En su currículum tiene el honor de haber participado en filmes como “Videodrome” (Íd, David Cronenberg, 1983), “Noche de miedo” (Fright night, Tom Holland, 1985), “Cazafantasmas” (Ghostbusters, Ivan Reitman, 1984), “Pesadilla en Elm Street 4” (A Nightmare on Elm Street 4: The Dream Master, Renny Harlin, 1988), “La Guerra de los Mundos” (War of the Worlds, Steven Spielberg, 2005) o “Spider-Man 2” (Íd, Sam Raimi, 2004) entre otros muchísimos títulos.

[2] Traducción bastante libre, muy libre, de “Do you guys have sour balls?” y “Too bad, I’ll bet you don’t get many blowjobs”. Nada que ver con lo que dice el personaje con el doblaje a nuestra lengua.

[3] Remake dirigido por Adam Gierasch en 2009 y en el que la actriz Shannon Elizabeth, popular por su participación en la saga “American Pie” (Íd, Paul Weitz, Chris Weitz, 1999), interpreta el papel de Angela. Curiosamente la única actriz del cast del 88 que aparece haciendo un cameo no es Amelia Kinkaid, sino Linnea Quigley.

[4] Amelia Kinkaid participó también en filmes musicales como el protagonizado por Lorenzo Lamas “Body Rock” (Íd, Marcelo Epstein, 1984) y “Breakdance 2: Electric Boogaloo” (Breakin‘ 2Electric Boogaloo, Sam Firstenberg, 1984), secuela de la cinta que puso brevemente de moda películas del estilo de baile breakdance.

Crítica de “Critters” (Íd, Stephen Herek, 1986) [1]

 

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Título original: Critters / Año: 1986 / País: Estados Unidos / Duración: 82 minutos / Director: Stephen Herek / Producción: Barry Opper, Robert Shaye, Sara Risser, Rupert Harvey / Productora: New Line Cinema / Distribución: New Line Cinema / Guion: Stephen Herek, Don Opper, Dominic Muir  / Música: David Newman / Fotografía: Tim Suhrstedt / Montaje: Larry Bock / Diseño de producción: Gregg Fonseca / Reparto: Scott Grimes, Dee Wallace, M. Emmet Walsh, Billy Green Bush, Nadine Van Der Velde, Terrence Mann, Don Keith Opper, Billy Zane / Presupuesto: 2.000.000$


Los Critters, mortíferas criaturas con afilados dientes, conocidos por su mortal apetito, se han fugado de una prisión de alta seguridad de una galaxia cercana. Dos cazadores de recompensas han sido contratados para capturarlos mientras que los Critters han llegado a la Tierra, concretamente a una pequeña localidad rural de Kansas donde vive la familia Brown.


En 1984, Steven Spielberg presentaba al mundo una de esas producciones míticas de su “Amblin Entertainment” que tanto le gustaba auspiciar: “Gremlins” (Íd) de Joe Dante. Una suerte de cuento macabro de Navidad y a la vez homenaje al cine de serie B de antaño y a las historias de invasiones alienígenas de la sci-fi más añeja. Siempre bajo el filtro de ese “entertaintment” que le hace característico y con la intención y el tono adecuado para que el público de masas llenara las salas de cine. Convertida la cinta del director de “Piraña” (Pirahna, 1978) y “Aullidos” (The Howling, 1981) en fenómeno social, poco a poco, aparecerían otros productos siguiendo su estela y que convertirían en protagonistas a otros “bichos” de procedencias dispares. Dejando, sobre todo, de lado la referencialidad cinéfila, las alusiones “caprianas” y el puro objetivo mainstream de esos diablillos que asolaron la pequeña localidad de “Kingston Falls” (también conocida como “Hill Valley” en otro universo “ambliriano“) estos “primos lejanos” intentaron, como mínimo, arañar las migajas de su éxito y ganar unos dólares independientemente de la calidad del producto. Primero aparecieron los “Ghoulies” (Íd, Luca Bercovici, 1985) y dos años después, en 1986, llegaban a la gran pantalla unas voraces y carnívoras criaturas procedentes, esta vez sí, del espacio exterior con el film “Critters” (Íd, Stephen Herek, 1986).

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Dirigida por el debutante Stephen Herek, director también de la curiosa, recomendable y divertida “Las alucinantes aventuras de Bill y Ted” (Bill & Ted’s Excellent Adventure, 1989), “Critters” (Íd, 1986) comienza con la fuga de estas peligrosas bestiecillas de un asteroide prisión de máxima seguridad en el que se encuentran presos para acabar aterrizando en nuestro planeta, más concretamente en una pequeña localidad rural de Estados Unidos. Estos pequeños monstruitos de dientes afilados, amplia sonrisa diabólica, voraz apetito y con una fisonomía que los emparentaría con los puercoespines acabarán asediando la típica granja de la América profunda donde vive la familia Brown. Sorprendidos y aterrorizados, desconocerán que tras la pista de sus mortales acosadores hay dos cazarrecompensas intergalácticos. Sus responsables siempre afirmaron, juraron y perjuraron que su proyecto, que sus Critters, comenzaron a gestarse antes que la historia de los Mogwais y que pospusieron su desarrollo tras el estreno de “Gremlins” (Íd). Un guion escrito a tres manos por el propio Stephen Hereck, Domonic Muir y Don Opper que, según ellos mismos, tuvieron que modificar para que no se les acusase de plagio. Siempre podríamos concederles el beneficio de la duda (¿lo hacemos?). Sin embargo, existe una historia, un mito, que da pie a una hipótesis (de la persona que suscribe estas palabras, eso sí) que justifica la existencia no sólo de esta película sino incluso de la original de la “Amblin“. Cuenta la leyenda que a principios de los 80 el anteriormente citado Steven Spielberg tenía varios proyectos simultáneos y de entre todos ellos se encontraba la dirección (o producción dependiendo del momento en el que se encontrase) de un film de serie B cuyo origen está en la presión que ejercía la “Columbia” para que hiciera la secuela de otro de sus grandes éxitos: “Encuentros en la Tercera Fase” (Close Encounters of the Third Kind, Steven Spielberg, 1977). Para ello, Spielberg encargó un guion a John Sayles, ahora reputado cineasta independiente que por aquel entonces se había granjeado cierto éxito tras la escritura de los libretos de otros filmes de bajo presupuesto como “Piraña” (Pirahna, Joe Dante, 1978) y “La Bestia bajo el asfalto” (Alligator, Lewis Teague, 1980). Aquello que escribió para el Rey Midas de Hollywood llevaba el título de “Night Skies” y, basándose en presuntos hechos reales y tomando “Perros de Paja” (Straw Dogs, Sam Peckinpah, 1971) como referencia, narraba la historia de cómo unas criaturas llegadas del espacio exterior asolaban una granja del medio oeste americano acosando a la familia que la habitaba. Este clan, desestructurado como fuera habitual en el cine “spielberiano”, sería rescatado por otra raza de alienígenas que llegaría a nuestro mundo. De ser cierto, sería evidente que ese guion nunca rodado de “Night Skies” [2] debió pasar por muchas otras manos, que sí debió interesar a otros individuos y que pudo ser la base y referencia para los filmes que estamos aquí mencionando entre ellos la trágica noche que los Brown conocieron a los crites, que es así como se denomina a dicha raza.

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Esta familia Brown reúne todos los arquetipos de este tipo de unidades familiares del medio oeste de los Estados Unidos y de este tipo productos, ya sean cinematográficos o televisivos. Como cabeza de familia tenemos a Jay Brown, interpretado por el veterano Billy Green Bush. Hombre de campo, rudo, trabajador y, como no podría ser en otro lugar del mundo, aficionado a los bolos. De mentalidad conservadora, es presumible su afiliación republicana. No duda en empuñar su escopeta, incluso herido, para defender a los suyos. Interpretando a su fiel y afable esposa, Helen Brown, tenemos a toda una musa del cine fantástico: Dee Wallace-Stone. Sobran las presentaciones para esta gran actriz, pero por si alguien no logra ponerle cara podemos decir que protagonizó una de las, para un servidor, mejores películas de licántropos titulada “Aullidos” (The Howling, Joe Dante, 1981), sufrió los ataques de ese San Bernardo psicótico llamado “Cujo” (Íd, Lewis Teague, 1983) y sin duda pasará a la posteridad por interpretar a la madre de Michael, Gertie y Elliot en “E.T. el Extraterrestre” (E.T.: The Extra-Terrestrial, Steven Spielberg, 1982). La señora Brown es la típica ama de casa, encantadora con sus vecinos, fiel a las decisiones de su cónyuge y mediadora entre las discrepancias generacionales de éste con su joven descendencia sin dejar de olvidad su lado histérico y gritón cuando el peligro hace acto de presencia. El bien avenido matrimonio Brown acoge en su seno a sus dos hijos. Por una parte, está April, la hija adolescente, que para perfeccionar el cliché estará en pleno despertar sexual y se nos presenta como un pelín fresca y “demasiado moderna para la gente de este pueblo”. Interpretada por una joven Nadine Van Der Velde podemos añadir que “Critters” (Íd) no sería la única cinta de bichos que protagonizaría ya que sólo un año después aparecería en la producción de Roger Corman “Munchies” (Íd, Tina Hirsch, 1987).  Como curiosidad, la directora de “Munchies” (Íd), Tina Hirsch, fue la montadora de “Gremlins” (Íd). Y rizando el rizo de las curiosidades, el novio de April y víctima del voraz apetito de los Critters está interpretado por un joven Billy Zane. El joven Brad Brown es el benjamín de la casa. Es el típico “chaval raro” de la clase, un pre-púber de espíritu aventurero, valiente, obstinado y aficionado, entre otras cosas, a la pirotecnia. Su cara es la del televisivo Scott Grimes. A Grimes lo podemos ver ahora en la reciente “The Orville” (Íd, 2017-2019) de Seth McFarlane, pero en los 80 venía a ser un émulo de Michael J. Fox interpretando diversos papeles de “hijo gracioso” en sit-coms como “Together We Stand” (Íd, Sherwood Schwartz, Michael Jacobs, 1986-1987), donde compartía cast con Dee Wallace e incluso con Jonathan Ke Quan (el Data de “Los Goonies” [The Goonies, Richard Donner, 1985]).

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Junto a Brad encontramos a su fiel amigo Charlie interpretado por Don Opper que, a la postre, participa en el guion de la película y es el hermano de Barry Opper, productor de las cuatro cintas que generaron los Krites. El amigable Charlie trabaja para los Browm, no tiene a priori muchas luces y es el borrachín del pueblo. Además, es el único que ha visto llegar la nave de los Critters. Como viene siendo habitual, y para redondear la previsibilidad de su personaje, no le creen cuando acude a la autoridad local, es decir, un sheriff interpretado por M. Emmett Walsh, otra cara conocidísima del género (participando en títulos tan dispares como “Huida del Planeta de los Simios” [Escape from the Planet of the Apes, Don Taylor, 1971], “Blade Runner” [Íd, Ridley Scott, 1982] o “Arizona Baby” [Raising Arizona, Ethan Jesse Coen, Joel David Coen, 1987] entre otros muchos filmes de su dilatada carrera). Y para acabar con las presentaciones, cabe mencionar a los no menos importantes caza recompensas del espacio, los Caza-Critters. Dos tipos aguerridos, armados hasta los dientes con el armamento más sofisticado, mortífero y devastador de la galaxia que responden al nombre de Ug y Lee (apelativos que si los juntamos acaban formando fonéticamente la palabra “Ugly“, feo en inglés). A ambos les caracteriza la ausencia de rostro ya que su cabeza es como la de una especie de bombilla fluorescente, pero tienen la capacidad de adquirir las facciones que ellos necesiten o consideren de su agrado. Es así como Lee adquirirá la faz del popular y ficticio rockero Johnny Steel interpretado por el actor Terrence Mann, al que ese mismo año pudimos ver en otro clásico de vídeo club titulado “Los Guerreros del Sol” (Solarbabies, Alan Johnson, 1986). Steele interpreta la pegadiza canción “Power of the night“, compuesta a propósito de la película y con un sonido ochentero a más no poder. Como el resto del soundtrack, cabría añadir.

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Con todos los participantes sobre el tablero de juego, “Critters” (Íd) es una gamberrada disfrazada de horror movie, pero que se queda en esa tierra de nadie entre el terror light y la comedia familiar como ya hiciera “Gremlins” (Íd) en su momento, aunque arriesgando un poco más ya que tampoco había mucho que perder. Pese a que en el imaginario colectivo la recordamos como más sangrienta, el uso de la mercromina barata y algún prop con ínfulas gore desmitifican esa idea. El body count de la cinta se reduce a dos humanos, una vaca y muchas, muchas gallinas. Sus responsables juegan con sus criaturas, los hacen participar en chistes o bromas con poca gracia y nos presentan guiños o burlas que no aportan nada a la trama, pero que tampoco la entorpecen. Me refiero a cosas como que el gato de la familia se llame Chewie, que un Critter se coma un peluche de E.T. o que Brad tenga un póster de “Forbidden World” (Íd, Allan Holzman, 1982) en su cuarto. Pequeños detalles que harían que más de un aficionado al género esbozase una sonrisa. Si a los grandes les funciona… El diseño de los Krites, de la mano de los hermanos Chiodo (responsables de “Los payasos asesinos del espacio exterior” [Killer Klowns from Outer Space, Stephen Chiodo, 1988]), es magnífico. Muy atractivo y deja volar la imaginación. Sin duda, no es poseedor del carisma de los monstruitos creados por Chris Walas para “Gremlins“,(Íd) pero le van a la zaga.

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Es evidente que nos encontramos ante un claro ejemplo de cine de explotación más que de un ejercicio cinematográfico de calidad. La cinta peca de la dirección de un debutante, de un abuso continuado de la elipsis y de personajes tan tópicos que no podemos identificarnos con ninguno. La presencia de las criaturas, los verdaderos protagonistas, es muy reducida. Algo que podemos achacar a los poco más de dos millones de dólares con los que contaba la producción. Al igual que con el film de Joe Dante, aquí se toma el terror, la ciencia ficción y la serie B con plena intencionalidad de ofrecer un divertimento y, de paso, hacer un buen dinero ya fuera en la gran pantalla o en el cada vez más importante, popular y rentable formato doméstico. No sorprendería a nadie si digo que este título fue todo un clásico de las estanterías de los videoclubes. Y es que esa carátula ilustrada por Soyka con ese simpático y a la vez amenazador Critter nos atrajo a más de uno. Esta apuesta por el “cine de monstruitos” de la “New Line Cinema” de Robert Shaye dio sus frutos. Frente a la mencionada inversión de dos millones, generó en salas de cine americanas una recaudación de algo más de 12 millones de dólares sin contar los alquileres en videoclubes. Un éxito que conviritó a los hambrientos Krites en los mejores “primos lejanos” de los Gremlins generando tres entregas más -una reciente serie de televisión y un proyecto de nueva película del canal “SyFy“- de las cuales sólo podría (un servidor) recomendar el visionado de su secuela más inmediata dirigida por el Master of Horror Mick Garris [3].

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Un momento: el cazarrecompensas Lee escogiendo un aspecto terrestre hasta que se topa con el el videoclip de “Power of the night“, ochenterismo en estado puro.

Una curiosidad: Existen dos finales alternativos, el más conocido es el que termina con los huevos escondidos en el granero. Pero hay otro menos abierto y más comercial en el que se eliminaba esa escena y terminaba con la reconstrucción de la casa.

 

[1] Con este artículo debuté en el blog Colección Ultramundo. Debido a que en esta página se acabarán reseñando todas las entregas de los Critters, me he tomado la libertad de reciclar el escrito original (previo a la teórica corrección del aparecido en dicha web), añadiendo algunas líneas más.

[2] “Night Skies” fue el germen de “E.T. el Extraterrestre” (E.T.: The Extra-Terrestrial, Steven Spielberg, 1982). En la película, basada en supuestos hechos reales, una banda de extraterrestres hostiles -todos con nombres y apariencias características- asediaría a una familia en su granja. El menos peligroso de los aliens entablaría una relación de amistad con el miembro más joven, autista-  del rural clan. El diseño de las criaturas correría a cargo del grandísimo Rick Baker. Sin embargo, en el rodaje de “En busca del Arca Perdida” (Indiana Jones: Raiders of the Lost Ark, Steven Spielberg, 1981), Spielberg enseñaría el guion a Melissa Mathison, pareja en aquel entonces de Harrison Ford, quedando ella prendada de la historia del extraterrestre y el niño. De esta forma, Mathison escribió un tratamiento sobre ello que encandiló al Rey Midas de Hollywood y el resto ya es historia del cine.

[3] Podéis encontrar aquí su respectivo artículo.

Creepshow (Stephen King, Bernie Wrightson)

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Titulo original: Creepshow / Guión: Stephen King / Dibujo: Bernie Wrightson / Portada: Jack Kamen / Formato: Cartoné Páginas: 88 pags. / Editorial: Planeta Cómic / Precio: 20€. / ISBN: 978-84-9173-727-8


Sed bienvenidos al primer número de Creepshow, la adaptación al cómic de la famosa película de George A. Romero y Stephen King. Cinco espeluznantes historias con muertos que se levantan de sus tumbas, misteriosos meteoritos provenientes del espacio exterior, monstruos antropófagos, fantasmas vengativos e invasiones mortales de cucarachas. Así que abrochaos vuestros cinturones y acompañad al amigo Creepy, vuestro macabro guía, en este viaje de podredumbre y terror.


Es indudable la importancia del tristemente desaparecido George A. Romero en lo que al género de terror y fantástico se refiere. El neoyorquino -de ascendencia española [1]- siempre será recordado por ser, junto a su -por aquel entonces- compañero de fatigas John Russo, el “Padre” del “zombie moderno”, del muerto viviente antropófago que originó uno de los fenómenos más impactantes de la cultura “pop” moderna. Sin embargo, pese a que fraguó toda una saga [2] consagrada a estos lentos y hambrientos caminantes ávidos de la carne fresca de los vivos -sentando las reglas para todo el maremágnum de producciones y explotaciones posteriores-, Romero tiene en su haber cinematográfico otras tantas películas que quizás no alcanzaron las cotas de popularidad de “La noche de los muertos vivientes” (Night of the living dead, 1968) o “Zombi” (Dawn of the dead, 1978), pero que son totalmente reivindicables (o al menos eso piensa aquel que suscribe estas palabras). Entre sus otros trabajos nos encontramos con aquella cinta que lo asoció con uno de los indiscutibles, uno de los grandes “Maestros del Terror” de todos los tiempos, es decir, con el superlativo Stephen King. Su amistad con el de Maine venía ya de lejos puesto que ambos se admiraban mutuamente y no dejaban pasar oportunidad alguna para elogiar sus respectivas creaciones en público. Es por ello que, tras un primer intento frustrado de Romero para dirigir la miniserie televisiva “El misterio de Salem’s Lot” (Salem’s Lot, Tobe Hooper, 1979) y la posterior imposibilidad de llevar a cabo la faraónica adaptación de la novela “Apocalipsis” [3], ambos pudieron, con la inestimable ayuda del productor Richard P. Rubinstein, levantar un proyecto conjunto titulado “Creepshow” (Íd, George Romero, 1982) con el que quisieron rendir un sentido homenaje a aquellas publicaciones de terror de la mítica editorial americana “EC Comics” de las que ambos eran fans incondicionales.

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Hablar de la “EC Comics” es hablar de uno de los periodos más prolíficos y fructíferos de la historia del Noveno Arte. Un momento en el que el cómic alcanzó sus mayores cotas de popularidad consolidándose como una rentable industria. Entre la ingente cantidad de publicaciones de los súper héroes de “La Edad de Oro” y las aventuras de los más famosos personajes creados por la factoría de Walt Disney, la antaño editorial “Educational Comics” [4] pasaría a convertirse en la popular “Entertaining Comics” por obra y gracia del hijo de su fallecido fundador, William Gaines -junto a su inseparable y altamente productivo guionista/dibujante Al Feldstein-, ofreciendo a la chiquillería de la época toda una serie de sugerentes colecciones de cómics con temas tan recurrentes como el género policíaco, la ciencia ficción y, sobre todo, el terror con uno de sus títulos, “Tales from the Crypt”, como buque insignia de la compañía. Las publicaciones dedicadas al horror serían las mejor recibidas por los lectores y junto a la mencionada “Tales from the Crypt” aparecerían las no menos destacables “The Vault of Horror” y “The Haunt of Fear”. Cortadas por el mismo patrón, en todas ellas un repulsivo personaje [5] haría las veces de anfitrión -rompiendo siempre la cuarta pared entre el lector y él mismo- presentando con sorna los distintos relatos contenidos en su interior. Cada número recopilaba un indeterminado número de historias cortas, de entre seis y ocho páginas, autoconclusivas todas ellas manteniendo un similar esquema donde sus protagonistas, despreciables representantes del peor lado de la naturaleza humana, serán víctimas, siempre de la forma más macabra y truculenta posible, de una especie de justicia poética tras haber perpetrado algún crimen o fechoría. La gran aceptación de estos cómics, por parte de un público adolescente o preadolescente, fue una de las causas por las que un oportunista diese la voz de alarma en el seno de una sociedad americana donde la delincuencia juvenil era un grave problema. Para el doctor en psiquiatría Frederic Wertham, la responsabilidad de dicho auge de la criminalidad residía en los cómics [6]. La publicación de su libro “La seducción de los inocentes” propició la creación de un organismo regulador, el infame “Comics Code”, con el que se avisaba a los respectivos padres y tutores que el material contenido en las distintas publicaciones era “apto” para los estándares morales de la época (en otras palabras, llegó la censura al mundo de las viñetas). Esta especie de “Caza de Brujas” instigada por Wertham acabó, prácticamente de un plumazo, con casi todas las referencias de “EC Comics” cuyas ventas cayeron en picado. Los responsables de la editorial no tuvieron más remedio que refugiarse en otro título de la casa, la revista de humor satírico “MAD”, pero eso es otra historia. Sería injusto decir que sólo sufrieron Gaines, Feldstein y compañía, ya que toda la industria se vio afectada por los desvaríos de un psiquiatra venido a más que afirmaba que los cómics estaban repletos de alusiones sexuales, que se escondían desnudos femeninos en sus viñetas o que los famosos Batman y Robin eran homosexuales. Como en los tiempos del Tercer Reich, Wertham alentaba a destruir cuantos más ejemplares se pudiera organizando incluso quemas de tebeos. Totalmente demencial, ¿no? Pero, en la historia de la humanidad, siempre se ha tendido a buscar una razón, una cabeza de turco, para responsabilizarla de todos los males. En esta época (como ha pasado posteriormente también con la televisión, los videojuegos, los juegos de rol o el anime) le tocó al cómic pagar los platos rotos.

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Afortunadamente, el legado del Guardián de la Cripta y su repugnante familia de ghouls ha pervivido desde entonces, ya sea en la mente de muchos creadores que crecieron y formaron su criterio con dichos cómics, con proyectos cinematográficos -o series de televisión- como el de George A. Romero y Stephen King o en publicaciones posteriores que tomaron definitivamente el relevo haciendo suyo el espíritu de la “EC“, eludiendo por completo la censura del “Comics Code” con el formato magazine en blanco y negro. Estoy hablando de las revistas de terror que “Warren Publishing” comenzó a editar en la década de los sesenta con la seminal “Creepy” como cabecera y a la que seguirían las posteriores “Eerie” y “Vampirella“. Revistas que, en el momento de gestación de “Creepshow” (Íd, George A. Romero, 1982) -aunque no por mucho tiempo- seguían en los kioskos y en las cuales, además de grandes autores como Richard Corben, Neal Adams o Frank Frazetta, también encontramos al encargado de la adaptación al cómic del filme de Romero, el también recientemente fallecido Bernie Wrightson. Así como en la película homónima, en su traslación a las viñetas tendremos cinco historias, cinco pequeños episodios totalmente independientes, con el horror como hilo conductor. Presentados todos ellos por el terrorífico Creepy, un ser a imagen y semejanza de los GhouLunatics de la editorial de William Gaines. A diferencia del filme, aquí no tendremos la historia del niño (un jovencito Joe Hill, hijo de King) que es castigado por su padre (el genial Tom Atkins) por leer tebeos de terror. Intercaladas dentro de este mini-relato estarían los cuentos macabros que componen el film. En lugar de adaptar historias provenientes de “Tales from the Crypt“, King decidió adaptar dos de sus relatos cortos (“The Crate” y “Weeds” -titulada posteriormente como “The Lonesome Death of Jordy Verrill“-) y escribir el resto (con lo que se estrenaría tanto como guionista de cine como también actor, ya que protagonizaría uno de los segmentos). Junto al King actor, encontraremos también a conocidas caras como las de Ed Harris, Ted Danson, Adrienne Barbeau o Leslie Nielse.. “Creepshow” (Íd, 1982) obtuvo un éxito lo suficientemente satisfactorio para sus responsables que generó dos secuelas más y la creación de la serie “Tales from the Darkside”, producida por Romero y donde pudo colaborar, además de con el autor de “Carrie”, con escritores como Clive Barker o Robert Bloch.

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Como he comentado, el filme tuvo una adaptación al cómic (como no podría ser de otra forma en una película que rinde tributo a los tebeos de terror más famosos y homenajeados de todos los tiempos) que contó con el arte del impresionante Bernie Wrightson. Hablar de Wrightson es hablar de uno de los grandes del medio. Colaborador habitual en las revistas de cómics de la “Warren” o en “Heavy Metal“, es uno de los dibujantes por antonomasia del cómic de horror estadounidense con increíbles adaptaciones e ilustraciones del “Frankenstein” de Mary Shelley o relatos de H. P Lovecraft o Edgard Allan Poe. Creó junto a Len Wein a uno de los iconos del terror del Noveno Arte, “The Swamp Thing” (o “La Cosa del Pantano“), para “DC Comics” así como dibujó una de las historias más crudas de Batman, “The Cult” además de trabajar también para “Marvel Comics“, con la publicación de novelas gráficas de Spiderman o Punisher. Sin duda, uno de los mejores artistas que nos ha brindado el medio. En el cómic que nos corresponde, ofrece como de costumbre su buen hacer pese a no haber podido disponer de mucho tiempo para realizar el encargo debido a que la publicación debía coincidir con la fecha del estreno de la película. En su interior, a diferencia del filme de Romero -donde el director de “El día de los muertos” (Day of the Dead“, 1985) hace uso de un lenguaje y de un tono de cómic para hacer más evidente su aproximación a las publicaciones que intenta homenajear-, Wrightson hace uso de un estilo más formal, más acorde a su peculiar estilo en lo que se refiere a narrativa y diseño de las páginas (con sus habituales composiciones de viñetas verticales alargadas y el uso de splash-pages para resaltar momentos álgidos del relato), sobrio y, en ocasiones, tenebroso. Sorprende que los personajes, que sus rostros, no se parezcan a los de los actores que los interpretaron, así como que, como curiosidad a resaltar, el orden de las historias no se corresponda con el de la película. Personalmente, hubiera preferido que el cómic fuera en blanco y negro ya que Wrightson demostró sobradamente su valía y dominio del entintado -a la mencionada adaptación de “Frankenstein” me remito-. “Planeta Cómic” nos brinda la oportunidad de reencontrarnos con esta pequeña joya con su reciente publicación aprovechando la reciente reedición del año pasado por parte de la americana editorial “Gallery 13“. Un auténtico clásico que llevaba mucho tiempo descatalogado en nuestro país [7]. Así que no hay excusa ninguna para no hacerse con esta joya del cómic.

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[1] Su abuelo paterno nació en el municipio gallego de Mourela de Enmedio en la ría de Ferrol. Emigró a Cuba, pero siempre regresaba a España cuando su mujer estaba embarazada porque quería que sus hijos nacieran en su país. Es por ello que, aunque fuera circunstancialmente, también el padre de George A. Romero, Jorge Marino Romero, nació en nuestro país.

[2] “La noche de los muertos vivientes” (Night of the living dead, 1968), “Zombi” (Dawn of the dead, 1978), “El día de los muertos” (Day of the dead, 1985), “La tierra de los muertos vivientes” (Land of the dead, 2005), “El diario de los muertos” (Diary of the dead, 2007) y “La resistencia de los muertos” (Survival of the dead, 2009).

[3] Finalmente “Apocalipsis” (The Stand, Mick Garris, 1994) se estrenó en formato miniserie para televisión y fue dirigida por Mick Garris.

[4] Fundada por Max Gaines, “Educational Comics” publicaba historietas pedagógicas y moralistas basadas en la Biblia o protagonizadas por los animales parlantes.

[5] A los tres narradores se les conocía como los GhouLunatics. Al Guardián de la Cripta le siguen el Guardián de la Cámara y la Vieja Bruja.

[6] Coetáneamente el senador McCarthy, ya había confeccionado su famosa lista negra de Hollywood y dirigido la famosa “caza de brujas“.

[7] La extinta “Toutain Editorial” publicó “Creepshow” en formato rústica en 1983.